sábado, 30 de agosto de 2014

Eric Clapton TV Special 1977

La verdad es que en youtube se encuentran las cosas más increíbles; cualquiera que haya vivido los tiempos de los VHS piratas y la caza de tal o cual actuación perdida en plan Indiana Jones jamás habría podido soñar algo así. Hoy sin ir más lejos me he encontrado con este especial del Old Grey Whistle Test de Eric Clapton. No es lo mejor que le he visto, el arranque con Eric a la acústica no resulta muy excitante, y cuando por fin coge la eléctrica ocurre lo que uno nunca imaginaría, ¡Eric Clapton metiendo la pata en los solos! En fin, ya sabéis, en aquella época todavía se encontraba luchando con sus demonios personales y me temo que ese día debió de licuarse unas cuantas pintas o algunas botellas. Aun así sigue demostrando esa técnica endiablada por la que tantos suspiran, además de apoyarse en una excelente banda, con su mano derecha George Terry a la cabeza, e Yvonne Elliman (sí, la Magdalena de Jesuschrist Superstar) a los coros. En fin, esto no es el In Concert de Derek & The Dominos, pero aun así es bastante recomendable.

viernes, 29 de agosto de 2014

Ajeno a los zombis: Zombie Party

La verdad es que no sé como se me había podido pasar un film como Shaun of the Dead (o por aquí, Zombie Party). Sin duda una de las películas de zombis más divertidas que haya visto. Y encima tiene la arrolladora "Don't Stop Me Now" de Queen en la banda sonora con secuencia protagónica incluida. Muy recomendable.

jueves, 28 de agosto de 2014

Profesiones ridículas

"Encargado de la puerta grande", "experto en rapto de novias", "pingüinólogo", MILF commander... y por supuesto el pluriempleado Alan Moore. Más profesiones tontunas vistas en la tele aquí.


jueves, 21 de agosto de 2014

martes, 19 de agosto de 2014

The Rolling Stones - Exile on Main St.

Recording at my place was a necessity. Keith Richards 

I remember Gram Parsons sitting in the kitchen in France one day, while we were overdubbing vocals or something. It was crazy. Someone is sitting int he kitchen overdubbing guitar and people are sitting at the table, talking, knives, forks, plates clanking.  Andy Johns

Debido a las malas artes de Allen Klein y sus deudas con el fisco The Rolling Stones habían abandonado Gran Bretaña por el sur de Francia. Mientras trataban de poner sus negocios en orden, Mick se refugió en los brazos de su novia Bianca Pérez, mientras Keith, ajeno como todo adicto a la realidad de que masticaba más de lo que podía tragar, comenzaba a pergeñar a la deshilachada manera del drogata el nuevo disco de la banda, un disco tan variopinto como su portada creado entre las llamas de la vieja Roma a la mayor gloria del nuevo y heroinómano Nerón, de la cual iba a surgir una nueva y esplendorosa obra de arte. Esa clase de disco excelente que se pondrá en la primera fila de los pulsos neuronales de muchos fans cuando piensen en el legado inmortal de la banda. Una obra maestra en la que el rey gitano se salió con la suya por última vez, antes de que las drogas comenzaran a cobrarse su impuesto y fuera obligatoriamente sustituido por ese moderno Sejano llamado Mick Jagger.

El 5 de mayo de 1971 se produjo el primer ensayo de los Rolling Stones en su Elba particular, el sur de Francia. Tras descartar varios estudios de grabación se optó por hacer de Nellcote, la villa de Keith en Villefranche, el nuevo centro de operaciones de la banda. Entre tanto Mick últimaba los detalles de su boda con Bianca, a la que acudirían 75 invitados entre familiares, amigos y colegas de la farándula, además de una incómoda nube de periodistas. Tras el enlace la feliz pareja se fue a Italia a pasar su luna de miel.

El sótano de Nellcote, reconvertido en sala de grabación gracias al estudio móvil de la banda, era un pequeño horno en el que los músicos destilaban sudor y bourbon a la par que transpiraban buena música cuando las Musas despertaban de su sueño opiáceo. Más que nunca, el nuevo álbum iba a seguir el ritmo de Keith, adaptándose a sus horarios y sus momentos de inspiración, fraccionados entre juergas, peleas y travesuras, con una pléyade de invitados (aunque en muchos casos esta catalogación rayaba el puro eufemismo) que entraban y salían del lugar en un eterno joie de vivre con Jack Daniels, Beaujolais y drogas duras y blandas como protagonistas. La orgiástica rutina de Nellcote era un falso indicio de cualquier aspecto vacacional: entre canciones sobrantes del anterior disco, ideas sueltas y buscar nuevas composiciones, la banda tenía mucho trabajo por delante. En Atlantic estaban deseando comprobar el progreso del futuro disco, y Marshall Chess no tenía nada que ofrecerles.

El caos era total. Charlie y Bill, en el lado sobrio de la banda, acudían con puntualidad a las citas, que podían ser productivas o no. El hecho de que Keith hubiera arrastrado al productor, Jimmy Miller, así como a Bobby Keys y al joven Mick Taylor, a su particular torbellino de drogas, no ayudaba a organizar las cosas. Y por supuesto Jagger no estaba dispuesto a tolerar los desplantes heroinómanos de Keith; cuando ocurría se largaba durante varios días a París a ser consolado por su esposa Bianca, lo que a su vez sacaba de quicio al guitarrista. Aunque Miller estuviera comenzando a coquetear con el diablo quedaba patente tanto para él como para el ingeniero de sonido Andy Johns que la banda estaba muy lejos de su mejor momento. En el ambiente flotaba la duda de si aquel disco se acabaría algún día. Quizás fuera Keith, a su esporádica manera, el único que veía la luz al final del tunel. De repente se despertaba una mañana, hacía venir a los ingenieros que se habían ido a dormir pocas horas antes, y surgía un diamante como "Rocks Off". O cuando las diferencias entre Mick y Keith se disipaban, y lograban juntarse de nuevo en una habitación, como antaño, Jagger escupía algunas frases y la guitarra de Keith comenzaba a olisquear la presa, hasta que daban con "Rip This Joint" o "Tumbling Dice".

Sin embargo no todas las visitas eran simples parásitos. Es bien conocida la influencia que Gram Parsons tuvo sobre Keith, mientras se sentaban juntos al piano, o aquel le ponía tal o cual disco de legendarios artistas country. Come on down sweet Virginia. O si pasaba William Burroughs por allí, luego Mick usaría su sistema de frases escritas en trocitos de papel que el resto de la banda cogía de un montón para terminar la letra de "Casino Boogie". Con Charlie viviendo temporalmente en Nellcote, para evitarse largos viajes por las carreteras secundarias francesas, cuando Keith le avisaba para bajar al sótano los ingenieros ponían la grabadora en marcha. Era un señal de que el guitarrista se había acostado con las Musas.

