lunes, 19 de agosto de 2013

El Tour de Francia: L'Équipe y Fausto Coppi (1947-1952)

Henri Desgrange, el padre (aunque no creador) del Tour de Francia, su primer director deportivo y organizador, falleció el 16 de junio de 1940 en su casa de Beauvallon a los 75 años, no demasiado lejos de sus queridos Alpes. Tan sólo seis días después su país solicitaría un armisticio declarándose vencida por la Alemania nazi.
Henri Desgrange, siempre compitiendo
Con su carrera ciclista nacieron las grandes carreras por etapas, y fue la personalidad de Desgrange, con sus tonos positivos y negativos, lo que mantuvo viva la carrera tras el desastre de 1904, y fueron su integridad respecto a su concepto del deporte a la par con una adaptabilidad para todo cambio que pudiera beneficiar a la competición la que hicieron de aquella nueva competición un éxito. Desgrange siempre trató de ser justo, aunque su ideal de justicia en ocasiones no pareciera realmente lo que uno entendería por justicia. Pero su férrea voluntad y su absoluto control de la carrera también produjeron efectos negativos; por ejemplo su ideal deportivo del hombre solitario contra los elementos se tradujo en la creación de etapas inhumanas que llevó a los corredores a hacer trampas o usar sustancias prohibidas. Siempre buscando los límites del cuerpo humano y un espectáculo cada vez mayor, parecía que Desgrange en vez de a seres humanos vieran en los corredores a trozos de carne, lo que llevó a serias disputas con algunos de ellos, en especial con Henri Pélissier, aquel ciclista seguramente tan orgulloso y cabezón como el propio Desgrange. Además el jefe del Tour nunca fue demasiado amigo de la tecnología, frenando la introducción de nuevos avances en el diseño y fabricación de las bicicletas en su carrera, obsesionado siempre con mantener la lucha del corredor contra los elementos; diríase que de haber podido habría hecho su carrera sin bicicletas. Con todo, pese a su control dictatorial y sus ideas fijas, respecto a la organización de la carrera nunca dudó en eliminar aquello que a su juicio no funcionaba, o introducir cambios y mantenerlos si éstos daban buen resultado. Con todas sus virtudes y defectos, sin Desgrange el Tour probablemente nunca habría llegado a ser lo que es hoy en día, y por eso en la cima del Galibier una estatua recuerda su memoria, y la organización premia en su nombre al primer corredor en coronar ese puerto.

Cuando su salud no le permitió seguir dirigiendo el Tour le sustituyó Jacques Goddet, quien tras el fallecimiento de Desgrange se vio en la situación de seguir adelante con el periódico L'Auto en una Francia ocupada. A pesar de la guerra las competiciones ciclistas siguieron celebrándose aquí y allá cuando era posible, y las autoridades alemanas le pidieron a Goddet que siguiera adelante con el Tour, a lo cual se negó, pero otras carreras fueron organizadas en Francia hasta 1944, incluida una organizada por Goddet, aunque se encargó de disociarla claramente del Tour.

En un intento por revitalizar las ventas de L'Auto Goddet decidió ampliar la información más allá del mundo deportivo, lo que le puso bajo la lupa de los nazis, quienes le dejaron claro que en todas sus informaciones los invasores habían de salir siempre reforzados. El editor no convirtió el periódico en un panfleto nazi, pero creía sinceramente en la labor del mariscal Pétain al frente del régimen de Vichy, con lo que no dudó en apoyarle en las editoriales, además de organizar carreras ciclistas para que los alemanes pudieran presumir de una vuelta a la normalidad en la ocupación, aunque nunca, bajo ningún concepto, accedió a organizar el Tour para ellos. Esta manga ancha con los nazis no iba a pasar desapercibida en el bando aliado, y cuando París fue liberado en 1944, L'Auto fue clausurado bajo sospecha de colaboracionismo con los alemanes.

A pesar del revés Jacques Goddet no se rindió y dos años después fundaba L'Équipe. Su idea era reflotar el Tour a través del nuevo periódico, pero tras el cierre de L'Auto los derechos de la carrera parecían haber quedado en un limbo legal, y ahora correspondía a las autoridades francesas decidir quién sería el titular de los mismos. La tarea cayó en manos de la rebautizada federación francesa de ciclismo, la Fédération Française de Cyclisme, que decidió, por así decirlo, vender los derechos de la carrera al mejor postor pero no en una subasta, sino en una competición de carreras. Quien deseara conducir el Tour tendría que organizar primero su propia carrera. Aquella que tuviera más éxito le daría los derechos a su organizador.

