viernes, 25 de diciembre de 2015

lunes, 21 de diciembre de 2015

Mean Tweets #9

¡Ya hace más de un mes desde la última entrada!Vaya, a ver si estas Navidades soluciono eso. Bueno, de todas formas siempre es un placer volver con una nueva entrega de los Meant Tweets del programa de Jimmy Kimmel. Enjoy!

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Show Me a Hero

David Simon, gurú televisivo, verdadero héroe para miles de fans, y lacerante cronista, a través de la ficción, de la imperfecta sociedad estadounidense, y por tanto, de la imperfecta sociedad occidental. Ciertamente no resulta díficil extrapolar situaciones y escenas de algunas de sus series a una realidad como la española, por ejemplo. Aunque en el trasfondo de sus historias y guiones siempre se vislumbra un requiem por el Sueño Americano, la shakesperiana universalidad de sus personajes y la homogeneidad de ciertos entornos donde éstos se mueven permiten interpretar y transponer a unos y otros a nuesstra propia cotidianidad. Este ejercicio de comparación y asimilación resulta todavía más fácil en el ámbito político; cuando uno veía de The Wire podía situar perfectamente al senador Clay Davis en el Parlamento español, o en la presidencia de alguna comunidad autónoma, e igualmente sucedía con el joven y dinámico Carcetti. La forma puede ser diferente, pero mucho me temo que el fondo es el mismo en todas partes. Al fin y al cabo, desde los tiempos de Maquiavelo el juego político no parece haber cambiado mucho.

La verdad es que escribir un J'accuse periodístico señalando a los culpables de cohechos y corruptelas con nombres y apellidos, de forma tan abierta y contundente, nunca ha sido fácil para el gremio periodístico (o lo que queda de él). A lo largo de la historia buenas pruebas hay de que para salir indemne de un ataque al poderoso la fábula ha resultado un eficacísimo escudo. Alguien con el bagaje periodístico como Simon seguramente bien podría poner rostro a los Clays y Carcettis de este mundo, pero imagino que los reporteros no siempre podrán poner todo lo que ven en negro sobre blanco. Pero si cambias unos nombres y unos detalles aquí y allá, y en vez de un artículo escribes un guión, al menos permites al público hacerse una idea de cómo son o deben ser los tejemanejes políticos entre bambalinas, como ocurría especialmente en las temporadas 3 y 4 de The Wire.

Pues bien, Simon ha vuelto por sus fueros, ampliando lo que pudimos visionar en dichas temporadas, pero sin la trama policial. En Show Me a Hero nos encontramos esta vez con un retrato 100% político, basado además en hechos reales. El punto de partida fue el libro homónimo escrito por Lisa Belkin, donde se relataba la guerra política y vecinal que tuvo lugar en la localidad de Yonkers, Nueva York, durante los 80 y primeros 90. El punto de partida del conflicto fue un programa de vivienda pública que seguía nuevas teorías demográficas y sociales, según las cuales para prevenir todos los problemas que se asociaban a los tradicionales guetos, las viviendas sociales no debían concentrarse en un solo punto, sino repartirse por distintos barrios. Lo cual significaba romper las barreras sociales y geográficas levantando viviendas públicas en medio de barrios de clase media. Hablando más claramente, lo que se buscaba era mezclar a negros y blancos, o hispanos y blancos; tratar de asimilar a las tradicionales minorías en buenos barrios, evitando así la formación de guetos étnicos. La clase política de la ciudad, blanca como la nieve, se opuso a dicho a programa, apoyados por sus votantes blancos. Show Me a Hero comienza su narración en el punto en que un juez federal falla contra la ciudad de Yonkers, obligándola a llevar a cabo el programa experimental de vivienda. Si el ayuntamiento persiste en su negativa, se enfrenta a una lluvia de multas que lo dejarán en la ruina.

El guión de la serie está firmado por Simon y William F. Forzi, su viejo colega del Baltimore Sun y colaborador en la celebrada The Wire. Con su buen hacer habitual, Simon nos muestra de nuevo las dos caras de la moneda; en esta ocasión tanto el punto de vista de los blancos que no quieren convivir con vecinos venidos del gueto, aduciendo la consabida depreciación del valor de sus hogares (en la mayoría de las veces, eufemismo o simple excusa de lo que ya podemos imaginar), como la realidad de esos mismos habitantes del gueto, con sus luces y sus sombras. Además nuevamente se describe también lo que ocurre en las altas esferas, en esta ocasión el ayuntamiento de Yonkers, cuyas luchas intestinas son las verdaderas protagonistas de esta miniserie de seis episodios.

Como apuntaba antes, cuando leemos en los periódicos noticias sobre chanchullos, pactos, latrocionios, y demás vaivenes políticos, tan sólo podemos imaginar (salvo cuando salen a la luz conversaciones telefónicas y demás) la manera en que deben de producirse tales hechos. Las ficciones de Simon nos ayudan a visualizar, de la mano de alguien que en sus días de periodista vio y escribió sobre muchas de estas cosas, al igual que ocurre con Forzi, los tejemanejes de la política entre bambalinas. Show Me a Hero no es un retrato de la corrupción como sucedía con la trama política en The Wire, o al menos no es el plato principal del menú. Pero lo que nos ofrece es igualmente interesante, una narración del día a día (o en esta ocasión quizás fuera mejor decir el año a año) de un político. Las ruedas de prensa, los comités, los pactos, las elecciones, el movimiento de peones y el equilibrio de fuerzas. En definitiva, todo aquello que vemos (y también lo que no vemos) en la prensa y los telediarios.

El protagonista de la miniserie, el "héroe" (quien vea o haya visto la serie entenderá el entrecomillado) al que alude el título, es Nick Wasicsko, concejal en el ayuntamiento de Yonkers cuando estalla la polémica del fallo judicial, y que poco después se convertirá en alcalde, sacando adelante durante su único y corto mandato el programa de vivienda pública, no sin muchos sinsudores.

Wasicsko es el fascinante retrato de un político arquetípico. De cara a la opinión pública se le podría calificar de héroe, al luchar contra viento y marea tratando de sacar adelante el proyecto en unas tensísimas votaciones públicas donde no sólo ha de tratar de controlar el sentido de los votos de sus compañeros y rivales, sino que debe afrontar las opiniones, griteríos e insultos de los votantes de los barrios blancos, para quienes se ha convertido en la grande Zohra, el traidor a los de su clase. Pero de puertas para adentro iremos comprobando que Wasicsko no ha dirigido esa lucha por un ideal; más bien se ha tratado de una estrategia, un paso más en su carrera política. De hecho conforme avanzan los episodios veremos que Wasicsko realmente no tiene ideales, es una simple mortaja política. La moraleja de su historia es hacernos saber que un político es como el tiburón de Woody Allen: ha de continuar avanzando o muere. Cuando sea derrotado en las elecciones, Wasicsko habrá de comprobar dolorosamente que todos, incluyo aquellos a quienes ha beneficiado aprobando el programa de vivienda pública, continuan adelante con sus vidas, sin él. Esta dura verdad queda reflejada en una excelence secuencia que tiene lugar en el sorteo público de las primeras viviendas que han de construirse como parte del programa. Para mí dicha secuencia no sólo refleja la consabida soledad en el poder, también la soledad del que ya no lo tiene, y también la corta memoria del ciudadano de a pie.

Como sucede con las obras televisivas de David Simon, habría muchos aspectos y detalles sobre los que escribir, pero un episodio vale más que mil palabras, así que simplemente recomendar encarecidamente el visionado de Show Me a Hero, otro gran acierto de la HBO. Y es que en estos tiempos donde la política parece estar siempre en todas partes una producción como esta viene que ni pintada para hacerse una idea de lo que ocurre dentro de los ayuntamientos, consejerías, diputaciones, senados, parlamentos y demás. Si lo que vemos en Show Me a Hero sea como probablemente imagino sólo la punta del iceberg, da miedo pensar en manos de quién estamos. Por otro lado también sirve para explicar el temprano encanecimiento de quienes están en la primera línea política. Sin duda la política debe ser una jungla, donde has de vigilar de cerca a los opositores del partido rival, pero más de cerca aún a tus compañeros de propio partido. Imaginad la paranoia. Qué precio deben de pagar algunos por satisfacer sus ambiciones. Pero cuando comprendes que son el tiburón de Woody, todo encaja. Al igual que un yonqui, harán lo que sea por conseguir una nueva dosis de poder. Corruptelas aparte.

Show Me a Hero, de David Simon. Pardiez, con estas siete palabras debería haber bastado para hacer el artículo.

martes, 3 de noviembre de 2015

Operación Trueno (1965)

Tengo una hipótesis acerca de los films de Bond, hipótesis seguramente más endeble que defender la existencia del flogisto, pero en fin, en la cola del super uno se entretiene con estas cosas. Bien, me atrevería a afirmar que los mejores films de la saga son los que mejor banda sonora tienen, y cuando digo banda sonora me refiero al tema principal. Creo que podríamos afirmar que hay bastante consenso en que el tema de Bond definitivo fue el de Goldfinger, film que por otra parte se encuentra entre lo más celebrado de la saga. Sin embargo el tema de Operación Trueno ya parece anunciar que la película no va a ser otra Goldfinger. Y eso que llevaba la impronta del compositor John Barry, el hombre que a fin de cuentas definió para quienes habían de venir tras él lo que debía ser un tema Bond, y de la voz se encargaba todo un Tom Jones. Sin embargo algo falla, se echa en falta cierto espíritu de grandilocuencia Bond, sensación que se multiplica si la comparamos con su directa antecesora, ya mencionada antes. De hecho Shirley Bassey, quien inmortalizara el genial tema de Goldfinger, había grabado ya un tema para el film, "Mr. Kiss Kiss Bang Bang", pero los productores finalmente optaron por fijar la tradición de que el tema de la película llevara el título de la misma. Podéis comparar las dos versiones en youtube, y creo que estaréis conmigo en que Shirley habría sido de nuevo la opción perfecta.

