viernes, 13 de septiembre de 2013

El pisito (1959)

Desde el inicio de la crisis he visto en telediarios, programas de debates y demás algunas encuestas en las que nuestros mayores eran preguntados sobre la situación de los jóvenes, las terribles cifras de paro y el problema de la vivienda. Una de las preguntas era si creían que nuestros jóvenes lo tenían más difícil que ellos, padres y abuelos. Algunos no vacilaban en afirmar que así era. El modelo económico es ahora bastante diferente, y queda lejos de aquellos años en que a lo mejor quien no iba a la universidad entraba como aprendiz en algún oficio, en el que probablemente seguía el resto de sus días. Aunque esté relacionado, el tema de la vivienda es quizás harina de otro costal. Creo que es posible que una pareja joven pudiera adquirir con más "facilidad" (si es que alguna vez fue fácil) una vivienda en los 70 o los 80; o al menos el peso de la hipoteca sobre los salarios pudiera parecer menor. Quizás algunos de los encuestados más mayores, con eso de que al pasar los años nos quedamos con lo bueno, vean mayores dificultades en la vida de sus nietos que en la de ellos cuando tenían su edad, o quizás simplemente sus circunstancias personales fueron más afortunadas. Pero ciertamente no creo que en cuanto a la vivienda se vivan ahora peores tiempos que en lo 60 o los 50 (descarto por obvio los durísimos años 40). Con todo, no deja de resultar triste que una cinta como El pisito pueda estar tan de plena actualidad.


El pisito está basada en la novela homónima de ese grande que fue Rafael Azcona, quien también firmó el guión junto al director italiano Marco Ferreri (figura como codirector un tal Isidoro M. Ferry de quien nada sé), quien comenzó su andadura en nuestro país dentro del marco del Neorrealismo y la crítica social; su colaboración con Azcona nos dio dos de las más feroces sátiras del cine español de aquel tiempo, El cochecito y la cinta que nos ocupa hoy.

La trama, situada en el abarrotado Madrid de finales de los 50, gira entorno a una pareja de novios, Petrita y Rodolfo, quienes tras muchos años juntos buscan casarse y establecer un hogar, pero los pisos son caros y el modesto sueldo de Rodolfo no les permite cumplir ese sueño. Su situación es cada vez más insostenible: Petrita vive con la familia de su hermana, en un pequeño piso abarrotado por su descendencia y algún que otro realquilado; la llegada de otro bebé al hogar provocará que Petrita haya de abandonar esa casa. Por su parte Rodolfo vive en la pensión de una viuda, Doña Martina, quien tiene un gran cariño por Rodolfo. El tiempo pasa, y la pareja no puede casarse sin tener un hogar propio.

Desconozco la realidad de las leyes sobre la vivienda en esa época, pero el pisito al que alude el título parece pertenecer al casero, un acomodado señor insensible, como todo burgués surgido de la pluma de Azcona, a la cruda realidad de los menos afortunados que él. Impagable la secuencia en que la pareja acude a visitarle, y el hombre se los quita de encima quejándose de lo enfermo que está. Sin embargo Doña Martina, como inquilina, parece tener derechos sobre esa vivienda. Pero según la ley no puede ceder a Rodolfo, aunque ése es el deseo de la buena señora, la tenencia del piso. La única solución es que Rodolfo contraiga matrimonio con la venerable anciana, para que, una vez muerta ésta, pueda reclamar como viudo sus derechos de inquilino.

Camuflada tras una ligera comedia se esconde una vez más un duro retrato de la realidad de la época, algo que siempre se le dio bien a Azcona, lo que unido al sentido crítico de Ferreri da como resultado una feroz sátira con un humor negrísimo, muy entre líneas, aunque uno se sigue sorprendiendo de que en aquella época la censura dejara pasar cosas como ésta. El dúo protagonista, formado por José Luis López Vázquez y Mary Carrillo, es por supuesto excelente, y la veterana Concha López Silva obtuvo el rol más conocido de su carrera cinematográfica, que llegaría a su fin con esta cinta.

Ciertamente un clásico de nuestro cine a revisitar.

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