El principal rival de Goddet era el diario Sports, que unió sus fuerzas con el periódico parisino Miroir Sprint para poner en marcha una carrera de cinco días. Goddet también decidió buscar colaboración y a pesar de las acusaciones de colaboracionismo logró que Le Parisien Libéré, el diario del luchador de la Resistencia Emilien Amaury, le ayudara en su causa. El apoyo de Amaury ayudó a disipar las dudas que pudieran haber sobre Goddet, y la experiencia de éste hizo el resto. Su carrera ganó la competición y L'Équipe obtuvo el derecho de organizar el nuevo Tour en una Francia devastada por la guerra donde la comida era racionada y había escasez de materias primas y combustible.

El Tour de posguerra trató de ser una continuación de la carrera con 21 etapas y una distancia total de 4.640 kilómetros y cinco días de descanso. Las etapas divididas en partes entraron a formar parte del pasado, aunque se mantuvieron los equipos nacionales. Alemania no fue invitada a participar, y a Italia se la permitió estar representada por un equipo de francoitalianos residentes en Francia. Holanda recurrió también a francoitalianos para completar su equipo, y Suiza se presentó en combinación con Luxemburgo. Tan sólo Bélgica fue capaz de presentar un equipo nacional completo con el que ponerle las cosas difíciles a Francia. Para completar la carrera la organización recurrió nuevamente a equipos regionales franceses.
Jean Robic con su distintivo casco de cuero
En un Tour renqueante donde anteriores ciclistas se habían retirado, habían sido heridos o habían visto pasar sus mejores años deportivos por causa de la guerra, no parecía haber un favorito claro para la victoria final, salvo quizás por René Vietto, convertido ahora en un veterano de 33 años que esperaba que esta vez nada se interpusiera en su camino para lograr hacerse con el Tour.

El suizo Ferdy Kübler se convirtió en el primer líder de la general del Tour y ganador de etapa de la posguerra. Su liderazgo fue efímero; Vietto se lanzó en una larga escapada en la segunda etapa que acabaría ganando, colocándose además primero en la general. El vencedor en la cuarta etapa fue el desconocido Jean Robic, un pequeño y malhumorado ciclista que corría siempre con un casco de cuero debido a que se había fracturado el cráneo corriendo la  Paris–Roubaix. Su victoria le dejó sexto en la general a 15 minutos de Vietto, quien en la víspera de los Alpes seguía como líder de carrera.

Robic, que corría en uno de los equipos regionales, y de quien se decía que no tenía un carácter muy apacible, estaba dispuesto a demostrar al mundo el gran error que habían cometido al no dejarle participar en el equipo nacional. En la primera jornada alpina el pequeño y robusto ciclista se marchó en solitario sorprendiendo a todos coronando en cabeza los dos últimos puertos del día, el Cucheron y el Porte. Atrás el italiano Aldo Ronconi, segundo en la general, demarraba y dejaba atrás a Vietto. Finalmente Robic ganó la etapa y ganó dos puestos en la general, mientras que Ronconi se convirtió en el nuevo maillot amarillo. Al día siguiente llegó otro etapa alpina donde se subieron por primera vez en el Tour el Glandon y el Croix de Fe, ahora dos puertos clásicos de la carrera.

Vietto no estaba acabado, y lo demostró atacando en la tercera jornada en los Alpes. Robic iba escapada por delante y Vietto se le unió en el Allos. Robic sin embargo pinchó en el descenso del Col de Vars, dejando a Vietto via libre para hacerse con la etapa y recuperar el maillot de líder. Robic era ahora quinto a más de18 minutos del líder. A pesar de tener algunos problemas en la cuarta y última jornada alpina Vietto logró permanecer en primer puesto. La general siguió sin grandes cambios hasta la llegada a los Pirineos.

