sábado, 13 de diciembre de 2014

A dos metros bajo tierra

When I was thirteen years old my sister died in a car accident. It was her twenty-second birthday. She was driving me to a music lesson; I was in the car with her. That brought me face to face with tremendous loss, and the impermanence of things. I struggled for years and years with how to cope with that—and, ultimately, I started developing an innate sense of detachment. Alan Ball 

Deal with death, America. Rainn Wilson

Supongo que afirmar que las series televisivas de ficción tratan sobre la vida sería una perogrullada, porque sea cual fuere el género o su misma intención sobre entretener, hacer reflexionar, o ambas, lo cierto es que cualquier ficción es creada por y para humanos, y por tanto en ella se trata sobre la vida de algún modo. Sólo que, por así decirlo, en algunas series hay más vida que en otras. No creo que nadie considere El coche fantástico como un agudo análisis de la sociedad norteamericana de los 80, aunque, mediante su propuesta y la aceptación de la misma, podrían sacarse interesantes conclusiones. Sí, desde Te quiero Lucy a Expediente X o Los Soprano, el reflejo de nuestra sociedad siempre está ahí de algún modo. Todas las series tratan la vida de una u otra forma. Pero, paradójicamente, fue una que hacía de la muerte su eje fundamental, la que probablemente mejor ha reflejado ese devenir de circunstancias y emociones que nosotros llamamos vida.

Como toda buena historia que se precie para disfrutar o entender A dos metros bajo tierra no es necesario haber perdido a un ser querido, pero quienes hayan pasado por ese trance seguro que pueden enjuiciar la serie desde una perspectiva más personal, constantando en este televisivo reflejo de la realidad que las reacciones a una muerte cercana son tan variopintas como lo son las propias personas, y durante el corto o largo proceso de aceptación pueden dominar la ira, la pena, la incredulidad, el sarcasmo... lo que viene siendo un sinfín de emociones, servidas en muchas ocasiones en un caótico cóctel a flor de piel. A dos metros bajo tierra nos hace enfrentarnos a la levedad de nuestra condición, reflexionar sobre lo inevitable de nuestro destino, lo delicadamente imprevisible que puede ser nuestra continuidad física en este mundo, la complejidad del amor y la amistad, lo horrible y noble que podemos hallar en nuestra familia, y, claro está, también nos permite asomarnos a esa curiosa actividad empresarial dedicada a hacer dinero a costa de la muerte, y lo mucho o poco humano que pueda haber en ella. Todo aderezado con personajes tan perfectamente imperfectos como puede destilar una pluma o un teclado, y algunos de los diálogos más reflexivos y brillantes que se hayan podido escuchar en la ficción televisiva de las últimas décadas. Todo esto y más podrán encontrar (o revisitar, según sea el caso) quienes estén dispuesto a ensuciarse las manos y coger la pala, pues el corazón de todo está enterrado, obviamente, A dos metros bajo tierra.

 El negocio lúgubre

Tras el aclamado estreno de American Beauty Alan Ball era el nuevo chico de moda en Hollywood. Su camino hacia el éxito había engordado su cuenta bancaria pero no le había hecho especialmente feliz: escribir para Grace al rojo vivo y especialmente para Cybill, experiencia que comparó (la notoria y temible reputación de Cybill Shepherd la precede; ¿recordáis esa escena en Padre de familia?) con ser miembro de la corte de una reina loca, le habían frustrado tanto que el resultado fue precisamente, por suerte para todos nosotros, esa maravilla dirigida por Sam Mendes. Como sucede con cada éxito en Tinseltwon, especialmente si es inesperado, el canto de las sirenas pronto se dejó oir en los oídos del que sería oscarizado guionista. Pero precisamente lo último que quería Ball era trabajar para las majors y para estrellas insufribles; por eso la llamada de la HBO, que desde hacía poco estaba en boca de todos gracias a Los Soprano, fue la que le interesó lo bastante como para acudir a una reunión y discutir una posible colaboración. 

