lunes, 30 de septiembre de 2013

El Tour de Francia: hacia la globalización (1975-1982)

Corro para ganar, no para complacer al personal. Bernard Hinault. 

En términos globales, el Tour de Francia, y el ciclismo en general, ya no eran tan popular como en los días del viejo Desgrange, o en la era de gloria de Anquetil. Los viejos patrocinadores de los equipos ciclistas, las fábricas de bicicletas, perdían empuje y languidecían ante las marcas de automóviles y motocicletas. Las gestas del Tourmalet podían emocionar a un viejo ciudadano francés con boina sentando ante un vaso de vino, pero permanecían anónimas mientras el mundo hablaba del salto de Bob Beamon en Ciudad de México, las medallas de Mark Spitz, o la belleza técnica de una selección de fútbol holandesa comandada por Johan Cruyff. En el plano internacional el mundo del deporte reflejaba el statu quo de la Guerra Fría, con los ojos puestos en las rivalidad de los deportistas estadounidenses y soviéticos; en el mapa deportivo de la vieja Europa, desbancada como centro del mundo, el fútbol lo copaba casi todo. Ajenos a todo ello, los ciclistas recorrían las carreteras francesas bajo el sol o la lluvia en un Tour que aparentemente apenas había cambiado desde que fuera retomado a finales de los años 40. Con todo, la gran clásica circulaba hacia tiempos nuevos, más internacionales, más comerciales, donde la publicidad y el dinero tenían cada vez un peso mayor, y donde los ciclistas iban a reclamar sueldos y contratos más acordes con su categoría profesional. Aunque tras tantas décadas estaba claro que el ciclismo iba a seguir siendo el pobre hermano pequeño, privado de la herencia de la que gozaba el fútbol, hermano mayor y gran heredero universal de las ganancias deportivas.
Eddie Merckx, "el Caníbal", una leyenda viva que había batido o igualado prácticamente todos los récords existentes, llegaba al Tour como el claro favorito tras una buena temporada de primavera. El belga todavía era un peligro para el resto de corredores, pero aquel año su ausencia en el Giro indicaba que a sus 30 años Merckx había decidido concentrarse en ganar un sexto Tour, batiendo la marca de Anquetil. Quizás Bernard Thévenet era el mejor preparado para plantar cara al belga; aun así había que contar con lo que hicieran Lucien van Impe, el español Vicente López Carril, tercero el año anterior, Joop Zoetemelk, Luis Ocaña o el venerable Raymond Poulidor.

Como novedad aquel año el maillot blanco se reconvirtió en el premio al mejor ciclista joven de la carrera. Aquella edición también vio la aparición del ahora popular maillot del rey de la montaña, cuyo diseño provenía del primer patrocinador del premio, la chocolatería Poulain. El vencedor de la etapa prólogo fue el joven italiano Francesco Moser, demostrando su gran capacidad para la contrarreloj que le haría célebre. La doble jornada en la primera etapa fue aprovechada por Merckx, tan agresivo como siempre, para comenzar a marcar distancias en la general. Tras su doble ataque en la mañana y la tarde ciclistas como Poulidor, López Carril, Ocaña o Thévenet ya cedían uno o más minutos ante el belga. Moser, atento a todos los movimientos, permaneció como líder con tan sólo 2 segundos de ventaja sobre Merckx. El italiano permaneció vestido de amarillo hasta la contrarreloj de la sexta etapa, donde Merckx sacó bastante ventaja como para liderar la general. Moser se resarció al día siguiente ganando la etapa al sprint. La siguiente jornada importante fue etapa 9b, una contrarreloj de 37.4 km con repechos que favorecía a los escaladores, como demostraron los buenos tiempos de Ocaña o Gimondi. Pero una vez más Merckx se mostró superior al resto, ganando la etapa por 9 segundos sobre Thévenet. Quizás habrían sido más de no haber sido porque el belga sufrió un pinchazo.

La llegada a los Pirineos significó una victoria de etapa para Gimondi y ningún cambio de importancia en la general. Al día siguiente en la etapa reina con el Tourmalet, el Aspin y la llegada en alto de St. Lary Soulan, Lucien van Impe cruzó en solitario los dos primeros puertos cosechando puntos para la montaña y buscando la victoria de etapa. Atrás Thévenet fue el primero en probar a los favoritos. Merckx y Zoetemelk se cogieron a su rueda, e inmediatamente Zoetemelk contraatacó. El francés no tuvo problemas en seguir la estela del holandés, pero Merckx se quedó descolgado. Una rara estampa que el dúo aprovechó para buscar la victoria de etapa, sobrepasando y dejando atrás a Van Impe. Finalmente el holandés demostró estar en mejor forma que Thévenet, quien no pudo responder al ataque final de Zoetemelk, quien cruzó primero la meta. A 55 segundos llegaron Lucien van Impe y Merckx, quien gozaba todavía de minuto y medio de ventaja sobre Thévenet. Por su parte Ocaña, Gimondi, Poulidor y por supuesto Moser, quien no era un gran escalador, quedaron deshauciados aquel día para el podio final en el Tour.

Tras el paso del pelotón por el Macizo Central Merckx seguía de líder, y Thévenet había logrado reducir su ventaja por debajo del minuto. Demostrando una gran forma, la presión del francés estaba demostrando que los días de dominio incontestable de Merckx eran cosa del pasado. La general no cambió sustancialmente, pero en la etapa 14 un espectador incontrolado atacó y derribó al belga. Esa circunstancia fue la que permitió sacar tiempo a Thévenet. El belga fue tratado con anticoagulantes. Merckx culpó a éstos de lo que habría de ocurrir en la ciclópea etapa 15.