En la segunda jornada pirenaica Robic demarró casi desde la salida seguido de Vietto, Pierre Brambilla (segundo en la general), Apo Lazaridès y Primo Volpi. El pequeño Robic no estaba dispuesto a tener compañeros e impuso un ritmo infernal y poco a poco los otros corredores fueron descolgándose hasta dejar a Robic solo. El corredor acabaría realizando una escapada en solitario de 190 kilómetros hasta la victoria de etapa, dejando a sus rivales a 10 minutos. Gracias a las bonificaciones de carrera su ventaja final fue de un cuarto de hora. Robic volvía al quinto puesto de la general con una diferencia de 8 minutos. Vietto seguía líder, con Brambilla como principal rival a poco mas de 1 minuto. 

A tres etapas del final en París Vietto parecía tener todas las papeletas para ganar, por fin, el Tour. Había logrado mantener el liderazgo en los Pirineos siempre vigilante de Brambilla. Pero aún quedaba un último peldaño, uno en realidad descomunal: la etapa 19 con la crono más exigente y larga de la historia del Tour, una carrera contra el reloj de 139 kilómetros.

Vietto siempre había sido un ciclista muy completo, era un buen escalador y como había demostrado en la segunda etapa era también un excelente rodador. Todo indicaba que podría salvar aquella papeleta, pero no fue así. El líder llegó a 14 minutos del ganador de aquel día, Raymond Impanis. El italiano Brambilla demostró aquel día estar más fuerte que él, haciendo el segundo mejor tiempo. Una vez más Vietto perdía el maillot y toda esperanza de ganar el Tour. Ahora Brambilla era líder con Aldo Ronconi a 53 segundos y Jean Robic, que había realizado también una excelente crono, a casi 3 minutos. 

El domingo 20 de julio se corrió la última etapa, entre Rouen y París. Brambilla no parecía tener nada que temer de su compatriota Ronconi, y la ventaja con Robic parecía más que suficiente para una etapa llana. O casi. En el camino a la capital había un repecho que escalar, la colina de Bonsecours, poco después de dejar atrás Rouen. Quizás demasiado seguro de su victoria, Brambilla no parecía ir bien colocado en el pelotón. Jean Robic aprovechó este cúmulo de circunstancias para demarrar en Bonsecours sin que el líder fuera capaz de reaccionar. Brambilla aprovechó sin embargo un contraataque del italiano nacionalizado Edouard Fachleitner para ponerse a su rueda. El ritmo de Fachleitner fue tal que acabó dejando atrás a Brambilla y a Robic, quien sin embargo luchó por volver a contactar con él, cosa que logró. Brambilla, en cambio, no fue capaz de reducir distancias con la cabeza de carrera. Con un grupo de escapados previamente por delante ni Fachleitner ni Robic pudieron optar finalmente a la victoria de etapa, pero Robic logró una ventaja más que suficiente como para proclamarse campeón del Tour, mientras que Fachleitner acabó segundo en el podio, por delante del desdichado Brambilla. Aquella fue la primera vez que un ciclista ganaba el Tour sin haber vestido ni un sólo día el amarillo.

El hecho de que los fans hubieran enviado comida a los corredores en el Tour de 1947 es una prueba de las precarias condiciones en que se corrió aquella edición, aunque finalmente había resultado un Tour excitante. En 1948 la situación todavía era complicada pero poco a poco se volvía a la normalidad. La principal novedad aquel año en cuanto a la organización fue que entre las etapas 3 y 18 el último en llegar sería eliminado.

El enemigo alemán seguía vetado en la carrera francesa, pero Italia volvió a ser invitada. Un Gino Bartali de casi 34 años, ganador de la edición de 1938, volvía a un Tour plagado de rostros desconocidos. El italiano era uno de los últimos ciclistas de la generación de preguerra, pero seguía en buena forma, como había demostrado en 1946 ganando el Giro de Italia, aunque aquel año su actuación había sido más discreta. En un principio a otra gran esperanza de Italia con respecto al Tour debería haber sido el mítico Fausto Coppi, que en su palmarés ya contaba con el récord de la hora y un Giro. Coppi era un rival peligroso y muy completo que podía batir cronos y escalar montañas, y es considerado por muchos como el primer ciclista moderno tanto por su forma de entrenarse como por su dieta, además de por hacer uso de lo que los italianos llamaban la bomba, es decir, anfetaminas. La rivalidad entre Bartali y Coppi, antiguo gregario del primero, era abierta, e iba más allá de lo deportivo. Ciertamente no eran de esos que aparcada la competición se sentaban a charlar y tomar un café. Incapaces de ponerse de acuerdo en cuanto a quién lideraría el equipo nacional italiano, Coppi decidió no participar.