Algo parecido ocurrió con la dirección de la película. Aunque se le ofreció repetir a Guy Hamilton, que había dirigido la inmortal Goldfinger, éste declinó la oferta, por lo que los productores de la saga se digieron a Terence Young, el director de los dos primeros films. De hecho Operación Trueno había estado destinada a ser el primer título de la saga, y Young ya había expresado interés en adaptar esa historia, pero disputas legales entre Ian Fleming y unos guionistas que habían trabajado con él en el guión a finales de los 50 aconsejaron dejarla en barbecho hasta que se aclarara todo el asunto. Cuando por fin se llegó a un acuerdo extrajudicial, Operación Trueno pasó a ser el cuarto título de la saga.

El problema con Operación Trueno, en mi opinión, es que la trama principal no resulta tan atractiva como en anteriores ocasiones, además que el metraje se alarga rebasando las dos horas sin que la historia dé realmente tanto de sí, y teniendo en cuenta que muchas de las típicas escenas de acción que uno podría esperar de una peli de James Bond pasan a ser escenas submarinas que recuerdan a un documental de Jacques Cousteau, y casi se espera escuchar la apacible voz del inmortal Rafael Taibo narrando las imágenes de fondo, pues bueno, no son secuencias que me fascinen especialmente. También es cierto que la cinta tuvo la difícil tarea de seguir a Goldfinger, y las comparaciones surgen inevitablemente. Por ejemplo, con su villano.

En Operación Trueno tenemos de nuevo a la gente de SPECTRA con sus fechorías. En este caso roban dos bombas atómicas de la OTAN que pasan a esconder en una base submarina, y realizan un chantaje al orbe occidental: o les dan un porrón de dinero en diamantes, o harán volar una gran ciudad de Gran Bretaña o Estados Unidos por los aires. El número 2 de la organización criminal, Emilio Largo, será el maluto al que Bond deberá enfrentarse esta vez. Largo es interpretado por el italiano Adolfo Celi, buen actor sin duda y tipo no falto de carisma, pero ciertamente no es un Goldfinger o el Robert Shaw de Desde Rusia con amor.

Entre lo mejor del film, para los que consideren como yo que Sean Connery ha sido el mejor Bond posible, pues simplemente el poder disfrutar de su presencia una vez más. También algunas secuencias más inspiradas, casi todas ellas teniendo lugar en tierra firme, salvo la de la cama de masajes eléctrica. ¿Qué hace Bond pidiendo ayuda como una niña? Realista probablemente, pero queda poco heroico, vamos. Además de que técnicamente hoy en día se le saltan las costuras por todas partes. También a destacar la chica Bond de Operación Trueno, la francesa Claudine Anger, una de las chicas Bond más despampanantes de su época. No tiene el carisma de Pussy Galore, pero al menos ayuda a hacer más llevadero el film.

Sin duda Operación Trueno tiene sus defensores, y de hecho en su día superó en recaudación a todos los films anteriores, pero en mi opinión es el menos interesante de los que protagonizó Connery, dejando aparte Nunca digas nunca jamás, el remake de los 80 y que merece tratamiento aparte. Pero eso será en otra ocasión. Próxima parada: Sólo se vive dos veces.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Ain't Coming Home

Uno de esos grupos que probablemente habrían merecido más atención, sobretodo en la época de la explosión del rock escandinavo. Quizás les faltó ese disco redondo a rabiar...

lunes, 26 de octubre de 2015

Retrato de un fanático

Resulta sorprendente, casi fascinante, lo fina que puede ser, en determinadas circunstancias, la línea que separa a un ciudadano honrado del fanático más recalcitrante. La Alemania nazi fue una prueba de ello. Hoy en día asociamos el fanatismo con los movimientos radicales islámicos, y raro es el día donde no se comente en las noticias la detención de un fanático de la causa que hasta hacía un par de años era otro joven más que calzaba deportivas y acudía a las discotecas los fines de semana como cualquier otro. 


Aunque personalmente no me sorprendan estas noticias, no dejan de parecerme fascinantes esos cambios tan radicales. No soy psicólogo ni creo que se puedan solventar con una explicación de tertuliano televisivo las causas de tales derivas personales, pero quitando a aquellos cuyo fanatismo les es inculcado desde niños, parece evidente que la frustración es el mejor combustible que hay para avivar el fanatismo que llevamos dentro.

Estos días estoy releyendo El día del Chacal, uno de esos libros de cabecera a los que acabo volviendo cada cierto tiempo, y que ya comenté en este blog en su día. En el libro hay una sucinta descripción del proceso hacia la fanatización de un militar francés. En su impecable estilo de viejo periodista, Frederick Forsyth ofrece una pequeña explicación de una concatenación de hechos cuyo resultado es el alta de otro neuvo adepto en las filas de la intransigencia.

Rodin era, en muchos aspectos, muy diferente de su predecesor. Alto y enjuto, con un rostro cadavérico, devorado por el odio interior, generalmente disimulaba sus emociones bajo la máscara de una frialdad que nada tenía de latina. Para él no había existido una Escuela Politécnica que le abriera las puertas de los ascensos. Hijo de un zapatero remendón, había huido a Inglaterra en un bote de pesca en los días felices de sus veintitantos años —cerca de treinta—, cuando los alemanes invadían Francia, y se había alistado como soldado raso bajo la bandera de la Cruz de Lorena.

El ascenso desde sargento a oficial le había llegado por el camino más duro; lo había ganado palmo a palmo en las sangrientas batallas libradas en el Norte de África, bajo Koenig primero, y más tarde en Normandía, con Leclerc. Una acción de guerra durante la lucha por París le había valido los galones de oficial, que por su educación y su procedencia social jamás hubiese alcanzado, y en la Francia de la posguerra tuvo que elegir entre seguir en el Ejército o volver a la vida civil.

Pero, ¿volver a qué? No tenía otro oficio que el de remendón que su padre le había enseñado, y encontró a la clase obrera de su país natal dominada por los comunistas, quienes también controlaban la Resistencia y los Franceses Libres del interior. Así, pues, se quedó en el Ejército, donde le tocó sufrir las amarguras del oficial salido de entre las filas de soldados rasos que ve cómo una nueva generación de muchachos instruidos se gradúan en las escuelas de oficiales, y consiguen, mediante unas lecciones aprendidas en las aulas, los mismos galones por los cuales él había tenido que sudar sangre. Y viendo cómo lo rebasaban en grado y en privilegios, empezó a invadirle un hondo sentimiento de amargura. (...)

Un año más tarde tenía a su mando una compañía en Indochina, donde vivía entre otros hombres que hablaban y pensaban como él. Para un joven salido del banco de un remendón, cabía aún el ascenso, a través de combates y más combates. Al terminar la campaña de Indochina ostentaba ya el grado de comandante, y después de un año de desdicha y frustración pasado en Francia fue enviado a Argelia.

La retirada francesa de Indochina y el año pasado en Francia habían convertido su amargura en un odio mortal contra los políticos y los comunistas, a quienes consideraba como una misma cosa. Hasta que Francia no estuviese gobernada por un soldado, no lograría zafarse de las garras de los traidores y parásitos instalados en su vida pública. Sólo el Ejército estaba libre de tales especies.

Como la mayoría de oficiales activos que han visto morir a sus hombres y han tenido que enterrar a veces los cadáveres mutilados de quienes tuvieron la desdicha de ser apresados vivos, Rodin adoraba a los soldados como la verdadera sal de la tierra, aquellos hombres que derramaban su propia sangre sacrificándose para que la burguesía pudiera quedarse en casa viviendo cómodamente. Al cabo de ocho años de luchar en las selvas de Indochina, enterarse, por los civiles de su propia patria de que a la mayoría de ellos les importaba un comino los soldados, leer las acusaciones que los intelectuales de izquierda formulaban contra los militares por puras bagatelas, como las torturas infligidas a los prisioneros para obtener informaciones vitales… Todo ello desencadenó en Marc Rodin una reacción que, combinada con su amargura innata, originada por su falta de oportunidades, hizo de él un fanático.

jueves, 15 de octubre de 2015

El hombre de hielo (1984)

Siete años antes de que desenterraran al venerable Ötzi se estrenaba este precioso film de, nunca mejor dicho, ciencia ficción, en el que se fantaseaba con el encuentro entre un equipo de científicos que llevan a cabo una expedición en algún punto del Polo Norte y un neandertal atrapado en el hielo. Cual será su sorpresa cuando al descongelarlo para realizarle una autopsia se dan cuenta de que el hombre de las cavernas está volviendo a la vida.

El hombre de hielo se enmarca en el revival prehistórico de la primera mitad de los 80, auspiciado por la saga de El clan del oso cavernario y demás. Hija del revisionismo de las décadas anteriores tanto desde el punto de vista ecológico como el antropológico, en una época en la que ya se comenzaba a hablar de la posibilidad de resucitar mamuts y otras especies extinguidas, esta película nos enfrenta a ese debate pero utilizando un miembro de nuestro género, para identificarnos inmediatamente con el asunto y meternos de lleno en la historia. A través de este relato ficticio se nos presentan de forma indirecta temas cómo el del indigno trato que el hombre (el hombre blanco más concretamente) ha reservado a indígenas de varias épocas y lugares, así como el de la polémica de qué hacer con las tribus no contactadas que de cuando en cuando se van descubriendo en las selvas más impenetrables y los lugares más remotos.