Aquel día repleto de grandes puertos había de finalizar con una llegada en alto al Pra Loup. En el Col des Champs Thévenet trató una y otra vez de dejar atrás a Merckx, sin éxito. En una dura jornada de ataques y contraataques los únicos favoritos que permanecían en cabeza al subir el penúltimo puerto eran Merckx, Thévenet, Van Impe, Zoetemelk y Gimondi. A menos de un kilómetro para coronar el Allos el belga demarró de forma incontestable, salvo por el italiano, que logró coger su rueda. Al comenzar la subida del Pra Loup Merckx tenía minuto y medio de ventaja sobre Thévenet. Todo indicaba que el belga iba a ganar la etapa y aumentar su ventaja sobre el francés. Pero a mitad de la subida Merckx sufrió una "pájara" y se hundió completamente. Su ritmo frenético pareció desvanecerse súbitamente, transformando su escalada en un pedaleo agónico. Gimondi continuó camino de la meta, mientras que Thévenet, a pesar de haber sufrido un pinchazo, volaba sobre la carretera en cuanto fue informado de la situación. El mundo asistió atónito a aquel auténtico revés de la carrera, mientras Thévenet acortaba distancias. Estaba claro que el francés no iba hacer ninguna concesión, pero pasar al hundido campeón debía causar sentimientos encontrados. Por si acaso su director de equipo mientras le animaba a seguir adelante le espetó la que debió ser la frase ciclista del año: "Vamos, adelántalo, está jodido". Ciertamente Thévenet no tuvo piedad del hundido líder, y le pasó como una exalación. Ayudado por las alas de la gloria, el francés continuó pedaleando hasta alcanzar y dejar atrás a Gimondi. Nada le impidió disfrutar de su victoria en la llegada a Pra Loup. El italiano fue segundo a 23 segundos, y le siguieron pasado el minuto Lucien van Impe y Zoetemelk. El derrotado Merckx fue quinto a casi 2 minutos. ¿Habría ocurrido lo mismo si el belga no hubiera sido atacado en el Puy de Dôme? Una respuesta que queda a merced de la especulación.

Thévenet era ahora el nuevo líder, pero no era tan inconsciente como para pensar que le bastaría con una diferencia de 58 segundos para batir al gran belga. Efectivamente al día siguiente Merckx aprovechó el descenso del Vars para dejar a todos atrás, pero en la subida del Izoard el grupeto de favoritos se reunió con él. Era el momento que el francés había estado esperando; Thévenet atacó sin piedad. Era el más fuerte del pelotón y lo sabía. Llegó primero a la meta con más de 2 minutos de ventaja. En sus declaraciones a la prensa Merckx reconoció su derrota, pero en la etapa siguiente aguardaban la Madeleine, el Aravis, el Colombière y una llegada en alto en Morzine/Avoriaz. El belga no tardó mucho en atacar; quería tomar ventaja casi desde principios de etapa. Pero su ambición le llevó a arriesgar demasiado y tener un accidente. Cuando fue reconocido a final de la etapa le diagnosticaron un pómulo y una mandíbula rotas. Pero a pesar del dolor y la sangre Merckx se levantó del asfalto, se subió a la bicicleta y siguió adelante con su plan. López Carril fue el ganador de la etapa, pero el belga entró tercero 2 segundos por delante de Thévenet. A pesar de sus lesiones Merckx estaba decidido a permanecer en la carrera.

La contrarreloj de la etapa 18 fue lo bastante larga y sinuosa como para que Lucien van Impe pudiera ganarla. Envuelto en ventas y pudiendo ingerir sólo líquidos, Merckx fue tercero y le sacó 15 segundos a Thévenet, líder con 3 minutos de ventaja. Ciertamente había que aplaudir el pundonor del belga tanto en la victoria como en la derrota. Mientras pudiera montarse en una bicicleta Merckx seguiría luchando. Pero la última montaña de importancia acabó con la etapa 19. A partir de ahí el pelotón recorrió el llano hacia París, donde por primera vez la carrera finalizaría en los Campos Elíseos. Nada podía impedir ya la victoria de Bernard Thévenet. Una era tocaba a su fin.
Merckx a rueda del nuevo líder, Bernard Thévenet.
1976. Thévenet volvía al Tour dispuesto a defender el título. Los aficionados deseaban otro duelo con Merckx, pero el belga, tras una primavera discreta y un octavo puesto en el Giro, decidió someterse a una operación para aliviar sus dolores y no participar en aquella edición. El gran rival del francés podía ser entonces Joop Zoetemelk, un ejemplo de regularidad que siempre había acabado entre los cinco primeros puestos de la general cada vez que había participado en el Tour. Luis Ocaña había realizado una buena campaña de primavera logrando un segundo puesto en la Vuelta, y podía ser un aspirante con el que contar. El resto de nombres que figuraban en las quinielas no eran desconocidos, corredores como Lucien van Impe o el Campeón del Mundo Hennie Kuiper. El ganador del primer maillot blanco juvenil, Francesco Moser, había decidido no volver a correr el Tour; aquel año la sorpresa vendría de la mano del belga Freddy Maertens, que en su debut en la carrera francesa ganaría ocho etapas y se haría con el maillot de la regularidad. 

De hecho Maertens fue el primero en llevar el amarillo tras ganar la prólogo de St. Jean de Monts. Cuando ganó la contrarreloj de la tercera etapa su liderazgo se afianzaba sobre una diferencia de 2 minutos. El belga continuó liderando la clasificación mientras el pelotón se dirigía a los Vosgos. Aquella edición la organización había concentrado toda la alta montaña en una serie de interminables jornadas subiendo y bajando puertos, comenzando en la séptima etapa y acabando en la decimoquinta, con tan sólo un día de descanso. Malas noticias para un velocista como Maertens, pero definitivamente un excelente de territorio de caza para Lucien van Impe.

Maertens defendió el amarillo sin mayor novedad sobre los Vosgos, pero su suerte habría de acabar en la novena etapa, con ascensiones al Luitel y L'Alpe d'Huez. La jornada comenzó tranquila, tanto que Maertens seguía con los favoritos sobre las cuestas del Luitel. Con las primeras curvas de L'Alpe d'Huez Raymond Delisle fue el primero en demarrar. El grupeto de favoritos se estrechó y Maertens fue de los primeros en quedar atrás. Entonces Zoetemelk fue el siguiente en probar suerte; Van Impe saltó a su rueda y contraatacó a su vez. En uno de los ascensos al mítico puerto más frenéticos que se recuerdan, el holandés y el belga no dejaron de atacarse el uno al otro, mientras Thévenet, Kuiper, Giancarlo Bellini y el resto del grupeto iba cayendo como moscas. En la meta Zoetemelk logró sacar una mínima ventaja para adjudicarse la etapa; el español Francisco Galdós fue el primer corredor en llegar tras los dos colosos a 58 segundos. Lucien van Impe era ahora el nuevo líder, seguido de Zoetemelk a 3 segundos. Tercero en la clasificación estaba Maertens, a menos de un minuto.