El equipo francés había contado esta vez con Jean Robic, que había dado la sorpresa desde un combinado regional, y el vetereano Vietto como principales nombres. Entre las jóvenes promesas se encontraba Louison Bobet, llamado a marcar una era en el Tour, pero que en su primera participación en la edición anterior había abandonado entre lágrimas en la novena etapa, lo que dio pie a bromas de periodistas y corredores; sin ir más lejos Vietto le llamaba La Bobette.

La primera etapa del Tour de 1948 se corrió bajo un gran diluvio, y un desorientado Bartali apenas podía reconocer a nadie bajo los impermeables. De todos modos decidió atacar y pronto vio que se la había unido un belga, Briek Schotte. Los dos llegaron a la meta y Bartali ganó la etapa al sprint. Una vez más el italiano volvía a enfundarse el amarillo.

La segunda etapa fue uno de esos días de múltiples ataques y abanicos. Aquel caos no benefició a Bartali que quedó alejado de la cabeza de carrera, que llegó a la localidad de Dinard con la suficiente ventaja como para arrebatarle el maillot. Jean Engels era el nuevo líder, con el joven Bobet a 13 segundos, seguido de Schotte. Al día siguiente Bobet se las ingenió para meterse en otra escapada, lo que le valió enfundarse el jersey amarillo. El joven corredor perdería su liderazgo momentáneamente para volver a recuperarlo en la sexta etapa, que además ganó.

La montaña llegó en la séptima etapa, que Bartali logró arrebatarle a Robic al sprint con un sorprendetemente sólido Bobet llegando a tan sólo 3 segundos. El italiano se impuso de nuevo en la siguiente jornada, la etapa reina de los Pirineos. La llegada de los Alpes vio a Bobet incólume en la primera posición. Decidido a dar un golpe de mano el francés se adjudicó la etapa; Bartali perdió algunos minutos, que sumados a los que ya llevaba perdidos le dejaba a más de 20 del líder. Lo que sucedió a continuación forma parte ya de la leyenda del Tour.

Entre las dos etapas alpinas de aquel año habría una jornada de descanso, el día 14 de julio. En Italia la tensión política no había dejado de crecer desde el fin de la guerra, y se temía una revolución. Entonces aquel día 14 el líder del Partido Comunista, Palmiro Togliatti, fue tiroteado. A pesar de recibir cuatro impactos logró sobrevivir, pero la respuesta no se hizo esperar. Los comunistas organizaron una huelga general y se decidieron a tomar estaciones de radio y fábricas. La guerra civil podía estar a la vuelta de la esquina. La noche de aquel día de descanso Bartali recibió una llamada telefónica; se trataba del Primer Ministro, quien le demandaba no sólo otra victoria de etapa, sino una victoria en el Tour, como forma de calmar los ánimos. Entonces más que nunca, Bartali había de ganar por Italia. 

Dicen que el italiano le espetó al Primer Ministro que él no era un mago, aunque Bartali se cuidó de reflejar sus dudas ante la prensa. Al día siguiente Robic iba en cabeza pasados los dos primeros puertos. El italiano esperó su momento, que, bajo una fría lluvia, llegó en las cuestas del Vars, la segunda cota de la jornada, donde dejó a todos sentados. En la ascensión del Vars Bartali recortó su distancia con Robic hasta tenerle a 30 segundos; el descenso favorecía a Bartali, quien efectivamente dejó al francés atrás. El italiano, imparable, voló sobre el Izoard. Su victoria fue indiscutible, y el segundo clasificado, el belga Schotte, llegó a más de 6 minutos. Aquel día Bobet había perdido 18 minutos, pero aun así logró mantener el jersey amarillo, aunque ahora tenía a Bartali segundo en la clasificación a la peligrosa distancia de 1 minuto y 6 segundos.