De hecho en el film se menciona ese problema de las tribus aisladas; uno de los personajes principales, el antropólogo de la expedición  Stanley Shephard, verá su comportamiento hacia el ser de otra era influido por el remordimiento de haber fastidiado en el pasado una investigación con una tribu no contactada que acabó al parecer llevando gorras de béisbol y jugando al basket como aquellos africanos de Aterriza como puedas. Como decía, El hombre de hielo es hija de la corriente revisionista de los 60 y explota tópicos ya vistos en films anteriores. Como antropólogo, Shephard será el encargado de estudiar al neandertal, y poco a poco irá surgiendo entre ellos una entrañable amistad que acabará convirtiendo al científico en el defensor de los derechos del especimen, considerado como tal como era de esperar por la compañía internacional que financia la expedición, y que tan sólo ve en el hombre de las cavernas una oportunidad comercial.

En esa disquisición se mueve la trama de la película, mientras Shephard va ahondando en su relación con el neandertal al que apodan "Charlie". Como decía, un planteamiento poco novedoso, pero que está bien llevado, y que nos lleva a simpatizar con ellos, y emocionarnos cuando por ejemplo Charlie pregunta a Shephard por el paradero de su familia, sin ser consciente de que hace miles de años que han desaparecido de la faz de la tierra. Otro punto a favor del film es que a pesar de ser un cavernícola Charlie no es retratado como un simio descerebrado. No sabemos qué piensa de Shephard ni del lugar en que se encuentra (un vivero para pájaros con su vegetación y su cascada), pero no tarda en descubrir que hay gato encerrado, y que el gato resulta ser él. Con todo Charlie parece aceptar su condición, ya que no trata de huir hasta divisar un helicóptero, hecho que enlaza directamente con su pasado y el motivo por el que fue encontrado en tales latitudes, como después se verá. Cuando Shephard descubra ese motivo, acabará por ponerse totalmente del lado de Charlie, ayudándole a finalizar lo que dejó inconcluso cuando quedó atrapado en el hielo.

El guión de El hombre de hielo tiene sus fallos, aunque pequeños en mi opinión, y la trama está llevada con bastante inteligencia y por lo general bastantes dosis de realismo, atrapando fácilmente al espectador, y cuenta además con un bonito final, sencillo e imagino que no resultará una gran sorpresa, pero es de agradecer a veces una conclusión así, en una industria que gusta tanto de buscar el cierre más happy ending posible.

El hombre de hielo está dirigido por Fred Schepisi, director con una filmografía no muy extensa y ante todo cumplidora, al menos los films suyos que le he visto. Más que dejar su impronta parece más bien de esos directores artesanos que se ponen al servicio del guión, como pudieran ser ejemplos títulos como Roxanne, La casa Rusia o Criaturas feroces. En El hombre de hielo la dirección sigue en esa línea, aunque algunas secuencias destacan de tal modo que si le añadimos el hecho de que el proyecto estuvo ligado durante mucho tiempo a Norman Jewison (quien finalmente acabó ejerciendo sólo de productor en el film), me pregunto si el segundo no tendrá algún grado de responsabilidad en el acabado final.

El dúo protagonista cumple bastante bien; Timothy Hutton encarna al jipiesco doctor Shephard y un sorprendente y maquillado John Lone se mete en la piel del neandertal logrando un equilibrio que imagino no debió ser fácil de conseguir; en estos casos no es raro que se caiga en la caricatura, pero el futuro Pu Yi de El último emperador realiza un trabajo impecable, y al parecer tan realista como podía serlo un neandertal de ficción según los avances de la antropología a principios de los 80.

El hombre de hielo no es una cinta espectacular, pero es un más que logrado film de culto con una trama realmente interesante, y en cuya sobriedad radique posiblemente su valor. Algunos aspectos de la película quizás puedan resultar prototípicos, pero se han llevado adelante de forma lo bastante inteligente como para no caer en la repitición manida a escala industrial. No digo que quien se acerque a este título por primera vez vaya a encontrar la película de su vida, pero estoy seguro de que lo encontrará interesante y hasta algo sorprendente, como toda buena cinta de culto.

martes, 6 de octubre de 2015

Antiquísima y Poderosísima Orden de la Bendición de la Mendiga

Durante el reinado de los primeros Hannover había decenas de clubes para caballeros más salidosque el pico de una plancha. Entonces, todos los aristócratas estaban cortados con la misma tijera. El club más desenfrenado estaba en Escocia y, aunque llegó a tener sucursales en Glasgow y Edimburgo, fue fundado en 1732 en la ciudad de Anstruther, condado de Fife, en donde no había por entonces demasiadas alternativas para pasar el rato. Tenía el peculiar nombre de Antiquísima y Poderosísima Orden de la Bendición de la Mendiga, por una vieja leyenda del rey Jacobo V, que tras socorrer a una mendiga se ganó esta bendición: «Que tu bolsa y tu brío no te fallen nunca». (...)

El presidente colocaba un plato de estaño en una mesa a cuyo alrededor se congregaban un par de docenas de miembros —del club, vaya— con sus llamativas indumentarias oficiales. Cuando alcanzaban el frenesí priápico disparaban «una cucharada de su cuerno» en el plato. Luego brindaban con oporto en copas fálicas por una «erección firme y una inserción fina» mientras cantaban canciones sicalípticas. A veces había tal barullo que recuperar el sombrero era como encontrar una aguja en un pajar, no sé si me explico. La expresión «pajilleros sin vergüenza», era un grito de libertad intelectual. Dominique Strauss-Khan habría estado allí en su salsa. Esas liturgias terminaban con charlas fascinantes (palabra que viene del latín fascinus, miembro viril en posición de firmes) que versaban sobre la procreación de los batracios, la menstruación de las ballenas o la sexualidad de las garzas. El símbolo del club era un falo del que colgaba una pequeña bolsa con la leyenda: «Puede pinchar mi monedero, nunca fallará». Una de las reliquias era una tabaquera que contenía el vello púbico de una de las amantes de Jorge IV, miembro supernumerario del club (el rey, no su amante). Las actas de la Bendición de la Mendiga se guardan en el museo de la Universidad de St. Andrews. En el mismo museo se conserva la caja de madera del Club de la Peluca, cuyos miembros veneraban una cabellera hecha con el vello púbico de amantes del rey Carlos II.

Gonzalo Ugidos, Chiripas de la historia

viernes, 11 de septiembre de 2015

viernes, 28 de agosto de 2015

Hanna (2011)

Curioso film de Joe Wright (Orgullo y prejuicio, Expiación), un film de acción con sensibilidad indie que recuerda a una mezcla de D.A.R.Y.L. y Nikita

Hanna (Saoirse Ronan) es una adolescente que vive con su padre Erik (Eric Bana) en algún lugar perdido de Finlandia. Sin electricidad ni comodidad alguna, viven en una cabaña aislada alimentándose de lo que pueden cazar. Desde el comienzo queda claro que además de ejercer de padre Erik es su entrenador, moldeando a la chica para convertirse en una máquina de matar. No tardaremos en descubrir que el objetivo la joven será dejarse apresar por la CIA para acabar con una de sus agentes, Marissa Wiegler (Cate Blanchett), para quien Erik trabajó en el pasado. Sin embargo las cosas no saldrán como estaban planeadas, y padre e hija tratarán de reencontrarse mientras los agentes de Wiegler van tras ellos.

Como decía, película de espías y asesinos con tiros y peleas pero también momentos que podrían estar sacados de alguna cinta sobre adolescentes que toman conciencia de sí mismos y su lugar en el mundo. La dirección de Wright, más preciosista que adrenalítica, también contribuye a esa sensación de película independiente que desprende en algunos momentos el film, lo cual no quita para que las secuencias de acción estén rodadas con buen pulso. Por lo demás a destacar las interpretaciones de la Blanchett (como siempre) y de Ronan, una joven promesa a la que seguir la pista. Ahora mismo está rodando una adaptación de La gaviota de Chejov, y a pesar de ser de Brooklyn es una actriz idónea para participar en ese tipo de historias costumbristas.

Hanna, uno de esos pocos thrillers con espías que podrían atraer en un mismo sillón a los locos por el cine indie y los apasionados de los tiros y los golpetazos. Eso sí, sin no hay un mínimo interés por el género de acción, igual mejor esperar a que estrenen La gaviota.

jueves, 27 de agosto de 2015

lunes, 24 de agosto de 2015

Venganza (2008)

El otro día vi una imitación de Seth McFarlane en el programa de Jimmy Fallon, metiéndose en la piel de un Liam Neeson vendedor de televisión por cable. Eso me recordó que a lo mejor valdría la pena acercarse a la saga de Taken (titulada por aquí como Venganza), cosa que hasta hoy había tenido poco interés en hacer la verdad, pero tras enterarme de que Luc Besson andaba metido en el asunto (como guionista y productor) me he decidido a verla, y creo que ha valido la pena. 

 
Venganza trata justo de eso, de la venganza y/o rescate por parte de Bryan Mills, un ex-agente de la CIA que se las sabe todas, y quien tras haberse retirado vive por y para su hija, que vive con su madre, la ex-mujer de Mills, y su padrastro, un millonetis de esos que te hace quedar mal en el cumple de tu hija regalándole un caballo, mientras que a ti con tu pensión de ex-agente sólo te ha llegado para un karaoke. En fin, el caso es que Kim, la hija en cuestión, se quiere ir a París con una amiga, pero como es menor necesita el permiso del duro Mills para salir del país. El padre, claro está, no ve claro eso de que su pequeña se vaya solo a Europa, y bueno por un momento diríase que la hija quiere ir a Afganistán o algún sitio así, pero claro como agente secreto el hombre sabe que el peligro acecha en cada esquina. El buen hombre accede a regañadientes, y la hija y su amiga se van a París, donde a las primeras de cambio son secuestradas por una mafia que se dedica a la trata de blancas. Mills sabe que tiene el tiempo contado para encontrarla antes de que acabe perdida en las extensas redes de prostitución que se extienden por todo el Viejo Continente.

