lunes, 9 de septiembre de 2013

El Tour de Francia: Anquetil contra Poulidor (1961-1967)

If it takes ten to kill me, I'll take nine and win. Tom Simpson

En el ciclismo profesional, al igual que en otros deportes, ha habido épocas marcadas por una épica rivalidad entre dos deportistas o equipos. No creo que al lector le sea difícil pensar en algun ejemplo. En cuanto al ciclismo en carretera se refiere, y el Tour en particular, uno de los grandes duelos que vivió el deporte tuvo como protagonistas a Jacques Anquetil y Raymond Poulidor, dos de los mejores ciclistas de su tiempo que marcaron la carrera francesa durante la década de los 60.

En las tabernas francesas, sentados frente a unos vasos de vino, los debates sobre quién era mejor se sucedieron a lo largo de los años. Si hemos de guiarnos por el palmarés no cabe duda de que fue Anquetil el mejor ciclista de su era. Poulidor era un gran escalador, y aunque demostró que en un buen día podía destacar también en las contrarrelojes, Anquetil era sin embargo muy superior en esta prueba. Su dominio era tal que la prensa le conocía como "Monsieur Chrono", y era en las pruebas contra el tiempo donde ganaba sus carreras, defendiendo después lo ganado en la montaña. De hecho su táctica del mínimo esfuerzo le valió como apodo entre sus detractores el de "Monsieur Millimetre".

La glorie. Una expresión francesa de difícil traducción, que no se refiere sólo a la gloria de las victorias y los grandes logros, sino a las grandes gestas, a la gloria obtenida de vencer mediante un esfuerzo supremo. Una victoria que implica sufrimiento. Algo de lo que para muchos carecía Anquetil, a pesar de su brillante palmarés. No era sólo su táctica fría y calculadora, sino su aspecto de apuesto Apolo montado en bicicleta que parecía rodar siempre con extrema facilidad, incluso cuando tenía un mal día. Su particular estilo fue algo que han apuntado quienes rodaron con él; parecía impertubable, como si estuviera en un paseo cicloturista y no en una de las competiciones más duras del mundo. En cambio, Poulidor, el eterno segundo, era la viva encarnación de la glorie, dejándose la piel tratando de conseguir el jersey amarillo. Sin embargo Anquetil fue siempre superior; quizás no necesariamente en las piernas, pero si algo tenía el rubio normando era un talento para la táctica, para aprovechar el momentum, para hacer que cada segundo contara; Poulidor, más pasional, atacaba demasiado pronto, o a veces demasiado tarde, o a veces permanecía a rueda cuando debería haber demarrado. Aun así su casta le valió el amistoso apelativo de "Poupou" y el cariño del público. Anquetil pudo ganar 5 Tours y batir récords, pero nunca fue tan querido por los aficionados como Poulidor, algo que nunca llevó bien; incluso en alguna ocasión llegó a ser silbado en su llegada triufante a la meta de París. Poulidor se convirtió, a su pesar, en el ejemplo del ciclista que a pesar de intentarlo una y otra vez, nunca logra ganar. Pero ambos marcaron una época en el ciclismo y en el Tour de Francia.

El ultimátum de Jacques Anquetil fue claro: si el seleccionador Bidot quería que corriera por Francia habría de tener un equipo hecho a su medida. Las rivalidades internas habían frustrado ya demasiadas victorias francesas (algo de lo que el propio corredor normando también había sido culpable), y en un barco no podía haber tantos capitantes. Tras proclamarse subcampeón en el Giro de aquel año Anquetil era claramente el ciclista francés mejor posicionado para ganar el Tour, así que Bidot accedió a su exigencia y permitió que la estrella aprobara la lista de ciclistas que correrían por Francia, nombres de los que no tendría nada que temer y le ofrecerían una total lealtad: Henry Anglade, André Darrigade, François Mahé o Jean Forestier. Frente a la escuadra de Anquetil la otra gran favorita era Italia; aunque el vigente campeón del Tour Gastone Nencini no participaría en aquella edición, el equipo nacional podía confiar en Graziano Battistini (segundo tras Nencini el año anterior) como firme candidato a la victoria final; Imario Massignan era el favorito para ganar de nuevo la clasificación de la montaña. Por su parte el luxemburgués Charly Gaul supondría siempre un peligro en cuando la carretera comenzara a empinarse, y aunque España no contaba aquel año con Bahamontes, tenía en sus filas a Fernando Manzaneque, un corredor de esos que siempre acababa ganando alguna etapa en las carreras donde participaba.

El Tour de 1961 partiría de Rouen, y la primera jornada se dividiría en dos etapas: una primera parte de 136 kilómetros y por la tarde una contrarreloj de 28.5 kilómetros. Como era habitual en aquellos tiempos la primera victoria y el primer líder virtual fue André Darrigade. Pero con una crono en la primera jornada Anquetil había entendido que aquel arranque le favorecería, y se había permitido predecir que al acabar el primer día llevaría puesto el maillot amarillo, del cual ya no pensaba desprenderse hasta la llegada a París. Por el momento su vaticinio se cumplió: en la crono Anquetil barrió a todos y al día siguiente en la salida de Pontoise vestía en efecto el jersey de líder.

En las etapas 5 y 6, aprovechando el paso de la carrera por los Montes Vosgos, el francés Jean Dotto, degradado tras la purga de Anquetil a correr por un equipo regional, aprovechó para recortar tiempo y colocarse en segunda posición, por delante del italiano Guido Carlesi. Durante la primera semana, ya fuera por parte del equipo nacional o por las actuaciones de los franceses de los equipos regionales, lo que quedó claro es que la carrera estaba siendo dominada totalmente por Francia, y tan solo los corredores de fondo belgas habían podido arrancar alguna etapa a los franceses.

