lunes, 13 de enero de 2014

El Tour de Francia: LeMond contra Fignon (1986-1991)

No ha pasado una semana de mi vida sin que alguien me lo recuerde. Laurent Fignon, acerca del inolvidable Tour de 1989.

Quizás sea o no el mejor ciclista de todos los tiempos, pero si desde luego si algo podemos colegir es que en cuanto a citas históricas para la posteridad Bernard Hinault ha tenido pocos rivales. Desde frases atómicas amenazando al pelotón como "mañana os haré sentir como imbéciles" a la mítica "le estoy educando", su respuesta a la prensa sobre su extraña actitud en el Tour del 86, una de las ediciones de la carrera francesa más cómicas que se recuerdan, gracias a la actitud de un Hinault que tan sólo un año antes habría prometido ayudar a Greg LeMond a ganar el Tour, después de que éste sacrificara una más que posible victoria en favor del francés, que buscaba desesperadamente su quinta victoria en el Tour.

 El Tour de 1986 fue una muestra patente de la progresiva internaciolización del Tour; además del equipo de escaladores colombianos participó por primera vez un equipo estadounidense con corredores estadounidenses, el 7Eleven-Hoonved. Y no era sólo que hubiera corredores no europeos en el pelotón, sino que, a diferencia de épocas pasadas, estos tenían bastante que decir, como era el caso de Luis Herrera en la montaña o Greg LeMond, uno de los favoritos a ganar el Tour con Hinault como gregario de lujo, al menos sobre el papel. Pero el francés ya había comenzado a torpedear el liderazgo del norteamericano declarando a Andy Hampsten, ganador de la Vuelta a Suiza aquel año, su auténtico heredero. Con una guerra interna dentro de La Vie Claire fraguándose el claro beneficiado podía ser Laurent Fignon, líder del Systeme U, quien aparentemente se había recuperado de su lesión en el tendón de Aquiles ganando alguna de las clásicas de primavera. Aunque su etapa de favorito hacía tiempo que había pasado, el veterano del pelotón, el holandés Joop Zoetemelk, se colocó en la línea de salida dispuesto a correr su decimosexto Tour. Sería la última participación de un hombre que había visto los días de gloria de Merckx, Thévenet o Hinault.

Un joven de 23 años llamado Thierry Marie que corría para el Systeme U fue quien se adjudicó la etapa prólogo por tan sólo 2 segundos frente al veterano Hinault. Tras la contrarreloj por equipos de la segunda etapa Marie se puso al frente de la clasificación general; tras dos etapas cedió el amarillo a lo que siguieron las típicas alternancias en el liderato de las jornadas llanas del Tour. El momento de que los favoritos hablaran llegó con la novena etapa, una contrarreloj individual que ganó, como casi siempre, el poderoso Hinault. Su compañero LeMond fue segundo a 44 minutos, pero teniendo en cuenta que había perdido casi 1 minuto tras sufrir un pinchazo, parecía claro que el norteamericano era el más fuerte. Por el contrario la pobre actuación de Fignon parecía indicar que su estado de forma no estaba a la altura del de sus rivales.

La alta montaña llegó en la etapa 12 que discurría entre Bayona y Pau; aquella jornada se escalarían cuatro grandes puertos como eran el Burdincurutcheta, el Bargargui, el Ichère y el Marie-Blanque. En el Burdincurutcheta se produjeron las primeras selecciones de corredores; en el descenso del Bargargui el español Eduardo Chozas atacó y se fue en solitario, pero un grupeto formado por pesos pesados del La Vie Claire como eran Hinault, LeMond y Hampsten además de otros corredores le dieron caza. Poco después Hinault, acompañado de Jean-François Bernard, se dio a la fuga. No tardó en acompañarles Pedro Delgado, y los tres comenzaron a poner distancia entre ellos y el grupeto de LeMond, quien simplemente no pudo seguirles. ¡Extraña forma de ayudar tenía Hinault! Mientras en el grupo de  cabeza la fiesta se redujo a sólo dos invitados: Hinault y Delgado, quienes seguían aumentando la diferencia con LeMond. El norteamericano trató finalmente de reducir tiempo llevándose a Herrera a rueda, pero ya era demasiado tarde. Delgado cruzó primero y ganó la etapa, pero ahora Hinault era líder con más de 5 minutos de ventaja sobre aquel a quien había jurado ayudar el año anterior. 

Lo cierto es que más que debilidad lo que atenazó a LeMond fue la perspectiva de combatir a su compañero de equipo, quien no dejaba de ser una leyenda viva del pelotón. Este punto pareció quedar demostrado cuando Hinault, siguiendo con su particular "educación", atacó de nuevo al día siguiente, esta vez en el Tourmalet. El norteamericano no respondió al ataque en el descenso, con lo que pareció que nuevamente le dejaba ir. ¿Fatiga o respeto al gran campeón? El debate estaba abierto para los aficionados. Una vez más "el Caimán" comenzó a cobrar ventaja sobre LeMond, pero Hinault, aunque seguía siendo poderoso, ya no era el de antaño, y en el tercer puerto del día, el Peyresourde, comenzó a mostrar signos de fatiga. En el descenso el francés fue neutralizado por un grupeto formado por LeMond, Urs Zimmermann, Hampsten, Robert Millar y Herrera. En el último puerto del día, el formidable Superbagnères, el grupeto de los favoritos había aumentado a nueve corredores. Una vez más fue Hinault el primero en atacar; los supervivientes de la ofensiva fueron los mismos que le habían atrapado antes, y volvieron a hacerlo a 10 kilómetros de meta. Al poco tiempo Hampsten atacó y se llevó a LeMond a rueda. Hampsten se vació en las cuestas del puerto tratando de conseguir tanta diferencia como fuera posible para un LeMond que, dicen, parecía seguir dubitativo. Fuera así o no, lo cierto es que finalmente el norteamericano atacó en pos de la victoria una vez que Hampsten había hecho todo lo que había podido. Finalmente LeMond ganó una etapa de alta montaña y redujo su desventaja con Hinault a tan sólo 40 segundos. ¿Trataría el francés de defender su posición? ¿Le atacaría LeMond? Las espadas estaban en todo lo alto.