Al día siguiente les esperaba una monstruosa etapa de alta montaña de 263 kilómetros donde habrían de escalarse el Galibier, el Croix de Fer, el Porte, el Cucheron y el Granier. Bartali parecía realmente más motivado que nunca, y demarró en el Croix de Fer para seguir en solitario hasta la meta. 8 minutos después lo haría Bobet. Con más de 5 minutos de ventaja sobre el segundo clasificado, Bartali era de nuevo líder de la general. El último día en los Alpes el italiano se proclamó nuevamente vencedor, acumulando suficiente ventaja para permitirse perder tiempo en la crono, como inevitablemente sucedería. Diez años después Bartali repetía triunfo en el Tour, un récord evidentemente todavía imbatido. Pero lo que era más, para sus fans más acérrimos, el italiano había salvado a Italia, con Togliatti desconvocando la huelga general mientras Bartali ganaba etapa tras etapa en los Alpes.

En 1949 los rivales de Italia tenían razones para temerla; Bartali regresaba al Tour acompañado, esta vez sí, por Fausto Coppi, incontestable ganador del Giro de aquel año, tras firmar una frágil tregua conseguida tras mucho sudor por su entrenador y director del equipo italiano, el ex-campeón del Giro Alfredo Binda. La rivalidad entre los dos ciclistas ya había arruinado las posibilidades de Italia en el Campeonato del Mundo de aquel año, y Binda no estaba dispuesto a repetir la historia en el Tour. Esta vez habrían de cooperar. Para evitar problemas, el director asignó a cada corredor sus propio grupo de gregarios.
Coppi asciende el Tourmalet
El Tour de 1949 (que por primera vez llegaría a suelo español) tuvo como primer líder estable a Jacques Marinelli. Sin embargo la escuadra italiana parecía naufragar, con Bartali y Coppi perdiendo cada vez más tiempo en la general. En la quinta etapa Coppi trató de enmendar su situación metiéndose en una escapada con el líder, pero un mal encontronazo con un espectador le dejó en el suelo. El difícil Coppi rechazó una bicicleta del coche del equipo y exigió su bicicleta personalizada, que iba en el coche del director. Cuando Bartali le alcanzó decidió esperar junto a él, hasta que Binda llegó con la bici. Ambos salieron en persecución de la cabeza de carrera pero Coppi iba cada vez más despacio, quejándose de sentirse débil; cansado de ralentizar el ritmo, Bartali finalmente le dejó solo. Aquel día Coppi perdió 18 minutos, y se sintió maltratado. Amenazó con irse de la carrera. Tras una larga noche de conversaciones el director Binda logró convencerle de que siguiera corriendo.

Un Coppi más centrado comenzó su plan de remontada en la séptima etapa, que logró ganar arrancándole 7 minutos y medio a Marinelli. En la décima se produjo una escapada con dos italianos en ella, Fiorenzo Magni y Serafino Biagioni. El primero ganó la etapa y desplazó a Marinelli del primer puesto de la general. Ello no impidió que Coppi siguiera adelante. En la única jornada de los Pirineos se escapó junto con Jean Robic y Lucien Lazaridès. El enjuto Robic se hizo con la etapa gracias a un pinchazo del italiano, pero Coppi recortó quince minutos y se colocó noveno en la general a 14 minutes y 46 segundos de Magni.

Coppi hubo de esperar a los Alpes para asestar un nuevo golpe a la clasificación. En la etapa número 16 entre Cannes y Briançon el italiano esperó al último puerto del día, el Izoard, para demarrar junto a Bartali.  Los italianos comenzaron a meter minutos a sus rivales, pero Bartali pinchó en el Izoard; Coppi le esperó y solventado el problema continuaron hacia la meta, aventajando ya en 5 minutos a  Robic. La etapa era suya, y al ser el cumpleaños de Bartali un generoso Coppi le dejó de ganar, aunque estaba por delante de él en la clasificación. Así Bartali ganó la etapa y se enfundó el jersey amarillo, con Coppi segundo a poco más de 1 minuto.