De todas formas el proceso de composición, arreglos y reorganización de ideas fue permanentemente inconstante. Tan pronto como la magia aparecía podía irse de nuevo cuando Keith se quedaba flotando durante horas, o cuando Mick sentía la necesidad de volver junto a su esposa, dejando a un desconsolado guitarrista detrás. Pero a pesar de sus ya serios problemas con las drogas, Keith parecía tener más la cabeza en ese disco que su amigo Mick. Por su parte Taylor alucinaba con el caótico proceso compositivo de la banda, acercándose a las drogas con tanto tiempo en sus manos, mientras Charlie y Bill se armaban de paciencia, o se iban a hacer sus cosas hasta que se necesitaran sus servicios.

En octubre Bianca y Mick tuvieron su primer hijo, lo que se convirtió en la prioridad número del cantante, mientras en Nellcote ocurría lo inevitable; con tanto ir y venir de conocidos y extraños, alguien entró y se llevó varios instrumentos sin que nadie se enterara. El verano se iba y la Riviera francesa había sido exprimida. Habían tenido que retorcer la ubre, pero la banda tenía más de 20 canciones listas para ser grabadas, suficientes para un álbum doble. Era  hora de ir a Los Ángeles a acabar el disco. La vieja rutina. O tal vez una consecuencia de la policía francesa investigando todo el rastro de drogas que conducía hacia villa Richards.

A principios de 1972 la banda se reunió en Los Ángeles para regrabar algunas partes, añadir pistas vocales y ayudarse de las colaboraciones de algunos músicos insignes como Billy Preston o Dr. John con parte de su corte. Si Keith había estado al mando del timón en Francia, en California fue Mick quien se implicó a fondo, cosa que no es de extrañar ya que había mucho trabajo vocal por hacer. Por su parte Richards se acabó yendo a Suiza junto con Anita y su hijo Marlon; su esposa yonqui estaba embarazada y convenía una cura de desintoxicación. Su hija, Dandelion, nacería el 17 de marzo.

La policía francesa quería hacer unas preguntas a la banda, exiliada ahora de su exilio francés, mientras Mick trataba de llegar a un acuerdo con el pirata Klein para no tener todos los activos de la banda paralizados mientras la justicia seguía ponderando sobre el caso. Para seguir adelante iban a tener que retirar la demanda y aceptar las migajas que pudieran obtener de su mánager. Los derechos de edición y los máster de lo grabado en los últimos diez años por la banda siguieron en poder de Klein. El precio de la educación.

Con el disco terminado la banda se reunió en Suiza para los ensayos de la nueva gira. El 12 de mayo de 1972 Exile on Main St., el diario de los Stones vagabundos, firmado por un tal Richards, salió al mercado. 
El álbum se abre con la festiva "Rocks Off" y esa típica guitarra estoniana, que va cobrando fuerza conforme las seis cuerdas restallan y se añade el piano de Nicky Hopkins, azotados aquí y allá por los los redobles de Charlie, hasta que finalmente entran los vientos de Jim Price y Bobby Keys y el tema se pierde en un paroxístico estribillo, que en su segunda acometida se pierde en un suave medio tiempo susurrante, que tras un nuevo chute retoma su imparable ritmo anterior. El segundo corte es "Rip This Joint", uno de los temas estonianos más rápidos hasta la fecha, una furiosa canción con toques rockabilly en la que destaca la rasgada voz de Jagger y el contrabajo de Bill Plummer, grabado mientras Wyman estaba perdido por Francia, descontento una vez más. "Shake Your Hips" es una revisión del tema original de Slim Harpo, en lo que obviamente es un regreso de la banda a las raíces, y una oportunidad de poner atención a la ármonica de Mick. En "Casino Boogie" Mick y Keith se meriendan las partes vocales, guitarra rítmica y bajo, dejando protagonismo al solo de Taylor y el saxo de Bobby Keys. La cara A del primer disco se cerraba con uno de los temas más celebrados del álbum, "Tumbling Dice", un boogie rescatado de las sesiones de Sticky Fingers que se desliza como una culebra sobre un tapete. Mick Taylor se encargó del bajo; pobre Wyman, si no estaba allí para grabar, nadie le esperaba. A día de hoy Mick sigue convencido de que usaron la mezcla errónea para la canción. La cara B es el lento country "Sweet Virginia", donde Charlie se limita prácticamente a poner la base sobre la que funcionan el piano de Ian "Stu", el saxo de Bobby y los magníficos coros de Keith y presumiblemente otros invitados a la juerga. Y si hay un ejemplo de la influencia de un insigne invitado, Gram Parsons, sobre la música de los Stones, ahí está "Torn and Frayed", un corte de country rock que no habría desentonado en los Flying Burrito Brothers o alguno de los discos en solitario de Gram. Junto con "Sweet Virginia" es sin duda uno de los temas más deliciosos del Exile. Con la balada sureña "Sweet Black Angel" los Stones se pusieron más políticos que nunca apoyando a la activista Angela Davis en un letra que no pasaba desapercibida para la audiencia de la época. Musicalmente sin embargo el tema queda sepultado bajo el peso de "Torn and Frayed" y "Loving Cup", una de esas bellas baladas estonianas que la banda rescató de las sesiones del Let it Bleed, y la cual queda marcada por el piano de Hopkins y una pequeña ayuda de Jimmy Miller en las percusiones, además de la siempre bienvenida combinación de Price y Keys en los vientos. Y sí, increíblemente, el bajo lo grabó Bill Wyman.

La segunda parte del LP doble se abría con "Happy", ese excepcional tema autobiográfico del Keith más gitano y vagabundo al que Mick puso coros y Jimmy el pulso en la batería; el combo Price/Keys cerraba la formación de este tema, uno de los grandes clásicos de la banda. "Turd on the Run" es un rápido tema con aires country que evoca la musicalidad de la Inglaterra de posguerra, mientras que "Ventilator Blues", una de esas raras ocasiones en que Jagger y Richards deciden rebajarse a compartir créditos con alguien (en este caso, Mick Taylor), huele a estancadas agua de pantano y humedad de sótano, siendo el único corte de todo el disco en el que participan todos los miembros del grupo a la vez. De las marismas emerge "I Just Want to See His Face", una jam tribal a tres bandas entre Mick, Keith y Charlie. "Let it Loose" surgió del apasionado interés de Mick por los coros gospel, aunque en la letra de Keith se atisban ecos del moderno Odiseo del folk americano. La cara B del segundo disco se abría con "All Down the Line", un descarte acústico reconvertido en un "crochet" eléctrico dirigido a los sentidos. Con "Stop Breaking Down" la banda se sumergió en el Delta de la mano de Robert Johnson, un destino ideal para que Mick se desate con la armónica y Taylor haga lo propio con el slide, mientras el bueno de Stu les guarda las espaldas al piano, como si el tiempo se hubiera detenido en aquellos viejos clubs de jazz londinenses. La mayor contribución compositiva de Jagger fue "Shine A Light", que compuso originalmente en los días en que Brian iba perdiéndose cada vez más en sus adicciones, de manera similar a lo que le estaba ocurriendo a Keith; el colaborador de lujo en esta ocasión fue Billy Preston, al mando de piano y órgano. El álbum se cerraba brillantemente con "Soul Survivor", una de esas canciones de la banda que parece albergar al diablo agazapado tras cada nota y cada riff. Todo esto y más era y es Exile on Main St., un estofado de inquietudes estonianas cocinado a fuego lento bajo la supervisión de un Keith Richards cuya atropellada inspiración había alcanzado su punto máximo; podría haber sido su último canto, de no haber sido porque siempre tuvo más de fénix que de cisne.