Los defensores de la curiosa táctica de Hinault quien parecía no dejar de atacar a su compañero arguyeron que el francés le estaba pavimentando el camino al norteamericano debilitando a sus rivales. El primero en caer fue un Fignon en baja forma que no pasó de la etapa de Pau. Tras el día del Superbagnères LeMond tenía al peligroso Zimmermann a más de 2 minutos de distancia. Si era cierto que el francés estaba trabajando, a su manera, para LeMond, la táctica parecía estar funcionando, siempre que el estadounidense pudiera aguantar todas esas ofensivas.

La decimoséptima etapa iba a suponer un duro primer encontronazo con los Alpes con tres gigantes en el camino: el Vars, el Izoard y el Col de Granon. El suicida Eduardo Chozas decidió ir en busca de la gesta y atacó ya en el Vars buscando la escapada en solitario y la victoria de etapa, que finalmente acabaría logrando. En el descenso del Izoard Zimmermann abrió brecha, y LeMond se fue a su rueda, con lo que demostró a todos que por el momento parecía seguir considerándose un gregario de Hinault. En las cuestas del Granon Zimmermann, con LeMond permanentemente a rueda, comenzó a aumentar su ventaja sobre el líder de forma alarmante. Hinault atacó tratando de reducir distancias, pèro el ritmo del suizo era demasiado fuerte incluso para él. Lo inevitable sucedió, y LeMond se convirtió en el nuevo líder de la general, con Zimmermann segundo a 2 minutos y 24 segundos; Hinault quedó relegado a la tercera plaza.

Con LeMond vestido de amarillo y una distancia razonable con Zimmermann, los ataques del francés deberían haber quedado ahí, supuestamente al menos, ¡pero en el mundo de Hinault todo era diferente! Al día siguiente, otra dura jornada con final en el Alpe D'Huez, Hinault volvió a atacar. Los seguidores de LeMond debieron tirarse de los pelos. Hinault demarró en el descenso del Galibier pero LeMond, su compañero Steve Bauer, Zimmermann y el español Pello Ruiz Cabestany se pusieron a su rueda. El francés no cejó en su empeño y volvió a atacar en el Télégraphe. Los suspicaces podían seguir desconfiando de los sucesivos ataques de Hinault, pero de alguna manera sus matemáticas funcionaban: Zimmermann, la mayor amenaza que tenía LeMond, acabó cediendo y el ahora cuarteto se puso a trabajar para aumentar la diferencia. Bauer hizo su trabajo y cayó del grupeto, seguido de Cabestany. Ahora al dúo de La Vie Claire sólo le restaba trabajar duro para acabar con la amenaza de Zimmermann. Descendieron el Télégraphe como diablos y al llegar al pie de l'Alpe D'Huez ya sacaban casi 5 minutos al suizo. Lo cierto es que había que rendirse a la evidencia: mediante sus continuas ofensivas Hinault había acabado con todos los rivales de LeMond, quien, reconociendo la obra de renglones torcidos del francés, accedió a la petición de éste de que le ayudara a lograr la victoria de etapa. La llegada de los dos campeones de La Vie Claire no pudo estar teñida de más romanticismo deportivo, pero acabada la etapa Hinault declaró de forma algo enigmática que la carrera no había acabado. Ciertamente no podía referirse a Zimmermann, hundido en el tercer puesto de la general a más de 7 minutos. ¿Acaso puede un caimán dejar escapar a una presa cuando ello va contra su código génetico y su instinto? Más valía que LeMond estuviera atento; si un sexto quedaba a una dentellada de Hinault, éste no dudaría en asestar el golpe.

La última jornada de montaña fue un pequeño bocado para que el español Julián Gorospe pudiera tener su día de gloria mientras los favoritos descansaban. Quedaban una contrarreloj individual y una última y mastodóntica jornada de alta montaña antes de llegar a París. En la crono LeMond se cayó y aunque retomó la marcha un problema mecánico le obligó a parar de nuevo. El testigo había de ser recogido pues por Hinault, que ganó la etapa con 25 segundos de diferencia sobre el norteamericano. En la jornada de montaña en el Macizo Central con final en el Puy de Dôme LeMond pudo por fin dejar a Zimmermann en el ascenso del mítico puerto. En su ataque el norteamericano puso casi 50 segundos de diferencia entre él e Hinault

El Tour parecía sentenciado, hasta que una vez más LeMond tuvo una caída, esta vez en las calles de París. Hinault y el resto del equipo le esperaron y le ayudaron a reunirse con el pelotón. Hecho su trabajo, Hinault disputó el sprint, aunque fue Guido Bontempi quien se llevó la etapa. 