No sé si fue por ser una producción francesa o porque algo no le acababa de convencer, pero Liam Neeson parece que estaba convencido de que Taken iba a ser un film de saldo de esos que se estrenarían directamente en DVD, pero aceptó encantado participar en el proyecto sólo para poder pegar unos cuantos tiros y tener que entrenarse y demás. Obviamente los papeles de action hero no le habían lloviado, imagino que nadie se imaginaba a Oskar Schindler pegando tiros por ahí. Pero Taken cambió todo eso, y ahora Neeson se mueve como pez en el agua en el género. No sé si temerá encasillarse, pero seguro que la paga es buena. Y bien que me alegro; tras ver a tanto pipiolo sin carisma metido a duro de pelar, es un placer ver a un veterano como él aportando su gran carisma al mundo de los tiroteos y las explosiones.

Y aunque tiroteos hay unos cuantos, explosiones pocas. Quizás en Hollywood Mills habría volado medio París para encontrar a su hija, pero aquí como mucho vuela unos bidones en una obra y, eso sí, se lleva por delante a unos cuantos albano-kosovares. Y en un momento determinado incluso las autoridades tratan de atraparle, un pequeño toque de realismo (pequeño claro, que es una película al fin y al cabo) antes de que Mills siga a lo suyo. 

También he de reprochar algún que otro detalle. Veamos, durante el arranque del film nos venden que Mills es todo un profesional, un tipo frío y concienzudo, como en la ya icónica conversación telefónica que tiene con el secuestrador, que aquí podríamos resumir con un "no sabes en qué lío te has metido, secuestrador". Y cuando llega al aeropuerto de París y localiza al captador de chicas de la organización, ¿qué hace Mills? ¡Ponerse a darle de ostias e interrogarle! ¡En la parada de taxis! Vale, alguno dirá que con lo que le está pasando a su hija el hombre está que trina, y todos somos humanos, pero entonces la construcción inicial del personaje nos desorienta un poco con ese exabrupto. Pero en fin, es un detalle que no arruina el conjunto ni mucho menos, aunque a mí me ha chocado un tanto. De todas formas más tarde lo arreglan con la secuencia de la cena con su viejo colega de la Inteligencia francesa. Ese otro exabrupto no lo esperaba, ves.

Bien, Venganza ofrece buena acción, entretenimiento, un guión sin chorradas que va al grano, y unos sorpresivos 93 minutos que son de agradecer. Imaginaos esta película con media hora más, con esta manía que hay ahora por los minutajes largos; en algún momento el film habría decaído, es difícil mantener el pulso durante tanto tiempo. 

Venganza, un buen film, sin más, y tampoco hace falta más en realidad. Da lo que promete, y eso ya es. Que hoy en día hay superproducciones de acción que no llegan ni a eso. No sé si con las secuelas ocurrirá lo mismo, o si acabarán secuestrando a su cuñado o algo así, ya lo iré averiguando. Pero ésta la recomiendo, sobretodo para fans de Liam Neeson, como es mi caso.

martes, 18 de agosto de 2015

Perdición (1944)

No puedo hacer eso. ¡Hace falta actuar! ¿Me dirá cuando no lo esté haciendo bien? 
Fred MacMurray


En efecto, comentaba Billy Wilder que el bueno de Fred MacMurray no se sentía muy seguro protagonizando un thriller, terreno alejado del que hasta entonces había sido su terreno natural, la comedia (¿quién podría decirlo viendo los papeles que hizo para el austriaco?). También era la primera vez para Wilder, cuya exigua carrera como director se reducía también a un par de comedias y Cinco tumbas al Cairo, más próxima quizá al género de aventuras. Sin embargo el resultado fue espléndido, y Wilder se anotó su primer gran clásico.

La adaptación de Double Indemnity, novela de James M. Cain basada en un crimen real, había estado circulando por Hollywood desde los años 30, pero su espinoso contenido (una esposa que lía a un agente de seguros para que mate a su marido y así poder cobrar la indemnización) de cara a la censura había mantenido a los estudios al margen. Finalmente la Paramount se hizo con los derechos de la historia, ya que se les antojaba un vehículo ideal para Wilder. A pesar de que la Oficina Hays desaconsejaba rodar aquella historia, el proyecto siguió adelante. Wilder y su por entonces colaborador habitual Charles Brackett escribieron un tratamiento más idóneo de cara a los censores. Los chicos de Hays aún señalaron dos o tres detalles que debían ser eliminados (nada de escenas en la cámara de gas, toallas demasiado cortas) antes de seguir adelante. Por entonces Brackett decidió apearse de una historia demasiado sórdida para su gusto, y para cubrir su puesto el estudio contrató nada menos que a Raymond Chandler, uno de los maestros de la ficción detectivesca norteamericana. Sobre el papel una gran idea, pero su inexperencia escribiendo guiones, y el hecho de que a la postre él y Wilder acabaran llevándose fatal estuvo a punto de hundir el proyecto, sobretodo cuando Chandler dio un ultimátum al estudio para que el director y guionista se aviniera a un código de conducta en el que no hubieran mujeres pululando ni llamando por teléfono (creo que el autor de El sueño eterno tenía envidia del éxito de Wilder con las mujeres) y gorras puestas en la oficina: "No puedo trabajar con un hombre que lleva sombrero en una oficina. Tengo la sensación de que va a ausentarse en cualquier momento. Mr. Wilder me ordenó abrir la ventana. No dijo por favor..." 

A pesar de sus diferencias el guión final resultó magnífico, como aseguró el propio James Cain, que fue a verla varias veces entusiasmado y admitió que en algunos puntos incluso habían mejorado su novela; por cierto, curiosamente, Raymond Chandler detestaba toda la obra del autor de Double Indemnity. Los diálogos del film son por lo general excelentes; quizás no alcancen el nivel de obras posteriores de Wilder pero algunos de ellos, como el de las multas de tráfico, no habrían desencajado en labios del dúo Bogart-Bacall

Fred MacMurray puede descansar tranquilo; mantener el tipo ante todo un Edward G. Robinson (quien, no cabe duda, era mucho mejor actor que él) y sobretodo ante una inconmensurable (¿o debiera decir en su línea habitual?) Barbara Stanwyck, cuyo papel había sido escrito a su medida. Imposible que su rostro no quede grabado en la retina, especialmente esa expresión (casi sexual, como afirmó Cameron Crowe) cuando tiene lugar el asesinato de su marido, fuera de cámara. Tremendo.

Perdición, otro pedazo de cine atemporal.

lunes, 17 de agosto de 2015

That's life in Hollywood

P1: ¿Qué tal era Axl entonces? Es de todos conocido que estaba fuera de control. ¿Qué opinabas de él?

Tim Mosher: ¡Y quién no estaba fuera de control en aquella época! Todo el mundo estaba tan salido que no sé cómo alguien podía opinar sobre cualquier otra persona.

David Roach: Toda la ciudad de Los Angeles era diferente entonces.

Pat Muzingo: Cada noche de la semana había algo que hacer. Salías cada noche. Conozco mucha más gente que estaba fuera de control.

Tim: Y con mucho menos dinero para hacerlo. Entonces yo estaba en otro grupo, pero todo el mundo estaba igual. Era como una especie de juego, constantemente pasaban cosas.

David: Era sexo, drogas y rock 'n' roll. Sólo que Axl parecía estar más metido en todo, ya que era el cantante solista de la banda más caliente de la ciudad por esa época, cuando todo aquello estaba sucediendo. Él tuvo todo el sexo, las drogas y el rock 'n' roll que pudo.

Tim: ¡Solía ser divertido! ¡Realmente divertido! Mi vieja banda solía hacer de teloneros en algunas partes, y después nos ibamos de fiesta. ¿te acuerdas cuando vino David Lee Roth a una fiesta nuestra?

David: Sí. Era un apartamento cochambroso, y antes habíamos dado un concierot. Estábamos en plan, ¿dónde vamos a beber esta cerveza? Bueno, vayamos al apartamento de Brian, o lo que fuera. David Lee Roth apareció con su guardaespaldas y sus provisiones farmacéuticas en nuestra fiesta, fumaba hierba y nos contó historias de guerras. Ese tipo de cosas sucedían en todas partes en Hollywood cada noche entonces.

jueves, 6 de agosto de 2015

Sígueme si puedes: hazañas y miserias en el Tour de Francia

Ando colaborando con la revista Jot Down bajo seudónimo, por si algún lector del blog es asiduo de su web. Aquí mi último escrito para la web de JD. El sempiterno artículo estival sobre el Tour de Francia.

sábado, 23 de mayo de 2015

Tazones de mierda


A los bienaventurados y gentes de buena voluntad...

Let me tell you a story, Tommy. The first day I became mayor, they set me down at the desk, big chair and dark wood, lots of beautiful things. I'm thinking, "how much better can it get?" There's a knock at the door in the corner of the room, and Pete comes walking in carrying this gorgeous sieve silver bowl, hand chased. It was this big. "It's from the unions," he says. So I think it's a present, something to commemorate my first day as mayor. And he walks over, puts it on a desk. I look down at it. It's disgusting. I say, "what the hell is this?" He said, "what the hell's it look like?" I said, "it looks like shit. Well, what do you want me to do with it?" He says, "eat it. " "Eat it?" He says, "yeah. You're the mayor. You gotta eat it. " So, OK. It was my first day, and Pete knows more than I do. So I go at it. And just when I finish, there's a knock on the door. And in walks Pete carrying another silver bowl, and this one's from the blacks. "This, too?" And he nods. I start eating. And when I'm finished, there's another knock and another bowl. This one's from the pollacks. Then after that, one from the ministers. And you know what, Tommy? That's what it is. You're sitting eating shit all day long, day after day, Year after year. When I realized that, I decided being a downtown lawyer and seeing my family every night made for a fine life. Just a fine life.

jueves, 21 de mayo de 2015

Mad Max: Furia en la carretera (2015)

Llega un momento, ladrones, en que las joyas dejan de brillar, en que el oro pierde su brillo, el salón del trono se convierte en prisión, y en que todo lo que queda es el amor de un fan por una vieja saga...