lunes, 18 de agosto de 2014

Más Mean Tweets

Ahi vaotra ronda de tweets malvados cortesía del show de Jimmy Kimmel y algunos de los tuiteros más mordaces de la red.

viernes, 15 de agosto de 2014

Maniac (1980)

Joe Spinell, menudo tipo. En estos tiempos tan políticamente correctos y tan homogéneos realmente se echa de menos a alguien como él, uno de esos actores de carácter cuyo rostro jamás olvidas, aunque sólo le hayas visto una vez en tal o cual escena. Desde luego difícilmente alguien como él habría conseguido un papel de galán (aunque se salió de sus estereotipos en más de una ocasión), pero como secundario del tipo intimidante no tenía rivales. Incluso cuando simplemente hacía de empleado en una compañía de taxis como en Taxi Driver, uno no podía evitar fijarse en él. Pero desde el punto de vista más creativo y personal, si Spinell nos dejó un legado como actor sin duda fue Maniac.

Tanto Spinell como su amigo y director, William Lustig, eran fans del cine de terror. Muchas veces iban al cine juntos (en cierta ocasión Joe no tuvo reparos en llevar a un avergonzado Lustig a ver un film de su novia, y futura esposa, Jean Jennings, actriz de cine para adultos; aunque no sé por qué se azoró tanto si Bill debutó en el cine porno como director según tento entendido) y veían chapuceras cintas de terror como tantas se hacían por aquella época. Maniac nació del convencimiento de ambos de que por el mismo presupuesto ínfimo podían hacer un film de terror mucho mejor. Por supuesto Lustig sería el director y Spinell se aseguró el papel protagonista, además de escribir el guión y participar como productor.

El rodaje fue rápido y barato, con un equipo muy reducido y no todos los permisos necesarios para rodar algunas secuencias. Varias de las actrices secundarias que ejercerían de víctimas fueron reclutadas en el mundo del porno, para ahorrar costes, aunque alguna podría dar lecciones a víctimas de otros films. Eso sí, como coprotagonista Spinell se aseguró la aparición de la divina Caroline Munro, lo cual es de agradecer. A pesar del bajo presupuesto el film se beneficiaría de las artes de Tom Savini, hoy una leyenda de los efectos especiales que contribuyó con sus artes en varios clásicos del slasher y el terror entre los 70 y los 80 especialmente.

Contemporánea de un clásico como Viernes 13, la cinta de Lustig destaca por su retrato más realista del protagonista psicópata y una violencia mucho más gráfica, lo que los entendidos etiquetarían quizás como un film a medio camino entre el slasher y el splatter. Más gráfica pero no por ello más fantasiosa; del excelente resultado de los asesinatos de las pobres víctimas de Spinell en su alter ego del maníaco Frank Zito es buena prueba la polémica que envolvió al film tras su estreno, con grupos de feministas y otras gentes sensibles llamando a boicotear la película y echando pestes de todo lo que tenía que ver con Maniac (como podéis comprobar en este enlace). Sí, las muertes en Maniac no son tan cómodas como las de cualquier slasher al uso; si a su enfoque crudo le añadimos el inquietante rostro de Spinell con sus ojos abiertos perdido en una mirada de sádico placer, bueno, ahí tenemos una combinación explosiva para fomentar la incomodidad en el espectador. Realmente hoy en día todo lo que podamos ver en Maniac ha sido superado con creces en cuanto a nivel de violencia, depravación o festejo gore, pero aquellos eran otros tiempos, y realmente el film tenía algo pertubador que no podía encontrarse en las cintas de Herschell Gordon Lewis, por ejemplo. Curiosamente Spinell fue el primer sorprendido por toda aquella polémica, y el rechazo de muchas mujeres al film realmente le dolió, de tal manera que cuando años después puso en marcha una secuela de Maniac (que no llegaría a completarse), su psicópata se reconvirtió en un justiciero asesino de padres maltratadores.

Curiosamente la muerte más salvaje del film no era la de una mujer, sino la de un pobre tipo discotequero (interpretado por el mismo Tom Savini) en la que seguramente sea la secuencia más memorable de la película. El hombre está con su ligue en el coche, a la manera tradicional que todos conocemos, cuando aparece Zito armado con un rifle de dos cañones, ¡y patabum! le vuela la cabeza al pobre Savini. Todo rodado a una suculenta cámara lenta. El trabajo de los efectos especiales de Savini es espectacular; había ejercido como fotógrafo de guerra en Vietnam, con lo que había visto todo lo que se pueda ver sobre la muerte y la violencia. Sin duda un gran aprendizaje para un futuro creador de efectos especiales. Para asegurarse de que la escena de la voladura sesera salía bien, fue el propio Savini quien se puso en el papel de Zito para volarse a sí mismo la cabeza. Enternecedoramente profesional.

En fin, Maniac es un título de culto por muchos motivos, entre los que destacan obviamente su incómoda violencia y sobretodo un enorme Joe Spinell retratando a un torturado Frank Zito aparentemente dominado por el recuerdo de su madre como un Norman Bates de los 80, y por el subsecuente impulso misógino para cobrarse nuevas víctimas, castigándolas por algún pecado imaginario que en su mente se confunde con el puritanismo, una dependencia insana de una madre y traumas infantiles, resumidos en esa mítica frase del film, "I warned you not to go out tonight". La verdad es que dudo que ninguna máscara de hockey o maquillaje de rostro quemado pueda competir con la simple anatomía de Spinell, y esos ojos fijos que son como una puerta abierta al terror y la locura. Como decía, en el cine gore y demás subgéneros del estilo la frontera de Maniac hace mucho que quedó atrás, amén de presupuestos y avances tecnológicos. Pero amigos, alguien como Joe Spinell jamás podrá ser superado. Por todo ello Maniac es una película ineludible, especialmente en esas noches en que uno tiene la sensación de que las esquinas sombrías albergan algún tipo de amenaza y es mejor quedarse en casa.

Por último, para los más curiosos, no dejen de indagar las conexiones entre este film y una cinta como Flashdance. Eso sí que es inquietante.

lunes, 11 de agosto de 2014

Fargo (TV)

Todo indicaba que True Detective estaba destinada a ser la nueva sensación de la parrilla televisiva primaveral, pero a la HBO le ha salido una competidora en el canal FX: Fargo. Con la de remakes y continuaciones absurdas que nos ha regalado Hollywood a lo largo de los años, una serie ubicada en el mundo del mítico film de los hermanos Coen auguraba a otro desastre que mancillaba aquello que no debía ser tocado. El hecho de que los propios hermanos participaran en el proyecto como productores ejecutivos tampoco es que fuera una garantía, dado que últimamente no parecen estar demasiado creativos. Pero lo cierto es que Fargo, la serie, ha resultado ser tremenda.