Greg LeMond hizo historia al convertirse en el primer norteamericano en ganar el Tour, siendo también el primer campeón de la ronda francesa que no había nacido en la vieja Europa. Por su parte Hinault hubo de conformarse esta vez con el maillot del rey de la montaña. A día de hoy sigue defendiendo su actuación en aquel Tour como parte de una estrategia para acabar con los rivales de LeMond y presionar a éste para que sacara lo mejor de sí. La verdad es que no creo que a Hinault le hubiese importado ganar un sexto Tour. Quizás LeMond tuvo suerte de que aquel Hinault no fuera el campeón imbatible de principios de lo 80. O quizás simplemente es que el francés hacía siempre las cosas a su manera.
Hinault y LeMond en las cuestas del Alpe d'Huez.
Amigo mío serás segundo otra vez. En noviembre de 1987 el ciclismo francés se despidió de Jacques Anquetil, el primer corredor en ganar cinco Tours, quien tras luchar contra un cáncer de estómago dejó con esas palabras a su viejo rival, Raymond Poulidor, después de que fuera a visitarle en su convalecencia. No sé si la frase es cierta, pero encierra en sí misma un ejemplo de vieja amistad (aunque no siempre hubo cordialidad entre ellos) además de una pizca de aquella vieja rivalidad en la que Poulidor siempre salía perdiendo.

Meses antes, los grandes rivales de la "era Reagan" no aparecieron en la línea de salida del Tour de 1987. Tras su segundo puesto el año anterior Bernard Hinault decidió retirarse a finales de aquella temporada dejando un buen recuerdo cuando todavía tenía suficientes fuerzas para hacerlo. Por su parte el vigente campeón, Greg LeMond, sufrió un accidente de caza que casi se lleva por delante su pulmón derecho y su vida. El ciclista logró sobrevivir y se llevó 30 perdigones consigo para siempre. Gracias a su férrea voluntad el norteamericano llegaría a realizar uno de los "comebacks" más espectaculares que se recuerdan, como el que llevaría a cabo años después su compatriota Lance Armstrong. Pero a diferencia de éste LeMond nunca volvió a la forma que tenía antes del accidente.

Sin esos dos pesados pesados en el pelotón aquel se antojaba un Tour muy abierto. Laurent Fignon había recuperado parte de su forma como demostraba su tercer puesto en la Vuelta, y se antojaba como la gran esperanza francesa a la victoria junto a Jean-François Bernard, el viejo gregario de Hinault y LeMond, convertido ahora en líder de La Vie Claire. Aunque si había un favorito aquel año sin duda era el irlandés Stephen Roche, que había completado una estupenda primavera con victorias en el Tour de Romandía y el Giro, y buenos puestos en la Lieja-Bastogne-Lieja y la París-Niza. Había además un eterno candidato que no parecía acabar de explotar, y que tras las estupendas sensaciones que había dejado en su debut en la ronda francesa no había a vuelto a brillar como antaño. Se trataba de Pedro Delgado, quien ya contaba con una gran vuelta en su palmarés (la Vuelta de 1985), pero el Tour parecía resistírsele, ya fueran por las caídas y lesiones, por sus malas actuaciones en las cronos, o por circunstancias ajenas a la carrera, como le ocurriera el año anterior cuando hubo de abandonar tras conocer el fallecimiento repentino de su madre. Ahora, con un nuevo y poderoso equipo rodeándole, el PDM, aquel Tour podía ser la oportunidad que había estado esperando si la mala suerte no se cruzaba en su camino.

Aquel año la organización del Tour tuvo a un nuevo director deportivo después de que Philippe Amaury heredara la tremenda y lucrativa organización de su padre. En lo deportivo el cambio se hizo notar con un duro recorrido más montañoso que nunca y 26 etapas contando la etapa prólogo, que fue ganada por uno de los muchos velocistas surgidos de Holanda, Jelle Nijdam. El favorito Roche hizo un tercer puesto y en octavo lugar apareció un tal Miguel Indurain que ya apuntaba maneras en las cronos.

En su recorrido por el llano aquel fue un Tour accidentado, y como si de la Edad Medio y los judíos se tratara, el pelotón culpó a los colombianos por aquel número inusual de caídas, hasta que en una etapa un belga rompió una botella en la cabeza de uno de ellos, lo que llevó a un pequeño combate de boxeo entre colombianos y europeos como si de un partido de hockey se tratara. Por lo demás, la clasificación general vio la habitual rueda de nombres en la primera posición y una penalización a Guido Bontempi por un positivo en el control antidopaje. El primer gran test de la carrera, la contrarreloj individual, tuvo a Roche como vencedor, seguido de cerca por el francés Charly Mottet, que se enfundó el amarillo sólo hasta el día siguiente, donde gracias a una escapada Martial Gayant se convirtió en el siguiente líder de la general.

La primera jornada de alta montaña, en los Pirineos, vio el primer despunte de un jovencito belga llamado Erik Breukink, que ganó la etapa. Mottet recuperó el primer puesto, seguido de Bernard a 1 minuto y 52 segundos y Roche a más de 3 minutos. La siguiente jornada pirenaica tan sólo trajo un cambio en la general con Pedro Delgado aupándose al cuarto puesto.

La montaña regresó en la etapa 17 al paso por el Macizo Central, pero el primer golpe en la clasificación se produjo en la cronoescalada del Mt. Ventoux de la etapa 18, donde un Bernard soberbio se proclamó vencedor con más de minuto y medio de ventaja sobre el segundo clasificado, el colombiano Luis Herrera. Bernard se convirtió así en el nuevo maillot amarillo, con Roche detrás a más de 2 minutos. Su alegría apenas duró 24 horas; en el primer puerto de la exigente jornada de alta montaña que siguió a la cronoescalada Bernard pinchó y el coche mecánico tardó más de lo deseado; una mala jugada del destino que se sumó a un cuidadoso ataque planeado por Mottet y su equipo, quien no dio tregua a Bernard orquestando una ofensiva en un punto de avituallamiento, llevándose consigo a Roche y Delgado. El trio de cabeza aumentó a cinco con los españoles Anselmo Fuerte y Marino Lejarreta, quien gustaba de meterse en todos los fregados allá donde corriera. Pero el más fuerte en la llegada fue Delgado, quien se adjudicó la etapa y escaló a la tercera posición en la general. El maillot pasó de nuevo a Roche, con Mottet a 41 segundos. El desdichado Bernard era ahora cuarto a 1 minuto y 39 segundos.

