sábado, 2 de agosto de 2014

Aquellos Mundiales: Cuando España perdía

¡Sabino! ¡A mí el pelotón, que los arrollo! José María Belauste. Juegos Olímpicos de 1920.

España ha perdido de forma ignominiosa, cutre y fofa. El país ha llorado y como siempre que pierden sus equipos, ha maldecido, ha escupido sobre lo mucho que cobran y lo poco que corren, y tal y cual. Hasta que vuelvan a ganar claro, entonces todo será maravilloso. Este curioso carácter futbolero no sé si será sólo español o por todo el mundo los hinchas son algo pasionales y, por qué no decirlo, irracionales (iba a decir cortitos, pero no hay que generalizar). En fin, personalmente el fútbol ni me apasiona ni me dice nada; ver un partido de liga allá por noviembre me resulta bastante aburrido. Cuando se juegan algo como en las competiciones internacionales, pues aún... Con todo, en un yo más joven sí hubo algo de hincha. Por eso entiendo las lágrimas de esos chavales que sólo han conocido una selección española victoriosa e imparable. Este absurdo, y por qué no decirlo, comercial texto que me he sacado de mi axila camachil, va dedicado a ellos. Que varias generaciones anteriores a la vuestra se han quedado calvas de tanto tirarse de los pelos ante los continuos tropezones, giros del destino, mala suerte, algun ocasional robo, y también, alguna patochada de la selección, que durante años no tuvo nombre cool en plan "la Roja" siquiera. De hecho, hubo una época en que si decías la roja lo que la gente entendía era esto. Así que apurad el botellón, dejad la PS4 o la xbox o la mierda que sea que estéis haciendo y ponéos cómodos, hombre ya. Leed, oh muchachada poderosa, y desesperad.


Uruguay, 1930, Italia, 1934.
La cosa ya empezó torcida para nosotros, y para los europeos en general, que como forma de protesta ante la elección de un país sudamericano como sede del primer Mundial de Fútbol, tan lejos de la cuna de este europeo deporte, decidieron declinar uno tras otro la invitación para participar en el torneo. Francia, Rumanía, Bélgica y Yugoslavia decidieron asistir. Como la cosa continuó sin el resto, y para la siguiente edición se eligió a Italia, pues todos hicieron pelillos a la mar. Salvo Uruguay, que no defendería su título. En fin, politiqueos aparte, la España de Ricardo Zamora, tras meterle un 3-1 a Brasil, cayó en cuartos ante la anfitriona. ¿Les suena? Bien, pues así empezó el derroche. Y encima luego llegó la guerra.

Brasil, 1950.
El mundial de 1950, más parecido a los actuales, con su dinámica de grupos y tal, parecía augurar buenos tiempos para la selección. La Liga española iba camino de convertirse en un referente, y para variar, sobre el papel había buenos nombres: Ramallets, Asensi, Puchades, y el mítico Zarra, entre otros. Solventamos el debut ante Estados Unidos, y con un 2-0 ante Chile en Maracaná (¡ah, cómo cambian las tornas!) sólo restaba vernos las caras con la pérfida Inglaterra. El insigne Matías Prats (Cañete) pasó a la historia junto con aquel gol de Zarra que nos dio la victoria, y que significó el fin de don Armando Muñoz Calero como presidente de la Federación por comunicarle en un telegrama al Generalísimo aquello de "Excelencia, hemos vencido a la Pérfida Albión". Dudo que Franco no aprobara el término, pero había que mantener las formas, carallo. Llegamos a la fase final, otra liguilla de grupos, y con ese sistema tan particular al menos podíamos optar al cuarto puesto. Un empate ante Uruguay y un contundente 6-1 ante Brasil nos dejaron tan vapuleados que no pudimos ni arrancarle un tercer puesto a Suecia. Aun así aquel cuarto puesto, que pronto fue como si nunca hubiera existido, fue nuestra mejor marca durante años. Pero ya digo, a la postre, en realidad nunca pásabamos de cuartos. Pero, ¡hey! Un momento, que aquí venía una generación de aúpa. Bueno, en unos añetes. Que a Suiza, en el 54, ni llegamos. Bueno, ni a Suecia, cuatro años más tarde. Que el Madrid ganara Copas de Europa a porrillo no pareció servir de mucho. ¿Jugábamos como nunca pero perdíamos como siempre? Bien pudiera ser, pero también comenzaba a gestarse aquella curiosa sensación de que como selección nos achicábamos por alguna extraña tendencia social e histórica. Ah, Rocroi. ¡Toujours Rocroi! Y en la Eurocopa que se estrenó en el 60 no nos fue mucho mejor, a pesar de Di Stéfano, Gento o Luis Suárez. Cuando nos tocó la Unión Soviética, entró en juego la política y nos fuimos a casa sin ni siquiera darle una patadita al balón.