No era la primera vez que se intentaba llevar el universo nevado del film a la pequeña pantalla, pero en aquella ocasión (allá por el 2003) el proyecto no pasó del episodio piloto. En este nuevo intento por suerte todo salió a pedir de Milhouse, y la responsabilidad del proyecto recayó en Noah Hawley, un novelista cuyo trabajo más conocido en la televisión hasta el momento había sido en la serie Bones. Hawley ha logrado lo más difícil: componer una trama que no deja de recordar a la película pero al mismo dotarla con personajes "coenianos" creíbles, y lo más increíble, poder ofrecernos esos pequeños diálogos y momentos típicos de los Coen que no tienen que ver con el relato principal, pero que enriquecen enormemente toda la historia, algo por lo que los hermanos siempre destacaron. No sé qué punto de implicación habrán tenido los hermanos, si además de productores han ejercido de consultores (que obviamente imagino que así habrá sido), pero el mérito de Hawley es tremendo. Lo que confirma una vez más que el hecho de que las series estén atravesando un momento tan celestial es porque los buenos escritores han repoblado los estudios de televisión.

No creo que se le pueda poner muchos "peros" a Fargo, pero en mi opinión muy personal sigue sin gustarme del todo el que el arranque de la serie presente unas premisas tan parecidas a la trama del film original. Que nadie se asuste porque tanto la historia como los personajes pronto vuelan por libre hasta cotas de interés insospechadas, pero creo que no era necesario arrancar siguiendo tan de cerca las huellas de Jerry Lundegaard o Marge Gunderson; con los guiños que se suceden aquí y allá apuntando a la película de los Coen habría bastado. Con todo, no deja de ser un detalle menor que a mucha gente no le ha inquietado lo más mínimo. Repito, la serie es excelente, y ese punto de partida tan familiar, imagino, no deja de ser un seguro de vida para interesar a los viejos fans del film. Por lo demás, precisamente un aliciente para revisitar esta primera temporada de Fargo es jugar a descubrir esos guiños a la cinta de los Coen. Algunos son muy obvios, pero estoy seguro que muchos otros se nos habrán pasado.

Por supuesto, un gran guión con estupendos diálogos es la premisa para cualquier buena serie, pero hacen falta grandes intérpretes para que todo se convierta algo superduble. Fargo, la serie, está tan bien dotada en ese sentido como muchas otras que tengáis en mente. Y de hecho en esta ocasión creo que Fargo gana a su gran rival detectivesca de la HBO de forma holgada. Simplemente, Martin Freeman juega en una división en la que no están los protagonistas de True Detective. Allison Tolman ha resultado toda una revelación, incluso con la sombra de la enorme Frances McDormand planeando sobre su personaje, y si tuviera que buscarme una esposa en el Medio Oeste elegiría a alguien como ella sin dudarlo. De Bob Odenkirk poco hay que decir, otro tipo enorme al que todos los fans de Breaking Bad adoramos. Tampoco hay mucho que añadir sobre Keith Carradine, un tipo que mejora con los años. Y a Colin Hanks le he visto mucho mejor que en Dexter. El nuevo dúo de matones referencial al film original formado por Russell Harvard y Adam Goldberg, sin llegar al nivel de sus predecesores, nos ha proporcionado alguno de los momentos álgidos en cuento a comedia "coen" se refiere. Pero sí, me estoy dejando al mejor para el final: un ciclópeo Billy Bob Thornton ejerciendo de villano con peinado curioso como aquel Bardem en No es país para viejos, pero superior en todos los aspectos. Resulta díficil mensurar un papel así; tan sólo afirmar que es uno de los mejores villanos que se haya podido ver en la pequeña pantalla y que sin duda merecería un spin-off. Dudo que quien haya visto la serie haya quedado saciado de más aventuras del singular Lorne Malvo.

En resumen, los fans reticentes de los Coen no tengáis miedo y acercáos a esta serie porque no os decepcionará, y quienes no supieráis de la existencia del film o no lo hayáis visto, amén de recomendaros que remediéis eso, simplemente aquí tenéis otra estupenda serie (y van...) a la que engancharse. Habrá  nueva temporada, habrá pueblos pequeños del Medio Oeste, pero la historia será otra y tendrá lugar en otra parte. Aunque todo apunta a que nos resultará familiar, eh, Lou Solverson.

domingo, 10 de agosto de 2014

Jeanette McCurdy

Supongo que podría extraerse un análisis sociológico del hecho de que tantas chicas Disney transiten tan rápidamente de inocentes intérpretes infantiles a jóvenes con una curiosa tendencia a exponer sus anatomías. A Jeanette McCurdy se le ocurrió mostrar su lindo cú al mundo, martillo de Thor incluido, a lo que Nickelodeon respondió con una súbita rescisión de contrato. Diría que el público al que estaba destinada su serie no se debe caracterizar por buscar traseros famosos por Internet, pero así funciona el mundo Disney. Está bien matar a la madre de Bambi pero no hacerse un retrato ligero de ropa. Por mi parte, creo que mi único resumen del asunto sería: ¡búho!


sábado, 9 de agosto de 2014

Té dulce

Jason Bonham en estudio, Joey Castillo en las giras. Desde luego Glenn Hughes no tiene un pelo de tonto. 

viernes, 8 de agosto de 2014

Los mercenarios 2 (2012)

Pues ahora que está encantadora panda de garrulos está de vuelta, voy a dejar brevemente mis impresiones sobre la segunda parte que vi hace ya un tiempo. De entrada quizás disfruté más con la primera, por aquello de la novedad supongo. Al fin y al cabo los ingredientes están ahí: acción, humor chicloso, buenos contra malos, explosiones y toneladas de casquillos, la típica chica sexy, y por supuesto esa reunión de viejas o seminuevas estrellas de acción comandadas por Sylvester Stallone.

No deja de parecerme curioso que haya gente por Internet analizando una película así que obviamente está llena de momentos absurdos y exageraciones imposibles, con una trama que no trata de contar nada realmente, es tan sólo una excusa para el despiporre. La gracia está en dejarse llevar por la nostalgia (en el caso de los más viejunos) y disfrutar de algún que otro afortunado momento. Por mi parte disfruté con Jean Claude Van Damme haciendo de malo malísimo y quizás lo mejor sea la epatante aparición del duro Chuck Norris.

Veremos qué momentos descacharrantes nos ofrece la tercera parte. ¿Falta algún "duro" por participar en la saga? ¡Porque ya deben estar casi todos!


jueves, 7 de agosto de 2014

Rainbow - Monster of Rock 1980, Donington

Un cantante del calibre de Graham Bonnet habría merecido mucho más. No sé que andará haciendo ahora, ¿cortando el césped de su jardín? Bueno vale, sigue en activo, pero colaborar con bandas tributo a Rainbow y Stardust Reverie diría que es algo pelín bajo para su nivel. Y mientras Ritchie perdido en el siglo XVI. No sé, ¿no tendría Dave Grohl algo para él? En fin, me voy a 1980, a aquel Donington tan metálico.

miércoles, 6 de agosto de 2014

La ciudad desnuda (1948)

The Naked City nació de una historia de amor, la del productor Mark Hellinger por el cine y por Nueva York. Hellinger, aquejado de una enfermadad cardiaca congénita, no vivió para verla estrenada, pero parece como si hubiera sabido que el tiempo se le acababa y decidió dejar como epitafio este film noir que se alejaba del estilo de los detectives duros y los villanos maníacos para adentrarse en un estilo más realista, con la Gran Manzana como telón de fondo.