La etapa número 20 era terreno sembrado para el combate, una dura jornada en los Alpes con cuatro grandes puertos, en especial el Cote de Laffrey y el clásico final en l'Alpe d'Huez. El español Federico Echave salió en busca de la victoria de etapa, que nadie le pudo arrebatar. Fignon dio por fin señales de vida, pero fue Delgado quien se mostró más fuerte aquel día; no así Roche, que entró pasados los 5 minutos por detrás de Echave. Por fin el bueno de Perico se hacía valer en la ronda francesa, y tras muchos años un español volvía a vestir de amarillo en el Tour. Al día siguiente los Alpes siguieron presentes con tres nuevos colosos en el camino: Galibier, Madaleine y final en La Plagne. Aquella fue otra vibrante jornada que dio a la historia del Tour una imagen para la posteridad. Roche atacó a Delgado en el descenso del Galibier y le dejó atrás; el PDM demostró su valía trabajando para el español y llevándole de nuevo a rueda del irlandés justo a tiempo para escalar La Plagne. Roche decidió subir a su ritmo y dejar al español, mucho mejor escalador que él, marchar por delante. A 4 kilómetros de meta Roche se decidió a recortar el tiempo que había cedido ante el español; finalmente entraría a 4 segundos. Pero Delgado no se lo puso fácil, y para la posteridad quedó la inolvidable imagen de un Roche desmayado recibiendo oxígeno. Aunque la victoria de etapa fue para Fignon, el irlandés afirmó que aquella gesta fue una de sus victorias más preciadas. Tras una penalización de 10 segundos para Roche por un avituallamiento no permitido, el irlandés permaneció segundo a tan sólo 39 segundos del español.

Todavía restaba otra jornada maratoniana de alta montaña antes de la última contrarreloj en la etapa previa al final en París. Delgado sabía que debía poner tierra de por medio entre él y el irlandés, muy superior en la crono, si quería mantener el maillot amarillo. Eduardo Chozas fue el primero en cruzar la meta; Delgado hizo lo que pudo para librarse de Roche, pero al español le faltaron energías tras tantos días de esfuerzo. Finalmente fue el irlandés quien logró recortar la distancia a tan sólo 21 segundos. Ahora para ganar el Tour el español debía realizar lo imposible: ser mejor en la contrarreloj que el especialista Roche. Evidentemente la magia no surtió efecto, y aunque quizás el bueno de Perico realizara su mejor crono hasta la fecha quedando sexto, Roche sólo cedió la victoria ante un Bernard que de nuevo se mostró espléndido en la batalla contra el reloj. Delgado había perdido el Tour por tan sólo 40 segundos; una de las diferencias más cortas que se recordaban.
Stephen Roche.

Pocas ediciones tuvieron un favorito más claro que el de 1988. Roche había sufrido dos operaciones en la rodilla y no podría defender el título; LeMond seguía recuperándose de su accidente, y como se vería más adelante, Fignon todavía seguía sin poder ofrecer su mejor versión de sí mismo. De vuelta en el equipo Reynolds, tras perder el Tour en el último momento no había duda de que Pedro Delgado era el hombre a batir aquel año. Con la ronda francesa en mente el español decidió no correr la Vuelta y en su lugar participar en el Giro. Con un nuevo director deportivo, aquella edición del Tour fue la más corta desde 1906.

El Tour de 1988 arrancó con una extraña prólogo que fusionaba la contrarreloj individual con la crono por equipos. La victoria fue para Guido Bontempi, y tras pasar por Steve Bauer el amarillo acabó en la piel de Teun Van Vliet. La primera contrarreloj individual en la sexta etapa dio como nuevo lider de la general al holandés Jelle Nijdam, aunque la victoria de etapa fue para el británico Sean Yates. El tercer clasificado fue un joven debutante llamado Tony Rominger.

Tras meterse en una escapada exitosa en la octava etapa Bauer recuperó el primer puesto en la general. Las primeras ascensiones en la montaña no trajeron consecuencias en la general hasta la etapa 11 con dos grandes puertos, el Pas de Morgins y el Corbiera. El sólido Urs Zimmermann fue el primero en agitar al pelotón, dejando atrás a Jean-François Bernard. Las esperanzas francesas para la victoria se esfumaron todavía más con un Fignon hundido que perdió 19 minutos. Abandonó la carrera al día siguiente.

Ciertamente la siguiente jornada se antojaba dura, el típico día alpino con final en el Alpe d'Huez. Delgado atacó en el penúltimo puerto, el Glandon, dejando a todos atrás salvo al holandés Steven Rooks. En el camino al Alpe d'Huez se les unieron Fabio Parra y Gert-Jan Theunisse. El grupo del líder, Bauer, no pudo atraparles y llegó a más de 2 minutos. Rooks se impuso en la línea de meta, pero Delgado era ahora nuevo líder, 25 segundos por delante del destronado Bauer. Al día siguiente llegó una contrarreloj con un ascenso al Côte d'Engins, un terreno perfecto para el español que ganó la etapa por 44 segundos a Bernard. El golpe en la general fue tremendo: Bauer cedió 2 minutos y medio y cayó al tercer puesto, favoreciendo a Rooks, que se quedó segundo en la general a 2 minutos y 47 segundos. Tras un día de descanso la carrera se trasladó a los Pirineos, pero los favoritos decidieron no plantear batalla en aquella primera jornada pirenaica.