Chile, 1962.
La generación mágica de finales de los 50, aquellos Gento, Suárez, Puskás y demás (salvo Di Stéfano, lesionado) tuvieron al menos la oportunidad de demostrar su valía en el 62, comandados por el mágico y, según el ángulo de la foto, algo frankensteiniano Helenio Herrera, un tipo que se vestía por los pies y que producía frases epatantes con aparente facilidad (para algo era argentino, supongo); ya saben, "este partido lo ganamos sin bajar del autobús", o la estupendérrima "indio cabezón, ¿cuándo vas a aprender a darle a la pelota?", amén de haber dedicado los mil y un elogios a Di Stéfano, poniéndolo siempre por encima de Pelé. Vamos, que la cosa pintaba muy bien para nosotros. Pero eso también nos suena, pobres seguidores de la roja del siglo XXI. Pero entre los españoles y buenos y los varios nacionalizados (nos llamaban la ONU, ¿recuerdan? Lean lo anterior como si fueran Samuel L. Jackson en El protegido). Nada podía fallar. Bueno, sí, podíamos empezar con sustos, y así ir haciendo tradición; podíamos caer 1-0 ante Checoslovaquia. Sin embargo con ese mismo resultado nos resarcimos ante México. Pero la suerte nos deparó en nuestro grupo a la todopoderosa Brasil, aunque eso no nos asustó y empezamos marcando. Hasta tuvimos el 2-0 en nuestros pies, pero como suele pasar, falla ante Brasil que lo lamentarás. Y así fue. Garrincha nos volvió locos, Amarildo empató, y cuando ya se mascaba el 1-1, Amarildo marcó de nuevo, tan bonico él. Bueno, al menos Brasil tuvo la decencia de ganar el campeonato para no hacernos quedar tan mal.
Garrincha: No es mi látigo lo que temen.
Inglaterra, 1966
Por lo menos en la Eurocopa pudimos demostrar que éramos capaces de jugar al fútbol e incluso ganar, con aquel gol de Marcelino en las postrimerías de la final frente a la Unión Soviética. Por aquello de jugar en casa y estar en la final parece que nos rebajamos a jugar contra los malvados comunistas, a Dios gracias. Así que, bien, clasificados para jugar en la Pérf... quiero decir, Inglaterra, supuestamente debíamos alcanzar grandes metas. Teníamos a Luis Suárez y su flamante peinado, Pirri, José Ufarte, Amancio, y uno de esos porteros vascos que tanto nos gustan, Iribar. La verdad es que el grupo que nos tocó, el B, era una perlita: Alemania, Argentina y Suiza. Comenzamos con derrota ante los sudamericanos, y ante los suizos arrancamos un 2-1 (bueeeno). Así que nos lo jugábamos todo ante la RFA. Sepp Maier, Helmut Haller, un tal Franz Beckenbauer... ¡Seguro que no son para tanto! Lástima, lo fueron, y nos eliminaron.

¿Mundial? No, mundial no.
Pues bien, si hasta ahora el cómputo general les ha parecido discreto, he de decirles que... ¡estos fueron los buenos tiempos! A partir del 68 la cosa fue a peor. En la fase de clasificación para México 70 no pudimos con Bélgica, ni con Yugoslavia, ni con Finlandia. Ni un frente nacional de seleccionadores, un triunvirato formado por Miguel Muñoz, Salvador Artigas y el rocoso Luis Molowny logró lo imposible. Se tiró de aura mística con Kubala para ver si así cambiaba la cosa, pero oigan, tampoco llegamos a la Eurocopa del 72. ¿Y dos años después, en la Alemania Federal esa?, se preguntarán. Pues en la fase de clasificación llegamos empatadísimos con Yugoslavia. Hubo que jugar un partido de desempate y... Sí, saquen sus pañuelos y vamos a llorar, porque esto es un drama camino de la tragedia. Al menos nos metimos en la Eurocopa del 76, pero claro, en cuanto nos tocó la Alemania de Beckenbauer en cuartos nos fuimos a casita. El pobre Kubala se comió el solito estos duros años de sinsabores y de partidos ramplones, pero la Federación confió en él una y otra vez, hasta que por fin, regresamos a una cita mundial. Cosas de la estadística supongo.