En la siguiente jornada de alta montaña los italianos, demostrando una absoluta superioridad, volvieron a repetir su estrategia, atacando en el Petit St. Bernard. En el descenso Bartali pinchó de nuevo y una vez más Coppi le esperó; parecía que Binda había logrado definitivamente limar asperezas. Poco después Bartali se cayó a 40 kilómetros de la meta. Entonces Binda ordenó a Coppi que prosiguiera solo, tratando seguramente de no arriesgar la etapa. La victoria de etapa, y el jersey amarillo, eran para Coppi. Mantendría el amarillo durante el resto de los Alpes, y para no dejar dudas acerca de sí merecía la victoria final, Coppi machacó a todos en la larga crono de 137 kilómetros entre Colmar y Nancy. El italiano ganó la general y el premio de montaña, y se convirtió en el primer corredor en ganar un Giro y un Tour en el mismo año.


En el Giro de 1950 Coppi, gran favorito para ganar de nuevo el Tour, tuvo una lesión y no pudo participar de nuevo. El equipo italiano quedó bajo el liderazgo del veterano Bartali, de 36 años. Tras la décima etapa la carrera estaba liderada por el francés Bernard Gauthier, pero aun así los aficionados franceses estaban descontentos. En la primera gran etapa de montaña en los Pirineos Robic, aprovechando que la atención estaba concentrada en Bartali, aprovechó para escaparse. A pesar de sufrir una caída siguió adelante, pero en las cuestas del Tourmalet comenzó a desfallecer. Su compatriota Kléber Piot fue el primero en coronar el pico, en medio de los insultos y abucheos del público, que llegó a lanzar objetos a los ciclistas. El grupo perseguidor, formado por Bartali, Robic, Bobet y Ockers afrontó el Aspin donde en uno de los tramos se toparon con un fotógrafo. Bartali y Robic no pudieron esquivarle y chocaron contra él. La rueda delantera del francés quedó destrozada, mientras que parte del público acudió en ayuda de los ciclistas. Otros, sin embargo, hartos de la superioridad italiana en la carrera francesa, y quizás excitados por el alcohol, atacaron a Bartali. El jefe del Tour Jacques Goddet no tardó en llegar y comenzó a ahuyentar a los atacantes pegándoles con un palo. El incidente recordó los viejos tiempos de la carrera y el desastroso Tour de 1904. El indignado italiano decidió vengarse sobre su bicicleta; atacó dejando atrás a todos y colocándose como cabeza de carrera. Nada ni nadie le impidió ganar la etapa. Su compatriota Fiorenzo Magni se convirtió en el nuevo líder de la general.

Aquella noche un todavía furioso Bartali le comunicó a Binda su decisión de abandonar el Tour, así como su petición de que el resto de corredores italianos hicieran lo mismo. Italia había presentado dos equipos, uno de profesionales y otro de jóvenes promesas y amateurs. Éstos, más jóvenes y con ganas de demostrar su valía, no se mostraron demasiado contentos con la idea de marcharse a casa. Tampoco Magni, líder de la general. Pero finalmente el grado de Bartali se impuso como jefe de filas y todos los italianos se retiraron de la carrera. Temiendo represalias la organización cambió el final de una etapa que había de culminar en San Remo por otra localidad francesa. Aquella edición finalmente sería para el suizo Ferdy Kübler; el país del reloj de cuco tenía por fin un campeón del Tour de Francia.


El Tour de Francia de 1951 habría de partir por segunda vez lejos de París, esta vez en Metz. Junto a los equipos nacionales compitieron de nuevo equipos regionales. Francia, Italia y Bélgica competían con 12 corredores, mientras que otros países enviaron formaciones de 8 ciclistas. Por primera vez la carrera se adentraría en el Macizo Central francés, cubriendo la distancia en tres etapas entre Agen y Limoges.

Muchos veían en Suiza de nuevo favorita para hacerse con el maillot amarillo. Kübler, el actual campeón, lo había ganado casi todo aquel año: el Campeonato del Mundo, la Liège–Bastogne–Liège, la Fleche y las vueltas a Romandía y Suiza, además de lograr un tercer puesto en el Giro. "El cowboy", como le llamaban muchos por su pasión por los sombreros Stetson, era un excelente rodador que se defendía bien en la montaña. Junto a él la otra gran esperanza era Hugo Koblet, un elegante y apuesto corredor al que L'Équipe comparaba con Apolo; la gran especialidad de Koblet eran las cronos, donde resultaba imbatible, logrando acumular bastante tiempo con el que defenderse en la alta montaña. En 1950 Koblet se había convertido en el primer extranjero en ganar el Giro de Italia. Con ambos corredores en el equipo Suiza tenía mucho que decir aquel año, aunque realmente Koblet no figurara en las quinielas dado que la montaña no era su medio natural.
Italia contaba, además de con Bartali y Magni, con la que podía ser su mejor baza, Fausto Coppi; sin embargo el ciclista acababa de perder a su hermano, y como se iba a comprobar más tarde su mente sencillamente no estaba en la carrera. Los belgas tenían puestas sus esperanzas en Stan Ockers, mientras que por Francia sobresalían Jean Robic, Raphaël Géminiani y especialmente Louison Bobet, campeón de Francia y de la Milán–San Remo.