Casi me veo obligado a salir de mi semiretiro ante la avalancha de entusiasmo y general aceptación que ha tenido la nueva entrega de la apocalíptica Mad Max, una saga que me marcó como a muchos otros de mi generación. No sé, en los últimos tiempos uno se despierta y oye que hablar de El caballero oscuro como una obra maestra (y que conste que disfruté con el film), Interstellar como la nueva 2001, o de Mad Max: Fury Road como la polla en vinagre. Y a uno no le queda sino ir al espejo, buscar nuevas arrugas y sentirse como Norma Desmond. O Abe Simpson... ¿Ha cambiado el mundo, o el que ha cambiado he sido yo? No voy a negar la evidencia: George Miller sigue teniendo un gran pulso y como film de acción Mad Max: Fury Road da sopas con ondas a muchos otros títulos del género. Las persecuciones, accidentes, explosiones, choques, coches rotos y demás, son por lo general como antaño. Mi pregunta es, ¿se puede realizar una película de dos horas con una premisa que en Mad Max 2, por ejemplo, apenas ocupaba treinta minutos? ¿Es posible contentar a un público nuevo ajeno a la saga y a los viejos fans? ¿Debería Tom Hardy tener el dedo sobre el botón?

Respecto a la primera pregunta, se puede, porque Miller lo ha hecho. En esta ocasión es el propio Max quien cuenta su historia, y a los pocos minutos de metraje (¿tres tal vez?) ya le vemos sin su coche y prisionero de los nuevos malutos de turno, los War Boys, la guardia de corps del villano Immortan Joe, quien recuerda a una fusión del viejo Lord Humungus y la Auntie Entity de Más allá de la cúpula del trueno. En este caso, el bien preciado que Immortan Joe se encarga de defender y administrar es el agua (un pequeño toque de actualización), que derrama de vez en cuando sobre una caterva de seres sedientos y deformes, víctimas de la radiación, cuyas consecuencias en esta nueva entrega quedan más patentes que nunca. Por ello Immortan Joe dispone también de un pequeño harén de mujeres físicamente sanas (y no sólo eso, son todas unos auténticos bellezones) con las que tener hijos sanos que puedan seguir nutriendo a su pequeña élite. Sin embargo, una de sus transportistas y guerreras, Imperator Furiosa, tiene un plan distinto y se da a la fuga con ellas. En su huída hacia un futuro mejor, acabará uniendo fuerzas, cómo no, con nuestro amigo Max. Y yo si dedico un párrafo a este planteamiento, en el film no se le da mucho más espacio; la premisa es que Furiosa salga con su camión cuanto antes y empiece la persecución.

Lo cual me lleva a la siguiente cuestión: ¿cómo de satisfecho quedará un viejo fan de la saga con esta película? Porque obviamente los 80 quedaron atrás, y el cine de acción moderno busca un perfil más joven. Hollywood tiene sus reglas, como las tuvo siempre, salvo que se van adaptando a lo que los estudios creen que funcionará. Por ello la duración idónea son dos horas (no deja de ser curioso, ¡cuántos directores en el pasado vieron sus films cortados y remontados porque sus metrajes llegaban a ese minutaje!), y aun así casi no hay cabida para crescendos, ni finas estrategias. Los generales no van a planear un movimiento en pinza; se optará por la saturación, en plan operación Rolling Thunder. Eso sí, George Miller muestra un mayor talento para saber dónde desplegar a sus bombarderos que muchos otros directores más jóvenes y con mayor renombre. Aun así, su montaje también ha hecho concesiones al estilo imperante, donde prima más la sucesión de planos cortos para inyectar adrenalina que, por ejemplo, las referencias al espacio-tiempo de la escena en cuestión. Con todo, la firma de Miller sigue ahí, en mi opinión. 

Sin embargo, uno recuerda al vagabundo Max encontrándose con un tal Gyro Captain, o un tal Jedediah, lo cual le llevaba al siguiente paso en la historia, encontrándose con los supervivientes de la refinería, o los tratantes de Negociudad. Escena a escena, uno se familiarizaba con los nuevos personajes y los nuevos lugares y retos. Y ahora simplemente ya no hay tiempo para nada de eso. El prológo y el nudo (al menos tal como yo los entiendo) se condensan todo lo posible para dar paso a un elongado desenlace. Quizás brillante, no lo sé, pero también es cierto aquello de quien sólo haya comido mortadela, cuando pruebe un jamón serrano, aunque sea de cebo con pocos meses de curación, jurará haber hallado una obra maestra. Bien, qué puedo decir; a Miller le he visto mejores jamones, curados el tiempo necesario.

Y claro, el reto más difícil en estos casos es el nuevo rostro. Uno habría deseado que a principios de este siglo Miller y Gibson hubieran podido volver a unir fuerzas, pero no pudo ser. Entre los aciertos de Miller se cuentan no haber echado mano del típico 'reboot' o reinicio de la saga, contando lo mismo otra vez (Furia en la carretera tiene lugar años después de que Max pierda a su familia, como en las otras secuelas), y haber usado casi en su totalidad efectos especiales de toda la vida, con vehículos de verdad, etc., lo que le ha ocasionado no pocos problemas en un rodaje realmente complicado. Hay efectos de ordenador, por supuesto, pero en ese detalle hay que agradecerle a un tipo de setentaypico años que se meta en esos fregados.

Respecto al nuevo Max, como sucede siempre cuando un personaje de una saga famosa adquiere un nuevo rostro, muchas veces el que funcione o no está en los pequeños detalles. Para los viejos fans sentir algo de rechazo en un principio creo que será casi inevitable. Aparte de una cara distinta, el nuevo Max narra su historia (lo que en mi opinión le resta algo de ese aura de mito del mundo postapocalíptico que tenía en los films anteriores) y se acentúa su carácter de superviviente; llevarse una lagartija a la boca ya es el primer síntoma. Poco después iremos viendo que casi es como cualquier otro humano perdido en ese mundo desértico y sin reglas. Y no es que Max, el héroe, no hubiera tenido nunca antes el otro yo del Max superviviente (pues por definición, todos en esa Australia devastada buscar sobrevivir, cada cual a su modo), pero en el fondo Rockatansky era el viejo cowboy, el pistolero que llega y se va, mientras que aquí, de alguna forma que no sabría definir, Max parece formar más parte de la masa que trata de llegar a ver otro nuevo día. Rasgo que me da que Miller ha acentuado deliberadamente.

Porque entre otras cosas si por algo está dando que hablar Furia en la carretera es por el aparente giro femenino que ha dado la saga, donde ahora las mujeres tienen más que decir que antaño (y hemos visto mujeres fuertes en el mundo de Max anteriormente, pero cierto es que nunca habían cobrado tanto protagonismo, salvo aquella Tina Turner, aunque más que una guerrera era una madre que usaba la diplomacia y la inteligencia como armas). No creo que la saga se haya tornado feminista, aunque quizás sí es algo menos masculina. De todas formas mi principal problema al respecto es el hecho de que Furiosa (estupenda Charlize Theron, por cierto) sea más Mad Max que el propio Max Rockatansky. Los silencios, las miradas, la actitud... No sé, por momentos me costaba reconocer al viejo héroe en el Max más dicharachero de Hardy, y según avanzaba el metraje, no dejaba de llegar a la conclusión de que ella era él. Y no hay nada peor para un protagonista que sea el coprotagonista quien acabe acaparando la atención del espectador.

¿Te trae buenos recuerdos y te inspira esta imagen familiar? Bien, pues olvídalo.
No estoy familiarizado con la filmografía de Tom Hardy, aunque me aseguran que es un gran actor, y no tengo razones para afirmar lo contrario. Ciertamente el guión no ha ayudado, pero para este tipo de personaje con diálogos parcos (y aun así por momentos me parecía más hablador que de costumbre) un gran carisma lo puede ser todo, y en ese aspecto Hardy no puede competir con Mel Gibson. Sí, ya sé, ninguna de estas metamorfosis entran fácil cuando en tu mente Max es Mel y nadie más. Quizás sea cuestión de tiempo, pero algo me da que deben de haber candidatos más idóneos por ahí.

En fin, no sé, a veces uno sabe que son detalles tontos, pero no me gustan las visiones del pasado acechando a Max (recurso que en la saga se usó de forma muy puntual) tan evidentes y tan abundantes. Son una explicación para los neófitos, ¡pero yo no las necesito! Y la creatividad de Miller y su equipo para las sociedades, personajes, vestimentas, vehículos y demás sigue ahí, pero las buenas ideas y planteamientos se acaban diluyendo en la persecución del más todavía. ¿O acaso el detalle del tipo de la guitarra no es ya demasiado over the top?

No sé, Furia en la carretera es un poco como reencontrarte con una antigua amante; entre las sábanas reconoces ese lunar en lugar curioso, el tacto de los labios, el color de los ojos... Pero al mismo tiempo todo parece distinto, más fofo y lento (o en este caso, más rápido, ¡demasiado!). De nuevo, te acabas sintiendo fuera de lugar.