En la novena etapa el pelotón se adentró de lleno en los Alpes, con cuatro puertos que coronar: el Grand Bois, el Granier, el Cucheron y el Col de Porte. Gaul aprovechó la oportunidad y demarró en el segundo; a pesar de caerse descendiendo el Cucheron el luxemburgués luchó por permanecer escapado hasta la victoria final de etapa. Anquetil, agazapado a la rueda de escaladores como Manzaneque o Massignan, perdió poco más de 1 minuto. En la jornada siguiente Manzaneque logró colocarse segundo, seguido de Gaul, pero Anquetil permanecía incólume como líder. La alta montaña alpina acabó y lo que había parecido una arrogante predicción del campeón francés estaba más cerca de cumplirse.

La transición hacia los Pirineos transcurrió sin sobresaltos para Anquetil, quien se disponía a afrontar dos grandes etapas de alta montaña; la primera tendría final en alto en Superbagnères, siendo el primero y verdadero final de la historia del Tour en una montaña. Sorprendentemente Gaul no movió ficha y la jornada acabó con una tranquila victoria del italiano Massignan. El segundo día en los Pirineos fue todavía más pacífico que el anterior, y como prueba los favoritos llegaron juntos en un grupo de 26 corredores tras los escapados que buscaron la victoria de etapa. ¿Se había resentido Gaul de su caída en los Alpes? ¿Dónde estaban los italianos? Tan sólo Massignan parecía destacar, en pos de la clasificación de la montaña. Manzaneque nunca había sido un ciclista hecho para ganar grandes carreras. ¿Pesaban demasiado los 5 minutos de ventaja de Anquetil? Quien exclamara en su día por el "Tour fácil" de Roger Walkowiak debió de desesperar en la edición de 1961; con una contrarreloj todavía por disputarse, el Tour estaba claramente en manos de Anquetil, quien evidentemente se proclamó vencedor con más de 12 minutos de diferencia con Guido Carlesi y Charly Gaul. El normando había cumplido su palabra, ganando el Tour siendo líder desde el primer día hasta el último.
Siempre calculador, Anquetil asciende el Tourmalet.
1962 vio grandes cambios en el Tour. Émilion Amaury, dueño de Le Parisien Liberé, cuyo apoyo había resultado crucial años atrás para que Jacques Goddet lograra ser elegido para organizar el Tour tras la guerra, hizo una oferta para participar financieramente en la carrera. El Tour de Francia siempre había sido una carrera muy popular, pero el auge de la televisión (el primer Tour televisado fue el de 1952) había incrementado su popularidad y, por tanto, los beneficios de la publicidad. A cambio de los beneficios de su inversión Goddet se vio obligado a ceder los asuntos financieros de la carrera a un hombre de Amaury, Félix Lévitan, mientras que seguiría haciéndose cargo del aspecto deportivo de la carrera.

La entrada de Amaury en el negocio influyó también en la decisión de Goddet de levantar la prohibición de los equipos profesionales en el Tour, que se remontaba a los tiempos en que el fundador de la carrera, Henri Desgrange, había decidido purificar la competición mediante los equipos nacionales, librando al Tour de las influencias de los patricinios. Aun así eran los equipos profesionales los que debían seguir pagando a los corredores participando en una carrera de la que no se beneficiarían con ingresos de publicidad. Tras la Segunda Guerra Mundial las tradicionales empresas patrocinadoras de los corredores, las fábricas de bicicletas, habían visto cómo comenzaban a perder la batalla contra los coches y las motos. Con un margen de beneficios menor, patrocinar a un equipo ciclista les resultaba demasiado costoso. Y participar en el Tour, la carrera ciclista más importante (y por tanto lucrativa), les costaba aún más. Con la llegada de nuevos patrocinadores ajenos al mundo de la bicicleta la situación de los viejos esponsors se había vuelto crítica; además, en el aspecto deportivo, en algunas ocasiones los corredores habían permanecidos más fieles a sus compañeros de equipo (lógicamente, pues corrían con ellos el resto del año) que a sus compatriotas del equipo nacional; por todo ello (además de por la influencia de Amaury) Goddet había cedido a la presión, modificando el sistema de equipos nacionales y regionales del Tour. Aun así el organizador de la carrera no abrió la mano del todo, y exigió que por cada equipo hubiera al menos seis corredores de la misma nacionalidad.

El gran favorito, Anquetil, corría por el equipo St. Raphaël-Halyett. Buscando ser el primero en ganar las tres grandes carreras por etapas (Vuelta, Giro y Tour), el francés había decidido participar en la Vuelta a España de aquel año. Un compañero de equipo, el alemán Rudi Altig, había llegado al liderato antes que él. Anquetil estaba seguro de poder arrebatarle la victoria final en la contrarreloj, pero Altig se mostró más fuerte de lo esperado y le acabó arrebatando la Vuelta al jefe de filas. Ahora ambos volvían a correr en el Tour, y restaba por ver si las espadas seguían en alto.

Aquella edición fue la primera para un corredor francés de 26 años llamado Raymond Poulidor. Corría para el Mercier-BP-Hutchinson, el equipo dirigido por Antonin Magne; había sido uno de los corredores veteranos, Bernard Gauthier, quien había quedado tan impresionado por las dotes de Poulidor que le llevó a ver al jefe del equipo. Aquel era el tercer año de profesional de Poulidor, quien arrogante y seguro de sí mismo le había pedido a Magne 5.000 francos más de la cantidad que le había ofrecido para que fichara por el Mercier. El joven corredor pronto demostró que valía esa cantidad cuando en 1961 ganó la Milán - San Remo. Magne estaba seguro de tener entre manos a un corredor a la altura de Anquetil.

En cuanto al resto del pelotón el italiano Massignan era el favorito para la clasificación de la montaña; la verdadera expectación sin embargo estribaba en saber si los escaladores Charly Gaul y Federico Bahamontes podrían poner en peligro las opciones de Anquetil para ganar en París.

En la primera etapa pareció patente que quizás el francés tendría al enemigo en casa cuando Altig, una vez más, se puso antes como líder, ganando la primera etapa. El gran ganador de etapas André Darrigade le sucedió tras la segunda jornada, pero Altig volvió a ganar en la tercera etapa. Su reinado acabaría tres etapas más tarde.

La octava etapa, una de esas jornadas dobles con llano y contrarreloj, era terreno abonado para que Anquetil impusiera por fin su liderazgo, cosa que hizo sin duda; el italiano Ecole Baldini quedó segundo en la etapa a 22 segundos, y Altig demostró su fortaleza perdiendo sólo 46. Cuarto en la crono fue el belga Jozef Planckaert, que aquel año había sido campeón de Bélgica y había ganado varias carreras importantes.

La etapa 12, la jornada reina en los Pirineos, amaneción con 30 corredores menos tras un accidente provocado por una moto, aunque ninguno de los favoritos se vio afectado. Bahamontes coronó primero todos los puertos, como antaño, buscando la clasificación de la montaña. Tom Simpson, el mejor corredor británico que había visto el Tour hasta la fecha, se vistió de amarillo aquel día. La siguiente jornada repetía final en alto en el Superbagnères, donde Bahamontes se mostró como el más fuerte, ganando la etapa; Planckaert llegó segundo, con la ventaja suficiente como para ponerse el maillot amarillo. El recorrido por los Pirineos terminó con polémica después de que varios equipos se vieran afectados por abandonos que algunos corredores achacaron a un pescado servido en el hotel. La prensa tenía otro punto de vista y culpó al dopaje. El pelotón amenazó con ir a la huelga por esas injurias, pero finalmente decidieron olvidar el asunto.

La llegada de los Alpes no cambió gran cosa. Bahamontes, con 34 años, parecía no considerarse ya como un serio rival para la general, y se centraba en la puntuación de la montaña. El otro gran escalador de su era, Charly Gaul, estaba desaparecido, y Poulidor, que había llegado al Tour con una muñeca enyesada, bastante tenía con ser un debutante lesionado en el Tour. Planckaert, con apenas 1 minuto de ventaja sobre Anquetil, debería haber aprovechado las rampas del Vars o el Izoard para tratar de meter tiempo al francés, pero quizás su buena actuación en la primera contrarreloj le había convencido de que podría plantarle cara en el llano.

Quien aprovechó la última etapa de montaña sin embargo fue Poulidor, a quien le retiraron el yeso a tiempo para aquel día. Su mánager, Antonin Magne, le conminó a que demostrara por fin de lo que era capaz. Dado que no era una amenaza para la general Poulidor pudo escaparse sin problemas en una dura jornada con cinco puertos de montaña. Al coronar el cuarto del día, el Cucheron, ante la sorpresa de muchos Poulidor seguía primero, con Bahamontes 1 minuto por detrás. Nada pudo ya impedir su victoria en la meta, que le sirvió para colocarse tercero en la general.

Como hemos visto el líder de la general, Planckaert, había decidido no perder de vista a Anquetil, ni siquiera para atacarle. La contrarreloj de la antepenúltima etapa era el último obstáculo para la victoria del belga en París. Mal terreno para defender el maillot amarillo cuando eran aquellos los dominios de Anquetil. El normando no tuvo piedad alguna: a mitad de recorrido ya había cazado a Poulidor, y al llegar a meta batió la marca del italiano Baldini por 3 minutos; Poulidor y Planckaert llegaron a más de 5. Planckaert había perdido la carrera, y Anquetil se proclamaría vencedor del Tour más rápido hasta entonces, igualando las tres victorias de Philippe Thys y Louison Bobet.
Raymond Poulidor logró en 1962 el primero de sus muchos podios en el Tour.
La temporada de Jacques Anquetil en 1963 no podría haber sido mejor: había ganado la París-Niza, la Dauphiné Liberé, el Critérium Nacional y, por fin, la Vuelta a España (mostrando un dominio absoluto), convirtiéndose en el primer corredor en ganar las tres grandes carreras de tres semanas. Sin duda era el gran favorito para ganar el que sería su cuarto Tour. A pesar de que en alguna ocasión la organización de la carrera francesa haya pecado de chovinista, aquel año sin embargo se intentó ponerle las cosas más difíciles al normando reduciendo el kilometraje total de las contrarrelojes y aumentando los finales en alto. Con todo Anquetil estuvo a punto de no participar aquel año tras contraer la solitaria; pero apenas dos días antes de arrancar la carrera el campeón se decidió a participar a pesar del consejo de los médicos que le conminaban a no hacerlo.

Para hacer frente al normando muchos confiaban en las capacidades de Poulidor, de quien se esperaba que acabara de explotar aquel año. Bahamontes, de 35 años, volvía a participar, buscando, o así se esperaba, la clasificación de la montaña. Pero cuando en la primera etapa se metió en una escapada con otros tres corredores la sorpresa fue total; ¿se sentía el español todavía con fuerzas para disputar la general?

Tras la tercera etapa Seamus Eliott se convirtió en el primer irlandés en llevar el maillot amarillo en el Tour, que logró defender durante tres jornadas más, hasta la primera contrarreloj individual, que por supuesto ganó Anquetil, con solitaria o sin ella. La carrera continuó sin mayores cambios con Gilbert Desmet como líder hasta que llegaron los Pirineos.

En la primera jornada pirenaica se ascendería el Aubisque y el Tourmalet; Anquetil escalaba bien, pero no lo bastante como para competir con un escalador nato, especialmente si se trataba de Bahamontes, quien aún con 35 años subía las rampas con aparente facilidad. Pero lo que nadie esperaba sucedió, y Anquetil logró permanecer a rueda del español. De hecho se permitió ganar la etapa al sprint batiendo a Bahamontes, José Pérez-Francés y Raymond Poulidor. El normando todavía no se vistió de líder, pero ya había logrado ascender hasta la tercera posición. La sorpresa continuó al día siguiente, cuando Anquetil llegó a la meta una vez más junto a los escaladores. ¿Qué había sido del frío calculador "Monsieur Chrono" que parecía administrar pacientemente cada segundo en la montaña para dar el golpe en la contrarreloj? Anquetil estaba demostrando que no necesitaba de más kilómetros contra el crono para ganar un Tour.

Sin apenas respiro el pelotón se adentró en el Macizo Central, para después dirigirse a los Alpes; en la primera etapa alpina Bahamontes trató de dar un golpe de mano, y volvió a demostrar por qué le apodaban el "Águila de Toledo" ganando la etapa y colocándose segundo tras un Gilbert Desmet que todavía lograba retener el amarillo. Sin embargo tan sólo 3 segundos separaban al español de Anquetil. La jornada siguiente fue el día de otro español, Fernando Manzaneque, que ganó la etapa con gran autoridad; Bahamontes se mostró sin embargo más discreto, y cruzó la meta junto a los otros favoritos; le restaba apenas una última oportunidad para poner tierra de por medio entre él  y el normando. Esa oportunidad era la ciclópea decimoséptima etapa, con cuatro grandes puertos a escalar (Petit St. Bernard, Grand St. Bernard, Forclaz y Montets); el primero en probar a Anquetil fue Poulidor, buscando por fin su momento de gloria. Poulidor atacó pronto, pero el director del equipo del normando, Raphaël Géminiani, que ya en sus días de corredor había sido conocido por talento táctico, le dijo a Anquetil que no respondiera al ataque. Gémiani había calculado que con el enorme Grand St. Bernard en medio la escapada de Poulidor no fructificaría, y efectivamente su instinto no le falló, y Anquetil y el resto de favoritos pudieron coger la rueda del de Masbaraud-Mérignat. Las estratagemas de Gémiani no acabaron ahí: para afrontar el Forclaz, que tenía una carretera todavía sin pavimentar, decidió que su pupilo debía cambiar a una bicicleta que se adaptara mejor a ese terreno; para ello Anquetil debía pedir un cambio de bicicleta (algo que sólo se permitía si había un problema mecánico); en la confusión Gémiani saboteó un cable del cambio de marchas, logrando así el trueque de bicis. Aunque Bahamontes intentó deshacerse del normando la estratagema del director del St. Raphaël pareció funcionar, y Anquetil aguantó a rueda del español. Bahamontes no podía competir con el francés en la llegada, donde se impuso Anquetil ganando la etapa y el maillot amarillo. El español estaba a tan sólo 28 segundos, pero la subida del Faucille al día siguiente no podía inquietar al normando. Con una contrarreloj todavía por delante, sólo una debacle podía apartar a Monsieur Chrono de la victoria final, algo que evidentemente no sucedió. Anquetil sentenció la carrera en la crono y entró en la leyenda a su llegada a París convirtiéndose en el primer ciclista en ganar cuatro Tours.
Anquetil disputa una crono en pos de su cuarto Tour.
1964. Un Jacques Anquetil de 30 años se había impuesto en el Giro nuevamente de forma incontestable tomando la maglia rossa en la primera crono, manteniendo el liderazgo hasta la victoria final. Era su segunda victoria en la ronda italiana, y ahora llegaba al Tour dispuesto a igualar el doblete Giro-Tour en un mismo año que inaugurara el mítico Fausto Coppi. Con todo, los italianos le habían hecho sudar tinta atacándole a cada momento, y el desgaste podía pasarle factura en el Tour.

El gran rival del francés había de ser su compatriota Poulidor, campeón aquel año en la Vuelta a España, además de haberse impuesto en el Critérium National. Además había logrado buenos puestos en la Milán–San Remo y la Dauphiné Libéré. Sin duda Poulidor llegaba en un gran momento de forma. Federico Bahamontes, a pesar de sus 36 años, iba a demostrar que aún tenía bastante fuerza en las piernas como para luchar por un puesto en el podio de París.

La primera semana transcurrió tranquila entre los favoritos, con otro veterano, André Darrigade, añadiendo todavía alguna etapa más a su larga lista de victorias en la carrera francesa. El germano Rudi Altig (compañero de Anquetil) se convirtió en el primer líder estable de aquella edición, en la que tan sólo una crono por equipos precedería a la montaña. Tras meterse en una escapada en la séptima etapa Poulidor arrancó medio minuto al favorito, mientras Altig seguía empeñado en mantener el amarillo. Ciertamente aquel año Anquetil partía con más desventaja que ningún otro para liderar la general.

Al día siguiente llegaron los Alpes y Bahamontes demostró su casta en solitario sobre el Télégraphe y el Galibier, con Poulidor pisándole los talones. El español ganó la etapa y Poulidor llegó segundo a1 minuto 32 segundos. Anquetil llegó tan sólo 17 segundos tras él gracias a sus extraordinarios descensos. En la siguiente jornada alpina los favoritos se mantuvieron juntos en un gran grupo de 22 corredores, y Anquetil se adjudicó la victoria al sprint. El mejor colocado tras el nuevo líder Georges Groussard era Bahamontes a 3 minutos y medio. Poulidor y Anquetil le seguían a poco más de 1 minuto.