En la primera etapa Koblet intentó dar un golpe en el llano con una larga escapada, aunque fue neutralizado a 40 kilómetros de la meta. Las primeras etapas vieron la típica sucesión de nombres en el primer puesto de la general, con los favoritos esperando su momento cuando llegaran las primeras subidas en el Macizo Central.

Tras la crono de la séptima etapa, que se adjudicó, Koblet se había aupado a la tercera posición en la general, pero con la llegada de la montaña comenzó a perder puestos, mientras el francés Roger Levêque permanecía imperturbable en lo alto de la clasificación. Tras una gran actuación en la montaña durante la décima etapa que acabó ganando el español Bernardo Ruiz se colocó tercero. Pero al día siguiente Koblet dinamitó la carrera con una de las escapadas más audaces de la historia del Tour.

La etapa número 11 parecía que iba a ser la típica jornada calurosa de transición camino de la alta montaña, con alguna escapada de nombres anónimos que seguramente acabaría siendo fagocitada por el pelotón. Pero discurridos apenas 37 kilómetros Hugo Koblet aprovechó un repecho para demarrar del grupo principal junto al francés Louis Deprez. Entre los favoritos no hubo respuesta, ya que nada temían de Koblet. Restaban todavía 135 kilómetros para la meta; atacar tan pronto se antojaba suicida. Mientras tanto el ritmo del suizo era tan endiablado que Deprez se vio incapaz de seguirle. Cuando la ventaja alcanzó los 4 minutos el atónito pelotón comenzó a organizar la caza. Fueron los franceses quienes se pusieron en cabeza a marcar el ritmo, hasta que Bobet pinchó y tuvieron que socorrerle. Los italianos le sustituyeron, aunque de forma menos eficaz. A 70 kilómetros de meta Koblet todavía llevaba una ventaja de 3 minutos. Atrás se podía contemplar una imagen bastante inusual en una etapa de llano, con los Coppi, Bartali, Bobet y demás favoritos del pelotón en cabeza turnándose para reducir la diferencia. Pero aquel día ni todos los grandes nombres del ciclismo uniendo sus fuerzas pudieron doblegar a Koblet, quien, seguro de su victoria, en los últimos tramos por las calles de Agen sacó una esponja, se enjugó el rostro y después sacó un peine para llegar a la meta como si nada hubiera pasado. El pelotón llegó a más de 2 minutos, y tras su increíble gesta el suizo había escalado a la tercera posición, a 3 minutos 27 segundos de Levêque .

La siguiente jornada trajo más sorpresas. Se produjo una escapada de hombres anónimos, de esas de las que el pelotón no tiene nada que temer. Pero cuando se quisieron dar cuenta los diez hombres de cabeza aventajaban al grupo principal en 18 minutos. Wim Van Est, ganador de la etapa, se vistió el amarillo y se convirtió en el primer holandés en ser líder del Tour. Van Est trató de defender su primer puesto todo lo que pudo, pero en el descenso del Aubisque se precipitó fuera de la carretera. Aunque logró conservar la vida, y tras ser rescatado seguía deseoso de retomar la carrera, las autoridades del Tour le obligaron a montarse en una ambulancia. El Tour había acabado para él. Tras la primera etapa de montaña la carrera estaba liderada por Gilbert Bauvin, seguido de Serafino Biagioni a más de 6 minutos y Raphaël Géminiani.