En la decimoquinta etapa llegó una extenuante etapa reina en los Pirineos con el Portet d'Aspet, Mente, Peyresourde, Aspin y Tourmalet como protagonistas, más un final en Luz Ardiden. El español Laudelino Cubino buscó la escapada y la victoria de etapa (que acabó consiguiendo) acompañado del francés Gilbert Duclos-Lassalle, a quien acabó dejando atrás. Mientras por detrás Delgado no esperó a los movimientos de sus contrincantes y atacó primero; nadie pudo seguirle. Acabó contactando con Duclos-Lassalle, a quien cedió el segundo puesto en la etapa. Rooks entró a 38 segundos del español, quien tras su ataque ya contaba con más de 4 minutos de ventaja sobre el holandés.

Aquella misma noche la noticia del escándalo apareció en la televisión: Pedro Delgado había dado positivo en el control antidopaje. Una vez más la noticia se había filtrado a la prensa antes siquiera de que el corredor supiera nada. La droga en cuestión era Probenecid, un medicamento que los deportistas usan para esconder el uso de esteroides. La muestra había sido tomada tras la decimotercera etapa. Sin embargo el Probenecid, aunque prohibido por el Comité Olímpico, no estaba, todavía, prohibido por la UCI, cuya lista de sustancias dopantes y prohibidas era a la que se atenía la organización del Tour. El comité de la organización permitió al español seguir corriendo y finalmente no se le impuso sanción alguna. Hasta el día de hoy Delgado sigue declarándose inocente.

La etapa 19, con un final en el Puy de Dôme, no podía cambiar nada, y ya sólo restaba una contrarreloj para que Delgado pudiera sentirse definitivamente campeón. Con un meritorio cuarto puesto, el español solventó aquel último escollo y llegó a París como líder, convirtiéndose en el tercer español en ganar un Tour.
Delgado posa junto a Steven Brooks y Fabio Parra en Alpe d'Huez.

En 1989 Jean-Marie Leblanc fue nombrado nuevo director deportivo del Tour de Francia. Bajo su mandato se reducirían los premios especiales y la carrera recobró la atención mediática y parte del lustre de sus viejos años de gloria, modernizando la organización y devolviendo a la ronda francesa su viejo esplendor y nuevos años de bonanza económica. Si en lo deportivo esa modernización fue o no tan beneficiosa, podría ser algo a debatir.

Tras un intento fallido de retorno el año anterior, Greg LeMond, el campeón de 1986, regresó por fin al pelotón en buena forma; al menos en tan buena forma como se podía esperar tras su terrible accidente de caza. Pero sus participaciones en la París-Niza y en el Giro como preparación al Tour parecían demostrar lo que todos pensaban, que el norteamericano seguía padeciendo las secuelas de sus heridas y que no podría volver a ganar en la ronda francesa. LeMond parecía ser consciente de ello, y al parecer comentó a su mujer que aquel sería su último Tour. Aun así el corredor fue de menos a más durante su participación en la carrera italiana, pero su sorprendente segundo puesto en una contrarreloj no parecía ser suficiente como para participar en las quinielas de posibles ganadores. Por su parte Laurent Fignon parecía volver, por fin, a la contienda tras haberse declarado vencedor en aquel mismo Giro. Nótese que en la última contrarreloj había quedado un minuto por detrás del norteamericano.

Un año después la polémica de su positivo en la edición anterior parecía ya olvidada, y Pedro Delgado era considerado el gran favorito para volver a ganar en la ronda francesa. Ciertamente el español venía decidido a limpiar su nombre con una victoria indiscutible, y viendo la forma en que corrió después, quizás lo habría logrado, de no ser por ese ya famoso y enorme despiste en la etapa prólogo. Por alguna razón el español se confundió con la hora de salida y llegó 2 minutos y 40 segundos tarde a la rampa de salida. El ganador fue el belga Erik Breukink; el favorito, Delgado, sólo había cedido 14 segundos en la etapa, pero era el último clasificado en la general. En retrospectiva aquel despiste le había costado el Tour casi antes de empezarlo.

La crono por equipos de la segunda etapa demostró la fuerza del Super U, el equipo de Fignon. En cambio el equipo español Reynolds marcó el peor tiempo, con su líder Perico desfallecido y casi apático, teniendo que casi llevarle de la mano hasta la meta. Para entonces el que fuera favorito ya perdía más de 10 minutos. El portugués Acácio de Asilva permaneció como líder hasta la primera contrarreloj individual, que ganó LeMond sobre un rabioso Delgado que por fin pareció recuperarse del golpe psicólogico de su despiste monumental, logrando un segundo puesto a 24 segundos del norteamericano, nuevo líder de la general. Aquella edición LeMond llevó consigo el poder industrial del diseño estadounidense; aparte del casco aerodinámico, todavía no popularizado entre el pelotón, usó un manillar de triatlón que mejoraba su aerodinámica. Quizás un detalle anecdótico en aquella jornada, pero que según muchos expertos tendría importantes consecuencias más adelante.

La novena etapa contempló la llegada de los Pirineos. Miguel Indurain, gregario del Reynolds que aquella temporada había ganado la París-Niza, se escapa en el Aubisque, el segundo puerto del día, y ya no parará hasta cruzar en solitario la línea de meta. Su progresión como ciclista iba en aumento, y los escépticos hubieron de asumir que aquella nueva y desgarbada promesa podía también escalar. Mientras, Perico Delgado siguió dando guerra y cruzó tercero, sacando medio minuto a unos Fignon y LeMond que no dejaron de vigilarse durante toda la etapa. Al día siguiente el pelotón siguió escalando, en esta ocasión cuatro grandes puertos. En el último, el Superbagnèrès, LeMond probó a Fignon. El francés perdió comba momentáneamente, pero pudo coger la rueda del norteamericano, contraatacando a su vez. Esta vez Fignon se mostró superior y abrió brecha, sacándole 12 segundos en la línea de meta. Delgado, que había entrado a rueda del ganador de la etapa, Robert Millar, recuperó más de 3 minutos y escaló a la cuarta posición de la general. Pero la noticia fue que Fignon le había arrebatado el amarillo a LeMond, quien se encontraba a apenas 7 segundos del francés.