Argentina, 1978
Encuadrados en el grupo 3, debutamos ante Austria. Hagan sus apuestas. No va más... ¡Sí, han ganado! Ellos metieron dos goles, nosotros uno, y así comenzamos un nuevo Mundial, con emociones fuertes. Y encima teníamos a Brasil en el grupo. Pero ya saben que nuestra selección da sustos pero también sabe mostrarse incólume de vez en cuando, y ante los canarinhos mantuvimos nuestra portería a cero. La suya también, pero oigan, no se puede tener todo. Cardeñosa falló a puerta vacía, tras toparse con Amaral. Tratándose de Amaral, no creo que debamos tenérselo en cuenta. Ni siquiera en Las Vegas. En el tercer partido ganamos a Suecia, pero no nos sirvió de nada. En fin, miremos el lado positivo del asunto. Al menos en aquellos años no había maldición de cuartos. La cosa es que no sé si por pena o por que habíamos salido de la Transición airosos, al menos la siguiente edición tendría lugar en nuestro país. Evidentemente se nos había elegido como anfitriones mucho antes, por aquello de que éramos el faro de Occidente y odiábamos a la URSS, supongo.

España, 1982
Uruguay 30, Italia 34, Inglaterra 66, Alemania Federal 74, Argentina 78, Naranjito... ¡La casuística no engaña! Aquel sería nuestro mundial sin duda. Éramos anfitriones y habían llegado los socialistas al poder. ¡Ochosientos mil puestos de trabajo! ¡Nada podía fallar! Hasta el destino se alió con nosotros y nos llevó sonriente y amable de la mano hasta el grupo E, junto a Irlanda del Norte, Honduras y Yugoslavia. Vaya bicoca, amigos. ¿Y nuestro equipo? ¿Qué decir de nombres como los de Arconada, Periko Alonso, Satrústegui, Camacho o Santillana? La Real Sociedad reinaba y la defensa del Madrid masticaba. Aquellos eran jugadores de pelo en pecho que usaban sus manos para cortar troncos y no para ponerse cremas y repeinarse como ahora. ¡De haber estado Guti por ese vestuario habría sabido lo que era la ira de los normandos! Y entonces... plink, plank, plonk, España debutó como sólo nosotros sabemos hacerlo, teniendo que tirar del típico arbitraje casero a favor del anfitrión no para ganar, no, ¡sino para arrancar un empate a Honduras! Sin ánimo de ofender, queridos hondureños, el vuestro es un lindo país, con su rica flora y su variada fauna, el banano y el café, pero vamos, sobre el papel  España debería haber hecho unos bonitos nacatamales con su selección. Pero no, un arbitraje vergonzante sólo nos sirvió para un mísero 1-1. Ante Yugoslavia comenzamos perdiendo, pero un penalti a nuestro favor (ah, hijo de Alceo, siempre tan benefactor) nos dio la confianza para ir a por el partido, que esta vez sí, conseguimos ganar. Bien, ante la canija Irlanda del Norte no habría problemas y pasaríamos a la siguiente fase. Pero Arconada falló, Gerry Armstrong marcó, y a Maggie le dio la risa. Con todo un milagro matemático nos hizo pasar a la segunda ronda, donde habían más liguillas de por medio. Con una derrota ante (esto ya es irritante) Alemania Federal y un empate a cero ante Inglaterra, no nos fuimos a casa porque ya estábamos en ella, pero aun así quedamos eliminados del torneo.
Si algo cambió, no fue la suerte de la selección en los Mundiales, desde luego.
Eurocopa 1984.
De camino al siguiente mundial pasamos por el europeo del 84, a las órdenes de Miguel Muñoz, aunque casi ni llegamos tras una accidentada fase de clasificación que culminamos con el ya mítico 12-1 a Malta (gol de Señor incluido) que nos metió en la Eurocopa cuando ya nadie lo esperaba. Y, cosas de la vida, tras llegar a trompicones conseguimos ganar a la siempre todopoderosa Alemania Federal, y con ese empuje de moral acabamos llegando a la final donde Michel Platini y su selección nos privaron de la victoria. Pero lo que importaba era que habíamos llegado a otra final tropecientos mil años después. Ahora sí, ¡ya nada podía pararnos!