Van Impe, que corría por el Gitane-Campagnolo, tenía como nuevo director deportivo a Cyrille Guimard, quien acababa de retirarse del ciclismo en activo. Nada más desembarcar Guimard rehizo al equipo con las cualidades del belga en mente. Al igual que su predecesor en el puesto, Guimard era un gran táctico, y estaba dispuesto a poner su experiencia al servicio del escalador. Van Impe ya tenía el amarillo, y el terreno le favorecía; sólo restaba desembarazarse de Zoetemelk. La siguiente etapa se convirtió de nuevo en una guerra entre los dos favoritos, esta vez sobre las cumbres del Lautaret y el Izoard. Thévenet se unió esta vez a la fiesta, y los tres disputaron la etapa en el final en alto del Montgenèvre; una vez más Zoetemelk impuso su superior cualidad como sprinter y ganó su segunda etapa. Tras dos jornadas tan movidas la siguiente etapa de 224 km fue una de esas jornadas de descanso oficiosas; el pelotón, calmo cual balsa de aceite, dejó al español José Luis Viejo ir en solitario en busca de la victoria de etapa. Pasados los tres puertos del día Viejo llegó a la meta sin más percances, proclamándose ganador. Tuvo tiempo para saborear su victoria: el pelotón no llegó hasta pasados casi 23 minutos. Sigue siendo una marca imbatida en el Tour para un corredor solitario para la era posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Tras la jornada de descanso las espadas siguieron sin alzarse entre los primeros clasificados; Zoetemelk y Van Impe se dedicaron a mantener sus posiciones. Delisle buscó de nuevo la victoria de etapa. Los favoritos se vigilaban y el veterano corredor de 33 años pudo seguir en solitario. Los 4 minutos de diferencia en la general no inquietaban al belga o al holandés. Delisle hizo su carrera, y su ventaja no dejó de crecer. Cuando atrás trataron de reaccionar ya era tarde; el francés ganó la etapa y alcanzó la suficiente ventaja como para liderar la clasificación.

La decimocuarta etapa entre St. Gaudens y St. Lary Soulan fue la que marcó el destino de aquel Tour. En el segundo puerto del día, el Portillo, Ocaña decidió atacar. Guimard vio una oportunidad para su pupilo y ordenó a Van Impe que fuera en su busca. Zoetemelk le dejó ir, pensando quizás que buscaba arañar algunos puntos para la clasificación de la montaña. Prefirió quedarse vigilando a Delisle. Mientras tanto Van Impe conectó con Ocaña en las rampas del Peyresourde. Ambos salieron en pos de la final en alto de St. Lary Soulon. En el tramo entre el descenso del penúltimo puerto y el Soulon el español se encargó de mantener la brecha, con el belga colgado cómodamente a su rueda. Cuando Zoetemelk vio que Delisle no estaba en condiciones de responder, salió en busca de los escapados. Era demasiado tarde. Llegó a segundo a 3 minutos y 12 segundos, después de que Van Impe dejara atrás a Ocaña en el último puerto. 45 corredores hubieron de ser rescatados aquel día del fuera de control.

La última jornada en los Pirineos permaneció tranquila. Lucien van Impe demostró que aquel año estaba en mejor forma que el resto quedando cuarto en la contrarreloj de la etapa 17 tras especialistas como Ferdi Bracke, Knut Knudsen o Freddy Maertens. Tras la etapa 19 el pelotón siguió sin Thévenet, debilitado por una hepatitis. El resto del Tour transcurrió sin novedades, y Van Impe se proclamó vencedor en la llegada a París. Sigue siendo hasta ahora el último belga en haber logrado ganar el Tour. Zoetemelk, de nuevo en los altos puestos de la clasificación, fue segundo a 4 minutos y 14 segundos. 

El tercer clasificado de aquel año merece unas líneas de despedida. Ya que, como una pequeña hormiga que recoge comida para el invierno, el veterano Raymond Poulidor había ido acumulando buenos tiempos hasta conseguir entrar una vez más en el podio a sus 40 años. Salvo un par de abandonos, sus participaciones en el Tour habían acabado siempre entre los diez primeros clasificados. Aquella sería su última participación en la ronda francesa; se retiraría al año siguiente. Había vivido a la sombra de Anquetil, primero, y de Merckx, después. En catorce participaciones nunca había logrado vestir de amarillo. Pero entre 1962 y 1976 había acumulado ocho podios en total, corriendo con varios de los mejores corredores que ha visto el ciclismo. Quizás con más ambición habría logrado alguna gran victoria. Pero mantuvo su clase hasta el final, plantando cara a los grandes campeones y llegando a batir en la montaña a corredores mucho más jóvenes que él.
Poulidor acompaña al líder Delisle.
Tras el homenaje a la montaña del año anterior, el Tour de 1977 redujo sus llegadas en alto a dos, al tiempo que aumentaron el kilometraje total de las cronos. Las jornadas dobles (o en ocasiones incluso triples) y los traslados frecuentes entre etapas siguieron a la orden del día; probablemente los dos aspectos que más detestaban los ciclistas, ya que combinadas reducían el tiempo que tenían para descansar de un día a otro.

El vigente campeón, Lucien van Impe, era uno de los favoritos a pesar de que el recorrido de aquel año no le favorecía tanto como a Bernard Thévenet, que se movía mucho mejor en la contrarreloj. Por supuesto había que contar también con Joop Zoetemelk, y con Hennie Kuiper, ganador del Campeonato del Mundo el año anterior y de la Vuelta a Suiza en durante la primavera. Eddy Merckx regresaba al que sería su último Tour, y planeaba despedirse de la ronda francesa llegando tan alto como le fuera posible, aunque a esas alturas sólo sus admiradores más optimistas podían esperar que añadiera un sexto Tour a su palmarés. Pero la verdad es que tratándose de "el Caníbal", más valía no cederle ni un segundo, por si las moscas.

