viernes, 7 de noviembre de 2014

Siete días de mayo (1964)

Seguramente a día de hoy siga siendo el discurso de un presidente saliente más atípico (no sé si añadir trascendental) que haya pronunciado un ocupante de la Casa Blanca en toda la historia, aunque a día de hoy parezca simplemente otro episodio semi-olvidado de la Guerra Fría. Ni siquiera sé si en su día realmente aquella suerte de aviso llega a calar entre la audiencia. Pero ahi estaba Dwight D. Eisenhower, militar condecorado y héroe de la Segunda Guerra Mundial, alertando a los ciudadanos del peligro potencial que subyacía en lo que denominó complejo industrial-militar, una cooperación que juzgaba necesaria, pero a la que había que poner límites. El riesgo de que la política exterior norteamericana cayera en sus manos se antojaba demasiado evidente, a la vista de que muchos altos mandos parecían trabajar más en aras de alargar o enardecer conflictos (y en plena Guerra Fría los había, y muchos, de distinto tipo) que en refrenarlos o evitarlos. A tenor de los acontecimientos que han venido sucediendo desde entonces, creo que podría decirse que su profecía (aunque dada su experiencia como político y militar, seguramente simplemente constataba hechos) se ha hecho realidad.

La verdad es que resulta difícil de creer que en una democracia tan arraigada como la estadounidense pudiera llegar a producirse un golpe de Estado o alzamiento militar, (y de producirse, ¿realmente prosperaría?), y ahora mismo creo que lo más parecido que podría haber sería algo más subrepticio, algo del corte polémica en Florida, o tentáculos de lobbies extendiéndose poco a poco por Washington. Para algunos quizás el único golpe de Estado real que se haya podido dar tendría que ver con el asesinato de Kennedy, pero teorías conspiranoicas aparte, lo cierto es que Siete días de mayo, la novela, es hija de su tiempo, una era de enfrentamiento en la que parte del estamento militar no dudó en posicionarse políticamente junto a los conservadores, e incluso algo más allá, más a la derecha de lo deseable. Ejemplos de esta actitud poco neutral serían el contestatario Curtis LeMay o especialmente el general Edward A. Walker, de quien se dice inspiró el personaje de James Mattoon Scott. El propio Kennedy se interesó enormemente por la novela (así como por otros thrillers políticos de la época) y dio su total apoyo al film; quién sabe si en ella vio algo más que política-ficción. Como decía, a día de hoy y en estos tiempos, dudo mucho que se produzca ningún golpe militar en Washington. Pero si hubo una época propicia para ello, no dudo que esa época fue la década de los 60.

Fue el productor del film, Edward Lewis, jefe de Joel Productions (la productora de Kirk Douglas), quien llamó la atención de John Frankenheimer sobre la galerada de Siete días de mayo, la cual acababa de leer y encontraba fascinante. El director fue de su opinión e inmediatamente se sumó al proyecto. La trama del libro era justamente lo que andaba buscando: algo que pudiera concienciar a sus compatriotas de que en los convulsos Estados Unidos de los 60, lo que había ocurrido en otros países era posible. Quizás no probable, pero sí una posibilidad que debía tenerse en cuenta. Douglas estaba totalmente decidido a llevar la obra al cine, y se veía a sí mismo como el frío golpista Scott, en la línea de sus personajes más cabrones.

Frankenheimer sugirió como guionista a su amigo Rod Serling, con quien ya había trabajado en el pasado y que era sin duda uno de los escritores televisivos más brillantes de su tiempo. Sin duda era el hombre idóneo para el trabajo. Frankenheimer no quería complicar demasiado la trama; su objetivo era plantear la posibilidad de la amenaza militar a través de una simple estructura de suspense político, sin exigir al espectador conocimientos complejos de la política estadounidense. El guión resultante es una trama sencilla en la que el elemento primordial son los diálogos y el perfil de sus personajes. Las escenas de acción brillan por su ausencia; Siete días de mayo se concentra en la interacción de sus personajes y en su eje narrativo, sin mayores distracciones. Ciertamente no podría estar más alejada del thriller actual. Aun así, el trabajo de Serling es impecable, ofreciendo un estilo menos literario, por así decirlo, que en su famosa The Twilight Zone, pero sus diálogos más sobrios están construidos con mucha inteligencia.

A la hora de elaborar el reparto surgió el problema de encontrar a alguien idóneo para interpretar al coronel Martin Casey, el militar defensor de la Constitución y junto al presidente, el bueno de esta historia. La solución estribó en que fuera el mismo Douglas quien interpretara a Casey y ceder el papel del maquiavélico Scott a Burt Lancaster, y ciertamente la elección no pudo ser más acertada; sin duda Burt es lo mejor del film, lo que tiene aun más mérito en un reparto lleno de estupendos intérpretes: el propio Kirk, Fredric March, Martin Balsam, Ava Gardner o Edmond O'Brien. A todo ello hay que añadir la pericia del joven pero sobradamente preparado Frankenheimer, que venía de adaptar otro thriller político, El mensajero del miedo.

Resumiendo, Siete días de mayo es un excelente trabajo de política-ficción idóneo para amantes del thriller político de antaño y los films con sólidos diálogos y mejores interpretaciones.

2 comentarios:

dvd dijo...

Maravillosa película. Maravillosa...

David dijo...

Buena reseña... y coincido con el comentario de arriba de mi tocayo.