Como muchos otros títulos del cine negro La ciudad desnuda comienza con un crimen, y un narrador (en este caso el propio Hellinger) nos pone en situación. El hecho diferenciador es que en esta cinta se sigue paso a paso todo el procedimiento de investigación, desde que se reporta el crimen hasta que se descubre al asesino. Aquí no hay lugar para un Sherlock Holmes o un duro Sam Spade; tan sólo policías con más o menos intuición y mucho trabajo duro interrogando a testigos y pateando calles. Por todo ello el estilo semidocumental es más que patente, aunque para ayudar a la digestión de un producto tan inusual los guionistas no dudaron en meter algún toque de humor aquí y allá para relajar las cosas. 

Uno de los grandes alicientes del film es que se rodó en localizaciones reales, y es que en cuanto a decorados se refiere todos se quedan enanos frente a la inconmensurable Nueva York. En aras del realismo el equipo rodó muchas secuencias con una cámara oculta, mientras algunos ganchos distraían al gentío por si las moscas. Con un eficiente trabajo por parte del director, Jules Dassin, la fotografía del film está a medio camino entre el neorrealismo italiano y un número de la revista Look, para la cual, por cierto, un joven Stanley Kubrick estuvo tomando fotografías durante parte del rodaje.

En el apartado interpretativo no hay demasiado que decir, salvo que Barry Fitzgerald se merienda a todo el mundo que se pone a su lado con una sorprendente naturalidad. Cosa que supongo no es sorprendente.

Supongo que para muchos con citar el nombre de Dassin será suficiente para interesarse por este atípico film policíaco. Quizás no sea El halcón maltés, pero su aproximación realista a la trama, el uso de las localizaciones y un climático final en el puente de Williamsburg a lo Hitchcock bastan para hacer de este film un título a tener en cuenta dentro del cine negro.

domingo, 3 de agosto de 2014

Ingrid Pitt

Ingrid Pitt. Seguramente la recordaréis como el enlace que ayudaba a Clint Eastwood y Richard Burton en El desafío de las águilas. De origen polaco, comenzó su carrera como extra y pequeños papeles sin diálogo en producciones que se rodaron en suelo español, hasta que le llegó su primera gran oportunidad en el film bélico ya citado. Ahí llamó la atención de los cazatalentos de la mítica Hammer, y es que Ingrid no sólo tenía el físico adecuado, sino que además poseía un adorable acento eslavo que la hacía idónea para participar en films vampíricos de la casa, del cual el más recordado es sin duda Las amantes del vampiro, donde colmillos largos y erotismo se daban la mano a partes iguales. Participó también en otra cinta británica de culto, The Wicker Man, y muy pronto su carrera derivó hacia la televisión, destacando sus apariciones en la celebérrima Dr. Who. Ah, quién fuera víctima de esta vampiresa...





En 'Dr. Who'.


Junto a Madeline Smith en 'The Vampire Lovers'.

sábado, 2 de agosto de 2014

Aquellos Mundiales: Cuando España perdía

¡Sabino! ¡A mí el pelotón, que los arrollo! José María Belauste. Juegos Olímpicos de 1920.

España ha perdido de forma ignominiosa, cutre y fofa. El país ha llorado y como siempre que pierden sus equipos, ha maldecido, ha escupido sobre lo mucho que cobran y lo poco que corren, y tal y cual. Hasta que vuelvan a ganar claro, entonces todo será maravilloso. Este curioso carácter futbolero no sé si será sólo español o por todo el mundo los hinchas son algo pasionales y, por qué no decirlo, irracionales (iba a decir cortitos, pero no hay que generalizar). En fin, personalmente el fútbol ni me apasiona ni me dice nada; ver un partido de liga allá por noviembre me resulta bastante aburrido. Cuando se juegan algo como en las competiciones internacionales, pues aún... Con todo, en un yo más joven sí hubo algo de hincha. Por eso entiendo las lágrimas de esos chavales que sólo han conocido una selección española victoriosa e imparable. Este absurdo, y por qué no decirlo, comercial texto que me he sacado de mi axila camachil, va dedicado a ellos. Que varias generaciones anteriores a la vuestra se han quedado calvas de tanto tirarse de los pelos ante los continuos tropezones, giros del destino, mala suerte, algun ocasional robo, y también, alguna patochada de la selección, que durante años no tuvo nombre cool en plan "la Roja" siquiera. De hecho, hubo una época en que si decías la roja lo que la gente entendía era esto. Así que apurad el botellón, dejad la PS4 o la xbox o la mierda que sea que estéis haciendo y ponéos cómodos, hombre ya. Leed, oh muchachada poderosa, y desesperad.


Uruguay, 1930, Italia, 1934.
La cosa ya empezó torcida para nosotros, y para los europeos en general, que como forma de protesta ante la elección de un país sudamericano como sede del primer Mundial de Fútbol, tan lejos de la cuna de este europeo deporte, decidieron declinar uno tras otro la invitación para participar en el torneo. Francia, Rumanía, Bélgica y Yugoslavia decidieron asistir. Como la cosa continuó sin el resto, y para la siguiente edición se eligió a Italia, pues todos hicieron pelillos a la mar. Salvo Uruguay, que no defendería su título. En fin, politiqueos aparte, la España de Ricardo Zamora, tras meterle un 3-1 a Brasil, cayó en cuartos ante la anfitriona. ¿Les suena? Bien, pues así empezó el derroche. Y encima luego llegó la guerra.

Brasil, 1950.
El mundial de 1950, más parecido a los actuales, con su dinámica de grupos y tal, parecía augurar buenos tiempos para la selección. La Liga española iba camino de convertirse en un referente, y para variar, sobre el papel había buenos nombres: Ramallets, Asensi, Puchades, y el mítico Zarra, entre otros. Solventamos el debut ante Estados Unidos, y con un 2-0 ante Chile en Maracaná (¡ah, cómo cambian las tornas!) sólo restaba vernos las caras con la pérfida Inglaterra. El insigne Matías Prats (Cañete) pasó a la historia junto con aquel gol de Zarra que nos dio la victoria, y que significó el fin de don Armando Muñoz Calero como presidente de la Federación por comunicarle en un telegrama al Generalísimo aquello de "Excelencia, hemos vencido a la Pérfida Albión". Dudo que Franco no aprobara el término, pero había que mantener las formas, carallo. Llegamos a la fase final, otra liguilla de grupos, y con ese sistema tan particular al menos podíamos optar al cuarto puesto. Un empate ante Uruguay y un contundente 6-1 ante Brasil nos dejaron tan vapuleados que no pudimos ni arrancarle un tercer puesto a Suecia. Aun así aquel cuarto puesto, que pronto fue como si nunca hubiera existido, fue nuestra mejor marca durante años. Pero ya digo, a la postre, en realidad nunca pásabamos de cuartos. Pero, ¡hey! Un momento, que aquí venía una generación de aúpa. Bueno, en unos añetes. Que a Suiza, en el 54, ni llegamos. Bueno, ni a Suecia, cuatro años más tarde. Que el Madrid ganara Copas de Europa a porrillo no pareció servir de mucho. ¿Jugábamos como nunca pero perdíamos como siempre? Bien pudiera ser, pero también comenzaba a gestarse aquella curiosa sensación de que como selección nos achicábamos por alguna extraña tendencia social e histórica. Ah, Rocroi. ¡Toujours Rocroi! Y en la Eurocopa que se estrenó en el 60 no nos fue mucho mejor, a pesar de Di Stéfano, Gento o Luis Suárez. Cuando nos tocó la Unión Soviética, entró en juego la política y nos fuimos a casa sin ni siquiera darle una patadita al balón.