México, 1986.
En el lindo Mundial de México teníamos una perfecta combinación de casta y calidad como no se había visto: sí, ahí estaba Zubizarreta con sus rizos, Camacho dispuesto a quebrar o ser quebrado, Gordillo y sus medias taloneras, don Señor, el mitad héroe mitad gracias-por-nada Julio Salinas, y sobretodo, ¡la Quinta del Buitre! Un grupo de elegidos que formaban un comando futbolístico liderado por el intrépido joven Emilio Butragueño, de toque fino y pichón asomadizo. Debutamos a caraperro con una Brasil donde todavía dejaba ver sus barbas el zancoso Sócrates y un tal Careca hacía la lambada a los banderines cada vez que marcaba (y marcaba mucho, el andoba). Pero, ¡oh destino cruel!, Brasil marcó y nosotros sólo pudimos anotar un gol fantasma que el árbitro no concedió (obviamente, si no, no habría sido fantasma). Jugamos como nunca y perdimos como siempre. Pero por suerte luego nos tocaron las flojillas Irlanda del Norte y una Argelia a la que despachamos con doblete del bigotudo Calderé (quien de joven era como un Jack Black rubio). Ya clasificados en octavos, donde lo normal habría sido que nos mandaran a casa, nos tocó Dinamarca, a quien dimos una tunda de 5 a 1 que desató la locura en las calles españolas aquella misma noche, como si hubiéramos ganado ya el torneo. Y es que cuando se tiene hambre, todo agujero es trinchera, y un pechito respingón sabe a pezón de la Sabrina, oiga. Y en fin, en esas estábamos, y entre la preciada semifinal y nosotros sólo se interponía Bélgica, ¡Bélgica! ¿El país de los chocolatitos? ¿Pero ahí juegan al fútbol? El "Buitre" se los merienda en un santiamén, hombre. Si hasta la prensa internacional estaba que no echaba gotica y media con Butragueño. Pero no, Bélgica no había llegado ahí por casualidad, y en un partido a toma y daca Jan Ceulemans adelantó a los belgas en el marcador en el minuto 34. Se acabó la primera parte, comenzó la segunda, los nervios aumentaban... Todo predecía el desastre. Pero de nuevo, ¡gol de Señor! Sí, siempre él, sacándonos de apuros. Con el partido ya casi acabándose logramos empatar y ya venidos arriba sólo quedaba rematar en la prórroga. Pero siempre hay alguien que tiene su día, y esa noche en particular, allá en Querétaro, si alguien estuvo tocado por los dioses fue Jean-Marie Pfaff. La selección asedió la portería belga pero Pfaff despejaba, blocaba, se deslizaba por el césped y robaba de forma mágica el balón de los pies de los delanteros españoles. Con cada acción suya, y gracias a su apellido, todo se asemejaba a una nueva bofetada en nuestro ilusionado jeto: ¡paf esto! ¡paf lo otro! ¡paf, paf, paf! Por supuesto, la tanda de penaltis llegó y Pfaff paró el balón preciso, y Zubizarreta, no. Una vez más, a casita y sin llegar ni a las preciadas semifinales.
Aieeeeeee

Italia, 1990. 
Con el elegante Luis Suárez al mando la selección seguía nutriéndose de la quinta, más Zubi, Andrinua, Bakero o Fernando Hierro. Empezamos ya con nervios para variar empatando a cero con Uruguay, que encima nos perdonó un penalti Rubén Sosa mediante. El siguiente encuentro fue de lo más exótico, frente a Corea del Sur, que entonces era algo novedoso. Se diría que este podía ser el típico partido donde la cagamos, pero mira, ganamos 3-1 como se suponía que debíamos hacer, con Míchel en plan hat-trick. ¿Y quién nos tocó luego? ¡Bélgica! Ciertamente les teníamos ganas y saldamos la deuda con un 2-1. Henchidos de orgullo pasamos a cuartos donde nos enfretamos a Yugoslavia. De nuevo se adelantaron ellos, y de nuevo empatamos casi en el último minuto para ir a la prórroga, donde una falta directa yugoslava nos dejó noqueados. ¿Resumen? El de siempre: jugamos como nunca...

