sábado, 31 de enero de 2015

Drugstore Cowboy (1989)

¿Recordáis aquella época en que parecía que Gus Van Sant iba a dominar el mundo? Al menos el mundo indie. La verdad es que los 90 estaban llamados a ser su década, como lo iba a ser para los grupos de Seattle. A mí al menos me resulta difícil no relacionar a unos y otros, a aquella nueva hornada de directores cinematográficas y bandas, que tenían en común ese espíritu de mantenerse fieles a su propio concepto de las cosas, concepto que se alejaba irremediablemente de los más postizos 80. De haberla rodado cinco años antes no sé que hubiera pasado, pero en 1989 desde luego ya había un público demandando nuevas emociones, y Drugstore Cowboy sorprendió a todo el mundo (aunque quizás sin tanta repercusión como la otra gran sorpresa de aquel año, Sexo, mentiras y cintas de vídeo), no sé si por su calidad o por tratarse de una cinta independiente que sin traicionar su identidad indie podía satisfacer a un público bastante amplio. En la década que había de venir dicho género, el indie, iba a crecer y popularizarse tanto en cine como en música. Fueron los grandes años de Sundance, un Cannes más grunge de lo normal y tal, y Miramax, que no tardó en ser engullida por Disney. Para muchos ahora todo aquello ha seguido el camino de Miramax, y no faltan los que reprochan a Robert Redford y su festival ser tan independientes ahora como el león de la Metro.

Nick Weschler (productor ejecutivo de la cacareada Sexo, mentiras y cintas de vídeo) y Karen Murphy (This Is Spinal Tap) unieron fuerzas junto a Cary Brokaw, productor ejecutivo que no era ajeno al mundillo de los nuevos talentos (había financiado a nuevas promesas como Jim Jarmusch o Wayne Wang) para sacar adelante el proyecto de uno de los nombres que más fuerte venían sonando en la escena underground de Los Ángeles, el de Gus Van Sant. El vehículo en cuestión era Drugstore Cowboy, la autobiografía de un ratero drogadicto especializado en atracos a farmacias, y que andaba cumpliendo unos años a la sombra. El libro todavía no estaba publicado, pero había llegado a las manos de Van Sant y éste estaba dispuesto a rodarla fuese como fuese.

La verdad es que Drugstore Cowboy, cuya trama está ambientada en los 70, retomaba un poco las hechuras del cine de aquella época, aunque remozadas para los nuevos tiempos, con unas escenas oníricas que tenían más que ver con el videoclip musical (el buen videoclip musical se entiende, al que el propio Van Sant haría alguna contribución poco después) que con la psicodelia hippie. Sea como fuera no cabe duda de que en su día al menos la película resultó enormemente refrescante. Su historia destilaba el extraño encanto que encontramos en el realismo destilado por el connoisseur, y aunque tampoco se trate de un retrato documentalista de la vida de un adicto, se alejaba de los muchos manierismos que Hollywood había creado sobre el tema. Y seguramente gran parte de ese mérito, si no todo, se lo debemos a un Matt Dillon en estado de gracia.

Desde luego a Dillon este papel le cayó como llovido del cielo. Tras ser encumbrado como nuevo talento adolescente de la mano de Coppola a principios de los 80, su carrera transcurría algo erráticamente (dudo que mucha gente recuerde Kansas, dos hombres, dos caminos), y cuando fue elegido para interpretar al drogadicto Bob, no dudó en poner toda la carne en el asador. Reclutó a un amigo ex-yonqui y juntos recorrieron los peores barrios de Nueva York, en los que con su colega como guía le fue introduciendo a las distintas drogas y sus efectos, mientras le comentaba que aquel iba puesto de tal cosa y aquel otro de tal otra. Hasta William Burroughs, quien desde luego no necesitaba a ningún ex-yonqui para saber de lo que estaba hablando, alabó la interpretación de Dillon. Y ya que citamos al mítico escritor, recordar que Burroughs no dudó en interpretar un pequeño papel en el film, fabricándose muchas de sus propias frases. Desde luego yo de haber sido Van Sant dudo que me hubiera atrevido a negarle ese capricho al viejo gurú dopamínico. Pero hablando de Dillon, Drugstore Cowboy no sólo reflotó su carrera, enfilándolo para ser una de las grandes estrellas de los 90, nos recordó también lo excelente actor que era y es. Quizás por todo esto Drugstore Cowboy siga siendo el film favorito de su carrera.

Dillon fue estupendamente rodeado de otros intérpretes como Kelly Lynch, una de las bellezas definitivas de aquellos días, y que pasó de aparecer en De profesión: duro (impagable título, y todavía más impagable contenido) a convertirse en nueva reina indie, James Le Gros (gracias a esta cinta también tuvo su racha a principios de los 90, pero ahora hay que buscarle en Google) y la explosiva Heather Graham, deliciosamente encantadora con ese look tan 70s.

Buen guión, excelentes interpretaciones (con un Dillon implacable, claro) y las deliciosidades pictóricas de las que tanto gusta Van Sant, y que tan bien le iban a esta historia. Desde luego para mí decir Gus Van Sant es decir Drugstore Cowboy. Para mí la celebérrima El indomable Will Hunting, sin ser un mal film ni mucho menos, no está a la altura, y nunca acabé de entender los pasos de Last Days y especialmente, ese remake de Hitchcock que no he visto ni veré; hacerlo me parece tan innecesario como cualquier otra revisitación de films que a día de hoy siguen funcionando tan bien como en su día. Quizás cuando vea Mi nombre es Harvey Milk me olvide de que Gus necesitaba una piscina más grande, o algo así.

Descubrí Drugstore Cowboy gracias a un profesor de ética, uno de esos profes sustitutos que van y vienen, y que aquel curso también tuvo la genial idea de volarnos la cabeza con La naranja mecánica. Mucha ética no sé si aprendí, pero cinematográficamente hablando ya le debo dos buenas a ese hombre. Drugstore Cowboy amigos. No se la pierdan.

3 comentarios:

José Fernández dijo...

El maravilloso mundo de la interinidad xD En mi instituto era en Religión donde un cura rojo nos ponía peniculas, así que para allá que nos ibamos todos.

Manuel Uve Ele dijo...

Peliculón siempre se me quedo aquel detalle que dejar el sombrero encima de la cama traía mala suerte.


Saludos

Manuel Uve Ele dijo...

Peliculón siempre se me quedo aquel detalle que dejar el sombrero encima de la cama traía mala suerte.


Saludos