Chile, 1962.
La generación mágica de finales de los 50, aquellos Gento, Suárez, Puskás y demás (salvo Di Stéfano, lesionado) tuvieron al menos la oportunidad de demostrar su valía en el 62, comandados por el mágico y, según el ángulo de la foto, algo frankensteiniano Helenio Herrera, un tipo que se vestía por los pies y que producía frases epatantes con aparente facilidad (para algo era argentino, supongo); ya saben, "este partido lo ganamos sin bajar del autobús", o la estupendérrima "indio cabezón, ¿cuándo vas a aprender a darle a la pelota?", amén de haber dedicado los mil y un elogios a Di Stéfano, poniéndolo siempre por encima de Pelé. Vamos, que la cosa pintaba muy bien para nosotros. Pero eso también nos suena, pobres seguidores de la roja del siglo XXI. Pero entre los españoles y buenos y los varios nacionalizados (nos llamaban la ONU, ¿recuerdan? Lean lo anterior como si fueran Samuel L. Jackson en El protegido). Nada podía fallar. Bueno, sí, podíamos empezar con sustos, y así ir haciendo tradición; podíamos caer 1-0 ante Checoslovaquia. Sin embargo con ese mismo resultado nos resarcimos ante México. Pero la suerte nos deparó en nuestro grupo a la todopoderosa Brasil, aunque eso no nos asustó y empezamos marcando. Hasta tuvimos el 2-0 en nuestros pies, pero como suele pasar, falla ante Brasil que lo lamentarás. Y así fue. Garrincha nos volvió locos, Amarildo empató, y cuando ya se mascaba el 1-1, Amarildo marcó de nuevo, tan bonico él. Bueno, al menos Brasil tuvo la decencia de ganar el campeonato para no hacernos quedar tan mal.
Garrincha: No es mi látigo lo que temen.
Inglaterra, 1966
Por lo menos en la Eurocopa pudimos demostrar que éramos capaces de jugar al fútbol e incluso ganar, con aquel gol de Marcelino en las postrimerías de la final frente a la Unión Soviética. Por aquello de jugar en casa y estar en la final parece que nos rebajamos a jugar contra los malvados comunistas, a Dios gracias. Así que, bien, clasificados para jugar en la Pérf... quiero decir, Inglaterra, supuestamente debíamos alcanzar grandes metas. Teníamos a Luis Suárez y su flamante peinado, Pirri, José Ufarte, Amancio, y uno de esos porteros vascos que tanto nos gustan, Iribar. La verdad es que el grupo que nos tocó, el B, era una perlita: Alemania, Argentina y Suiza. Comenzamos con derrota ante los sudamericanos, y ante los suizos arrancamos un 2-1 (bueeeno). Así que nos lo jugábamos todo ante la RFA. Sepp Maier, Helmut Haller, un tal Franz Beckenbauer... ¡Seguro que no son para tanto! Lástima, lo fueron, y nos eliminaron.

¿Mundial? No, mundial no.
Pues bien, si hasta ahora el cómputo general les ha parecido discreto, he de decirles que... ¡estos fueron los buenos tiempos! A partir del 68 la cosa fue a peor. En la fase de clasificación para México 70 no pudimos con Bélgica, ni con Yugoslavia, ni con Finlandia. Ni un frente nacional de seleccionadores, un triunvirato formado por Miguel Muñoz, Salvador Artigas y el rocoso Luis Molowny logró lo imposible. Se tiró de aura mística con Kubala para ver si así cambiaba la cosa, pero oigan, tampoco llegamos a la Eurocopa del 72. ¿Y dos años después, en la Alemania Federal esa?, se preguntarán. Pues en la fase de clasificación llegamos empatadísimos con Yugoslavia. Hubo que jugar un partido de desempate y... Sí, saquen sus pañuelos y vamos a llorar, porque esto es un drama camino de la tragedia. Al menos nos metimos en la Eurocopa del 76, pero claro, en cuanto nos tocó la Alemania de Beckenbauer en cuartos nos fuimos a casita. El pobre Kubala se comió el solito estos duros años de sinsabores y de partidos ramplones, pero la Federación confió en él una y otra vez, hasta que por fin, regresamos a una cita mundial. Cosas de la estadística supongo.

Argentina, 1978
Encuadrados en el grupo 3, debutamos ante Austria. Hagan sus apuestas. No va más... ¡Sí, han ganado! Ellos metieron dos goles, nosotros uno, y así comenzamos un nuevo Mundial, con emociones fuertes. Y encima teníamos a Brasil en el grupo. Pero ya saben que nuestra selección da sustos pero también sabe mostrarse incólume de vez en cuando, y ante los canarinhos mantuvimos nuestra portería a cero. La suya también, pero oigan, no se puede tener todo. Cardeñosa falló a puerta vacía, tras toparse con Amaral. Tratándose de Amaral, no creo que debamos tenérselo en cuenta. Ni siquiera en Las Vegas. En el tercer partido ganamos a Suecia, pero no nos sirvió de nada. En fin, miremos el lado positivo del asunto. Al menos en aquellos años no había maldición de cuartos. La cosa es que no sé si por pena o por que habíamos salido de la Transición airosos, al menos la siguiente edición tendría lugar en nuestro país. Evidentemente se nos había elegido como anfitriones mucho antes, por aquello de que éramos el faro de Occidente y odiábamos a la URSS, supongo.