No, nunca diría que Furia en la carretera es un truño (y menos aún si las comparamos con otros titulitos de acción de que nos ha dejado caer Hollywood encima en estos años), tiene sus buenos momentos y me alegro por quienes la hayan disfrutado tanto. Yo, por mi parte, me enfundaré las pantuflas, me iré a la mecedora con la mantita de cuadros, y revisionaré algún film de la vieja saga, derramando alguna lágrima nostálgica recordando que, no hace tanto tiempo, tanto en el amor como en el cine, existían unas cosas llamadas preámbulos.

PD- Una lástima que Hugh Keays-Byrne, nuestro querido Cortauñas, haya tenido que llevar una máscara  por aquello de evitar confusiones supongo. En el mundo de los villanos actuales no abundan tipos carismáticos como él.

martes, 21 de abril de 2015

martes, 7 de abril de 2015

Entretenimiento completo

Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno o, mejor aún, no le des ninguno. Fahrenheit 451, Ray Bradbury.

jueves, 26 de febrero de 2015

El gran carnaval (1951)

Bad news sells best. Chuck Tatum

Podía, y de hecho fue, figura heroica o héroe trágico, o una fusión de ambas, pero, ¿hubo un canalla mejor en la gran pantalla que Kirk Douglas? No deja de ser curioso que su hijo Michael heredara un poco de ese aura predispuesta a encarnar al mal. Pero sí, no cabe duda de que cuando Kirk era bueno, era muy bueno, pero cuando era malo, era mejor. Y su cínico Charles Tatum de Ace in the Hole (aquí, El gran carnaval) si no se encuentra en el número uno de sus muchos hideputas, desde luego se le acerca mucho. Porque más que de un carnaval, de lo aquí se trata (según nuestra expresión idiomática española) es de un circo, el circo mediático llevado al extremo para servir intereses personales, más allá del mero hecho de informar. Un tipo atrapado en una cueva es más que una noticia; es una oportunidad. ¿Les suena? Quizás Tatum se equivocaba (en parte, pues también llevaba gran parte de razón) en aquello del elemento humano, que una víctima de la desdicha es mejor que veinte. No sé si unos pobres mineros atrapados allá en Chile desmentirían el axioma. Pero aquello del circo... Ahora les suena más, ¿verdad? No, no creo que estrictamente Billy Wilder se adelantara a su tiempo. Porque el periodismo escuálido (de escualo, o pez selacio, seguro que tienen en mente el mismo ejemplar que tengo yo) que ávidamente busca la siguiente carnaza ya existía desde que la noble tarea de informar de las cosas se convirtió en negocio. Pero respecto a la magnitud de la repercusión mediática, la amplitud del foco sobre ese elemento humano, sí podemos considerar a El gran carnaval como un film adelantado a su tiempo. Aunque por supuesto dudo que Wilder llegara siquiera a poder imaginar lo que habría de venir con el satélite, el cable, los mil y un canales y la feroz competencia por la audiencia y las ventas.En 1951 todo era más artesanal, y quizás todo lo que hacía falta para levantar el circo era un avispado Charles Tatum. Hoy no hace falta un talento especial; basta con seguir las órdenes de arriba.

Con El crepúsculo de los dioses la relación entre Billy Wilder y Charles Brackett había alcanzado su cénit, tanto en lo artístico como en lo personal. Realmente fue esto último lo que llevó a la disolución del combo creativo que había firmado los guiones de algunos de los mejores films que se habían rodado en los años 40. Wilder y Brackett eran demasiado diferentes, y su visión de lo que querían hacer y contar era cada vez más opuesta. Con el gran éxito comercial de El crepúsculo de los dioses Wilder decidió que el momento era el apropiado para pedir seguir adelante por su cuenta. Además, ese éxito le daba carta blanca para hacer prácticamente lo que quisiera. Y lo que hizo fue un film oscuro e hiriente que sorprendió a propios y extraños; a su lado El crepúsculo de los dioses podría parecer un episodio feliz de La casa de la pradera.

De todas maneras esta nueva aventura Wilder no estaría solo. Se alió con otros dos guionistas, Walter Newman (que poco después escribiría para Preminger en El hombre del brazo de oro) y Lesser Samuels, quien, como el propio Wilder, era un ex-periodista que conocía bastante bien lo que ocurría en el mundillo de los gacetilleros. De hecho la inspiración para el film fue un caso real (que el propio Tatum se encarga de mencionar), el de un tal Floyd Collins, que en 1925 pasó dieciocho días atrapado en una cueva, tragedia con toque humano que atrajo una enorme atención mediática y otorgó un premio Pulitzer al periodista que estuvo allí para apuntarse el tanto. Como ven, en estas cosas lo que ha cambiado es la intensidad, pero el fondo del concepto ha permanecido más o menos invariable a lo largo de las décadas. Cuando el joven Newman le ofreció a Wilder llevar de alguna forma esa historia a la gran pantalla, sobre la que ya tenía un guión preliminar, el avispado austriaco no se lo pensó dos veces. Era un diamante en bruto que sólo había que pulir.

Chuck Tatum, menudo personaje. Evidentemente en el film todo gira en torno a él. Un periodista vividor y sin escrúpulos a quien ningún gran periódico quiere ya. Atrapado en una modesta gaceta de Alburquerque, languideciendo en un pequeño lugar donde nunca pasa nada, de repente un día, dirigiéndose a cubrir otro evento rutinario, se entera de que un hombre ha quedado atrapado en una caverna mientras recogía reliquias indias que poder vender en su pequeño almacén. Por fin, he ahí la gran noticia, la tragedia que bien explotada puede sacarle de ese agujero tedioso que es Alburquerque. Un clavo saca a otro clavo. Un as en un agujero saca a otro as en un agujero. Tatum defiende el viejo axioma periodístico de que sólo informa, sólo ofrece lo que el público quiere. Pero como en tantas otras ocasiones veremos que la noticia es tan maleable como el oro en manos de un alquimista de la realidad, un reportero sin escrúpulos, para quien el drama es sólo un gran titular, y la agonía un día más de buenas ventas. Al fin y a la postre Tatum no es sino el octavo y rapaz catártido en la Colina de los Siete Buitres. Tan sólo resta saber si podrá seguir domando la fiera circense en que ha convertido la noticia del hombre atrapado a las afueras de Gallup.

En El gran carnaval las tintas no iban dirigidas sólo contra el periodismo sensacionalista. Wilder reconoció que también tenía en su mira al público que lo hacía posible. A la gente que conduce un coche y cuando pasa junto a un accidente reduce la velocidad, o cuando un suicida se sube a la cornisa alza la vista y espera acontecimientos. A aquellos que mientras un ser humano se debate entre la vida y la muerte atrapado en un oscuro agujero, se apelotonan frente al micrófono para poder afirmar "yo lo vi todo" o "yo fui el primero en llegar". A aquellos, en definitiva, que hacen posible que Tatum se convierta en el foco de atención, y no Leo Minosa, el infortunado buscador de reliquias indias. Retratar de forma tan cruda las miserias humanas, con personas morbosas acampando con sus caravanas a las afueras de la tragedia, comprando souvenirs o montando en tiovivo, era un paso arriesgado. La audiencia, en la oscuridad del cine, podía identificarse sin demasiado problema con cualquier detalle del esperpento humano en que se convierten los curiosos que poco a poco van abarrotando la colina. Tiempo después fueron muchos, Wilder entre ellos, quienes atribuyeron gran parte del fracaso de El gran carnaval al hecho de que al público no le gustó una historia tan oscura, ni contemplarse en un reflejo tan poco favorecedor. Como dijo el propio director, "Nadie quería gastarse cinco dólares para enterarse en el cine de que era un tipo miserable".

El gran carnaval tal vez no gustara al público de la época (ni a los críticos, que tampoco parece que encajaran muy bien el retrato que se hacía de la profesión periodística), pero hoy en día es un clásico indiscutible que no ha perdido ni un ápice de calidad, ni de vigencia, pues ofrece un relato realmente familiar que podríamos haber visto en una cobertura televisiva ayer mismo. Sin tiovivos ni caravanas, bien pudiera ser, pero con la ambición del dólar (o el euro) patentemente presente. El gran carnaval probablemente sea junto a Perdición el film más oscuro de su carrera, pero a diferencia de la cinta de cine negro, el realismo del "todo vale" periodístico y del ambicioso Tatum resulta más temible y oneroso. 


Billy Wilder reunió en El gran carnaval a varios secundarios poco conocidos o recordados hoy en día pero bastante efectivos, como Ray Teal (el corrupto sheriff del lugar), quien años más tarde se convertiría en un tipo popular gracias a Bonanza, o Jan Sterling, la esposa del pobre Leo, estupenda también como la reina de corazones en el agujero de Gallup, quien ve en Tatum su propio pasaporte hacia un sitio mejor. Pero evidentemente El gran carnaval es la película de Kirk Douglas, en uno de sus papeles definitivos. Contemplamos su auge y caída (ese desplome audazmente rodado por Wilder, casi à la Hitchock) y en el proceso Douglas no deja de maravillarnos de principio a fin. Primero es el periodista urbanita y descarado, irónico, borrachín y aprovechado, que casi cae simpático; luego le vemos como el terrible manipulador y el cínico inhumano, para acabar contemplándole como una sombra de sí mismo víctima de su propio juego. No creo que pueda describirse algo así, lo mejor es verle en acción.

