lunes, 26 de octubre de 2015

Retrato de un fanático

Resulta sorprendente, casi fascinante, lo fina que puede ser, en determinadas circunstancias, la línea que separa a un ciudadano honrado del fanático más recalcitrante. La Alemania nazi fue una prueba de ello. Hoy en día asociamos el fanatismo con los movimientos radicales islámicos, y raro es el día donde no se comente en las noticias la detención de un fanático de la causa que hasta hacía un par de años era otro joven más que calzaba deportivas y acudía a las discotecas los fines de semana como cualquier otro. 


Aunque personalmente no me sorprendan estas noticias, no dejan de parecerme fascinantes esos cambios tan radicales. No soy psicólogo ni creo que se puedan solventar con una explicación de tertuliano televisivo las causas de tales derivas personales, pero quitando a aquellos cuyo fanatismo les es inculcado desde niños, parece evidente que la frustración es el mejor combustible que hay para avivar el fanatismo que llevamos dentro.

Estos días estoy releyendo El día del Chacal, uno de esos libros de cabecera a los que acabo volviendo cada cierto tiempo, y que ya comenté en este blog en su día. En el libro hay una sucinta descripción del proceso hacia la fanatización de un militar francés. En su impecable estilo de viejo periodista, Frederick Forsyth ofrece una pequeña explicación de una concatenación de hechos cuyo resultado es el alta de otro neuvo adepto en las filas de la intransigencia.

Rodin era, en muchos aspectos, muy diferente de su predecesor. Alto y enjuto, con un rostro cadavérico, devorado por el odio interior, generalmente disimulaba sus emociones bajo la máscara de una frialdad que nada tenía de latina. Para él no había existido una Escuela Politécnica que le abriera las puertas de los ascensos. Hijo de un zapatero remendón, había huido a Inglaterra en un bote de pesca en los días felices de sus veintitantos años —cerca de treinta—, cuando los alemanes invadían Francia, y se había alistado como soldado raso bajo la bandera de la Cruz de Lorena.

El ascenso desde sargento a oficial le había llegado por el camino más duro; lo había ganado palmo a palmo en las sangrientas batallas libradas en el Norte de África, bajo Koenig primero, y más tarde en Normandía, con Leclerc. Una acción de guerra durante la lucha por París le había valido los galones de oficial, que por su educación y su procedencia social jamás hubiese alcanzado, y en la Francia de la posguerra tuvo que elegir entre seguir en el Ejército o volver a la vida civil.

Pero, ¿volver a qué? No tenía otro oficio que el de remendón que su padre le había enseñado, y encontró a la clase obrera de su país natal dominada por los comunistas, quienes también controlaban la Resistencia y los Franceses Libres del interior. Así, pues, se quedó en el Ejército, donde le tocó sufrir las amarguras del oficial salido de entre las filas de soldados rasos que ve cómo una nueva generación de muchachos instruidos se gradúan en las escuelas de oficiales, y consiguen, mediante unas lecciones aprendidas en las aulas, los mismos galones por los cuales él había tenido que sudar sangre. Y viendo cómo lo rebasaban en grado y en privilegios, empezó a invadirle un hondo sentimiento de amargura. (...)

Un año más tarde tenía a su mando una compañía en Indochina, donde vivía entre otros hombres que hablaban y pensaban como él. Para un joven salido del banco de un remendón, cabía aún el ascenso, a través de combates y más combates. Al terminar la campaña de Indochina ostentaba ya el grado de comandante, y después de un año de desdicha y frustración pasado en Francia fue enviado a Argelia.

La retirada francesa de Indochina y el año pasado en Francia habían convertido su amargura en un odio mortal contra los políticos y los comunistas, a quienes consideraba como una misma cosa. Hasta que Francia no estuviese gobernada por un soldado, no lograría zafarse de las garras de los traidores y parásitos instalados en su vida pública. Sólo el Ejército estaba libre de tales especies.

Como la mayoría de oficiales activos que han visto morir a sus hombres y han tenido que enterrar a veces los cadáveres mutilados de quienes tuvieron la desdicha de ser apresados vivos, Rodin adoraba a los soldados como la verdadera sal de la tierra, aquellos hombres que derramaban su propia sangre sacrificándose para que la burguesía pudiera quedarse en casa viviendo cómodamente. Al cabo de ocho años de luchar en las selvas de Indochina, enterarse, por los civiles de su propia patria de que a la mayoría de ellos les importaba un comino los soldados, leer las acusaciones que los intelectuales de izquierda formulaban contra los militares por puras bagatelas, como las torturas infligidas a los prisioneros para obtener informaciones vitales… Todo ello desencadenó en Marc Rodin una reacción que, combinada con su amargura innata, originada por su falta de oportunidades, hizo de él un fanático.

2 comentarios:

Johnny J.J. dijo...

Es que esos cambios tan drásticos son dignos de análisis. Me ha encantado tu post y me han entrado enormes ganas de catar "El día del chacal". Salud.

Michaels dijo...

Grandísimo libro