miércoles, 18 de diciembre de 2013

Raíces profundas (1953)

Guns don't hurt. Una frase pronunciada por un niño mientras jugaba con otros chavales a indios y vaqueros en las cercanías del hogar de George Stevens. El veterano director había estado un vehículo con el que expresar sus sentimientos acerca de la guerra, la cual había conocido de cerca, como muchos otros compañeros de su generación, trabajando para el Signal Corps, el servicio de comunicaciones del Ejército estadounidense. Stevens rodó material durante el Día D, aunque la experiencia que realmente le marcó fue la misión que le encomendó Eisenhower de rodar los horres del Holocausto en el campo de Dachau. La Segunda Guerra Mundial cambió, de una u otra forma, la visión de la vida de los cineastas que participaron en ella, y sus filmografías reflejaron ese cambio vital. Para el George Stevens que había contemplado, y rodado, las pilas de cadáveres de Dachau, la frase de aquel chico no pasó desapercibida. Las pistolas no hacían daño, porque los westerns de Hollywood estaban repletos de tiroteos masivos donde la gente salía ilesa, o de pistoleros que recibían un balazo y se reincorporaban con milagrosa facilidad. Stevens no había dado con una trama de su agrado para rodar su propio film bélico, pero había dado con un western que podía servirle para tal propósito. Y aquellos niños que jugaban le convencieron de que debía mostrar, de alguna forma, el horror y la destrucción que podían significar las armas. El director estaba dispuesto a desmitificar la figura del pistolero en aquel nuevo Hollywood de la posguerra.

Shane (el título original) estaba basada en un relato corto de Jack Shaefer. El ganador del Pulitzer A.B. Guthrie fue el elegido por Stevens para adaptar la obra a la gran pantalla. El director había leído una obra corta del autor ambientada en el Viejo Oeste y su tratamiento del romanticismo de los pioneros y la Frontera le pareció el ideal para el film. Guthrie se entrevistó con Stevens, se llevó un guión (ya que nunca había visto uno) y en tres días ya tenía listas veintipico páginas. En cuatro semanas tenía acabado el encargo.

Raíces profundas trataría de restar romanticismo a la figura del pistolero (o quizás sería más acertado decir que trataba de restar romanticismo al modo en que se representaba la muerte de un hombre en la gran pantalla), pero al mismo tiempo enraizaba su trama en el folclore del Viejo Oeste en cuanto a la unidad familiar del pionero, los viejos y duros, pero también felices, días en la pradera, en la que palmo a palmo los ganaderos y agricultores iban ganando terreno para la nueva nación de los Estados Unidos.

El solitario pistolero Shane fue suavizado respecto a la novela original, en la que vestía de negro y seguramente se asemajaba más a su rival, Jack Wilson. Los dos son hombres oscuros, dado que ambos llevan la muerte en sus pistolas; quizás sean sólo dos cosas las que les diferencian: a quién ponen el servicio de sus pistolas, y que Shane está cansado de la violencia, mientras que Wilson ha terminado por aceptarla de una manera pragmática, aunque no ha de gustarle necesariamente. Sin embargo Stevens decidió darle un aspecto menos feroz a su protagonista, aunque seguía manteniendo esa especie de melancolía fruto de tantos años de tiroteos y muertes. Probablemente el personaje de Shane hubiera sido más crepuscular de haber sido Montgomery Clift, la primera opción del director, quien hubiera interpretado al pistolero, pero aquel nuevo Shane encajaba mejor con el duro de pequeño formato Alan Ladd, quien tendría en Raíces profundas la guinda a una carrera que no tardía mucho en declinar. El honesto y luchador campesino Joe Starrett era un papel destinado para William Holden, pero acabó en manos de Van Heflin. Tras las negativas de sus favoritos el director fue sacando nombres de la lista de estrellas a sueldo de la Paramount; así fue como una Jean Arthur en semiretiro pisó por última vez los platós para encontrar a un Stevens muy cambiado tras su experiencia en la guerra.

Raíces profundas, como ya he dicho, es otro de esos films hollywoodienses que contribuye a "imprimir la leyenda", que diría John Ford, del Salvaje Oeste, pero al mismo tiempo desnuda al pistolero solitario de su aura impoluta del héroe que simplemente defiende la justicia y acaba con los malos; el Shane de Stevens es producto de la posguerra, como lo es probablemente el Ethan Edwards de Centauros del desierto (¿habría sido posible un Wayne así antes de la carrera?). Con todo, Raíces profundas es un epítome de la historia del pistolero que cual caballero andante acude ayuda de los indefensos, en este caso una familia de agricultores quienes con otros campesinos están tratando de levantar una comunidad próspera en la llanura, a lo que se opone fieramente el ganadero Rufus Ryker, quien con sus matones trata de hacer la vida imposible a los destripaterrones para que abandonen el lugar. Shane, quien parece escapar de un pasado violento y escabroso, simplemente parece buscar en un principio una nueva vida, un simple y duro trabajo en la granja de los Starrett. Pero como suele suceder en estos casos, el pasado siempre vuelve, usando esta vez como vehículo a Ryker y los suyos.

Raíces profundas gira entorno al valor de la familia y las consecuencias de la violencia, aunque a varios niveles habla también de la transición entre el Viejo Oeste y la civilización que está por llegar (un tema recurrente en muchos westerns), de las pasiones románticas que acompañan al caballero defensor, y de la visión infantil del amor y la violencia, vistas respectivamente a través de la esposa de Starrett y su hijo. Pero sobretodo el mensaje que imprime Stevens es el rechazo a la violencia, las consecuencias de la misma y su utilidad como arma de último recurso. Las dos primeras se pueden resumir en varios trazos a lo largo del film, aunque el más espectacular visualmente es sin duda la muerte del desdichado personaje llamado Torrey, quien es lanzado hacia atrás por la potencia del disparo que recibe; una concesión en un film en el que Stevens cuidó el rigor histórico para mostrar gráficamente su mensaje, lo que le valió no pocas luchas con la censura. Por otro lado la violencia más extrema como último recurso es algo que comparten, curiosamente, Shane y Ryker, aunque éste evidentemente es más proclive a ella. Con todo, Ryker no es un simple villano al que hacer frente, y en una descriptiva escena el ganadero ofrece unas razones de su conducta que pueden ser hasta cierto punto lógicas, aunque no las compartamos. Ya que como le espeta Starrett, sus métodos y sus creencias pertenecen al pasado, y el nuevo mundo al que están abocados todos los personajes no tiene cabida para gente como él o Wilson, o siquiera Shane.

Raíces profundas constituye un hito del western de los años 50, y, por ende, del de todos los tiempos. Ladd tuvo en Shane uno de sus últimos mejores momentos, el Starrett de Heflin ha quedado como un icono del pionero americano, y Jack Palance sigue luciendo fríamente tenebroso como el pistolero Wilson. La trama de Raíces profundas se ha convertido ya en un estándar de Hollywood que ha sido revisitada en varios ocasiones por varios remakes, ya sean oficiales u oficiosos, entre los que destaca sin duda El jinete pálido, aunque las conexiones con el clásico de Stevens llegan incluso hasta la filmografía de Jean Claude Van Damme. No es de extrañar, ya que cualquier gran historia tiende a ser rescatada una y otra vez dado que lo que la hace grande la hace también inmortal. Y sin duda la de Raíces profundas lo es.

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