Como casi siempre, el último párrafo lo reservo para conminarles a que vean esta maravilla. Pero esta vez cerraré el artículo con unas palabras de Wilder, por aquello de que quizás la realidad siempre supere a la ficción: "Justo frente a mí alguien fue atropellado por un auto. Un fotógrafo sale de repente de ninguna parte. Dije: 'Tenemos que ayudarlo'. Y el fotógrafo me respondió: 'Ayúdelo usted. Yo tengo que conseguir una foto'. Y el tipo se fue. Quizá no fui lo suficientemente cínico cuando hice Ace in the Hole".

domingo, 8 de febrero de 2015

Danielle Sharp

Mmm me gusta su estilo (o estilismo, no sé). ¿Será cosa de trabajo o de gustos? Si alguien tiene su teléfono que se lo pregunte. O mejor, si alguien lo tiene que me lo deje y ya le pregunto yo. Soy la de escuela de Woodward y Bernstein, me gusta acudirr a las fuentes. Es más profesional.


viernes, 6 de febrero de 2015

Corazones de acero (2014)

Diríase que siendo el nombre de un tanque, y como en ocasiones dejan en inglés títulos largos que a lo mejor no todo el mundo entiende, en esta ocasión habría tenido su lógica conservar el nombre original, pero no, Fury aquí ha sido renombrada con el originalísimo título de Corazones de acero, aunque busqué a Michael J. Fox y no lo encontré. Supongo que acabarán la trilogía con Corazones de adamantium o algo así. Bueno, disquisiciones sobre el lisérgico mundo de las traducciones fílmicas en nuestro país aparte, Fury ha sido la última sensación en cine bélico venida de Hollywood. Y la verdad es que como sensación es bastante buena. No es perfecta ni un clásico atemporal instantáneo, pero reconcilia al género con una calidad que los últimos grandes lanzamientos no siempre han tenido. Y porque Brad Pitt ha estado metido en el ajo, que si no creo que el film habría pasado mucho más desapercibido. Los fans del género pueden estar de enhorabuena; esto no es Pearl Harbor.

En Corazones de acero nos encontramos durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial en suelo europeo con una unidad de tanques del ejército norteamericano comandada por "Wardaddy", un a todas luces fogueado sargento (por su edad y cantidad de cicatrices podría haber combatido en la Gran Guerra) y su tripulación de veteranos, que milagrosamente ha permanecido unida e intacta desde las primeras intervenciones aliadas en África. Tras otro sangriento y devastador combate la unidad y el tanque (apodado "Fury") han sido los últimos supervivientes de su batallón, pero esta vez han perdido a uno del grupo, el artillero auxiliar. Su sustituto es un recluta inexperto que de algún modo ha acabado destinado en primera línea de fuego y no parapetado tras una máquina de escribir, como debería haber sido según su formación. Evidentemente los duros veteranos del "Fury" no le ofrecen una cálida bienvenida. Corazones de acero relata la dura conversión del inocente recluta en soldado de combate, y la heroica resistencia del "Fury" en un último envite, sus particulares Termopilas, aunque aquí los 300 son parte de una compañía de infantería de las Waffen SS (las tropas más odiadas por los soldados aliados; pocos prisioneros se hacen de entre sus filas) que la dotación del tanque deberá frenar tanto tiempo como sea posible.

Corazones de acero ha sido escrita y dirigida por David Aye, cuyo trabajo desconozco (salvo el guión de Training Day), aunque hasta el momento parecía especializarse en historias urbanas y policiales. Lo primero que podríamos destacar del film es su afán de realismo (al parecer el equipo de producción se recorrió varios museos para sacar a la calle algunos Sherman e incluso un Tiger), quizás no hasta el mínimo detalle, pero dudo que nadie que sea un especialista note si esto o aquello es un anacronismo o no. Otra de sus grandes virtudes son los combates y las escenas de acción, algo para lo que sin duda Aye demuestra tener buenas aptitudes. Además la luminosidad de las balas trazadoras ayuda a dar colorido a todo el asunto; en algún momento no me habría extrañado ver a algún stormtrooper de Star Wars perdido por ahí (y esto no es una crítica al realismo del film, sino más bien una ligera impresión artística). La película no escatima en detalles escabrosos, sobretodo al principio del film, cuando el recluta Norman se encuentra con pedacitos de su antecesor en el puesto por todo el tanque. Curiosamente más tarde un compañero se comerá toda la deflagración de una granada alemana y saldrá bastante incólume del asunto. Claro que tampoco sé a ciencia cierta el efecto a quemarropa de las granadas de mano alemanas en un cuerpo humano; igual ésa la fabricó un judío de Schlinder. Bueno, bromas aparte, los combates de Corazones de acero molan bastante.

Si Salvar al soldado Ryan rescataba la épica de las grandes superproducciones bélicas de los 60 y 70, pero con más realismo, Corazones de acero rescata el cinismo de esa inexistente gloria que el poeta Horacio quiso inmortalizar hace ya mucho (el pro patria mori, ya saben), y que seguramente muy pocos veteranos de cualquier guerra que puedan tener en mente comparten. Salvando las muy perentorias distancias, esta película podría ser aquella La cruz de hierro de Peckinpah en el siglo XXI; ambas creo que tratan de ofrecer a su manera un mismo mensaje, bastante opuesto al del amigo Horacio, pero evidentemente Corazones de acero no tiene ni la mala leche ni el acabado del viejo clásico de los 70. Con todo, es muy de agradecer la intención de no convertir esta historia en una lucha de buenos y malos (quizás con la excepción de las Waffen SS, obviamente deshumanizados en comparación con el prisionero regular de la Wehrmacht, para mantener quizá el punto de vista de los personajes principales), sino simplemente en la unos hombres que algún día fueron como Norman, pero que en aras de la propia supervivencia se han convertido en máquinas de matar, y no sólo en el fragor del combate. Si la situación lo requería, por el motivo que fuera, seguro que más de un prisionero desarmado se habrán llevado por delante. Y si era de las SS la duda ofende.

En el retrato de los veteranos de la unidad nos encontramos ciertamente con tipos duros, pero como iremos viendo el miedo, el dolor, los sentimientos en general, siguen ahí, pero atrapados tras un obligado muro de insensibilidad (más o menos aparente) que probablemente todo soldado ha de levantar si quiere sobrevivir. La más que rápida evolución de Norman no sé como será de realista, pero en la primera línea de combate de una guerra dudo que puedas permanecer mucho tiempo con melindres y cuestiones éticas si quieres salvar tu pellejo. O matas o te matan; y es esa perversa y ancestral regla no escrita la que al fin y al cabo hace perdurar en el tiempo ese terrible aspecto de nuestra raza. Quizás en este sentido el personaje más "Rambo" de todos sea el Wardaddy de Pitt, seguramente porque ha vivido y matado más que el resto. Con todo veremos que conserva una cierta ética (algo distorsionada para civiles como nosotros, pero visos de ética tiene), como se comprobará en la secuencia con las mujeres alemanas. Y como cualquier buen líder de soldados, combinará una estricta dureza con una honesta preocupación por sus hombres.

Por lo demás, no profundizaré en anécdotas del rodaje, aunque hay unas cuantas porque Aye montó unas condiciones de rodaje rozando lo paramilitar, con los actores dándose sopapos antes de rodar "para entrar en calor" (y al parecer ellos encantados), y Shia LaBeouf se dedicó a hacerse cortes de verdad y quitarse un diente (?) para meterse más en el personaje, quizás por aquello de que la polémica cuarta entrega de Indiana Jones y la saga Transformers no ayuden a que la gente te tome en serio como actor. En fin no sé si será publicidad o no, pero la verdad es que por lo general todos los actores están bastante correctos, destacando en algunas ocasiones.

Así que Corazones de acero me parece recomendable, especialmente para fans del género bélico. No sé si el film ofrecerá bastantes alicientes para quien no guste de las pelis de guerras. De todas formas todo este asunto de unidades de tanques, Tigers contra Sherman y demás me resulta muy estupendo. Ojalá la HBO o alguna otra cadena nos contara los trasiegos de una unidad de tanques yanqui, desde las arenas de África hasta el suelo alemán. En plan Band of Brothers, ya saben. Porque los tanques molan, así como los dinosaurios. Por lo tanto cualquier historia sobre tanques o dinosaurios mola. Cualquier chaval de bien conoce esta gran verdad.

jueves, 5 de febrero de 2015

martes, 3 de febrero de 2015

El Dorado (1966)

Creo que para bien o para mal, Rio Bravo había marcado el cénit de Howard Hawks, el director todoterreno que había hecho de los diálogos una pista en Indianápolis. El Hollywood clásico estaba llegando a su fin y nuevas generaciones de directores e intérpretes iban desplazando a los anteriores. Los gustos del público ya no eran los mismos y muchos autores veteranos trataban de encontrar su sitio en aquel negocio cambiante. El Dorado habría de ser el penúltimo film de Hawks. Un director que como muchos otros veteranos trataba de seguir encajando en una industria donde vales tanto como lo que haya recaudado tu último film.

Los estudiosos de la obra de Hawks parecen coincidir en que fue esa idea del "tanto recaudas, tanto vales" lo que llevó al director a volver a terrenos comercial y artísticamente más seguros. Suele decirse que El Dorado no es sino un remedo de Rio Bravo, y desde luego similitudes en la trama y los personajes no faltan. Leigh Brackett, guionista con el que Hawks colaboró en más de una ocasión, y que había trabajado en Rio Bravo, parecía más que consciente de que volvía a pisar terreno ya hollado cuando el director le mostró el tratamiento de El Dorado. En realidad Hawks nunca negaría que había decidido retomar elementos de su gran éxito, aunque las razones no las llegó a exponer. Se suele señalar al fracaso en taquilla de sus producciones anteriores, Su juego favorito y Peligro línea... 7000, como la razón por la que se decidió a rescatar lo que tan bien le había funcionado en Rio Bravo. En un principio su nuevo western había de ser algo más crepuscular, quizás más en sintonía con la novela de Harry Brown que oficialmente adaptaba. Algo más en la línea de la única secuencia en el film que sigue más fielmente la novela, aquella en la que Thornton abate al hijo de los McDonald. La clara evolución del film a partir de ese momento hacia un western de acción mezclado con alta dosis de comedia parecería confirmar el hecho de que a mitad de camino decidió abandonar sus pretensiones artísticas y hacer una película más comercial. Según Hawks, esto no era sino una manera de no vender al público que estaba viendo una comedia.