Existen varias versiones sobre la idea original de A dos metros bajo tierra  (aparte de una demanda judicial de una guionista que un juez desestimó); Ball afirma que en aquella reunión presentó su idea de una madre y una hija cuya vida cambia cuando pierden al padre de familia en un trágico accidente; la presidenta de HBO, Carolyn Strauss, dice haberse inspirado en el film The Loved One para imaginar una serie sobre una familia que regenta una funeraria; quizás simplemente la serie emergiera de ambos planteamientos. Lo realmente importante es que Ball encontró en la HBO un lugar con total libertad artística para desarrollarse como escritor, y en A dos metros bajo tierra el vehículo perfecto para crear una exorcizante serie sobre la vida y la muerte.

De hecho Ball ya había creado a la familia Fisher (o los hijos de la misma, al menos) en su comedia para la ABC A ver si maduras, otra serie de corta vida que al parecer no funcionó por las intromisiones de los ejecutivos. Otra señal divina más que le exortaba a irse a la HBO en cuanto sus lazos contractuales se lo permitieran.

Al igual que ocurriera con Cybill y American Beauty, el guión de A dos metros bajo tierra fue en parte producto de la cancelación de A ver si maduras. Nuevamente decepcionado, Ball se autoexilió durante un tiempo en el hogar familiar, sombrío todavía por la ausencia de su padre, fallecido pocos años antes. Allí el escritor recordó cómo la trágica muerte de su hermana había destrozado a su familia, potenciando problemas que con aquella pérdida no hicieron sino explotar con toda su virulencia: un padre cada vez más aislado de todos, una madre depresiva, hermanos mayores abrumados por la responsabilidad, y un joven Ball que se sentía invisible. Quizás filtrando a los fenecidos protagonistas de A ver si maduras por los tristes recuerdos familiares el resultado sería algo parecido a la familia Fisher, protagonista de lo que sería A dos metros bajo tierra. Eso y un libro, The American Way of Death and The Undertaking: Life Studies from the Dismal Trade.

Así fue como el piloto para la serie estuvo acabado en unas pocas semanas, sin haber firmado un contrato o siquiera tener la seguridad de que en la HBO seguían interesados en su trabajo. Tras leer el piloto la HBO confirmó su interés haciendo una oferta por el mismo; Ball usó su nuevo estatus para obtener control sobre toda la serie. En cualquiera de los canales en abierto esa contraoferta probablemente no habría llegado muy lejos, pero en la HBO pensaban y actuaban de forma diferente; además, con dos exitazos en el bolsillo como Los Soprano y Sexo en Nueva York, podían correr el riesgo. Ball se convertía así en el siguiente David Chase, y cuenta la leyenda que la única enmienda o recomendación que la cadena tenía para el piloto era la siguiente: Can it be more fucked up?

Los Ángeles: La capital de la negación de la muerte

Ésa es la razón que adujo Ball para situar la funeraria de los Fisher en la gran urbe californiana. Y en su Georgia natal el escritor creció al parecer en una sucursal de esa contínua sensación de negación; la represión de los sentimientos era una norma dolorosamente patente en su familia tras la pérdida de su hermana. Cuando años después, viajando por Europa, vio junto a su primo la expresión del dolor a la italiana (ya sabéis, mujeres vestidas de negro llorando, golpéandose el pecho y abrazando desesperadas un ataúd), el contraste y el golpe psicológico derivados de todo lo que había conocido al respecto hasta entonces no pudieron ser mayores. Una experiencia que no dudaría en incorporar a la serie.

Como también incorporó parte de sí mismo en los tres hijos de la familia: Nate, un hippie de los 90 que bajo su personalidad y su inquietud espiritual esconde a un egoísta irresponsable; David, heredero del negocio funerario, un gay reprimido (como lo fue Ball gran parte de su vida) dentro de su particular armario, y Claire, una adolescente rebelde y, abiertamente al menos, el personaje más egoísta de la serie, que se siente dejada de todos a su alrededor. ¿Los espíritus de A ver si maduras encarnados en miembros de una familia desestructurada que pierde al cabeza de familia en Nochebuena? ¿Sombras de un guionista purgando dolorosos recuerdos? ¿Arquetipos del extremo opuesto a la concepción de la muerte en el Tibet, por ejemplo? Lo que es seguro, algunos de los grandes personajes que nos ha dado la televisión en los últimos tiempos.