España, 1982
Uruguay 30, Italia 34, Inglaterra 66, Alemania Federal 74, Argentina 78, Naranjito... ¡La casuística no engaña! Aquel sería nuestro mundial sin duda. Éramos anfitriones y habían llegado los socialistas al poder. ¡Ochosientos mil puestos de trabajo! ¡Nada podía fallar! Hasta el destino se alió con nosotros y nos llevó sonriente y amable de la mano hasta el grupo E, junto a Irlanda del Norte, Honduras y Yugoslavia. Vaya bicoca, amigos. ¿Y nuestro equipo? ¿Qué decir de nombres como los de Arconada, Periko Alonso, Satrústegui, Camacho o Santillana? La Real Sociedad reinaba y la defensa del Madrid masticaba. Aquellos eran jugadores de pelo en pecho que usaban sus manos para cortar troncos y no para ponerse cremas y repeinarse como ahora. ¡De haber estado Guti por ese vestuario habría sabido lo que era la ira de los normandos! Y entonces... plink, plank, plonk, España debutó como sólo nosotros sabemos hacerlo, teniendo que tirar del típico arbitraje casero a favor del anfitrión no para ganar, no, ¡sino para arrancar un empate a Honduras! Sin ánimo de ofender, queridos hondureños, el vuestro es un lindo país, con su rica flora y su variada fauna, el banano y el café, pero vamos, sobre el papel  España debería haber hecho unos bonitos nacatamales con su selección. Pero no, un arbitraje vergonzante sólo nos sirvió para un mísero 1-1. Ante Yugoslavia comenzamos perdiendo, pero un penalti a nuestro favor (ah, hijo de Alceo, siempre tan benefactor) nos dio la confianza para ir a por el partido, que esta vez sí, conseguimos ganar. Bien, ante la canija Irlanda del Norte no habría problemas y pasaríamos a la siguiente fase. Pero Arconada falló, Gerry Armstrong marcó, y a Maggie le dio la risa. Con todo un milagro matemático nos hizo pasar a la segunda ronda, donde habían más liguillas de por medio. Con una derrota ante (esto ya es irritante) Alemania Federal y un empate a cero ante Inglaterra, no nos fuimos a casa porque ya estábamos en ella, pero aun así quedamos eliminados del torneo.
Si algo cambió, no fue la suerte de la selección en los Mundiales, desde luego.
Eurocopa 1984.
De camino al siguiente mundial pasamos por el europeo del 84, a las órdenes de Miguel Muñoz, aunque casi ni llegamos tras una accidentada fase de clasificación que culminamos con el ya mítico 12-1 a Malta (gol de Señor incluido) que nos metió en la Eurocopa cuando ya nadie lo esperaba. Y, cosas de la vida, tras llegar a trompicones conseguimos ganar a la siempre todopoderosa Alemania Federal, y con ese empuje de moral acabamos llegando a la final donde Michel Platini y su selección nos privaron de la victoria. Pero lo que importaba era que habíamos llegado a otra final tropecientos mil años después. Ahora sí, ¡ya nada podía pararnos!

México, 1986.
En el lindo Mundial de México teníamos una perfecta combinación de casta y calidad como no se había visto: sí, ahí estaba Zubizarreta con sus rizos, Camacho dispuesto a quebrar o ser quebrado, Gordillo y sus medias taloneras, don Señor, el mitad héroe mitad gracias-por-nada Julio Salinas, y sobretodo, ¡la Quinta del Buitre! Un grupo de elegidos que formaban un comando futbolístico liderado por el intrépido joven Emilio Butragueño, de toque fino y pichón asomadizo. Debutamos a caraperro con una Brasil donde todavía dejaba ver sus barbas el zancoso Sócrates y un tal Careca hacía la lambada a los banderines cada vez que marcaba (y marcaba mucho, el andoba). Pero, ¡oh destino cruel!, Brasil marcó y nosotros sólo pudimos anotar un gol fantasma que el árbitro no concedió (obviamente, si no, no habría sido fantasma). Jugamos como nunca y perdimos como siempre. Pero por suerte luego nos tocaron las flojillas Irlanda del Norte y una Argelia a la que despachamos con doblete del bigotudo Calderé (quien de joven era como un Jack Black rubio). Ya clasificados en octavos, donde lo normal habría sido que nos mandaran a casa, nos tocó Dinamarca, a quien dimos una tunda de 5 a 1 que desató la locura en las calles españolas aquella misma noche, como si hubiéramos ganado ya el torneo. Y es que cuando se tiene hambre, todo agujero es trinchera, y un pechito respingón sabe a pezón de la Sabrina, oiga. Y en fin, en esas estábamos, y entre la preciada semifinal y nosotros sólo se interponía Bélgica, ¡Bélgica! ¿El país de los chocolatitos? ¿Pero ahí juegan al fútbol? El "Buitre" se los merienda en un santiamén, hombre. Si hasta la prensa internacional estaba que no echaba gotica y media con Butragueño. Pero no, Bélgica no había llegado ahí por casualidad, y en un partido a toma y daca Jan Ceulemans adelantó a los belgas en el marcador en el minuto 34. Se acabó la primera parte, comenzó la segunda, los nervios aumentaban... Todo predecía el desastre. Pero de nuevo, ¡gol de Señor! Sí, siempre él, sacándonos de apuros. Con el partido ya casi acabándose logramos empatar y ya venidos arriba sólo quedaba rematar en la prórroga. Pero siempre hay alguien que tiene su día, y esa noche en particular, allá en Querétaro, si alguien estuvo tocado por los dioses fue Jean-Marie Pfaff. La selección asedió la portería belga pero Pfaff despejaba, blocaba, se deslizaba por el césped y robaba de forma mágica el balón de los pies de los delanteros españoles. Con cada acción suya, y gracias a su apellido, todo se asemejaba a una nueva bofetada en nuestro ilusionado jeto: ¡paf esto! ¡paf lo otro! ¡paf, paf, paf! Por supuesto, la tanda de penaltis llegó y Pfaff paró el balón preciso, y Zubizarreta, no. Una vez más, a casita y sin llegar ni a las preciadas semifinales.
Aieeeeeee

Italia, 1990. 
Con el elegante Luis Suárez al mando la selección seguía nutriéndose de la quinta, más Zubi, Andrinua, Bakero o Fernando Hierro. Empezamos ya con nervios para variar empatando a cero con Uruguay, que encima nos perdonó un penalti Rubén Sosa mediante. El siguiente encuentro fue de lo más exótico, frente a Corea del Sur, que entonces era algo novedoso. Se diría que este podía ser el típico partido donde la cagamos, pero mira, ganamos 3-1 como se suponía que debíamos hacer, con Míchel en plan hat-trick. ¿Y quién nos tocó luego? ¡Bélgica! Ciertamente les teníamos ganas y saldamos la deuda con un 2-1. Henchidos de orgullo pasamos a cuartos donde nos enfretamos a Yugoslavia. De nuevo se adelantaron ellos, y de nuevo empatamos casi en el último minuto para ir a la prórroga, donde una falta directa yugoslava nos dejó noqueados. ¿Resumen? El de siempre: jugamos como nunca...