Los dos favoritos habrían de dirimir sus diferencias en la cronoescalada de la etapa 15, de 39 kilómetros y dos puertos de primera categoría en el camino. Steven Rooks ganó la etapa, y tres españoles coparon los siguientes puestos: Marino Lejarreta, Indurain y Delgado. En cuanto a la clasificación general, esta vez fue LeMond quien se impuso en su terreno, recuperando el maillot amarillo y dejando a Fignon a 40 segundos en la general. La lucha entre ambos era fratricida, y el Tour todavía no había acabado.

Tras un día de descanso llegaron los Alpes. Sobre las cumbres del Vars y el Izoard LeMond se las arregló para arrancar otros 13 segundos a su rival Fignon. Al día siguiente llegó el gran día de l'Alpe d'Huez. En las interminables curvas de ese último puerto el francés demarró con todas sus fuerzas. Delgado se puso a su rueda. El ataque fue demasiado fuerte para LeMond, quien tuvo que ceder terreno y más de 1 minuto ante Fignon, quien era, de nuevo, líder de la general, por una diferencia de 26 segundos. En mitad de aquella batalla campal Pedro Delgado logró meterse en el tercer puesto 1 minuto y 55 segundos. Había sido un largo camino desde la última posición en la tabla y aquellos 10 minutos perdidos.

Fignon aún no había acabado: aprovechó los nuevos puertos de alta montaña para ganar la siguiente etapa y aumentar su diferencia con LeMond a 50 segundos. La etapa número 19 con final en Aix les Bains continuó con la alta montaña, en esta ocasión con el Porte, Cucheron y el Granier como principales puertos. No tardó en formarse un grupeto con los cuatro primeros clasificados y el siempre inquieto Marino Lejarreta. Ni LeMond ni Fignon cedieron un centímetro; ambos llegaron juntos, aunque fue el norteamericano quien se impuso en el sprint al resto del grupo. La suerte estaba echada. Sólo restaba la etapa final, en esta ocasión una contrarreloj 24 kilómetros y medio entre Versalles y París, y 50 segundos de diferencia entre los favoritos.

La verdad es que pocos contaban con que LeMond pudiera arrebatarle el maillot a Fignon en una crono tan corta. El norteamericano subió a la rampa dispuesto a hacer su trabajo, habiendo ordenado que no se le comunicaran las diferencias. Equipado con su casco aerodinámico y su peculiar manillar, simplemente saldría a pedalear tan rápido como pudiera. Pero aquel día la tecnología no fue lo único que jugó en favor de LeMond. Su rival Fignon venía sufriendo molestias desde la etapa de Aix Les Bains. Con un "mal del ciclista" en sus posaderas el francés no descansó bien y no acababa de encontrar su pedalada. Él si tenía referencias, y a cada momento iba cediendo más y más segundos al norteamericano. A poco más de 10 kilómetros de meta LeMond dejó la Torre Eiffel a la derecha, ganando 24 segundos. Atrás el líder se levantaba de la bicicleta tras recibir la última referencia. 7 kilómetros después Fignon ya cedía 32 segundos. En los Campos Elíseos el robótico LeMond volaba sobre el asfalto: 19 segundos más y el Tour sería suyo. Sólo que el aspirante no sabía de su ventaja: tan sólo miraba adelante, visualizando Dios sabe qué. Fignon dejaba atrás la Plaza de la Concordia; no había tiempo para ella. LeMond giraba dejando el Arco del Triunfo atrás, aunque éste estaba delante y cada vez más cerca. Ante él se extendía el último kilómetro; la visión de Pedro Delgado, a punto de cruzar la meta, debió de alegrarle mucho; había hecho su parte del trabajo, mejorando el tiempo de Thierry Marie. Cuando Fignon entró en los Campos Elíseos conservaba una agonizante ventaja de 2 segundos. En su agónica carrera hacia la meta perdió 10 segundos, ocho de los cuales decían que aquel Tour sería para LeMond. El francés había cedido la victoria en la última etapa en lo que es hasta la fecha la edición de la ronda francesa más apretada de la historia, con una mínima diferencia de 8 segundos. Fignon se derrumbó en la línea de meta nada más conocer la noticia. Dicen que un experto en aerodinámica afirmó que si el francés se hubiera cortado su mítica coleta habría ganado el tiempo suficiente como para retener el maillot.
Fignon trata de componer el gesto tras perder el Tour por 8 segundos.
El Tour de 1990 comenzó con la ya habitual victoria en la prólogo de Thierry Marie. Se había especulado con la baja forma de Greg LeMond durante la primavera, pero su segundo puesto en la etapa parecía presagiar que llegaba a la ronda francesa en plena forma. En cambio, la marca de 19 segundos de Laurent Fignon parecía indicar que no llegaba tan fuerte como el año anterior.

Pero lo que realmente marcó gran parte de aquel Tour fue una escapada de la primera etapa formada por Frans Maassen; un gregario de LeMond, el francés Ronan Pensec; el siempre atento Steve Bauer y un desconocido italiano llamado Claudio Chiappucci, cuyo logro más conocido hasta la fecha había sido ganar el premio de la montaña en el Giro de aquel año. El italiano fue el primero en demarrar, pasados apenas 6 kilómetros del recorrido. No tardaron en unírsele el resto de ciclistas; durante varios kilómetros los cuatro jinetes estuvieron a tiro del pelotón, hasta que al parecer una caida atrás que afectó a Pedro Delgado pareció dejar claro a todos que el esfuerzo no merecía la pena, por lo que se les dejó marchar. La distancia comenzó a aumentar paulatinamente, y lo que habían sido 30 segundos de diferencia se acabaron convirtiendo en 10 minutos y medio. Maassen ganó la etapa, pero fue Bauer quien se enfundó de amarillo. Ya había disfrutado de cinco días de liderazgo en 1988.

La primera contrarreloj individual fue ganada por el español Raúl Alcalá, con Miguel Indurain segundo, Delgado cuarto y LeMond quinto. Alcalá era ahora el mejor posicionado tras los cuatro escapados de la primera jornada; Bauer seguía primero en la tabla. Tras otra pobre actuación, Fignon decidió abandonar aquel mismo día. La clasificación general no se alteró hasta la décima etapa, una jornada de alta montaña con final en alto en la estación de ski de St. Gervais. Thierry Claveyrolet ganó la etapa, y entre los favoritos fue Delgado quien atacó primero, pero tan sólo logró arrancar 19 segundos a LeMond. Entre los cuatro elegidos Bauer fue el más perjudicado, descendiendo al tercer puesto. El líder de la general era ahora el duro Ronan Pensec, seguido de Chiappucci a 50 segundos.

La undécima etapa siguió discurriendo por los Alpes; era la etapa reina con el final en Alpe d'Huez. Esta vez fueron Gianni Bugno, LeMond y Erik Breukink quienes iniciaron la fiesta, rodando hacia la victoria de etapa, que consiguió Bugno. El líder Pensec aumentó su diferencia con Chiappucci; con Bauer y Maassen desaparecidos del mapa, el tercer clasificado era ahora LeMond, todavía con la formidable desventaja de 9 minutos 4 segundos. Al día siguiente llegó una contrarreloj de 33 kilómetros con un puerto de segundo categoría en el camino. Breukink ganó la etapa seguido de tres españoles: Delgado, Indurain y Lejarreta. LeMond fue quinto. Pero el octavo puesto de Chiappucci le dio la suficiente ventaja sobre Pensec como para arrebatarle el maillot amarillo. Con su compañero destronado, ahora LeMond debía comenzar a atacar al italiano, de quien no se esperaba demasiada resistencia. Aquel pequeño ciclista de Lombardía no podía suponer una verdadera amenaza para alguien de la categoría del norteamericano.

El orden natural de las cosas parecía volver a su cauce cuando los favoritos organizaron un ataque junto a Eduardo Chozas y otros corredores, logrando dejar atrás a Chiappucci. Su equipo hizo lo que pudo, pero ciertamente el italiano no tenía la misma ayuda que podían tener LeMond o Delgado, y acabó realizando gran parte del trabajo solo. Aunque llegó a tener a los escapados a casi medio minuto, finalmente hubo de ceder ante lo imposible, perdiendo más de 4 minutos. El italiano seguía líder, pero ahora tenía a Breukink a 2 minutos y a Greg LeMond a 2 minutos y 34 segundos. Que Chiappucci perdiera el amarillo parecía ya cuestión de días.

Y ese día pareció llegar en la etapa 16, cuando llegaron los Pirineos con final en Luz Ardiden. Sin embargo Chiappucci no esperó a estar contra las cuerdas; se jugó el todo por el todo y atacó en las primeras rampas del primer puerto, el Aspin. Seis hombres se fueron con él, pero ninguno de los favoritos se puso a su rueda. Al coronar la montaña llevaba 34 segundos de ventaja; protagonista de una de esas gestas increíbles del ciclismo, cuando se aproximaba al Tourmalet Chiappucci había aumentado la diferencia a más de 3 minutos. LeMond seguramente no había esperado semejante despliegue de fuerza, y cuando le llegaron las increíbles referencias atacó sin dudarlo, llevándose consigo a Delgado e Indurain. El ritmo del norteamericano logró dejar atrás a Delgado, afectado de gastroenteritis; a rueda de LeMond, el cada vez más fuerte Indurain fue declarado de facto sucesor del líder del equipo Banesto mientras el navarro acompañaba a LeMond hacia las rampas de Luz Ardiden, donde se les unieron Fabio Parra y, cómo no, Marino Lejarreta; la distancia con Chiappucci se había reducido considerablemente. La puntilla al trabajo de LeMond la puso el colombiano Parra cuando demarró en Luz Ardiden; una ofensiva que el bravo pero exhausto Chiappucci no pudo contrarrestrar; el primero en cruzar la meta fue Indurain, seguido de LeMond a 6 segundos. Dicen que de no haber estado al servicio de Delgado, aquel año el navarro bien podría haber ganado el Tour. Si es cierto que las matemáticas no fallan, desde luego no fue el primero ni el último en sacrificar una posible victoria a favor del capitán de equipo. Pero la noticia fueron los 2 minutos y 25 segundos perdidos por Chiappucci, quien, aunque retuvo el maillot amarillo, tenía a LeMond soplándole la nuca a unos incómodos 5 segundos.

En la última jornada de montaña Chiappucci lanzó su último cartucho y junto a Delgado logró dejar a LeMond atrás, quien sufrió un pinchazo. Pero un rapidísimo descenso en el Marie-Blanque por parte de LeMond, y la superioridad de su equipo Z, le permitieron retomar el contacto y acabar con cualquier esperanza de victoria para Claudio Chiappucci. Con tan sólo una contrarreloj en el camino hacia París, la victoria había de ser para el norteamericano. Efectivamente en la crono de la etapa 20 a LeMond le bastó un quinto puesto para hacerse con el amarillo y ganar por tercera vez el Tour.
A pesar de sus esfuerzos Claudio Chiappucci acabó perdiendo el Tour de 1990.

Tras dos victorias consecutivas nada hacía pensar que Greg LeMond no fuera capaz de añadir un cuarto Tour a su currículum en 199, a pesar de que durante la primavera sus actuaciones habían sido bastante discretas. Erik Breukink era otro de los grandes favoritos, mientras que en el Banesto tanto Perico Delgado como Miguel Indurain partían en igualdad de condiciones, después de que las capacidades de este último acabaran de eclosionar el año anterior.

Una vez más la ronda francesa comenzó con victoria de Thierry Marie en la prólogo. La carrera se desbocó ya en la primera etapa, con una escapada entre los que había nombres importantes, entre ellos los de Breukink y LeMond; mejor situado en la general, el norteamericano se enfundó el maillot amarillo. En la etapa siguiente, una contrarreloj por equipos, LeMond perdió el primer puesto en favor del danés Rolf Sorensen, quien conservó el amarillo hasta la sexta etapa, en la que Marie decidió despuntar por algo más que por sus victorias en las cronos cortas, embarcándose en una colosal escapada individual de 234 kilómetros; la gesta individual más larga que haya visto el Tour desde la Segunda Guerra Mundial.

La octava etapa trajo la primera crono individual de la carrera, que ganó Indurain por 8 segundos sobre Greg LeMond, a quien le bastó el segundo puesto para volver al primer puesto de la tabla. Breukink era segundo a 1 minuto y 13 segundos, seguido de Djamolidine Abdoujaparov. Tras él se encontraba el navarro a 2 minutos y 17 segundos; el Banesto ya tenía un claro capitán. Dos días después el equipo PDM se vio afectado por una serie de indisposiciones entre sus corredores, incluyendo a pesos pesados como Breukink o Sean Kelly. Por supuesto hubo rumores de que la causa fuera un defectuoso programa de dopaje, pero no hubo prueba alguna de ello. Fuera como fuere la consecuencia fue que el equipo se retiró de la competición e Indurain ganó un puesto en la general.

La llegada de los Pirineos vio el surgir de un nuevo maillot amarillo después de que una escapada de tres hombres (Luc Leblanc, Pascal Richard y Charly Mottet) lograra llegar intacta a la meta, alzando a Leblanc como nuevo lider del pelotón. La alegría francesa sería corta. Al día siguiente llegó una larga etapa reina pirenaica de 232 km con cinco grandes puertos: Pourtalet, Aubisque, Tourmalet, Aspin, y Val Louron. El primero en abrir fuego fue LeMond, que atacó en el Tourmalet. Indurain salió en su busca así como también Leblanc, Andrew Hampsten, Claudio Chiappucci, Gianni Bugno, Mottet y Gérard Rué. Cerca de la cima de la montaña LeMond se derrumbó y el grupo perseguidor le dejó atrás, aunque tras un agónico esfuerzo el norteamericano logró mantenerles a la vista 17 segundos por detrás. Todos esperaban que con sus capacidades para descender LeMond se reuniera con ellos en el llano, como así fue; pero para su sorpresa cuando llegó al grupeto de cabeza Indurain ya no estaba allí; el navarro tampoco era manco en las bajadas, y había demarrado durante el descenso. Sin tiempo para respirar el norteamericano dejó a los otros y salió a la caza de Indurain; llegó a tenerle a tiro de piedra, pero en las cuestas del Aspin volvió a perderle. En medio de toda aquella juerga Chiappucci salió de la nada en pos de Indurain, quien por orden de su director decidió esperarle, ya que podía ser un excelente aliado; juntos salieron en busca de la meta en Val Louron. Con el maillot amarillo asegurado, la victoria de etapa quedó para el italiano. Ahora LeMond era quinto a 5 minutos y 8 segundos de Indurain.

La etapa 16 amaneció como otro día más de llano entre Alès y Gap; sin embargo LeMond puso la carrera patas arriba escapándose para recortar tiempo con el nuevo lider; el Banesto fue capaz de neutralizarle, pero LeMond volvió a demarrar, decidido a recuperar el amarillo. Evidentemente no lo logró, pero redujo su desventaja en 26 segundos.

Al día siguiente llegaron los Alpes y el tradicional final en alto del Alpe d'Huez; Bugno salió en busca de la etapa e Indurain demostró quien era el más fuerte aquel año, yéndose a su rueda hasta el final de la etapa. LeMond perdió 2 minutos más, y su victoria parecía ya un imposible. La mayoría de favoritos llegaron juntos en el día del Colombière; LeMond no fue uno de ellos. Aun así el norteamericano tuvo arrestos para atacar de nuevo en el casi llano de la etapa 19, pero esta vez Indurain no se molestó en perseguirle. Con Bugno segundo a más de 3 minutos, el Tour era suyo; sólo le faltó rubricarlo en la última contrarreloj individual, que ganó sin demasiados problemas. El navarro se convertía así en el cuarto español en ganar el Tour, pero en esta ocasión Indurain estaba destinado a hacer historia, colocándose entre los más grandes de la historia del pelotón internacional.
Chiapucci e Indurain pedalean hacia Val Louron.
Tras los cinco Tours consecutivos de Indurain llegó el "Tour del escándalo" de 1998, y lo que parecía imposible: Lance Armstrong dominando la carrera francesa durante siete ediciones. Pero tras 1998 los medios han hablado más de dopajes y escándalos que de ciclismo, y con tanta descalificación retroactiva uno ya no sabe quién ha ganado qué; quizás fuera verdad con Marco Pantani y la llegada de los pinganillos el ciclismo de antaño se fue para nunca volver.

En fin, por mi parte, hasta aquí hemos llegado.