La décima etapa constaba de una jornada doble, con una crono por la tarde que ganó inevitablemente Anquetil, pero Poulidor demostró su mejor forma quedando tan sólo a 36 segundos del normando. Segundo en la general, Anquetil había reducido su distancia con Groussard, pero Poulidor seguía tras él a corta distancia.

La decimotercera etapa supuso el primer contacto con la montaña antes de las grandes jornadas en los Pirineos. Al día siguiente, 5 de julio, se programó una jornada de descanso, que Anquetil aprovechó para ir de picnic y beber grandes cantidades de champán, su bebida favorita. Antonin Magne, el jefe del Mercier-BP, equipo de Poulidor, se enteró de esta escapada, y ordenó a su pupilo que en la siguiente jornada atacara en el gran puerto del día, el Port d'Envalira. Poulidor así lo hizo, y al quedar expuesta la debilidad del gran favorito, Federico Bahamontes, Julio Jiménez (destinado a ser el sucesor de Bahamontes) y Henry Anglade se unieron a Poulidor en su ataque. El normando coronó el Envalira con 4 minutos de diferencia. Anquetil estaba a punto de tirar la toalla. Tal como sigue la historia fue el gregario que se había quedado con él durante el ascenso quien le recordó cual era su deber, y su jefe Gémiani llegó para gritarle un buen rato, y a continuación, siempre según la leyenda ciclista, le dio una botella de champán con el objeto de revitalizarle de su resaca. Resurgido de sus cenizas, Anquetil se lanzó como un suicida para realizar un descenso colosal entre la bruma. Lo que parecía imposible se produjo y el normando cogió a los favoritos. Poulidor, su gran rival, a quien la Fortuna siempre parecía ser esquiva, pinchó una rueda. Tras cambiarla su mecánico empujó al ciclista antes de tiempo y le tiró al suelo. Llegó 2 minutos y medio tras Anquetil. Todavía restaban dos grandes jornadas de alta montaña, y Poulidor no las desaprovechó. Tampoco Bahamontes. Finalizada ya la alta montaña Groussard seguía líder, pero ya tan sólo tenía 35 segundos de ventaja sobre el segundo clasificado, Bahamontes. Anquetil estaba a 1 minuto y 26 segundos, nueve por delante de Poulidor.

A Anquetil le restaban todavía dos cronos individuales, incluída una como inédito final en París. La primera llegó nada más acabar la montaña. Nuevamente el calculador Anquetil había logrado salvar la papeleta en Alpes y Pirineos, aprovechando en esta ocasión su gran técnica en las bajadas para reducir lo que perdía subiendo. Bahamontes había luchado por el jersey amarillo, pero no había logrado una distancia suficiente como para mantener su ventaja con Anquetil en la contrarreloj. Efectivamente el normando ganó la crono y se deshizo del español como candidato a la victoria final. Poulidor logró resistir llegando segundo a 37 segundos. Anquetil vistió por fin el amarillo, pero su gran rival estaba a tan sólo 56 segundos en la general.

Un último escollo esperaba en el camino a la victoria del normando: la vigésima etapa, de 237.5 kilómetros, que se adentraba en el Macizo Central con dos grandes puertos: el St. Privat y un final en el alto del inmisericorde Puy de Dôme. Era la gran oportunidad de Raymond Poulidor para vestirse de amarillo.

Los españoles Julio Jiménez y Bahamontes fueron los primeros en demarrar sobre las infernales rampas del Puy de Dôme, lo que convenía a la estrategia de Anquetil, ya que sería la escapada la que se llevara las bonificaciones de tiempo y no Poulidor. Pero el corredor del Mercier-BP no se encontraba con bastantes fuerzas y se mostraba incapaz de dejar atrás a Anquetil, quien trataba de correr a su lado, y no a rueda, como arma psicológica. Cerca de la cima Poulidor trató por fin de dejar atrás al líder, pero Anquetil resistió la embestida. Las fuerzas del primero estaban justas, pero el segundo se encontraba todavía peor. Aun así estaba dispuesto a vaciarse dejando creer a Poulidor que se encontraba tan fuerte como él. Cuando Poulidor volvió a probar al líder, Anquetil se pegó a su rueda nuevamente. La situación era como la de dos boxeadores agotados que seguían dándose golpes. La obsesión de Anquetil era no perder la rueda de Poulidor. Finalmente en el último kilómetro el líder hubo de ceder, totalmente exhausto. Poulidor usó sus últimas fuerzas para dejarse la vida en aquellos 1.000 metros que podían darle la victoria del Tour. Entró tercero tras los españoles. Cuando Anquetil cruzó finalmente la meta había perdido 42 segundos. Había conservado el maillot por tan sólo 14 segundos.

