lunes, 6 de enero de 2014

Ladrón de bicicletas (1948)

El robo de una bicicleta. Así de simple. La grandeza de Ladrón de bicicletas radica en su asombrosa simplicidad. Es una película desnuda pero sincera. Desnuda de artificios tanto en su técnica como en su guión. A veces da la impresión de que hay cineastas que sin tramas intrincadas o taquicárdicas como el diablo o sin grandes efectos especiales serían incapaces de sacar una historia adelante. Aquí Vittorio De Sica se decidió a contarnos la simple historia de una persona a quien le roban la bicicleta. Aunque, por supuesto, en la Roma de la posguerra una bicicleta no era un simple vehículo. En el pequeño detalle individual se esconde una pequeña tragedia (pequeña para la sociedad, enorme para el individuo) que no es sino un reflejo de lo que falla a gran escala. Hoy en día lo vemos en las calles, o arrojado como carnaza en las televisiones. Los habrá que lo hayan sentido en sus carnes, o en las de alguien cercano. La pequeña tragedia. Ese drama individual que sumado a otros son una llamada de atención. Ese drama que relatado con sencillez ante una cámara, en blanco y negro, se dio en llamar neorrealismo.

De Sica se fraguó como actor en el mundo de la comedia, primero en el teatro y después en el cine. Su trayectoria cambió de rumbo tras trabar amistad con el periodista y guionista Cesare Zavattini, uno de los padres o principales instigadores del movimiento neorrealista. En 1940 De Sica debuta como director (tras un proyecto fallido con una historia de Zavattini que acabará siendo, años más tarde, Milagro en Milán) continuando con el género cómico, hasta que en 1944, libre de las ataduras de la dictadura, realiza su primer drama, I bambini ci guardano. En 1946 llega un aviso de lo que ha de venir con una colaboración (aunque ya han trabajo juntos antes) entre De Sica y Zavattini, El limpiabotas. El terreno está listo para el robo de la bicicleta.

"Lo divino pasa a través de lo cotidiano", afirmó Zavattini. Esta máxima cobra todo su significado en el guión de Ladrón de bicicletas, que adaptó de una novela de Luigi Bartolini y que De Sica se decidió a llevar a la gran pantalla con sus propios medios. La trama es simple: en una Roma azotada por la pobreza y el paro, un padre de familia consigue trabajo como pegador de carteles, pero para ello necesita una bicicleta, que ha de desempeñar vendiendo lo poco que le queda: unas sábanas. En un descuido durante su primer día de trabajo un bribonzuelo de los suburbios le roba la bicicleta. Sin ella no puede trabajar, así que le está quitando el pan directamente de la boca. El resto de la película consistirá en seguir al padre y su hijo en una angustiosa búsqueda de la bicicleta robada, lo que de paso nos sirve para asomarnos a la cotidianeidad de las calles en la Roma de la posguerra.

Decidido a darle un mayor realismo a la historia De Sica recurrió a usar personas anónimas como protagonistas de su película. La esposa de la película era una periodista que había ido a entrevistarle y el director le dio el papel. El protagonista, Lamberto Maggiorani, prosiguió con una carrera de intérprete a partir de entonces, pero como muchos otros italianos durante un tiempo siguió buscando trabajo aquí y allá. 

Su personaje, Antonio Ricci, emerge como la quintaesencia del individuo solitario en la masa, abandonado por las autoridades (tras denunciar el robo la policía le aconseja que busque la bicicleta él mismo) y, aunque quizás apoyado por algún amigo o su esposa, éstos se revelan impotentes ante un problema insoluble, equivalente a hallar la famosa aguja en el pajar. Y en su búsqueda hallamos elementos que hasta hace poco parecían superados, pero que tarde o temprano siempre vuelven: una suerte de mercadillos que se funden con el mercado negro, una paternalista caridad eclesiástica, adinerados aislados en su burbuja que parecen siempre salir ganando (de forma metáforica en el film, con esa secuencia en el restaurante donde se desata una competición entre el hijo de Ricci y el de una familia rica para ver quién come más y mejor, aunque el resultado lo tiene perdido el pequeño Bruno Ricci de antemano, aunque él no lo sabe), y, en resumen, una sociedad que sigue en marcha como un barco que se hunde, dejando náufragos atrás; sólo resta preguntarse si el barco llegará a buen puerto. Ladrón de bicicletas no da la respuesta a esta pregunta, y deja un final a merced del mañana. Un mañana que nosotros habremos de considerar si contiene la botella medio llena o medio vacía.

Ladrón de bicicletas, cine en mayúsculas, de ese que hay que ver antes de morir, sea física o moralmente.

2 comentarios:

JLO dijo...

uno de los grandes nombres cuando se nombran películas de culto... me diste mas ganas de verla... salu2...

Jim Garry dijo...

Es tremenda esta peli. Mi favorita de todas las italianas que he visto en mi vida. Y como bien escribes parte de una premisa super sencilla y está rodada también con lo justo. Recuerdo verla en la adolescencia y es de esas que te impactan para toda la vida.....

Sex, love and rock´n soul