En la etapa reina de los Pirineos Coppi por fin se dejó ver coronando en solitario el Aspin y el Peyresourde.  En el camino al Tourmalet Koblet pinchó una rueda. Nadie habría dicho que un experto en cronos como él podría volver a la lucha tras ese percance, pero aquel año el suizo parecía tocado por los dioses. Tras cambiar la rueda Koblet salió en persecución de Coppi, llevándose a Géminiani por el camino. En el sprint el suizo se impuso y se alzó con la victoria. Ahora Koblet vestía el amarillo, seguido de cerca por Bauvin y Raphaël Géminiani, ambos a menos de 1 minuto. Coppi era cuarto a más de 5 minutos.

Pasados los Pirineos el suizo había mantenido el amarillo, pero lo que parecía que iba a ser una etapa de transición se convirtió en otro duro ataque de Koblet, quien demarró junto a Géminiani y otros corredores. El corredor suizo ganó la etapa y ahora tan sólo Géminiani suponía un peligro. Coppi, enfermo (aunque algunos lo atribuyeron al sufrimiento de haber perdido a su hermano), se descolgó del pelotón, llegando a parar a un lado de la carretera para vomitar. Bartali y Magni le ayudaron a llegar a la meta. El italiano se dejó aquel 33 minutos que le desbancaban definitivamente de la lucha por el amarillo.

En la etapa 17 el Tour pasó por primera vez por las rampas del Mont Ventoux. Géminiani, Bartali y Lucien Lazaridès eran cabezas de carrera. Koblet había tenido problemas con el cambio de marchas y trataba de unirse a ellos. Géminiani tenía la oportunidad de meter tiempo al suizo, pero el jefe del equipo le pidió que se refrenara para que Bobet, que estaba acercando por detrás, pudiera unirse al grupo de cabeza. Ya todos juntos el grupo coronó el Mont Ventoux, pero en el descenso Koblet usó sus habilidades para alcanzarles. En los últimos kilómetros Bobet atacó en busca de la etapa. Aquel golpe de individualismo no gustó nada a Géminiani, abriendo una competencia innecesaria entre los dos que acabaría favoreciendo a Koblet

Coppi resucitaría en los Alpes para ganar una etapa pero la alta montaña no pudo con el suizo. En la última crono de aquel Tour Koblet sentenció la carrera ganando la etapa, a más de 5 minutos del segundo. De nuevo un suizo se alzaba con la victoria final en París.
Coppi conduce a Géminiani y Koblet por las rampas del Tourmalet.
El Tour de 1952 tuvo como principales novedades un premio para el ciclista más combativo de cada etapa, lo llevó al año siguiente a la clasificación general de combatividad. De nuevo la carrera pasaría por el centro de Francia, lo que permitió ascender por primera vez el Puy de Dôme. Aquel año se introdujo también la primera llegada en alto, y en la alta montaña se inauguraron dos nuevos puertos, hoy ya míticos: L'Alpe d'Huez y Sestrières. Tras las últimas dos victorias suizas, especialmente la última, la organización decidió reducir la longitud de las cronos individuales. ¿Habrían hecho lo mismo de haber favorecido a los franceses?

Aquel año el pelotón tuvo bajas importantes por lesión o enfermedad como fueron las de Louison Bobet, Ferdy Kübler y Hugo Koblet. Tras su gran actuación Francia podía confiar en Raphaël Géminiani, con Jean Robic como gregario de lujo. Una vez más Bélgica tenía como punta de lanza a Stan Ockers, podio en 1950 y quinto en la edición de 1951. Pero sin los peligrosos suizos aquel año la clara favorita era Italia. Lejos de su bajo estado anímico del año anterior,  Fausto Coppi, de 33 años, se había impuesto de forma aplastante en el Giro. A su lado tenía a un incombustible Bartali de 38 años. Aun así, el jefe del equipo italiano, Alfredo Binda, había tenido que convencer a Coppi para que volviera a rodar una vez más junto a su viejo rival.

Fausto Coppi se mostró intratable aquel año. Ganó la primera crono y tras la undécima etapa tenía a todos sus rivales a más de 20 minutos. Su superioridad era tal que la organización decidió doblar el premio al segundo clasificado de la general para que hubiera un atisbo de lucha. De nuevo el italiano logró aquel año ganar el Giro y el Tour. Coppi aun habría de añadir otro Giro a su abultado palmarés, pero nunca más volvió a correr el Tour. Era el fin de una era. Había llegado el momento de los corredores formados en la posguerra. Había llegado la hora de Louison Bobet.