lunes, 5 de mayo de 2014

La fórmula (1980)

Ah, Arthur, you're missing the point: We are the Arabs

El combustible alternativo al petróleo y, por ejemplo, el coche eléctrico, nacieron paralelamente a la gasolina y el desarrollo del automóvil, pero el mayor desarrollo de las tecnologías que tomaban como base los combustibles minerales, junto con la pujante industria petrolífera, llevaron a que el concepto de motor eléctrico como sustituto del de vapor quedara relegado al olvido. A partir de entonces el petróleo (del que Estados Unidos tenía inmensas reservas) fue convirtiéndose poco a poco en la base de toda la economía mundial, y cuando en 1973 estalló la crisis del petróleo por causo del embargo de la OPEC, de la noche a la mañana Occidente se volvió vulnerable y todo parecía apuntar a que los Estados Unidos no tenían la sartén por el mango tan firmemente como creían. La cada vez mayor dependencia del país respecto al petróleo extranjero podía ser un punto débil en el firme armazón de la primera potencia mundial. A no ser, claro está, que tras los decorados de la obra que se representa, malos y buenos fueran marionetas bailando guiados por la misma mano.

Probablemente en cuanto al thriller se refiere, y especialmente el thriller con tintes políticos, Hollywood tuvo su Edad de Oro durante la segunda década de los 60 y especialmente durante los 70, donde muchas producciones combinaban con gran maestría entretenimiento con tramas que podían llevar en ocasiones a reflexionar sobre el estado de las cosas. Quizás a esa pujanza del género ayudara el que en el campo de la literatura ya se estuviera dando una edad dorada del género; muchas de las más entretenidas novelas de aquellos años fueron llevadas a la gran pantalla. En el caso de La fórmula, con el asunto del petróleo todavía coleando, el productor y escritor Steve Shagan tuvo a los estudios interesados en su obra incluso antes de que la hubiera acabado. Con el apoyo de la MGM Shagan no tuvo problemas en llevar su propia novela a la gran pantalla.

Como en muchas otras cintas del estilo, el film arranca con un punto de partida a pequeña escala que a través de un MacGuffin o excusa para hacer avanzar la narración, acabará desembocando en una trama de escala internacional, una gran conspiración. En este caso la investigación del asesinato de Tom Neeley, un ex-jefe de policía, llevará al teniente Barney Caine, amigo del cadáver, a seguir el hilo de un viejo proyecto ultrasecreto de los nazis, Génesis, bajo cuyo código se esconde una fórmula para fabricar combustible sintético.

La fórmula, film de cuyo director, John G. Avildsen, renegó por haber sido reeditado bajo las órdenes de Shagan (acusación que también reiteró una de las estrellas involucradas en la película, Marlon Brando), ciertamente no está a la altura de otras cintas clave en el género de años anteriores como Marathon Man o Los niños del Brasil. El guión resulta más bien rutinario, algún punto resulta algo inconsistente y en este caso destaca más el reparto que la acción en sí, aunque el film tiene sus buenos momentos. Gran parte del peso del film recae en los hombros de su protagonista, George C. Scott, y el olvidadísimo Richard Lynch (sí, es de esos que tengo que guguelearle, al pobre) realiza un gran aporte en el arranque del film como despagado general alemán al final de la Segunda Guerra Mundial. Brando, para variar, pasaba por allí para cobrar sustanciosos cheques, pero se divirtió modelando a su personaje, un pragmático pez gordo de la industria petrolífera, poniéndole gafas, prostéticos aquí y allá y un sonotone por el que además le chivaban las frases. Ya sabéis, en algun momento de su carrera el bueno de Brando decidió que nunca más volvería a aprenderse una frase, lo cual desesperaba al equipo y el reparto; en esta ocasión el pobre Scott fue quien pagó el pato, y acabó recriminándole a Marlon si no era capaz de decir dos líneas de diálogo iguales, a lo que el gran mito respondió con su estilo particular: I know you know a cue when you hear one ("sé que reconoces un pie cuando oyes uno"). Así era Brando, un tipo que cobraba millonadas, y que luego rodaba dos días gratis una escena con un sapo y una piscina para alertar al mundo de los peligros del cloro en las piscinas.

Con todo, si este film merece la pena es por el careo final entre esos dos grandes actores, y una secuencia final realmente tremenda y muy aclaratoria de cómo funcionan las cosas en este mundo, especialmente desde que la guerra de ideologías parece haber desaparecido con aquel viejo muro de Berlín. No, La fórmula no es el thriller definitivo, pero dio en el clavo al final, y es un clavo al que seguimos clavados, amigos.