Estados Unidos, 1994.
Al mundial de Estados Unidos llegamos casi con un a ver pero no sé yo, con el gruñón Javier Clemente de seleccionador. Con gran parte del victorioso Barça en nuestras filas, nada podía fallar, ya saben. De nuevo debutamos ante Corea del Sur, a la que parecía que ganabámos fácil, pero hacia finales del partido la cosa se derrumbó de forma incomprensible y acabamos 2-2. Días después, ante la reunificada Alemania, sacamos un empate y gracias. Menos mal que luego nos esperaba Bolivia y no Holanda o alguien así. Ganamos y pasamos a octavos, donde nos enfretamos a una Suiza de Oliver y Benji con tropecientos defensas como si fuéramos el coco. Aun así marcamos tres goles y pasamos a cuartos tan ricamente. Por una vez la cosa parecía encaminada, y en los cuartos comenzamos jugando a Italia de tú a tú. Pero, vaya por dios, una vez más fueron los otros quienes se adelantaron con gol de Dino Baggio. Con pundonor y un Caminero que estaba que se salía logramos el empate. Y justo cuando estábamos jugando mejor, que parecía que de un momento a otro sería la nuestra, pum, fallo garrafal de Salinas y al poco la coge Roberto Baggio, que cuando quería la liaba bien parda, y ese día quiso, y nos marca otro gol. A por todas en los últimos minutos claro, pero en esas, ¡bang!, codazo de Tassotti a la nariz de Luis Enrique, quien ni con su napia ensangrentada y rota logró convencer al árbitro con nombre de marca de lavadoras, Sandor Puhl, para pitar falta ni para pitar nada, salvo el final del partido. Desesperante. Al menos esta ocasión fue de esas en que regresamos con dignidad. Parecía que un cambio ya se palpaba en el ambiente.

Francia, 1998.
Con Clemente las cosas parecían ir mejor, pero en la Eurocopa subsiguiente tampoco pasamos de cuartos. Y llegó Francia 98, donde la loca y absurda euforia española que nos caracteriza parecía tener algo de sentido, pero basta que alguien en algun lugar piense que seamos favoritos para que empecemos con mal pie. Y ante Nigeria ibamos 2-1 cuando Zubizarreta se ganó el odio eterno de la hinchada ¿despejando? un balón raso hacia ¿dentro? de la portería. Con ese empate en bandeja Nigeria, que estaba confirmando que algunas selecciones africanas ya no eran los peluches de otras décadas, sólo tuvo que rematar, cosa que hizo. Ante la Paraguay del paralotodo Chilavert arrancamos un empate sin goles, y para colmo de males, el 6-1 que le clavamos a Bulgaria sólo sirvió para irnos a casa con cara de tontos, por aquello de los puntos, las diferencias de goles y demás. Con esa especie de autogol de Zubi todo indicaba que hacía falta sangre nueva.

Corea y Japón, 2002.
El sudoroso y orgulloso Camacho llegó a la Eurocopa para salvar lo que quedaba de la zozobra de la era Clemente. Las esperanzas quedaban en el Mundial de Corea y Japón, año 2002. Veteranos como Luis Enrique pateaban el balón junto a rostros prometedores como los de Iker o Puyol. Y todo el mundo quería a Raúl. Creo. Bueno, la cuestión es que empezamos ganando 3-1 a Eslovenia. Ni goles fantasmas, ni empates sorpresivos, ni autogoles absurdos. Había que pellizcarse para creer lo que veíamos. ¡Qué bonito! ¿Sería verdad que por fin había llegado nuestra hora? El autogol de Puyol ante Paraguay hacía presagiar lo contrario. ¿Había sido todo un espejismo? ¿Volvíamos a las andadas? ¿Por qué señor, por qué? ¡Apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así! Pero no, increíblemente supimos sobreponernos y remontar el resultado. Ganamos también a Sudáfrica con un 3-2 aunque quizás no fuera un partido tan agobiante como el resultado indica. Entre otros marcó Mendieta, el grunge del mediocampo. Sí, todo había sido suave, pero seguro que en octavos alguien se tropezaría, despejaría mal, o tendría un ataque de colitis, y pasaría lo de siempre. Pero no, empezamos ganando a Irlanda, e Iker paró un penalti. Demasiada suerte. En efecto, a finales del segundo tiempo nos pitaron otro en contra y esta vez los irlandeses empataron. Ale, a la prórroga. Nada pasó; bueno sí, que aguantamos con diez jugadores como jabatos. Tanda de penaltis. Bien, aquí es cuando la espichamos. Ah, recuerdo los tenebrosos y nerviosos días de la era Zubi. Sí, gracias a sus tandas de penalti toda una generación crecimos con corazones endurecidos. Los más débiles se quedaron en el camino seguramente. Los jóvenes que leáis esto no nos creéreis, sobretodo si os cuento que Iker paró dos penaltis comenzando su leyenda legendaria de ultramar y por una vez pasamos de ronda con penaltis de por medio. Vaya, ganábamos, y hasta jugábamos bien. ¿Iba a pararnos los pies la anfitriona Corea? ¡Imposible! Pobres españolitos. No contaron con Gamal Al-Ghandour, a referee which will live in infamy. Teníamos a Raúl lesionado, pero vaya, aun así debíamos ser superiores. El trío arbitral anuló goles, marcó fueras de juego dudosos o simplemente inexistentes, y no sé cuantas cosas más. Vamos, que seguro que aquel día hicieron llorar al niño Jesús (Navas). Lo tuvimos cerca, como Perceval con el Grial, pero de nuevo los dioses crueles del fútbol nos cerraron la puerta en las narices. Una selección traicionada y un país furioso se arrebujaron en un doloroso abrazo invisible de purita indignación, no más. Pobre Joaquín, tampoco vamos a echarle la culpa, hombre. Al fin y al cabo, la casuística no engaña: por primera vez, España no había perdido ningún partido en el Mundial. ¿Sería una señal de que por fin eramos el pueblo elegido, tras un largo peregrinar por el desierto? Ehyé-asher-ehyé!


Alemania, 2006.
España había agradecido el trabajo de las axilas de Camacho, y aún las habrían acogido con gusto pero el gran patriota decidió dejar la selección, siendo sustituido por Iñaki Sáez. Como seleccionador de los grandes en la Eurocopa de 2004 su actuación fue discreta, pero había estado allí con las victorias de aquellos juveniles del cambio de siglo que ya estaban "al dente" y a quienes conocía bien, y ustedes ahora también: Xavi, Xabi Alonso, Iniesta, Sergio Ramos, etc. Varios de ellos llegaron al Mundial de 2006 en Alemania, donde de nuevo, la primera fase estuvo exenta de sobresaltos, empates imposibles o goles fantasmas y demás zarandajas. Cierto que el grupo de España (Ucrania, Túnez y Arabia Saudí) era bastante asequible, pero, ¡como si eso hubiera sido algo tranquilizador alguna vez! En octavos nos tocó Francia, que parecía acabada con el cambio de siglo, pero no, aun tuvieron el empuje como para apearnos del Mundial. Una vez más.

Pero en fin, el bueno de Luis Aragonés decidió seguir y llegó la dulce etapa de victorias y títulos con la que otras generaciones sólo pudieron soñar mientras tiraban de un caballo de madera con ruedas mediante una cuerdecilla. Las generaciones nuevas lo tenían todo, hasta victorias de su selección. Nosotros tuvimos que conformarnos con imaginación, cajas de cartón, un compungido Kubala, goles de Señor, bipolares futbolísticos como Julio Salinas y sustos con Zubi cuando al pobre le cambiaron las reglas y tuvo que usar los pies. O sustos en general, vamos.

Así, que jóvenes niños y niñas, no lloréis. Largo ha sido el camino hasta la victoria, y quizás sea largo el camino de vuelta. Tan sólo recordad que siempre les tendremos a ellos, esa lista de nombres mágica que permanecerá por siempre en los anales de la historia: