miércoles, 31 de julio de 2013

Alfred Hitchcock, el maestro del suspense (I)

Alfred Hitchcock, el genial cineasta, el jardinero de tinieblas, el técnico voyeur, el maestro del suspense. Siempre habrá incautos que le nieguen el pan y la sal. Durante toda su carrera el vanidoso y sensible director vivió atormentado por la idea de que se le considerara un mero titiritero, un notable facturador de burdo entretenimiento para el gran público. El reconocimiento de sus iguales y de la crítica especializada no comenzó a llegar hasta los años 60, en una Francia que buscando nuevas formas de expresión supo ver en la obra del británico no sólo una gran maestría técnica, sino las semillas de lo que podían ser aquella forma de expresión que modernizara el cine. A diferencia de otros grandes directores de la era clásica, Hitchcock no subordinó en ningún momento la técnica al servicio de la historia. Al contrario, un notable artesano como él encontró su camino en buscar la excelencia técnica, aunque eso sí, nunca sacrificó la narrativa para lograr el más difícil todavía, algo que tras lograr la fama siempre achacó a sus múltiples imitadores. Quienes quisieron criticar a Hitchcock siempre lo tuvieron fácil, tildando sus películas de meros productos que bien podrían ser muy bonitos pero estaban vacíos de todo contenido. Sin embargo alguien del perfil psicológico del director nunca iba a mostrar en primer plano aquello que realmente le motivaba de una historia. Cuando gozó de total libertad para crear, su célebre creación del 'macguffin' era no sólo un motor invisible con el que mantener la narración funcionando, era también la mano del prestidigitador que distraría al público de lo que realmente estaba sucediendo bajo la tela negra o en el interior de la chistera.


El cine de Hithcock puede leerse a muchos distintos niveles, pero alguien con un talento tan excepcional para hacer cine no necesita realmente de una lupa para ser reivindicado. Le pese a quien le pese Alfred Hitchcock tenía una mente privilegiada para la técnica cinematográfica, y se convirtió en un artista que supo aunar comercialidad y talento durante una carrera que nos regaló incontestables obras maestras, estupendos films y otras cintas más modestas, aunque incluso cuando flojearan guión o actores, siempre quedaba aunque fuera una sola secuencia que merecía la pena por el resto de fallos de la cinta.

Y es que la obra de Hitchcock es una de las razones por las que amo el cine. Algunas de sus películas me inquietaron, me intrigaron a niveles que no supe comprender, y la mayoría me hicieron pasar algunos de los mejores momentos que recuerde sentado frente a un televisor. Por todo ello ya era hora de que le rindiera tributo como merece en este pequeño blog.

Primera parte: 1899-1926

William Hitchcock,
el padre del que sería bautizado como Alfred Joseph Hitchcock, había seguido con el negocio de su padre, una verdulería. Un buen día conoció a una chica irlandesa, Emma Jane Whelan, de la que se enamoró. Aunque el padre de William había mantenido su fe anglicana, el joven William contrajo matrimonio en una iglesia católica. Tras el matrimonio la pareja se mudó a Stratford, donde tuvieron dos hijos, William Jr y Ellen Kathleen. En 1896 la familia se trasladaba al barrio de Leytonstone, en el East End londinense. No muchos años antes, en esa parte de Londres, Jack el Destripador había aparecido y desaparecido, dejando tras de sí una tétrica fama y unos cuantos cadáveres. En el 517 de High Road William había establecido el hogar familiar en una casa detrás de su negocio, una nueva verdulería. Fue en esa casa, mitad hogar, mitad almacén, donde el 13 de agosto de 1899 nacía Alfred Hitchock.

El pequeño Alfred creció a la sombra de su recta y católica madre. Su padre andaba muy ocupado con el negocio, y sus hermanos mayores ya iban a la escuela. Alfred creció solo, observado siempre por su madre, inventando juegos para sí mismo, pergeñando personajes, devorando libros, y desarrollando, como muchos niños que crecen en circunstancias similares, una portentosa imaginación. Creció también en él un peculiar sentido para la observación. "En las reuniones familiares me sentaba en un rincón, sin decir nada. Miraba y observaba mucho", diría más tarde.

La familia Hitchcock nunca faltó, como buenos católicos, a las Misas de domingo. Entre semana, cuando tuvo edad suficiente, acompañaba a veces a su padre en los repartos, montado en el carro de caballos; también daba paseos en barca, y viajaba en tranvía. Estudiar mapas, callejeros y aprenderse horarios de trenes se convirtió casi en una obsesión.

Hitchcock creció con el miedo en su cuerpo. Si el origen se halla en la anécdota de la celda que siempre gustó de contar, es algo que no se sabe. Tal vez fuera una historia interesante que contar a los periodistas, para evitar hablar en realidad de sí mismo. Pero lo cierto es que el joven Fred, como le llamaba su familia (diminutivo que él odiaba) vivió a la sombra de su madre y de su hogar, con miedo a los demás, al exterior. Nunca realizó ejercicio alguno, ni jugaba con los otros niños en la calle. Su principal actividad social, aparte de las Misas de los domingos, fueron las escapadas familiares al teatro. Las obras que vio durante su juventud tuvieron, como ya veremos, una especial influencia en la posterior carrera cinematográfica del director.

A los 7 años Hitchcock debería haber ingresado en la escuela primaria, pero no lo hizo hasta un año más tarde. La causa se desconoce. ¿Fue una enfermedad? ¿Alguna clase de sobreproteccionismo hacia el más joven de la familia? ¿Un atroz miedo de Hitchcock a dejar la seguridad del hogar? Nadie lo sabe. Pero unos pocos años más tarde, al registrar a su hijo en la Colegio de San Ignacio, en Stepney, sus padres mintieron sobre la fecha del nacimiento de Alfred, al parecer para que nadie supiera que llevaba un año de retraso en sus estudios.

Fue a finales de 1907 cuando los Hitchcock habían dejado Leynstone por el pequeño pero densamente poblado barrio de Poplar, un clásico barrio 'cockney'. Era un lugar repleto de la gente más variopinta, cuyos vecinos seguramente debían recordar a todos esos extraños secundarios y personajes de reparto que inundaron la filmografía del director. Dos años más tarde los Hitchcock cambiaban de hogar una vez más, estableciéndose en el barrio de Stepney.

El Colegio de San Ignacio, dirigido por jesuitas, jugó un importante papel en la formación del adolescente Hitchcock. Era un colegio donde la disciplina, el esfuerzo, el estudio y la Biblia eran los pilares fundamentales del mismo. Aunque se puede asociar fácilmente la mítica disciplina inglesa con los correctivos, las varas y un horrible colegio católico, lo cierto es que San Ignacio no era un lugar tan terrible en ese aspecto. Lo cual no quita para que, de vez en cuando, se llegara a aplicar algún correctivo físico. Aunque el colegio no fuera un tétrico lugar al estilo de Oliver Twist, la vieja iglesia envuelta en penumbras y el riesgo a ser azotado sin duda debieron bastar para aterrorizar a un Hitchcock que había crecido temiendo las figuras disciplinarias y a las autoridades.

En San Ignacio el joven Hitch tal vez no recibiera muchos castigos físicos, pero fue sometido a los prolongados y continuados discursos de profesores y religiosos sobre el pecado, el infierno, el castigo de Dios, la represión, etc. La confesión era un puntal de San Ignacio, como en cualquier colegio católico. Hitchcock no era nuevo a ella, pues desde muy joven su madre le había obligado cada noche a relatarle con pelos y señales dónde había ido, con quién había estado y qué había hecho a lo largo del día. Hitch también debía asumir en ocasiones, por mandato paterno, la desagradable misión de hacer de carabina de su hermana mayor cuando ésta acudía a bailes.

Las lecturas que se realizaban en clase, aparte del Evangelio, tenían siempre el objetivo de mostrar lo que no se debía hacer, que el crimen no compensa, y que el castigo siempre llega a quienes tuercen su comportamiento. Dickens, Walter Scott y algunos clásicos de Shakespeare eran algunos de los autores que se estudiaban en clase. Hitchcock siempre fue un lector voraz (se sabía pasajes enteros de una de sus obras favoritas, el Ivanhoe de Scott), y combinó la lectura con el placer prohibido (según los jesuitas) del teatro y el incipiente cine de la época, series de cortos que se proyectaban en pistas de hielo y salones de baile. También se organizaban debates y lecturas a cargo de expertos, con títulos explícitos como "El temor al pecado" o "El pecado y la majestad de Dios" que hablan por sí mismos. Tras acabar su primer año en San Ignacio Hitchcock recibió una mención de honor.

Durante sus años en San Ignacio también recibió un apodo, 'Cocky' (algo así como presuntuoso), y su cuerpo comenzaba a cambiar como era habitual en un chico de su edad. Un compañero le recordaba como "un muchacho solitario y regordete que sonreía y te miraba como si pudiera ver directamente a través tuyo". 'Cocky' llegó a tener algunos compañeros, aunque nunca ningún amigo. Hitchcock nunca se dio a nadie, ni se abrió a nadie, hasta que conoció a la que sería su futura esposa. Mientras su físico iba cambiando (algo que podía llegar a ser terrible para un adolescente inmerso en la estricta moral victoriana) también lo debió hacer algo dentro de su espíritu, pues durante su último año en el San Ignacio llegó a traspasar la barrera de lo prohibido y comenzó a gastar bromas y travesuras, algunas de las cuales ya denotaban lo cruel que podía llegar a ser en ocasiones el travieso Hitch.

Por entonces la salud de su padre ya hacía tiempo que había comenzado a declinar. Tras acabar el colegio Hitchcock debía contribuir a la economía de la familia, con lo que se apuntó a clases nocturnas de navegación en la Universidad de Londres. Por el día ocupaba su tiempo con sus mapas y horarios, visitando museos (entre los que se encontraban por supuesto los del Horror y el de Madamme Tussaud), viendo películas, acudiendo al teatro, leyendo magacines cinematográficos y yendo a tomar notas a juicios al Tribunal de lo Criminal de Londres. El padre de Hitchcock fallecía en diciembre de 1914. El severo hombre que lo enviara de pequeño a la cárcel le dejaba solo con su madre a los 15 años. Hitchcock nunca estuvo muy unido a William Sr, pero sin duda debió sentir, en una edad tan crítica, la ausencia de una figura paterna, lo que le unió aun más a su madre. Aunque tal vez no hubiera que descartar un cierto alivio por ver a su padre salir de su vida.

Con la terrible Gran Guerra ya en marcha en el Continente, en 1915 Hitchcock comenzó a trabajar para la Henley Telegraph and Cable Company. Al mismo tiempo siguió con las clases nocturnas, donde estudió entre otras cosas historia del arte, economía y dibujo; esta última asignatura le llevó a inscribirse en clases de pintura. Desarrolló por entonces una pasión por dibujar, lo que debió de acercarle cada vez más hacia el mundo de las artes. Esa pasión captó la atención de uno de sus superiores, que le trasladó del aburrido departamento de mediciones al de publicidad. Un día, al volver del trabajo, se encontró con que un fuego de artillería había caído cerca de su casa. Se encontró a su madre en estado de nervios, vestida por encima del camisón. Fue una experiencia que nunca olvidaría.

Durante los años de la guerra Hitchcock se dedicó a trabajar, a estar con su madre, ir al cine (donde descubrió la obra de D.W. Griffith), leer novelas policíacas (entre las que destacaban las del autor G.K. Chesterton) y clásicos decimonónicos, al tiempo que comenzaba a indagar en las revistas de cine profesionales y técnicas. No fue llamado a filas, no sólamente debido a su cada vez más grueso cuerpo, sino además porque el trabajar en una compañía telegráfica se consideraba un necesario esfuerzo de guerra.

En otoño de 1918 el continente europeo estaba devastado. El horror de la guerra había despertado al mundo occidental de su ensoñamiento de la Belle Époque. El impresionable Hitchcock había vivido rápidos reflejos fugaces de la conflagración que sin ser demasiado graves le habían impresionado mucho. Pero su vida prosiguió como lo había hecho durante esos últimos años. Hasta que en una de sus revistas especializadas vio la noticia de que una compañía de cine americana, la Famous Players-Lasky, iba a abrir unos estudios en Londres. Con la ayuda del jefe publicidad de la Henley preparó un portafolio con bocetos, diseños de escenas y rótulos de películas mudas.
Hitchcock alrededor de los 24 años.
A mediados de 1920 un joven regordete llamado Alfred Hitchcock acudía a una entrevista de trabajo en los recién estrenados estudios de la compañía Famous Players-Lasky. En su portafolio llevaba todo tipo de dibujos y bocetos, y habiéndose enterado de que el primer proyecto de la compañía sería The Sowows of Satan, había preparado unos rótulos de diálogo para la misma. Aunque finalmente ese proyecto había sido cancelado, sus trabajos causaron una grata impresión, y fue inmediatamente contratado como rotulista para las películas mudas de la Players-Lasky. Hitchcock alternaría su trabajo en la compañía telegráfica con el de los estudios situados en Islington.

La industria cinematográfica británica en la que acababa de entrar Hitchcock se había hallado prácticamente en permanente estado de crisis desde sus inicios. A diferencia de otros países europeos como Alemania o Francia, el cine no se consideraba como un arte sino como un entretenimiento para niños. Eso se traducía en un permamente problema de fondos, y en una falta de verdaderos talentos cinematográficos. Aunque había buenos técnicos no había buenos contadores de historias, y los actores y actrices emigraban en cuanto podían a Hollywood, donde los sueldos eran más altos. La mayoría de producciones que se visionaban en los cines británicos eran norteamericanos, y por lo general las películas inglesas gozaban de poco presitigio y escaso éxito. Los estudios cerraban, los productores nacionales iban a la quiebra y sólo las sucursales de las productoras norteamericanas, que buscaban abaratar costes y sueldos más bajos en suelo inglés, parecían mantener a flote la precaria industria británica. No, en Gran Bretaña no había ningún Griffith, ningún Chaplin, ningún Murnau. Y el hombre que estaba destinado a serlo trabajó durante sus primeros dos años haciendo rótulos, aunque también diseñaba decorados o realizaba cualquier otra tarea en donde se le necesitara.

A pesar de que nunca afirmara haber sido ambicioso, el joven rotulista era el primer en llegar por la mañana y el último en irse. Mataba las largas horas muertas en los rodajes observando, realizando cualquier tarea, y aprendiendo cómo se rodaban las películas. Siempre dispuesto a sugerir ideas y aconsejar, Hitchcock no pasaba desapercibido. Su devoción hacia el cine era más que patente. Día a día se codeaba con un equipo técnico norteamericano, y aprendió de ellos tanto como pudo. En 1922 llegó el director George Fitzmaurice para rodar un par de películas en Islington. La aparente calma y naturalidad del director causaron impresión en Hitchcock, quien aprendió mucho de los rodajes de Fitzmaurice. El director hacía, antes de rodar, profundos estudios de los personajes, preparaba un extenso guión técnico y supervisaba la preparación en los platós. Después de realizar todo eso, afirmaba, ya no se preocupaba de nada más. La base de todo era tener un concienzudo guión técnico. A grandes rasgos ésa fue la forma en la que trabajó Hitchcock el resto de su carrera como director. De Fitzmaurice también calcó la fría calma que siempre le caracterizó en los rodajes; pasara lo que pasara Hitchcock nunca perdía los nervios.

En 1923 el productor-actor-escritor Seymour Hicks, había preparado un film para lucimiento de su esposa Ellalline Terriss. El director escogido para rodar la película fue un tal Hugh Croise. Durante el rodaje de Always Tell Your Wife las diferencias entre Hicks y Croise fueron creciendo hasta que el director fue apartado del proyecto. Desesperado por terminar la película, el joven Hitchcock se ofreció a Hicks para ayudarle a finalizar el rodaje. Sin nada que perder, Hicks aceptó, y así fue como Alfred Hitchcock hizo su debut en la dirección como codirector de Always Tell Your Wife. Los estudios debieron quedar contentos con su trabajo pues le ofrecieron rodar una comedia titulada Number Thirteen. Sin embargo los fondos se acabaron y la película quedó inacabada. Poco después los estudios se vaciaron, y quedaron como un edificio vacío de alquiler para rodar cualquier cosa. Directores , actores y algunos técnicos emigraron, otros, como Hitchcock, se quedaron a la expectativa, y temporalmente desempleados.

Fue entonces cuando hizo su aparición Michael Balcon, un productor que se convirtiría en una figura clave del panorama del cine británico en aquella época. Balcon había fundado junto a su asociado Victor Saville una distribuidora cinematográfica en Birmingham. El éxito de la misma le llevó a Londres, donde entró en contacto con el financiero C.M. Woolf. Juntos decidieron entrar en el negocio de los filmes comerciales, para lo que contactaron con el director Graham Cutts. Su primera producción fue Woman to Woman, rodada en los alquilados estudios de Islington. Como ayudante de dirección fue contratado Alfred Hitchcock, quien de paso les recomendó a una montadora que conocía de su trabajo previo en Islington. Así fue como Alma Reville fue invitada también a participar en el rodaje.

Al importante éxito de Woman to Woman le siguió un fracaso (The White Shadow) y una tercera producción hecha a toda prisa, The Prude's Fall (cuyos exteriores europeos quedaron arruinados por las quejas de la amante de Cutts), mientras la asociación de Balcon se iba al garete. En esos rodajes Hitchcock había hecho de todo, más allá de sus funciones de ayudante de dirección. Había escrito guiones, supervisado vestuario, escrito rótulos... y ahondado en su aprendizaje.

En enero de 1924 la Famous Players-Lasky anunció que ponía en venta los estudios de Islington. Balcon vio el posible negocio que habría en adquirirlos, y finalmente lo hizo, tras una entrevista con el director ejecutivo de la Paramount, a la que pertenecía la Players-Lasky. El delirante y curioso diálogo que tuvo lugar no pudo ser más británico:

Graham: Sí, estoy dispuesto a vender los estudios. Quiero 100.000 libras por ellos.  
Baker: Tenemos una sorpresa para usted, señor Graham. Solamente podemos ofrecerle 14.000. Graham: Tengo una sorpresa mayor para ustedes... Voy a aceptar su oferta.  
Baker: Hoy estamos todos llenos de sorpresas, señor Graham. Nuestro pago deberá efectuarse de forma aplazada... 2.000 libras al año durante 7 años.

Nacía así la Gainsborough Pictures, cuya primera producción, The Passionate Adventure, conservó el equipo de Graham Cutts como director y Alfred Hitchcock como su ayudante. Por entonces se produjo un importante cambio en la vida personal de Hitchcock. Durante su viaje de regreso en barco tras el fracasado rodaje en Europa para The Prude's Fall, el ayudante de director se declaró a su novia, con la que llevaba saliendo no demasiado tiempo. La afortunada era Alma Reville, con quien Hitchcock había mantenido durante años una estricta relación profesional. No fue hasta que consiguió ser ayudante de dirección que se atrevió a llevar su relación con Alma más allá. Mientras regresaban de Alemania, en mitad de una tormenta, Hitchcock le propuso matrimonio a Alma sin gran parsimonia, y la mareada muchacha aceptó.

No tardarían en regresar a Alemania, pues Balcon había firmado una coproducción con la todopoderosa UFA, donde en sus estudios de Neubabelsberg rodarían The Blackguard. Por entonces Alemania era el centro de atención del mundo del cine, y la influencia de sus películas recorrió toda Europa, llegando incluso a Hollywood. Por entonces Berlín era más Meca del cine que la propia Hollywood.

En la capital de la azarosa República de Weimar Hitchcock aprendió mucho, tanto sobre cine como sobre la vida misma. Quedó azorado, sorprendido y atraído por el libertinaje sexual, y por las prostitutas callejeras; en cierta ocasión, tras una noche de juerga por los cabarets, Hitchcock acabó junto a una amiga y dos chicas más en una habitación de hotel. El curioso joven rechazó todas las propuestas de las dos chicas, pero se quedó para contemplar la subsiguiente escena lésbica. También quedó intrigado por la abierta homosexualidad de F.W. Murnau. Pero de éste extrajo también muchas y sabias lecciones, observando su método mientras rodaba El último, y conversando con él acerca de cine. Hitchcock quedó fascinado por la forma narrativa puramente visual del cine germano, y de películas como El gabinete del doctor Caligari. Gran parte del estilo visual de Hitch fue deudor del impresionismo alemán.

Tras el regreso del equipo a Gran Bretaña a principios de 1925 se hizo patente que la relación entre Cutts y Hitchcock ya no funcionaba. El joven ayudante de dirección había aprendido mucho junto a Cutts, pero la desordenada vida privada del director estaba causando cada vez más problemas. Cutts era un hombre casado y con familia, pero salía con actrices y mujeres de lo más variopinto, poniendo en un aprieto a sus amigos y trabajadores. En más de una ocasión Hitchcock hubo de presentar excusas a la mujer de Cutts por las ausencias de éste.

Cutts era cada vez menos fiable, mientras que Hitchcock no sólo era un gran trabajador y buen cumplidor, sino que se sentía ya preparado para volar en solitario. Cada vez más las decisiones clave en los rodajes las había tomado Hitchcock, y su influencia en las películas de Cutts era cada vez mayor. Éste veía su parcela amenazada, al tiempo que su joven ayudante le salvaba las papeletas en los rodajes. Cutts ya no quería trabajar con Hitchcock. Balcon consideró todo esto, y decidió darle a Hitchcock la oportunidad de dirigir una película. Debido a asuntos financieros, y tal vez a modo de prueba, envió a Hitchcock de vuelta a Alemania para rodar The Pleasure Garden.

Tras rodar algunas escenas en Munich el equipo salió en tren hacia Italia. Al llegar a la frontera el cámara le dijo a Hitchcock que no declarara la cámara y la película virgen para ahorrarse los impuestos y ayudar así al ajustado presupuesto. Debió ser interesante ver a un Hitchcock, siempre temoroso de las autoridades, afirmar que no llevaba nada para declarar. La cámara, sabiamente ocultada, no fue encontrada, pero la película fue confiscada. Hubieron de comprar más película. Parte del dinero en metálico se lo había llevado Alma, encargada de recibir a las actrices norteamericanas que iban a participar en el film. Para empeorar las cosas, en Génova fue sustraído de la habitación de hotel de Hitchcock todo el dinero en metálico para la película, con lo que tuvo que poner él de su bolsillo para poder continuar con el rodaje. En San Remo tuvieron problemas a la hora de rodar una escena en la que una nativa caía al agua y se ahogaba. Hitchcock fue informado de que la actriz no podía realizar la escena. El director preguntó si tenía miedo al agua. Fue entonces cuando Hitchcock supo, por primera vez, de los problemas menstruales que tenían las mujeres ciertos días al mes.

Tras rodar en exteriores el equipo regresó a Munich, donde Hitchcock se reunió con Alma, para enterarse de que no quedaba casi nada de su dinero, debido a los caprichos de las actrices. Allí se completó el rodaje en el estudio, y tras un complicado montaje, llegó Balcon para supervisar el montaje final. Tras ver la proyección el productor dijo que parecía un film norteamericano, y contento con los resultados le ofreció a Hitchcock una segunda película en Alemania. A su regreso, dijo, tendría más proyectos esperándole en Londres. El segundo proyecto sería The Mountain Eagle, un film que el propio Hitch calificó como "una mala película".

A principios de 1926 Hitchcock se encontraba de regreso en Londres. Llevaba algunos años de noviazgo con Alma, pero la boda se retrasaba siempre por uno u otro motivo. Entre los rodajes y la posesiva madre de Hitchcock, el momento nunca parecía llegar. Además Alma estuvo bastante ocupada trabajando mientras él esperaba a que Balcon le ofreciera algún proyecto, lo cual le mortificaba. También conoció la desagradable noticia de que The Pleasure Garden sería almacenada por orden de C.M. Woolf, temeroso de un fracaso en taquilla. La obvia influencia alemana en la película no gustó al financiero.

Finalmente el ansiado proyecto llegó en forma de una popular novela de 1913, The Lodger. La historia estaba basada en los asesinatos de Jack el Destripador, y narraba cómo una familia sospecha de que su inquilino, al que alquilan una habitación, es el asesino de mujeres que está aterrorizando a la ciudad.

Para interpretar al inquilino se contrató al popular actor galés Ivor Novello, lo que obligó a modificar el ambiguo final que Hitchcock tenía planeado. Con una estrella de la talla de Novello haciendo de inquilino no podía haber duda alguna de su inocencia. La protagonista femenina sería June Tripp.

El joven Hitchcock seguía encorsetado por la presencia de Cutts en los estudios, pero ell no le impidió desenvolverse en el estudio con una gran claridad y maneras de director veterano. Se levantaron decorados según sus diseños y Alfred aplicó todo lo que había aprendido en Alemania respecto a posiciones de cámara e iluminación. A finales de mayo el rodaje casi estaba finiquitado.

Mientras tanto el celoso Cutts no dejaba de propagar dudas por el estudio, dudas que concernían evidentemente a la capacidad de Hitchcock para sacar adelante una película. Balcon quedó intranquilo tras oír lo que Cutts tenía que decir, pero su nerviosismo aumentó cuando tras un pase previo Woolf decidió que aquel film no valía nada y que debía ser almacenado. Desesperado, ya que la película había costado la nada desdeñable suma de doce mil libras, Balcon anuló el pase para la prensa previsto para septiembre y se puso en contacto con Ivor Montagu, miembro fundador de la Film Society y a pesar de su juventud reputado crítico cinematográfico del Times. Tras mostrarle los rollos del film Montagu quedó vivamente impresionado ante lo que vio, aunque sugirió algunos pequeños cambios y puso sobre la mesa el nombre de E. McKnight Kauffer, un prestigioso cartelista norteamericano. Entonces Balcon organizó una reunión entre Hitchcock y Montagu. El joven y quisquillo director no estaba dispuesto a tolerar que un extraño pusiera sus manazas sobre su obra, pero el crítico sorprendió a Hitchcock alabando su trabajo y proporcionando unos justos análisis que le hicieron ver que Montagu no era ningún advenedizo. Hitchcock supo entender el punto de vista de Montagu y se volvieron a rodar algunas escenas, además de incluir algunos rótulos creados por McKnight. Aquellos cambios abrieron las puertas para el estreno de El enemigo de las rubias.

Acerca de aquel nuevo film de Hitchcock, en el diario Bioscope se pudo leer lo siguiente: "Es posible que este film se la mejor producción cinematográfica jamás hecha".

lunes, 29 de julio de 2013

El Tour de Francia: dominio belga (1912-1922)

Francia es consciente de que, sin la guerra, el gran corredor de Anderlecht estaría celebrando no su tercer Tour, sino su quinto o sexto. Desgrange resignándose a la incontestable superioridad de Philippe Thys.

Su nombre era Odile Defray, había ganado el Campeonato de Flandes y en un explosivo Tour de Bélgica se había hecho con tres etapas. Este belga de 24 años había llamado la atención del equipo Alcyon, quien no dudó en ficharlo como apoyo para Gustave Garrigou, el ganador del Tour de 1911. Sin embargo, como pronto iba a verse, el papel de gregario le iba muy corto al bueno de Defray.


El Tour de 1912, el del décimo aniversario, sería el último en usar el sistema de puntos para la clasificación general. Por otro lado aquel Tour fue el primero que vio el uso del desviador (un sistema de cambio de marchas) con el que experimentó Stéphanois Panel. En las siguientes ediciones Desgrange lo prohibió, regla que se mantendría hasta 1937.

Fue aquel también un Tour con récord de equipos; diez de ellos tomaron la salida. Los hombres del Alcyon eran los favoritos, con Garrigou a la cabeza, secundado por Duboc, Heusghem y el desconocido Defraye. El Peugeot volvía con Petit-Breton como jefe de filas, mientras que un nuevo equipo, el Automoto, había fichado al luxemburgués Faber. La François se presentaba con el escalador Lapize y Maurice Brocco. Con una mala suerte difícil de creer, Petit-Breton volvió a quedar fuera de la carrera a las primeras de cambio tras chocar con una vaca.

El joven Defraye pronto comenzó a demostrar su valía. Se adjudicó la segunda etapa y se colocó segundo tras el líder, el italiano Vincenzo Borgarello. En la tercera jornada Defraye logró dejar atrás al italiano. Garrigou le seguía el paso al belga, pero desde la primera jornada Defraye había cosechado más puntos. Así, el belga se puso líder de la general. 

Defraye no debía relajarse. Tras ganar la tercera y cuarta etapas, Eugène Christophe se colocó tercero a ocho puntos del belga, empatado con Lapize. En la siguiente jornada, la etapa reina de los Alpes, Christophe se marcó una inhumana escapada de ¡más de 300 kilómetros! Se adjudicó la etapa con Lapize llegando a 2:37 minutos. Defraye logró mantener el brazalete de líder, pero empatado a puntos con un Christophe en estado de gracia. La sexta etapa, moteada también con algunas cumbres, fue para Lapize, que fue esta vez quien empató a puntos con Defraye.

Tras las etapas de los Alpes quedaba claro que el hombre fuerte del Alcyon era Defraye y no el pobre Garrigou. La séptima etapa acababa en Marsella, y Defraye logró adjudicarse la victoria en el sprint, deshaciendo el empate. Cuando el Tour llegó a los Pirineos el belga decidió dar un golpe a sus rivales. Al parecer viendo la trayectoria de Defraye sus compatriotas decidieron ayudarle en la carrera, fuera de la filiación de su equipo. Un Lapize que no tuvo su día decidió abandonar, quejándose amargamente a los reporteros de que todo el mundo corría para el Alcyon. El belga se hizo con la victoria y envió al segundo en la clasificación, Christophe, a veinte puntos de distancia. La décima etapa, de más de 300 kilómetros, con los puertos de Peyresourde, Aspin, Tourmalet, Soulor y el Aubisque (¡cinco puertos nada menos!), supuso un auténtico calvario de catorce horas para los corredores, que hubieron de soportar una fría lluvia y caminos encharcados. Louis Mottiat se proclamó vencedor en aquella jornada de locos, con Christophe a rueda. Defraye llegó tercero a más de 20 minutos, pero con el sistema de puntos retuvo el liderato de la general sin problemas. Ya no se lo quitarían hasta llegar a París.

Siempre se ha hablado del chovinismo francés. Quizás la victoria de un luxemburgués que casi era francés no tuviera importancia, pero la victoria de Defraye, con aquellos otros ciclistas belgas trabajando para él, había escocido mucho. Y el sistema de puntos se había revelado injusto cuando los esfuerzos del francés Christophe fueron en vano para arrancarle el liderato al belga. Fuera esta o no la razón, lo cierto es que el Tour de 1913 volvió a la clasificación general por tiempo. Otra novedad fue que por primera vez el Tour comenzó a rodar en la dirección contraria al reloj; por ejemplo, la primera etapa tuvo lugar entre París y Le Havre.

Una de las cuestiones a dilucidar en aquel Tour es si el belga Defraye, que había ganado la carrera inteligentemente y manejando los tiempos y los puntos, podría repetir victoria con la clasificación por tiempos. Tras las dos primeras etapas el belga se defendía en el primer puesto empatado a tiempo con Jules Masselis, Marcel Buysse y Alfons Lauwers. En la tercera etapa Lapize se retiró considerando que no estaba a la altura de sus rivales. Tras su decisión el resto del equipo de La Française no tardó en seguirle.

Como si de cualquier Tour moderno se tratara, aquella edición las etapas en llano transcurrieron bastante tranquilas. Poco a poco Defraye logró quedarse en solitario en lo alto de la clasificación, seguido de Christophe a 4 minutos 55 segundos y Marcel Buysse a más de diez minutos. Sería en la sexta etapa, con la llegada de los puertos pirenaicos, cuando comenzaron las refriegas. Poco después del arranque se formó una escapada con nombres importantes: Christophe, Buysse, Thys, Garrigou, y otros. Defraye había tenido problemas mecánicos y sus rivales no dudaron en aprovecharlo. Encarando el Tourmalet el belga llevaba ya más de dos horas de retraso. Acabado para la general, Defraye decidió abandonar. 

Mientras tanto, en cabeza, Christophe demarró en el Aubisque, seguido de cerca por Philippe Thys en el Tourmalet. En lo que ya es una de las anécdotas más curiosas de la historia del Tour, Christophe rompió la horquilla de su bicicleta durante el descenso. Sin poder cambiarla, las reglas establecían que el corredor debía reparar su propio vehículo. Decidido a continuar, el corredor cargó su bicicleta y recorrió más de 10 hasta la siguiente población, donde encontró una herrería donde poder reparar su bicicleta. Efectuadas las reparaciones Christophe continuó con la carrera. Llegó casi cuatro horas más tarde que el vencedor de la etapa, el belga Thys. El Tour había acabado para él.

Eugène Christophe
Pasados los Pirineos otro belga, Marcel Buysse, comandaba la general, seguido de su compatriota Thys a poco más de un minuto, mientras que Garrigou estaba tercera a 47 minutos. Las opciones de Buysse acabaron en la novena etapa, cuando un problema mecánico le dejó a más de tres horas en la general. Aun así Buysse siguió corriendo y llegó a adjudicarse cuatro etapas.

Sin Buysse en la lucha Thys quedó en solitario con una gran ventaja frente a Garrigou y Petit-Breton, quien acabaría abandonando tras la decimocuarta etapa. Justamente en aquella jornada Garrigou logró meterle casi una hora a Thys, con lo que volvió de nuevo a la lucha con una desventaja de ocho minutos. Pero con tan sólo la última etapa por recorrer el francés no tuvo demasiado margen, por lo que Thys se proclamó vencedor del decimoprimer Tour.

El domingo 28 de junio de 1914 el Archiduque de Austria y su esposa eran asesinados en las calles de Sarajevo. La cadena de acontecimientos que desencadenó aquel hecho llevó un mes tarde al estallido de la Primera Guerra Mundial. Aquel mismo domingo de junio, en París, arrancaba el decimosegundo Tour de Francia.

El belga Philippe Thys era el favorito y firme candidato a repetir la victoria que lograra el año anterior. Junto a Thys la Peugeot presentó uno de los equipos más impresionantes que haya visto el Tour, con nombre consagrados como Gustave Garrigou, Émile Georget, Eugène Christophe o Jean Alavoine, además de una joven promesa, Henri Pélissier. Frente a esta lista de nombres el Alcyon no parecía poder competir aunque Marcel Buysse, Odile Defraye y el francés Jean Rossius eran perfectamente capaces de luchar por el título.

En la primera etapa Thys respondió a las expectavivas ganando la etapa y colocándose lider de la general. Tras la segunda etapa todo apuntaba a que aquella edición la carrera se dirimiría entre Thys y Rossius, quien estaba segundo en la clasificación con el mismo tiempo que Thys. En la quinta etapa el belga y el francés seguían empatados, con un sorprendente Pélissier tercero en la general a cinco minutos de los dos favoritos.

Una vez más la hora de la verdad había de llegar en las primeras etapas de alta montaña, que aquel año de nuevo tendrían lugar en los Pirineos. La etapa sería para el belga Fermin Lambot, del todopoderoso Peugeot, quien ayudó a Thys a deshacerse de Rossius. Thys entró segundo a siete minutos de Lambot. El ataque fue fulminante: Rossius se hundió a más de una hora. Con una ventaja de más de media hora sobre su más directo competidor, Pélissier, el belga podía estar seguro de su victoria si las fuerzas le acompañaban. Desde luego así fue: durante todo aquel Tour Thys se las arregló para finalizar todas las etapas entre los cinco primeros. Tan sólo en la penúltima etapa Pélissier amenazó el puesto del belga cuando a Thys le penalizaron con media hora por un cambio ilegal de rueda. El joven francés tenía al alcance de la mano la victoria en la general si en la última etapa lograba deshacerse de Thys, cosa que no ocurrió, aunque Pélissier logró al menos adjudicarse aquella etapa al sprint. De nuevo el belga había mostrado una gran superioridad y control, adjudicándose su segundo Tour consecutivo. Como diría Desgrange años después, quizás habrían podido ser más, de no ser porque la Gran Guerra desangró a Europa y dejó en pausa al Tour hasta 1919.

La Primera Guerra Mundial llegó a su fin en noviembre de 1918. Se calcula que más de ocho millones de soldados habían muerto durante la contienda, y más de veintidós habían sido heridos, de los cuales más de siete millones habían sufrido secuelas permanentes. Francia había perdido el 10.5% de su fuerza laboral, y se había desangrado literalmente sufriendo más de seis millones de bajas entre muertos, heridos y desaparecidos. Evidentemente fueron muchos los corredores que también fallecieron durante la guerra o quedaron impedidos para seguir practicando el ciclismo. Tres antiguos campeones del Tour habían caído en el frente: François Faber, Octave Lapize y Petit-Breton. Las carreteras de Francia estaban destrozadas, la economía era un caos y los fabricantes de bicicletas ya no podían permitirse patrocinar equipos ciclistas. Aun así Desgrange estaba decidido a reiniciar el Tour y en cuanto se firmó el armisticio comenzó a trabajar en una nueva edición del Tour.

En la línea de salida de aquel treceavo Tour de Francia se concentraron tan sólo 69 nueve corredores, divididos en dos categorías, una para profesionales y otra para amateurs. Ante la situación económica los antiguos patrocinadores unieron fuerzas en un solo equipo que apenas sí pudo cubrir las necesidades de la mitad de los ciclistas; sin embargo en la práctica se volvía al sistema de corredores individuales. Consciente de la terrible situación de posguerra Desgrange autorizó por primera vez a la organización a hacerse cargo de la manuntención de los corredores, quienes hasta entonces habían tenido que procurarse ellos la comida. Aquel paupérrimo Tour de organización renqueante, carreteras destrozadas y ciclistas malnutridos o mal preparados iba a ser el más largo hasta la fecha, con una distancia total de 5.560 kilómetros. Sigue siendo a día de hoy uno de los Tours más largos de la historia.

Con una generación de jóvenes destrozada por la guerra aquel iba a ser un Tour de supervivientes, de ciclistas veteranos. Todos los ojos estaban puestos en Philippe Thys, el ganador de 1914, y en la revelación de aquel año, Henri Pélissier, que ahora contaba ya con 30 años. Su hermano Francis, cinco años más joven, debutaba aquel año en la carrera gala.

El ganador de la primera etapa fue Jean Rossius, pero fue penalizado con treinta minutos por una asistencia ilegal a Thys, por lo que fue Henri Pélissier quien se colocó líder de la general. Como prueba de las limitadas fuerzas que tenían los ciclistas en aquella jornada se produjeron más de veinte bajas. Un Thys en baja forma fue una de ellas. En la segunda jornada Henri no dio cuartel y se escapó junto a su hermano Francis. Henri se hizo con la etapa.

El reglamento del Tour nunca se ha caracterizado por estar hecho a prueba de toda lógica, pero cualquier ciclista moderno palidecería ante el severo control que la organización ejercía en aquellas tiempos. Durante la tercera etapa, mientras Pélissier amenazaba con dejar el Tour cuando iba en cabeza (sería la primera de muchas explosiones temperamentales y el inicio de una legendaria contienda entre Pélissier y Desgrange) un ciclista llamado Léon Scieur luchaba por culminar la etapa con llegada en Brest, con los pinchazos cebándose en su bicicleta. Tras el enésimo pinchazo y aterido por la lluvia el ciclista se refugió en la entrada de una casa para reparar sus neumáticos. Dos personas le observaban atentamente: la dueña de la casa y un comisario de la carrera, asegurándose de que el ciclista no recibiera ayuda alguna de aquella buena señora. Cuando aterido por el frío el ciclista le pidió a la dama que enebrara su aguja para poder reparar los tubulares, el comisario se lo prohibió bajo pena de penalización.


A veces el destino es cruel, y cuando tras aquella tercera etapa (que ganó Francis Pélissier, con su hermano bien asentado como líder) Henri habló con desdén a la prensa de sus compañeros, la providencia actuó y el líder pinchó durante el transcurso de la cuarta jornada. Francis se quedó para socorrerle, pero el resto del pelotón aprovechó para organizar un ataque. Henri no tardó en emprender su persecución, recortando ventajas con otros rezagados interesados. Hasta que Desgrange le comunicó que no podía servirse de la ayuda de otros corredores para retomar el contacto. Con aquella prohibición taxativa el líder no tuvo nada que hacer y llegó con media hora de retraso a la meta. Su hermano se hundió en la clasificación a más de tres horas. En protesta por el trato recibido los dos hermanos abandonaron el Tour. Tras la quinta etapa el nuevo líder era Eugène Christophe. Tras cruzar los Pirineos el francés seguía en cabeza.

Fue durante el transcurso de este Tour cuando apareció por primera vez el jersey amarillo que distingue al líder de la carrera. Su color se debía al color de las páginas del diario L'Auto, el organizador del Tour. Algunas fuentas apuntan a la séptima etapa como la primera vez que un líder del Tour vistió de amarillo. Otros creen que esta distinción no apareció hasta la décima. Lo que es seguro es que Christophe fue el primero en lucir en amarillo, lo que provocó las risas del resto del pelotón, que comenzaron a tildarle de canario.

Tras la octava etapa el grueso del pelotón se reducía a trece supervivientes. Aun habían de llegar los Alpes. Ningún corredor logró arrebatarle el liderazgo a Christophe, que aventajaba al belga Firmin Lambot en más de 20 minutos. Hasta que en la penúltima etapa Lambot decidió probar suerte e inició un duro ataque. Christophe no tardó en responder, pero durante la persecución rompió la horquilla de su bicicleta. La historia del Tour de 1913 se repetía para él. El francés llegó a más de dos horas a la meta, con lo que perdió incluso la segunda plaza, quedando relegado a la tercera. Fue así como de nuevo un belga se coronaba rey del Tour.

El Tour de 1919 produjo la media de velocidad más lenta de la historia, prueba de las malas condiciones en las que se encontraban tanto corredores como carreteras. El Tour de 1920 aunque mostró las mejorías que poco a poco se habían ido consiguiendo tras la guerra todavía arrastraba las secuelas de la misma, una vez más los patrocinadores se unieron para formar un solo equipo, La Sportive, debido a la imposibilidad de funcionar como sponsors en solitario. El número de corredores aumentó aquel año a 113, 31 de los cuales eran profesionales.

Los candidatos franceses comenzaron a caer pronto en aquel Tour. Jean Alavoine abandó en la segunda etapa, y Francis Pélissier en la tercera. La primera etapa se la había adjudicado un belga. En la segunda un viejo campeón volvió a por lo que era suyo. Se trataba de Philippe Thys. Tras la guerra el belga había llegado en un bajo estado de forma al Tour de 1919, y ni siquiera había podido acabar la primera etapa, lo que le valió ácidas críticas por parte de Desgrange en L'Auto. Herido en su orgullo, Thys había iniciado un concienzudo programa de entrenamiento aquel invierno para optar de nuevo a la victoria en el Tour. Ni siquiera una caída en la Milan-San Remo en la que se rompió una clavícula pudo frenarle (el belga recorrió los últimos 50 kilómetros empeñado en no abandonar). Recuperado de su lesión justo a tiempo, Thys había llegado al Tour en un gran estado de forma. Y tras la segunda etapa ya se había colocado líder.

El Tour de 1920 se estaba caracterizando por las altas temperaturas, lo que llevó a largas y aburridas etapas de llano en las que el pelotón rodaba compacto y las etapas se ganaban al sprint. Como podrá observar el seguidor contemporáneo de la carrera las típicas etapas de transición en las que no pasa nada son prácticamente tan viejas como el mismo Tour.

Henri Pélissier se hizo con la tercera y cuarta etapas al sprint, aunque ello no le valió para meterse en la lucha por el jersey amarillo. Thys se mantenía incólume en el liderato  empatado a tiempo con Emile Masson, mientras que en tercera posición se encontraba Eugène Christophe a casi diecisiete minutos.

La emoción llegó, como era de esperar, con la primera etapa de alta montaña, que tendría lugar en los Pirineos. El ganador fue Firmin Lambot, quien puedo dejar a Thys atrás. Su compatriota Hector Heusghem se colocó segundo en la general por delante de Masson. Mientras, los rivales franceses iban desapareciendo. Henri Pélissier hizo de nuevo gala de su volátil personalidad y tras penalizado con dos minutos abandonó la carrera. Aquejado de dolores de espalda, Eugène Christophe se retiró en la séptima etapa. Cada vez más el camino se allanaba en dirección a Bélgica.

En los Pirineos el veterano Thys corrió con inteligencia, manteniéndose pegado a sus más directos rivales pero sin malgastar energías en ataques. En la novena etapa entre Aix en Provence y Niza, que contaba con dos puertos de montaña, y se corría el día de la fiesta nacional, Thys se permitió el lujo entonces de atacar y llegar primero a la meta. Ni Heusghem ni Lambot pudieron seguir su ritmo. Con aquel golpe de mano Thys aventajaba a su compatriota en una hora. El Tour estaba sentenciado.

El Tour de 1920 mostró la cuasi absoluta superioridad de los ciclistas belgas sobre los franceses. No sólo se había convertido Thys en el primer ciclista en ganar tres Tours, sino que trece de las quince etapas habían sido ganadas por corredores belgas. Además, el podio había sido copado por belgas, y entre los diez primeros de la clasificación se podían contar a ocho ciudadanos de Bélgica. Ciertamente los aficionados franceses estaban que echaban chispas. Desgrange no era ajeno a ese sentimiento, aunque en su caso el enfado no era solo patriótico, sino económico, ya que sin victorias franceses las ventas de L'Auto disminuían, y lo que era peor, los patrocinadores decidían que no valía la pena gastarse su dinero en patrocinios.

El Tour de 1921 comenzó como lo había hecho el del año anterior, con Louis Mottiat ganando la primera etapa. Tras su sanción de dos minutos en la edición de 1920 Henri Pélissier y su hermano decidieron no participar. El vigente campeón, Philippe Thys, llegó enfermo a la carrera y en la segunda etapa ya no pudo seguir adelante. Al comienzo de la tercera el líder era Léon Scieur seguido de cerca por Heusghem. El corredor que en 1919 había tenido que refugiarse en un portal bajo la lluvia para arreglar su bici lideraba ahora la carrera con mano firme. Para cuando el Tour llegó a los Pirineos Scieur se las había arreglado para sacarle media hora a su compatriota. En la prensa compenzaron a apodarle "La locomotora".

Sin embargo en la sexta etapa Heusghem demostró que no todo estaba perdido. Demarró a comienzos de etapa y coronó en solitario el Tourmalet, el Aspin y el Peyresourde. Scieur llegó a 25 minutos. La lucha por el maillot amarillo volvía a estar viva.
Scieur asciende el Galibier. El tiempo del desviador aún no ha llegado.

En la novena etapa, con subidas al Braus y el Castillon, Firmin Lambot atacó y Scieur decidió hacer pareja con él. Heusghem no encontró las fuerzas para seguirlos y acabó perdiendo 10 minutos. Lambot se adjudicó la etapa y Scieur volvió a distanciarse en la general. En la siguiente etapa, la previa a la etapa reina en los Alpes, Scieur pinchó mientras ascendía el Allos. Heusghem aprovechó la oportunidad y atacó. El Tour tenía unas reglas oficiales, pero a lo largo de los años fueron desarrollándose reglas no escritas entre los corredores, sobretodo conforme la carrera se iba profesionalizando. Quizás aún no fuera una regla de oro, pero aprovechar fallos mecánicos o pinchazos de los contrarios, aunque era algo que siempre se había hecho, estaba cada vez peor visto. Tras haber reparado el pinchazo un furioso Scieur salió en persecución de Heusghem. A veces no es buena idea desatar la ira de un líder de carrera sólido. Scieur no sólo consiguió atraparle sino que le atacó a su vez dejándole atrás. El líder se adjudicó la etapa y le metió seis minutos más a Heusghem, dejandole a más de veinte en la general.

En la doceava etapa Honoré Barthélemy se escapó junto con Heusghem y Scieur. El francés ganó la etapa al sprint. Desgrange se puso furioso porque creía que el resto del pelotón no había plantado bastante cara a los belgas, así que en la siguiente etapa decidió dar a los corredores amateurs dos horas de ventaja sobre los profesionales. Aquella medida sólo sirvió para que un ciclista de clase B ganara la etapa. Nada cambió en la general. Cuando el organizador del Tour trató de repetir la jugada en la catorceava etapa, los ciclistas amateur amenazaron con plantarse. Desgrange tuvo que ceder y el pelotón no fue dividido.

En aquella etapa se produjo una de tantas anécdotas que hoy resultaría impensable. Durante la carrera la rueda trasera de Scieur se rompió. Más de once varillas estaban dañadas. Las reglas sólo permitían cambiar la rueda si ésta estaba más allá de toda posible reparación. Sin ningún comisario de carrera cerca para verificarlo, Scieur cambió la rueda, envolvió como pudo la rueda rota y se la cargó a la espalda durante 300 kilómetros para que en la meta pudieran verificar que efectivamente la reparación era imposible. La ventaja que el belga tenía respecto a Heusghem le permitó conservar el liderato, pero los estragos que las varillas rotas hicieron sobre su espalda permanecieron en forma de cicatrices durante años. La última etapa transcurrió sin novedad y Scieur subió al podio como justo vencedor de aquel Tour.

La edición de 1922 comenzó bien para un Eugène Christophe de 37 años con quien las lesiones y los problemas mecánicos se habían cebado en años anteriores. Esta vez fue el líder virtual de aquel año, Robert Jacquinot, quien sucumbió a los pinchazos, dejando a Christophe líder de la carrera tras la cuarta etapa, seguido de Philippe Thys a más de 17 minutos. El belga buscaba su cuarto Tour, pero una avería en la sexta jornada le dejó sin opciones de victoria.

Con la llegada de los Pirineos el escalador Jean Alavoine comenzó a imponerse en la carrera. Tras hacerse con la quinta y sexta etapas, Alavoine atacó de nuevo en la séptima, otra jornada de alta montaña con puertos como el Portet d'Aspet, ell Port, y el Puymorens. El ritmo frenético de aquella jornada fue demasiado para el veterano Christophe, que perdió el liderazgo a favor de Avaloine. Aun así gracias a su ventaja previa se quedó en tercera posición. El segundo clasificado era Firmin Lambot, a 14 minutos 19 segundos.

En la etapa número 11, la etapa reina de los Alpes, Christophe rompió por tercera vez la horquilla de su bicicleta en el transcurso de una etapa de alta montaña en la ronda francesa. El sereno veterano cargó con su bici al hombro, terminó de ascender el Galibier y bajó con ella todo el descenso hasta llegar al primer pueblo que pudo encontrar, donde reparó la bicicleta. Llegó con tres horas de retraso a meta. En la general Alavoine seguía lider con Lambot a casi siete minutos y Hector Heusghem a un cuarto de hora.

La progresión de Heusghem en la general indicaba que Alavoine podía tener de qué preocuparse, y efectivamente, en la siguiente etapa el belga demarró. El francés sufrió varios pinchazos y no pudo alcanzar al belga. Aunque no logró hacerse con la etapa, que perdió al sprint, Heusghem sí logró arrebatar el amarillo a Alavoine. Su liderato no duró mucho; en la siguiente etapa rompió su bicicleta. El belga recibió permiso de un comisario para cambiarla por otra, pero en la meta el jurado del Tour invalidó esta decisión, penalizando a Heusghem con una hora de sanción. De esta forma tan inesperada el veterano Lambot, de 36 años, se vio convertido en el líder virtual de la carrera. Tan sólo debía proteger su liderazgo en las dos siguientes etapas para proclamarse campeón de aquel Tour. No era una tarea imposible para un veterano como él, y así Lambot subió al podio de París como vencedor. Todavía hoy es el campeón de Tour más veterano que ha habido.

De nuevo un belga ganaba un Tour. El veterano Thys había ganado cinco etapas, y de no ser por esos problemas mecánicos en la sexta jornada habría disputado la general y quizás hasta la habría ganado. Sin embargo una era llegaba a su fin. Era momento de que el temperamental, cabezón y volátil Henri Pélissier demostrara de lo que era capaz.

domingo, 28 de julio de 2013

The Duke (of Supernature)

El nuevo disco de Monster Magnet se llamará Last Patrol. ¡Veremos qué encontramos dentro! De momento el adelanto, sin que me entusiasme, no suena nada mal. Siempre es una buena noticia saber que estos tipos vuelven a la carga.

sábado, 27 de julio de 2013

Elementary

No sé si podría o debería considerarse a Elementary como la respuesta norteamericana a la genial Sherlock, pero de lo que no cabe duda es de que entre la producción de la BBC y las películas de Robert Downey Jr. la figura de Sherlock Holmes vuelve a estar en uno de sus momentos álgidos.

El punto de partida de la serie sigue los canónes relatando el encuentro entre Sherlock y su fiel Watson, que en este caso es una chica, la ex-cirujano Joan Watson, quien tras una operación que salió mal decidió dejar la medicina y trabajar como compañera de sobriedad, una especie de asistente para drogadictos que acaban de abandonar la rehabilitación. En este caso el adicto es Sherlock, quien ha abandonado Londres por Nueva York para alejarse de sus demonios y permanecer sobrio. En la Gran Manzana Sherlock comienza a ejercer de consultor para el capitán Gregson del Departamento de Policía de Nueva York. 

Elementary resulta una serie entretenida y muy enraizada en la tradición de las series norteamericanas de las cadenas en abierto, lo que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Como producción de la CBS lo que nos encontramos es una veintena de episodios por temporada (en concreto 24) generalmente autoconclusivos aunque evidentemente la relación entre el difícil Holmes y Watson se mantiene como línea argumental a lo largo de los distintos episodios. En cada episodio la pareja protagonista resuelve cada vez un caso distinto, con lo que tenemos una especie de mezcla entre House M.D. (por las características del personaje) y clásicas series policíacas estadounidenses como Se ha escrito un crimen. A lo largo de la primera temporada hay crímenes mejor y peor conseguidos, aunque como era de esperar la serie comienza a dar lo mejor de sí cuando se menciona el nombre de Moriarty por primera vez. 

Jonny Lee Miller (¡que lejos quedan sus días de Sickboy!) conforma un interesante Sherlock Holmes con varios de los típicos rasgos del detective, como son su gran vanidad intelectual, su dificultad para las relaciones sociales, su gran capacidad de observación y deducción, y otros rasgos más modernos que le emparentan más con el House de Hugh Laurie que con el Sherlock de Conan Doyle. Un punto a favor de la serie es el original cambio de sexo de Watson, que aunque en la práctica no afecta a la serie en sí resulta algo menos manido y abre puertas a futuras tramas inexploradas. Lucy Liu es una pequeña debilidad mía pero creo que aquí da más de sí que en alguna de las horrendas películas que ha rodado a lo largo de su carrera. Por otro lado un otoñal Aidan Quinn está perfecto como el capitán Gregson. De entre los criminales comunes a los que se enfrenta Sherlock creo que no cabe duda de que el más carismático es el interpretado por Vinnie Jones, un poco en la línea de Snatch: cerdos y diamantes, aunque la primera escena del psicópata del episidio "The Deductionist" también está muy cachonda.

En resumen una entretenida serie con algunos buenos momentos perfecta para ser visionado en las tórridas tardes de verano, pero no, ciertamente esto no es Sherlock.

jueves, 25 de julio de 2013

El Tour de Francia: una carrera francesa (1904-1911)

Vous êtes des assassins! Oui, des assassins! Octave Lapize haciendo saber su opinión a los jueces del Tour durante su ascenso pirenaico.

El Tour de Francia había nacido como un truco publicitario, una manera de conseguir más patrocinadores para el diario L'Auto y aumentar su tirada. Ambos objetivos se habían conseguido con creces, y la nueva carrera se había desvelado prácticamente como una revolución, ya fuera a nivel comercial, deportivo o popular. Eran aquellos tiempos en los que la clase media emergía de los oscuros años de la Revolución Industrial, no sólo con más y mejores derechos laborales, sino con más tiempo y dinero que gastar. Al transcurrir por muchos pequeños pueblos y capitales de provincia el Tour había arrastrado tras de sí una creciente legión de seguidores que seguían a los corredores en la carretera o mediante L'Auto, que en los días de carrera incrementaba enormemente sus ventas. Sin embargo aquella súbita popularidad, que por ejemplo había convertido en héroe nacional a su primer ganador, Maurice Gabin, iba a estallar en el rostro de sus organizadores durante su segunda edición.

El Tour de Francia de 1904 iba a mantener el mismo trazado que en su primera edición, a lo largo también de seis etapas, con salida y llegada en París. El reglamento también se mantuvo, con la excepción de que ya no habría corredores que se pudieran apuntar a una sola etapa. Para este segundo Tour el número de participantes aumentó hasta los 88 corredores, quienes correrían una vez más a título individual, aunque los patrocinios volvieron a ser la nota dominante.

Evidentemente el gran favorito para ganar la carrera era Maurice Gabin, aunque Hippolyte Aucouturier y Lucien Pothier, con un probado rendimiento en la primera edición, también contaban con opciones para hacerse con la victoria.

La primera etapa registró la primera gran caída colectiva de ciclistas, que llevó al primer abandono. Fue por lo general una de esas típicas etapas del Tour donde todo se complica y se forman abanicos que pueden ser muy peligrosos. Con una rotura mecánica Pothier quedó descolgado llegando a perder diez minutos, aunque logró reunirse con el grueso de los ciclistas en el kilómetro 174. Para entonces Aucouturier ya había quedado descolgado llegando a tener una hora de retraso. Además sufrió una caída y terminó la etapa a duras penas con una brecha en la cabeza. Finalmente Gabin y Luthier iniciaron una escapada buscando la victoria de etapa y la general. Sin embargo durante el transcurso de la escapada fueron increíblemente atacados por cuatro encapuchados, aunque los ciclistas pudieron acabar la etapa, que finalmente se adjudicó Gabin.

El ataque de aquellos enmascarados suscitó mucha polémica, así como la increíble mala racha de Aucouturier que sufrió extrañas caídas y pinchazos que no parecían debidos al simple azar. La lista de escándalos que sucedió a aquella extraña primera etapa fue interminable. Un corredor ya fue descalificado durante la carrera, otros fueron multados por descansar en lugares no permitidos o seguir la estela de un coche. Muy pronto se extendió la noticia de que Garin había pedido comida a uno de los jueces, algo que no estaba permitido. Aún peor, el juez se la había proporcionado ya que Garin era el ganador de la primera edición. Evidentemente este incidente fue la primera polémica mediática que conoció el Tour.

Si la primera etapa había sido accidentada, la segunda, de 374 kilómetros entre Lyon y Marsella, no fue una excepción. Ya se había sospechado de que seguidores de Garin quizás habían saboteado al pobre Aucouturier, pero en esta ocasión la participación de los seguidores a favor de uno de los ciclistas fue flagrante. Todo ocurrió cuando el corredor Antoine Fauré se colocó como lider virtual durante la carrera. Natural de Lyon, sus paisanos no dudaron en echarle una mano atacando al pelotón e impidiéndoles el paso. Varios corredores, entre ellos Garin, resultaron heridos, y los vándalos no se dispersaron hasta que llegaron los jueces de la carrera realizando disparos al aire. De los heridos tan sólo uno tuvo que abandonar la carrera. Aun así más adelante una ristra de cristales rotos provocó multitud de pinchazos. Con todo este jaleo sucediendo detrás Fauré coronó en solitario la Col de la République, aunque finalmente acabaría siendo interceptado por el pelotón. El ganador al sprint fue Aucouturier.

Aquella segunda etapa había sido un caos completo, incluso en la llegada, donde muchos tiempos no se tomaron correctamente. Muchos corredores protestaron por los ataques, incluido Garin, quien había tenido que finalizar la etapa usando sólo un brazo.

En la tercera etapa, entre Marsella y Toulouse, los incidicentes volvieron a sucederse. En Nimes los seguidores de un corredor local apedrearon al resto de participantes y organizaron una barricada para paralizar la carrera. Un corredor vio como su bicicleta era destrozada y tuvo que buscar otra. Finalmente la carrera se reanudó, aunque de nuevo los cristales rotos hicieron sus estragos. Los corredores importantes organizaron una escapada y de nuevo fue Aucouturier quien se alzó con la victoria de etapa.

La cuarta jornada transcurrió sorprendetemente sin problemas, pero en la siguiente etapa fueron esta vez clavos esparcidos en la carretera los que causaron múltiples pinchazos. Henri Cornet, un joven de 19 años que se había destapado como uno de los favoritos, pinchó las dos ruedas. Al no estar permitida la asistencia tuvo que completar la etapa con las dos ruedas pinchadas. Una vez más Aucouturier ganó la etapa, aunque Garin seguía aferrado al primer puesto.

Henri Cornet
La historia se repitió en la llegada a París, a la cual llegaron 27 supervivientes. Aucouturier ganó su cuarta etapa y Garin se proclamó vencedor de la general sin contestación alguna. En la carretera al menos. Aunque varios corredores ya habían sido descalificados por usar coches y trenes, las protestas acerca de corredores haciendo trampas y usando vehículos no autorizados fueron tan generalizadas que la UVP (como se llamaba entonces la Federación Francesa de Ciclismo) tomó cartas en el asunto para investigar las denuncias que habían realizado muchos corredores y testigos de la carrera. A finales de año la UVP encontró que varias denuncias contra varios de los principales corredores eran ciertas, con lo que desposeyó a Garin de su título (además de ser inhabilitado dos años) y se anularon todas las victorias de etapa. Pothier y Aucouturier fueron también descalificados y sancionados. Tras las correspondientes sanciones resultó que el ganador final de la carrera de aquel año fue el joven Henri Cornet, quien aún hoy ostenta el récord de ser el corredor más joven que haya ganado un Tour.

Tras aquel escandoloso Tour la carrera podría haber desaparecido para siempre, pero a pesar de alguna declaración en otro sentido, Desgrange decidió organizar una tercera edición. Se cambió el método de clasificación, que ya no estaría basada en el tiempo sino en un sistema de puntos. También se modificó el recorrido, que se amplió hacia el nordoeste, incluyendo ciudades como Rennes y Caen. En la medida de lo posible se intentó evitar cruzar o finalizar la carrera en los pueblos, dado los sabotajes sufridos en la pasada edición. Además Desgrange decidió acortar el kilometraje de las etapas para así evitar tener que correr de noche, lo que podía favorecer el que las trampas de los corredores pasaran inadvertidas. Aun así las jornadas seguían siendo salvajemente largas, superando en su mayoría los 300 kilómetros de recorrido. En aquella tercera edición tendría un total de 11 etapas.

Pero sin duda el mayor cambio de aquel Tour, y que lo acerca a lo que conocemos hoy en día, fue la inclusión de etapas de alta montaña. Aunque en las dos ediciones anteriores ya se había ascendido un puerto importante como el Col de le République, para esta edición uno de los trabajadores de la organización, Alphonse Steinès, conminó a Desgrange a hacer todavía más heroica la victoria del ganador y la gloria de los corredores añadiendo lo que hoy conocemos como una etapa de alta montaña. Aquel nuevo reto tendría lugar en la cuarta etapa, entre Grenoble y Toulon. Los corredores se adentrarían en la cordillera de los Vosgos, donde subirían dos grandes puertos, el Bayard y la rampa de Laffrey. Desgrange accedió a esta proposición a regañadientes, temeroso de que los corredores no pudieran cruzar los puertos y la idea fuera un fracaso. Aunque cuando se demostró que la reacción del público fue de total entusiasmo, Desgrange no dudó en darse todo el mérito.

A pesar de todas las precauciones la primera etapa volvió a ser saboteada con clavos en la carretera, provocando estragos y la llegada de sólo quince corredores a la meta. Dada la catástrofe Desgrange aceptó abrir la mano y no penalizar a aquellos corredores que hubieran finalizado la etapa usando coches o trenes. El ganador de la primera etapa, y primer líder de aquella edición, fue Louis Trousselier, apodado por los redactores de L'Auto como "el florista". Ya desde el primer Tour los apodos para los corredores destacados fue una práctica común, ya que Desgrange creía que así se ayudaba a aumentar la popularidad de los ciclistas, y por ende, de la carrera.

La segunda etapa presentaba ya otra de las novedades de alta montaña, el Ballon d'Alsace, con una ascensión de 12.5 kilómetros y una media de desnivel del 5.2%, que alcanzaba en algunos tramos el 10%. El ganador fue Hippolyte Aucouturier. Segundo fue Renné Pottier, quien se alzó con el liderazgo de la carrera. Su alegría no duró demasiado: en la siguiente etapa Trousselier se alzó vencedor y recuperó el primer puesto. Ya no lo perdería en lo que quedaba de carrera, con lo que se acabó declarando ganador de aquel tercer Tour. Aucouturier realizó a su vez una gran carrera, ganando tres etapas y llegando segundo a París. A pesar de los pinchazos del primer día, aquel Tour de 1905 fue mucho más relajado y la carrera se desarrolló sin incidentes graves. Los cambios parecían haber funcionado. Aparentemente.

René Pottier
El Tour de 1906 alcanzó la por entonces inusitada cifra de 4.545 kilómetros a recorrer en 13 etapas. Desgrange se había decidido a que la carrera llegara a recorrer todo el perímetro francés en lo que era casi literalmente una vuelta a Francia. Tras el éxito obtenido mantuvo las etapas de alta montaña y las jornadas más cortas. 

Aquella cuarta edición auguraba un enfrentamiento abierto entre Louis Trousselier, el ganador de la pasada edición, y René Pottier, quien se había alzado líder hasta que un accidente le dejó fuera de la carrera. También se esperaban grandes gestas de Hippolyte Aucouturier. La primera etapa de 275 km entre París y Lille vio triunfar a Émile Georget, con Trousselier y Pottier llegando con poca diferencia en tercera y cuarta posición respectivamente. La discreta actuación de Aucouturier parecía dejarle fuera de la lucha por la victoria final.

En la segunda etapa los sabotajes volvieron a la carrera. Se produjeron muchos pinchazos por la presencia de clavos en la carretera y se repitieron las agresiones de espectadores indignados a tal o cual corredor. Pottier sufrió no uno sino varios pinchazos, pero aun así no sólo logró rehacerse sino que tras alcanzar la cabeza de carrera demarró y se hizo con la victoria de etapa y el liderazgo.

La tercera etapa entre Nancy y Dijon podría considerarse como la primera gran gesta que haya presenciado el Tour. Tras haber metido a Trousselier 45 minutos en la etapa anterior, en esta tercera jornada, que incluía la ascensión al Ballon D'Alsace, Pottier hizo gala de su poderío demarrando a mitad de etapa. Por delante le quedaban 200 kilómetros de carrera en solitario. En una actuación sin precedentes Pottier no sólo aguantó en cabeza sino que ganó la etapa con 45 minutos de diferencia con el segundo clasificado. Cuatro corredores fueron descalificados aquel día por coger el tren. Pero no cabía duda de que aquel Tour de 1906 ya tenía ganador. Y efectivamente Pottier acabó llegando a París como líder. Sin embargo su brillante futuro como ciclista no duró mucho. Cuando regresó a su hogar Pottier descubrió que su mujer le había sido infiel mientras él había estado corriendo el Tour. Incapaz de superar el desengaño, Pottier se ahorcó en enero de 1907.

El quinto Tour de Francia comenzó el 8 de julio de 1907. Con un recorrido parecido al anterior Tour, y dividido en 14 etapas, aquella edición auguraba una gran rivalidad entre Georges Passerieu y Louis Trousselier, quien había acabado tercero.También cabía estar atentos a lo que pudieran hacer Émile Georget y Lucien Petit-Breton. Con la triste desaparición de René Pottier las opciones estaban muy abiertas. La gran novedad de aquel año fue la incursión del Tour por primera vez en territorio extranjero. O casi, ya que la segunda etapa finalizaría en Metz, por entonces en manos del Imperio Austrohúngaro, aunque previamente a 1871 había formado parte del territorio francés.

Lucien Petit-Breton
La primera etapa dio ventaja a Trousselier, seguido de cerca por Petit-Breton, quien se proclamó líder. Dos días después en la segunda etapa se produce una escapada formada por Trousselier, Georget y Petit-Breton. Georget gana al sprint y se aupa al tercer puesto. Fue en la tercera jornada donde Georget dio el golpe de mano definitivo durante la subida al Ballon D'Alsace. El corredor se proclamó vencedor y líder, dejando a Trousselier a 11 minutos y a Petit-Breton a 17. Sin embargo en la clasificación general Georget tan sólo sacaba un punto a Trousselier

14 de julio. Día Nacional de Francia. Otra etapa con montaña. Georget se mete en una escapada con otros tres corredores. No gana la etapa pero aumenta su ventaja respecto a Trousselier. Dos días después se corre la etapa entre Lyon y Grenoble. Durante la jornada se subirán dos puertos, Les Echelles y el Col de Porte. Nuevo golpe de mano de Georget, quien está dominando la carrera claramente y se hace con la etapa. Trousselier permanece en la tercera posición, pero ya les separan 11 puntos.

22 de julio, arranca la octava etapa. Georget se ha adjudicado dos etapas más. Trousselier está segundo, pero la diferencia es grande. Tras meterse en la escapada de cabeza Petit-Breton se coloca en tercer puesto, a 17 puntos del líder. Nueva victoria para un impresionante Georget. En los puestos de cabeza no se producen cambios.

Llega así la polémica novena etapa. Aunque no se habían oficializado todavía la extensión de los patrocinios había formado en la práctica equipos ciclistas. Georget, por ejemplo, corría por cuenta de la Peugeot. Otros corredores hacían lo mismo, y por primera vez se dieron casos de ciclistas que corrían al servicio de un líder. Fue entonces cuando durante la carrera Georget rompió el cuadro de su bicicleta. Aunque podía repararla (por vez primera la organización había incluido aquella edición un coche con un mecánico para asistir a los corredores) el ciclista sabía que de hacerlo perdería toda opción de ganar en París. Por ello decidió cambiar la bicicleta con un compañero de sponsor y continuar el camino. Aun así el percance le permitió a Petit-Breton tomar ventaja y hacerse con la victoria. Cuando la organización supo de la maniobra ilegal de Georget le multó y le amonestó con 45 puntos. Así tras su victoria en la etapa Petit-Breton vio como recortaba distancia con el líder. Trousselier sintió que se había sido indulgente con Georget, por lo que él y su equipo de esponsorizados se retiraron de la carrera como protesta.

Tras la décima etapa y el portazo de Trousselier, la organización decidió empeorar el castigo de Georget. Petit-Breton se convirtió en el líder virtual de la carrera. Despejado el camino de sus más directos rivales, ya sólo tenía que defender su posición y proclamarse campeón, como así sucedería. 

Fue aquel un Tour, como los anteriores, sin eliminación por fuera de control. Lo que permitió a gente como el aristócrata Henri Pépin aprovechar la carrera para, junto a dos ciclistas a sueldo, realizar una ruta turística y gastronómica por toda Francia, irritando a los jueces que esperaban su llegada horas después de que hubiera acabado la etapa. Sin duda Pépin debería ser contado entre las razones que llevaron a establecer el fuera de control.

El Tour de 1908, que prácticamente calcaba el recorrido del año anterior, tuvo como principal novedad la introducción de llantas desmontables, lo que agilizaba enormemente la reparación de los pinchazos. Aunque todavía eran muchos los corredores independientes, la extensión de los ciclistas que corrían para patrocinadores llevó a Desgrange a obligar a todos los participantes a correr con cuadros proporcionados por la organización para evitar que los patrocinados partieran con ventaja.

Aunque su victoria había sido merecida, Petit-Breton había de demostrar en aquel Tour que realmente podía ganar sin que hubiera penalizaciones de por medio. Efectivamente así fue: Petit-Breton ganó cinco etapas y demostró un dominio insultante, así como una destreza en la mecánica que le salvó de más de un apuro. Fue así como se convirtió en el primer ciclista en ganar dos Tours. Sin embargo un nuevo rival había surgido de entre el pelotón, un luxemburgués de 20 años llamado François Faber.

El Tour de 1909 sin embargo no vería un duelo entre Petit-Breton y Faber. Cuando el primero decidió no participar todas las quinielas apuntaron a Faber como el máximo favorito. Aquel Tour marcó, de forma oficiosa, el inicio real de la competición por equipos, aunque oficialmente los corredores seguían participando a título individual. Ese año se registró un nuevo récord de participantes con 150 ciclistas en la línea de salida. La popularidad de la carrera era tal que por aquella época carreras equivalentes comenzaron a establecerse en otros países.

En un Tour que en la época se consideró el más duro que se hubiera corrido, no sólo por una mayor presencia de montaña sino por unas condiciones climáticas que incluyeron lluvias torrenciales y nieve, Faber se colocó segundo tras la primera etapa, y tras ganar la segunda ya se había aupado al liderato. Conocido como el "Gigante de Colombes" por su gran altura, Faber era un luxemburgués afincando en Francia que había debutado en la carrera gala tres años atrás. En una progresión constante Faber iba demostrar que aquel año había llegado en una gran plenitud de fuerzas. En una gélida jornada con apenas unos grados sobre cero el luxemburgués se adjudicó la tercera etapa a pesar de haber roto la cadena de la bici y haber tenido que recorrer el último kilómetro cargando con ella. Imbatible, Faber se adjudicó también la cuarta y quinta etapas, a pesar de que en esta última fue derribado dos veces, una por un golpe de viento y otra por ¡una coz de caballo! Sus proezas que eran relatadas a diario en L'Auto provocaron que al final de la séptima etapa una masa enfervorecida se hubiera congregado para verle. Faber no les decepcionó y cruzó la línea de meta también en esa ocasión en primera posición, logrando el todavía imbatido récord de ganar cinco etapas consecutivas en un Tour. Evidentemente su dominio fue tan incontestable que al llegar a París (y a pesar de una presumible pájara en la décima etapa) se proclamó como el primer vencedor de la carrera que no era francés, aunque el siempre dijo sentirse como tal. La actuación de Faber y su equipo había sido tan demoledora que cuando tras la séptima etapa abandonaron una cincuentena de corredores la organización tuvo que pedir al de Luxemburgo que aflojara un poco el pie para dar emoción a la carrera.

El Tour de 1910 constaría de una distancia total de 4.737 kilómetros. En la línea de salida de París se alinearon 110 corredores, 30 de los cuales corrían para los tres equipos concurrentes aquel año: Le Globe, Legnano y el topoderoso Alcyon, que contaba en sus filas con Faber y el gran escalador Octave Lapize. Aquel sería el primer Tour en que el recorrido se adentraría en los Pirineos.

Tras la primera etapa el Alcyon impuso su supremacía con Gustave Garrigou adjudicándose la primera etapa. En la segunda jornada el gran rodador que era Faber impuso su ley con una clara victoria de etapa que le puso como líder de la carrera. Tras la tercera etapa la general comenzó a perfilar como candidatos a Faber, Cyrille Van Hauwaert y Octave Lapize. En la cuarta etapa Faber logró una nueva victoria, mientras que Lapize se adjudicó la quinta, aunque los 22 minutos le que metió al luxemburgués no bastaron para hacer temblar su liderazgo.

En una época en que aunque se corriera para el mismo equipo seguía primando el individualismo la rivalidad entre Faber y Lapize causaba expectación. Sin embargo la mala suerte se interpuso en el camino de Faber. Durante la séptima etapa el luxemburgués chocó con un perro lo que provocó una seria caída. Aun así el corredor volvió a la carrera e incluso se adjudicó la victoria, pero el esfuerzo y sobretodo las heridas a consecuencia de la caída le dejaron tocado a falta de dos jornadas de que llegaran los temidos Pirineos.

La idea de incluir los Pirineos había sido de nuevo de Steinés, quien ya persuadiera en su día a Desgrange para incluir una etapa de alta montaña en el Tour. Pero una cosa era subir picos de 700, 800 o como mucho mil y pico metros, que enfrentarse a un puerto como el Tourmalet con sus más de dos kilómetros de altura. Cuando se conoció la noticia muchos medios realizaron apocalípticas previsiones, tachando la idea de bizarra casi de irresponsable. Tras saberse que el recorrido pasaría por los Pirineos más de 20 corredores inscritos se dieron de baja. Desgrange en un principio rehusó la idea de llevar a los corredores por esos peligros caminos, pero Steinés le aseguró que era posible.

Lapize sufriendo en los Pirineos
La primera jornada pirenaica con 289 kilómetros de recorrido tendría como protagonistas el Portet d'Aspet y el puerto de Ares. La etapa era ideal para Lapize, quien no la desaprovechó. Se proclamó vencedor con más de 20 minutos de ventaja sobre su más directo competidor. Faber se colocó tercero, con lo que Lapize logró recortar distancias pero el luxemburgués seguía como líder. Dos días después llegó la temida décima etapa entre Luchon y Bayona. Con una distancia de más de 300 kilómetros aquella etapa infernal tenía cuatro puertos que coronar: el Peyresourde, el Aspin, el Aubisque y sobretodo el Tourmalet, del cual se contaban cosas terribles. Antes de ascender el Aubisque con sus 1.700 kilómetros los corredores hubieron de sufrir las altas rampas del Tourmalet, que Lapize coronó primero, aunque el único corredor que logró ascenderlo sin poner pie a tierra fue Gustave Garrigou, por lo que se le concedió un premio extra de cien francos. Fue allí (aunque otras fuentes citan el hecho en el Aubisque) cuando Lapize llamó asesinos a los jueces. Sus sentimientos eran más que comprensibles: tras ascender el Tourmalet Lapize tuvo una pájara y fue alcanzado por uno de los anónimos corredores del pelotón, François Lafourcade. Sin embargo durante la bajada del Aubisque Lapize logró rehacerse y se puso de nuevo en cabeza, ya hasta llegar a la meta.

Con Faber todavía en cabeza, en la doceava etapa Lapize aprovechó un pinchazo del líder para demarrar junto a Garrigou y otros corredores. Su escapada tuvo éxito y la victoria se la adjudicó Louis Trousselier. Aunque Faber tan sólo llegó unos segundos después, al ser un sistema de puntos Lapize logró ponerse a tan sólo un punto del luxemburgués. Tras una etapa ganada por Garrigou la victoria final parecía depender de las dos figuras del Alcyon, con Garrigou tercero a una distancia de 20 puntos.

En la etapa 14 Faber decidió contraatacar arrancando casi desde la salida. Logró adquirir ventaja hasta que un pinchazo dio al traste con sus planes. Lapize, ayudado por Garrigou, le sobrepasó y siguieron en solitario hasta la meta. Lapize se alzó victorioso además de líder de la general con seis puntos de ventaja. En la última etapa fue Lapize sin embargo quien pinchó rueda. Por entonces aún no había un último día de honor para el líder, por lo que Faber aprovechó su oportunidad y atacó. Sin embargo la mala suerte se cebó de nuevo con él y otro pinchazo arruinó su ataque. El luxemburgués ya no pudo impedir que Lapize llegara a París como campeón del Tour. Un Tour que conoció su primera víctima: Adolphe Hélière, un corredor que se ahogó mientras nadaba en un día de descanso. Había sido aquel un durísimo y disputado Tour en el que sólo 41 corredores lograron llegar a París.

El éxito de la alta montaña y la experiencia de los Pirineos llevó a la organización a incluir también etapas con grandes puertos en los Alpes. Se conformaba así el Tour moderno con el ciclópeo Col du Galibier de 2.645 metros como el pico rompepiernas en el tramo de los Alpes. Sería el Tour más largo hasta entonces, con una distancia total de más de cinco mil kilómetros. Un año más el equipo Alcyon presentó una alineación demoledora con Trousselier, Faber y Garrigou como puntas de lanza. El ganador del año anterior, Lapize, se había pasado al La Français, junto a Petit-Breton y Émile Georget.

La primera etapa ya dejó fuera de combate a Petit-Breton, quien tuvo que abandonar la carrera a consecuencia de una caída. Sorprendentemente fue Garrigou, el gran escalador, quien se hizo con la etapa en llano. En la tercera etapa, con la sempiterna subida al Ballon d'Alsace, Faber demarró y se fue en solitario. En su frenesí se saltó uno de los controles de firma y hubo de perder más de dos minutos para volver y enmendar su error. Aun así acompañó en la línea de llegada al vencedor de la jornada, Jules Masselis, quien se puso en cabeza de la general. Lapize, hundido a más de 40 minutos, decidió abandonar la carrera. El Tour quedaba pues a disposición de Faber, Masselis y Garrigou. Éste último logró ponerse en cabeza tras la cuarta etapa, y en la quinta, con subidas al Télégraphe y el Galibier, tuvo el campo abonado para aumentar su distancia con Faber, un hombre de llano. Al día siguiente, todavía con puertos que escalar, aunque más asequibles para el luxemburgués, Faber atacó y se hizo con la etapa. Sin embargo el golpe no bastó para hacer temblar a Garrigou en la general. En las siguientes etapas emergió una nueva amenaza, Paul Duboc, un corredor de fondo que tras adjudicarse dos etapas consecutivas que colocó segundo en la general, a diez puntos de Garrigou.

La décima etapa suponía la temida jornada pirenaica con cuatro puertos a conquistar: el Peyresourde, el Aspin, el Tourmalet y el rompepiernas Aubisque. La jornada, como se vería después, fue digna de un relato de Hercules Poirot. El primer favorito en atacar fue Duboc, quien coronó el Tourmalet en solitario. Tras pasar por el avituallamiento en la base del puerto siguió hacia el siguiente punto de control. Tras pasarlo un espectador le ofreció bebida y Duboc la aceptó. El corredor siguió su camino, pero escalando el Aubisque comenzó a sentirse mal. Duboc se pusó pálido y finalmente se derrumbó, vomitando. Las draconianas reglas del Tour prohibían expresamente cualquier ayuda a los corredores, con lo que el pobre Duboc se quedó en el suelo entre retortijones mientras el resto de corredores pasaban sin poder hacer nada por él. Finalmente el ciclista pudo recomponerse lo bastante como para montar en su bicicleta y acabar la etapa, a más de una hora del vencedor, Maurice Brocco.

Era evidentemente que se había producido un intento de envenenamiento. Las primeras sospechas recayeron evidentemente en el anónimo espectador que ofreció bebida a Duboc. ¿Y quien tenía razones para querer envenenar a Duboc? Todo apuntaba a Garrigou. No había pruebas, pero el público ya tenía su culpable. Según se acercaba el paso del Tour por Rouen (cuna de Duboc) la tensión crecía. Desgrange decidió ponerle a Garrigou un guardaespaldas. El que Brocco fuera finalmente descalificado y la décima etapa fuera adjudicada al líder no ayudó a su calmar los ánimos precisamente. Finalmente Desgrange decidió pintar la bicicleta de Garrigou de otro color y disfrazarle con bigotes y gafas. El truco debió funcionar y el corredor pudo continuar la carrera hasta la victoria final. Sobre el envenamiento de Duboc nunca se supo del todo la verdad, aunque ahora se cree que quizás la bebida ponzoñosa estaba ya en el avituallamiento de salida y que Garrigou no tuvo nada que ver con ello.
Gustave Garrigou

Desde su creación el Tour había crecido en medio de un gran éxito, aunque aprendiendo paso a paso, como un niño pequeño. Sin embargo cada vez eran más los ciclistas que deseaban participar en aquella gran carrera, a pesar de lo enormemente exigentes que eran su recorrido y sus reglas. Con el aumento de las esponsorizaciones el Tour, y el ciclismo, circulaban hacia el profesionalismo, mientras que gracias a esta vuelta a Francia L'Auto se establecía como el diario deportivo galo por excelencia. Además la gran popularidad del Tour de Francia había llevado a la aparición de carreras nacionales como el Giro d'Italia o el Tour de Bélgica. Evidentemente hasta entonces el Tour había sido una carrera eminentemente francesa hecha por franceses para franceses, aunque desde su arranque ya hubieran participado corredores de diversas nacionalidades. Con la excepción de François Faber, un luxemburgués que se sentía francés, todos los ganadores del Tour habían sido franceses, y los galos habían copado los puestos del podio. Era lo lógico dado que los franceses corrían en mayoría. Pero aquella hegemonía iba a acabar muy pronto, en el momento en que los ojeadores del Alcyon descubrieron a un nuevo talento al otro lado de la frontera.