sábado, 3 de agosto de 2013

El Tour de Francia: las primeras estrellas (1923-1929)

Pélissier no sabe cómo sufrir. Nunca ganará el Tour. Henri Desgrange.
Nous marchons à la “dynamite”. Francis Pélissier enseñando al mundo los secretos del dopaje.

Desde que Gustave Garrigou se hiciera con el Tour de 1911 ningún ciclista francés había vuelto a ganar la gran carrera francesa. El mejor posicionado para plantar cara a los belgas, Henri Pélissier, había malgastado todas las oportunidades que hubiera podido tener desde 1919 abandonando en cada edición a causa de sus disputas con Desgrange. De hecho ni él ni su hermano corrieron en las ediciones de 1921 y 1922. Sin duda el mayor de los Pélissier no era un ejemplo de humildad, pero nunca hasta entonces un corredor había plantado cara de forma tan frontal a la organización del Tour y a su cabeza pensante, un Desgrange cuyo férreo control sobre la carrera se encarnaba en un código espartano para el que los ciclistas parecían ser más peones en una extrema campaña publicitaria que deportistas o siquiera seres humanos.

El Tour de 1923 vio sin embargo un importante cambio en las reglas que abría un poco la mano a favor de los corredores: a partir de entonces se les permitiría cambiar piezas en vez de tener que reparar todo aquello que se rompiera o funcionara mal. Así se trataba de evitar la larga serie de injusticias deportivas que a lo largo de los años había privado a muchos corredores importantes obtener victorias de etapa o incluso proclamarse vencedores del Tour. También se introdujo un bonus de dos minutos para los ganadores de etapa. Además aquella edición vio el regreso de los equipos comerciales. El Automoto de los hermanos Pélissier presentó una armada poderosa con nombres ciclistas como Honoré Barthélémy, Hector Heusghem, Victor Lenaers, Ottavio Bottecchia y un futuro ganador del Tour, Lucien Buysse.

Tras la primera etapa el líder era el francés Robert Jacquinot, seguido del italiano Bottecchia que a punto había estado de no llegar a participar en el Tour después de que los planes del Automoto para congregar una armada italiana no surtieran efecto. El italiano no desaprovechó la oportunidad y atacó en la siguiente jornada. Bottecchia se hizo con la etapa y con el maillot amarillo. Fue el primer italiano en llevarlo.

Los hermanos Pélissier no estaban dispuestos a que se les subieran a las barbas en su propio equipo, y en la etapa entre Cherburgo y Brest atacaron al italiano quien supo responder y tan sólo perdió medio minuto frente a los franceses. En la cuarta etapa la victoria fue para Albert Dejonghe; el veterano Philippe Thys llegó terceró. Bottecchia perdió el primer puesto en favor de Romain Bellenger. Como ya le ocurriera en 1920, Henri Pélissier fue amonestado con dos minutos por tirar un neumático pinchado. Dado el carácter explosivo del francés aquello habría debido acabar en abandono, pero dispuesto como estaba a probar que era el mejor, Pélissier agachó la cabeza y tragó con la penalización.

En la sexta etapa llegó la hora de la verdad con la etapa reina de los Pirineos donde habrían de escalarse puertos como el Aubisque, el Tourmalet, el Aspin, y el Peyresourde. El escalador Jean Alavoine se hizo con la etapa sin dificultad, colocándose segundo en la general. Pélissier logró sacarle cuatro minutos a Bottecchia, pero eso no impidió que el italiano recuperara el liderazgo de la general. Tras otra etapa pirenaica Alavoine demostró su supremacía en la montaña ganando de nuevo pero nada cambió en los primeros puestos.

En la décima etapa la carrera se adentró en los Alpes, durante la cual se ascendería el temible Col d'Izoard, de 2.361 metros de altura y una media de 6,9% de desnivel. En el ascenso al primer puerto de la jornada, el Allos, se adelantó una escapada con Buysse, Alancourt, Alavoine y Bottecchia, aunque Henri Pélissier no tardó en unirse a ellos. Muy pronto quedó claro que el inexperto Bottecchia estaba teniendo problemas con un plato demasiado grande. Los tiempos del desviador aún no habían llegado y por entonces cambiar de marcha significaba tener que parar y desmontar la rueda trasera para poder cambiar el plato. En cuanto Pélissier notó las dificultades de Bottecchia atacó de forma inmisericorde. Buysse y Alavoine tan sólo pudieron unírsele durante la bajada. El trío permaneció junto en el Vars, pero Pélissier aprovechó la dureza del Izoard para demarrar y quedarse solo. El francés continuó en solitario hasta la meta.

Aquella jornada Henri Pélissier demostró por fin de lo que era capaz si se lo proponía. Tras su indiscutible victoria el francés se colocó lider con Alavoine a 11 minutos y Ottavio Bottecchia a 13. Aunque hoy en día estos tiempos podrían considerarse una ventaja más que suficiente en aquellos años se corría todavía de forma bastante individualista, con lo que el Tour todavía no estaba sentenciado. Pero en la onceava etapa  todavía restaban puertos alpinos importantes como el Galibier y el Aravis, y ciertamente Pélissier no desaprovechó su oportunidad. Ayudado por su hermano, quien se encontraba mejor tras haber corrido gran parte del Tour con una herida en la rodilla, Henri demarró y junto a su hermano no paró hasta llegar primero a la meta. Tan sólo Bellenger pudo oponer algo de resistencia, llegando tercero a más de 8 minutos. Ahora sí, el Tour era para Henri Pélissier, y ya nadie amenazaría su victoria hasta la llegada a París.