Estados Unidos, 1994.
Al mundial de Estados Unidos llegamos casi con un a ver pero no sé yo, con el gruñón Javier Clemente de seleccionador. Con gran parte del victorioso Barça en nuestras filas, nada podía fallar, ya saben. De nuevo debutamos ante Corea del Sur, a la que parecía que ganabámos fácil, pero hacia finales del partido la cosa se derrumbó de forma incomprensible y acabamos 2-2. Días después, ante la reunificada Alemania, sacamos un empate y gracias. Menos mal que luego nos esperaba Bolivia y no Holanda o alguien así. Ganamos y pasamos a octavos, donde nos enfretamos a una Suiza de Oliver y Benji con tropecientos defensas como si fuéramos el coco. Aun así marcamos tres goles y pasamos a cuartos tan ricamente. Por una vez la cosa parecía encaminada, y en los cuartos comenzamos jugando a Italia de tú a tú. Pero, vaya por dios, una vez más fueron los otros quienes se adelantaron con gol de Dino Baggio. Con pundonor y un Caminero que estaba que se salía logramos el empate. Y justo cuando estábamos jugando mejor, que parecía que de un momento a otro sería la nuestra, pum, fallo garrafal de Salinas y al poco la coge Roberto Baggio, que cuando quería la liaba bien parda, y ese día quiso, y nos marca otro gol. A por todas en los últimos minutos claro, pero en esas, ¡bang!, codazo de Tassotti a la nariz de Luis Enrique, quien ni con su napia ensangrentada y rota logró convencer al árbitro con nombre de marca de lavadoras, Sandor Puhl, para pitar falta ni para pitar nada, salvo el final del partido. Desesperante. Al menos esta ocasión fue de esas en que regresamos con dignidad. Parecía que un cambio ya se palpaba en el ambiente.

Francia, 1998.
Con Clemente las cosas parecían ir mejor, pero en la Eurocopa subsiguiente tampoco pasamos de cuartos. Y llegó Francia 98, donde la loca y absurda euforia española que nos caracteriza parecía tener algo de sentido, pero basta que alguien en algun lugar piense que seamos favoritos para que empecemos con mal pie. Y ante Nigeria ibamos 2-1 cuando Zubizarreta se ganó el odio eterno de la hinchada ¿despejando? un balón raso hacia ¿dentro? de la portería. Con ese empate en bandeja Nigeria, que estaba confirmando que algunas selecciones africanas ya no eran los peluches de otras décadas, sólo tuvo que rematar, cosa que hizo. Ante la Paraguay del paralotodo Chilavert arrancamos un empate sin goles, y para colmo de males, el 6-1 que le clavamos a Bulgaria sólo sirvió para irnos a casa con cara de tontos, por aquello de los puntos, las diferencias de goles y demás. Con esa especie de autogol de Zubi todo indicaba que hacía falta sangre nueva.