Con una contrarreloj entre Versalles y París Anquetil había de proclamarse vencedor, como así ocurrió. Nunca antes había sufrido tanto para ganar la ronda francesa. Pero aun así había logrado aumentar su leyenda ganando un insólito quinto Tour. Por su parte, el eterno segundo Poulidor había estado más cerca que nunca de batir a Monsieur Chrono. Al finalizar aquella edición avisó a sus competidores: "Ahora sé que puedo ganar el Tour".
Anquetil y Poulidor se baten en el Puy de Dôme.
En 1965 L'Équipe, y con él la organización del Tour, acabó de pasar por completo a manos de Émilion Amaury, aunque Jacques Goddet siguió ejerciendo de director deportivo. En cuanto a la carrera aquella edición tendría como gran ausencia la del pentacampeón Anquetil, quien sin necesidad ya de demostrar nada había decidido aquel año tomárselo con calma y participar en unas cuantas carreras clásicas, de las que ganó unas cuantas. La ausencia de "Monsieur Chrono" convertía a Poulidor en el gran favorito a ganar el Tour aquel año. El veterano Bahamontes volvió a colocarse en la línea de salida (aquel año situada por primera vez en territorio alemán, en Colonia) para correr su décimo Tour. Tras una terrible jornada en los Pirineos en la que perdió 37 minutos acabaría abandonando la carrera, pero ahí quedaban sus seis premios en la montaña y su victoria del 59 y sus logros en otras carreras para afianzarle como uno de los mejores escaladores de la historia. El equipo Salvarani presentaba una de las mejores escuadras italianas en años, con el vigente ganador del Giro aquel año, Vittorio Adorni, y una incorporación de última hora, Felice Gimondi.

Gimondi acababa de convertirse en profesional aquel año tras haber ganado en 1964 la versión para amateurs del Tour de Francia, el Tour del Porvenir. El italiano comenzó a ganarse pronto su sueldo metiéndose en una escapada en la segunda etapa, que le posicionó segundo en la general. El día siguiente se convirtió en una etapa de continuos ataques, y el pelotón tuvo que trabajar duro por dar una oportunidad a sus velocistas. Sin embargo a 8 kilómetros de la meta se produjo un nuevo ataque, al que se sumaron Gimondi y otros corredores, entre los que se encontraba el veterano sprinter André Darrigade. El grupeto sin embargo no logró una gran ventaja y podían ser absorbidos de nuevo por el pelotón en cualquier momento. Darrigade era un rival demasiado peligroso para llevarlo a la meta, por lo que Gimondi atacó en el último kilómetro. Le bastaron algunos segundos de ventaja para ganar la etapa y enfundarse el maillot amarillo.

El reinado de Gimondi, gregario al fin y al cabo, se antojaba breve, pero cuando en la contrarreloj de la quinta etapa apenas cedió unos pocos segundos ante el ganador Poulidor se comenzó a especular sobre las verdaderas posibilidades del italiano en la carrera. Sin embargo cuando dos días después su líder Adorni cayó al suelo Gimondi cumplió su papel y le esperó junto con el resto del equipo, cediendo el jersey amarillo al belga Bernard Vandekerkhove.

La alta montaña llegó en la novena etapa con los Pirineos. Aquel 30 de junio se convirtió en una jornada de calor infernal con el sol abrasando las cuestas del Aubisque y el Tourmalet. Aquello no pareció afectar a Julio Jiménez, que coronó primero los dos picos (acabaría ganando la clasificación de la montaña). Tras las gestas de Bahamontes rara fue la edición del Tour donde no hubiera algún fino escalador español. Por detrás los abandonos se sucedían: Vandekerkhove fue uno de ellos. Adorni fue otro. Su ausencia dejaba el campo libre a un Gimondi con extraordinarias sensaciones que aunque llegó a 4 minutos de Jiménez pudo recuperar el liderato de la general. Poulidor era segundo a 3 minutos 12 segundos. Tras aquella dura jornada el frente de los favoritos permaneció tranquilo durante el resto de los Pirineos.

En la etapa 14 con final en el Mt. Ventoux Poulidor estaba decidido a aprovechar la oportunidad para reducir su ventaja con Gimondi. Los españoles fueron los primeros en demarrar en cuanto el suelo comenzó a elevarse. Tras una serie de ataques Poulidor acabó de cabeza de carrera junto a Jiménez. El francés le ganó la partida en la línea de meta y se adjudicó la etapa. Gimondi llegó cuarto. Ahora tan solo 34 segundos le separaban de Poulidor.

Durante los Alpes el protagonismo fue para los escaladores, mientras Poulidor y Gimondi parecían vigilarse mutuamente. El francés debería haber sido quizás más hostil con el joven italiano, pero aunque era un extraordinario ciclista el aspecto táctico de la carrera nunca fue su fuerte. Tal como anunció en la prensa, Poulidor esperaba tomar el amarillo en la cronoescalada de la etapa 18. Pero el bueno de "Poupou" no sólo no se proclamó líder sino que ante la sorpresa general fue Gimondi quien ganó la etapa, sacándole 23 segundos al francés. Todo había indicado que aquel año Poulidor podría por fin proclamarse vencedor del Tour, pero un joven y arrogante Gimondi se cruzó en su camino para frustrar de nuevo sus opciones de victoria.
Gimondi escala el Izoard.
1966 vio el retorno de Anquetil al Tour. El normando no había podido resistir la tentación de comprobar si podría ganar un sexto Tour. Esperando estaba Raymond Poulidor, buscando batir a su gran rival y ganar por fin la carrera francesa. Una carrera en la que habría por primera vez un control sobre el dopaje, después de que durante el año anterior se hubiera aprobado una ley (entró en vigor en junio del 66) prohibiendo el uso de drogas en el deporte. Se rumoreó que aquel cambio provocó una cierta indisposición en los italianos Adorni y Gimondi, quienes se ausentaron del Tour aquel año.

El alemán Rudi Altig ganó la primera etapa y permaneció como líder de la carrera durante la primera semana. Tras la octava etapa con final en Burdeos había de producirse el primer control antidoping de la historia del Tour; los corredores, avisados, abandonaron en masa sus hoteles. Salvo Poulidor, desconocedor al parecer del chivatazo. Hay que tener en cuenta que en cuanto al Tour se refería (aunque la práctica alcanzaba a gran parte del ciclismo profesional) el uso de sustancias había sido una constante prácticamente desde su primera edición. Donde antes se había usado alcohol para combatir el frío y láudano o cloroformo para calmar el dolor muscular ahora se usaban las anfetaminas. Ya en los años 20 los hermanos Pélissier habían realizado sus polémicas declaraciones afirmando que en el pelotón se tomaba cocaína y otras drogas. Campeones como Coppi o Anquetil nunca habían escondido el hecho de que se dopaban. El dopaje siempre había estado presente en el mundo del ciclismo, aunque era un secreto a voces, y los corredores lo consideraban como un derecho adquirido. Fue precisamente Anquetil quien en la siguiente etapa lideró una protesta contra aquel control antidopaje, recorriendo 5 kilómetros de la etapa a pie.

En la décima etapa, la primera en los Pirineos, todo volvió a la normalidad, aunque los favoritos parecía que seguían en huelga. Se lo tomaron con tanta calma que Tomasso da Pra, un gregario del líder Altig, se metió en una escapada que fructificó de tal manera que no sólo le permitó ganar la etapa, sino arrebatarle el maillot al germano. La tranquilidad entre las filas de los hombres de la general le permitió al joven Lucien Aimar meterse también en otra escapada y arañar tiempo en la general. Aimar, compañero de equipo de Anquetil, era la verdadera apuesta del jefe de equipo Raphaël Gémiani, quien había avisado a Anquetil de que si no había batido a Poulidor al llegar la alta montaña el líder sería Aimar. Al día siguiente Poulidor por fin movió ficha, aprovechando una escapada, llevándose a Anquetil a rueda. La rivalidad entre los dos estaba en todo lo alto, en una tensa relación que se había agravado cuando Anquetil le había arrebatado la París-Niza a Poulidor en el último momento. De hecho Poulidor estaba tan obsesionado con vigilar al normando que estaba dejando que otros corredores menos conocidos pero potencialmente más peligrosos aumentaran la ventaja en la general.

Poulidor pudo, sin embargo, alegrarse de poder batir por fin a Anquetil en su terreno en la crono de la decimocuarta etapa, donde el normando quedó a 7 segundos de un victorioso "Poupou". Aun así Poulidor permanecía a más de 7 minutos del primer puesto de la general. La primera jornada en los Alpes demostró que Poulidor seguía más pendiente de Anquetil que del resto de corredores, aunque logró recortar medio minuto a los hombres de la general. Al día siguiente, pasado el primer puerto del día, el Croix de Fer, gran parte de los favoritos y los escaladores se habían congregado en un grupeto de 15 corredores. El británico Tom Simpson, neutralizado por el grupeto, demarró una vez más en busca del Télégraphe. En cuanto llegaron las primeras cuestas del puerto Jiménez salió en su busca. Simpson se estrelló dos veces pero aun así fue capaz de volver a la lucha, bajando como un demonio en los descensos de cada puerto; quizás un síntoma de lo que habría de ocurrir al año siguiente. Poulidor atacó en el Galibier y Anquetil se fue a su rueda. No pudieron coger a Jiménez, y Anquetil se encargó de entrar por delante de Poulidor para arrebatarle el bonus y favorecer así la causa de Lucien Aimar. El holandés Jan Janssen lideraba ahora la clasificación, con Aimar a 27 segundos. Marcello Mugnaini era tercero; Poulidor, sexto, a 3 minutos y medio, seguido de Anquetil a casi 5 minutos.

Aquel día había sido muy duro, como atestiguaban los 27 abandonos que se habían producido, pero restaba todavía otra dura jornada con puertos como el Montgenèvre y el Sestriere. Con la escapada del día por delante, Poulidor se fue con Janssen y otros favoritos en su busca. Aimar quedó desconectado del grupeto y Anquetil acudió en su rescate para ejercer de gregario de lujo, llevándole a la rueda de Poulidor y los otros. Aconsejado por Anquetil, el joven Aimar se lanzó al ataque en el descenso del último puerto, dejando clavado a Poulidor; Janssen ni siquiera se enteró de la jugada. Al llegar al llano Aimar conectó con dos rezagados de la cabeza de carrera, y siguió en pos de la meta en Turín. Poulidor perdió casi 2 minutos; ahora Aimar era el nuevo líder de la carrera. La etapa 18 era la última gran oportunidad de Poulidor para conseguir el amarillo, con tres grandes puertos a recorrer: el Grand St. Bernard, el Forclaz, y el Montets. En el segundo puerto Poulidor atacó, largándose con el luxemburgués Edy Schutz. El líder no pudo seguirle. Coronado el Montets, restaban 20 kilómetros para la meta; los dos ciclistas se dejaron la vida para sacar toda la diferencia posible. Sin embargo Anquetil acudió de nuevo al rescate de Aimar; acabado el descenso se lanzaron a una pequeña contrarreloj en aquellos kilómetros de llano en pos de Poulidor, quien dejó a Schutz ganar la etapa en pago por su colaboración. Sin embargo su esfuerzo tan sólo le valió arrancar 49 segundos; Anquetil hizo bien su trabajo y logró reducir la diferencia para su líder. Al día siguiente en medio de una tormentosa etapa el pentacampeón del Tour bajó el pie del pedal y abandonó; nunca más volvió a la carrera francesa.

Sin opciones de victoria, Poulidor se aseguró un nuevo podio con un tercer puesto en la crono final entre Rambouillet y París. El único corredor con opciones de inquietar a Aimar era Janssen, pero no logró la bastante ventaja como para arrebatarle el maillot, aunque su segundo puesto le valió ser el primer holandés en lograr subir al podio del Tour.
Julio Jiménez y Raymond Poulidor.
Era el 13 de julio de 1967. Trece, el número de la suerte de Tom Simpson. El mejor ciclista británico que se había conocido hasta la fecha, el único que había logrado, aunque sólo fuera durante 24 horas, llevar el preciado jersey amarillo. Simpson estaba séptimo en la general, a varios minutos, pero buscaba recortar la distancia hacia el podio. Era una etapa de 211.5 km, con el temible Mont Ventoux como gran escollo del día. El Ventoux es la cima más alta de la Provenza, en el sur de Francia; en su recorrido más duro se ascienden 1.617 metros en apenas 28 kilómetros. A este coloso de piedra caliza se le conoce, entre otros nombres, como la "Bestia de Provenza". Deforestado en su mayor parte, el sol cae inclemente sobre casi todo el recorrido. Las cifras varían, pero se calcula que aquel día la temperatura se encontraba entre los 40°C y 55°C . Entonces los corredores sólo podían avituallarse de líquido en las zonas establecidas, con un límite de 4 bidones al día. En días tan calurosos como aquél los ciclistas recurrían a todo tipo de tretas, incluido el asaltar bares o restaurantes que encontraran en el camino. Según su compañero Colin Lewis, tras uno de esos asaltos Simpson se refrescó con una cola y coñac. El británico había tratado de distanciarse al principio del puerto, pero Julio Jiménez, Poulidor y otros corredores le adelantaron. Simpson se quedó con un grupo perseguidor, a poca distancia. Cuando faltaban menos de 2 kilómetros para la cima la marcha del ciclista se volvió errática, dando bandazos de un lado a otro. Apenas le restaban mil metros cuando Simpson cayó al suelo. El británico instó a los espectadores a que le ayudaran a subir. Trató de seguir adelante, pero de nuevo se tambaleó y volvió a caer, inconsciente. Cuando llegó el médico del Tour se le practicó la respiración boca a boca hasta que fue trasladado en helicóptero a un hospital cercano. Media hora después fue declarado muerto. Tenía 29 años. Dicen que en el monumento que sus compañeros levantaron en su honor en uno de los repechos del Ventoux se puede leer la frase que según la leyenda espetó Simpson a los espectadores que fueron a ayudarle: Put me back on my bloody bike.

El Tour de 1967 quedaría para la posteridad como el Tour donde falleció Tom Simpson, lo que cambió para siempre la carrera y la falta de control sobre las sustancias que tomaban los corredores. Pero cuando la carrera arrancó el 29 de junio con la primera etapa prólogo de todo lo que se hablaba era del regreso de los equipos nacionales al Tour, como contramedida a la protesta que los corredores habían protagonizado el año anterior. Los organizadores creían que los espónsors habían estado tras aquella especie de huelga. El grueso del pelotón estaría formado por tres equipos franceses, dos españoles, dos italianos y dos belgas. Francia contaba con dos grandes favoritos, Lucien Aimar y Raymond Poulidor, además del errático ciclista, aunque con talento, Roger Pingeon. España tenía a Julio Jiménez para ganar la clasificación de la montaña; Holanda a Jan Janssen e Italia al campeón Felice Gimondi.

En la pequeña crono de la prólogo se impuso el español José María Errandonea, quien batió a Poulidor por 7 segundos. Ningún líder logró retener el maillot demasiado tiempo. En la primera parte de la quinta etapa (habría una segunda como crono de equipos) se produjo una escapada de varios corredores con varios belgas, que buscaban la victoria en su territorio. Pingeon se lanzó poco después a conectar con la escapada, cosa que logró. El francés demarró en las adoquinadas cuestas de la ciudad belga de Thuin, y continuó en solitario durante 60 kilómetros hasta la victoria final. Su gesta le valió la etapa y el maillot amarillo. Sin embargo en la séptima etapa su compañero de equipo Raymond Riotte se metió en una escapada que le dio el tiempo suficiente como para proclamarse líder de la general. Al día siguiente en los Montes Vosgos Poulidor tuvo toda clase de problemas y perdió casi 12 minutos. Sin ninguna esperanza para la victoria "Poupou" quedó relegado como gregario de lujo de Pingeon, quien había recuperado de nuevo el primer puesto.

En el paso por los Pirineos Poulidor ayudó a Pingeon a cimentar su ventaja. Tras la fatídica etapa del Mont Ventoux el francés seguía líder a más de 4 minutos; al día siguiente el pelotón, en honor de Simpson, neutralizó la etapa y ofreció la victoria a un británico, Barry Hoban. La carrera prosiguió, aunque las sombras de la tragedia no parecían acabar de disiparse. Arropado por Poulidor y sus otros gregarios, Pingeon mantuvo el maillot amarillo hasta la entrada final en el velódromo del Parque de los Príncipes. Sería la última vez que el Tour acababa en el viejo velódromo, cuyos días estaban contados.
Poulidor conduce a Pingeon por el Galibier.

En 1967 el Tour y el mundo del ciclismo despertó a la realidad del dopaje, que siempre había estado presente, de una u otra manera. La muerte de Tom Simpson marcó sin embargo un antes y un después; las autoridades médicas cada vez señalaban más los peligros de las drogas en el deporte, y el caso del británico había sido un ejemplo claro. Había que atajar aquella práctica tan extendida y, hasta la fecha, tan a la orden del día. Algo que evidentemente no se ha conseguido. Pero después de aquella edición las autoridades se aplicarían más que nunca en buscar a los culpables y luchar contra el dopaje. Los años de la inocencia habían terminado. Y a partir de entonces dos realidades irreconciliables comenzarían a andar una intrincada senda que llevaría a escándalos periodísticos y deportivos cada vez mayores. Porque a pesar de leyes y controles, si algo ha quedado claro es que siempre habrá ciclistas profesionales dispuestos a recurrir al dopaje, cueste lo que cueste.

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