El germano Dietrich "Didi" Thurau, la nueva sensación de la RFA, ganó la etapa prólogo. Aquel año el Tour iba a pasar por la Alemania occidental, y vestir de amarillo en su propio país dio a Thurau una poderosa motivación para mantener la primera posición de la general. Cuando ya en la primera etapa se realizó un corte y se formó un nutrido grupo de ciclistas donde se encontraban los favoritos, Didi no dudó en unirse a ellos, manteniendo su frágil ventaja de 4 segundos sobre el segundo clasificado. La segunda etapa trajo una sorprendente e inusual jornada de alta montaña con tres grandes puertos: Aspin, Tourmalet y Aubisque. En las rampas del Tourmalet Thévenet, Lucien van Impe y Hennie Kuiper se destacaron de los favoritos logrando 2 minutos de ventaja. El grupo perseguidor estaba formado por Merckx, Ocaña, Thurau y Michel Laurent. El belga se alió con Thurau en la persecución de los agresores. Merckx lideró el descenso, el alemán condujo la transición y en las rampas del Aubisque el trio de cabeza fue atrapado por el grupeto del líder. Ocaña acabaría descolgándose del grupo de cabeza, que dirigiéndose hacia la meta en  Pau acabó nutriéndose de otros corredores. En el sprint no hubo sorpresas, y Thurau ganó la etapa. Sus rivales seguían firmes en los primeros puestos de la clasificación a pocos segundos.

Con tantas etapas por delante el resto del tránsito por los Pirineos discurrió tranquilo; José Nazabal buscó y consiguió la victoria en la llegada a Vitoria. La carrera prosiguió sin sobresaltos hasta la doble etapa 5, que incluía una contrarreloj individual. En el devenir natural de las cosas Merckx abría arrebatado el maillot a Thurau, pero fue el alemán quien batió a todos los demás sacando 50 segundos al belga y más de 1 minuto a corredores como Thévenet o Kuiper. Tras una contrarreloj por equipos en la séptima jornada que no contaba para la general Thurau siguió comandando el pelotón como maillot amarillo, cada vez más cerca de la frontera alemana, aunque antes la carrera pasaría por Bélgica. En la etapa número doce, de 192.5 km, entre Roubaix y Charleroi, el belga Patrick Sercu, que ya había ganado una etapa al sprint (su especialidad), decidió embarcarse en una escapada de 170 kilómetros en pos de la victoria. No es de extrañar que Merckx siempre hablara maravillas de él. Con todo aun le quedaron fuerzas para ganar al día siguiente en el sprint de la llegada a Freiburg im Breisgau. Tal como se había propuesto, Thurau había llegado como líder a Alemania.

La tarde del 17 de julio se celebró la etapa 15b, una cronoescalada al Avoriaz. Lucien van Impe fue el ganador, y Thévenet fue segundo a 20 segundos. Zoetemelk sería penalizado con 10 minutos tras dar positivo en el test antidopaje. Thurau llegó a 1 minuto y 53 segundos, lo que dio el primer puesto de la general a Thévenet. Al día siguiente llegaron los Alpes; en el segundo puerto del día Thurau perdió contacto con los favoritos, pero todavía no se resignaba a dar la carrera por perdida. Hubo de trabajar duro, pero logró alcanzar al grupo de cabeza en las cuestas del Montets. Superior a los demás en el sprint, no le costó demasiado entrar primero en la meta.

La decimoséptima etapa de 184.5 kilómetros sería la jornada reina en los Alpes, con picos como la Madeleine, el Glandon y L'Alpe d'Huez como colofón final. Merckx, enfermo, fue el primero de los favoritos en descolgarse, ya en las cuestas del primer puerto. Lucien van Impe atacó en el Glandon de forma fulminante; por delante le esparaba un duro camino con vientos en contra hasta la base de L'Alpe d'Huez. Por detrás Thévenet trataba de recortar distancias acompañado de Hennie Kuiper y Zoetemelk. Hay que tener en cuenta que la penalización de Zoetemelk todavía no se había producido, y seguía teniendo posibilidades de cara a la general. Los dos holandeses decidieron que era Thévenet, como líder, quien debía realizar el trabajo sucio de reducir las distancias, y se limitaron a ponerse a rueda del francés. A pesar de ello las distancias comenzaron a acortarse, hasta que el trio tuvo a Van Impe a la vista. En medio de la confusión de coches y motos apartándose para dejar sitio a los perseguidores, un coche de la televisión derribó al belga. Van Impe trató de seguir, pero su maltrecha rueda trasera se lo impidió. Ese momento fue aprovechado por Kuiper para atacar. Ante la triste mirada del escalador belga, que esperaba al mecánico, Thévenet y Kuiper comenzaron a luchar por la victoria de etapa y la clasificación general. Kuiper había atacado con saña, y muy pronto el líder tuvo que vérselas para reducir el minuto de ventaja que le había cobrado el holandés. Como confesaría Thévenet tiempo después, aquel fue el momento más duro de su carrera. El explosivo demarraje de Kuiper le hizo trabajar muy duro para no perder el maillot. Thévenet no pudo impedir que el holandés ganara la etapa, pero logró retener el primer puesto en la general por tan sólo 8 segundos. El desdichado Van Impe llegó 2 minutos después. Por su parte Thurau ya había hecho todo lo que había podido, pero tras aquella jornada quedó totalmente descartado para la general. Prueba de la dureza de aquella etapa fueron los 30 corredores eliminados por llegar fuera del límite de tiempo.

Los últimos coletazos de la alta montaña trajeron nuevas penalizaciones por dopaje. Los dos primeros clasificados, Joaquim Agostinho y Antonio Menéndez, serían descalificados, y el primer puesto (aunque fuera moral, porque oficialmente la victoria se declaró desierta) iría parar al tercer clasificado, quien curiosamente fue Eddy Merckx. Con las espadas en alto, el Tour habría de decidirse en la etapa 20, una cronoescalada de 50 kilómetros alrededor de Dijon. Thévenet salió a ganar, y lo logró, sacando 28 segundos de ventaja a Kuiper. El francés había ganado su segundo Tour. Como guinda a una gran actuación, Thurau ganó la última contrarreloj de aquella edición.
Bernard Thévenet en cabeza.
Era el 12 de julio de 1978. Tras una durísima etapa el día anterior, la decimosegunda etapa del Tour volvía a ser una de esas etapas dobles que se celebraban en el mismo día, aunque aquel año la organización su número a dos. Con todo los traslados de una localidad a otra entre etapas había aumentado, buscándose siempre mayores beneficios. Esos viajes eran algo que odiaban especialmente los corredores, ya que interfería con su descanso. Si a eso se le añadía una doble jornada en la que los corredores tenían que despertarse a las 5 de la madrugada, tras haber tenido que acostarse a medianoche, las razones para el descontento estaban más que justificadas. Y durante años los ciclistas se habían visto sometidos a esas prácticas tan impopulares entre el pelotón durante años. El director deportivo del Tour, Jacques Goddet, trató de contemporizar con los corredores tras saber que finalmente iba a producirse una huelga. Pero el pelotón estaba decidido a llevar adelante sus protestas. La primera etapa de la jornada doble la corrieron a paso de cicloturista, llegando media hora por debajo del horario previsto. Al aproximarse a la llegada en Valence d'Agen los ciclistas desmontaron y cruzaron la meta andando. Los habitantes de la localidad no vieron con buenos ojos que los corredores arruinaran su gran día, y la policía hubo de proteger a los miembros del pelotón de un nutrido grupo de pueblerinos enfurecidos. La etapa fue anulada y los premios de la misma quedaron desiertos. Goddet decidió desviar la atención hacia los directores de los equipos. Con todo, el pelotón todavía no había dicho su última palabra.