Quizás El Dorado no pueda competir con Rio Bravo, pero se trata de un estupendo western en el que Hawks abría más la mano (tanto a la comedia como a la violencia) y en el que se dedicó a intercambiar roles entre los arquetipos de Rio Bravo; si en esta el sheriff había sido el que ayudaba a un alcóholico, ahora era él quien necesitaba dejar de beber; si antes había un joven pistolero, ahora había un joven que no sabía disparar, etc. En realidad poco importa: los buenos son buenos y los malos son malos, hay un secundario simpático, tiroteos y algunos buenos diálogos, que para eso se trata de un film de Howard Hawks.

Por supuesto uno de los mayores alicientes de El Dorado es disfrutar con el mano a mano que se trae el dúo protagonista, John Wayne y Robert Mitchum. Ambos hacen gala de esa camaredería masculina entre tipos duros pero con su orgullo que tantas veces hemos visto en esta clase de viejos westerns. Creo que en este aspecto al menos se respira más química que entre el dúo protagonista de Rio Bravo (aunque este film se presta más a ello, y Dean Martin estuvo fantástico, que conste). El joven protagonista fue en esta ocasión un James Caan que acababa de obtener su primer gran papel precisamente de la mano de Hawks. Todos sabemos (o al menos deberían saberlo) de la buena madera que está hecho Caan, y que saliera airoso de vérselas con dos colosos carismáticos como Wayne y Mitchum ya dice mucho de su buen hacer. En el apartado malvado hay que citar a un correcto Edward Asner (¡el inigualable Lou Grant!) y sobretodo a un Christopher George como el pistolero profesional de cara rasgada en uno de esos papeles que por desgracia para él no se iban a repetir mucho; no tuvo la suerte de Leslie Nielsen, con quien compartió escenas en la extraña peli de desastres El día de los animales, y el pobre acabó haciendo de villano en La justicia del ninja. Pero ésa es otra historia. Más bien sería interesante reseñar que pocas cosas hay en esta vida que sean más sexy que una cowgirl, y en ese aspecto Michele Carey está aquí estupenda, un personaje femenino echado para alante como es habitual encontrar en la filmografía de Hawks.

La verdad es que quien disfrute con Rio Bravo ha de disfrutar forzosamente con El Dorado creo yo, aunque ésta tenga un tono más ligero, a veces incluso afectado (eso que los anglosajones llaman "campy"). Con todo creo que el humor bonachón es por lo general disfrutable, así como los tiroteos. Además, pueden observar el constante cambio de muleta de una pierna a otra del bueno de Mitchum, que se confundió tantas veces a lo largo del rodaje que al final Wayne decidió incluir ese detalle en la trama para delicia de Hawks; para compensarlo Mitchum casi se fabricó una escena en una bañera donde dio rienda suelta a su vis cómica. No digo que ese tonillo desenfadado vaya a saciar a todos los paladares, pero los admiradores de todos los mencionados anteriormente deberían ver este film tarde o temprano. Yo hasta la pondría en programa doble, justo con La justicia del ninja, por si alguna vez lamentó haber acabado en el funcionariado o en una fábrica de cajas y fantaseó en su juventud con ser actor hollywoodiense.

domingo, 1 de febrero de 2015

2000

Con la de ayer ya son 2000 las entradas publicadas en este blog. Y aunque sea a trompicones, el viaje continúa...

sábado, 31 de enero de 2015

Drugstore Cowboy (1989)

¿Recordáis aquella época en que parecía que Gus Van Sant iba a dominar el mundo? Al menos el mundo indie. La verdad es que los 90 estaban llamados a ser su década, como lo iba a ser para los grupos de Seattle. A mí al menos me resulta difícil no relacionar a unos y otros, a aquella nueva hornada de directores cinematográficas y bandas, que tenían en común ese espíritu de mantenerse fieles a su propio concepto de las cosas, concepto que se alejaba irremediablemente de los más postizos 80. De haberla rodado cinco años antes no sé que hubiera pasado, pero en 1989 desde luego ya había un público demandando nuevas emociones, y Drugstore Cowboy sorprendió a todo el mundo (aunque quizás sin tanta repercusión como la otra gran sorpresa de aquel año, Sexo, mentiras y cintas de vídeo), no sé si por su calidad o por tratarse de una cinta independiente que sin traicionar su identidad indie podía satisfacer a un público bastante amplio. En la década que había de venir dicho género, el indie, iba a crecer y popularizarse tanto en cine como en música. Fueron los grandes años de Sundance, un Cannes más grunge de lo normal y tal, y Miramax, que no tardó en ser engullida por Disney. Para muchos ahora todo aquello ha seguido el camino de Miramax, y no faltan los que reprochan a Robert Redford y su festival ser tan independientes ahora como el león de la Metro.

Nick Weschler (productor ejecutivo de la cacareada Sexo, mentiras y cintas de vídeo) y Karen Murphy (This Is Spinal Tap) unieron fuerzas junto a Cary Brokaw, productor ejecutivo que no era ajeno al mundillo de los nuevos talentos (había financiado a nuevas promesas como Jim Jarmusch o Wayne Wang) para sacar adelante el proyecto de uno de los nombres que más fuerte venían sonando en la escena underground de Los Ángeles, el de Gus Van Sant. El vehículo en cuestión era Drugstore Cowboy, la autobiografía de un ratero drogadicto especializado en atracos a farmacias, y que andaba cumpliendo unos años a la sombra. El libro todavía no estaba publicado, pero había llegado a las manos de Van Sant y éste estaba dispuesto a rodarla fuese como fuese.

La verdad es que Drugstore Cowboy, cuya trama está ambientada en los 70, retomaba un poco las hechuras del cine de aquella época, aunque remozadas para los nuevos tiempos, con unas escenas oníricas que tenían más que ver con el videoclip musical (el buen videoclip musical se entiende, al que el propio Van Sant haría alguna contribución poco después) que con la psicodelia hippie. Sea como fuera no cabe duda de que en su día al menos la película resultó enormemente refrescante. Su historia destilaba el extraño encanto que encontramos en el realismo destilado por el connoisseur, y aunque tampoco se trate de un retrato documentalista de la vida de un adicto, se alejaba de los muchos manierismos que Hollywood había creado sobre el tema. Y seguramente gran parte de ese mérito, si no todo, se lo debemos a un Matt Dillon en estado de gracia.

Desde luego a Dillon este papel le cayó como llovido del cielo. Tras ser encumbrado como nuevo talento adolescente de la mano de Coppola a principios de los 80, su carrera transcurría algo erráticamente (dudo que mucha gente recuerde Kansas, dos hombres, dos caminos), y cuando fue elegido para interpretar al drogadicto Bob, no dudó en poner toda la carne en el asador. Reclutó a un amigo ex-yonqui y juntos recorrieron los peores barrios de Nueva York, en los que con su colega como guía le fue introduciendo a las distintas drogas y sus efectos, mientras le comentaba que aquel iba puesto de tal cosa y aquel otro de tal otra. Hasta William Burroughs, quien desde luego no necesitaba a ningún ex-yonqui para saber de lo que estaba hablando, alabó la interpretación de Dillon. Y ya que citamos al mítico escritor, recordar que Burroughs no dudó en interpretar un pequeño papel en el film, fabricándose muchas de sus propias frases. Desde luego yo de haber sido Van Sant dudo que me hubiera atrevido a negarle ese capricho al viejo gurú dopamínico. Pero hablando de Dillon, Drugstore Cowboy no sólo reflotó su carrera, enfilándolo para ser una de las grandes estrellas de los 90, nos recordó también lo excelente actor que era y es. Quizás por todo esto Drugstore Cowboy siga siendo el film favorito de su carrera.

Dillon fue estupendamente rodeado de otros intérpretes como Kelly Lynch, una de las bellezas definitivas de aquellos días, y que pasó de aparecer en De profesión: duro (impagable título, y todavía más impagable contenido) a convertirse en nueva reina indie, James Le Gros (gracias a esta cinta también tuvo su racha a principios de los 90, pero ahora hay que buscarle en Google) y la explosiva Heather Graham, deliciosamente encantadora con ese look tan 70s.

Buen guión, excelentes interpretaciones (con un Dillon implacable, claro) y las deliciosidades pictóricas de las que tanto gusta Van Sant, y que tan bien le iban a esta historia. Desde luego para mí decir Gus Van Sant es decir Drugstore Cowboy. Para mí la celebérrima El indomable Will Hunting, sin ser un mal film ni mucho menos, no está a la altura, y nunca acabé de entender los pasos de Last Days y especialmente, ese remake de Hitchcock que no he visto ni veré; hacerlo me parece tan innecesario como cualquier otra revisitación de films que a día de hoy siguen funcionando tan bien como en su día. Quizás cuando vea Mi nombre es Harvey Milk me olvide de que Gus necesitaba una piscina más grande, o algo así.

Descubrí Drugstore Cowboy gracias a un profesor de ética, uno de esos profes sustitutos que van y vienen, y que aquel curso también tuvo la genial idea de volarnos la cabeza con La naranja mecánica. Mucha ética no sé si aprendí, pero cinematográficamente hablando ya le debo dos buenas a ese hombre. Drugstore Cowboy amigos. No se la pierdan.