Una burla cruel 


Creo que suele atribuérsele a Gandhi aquella frase de "si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel". Desde luego A dos metros bajo tierra está bien cargada de humor negro, más o menos sutil, pero que suele venir en ayuda del espectador para rescatarnos del oneroso peso del drama. Pero el mensaje que encierra la serie va más allá, y entronca más con la broma cruel de la que hablaba el Mahatma. El show, en su quijotesco combate contra la negación y las vendas emocionales aplicadas como momificación, abre su episodio piloto con un directo en el rostro: la muerte del patriarca Nathaniel Fisher en un accidente de tráfico. De hecho cada episodio abrirá con un fallecimiento, por las causas más diversas. Unas dramáticas, otras divertidas, y aún con las muertes más increíbles (siendo todas posibles, ya que muchas las sacaban directamente de los periódicos), no hay glamour alguno, ni maquillajes cinematográficos. No hay sitio para una pareja muriendo abrazada bajo el sol, tan sólo el espíritu del final de Lupe Vélez bañando cada obituario. Alrededor de cada fallecido (que acabará siendo cliente de la funeraria Fisher) los acontecimientos giran: el amor, el odio, parejas que se crean y se rompen, bebés que nacen, ancianos que mueren, y sí, también bebés que nacen y mueren. Cada obertura no hace sino recordarnos que estamos aquí de prestado, y que en cualquier momento podemos dejar de existir. Podría ser tras una larga una enfermedad, o podría ser en un abrir y cerrar de ojos, en un chasquido de dedos del destino.

De hecho el episodio piloto descarna cualquier envoltura metafísica que podamos tener del concepto de la muerte de una forma realmente efectiva, elegante pero directa: a lo largo del mismo se van intercalando anuncios comerciales de distintos productos funerarios, una idea que se barajó mantener para toda la serie, pero quizás acertadamente finalmente no fue más allá del primer episodio. Y es que, ¿qué puede haber menos espiritual que un maldito anuncio de un producto? O un embalsamamiento donde se taponan orificios para evitar derrames de fluidos, se drena esto y se maquilla aquello, todo dentro de una cotidianeidad industrial bastante alejada de cualquier liturgia religiosa. Ciertamente el sótano de Fisher & Sons está bastante alejado del Antiguo Egipto. Y, con todo, dentro de esa desnuda realidad, la serie deja paso también que, de vez en cuando la fantasía campe a sus anchas, cuando los personajes dejan volar su imaginación o ven reflejados el eco de las personalidades de los muertos en sus procesos mentales.

A dos metros bajo tierra trata sobre la vida y la muerte, y sobre una familia que posee un negocio funerario y donde sus hijos crecieron entre cadáveres, en un paradójico código de silencio dado el lugar y el negocio; los sentimientos y las personalidades embalsamados en un sótano emocional tan lóbrego como el propio sotano del hogar Fisher. La muerte del cabeza de familia no será sino el catalizador para que finalmente la familia y los personajes más cercanos a la misma lidien consigo mismos, sus anhelos y frustraciones, tratando de aceptar la noción y la patente y dolorosa realidad de la muerte así como la patenta y dolorosa realidad de sus propias vidas.

"La muerte sólo será triste para los que no han pensado en ella".

Evidentemente todo esto no habría funcionado sin un gran reparto, y como en muchas otras cosas, este producto de la HBO destaca por haber reunido a un gran elenco de intérpretes. Al que podríamos designar protagonista de la serie, el hijo mayor Nate, es interpretado por un gran Peter Krause que se acercó a la serie interesado por David Fisher, pero Ball consideraba a Nate un papel difícil de asignar; así cuando vio la prueba de Krause no dudó en ofrecerle al mayor de los Fisher. Su pareja ficticia Brenda, la pequeña genio lastrada por unos padres psiquiatras que eran la antítesis del matrimonio Fisher (si estos lo ocultaban todo, aquellos no ponían barrera de ningún tipo entre ellos y sus hijos) y que prácticamente hicieron de su hija un experimento humano, fue encarnada por Rachel Griffiths, una australiana que tuvo que convencer a los productores de que podía ser una perfecta americana. El papel de David, que dio mucho que hablar por el realismo con que según muchos se había tratado su homosexualidad, fue para un Michael C. Hall en su primer papel televisivo que hasta entonces había preferido centrarse en su carrera en Broadway. Por supuesto reveló como un grandísimo actor y de ahí a Dexter hubo solo un paso, en una evolución con dos papeles tan diferentes por la que matarían muchos actores. Lauren Ambrose no tuvo muchos problemas para ser elegida como la adolescente Claire, y tras presentarse a los castings Freddy Rodriguez descubrió asombrado que su papel había sido escrito especifícamente para él por Ball. Aunque creo que la labor de Frances Conroy como la reprimida Ruth realmente hace de A dos metros bajo tierra un matriarcado. No creo que sea nada fácil eclipsar a todo un James Cromwell, cosa que en algunos momentos diría que llega a conseguir la buena de Frances.