Era francés, tenía 23 años, y se llamaba Bernard Hinault; le apodaban "el Tejón" (aunque el mundo le conoce mejor como "el Caimán"), y en su palmarés ya figuraban la Lieja–Bastogne–Lieja, el Grand Prix de las Naciones, una Dauphiné Libéré, el Campeonato de Francia y una Vuelta a España, entre otras victorias. Tras varias desavenencias con Lucien van Impe el director deportivo Cyrille Guimard no había tardado en encontrar a un nuevo pupilo cuya superioridad en la contrarreloj recordaba a Anquetil, pero sus habilidades tanto en el sprint como en la montaña le acercaban más a un Eddy Merckx. Por consejo de Guimard el joven corredor se había abstenido de participar en la edición del Tour del 77, pero ahora llegaba dispuesto a reclamar un puesto en la historia del ciclismo. Pero primero habría de batir a los veteranos, nombres como Joop Zoetemelk, Hennie Kuiper, el propio Lucien van Impe o el vigente campeón, Bernard Thévenet, aunque su mediocre temporada hasta el momento hacía presagiar que sus días de gloria habían pasado.

La etapa prólogo de aquel año estuvo envuelta en la polémica. Se disputó bajo una lluvia torrencial, y fueron los ciclistas holandeses, que corrían en casa (aquel año el Tour partía desde Holanda), quienes mejor rindieron. Sin embargo dada las adversas condiciones en que se había corrido la etapa los directores deportivos (salvo el del TI-Raleigh, cuyos holandeses habían copado los primeros puestos) pidieron que no se contaran los tiempos para la clasificación general. Goddet aceptó; para mayor escarnio en el TI-Raleigh, a Jan Raas, miembro del equipo y ganador de la prólogo, le fue denegado el maillot amarillo. Éste fue ofrecido a Thévenet como vigente campeón, pero lo rechazó. El mal tiempo continuó en la primera etapa, y los miembros del TI-Raleigh decidieron dar una lección al pelotón y marcaron un ritmo de inusual rapidez para una etapa llana bajo un clima infernal de viento y lluvia. Raas se impuso en el sprint a Freddy Maertens, convirtiéndose en el líder virtual de la carrera, lo que se confirmó tras la jornada de la tarde (aquella fue una de las etapas dobles del Tour).

La cuarta etapa supuso una larga contrarreloj por equipos, y según el puesto en la llegada se les daba bonificaciones. El TI-Raleigh se proclamó ganador, y el germano Klaus Peter Thaler confirmó el primer puesto de la general que había logrado el día anterior. Hinault dio el primer golpe de mano en la crono individual de la octava etapa, batiendo por 34 segundos a Joseph Bruyère. Quien fuera mano derecha de Merckx pasó a ser el nuevo maillot amarillo.

La primera etapa de alta montaña en los Pirineos no supuso grandes cambios en la general. Al día siguiente Zoetemelk atacó en las rampas de St. Lary Soulan, pero tanto Hinault como el español Mariano Martínez pudieron responder a la ofensiva. Finalmente el holandés no pudo seguir el ritmo del dúo francoespañol y se quedó descolgado; Martínez se hizo con la victoria de etapa, mientras que Hinault se había aupado al segundo puesto de la general, a poco más de 1 minuto de Bruyère. Tras ceder 12 minutos Thévenet abandonó la carrera. Al día siguiente se produjo la protesta del pelotón, y en la decimotercera etapa los favoritos guardaron su pólvora de cara a una cronoescalada en el Puy de Dôme. El ganador fue Zoetemelk; por su parte Hinault, tras sufrir problemas durante un cambio de bicicletas, cedió 1 minuto y 40 segundos. Bruyère realizó un tiempo lo bastante bueno como para mantener el primer puesto en la general, y ahora era Zoetemelk quien le seguía a 1 minuto y 3 segundos. Hinault era tercero a casi 2 minutos.

La siguiente jornada que había de marcar las diferencias era la etapa 16, repleta de grandes puertos: el Col De La République, el Grand Bois, el Luitel y llegada en alto con L'Alpe d'Huez. En las cuestas del Luitel Michel Pollentier marchaba escapado seguido de cerca por Zoetemelk, Kuiper, Hinault y Agostinho. El líder Joseph Bruyère había llegado tan lejos como había podido, y ahora trataba simplemente de acabar la etapa lo mejor posible. Polentier siguió su marcha en solitario en los llanos que habían de conducirle a L'Alpe d'Huez. La caza prosiguió por las interminables curvas del mítico puerto, quedándose por el camino un exhausto Zoetemelk. El ahora dúo de Hinault y Kuiper tuvo a Pollentier a la vista, pero sólo les sirvió para ver cómo ganaba la etapa. Zoetemelk logró entrar cuarto a 41 segundos. Pollentier era ahora el nuevo líder, pero no se presentó al control antidopaje. Casi tuvo que ser llevado allí a rastras. Cuando a otro ciclista se le descubrió una botellita llena de orina escondida, se registró también a Pollentier, quien resultó que llevaba el mismo dispositivo para tratar de engañar a los médicos. La victoria de etapa fue otorgada a Kuiper, y Pollentier fue expulsado de la carrera. Zoetemelk lideraba ahora la general.