Corea y Japón, 2002.
El sudoroso y orgulloso Camacho llegó a la Eurocopa para salvar lo que quedaba de la zozobra de la era Clemente. Las esperanzas quedaban en el Mundial de Corea y Japón, año 2002. Veteranos como Luis Enrique pateaban el balón junto a rostros prometedores como los de Iker o Puyol. Y todo el mundo quería a Raúl. Creo. Bueno, la cuestión es que empezamos ganando 3-1 a Eslovenia. Ni goles fantasmas, ni empates sorpresivos, ni autogoles absurdos. Había que pellizcarse para creer lo que veíamos. ¡Qué bonito! ¿Sería verdad que por fin había llegado nuestra hora? El autogol de Puyol ante Paraguay hacía presagiar lo contrario. ¿Había sido todo un espejismo? ¿Volvíamos a las andadas? ¿Por qué señor, por qué? ¡Apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así! Pero no, increíblemente supimos sobreponernos y remontar el resultado. Ganamos también a Sudáfrica con un 3-2 aunque quizás no fuera un partido tan agobiante como el resultado indica. Entre otros marcó Mendieta, el grunge del mediocampo. Sí, todo había sido suave, pero seguro que en octavos alguien se tropezaría, despejaría mal, o tendría un ataque de colitis, y pasaría lo de siempre. Pero no, empezamos ganando a Irlanda, e Iker paró un penalti. Demasiada suerte. En efecto, a finales del segundo tiempo nos pitaron otro en contra y esta vez los irlandeses empataron. Ale, a la prórroga. Nada pasó; bueno sí, que aguantamos con diez jugadores como jabatos. Tanda de penaltis. Bien, aquí es cuando la espichamos. Ah, recuerdo los tenebrosos y nerviosos días de la era Zubi. Sí, gracias a sus tandas de penalti toda una generación crecimos con corazones endurecidos. Los más débiles se quedaron en el camino seguramente. Los jóvenes que leáis esto no nos creéreis, sobretodo si os cuento que Iker paró dos penaltis comenzando su leyenda legendaria de ultramar y por una vez pasamos de ronda con penaltis de por medio. Vaya, ganábamos, y hasta jugábamos bien. ¿Iba a pararnos los pies la anfitriona Corea? ¡Imposible! Pobres españolitos. No contaron con Gamal Al-Ghandour, a referee which will live in infamy. Teníamos a Raúl lesionado, pero vaya, aun así debíamos ser superiores. El trío arbitral anuló goles, marcó fueras de juego dudosos o simplemente inexistentes, y no sé cuantas cosas más. Vamos, que seguro que aquel día hicieron llorar al niño Jesús (Navas). Lo tuvimos cerca, como Perceval con el Grial, pero de nuevo los dioses crueles del fútbol nos cerraron la puerta en las narices. Una selección traicionada y un país furioso se arrebujaron en un doloroso abrazo invisible de purita indignación, no más. Pobre Joaquín, tampoco vamos a echarle la culpa, hombre. Al fin y al cabo, la casuística no engaña: por primera vez, España no había perdido ningún partido en el Mundial. ¿Sería una señal de que por fin eramos el pueblo elegido, tras un largo peregrinar por el desierto? Ehyé-asher-ehyé!


Alemania, 2006.
España había agradecido el trabajo de las axilas de Camacho, y aún las habrían acogido con gusto pero el gran patriota decidió dejar la selección, siendo sustituido por Iñaki Sáez. Como seleccionador de los grandes en la Eurocopa de 2004 su actuación fue discreta, pero había estado allí con las victorias de aquellos juveniles del cambio de siglo que ya estaban "al dente" y a quienes conocía bien, y ustedes ahora también: Xavi, Xabi Alonso, Iniesta, Sergio Ramos, etc. Varios de ellos llegaron al Mundial de 2006 en Alemania, donde de nuevo, la primera fase estuvo exenta de sobresaltos, empates imposibles o goles fantasmas y demás zarandajas. Cierto que el grupo de España (Ucrania, Túnez y Arabia Saudí) era bastante asequible, pero, ¡como si eso hubiera sido algo tranquilizador alguna vez! En octavos nos tocó Francia, que parecía acabada con el cambio de siglo, pero no, aun tuvieron el empuje como para apearnos del Mundial. Una vez más.

Pero en fin, el bueno de Luis Aragonés decidió seguir y llegó la dulce etapa de victorias y títulos con la que otras generaciones sólo pudieron soñar mientras tiraban de un caballo de madera con ruedas mediante una cuerdecilla. Las generaciones nuevas lo tenían todo, hasta victorias de su selección. Nosotros tuvimos que conformarnos con imaginación, cajas de cartón, un compungido Kubala, goles de Señor, bipolares futbolísticos como Julio Salinas y sustos con Zubi cuando al pobre le cambiaron las reglas y tuvo que usar los pies. O sustos en general, vamos.

Así, que jóvenes niños y niñas, no lloréis. Largo ha sido el camino hasta la victoria, y quizás sea largo el camino de vuelta. Tan sólo recordad que siempre les tendremos a ellos, esa lista de nombres mágica que permanecerá por siempre en los anales de la historia:

2 comentarios:

JLO dijo...

muy buena descripción de España en los mundiales... es verdad, siempre la imagen fue de derrotados y te lo digo yo que como argentino, mi segundo equipo fue siempre España por mi papá gallego... así que comparto sufrimiento desde el 82 mas o menos...

pero ojo que salimos campeones eh! y ahora segundo con Argentina... no vengo tan mal.... salu2....

Alí Reyes dijo...

Sea como fuere, unas son de cal y otras son de arena. Pero a decir verdad, si alguna selección quedó derrotada en este Mundial, fue la de Brasil