"You can't take a picture of this. It's already gone".



Lo normal sería que quien esté leyendo esto ya haya visto la serie, pero bueno nunca es tarde para entrar a formar parte de la familia Fisher. A dos metros bajo tierra nos ofreció grandes diálogos, interesantes reflexiones sobre la vida y la muerte, que en general diría que nos exhortan al viejo concepto del carpe diem, a tratar de ser felices aquí y ahora, como bien resumía Nate en el penúltimo episodio de la serie. Aceptar en lo posible la certeza de nuestro final y actuar en consecuencia. Además hay por supuesto episodios en los que todo parecía conjuntarse para hacer historia televisiva. Cada uno tendrá el suyo, pero creo que el más indeleble en mi memoria es el episodio del secuestro de David, "That's My Dog", dirigido por el propio Alan Poul (uno de los productores ejecutivos de la serie), y cuyo perfecto ritmo narrativo realmente hacía crecer en tu interior un desasosiego como no he conocido visionando películas de terror en el último gritón de años. A todo esto hemos de añadir su memorable final, un final de temporada realmente excelente, más allá del destino de cada personaje. Quién lo haya visto sabrá a lo que me refiero. Simplemente una guinda bellamente facturada al leitmotiv de la serie, ¡pero vaya guinda! Delicado, estremecedor, y poético.

A dos metros bajo tierra, una de esas series que merece ser vivida.

5 comentarios:

Jim Garry dijo...

Yeah!!! Te felicito por lo que has escrito. Lo he leído de un tirón con mucho interés. Esa primera reflexión que has hecho sobre que las series de Tv tratan sobre la vida me parece muy acertada. Además he descubierto muchos detalles que no conocía sobre la gestación de la serie y tb el detalle de cuando Alan Ball trabajo con Cybill Shepherd, desconocía esa historia.

Vi la serie hace más de diez años cuando la daban por la 2 y fue impactante. Sobre todo la primera y la segunda temporadas que me parecen perfectas. Creo que el nivel no se mantuvo (aunque seguía siendo buena en la tercera y la cuarta) y en la quinta lo bordaron especialmente con ese final...

Y que razón tienes en el comentario sobre Michael C Hall, el tipo salio más que airoso de dos personajes muy distintos.

Lo escrito, felicidades por la entrada

Sex, love and rock´n soul

Ginebra dijo...

Una de mis series preferidas por su frescura y originalidad, por los mensajes y por su crítica implícita y explícita.
Muy buena entrada. Está usted que se sale entre Les Luthiers y esta reflexión sobre las series televisivas.
Un placer.
Voy a echarle un ojo al nuevo vídeo de estos fabricantes de instrumentos
Besos

sylvia dijo...

Pedazo de entrada de mi serie favorita. Han pasado ya los años, y me han entrado ganas enormes de volverla a ver. Gracias por escribirlo, he descubierto cosas de la serie que no sabía.

Alí Reyes dijo...

Lástima que nunca la vi. pero cómo me llamó la atención

Möbius el Crononauta dijo...

Jim Garry: gracias por las amables palabras. Vaya, la dejé escapar muy tontamente cuando la echaron en la 2. Y lástima del declive de Dexter, aunque no fuera culpa de Michael.

Ginebra: Gracias mil. Estoy atravesando una etapa Les Luthiers que podría publicar algo sobre ellos cada día. Y todo de rabiosa actualidad.

sylvia: gracias, me alegro que la hayas disfrutado.

Alí Reyes: si puedes dar con ella no la dejes escapar