La decimoséptima etapa consistía en una monstruosa jornada en los Alpes con lo que parecía una serie interminable de grandes puertos: Porte, Cucheron, Granier, Plainpalais, Colombière y Joux-Plane. Christian Seznec fue el protagonista del día saliendo en pos de la victoria de etapa; un reducido grupo de favoritos llegó tras él a más de 9 minutos. Kuiper había sufrido una caída y se había roto una clavícula. La carrera estaba ahora en manos de Zoetemelk, que seguía llevando el amarillo, e Hinault, a sólo 14 segundos del holandés en la general. El campo de batalla entre ambos habría de ser la contrarreloj de la etapa 20 entre Metz y Nancy.

El recorrido era de 75 kilómetros, ideal para alguien de las características de Hinault. El francés dejó constancia de lo que era capaz ganando la etapa con 1 minuto de ventaja sobre Bruyère. El líder no tuvo su mejor día, y con más de 4 minutos cedidos sus esperanzas de llegar de amarillo a París habían acabado. El debut de Hinault en el Tour le había otorgado ya su primera victoria. Comenzaba una nueva era, aunque precisamente Zoetemelk no había dicho su última palabra.
Hinault lidera el paso por el Tourmalet.

El recorrido del Tour de 1979 podría haberlo firmado el mismo Bernard Hinault. Con cinco contrarrelojes sumando casi 166 kilómetros, y dos crontrarrelojes por equipos cuyos resultados se reflejarían en la general, el nuevo rey de la crono partía como favorito en aquella edición que parecía hecha a medida. Aunque se redujo el cómputo total de kilómetros a 3,765 kilómetros, los traslados entre etapas siguieron a la orden del día, a pesar de la protesta que el pelotón había realizado el año pasado, pero al menos las jornadas de etapa doble habían sido eliminadas. Hennie Kuiper y Joop Zoetemelk (quien corría su noveno Tour) eran los dos grandes favoritos para tratar de arruinar una nueva victoria del francés.

Tras la etapa prólogo, que ganó el vigente Campeón del Mundo Gerrie Knetemann, el pelotón se encontró ya en la primera etapa con la alta montaña y dos grandes puertos, el Menté y el Portillon. René Bittinger fue el ganador en una jornada lluviosa donde los favoritos se dedicaron a mantener posiciones. En la segunda etapa llegó la primera prueba contrarreloj, una cronoescalada al Superbagnères en la que se impuso Hinault por 11 segundos al portugués Joaquim Agostinho. El francés tomó el amarillo, seguido de Zoetemelk a 53 segundos, empatado con Agostinho. Aquel Tour frenético no dio descanso al pelotón, que al día siguiente prosiguió por los Pirineos con ascensos al Peyresourde, el Aspin y el Soulor. En el descenso del Aspin Hinault sufrió un pinchazo, pero pudo retomar el contacto con el grupeto de favoritos. Cerca de la meta el francés demarró y logró sacar 53 segundos a sus perseguidores Zoetemelk y Agostinho. La siguiente etapa, una contrarreloj por equipos, permitió al holandés reducir su ventaja con Hinault hasta los 12 segundos. En la etapa 5 por fin llegó el llano y el pelotón se pudo relajar unos cuantos días.

En la novena etapa entre Amiens y Roubaix Zoetemelk se metió en una escapada a la que Hinault no pudo cogerse. Acompañado de buenos rodadores, el grupo del holandés era ciertamente peligroso. El francés y sus hombres se pusieron a trabajar de inmediato para reducir la distancia. Pero sin duda aquel día Hinault se había levantado con el pie izquierdo. Sufrió un pinchazo; luego se vio retenido por unos huelguistas que habían cortado la carretera. De nuevo a la caza, volvió a pinchar. El francés trató por todos los medios de reducir la distancia, pero el grupo de cabeza llegó a la meta e Hinault lo hizo 3 minutos y 45 segundos después. Impotente, el francés se deshizo en lágrimas. Zoetemelk era ahora el nuevo líder del Tour. Dicen que el mítico Anquetil señaló que en aquel terrible día para Hinault tras su lucha y el coraje que había demostrado el francés había ganado el Tour. Ciertamente Hinault no iba a rendirse tan pronto a pesar de aquel revés. Era aquella otra característica que le emparentaba con el mítico Merckx.

En la undécima etapa, una contrarreloj individual, el francés comenzó a reducir la distancia; ganó la etapa y arrancó 36 segundos al holandés. Tras un calmado discurrir por los Vosgos el pelotón se encaminó a los Alpes. En la etapa 15 aguardaba una cronoescalada en el Avoriaz. Toda la suerte que tuvo Zoetemelk en su camino a Roubaix le faltó aquel día. El holandés sufrió un problema mecánico tras otro, mientras Hinault voló hacia la victoria de etapa y el maillot amarillo. Zoetemelk era ahora segundo a casi 2 minutos. La siguiente jornada alpina fue otro zarpazo de Hinault en la general; aprovechando el movimiento de Lucien van Impe, que ganaría la etapa, el francés aumentó su ventaja en 2 minutos y 45 segundos. La etapa 17, con final en L'Alpe d'Huez, fue un día de gloria para el veterano Agostinho, que cruzó en solitario la meta. Los dos favoritos no plantearon batalla.

Restaba tan sólo una contrarreloj en el camino hacia París. Zoetemelk había sido el único capaz de plantar cara a Hinault, como demostraba el hecho de que Kuiper, tercero en la clasificación, estuviera a más de 21 minutos del francés. Pero sólo un milagro podría hacer que el holandés cambiara las tornas en el terreno preferido de Hinault. Ciertamente Zoetemelk hizo lo que pudo, pero Hinault se impuso de nuevo en la carrera contra el reloj. Sólo restaba aplaudir al holandés por haberlo intentado cuanto había podido. Como puntilla final, el holandés dio positivo en un control antidopaje y fue penalizado con 10 minutos. Aun así conservó el segundo puesto.

Con todo, hay un viejo proverbio que dice que quien la sigue la consigue.
Zoetemelk e Hinault escalan el Peyresourde.
No cabía duda que el gran favorito para llegar de amarillo a París en el Tour de 1980 era Bernard Hinault, corredor ambicioso como Merckx, dispuesto a adjudicarse tantas victorias como le fuera posible. El francés había ganado el Giro de forma clara, y buscaba ahora el famoso doblete que daba más lustre a cualquier palmarés. Tan sólo cabía esperar si Joop Zoetemelk, quien corría ahora para uno de los equipos más poderosos de su tiempo, el TI-Raleigh, sería capaz de pararle los pies.

Hinault se impuso en la etapa prólogo de Frankfurt con tan solo 5 segundos de ventaja sobre el especialista Gerrie Knetemann. La crono por equipos de la primera etapa le daría el amarillo al alemán al día siguiente, pero el preciado jersey no le duró mucho más al contrarrelojista, mientras el pelotón aguantaba uno de los arranques de Tour más fríos y lluviosos que se recuerdan. Hinault ganó como era de esperar la primera crono individual en la etapa 4, aunque la victoria no le bastó para auparse al primer puesto de la general. La victoria del TI-Raleigh en la crono por equipos de la séptima etapa demostró una vez más el poderío del equipo holandés.

Para entonces los periódicos ya se estaban haciendo eco de los problemas musculares que estaban arrastrando muchos ciclistas del pelotón, entre ellos Bernard Hinault. Unas crecientes molestias en las rodillas parecían ser la causa de que el gran campeón corriera cada vez más atrás, en lugar de en los primeros puestos de la serpiente multicolor, como corresponde a los favoritos. La crono individual de la etapa 11, que ganó Zoetemelk, fue una buena prueba de que Hinault no estaba en su mejor condición física. El francés realizó el quinto mejor tiempo, pero aun así le bastó para ponerse el jersey amarillo. Sin embargo los dolores iban a peor, y con la llegada en la decimotercera etapa de la alta montaña estaba calro que Hinault no sólo no podría estar a la altura de sus contrincantes, sino de que iba a pasar por un suplicio innecesario. Muy a su pesar el francés no tomó la salida aquel día. Zoetemelk era ahora el nuevo líder de la general. A sus 33 años, y con cinco segundos puestos en la carrera francesa, su gran oportunidad de ganar por fin el Tour había llegado.

El protagonista de aquel primer día en los Pirineos fue el gran escalador francés Raymond Martin, que realizó una de las típicas escapadas en solitario en pos de la victoria de etapa en el día grande del Tourmalet. Zoetemelk se limitó a mantener a raya a rivales como Joaquim Agostinho o Hennie Kuiper. Como hiciera Merckx antes que él, el holandés se negó a vestir el jersey amarillo por respeto al líder caído. La carrera prosiguió hacia los Alpes, donde Zoetemelk, arropado por su sólido equipo, se dedicó a correr de forma conservadora para mantener su puesto, aunque aún así logró ir sacando segundos aquí y allá a un Kuiper que cada vez iba a menos. Tan sólo le restaba ganar la contrarreloj de la etapa 20 para acabar de solidificar su victoria. El holandés no falló, y a los más de 5 minutos acumulados en los Alpes Zoetemelk 1 minuto y 12 segundos a la ventaja sobre Kuiper. Tras varios años a la sombra de otros corredores, Zoetemelk pudo declararse por fin campeón de la ronda francesa, aunque todos sabían que con un Hinault en buena forma aquella victoria no se repetiría.
Hinault en la crono de la cuarta etapa.
Bernard Hinault ganó la prólogo del Tour de 1981. Aquel año había realizado una campaña excelente, y había decidido prescindir del Giro y concentrar sus energías en la carrera francesa. Hinault no gustaba de perder ni a las chapas, y regresaba lleno de fuerza y ambición. Era poco probable que Joop Zoetemelk, con 34 años, pudiera interponerse entre el francés y su victoria en París. De hecho los mayores contrincantes de Hinault eran curtidos cicistas como Joaquim Agostinho o Lucien van Impe. Lo que equivalía a decir que el campeón francés sencillamente no tenía ningún rival a su altura en el pelotón.

La transición hacia unos tempranos Pirineos fue liderada por Gerrie Knetemann, que corría para el poderoso TI-Raleigh y cuya victoria en la crono por equipos le otorgó el maillot amarillo. En la quinta etapa llegó la alta montaña, y el propio Hinault se encargó de hacer la selección de favoritos en las cuestas del Peyresourde. Aquel día habría de ganar Lucien van Impe, y no fue extraño ver a un español, Juan Fernández, adaptándose con facilidad a la montaña. La sorpresa vino de un australiano, Phil Anderson, que el añor anterior había debutado como profesional corriendo para el Peugeot. ¿Qu é hacía un australiano aguantando insultantemente el ritmo de los mejores ciclistas del pelotón? Nadie lo sabía, pero ahí estaba aquel hombre de las Antípodas a rueda de Hinault también en el Pla d'Altet. ¿Y que habría de ocurrir al día siguiente en la contrarreloj individual? Que el bueno de Bernard la ganaría, claro, pero, ¡resultó que el australiano también se manejaba bien contra el tiempo! Anderson cedió tan sólo 30 segundos al francés. Hinault era el nuevo jersey amarillo, pero tenía a aquel inédito australiano a tan sólo 13 segundos.

La carrera prosiguió hacia los Alpes mientras Hinault, que parecía haber ido a la misma escuela ciclista que Merckx, iba atacando en tal o cual pancarta, tomando bonificaciones de un puñado de segundos que iban aumentando su ventaja con el australiano. "Mientras respire, atacaré". Seguramente una de las citas más famosas de Hinault, que resume a la perfección su estilo agresivo. Cuando llegó el momento de afrontar una nueva crono individual en la decimocuarta etapa, el francés ya aventajaba a Anderson en 57 segundos. Hinault demostró una vez más su superioridad y le metió otros 2 minutos más al pobre Phil. Tras una primera aproximación a la alta montaña en la etapa 15 que ganó el irlandés Sean Kelly, el día decisivo llegó al día siguiente, una dura etapa con cuatro grandes puertos: Salève, Ramaz, Joux-Plane y Joux-Verte. Fue un día de escapadas para buenos escaladores, e Hinault se conformó con a Fernández, Van Impe o Zoetemelk, y ver sucumbir a Anderson, que se dejó 4 minutos y medio. El francés parecía pedalear en una carrera paralela cicloturista, mientras el resto de favoritos perdían más y más minutos. La prueba era que el australiano siguió segundo tras Hinault a más de 7 minutos. Lucien van Impe, tercer clasificado, estaba a más de 9. Anderson había sorprendido a propios y extraños, y durante la primera mitad de la carrera parecía haber sido el único capaz de plantar cara al fiero caimán francés. Pero las cuestas del Glandon acabaron con el cuento de hadas: Peter Winnen ganó en el final en alto de l'Alpe d'Huez, y el australiano llegó 17 minutos después. La victoria de Hinault era absoluta, pero el francés no era de los que se conformaban con vestir de amarillo. En la última jornada alpina Hinault demarró en las cuestas del último puerto para hacerse con la victoria de etapa y dejar claro quién mandaba en la serpenteante Negociudad que era el Tour. Bernard Hinault, Maestro y Golpeador en una sola persona.

El resto de la carrera fue un tranquilo paseo para "el Caimán" hasta París. La efímera sorpresa de Paul Anderson no había inquietado el dominio de Hinault, pero le sirvió al astuto australiano para conseguir pingües beneficios en contratos publicitarios de una forma apenas vista hasta entonces. En cierta forma la "era Reagan" habría de llegar también al Tour. Un Tour que llevaba el nombre de Bernard Hinault.
Bernard Hinault: uno contra todos.
1982. ¿Quién podía inquietar a un Bernard Hinault que buscaba de nuevo entrar en el selecto club de los ganadores del doblete Giro-Tour, tras haber vuelto a ganar la ronda italiana aquel año? Bueno, ahí estaba el incombustible Joop Zoetemelk, dispuesto a correr su decimosegundo Tour, pero sólo un Hinault en baja forma podría sucumbir ante el holandés. Lucien van Impe había tratado desesperadamente para conseguir un equipo con el que correr la ronda francesa, pero hubo de conformarse, por el momento, con sus trece participaciones consecutivas en el Tour, llegando siempre a París; un honor del que hasta entonces sólo había disfrutado el mítico sprinter André Darrigade. Por lo tanto, las quinielas daban como ganador al fiero francés; restaba por saber de qué era capaz la sorpresa del año anterior, el australiano Phil Anderson, el primer no europeo en llevar el jersey amarillo.

Hinault ganó la etapa prólogo, pero el primer favorito en dar un golpe fue Anderson, que se metió en una fructífera escapada en la segunda etapa (con subida al clásico Ballon d'Alsace) que le permitió obtener la victoria de etapa y el jersey amarillo. Lo conservaría hasta la novena etapa, incluso tras una crono por equipos que hubo de reajustarse tras ser suspendida por el boicoteo de unos trabajadores siderúrgicos. Dos jornadas después llegó una contrarreloj individual que esta vez logró adjudicarse Gerrie Knetemann, habitualmente eterno segundo tras Hinault en las etapas contra el reloj. El francés, segundo a 18 segundos, no necesitó la victoria de etapa para ponerse como líder en la general.

La primera jornada de alta montaña (en esta ocasión llegaron primero los Pirineos) tuvo como vencedor al irlandés Sean Kelly, el reconvertido sprinter que fue un habitual en las grandes etapas del Tour y otras grandes carreras durante los 80 (llegaría a ganar la Vuelta en 1988). Hinault se mostró menos beligerante de lo habitual en él, y durante las jornadas pirenaicas se limitó a mantener a raya a sus principales rivales. Habiendo obrado su habitual y aparente magia para aquél que no hubiera estado atento, el francés, entre bonificaciones y cronos, ya aventajaba en poco más de 3 minutos al segundo clasificado, un Anderson que se confirmaba como un hombre a tener en cuenta, y como el primero de varios corredores nacidos fuera de Europa realmente capaces de romper la hegemonía de los ciclistas del Viejo Continente.

Hinault dejó atrás los Pirineos habiendo demostrado que el Tour se gana no sólo con las piernas sino también con la cabeza. Los días autómatas del pinganillo y el ordenador todavía quedaban lejos. El domingo 18 de julio llegó otra nueva crono; esta vez Hinault se impuso, y de nuevo las diferencias con quienes le seguían en la clasificación volvían a ser rotundas: Anderson estaba a 5 minutos y y 17 segundos; Zoetemelk era tercero unos cuantos segundos más allá; Bernard Vallet era cuarto a más de 6 minutos... Hinault parecía un rey Midas "maldecido" por el dios Crono: todo lo que tocaba se convertía en minutos y segundos.

En los Alpes el líder siguió corriendo a la defensiva. Los periódicos se llenaban de titulares y artículos sobre aquel nuevo y sorprendente Hinault que parecía poseido por Anquetil. Se especulaba sobre su salud, sobre si se encontraba débil, sobre tal o cual aspecto. ¿Pero cómo hablar de debilidad cuando pasados Pirineos y Alpes el francés tenía una ventaja de más de 5 minutos? Hinault no era hombre que se preocupara por los titulares, pero una nueva victoria en la contrarreloj de la etapa 19 quizás ayudara a tapar unas cuantas bocas.

Por entonces la regla no escrita de que la última etapa con final en París era un día para los sprinters, para relajarse y para homenajear al ganador de aquel año, era desde hacía tiempo toda una realidad; todo esto siempre que no hubiera una contrarreloj o hubiera una ventaja mínima entre primero y segundo que pudiera dar lugar a tentaciones. Apenas tres años antes Joop Zoetemelk ya había roto (no fue el primero ni el último, desde luego) esa regla no escrita;  ahora, en 1982, fue Hinault quién decidió salirse del protocolo y meterse en el sprint final en los Campos Elíseos. El líder había decidido que quería añadir una victoria en París a su palmarés. Y a fe que lo consiguió. Así como su cuarto Tour. Y aquel 25 de julio Hinault todavía contaba con 27 años. Lo que significaba que aun podría tener en sus piernas otros dos o tres Tours; o quizás más, como demostraba el segundo puesto de un Zoetemelk de 36 años. Era su séptimo podio; nunca había quedado por debajo de los diez primeros. Un tipo correoso, este holandés.
Joop Zoetemelk
El reinado de Bernard Hinault en la ronda francesa se apróximaba ya al lustro. No parecía haber rival en el pelotón capaz de frenarle. Pero una nueva generación de corredores estaba a punto de irrumpir en la escena para ponerle las cosas difíciles y tratar de derrocar al nuevo rey del Tour.

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