La edición del Tour de 1923 rompió completamente con el dominio belga de años anteriores. Francia vio cómo doce de las quince etapas eran ganadas por compatriotas, aunque corredores extranjeros como Buysse y especialmente Bottecchia demostraron que ser capaces de arrebatarle a Francia la victoria final en el Tour.
Los hermanos Pélissier
Efectivamente, en la edición de 1924 Bottecchia dejó clara su candidatura ya en la primera etapa, que ganó al sprint y le valió colocarse como líder. Durante la segunda etapa no hubo guerra entre los favoritos, y la tercera etapa se preveía similar, aunque finalmente acabó siendo una de las etapas del Tour más escandalosas de los años previos a la Segunda Guerra Mundial.

El ambiente ya se había caldeado durante la segunda etapa, cuando, una vez más, Henri Pélissier fue amonestado, esta vez por desprenderse de uno de los dos maillots que llevaba puesto ya que las temperaturas estaban siendo muy altas. Las reglas establecían que todo corredor debía finalizar la etapa con el mismo equipo con el que partiera de la salida. Pélissier protestó pero sus quejas de nada sirvieron. Con todo, el francés, a regañadientes, decidió permanecer en la carrera. Durante la tercera etapa el asunto de los jerseys siguió trayendo cola, y en un par de ocasiones un comisario registró al corredor para asegurarse de que llevaba toda su vestimenta con él. Aquello era más de lo que el volcánico ciclista podía soportar, y la altura de Coutances él y su hermano Francis abandonaron la carrera.

Todo podría haber acabado allí si no fuera porque más tarde aquella jornada un reportero del Petit Parisien, Albert Londres, notó que los Pélissier no se encontraban en el pelotón. Tras averiguar que habían abandonado, el periodista olió la noticia y regresó en su coche a Coutances, donde encontró a los hermanos tomando chocolate caliente en el bar de la estación. Londres se sentó con los hermanos y comenzó a anotar rápidamente lo que unas lenguas sedientas de venganza tenían que decir.  Henri se quejó de que el trato hacia él era completamente vejatorio. "Me llamo Pélissier, no Atlas", afirmó como resumen de su diatriba acerca de cómo Desgrange trataba a los ciclistas como meras bestias de carga.

Aquello no fue todo. Ante la atónita mirada del periodista los hermanos comenzaron a sacar todo el botiquín que llevaban consigo para aguantar las infernales etapas de más de 300 kilómetros que Desgrange ideaba en cada Tour. Pastillas, cloroformo, e incluso cocaína formaban parte del kit de los hermanos. Por supuesto los Pélissier afirmaron que aquella conducta estaba muy extendida. Se sabía que desde los inicios del Tour los corredores habían recurrido al alcohol como tonificante, especialmente en las etapas más frías, y que en las mastodónticas etapas de los primeros Tours el éter había sido ampliamente usado para calmar el dolor muscular. Pero hablar del uso indiscriminado de cocaína sí que podía causar realmente un escándalo. Francis remató la charla con su paralelismo con la cocaína. Aquella noche Londres tenía material más que suficiente para redactar un artículo de los que hacen historia. Y ciertamente así ocurrió, con un titular que entró a formar parte ya de la leyenda del Tour: Les Forçats de la Route.
Años más tarde Francis Pélissier trataría de quitar hierro a aquel asunto, afirmando que tan sólo le estaban tomando el pelo a Londres. Con todo aquel fue el primer gran escándalo de dopaje del Tour. Evidentemente no sería el último.

Con cocaína o sin ella aquel Tour siguió recorriendo Francia, pero ningún corredor pudo destronar a Bottecchia del primer puesto. Tras la creación del maillot amarillo el italiano se convirtió en el primer ciclista en llevarlo desde la primera hasta la última etapa.

Henri Pélissier fue sin duda una figura controvertida, un corredor temperamental y de mecha corta. Pero ningún otro ciclista antes se había enfrentado de manera tan frontal con Desgrange y su férreo código así como su fría aproximación a la carrera, por la que la heroicidad y el esfuerzo sobrehumano contaban más que el bienestar de los corredores. No era la primera vez que Pélissier atacara el concepto de carrera de Desgrange y la innecesaria longitud de las etapas. Pero quizás hiciera falta un escándalo como el de 1924 para hacer entrar en razón al organizador del Tour. Lo cierto es que la edición de 1925 aumentó el número de etapas de 15 a 18, con lo que la media de la carrera bajó a 321 kilómetros por etapa. Con todo, visto hoy en día una media resulta terrorífica.

Aquel año el Automoto alineó una vez más a un equipo granítico, con tres ganadores de Tour (Ottavio Bottecchia, Philippe Thys y Henri Pélissier) así como importantes corredores como Francis Pélissier y los también hermanos Lucien y Jules Buysse.

Una vez más Bottecchia se colocó como líder tras la primera jornada. Sin embargo en la tercera etapa una escapada llegó más lejos de lo esperado y el día acabó con el debutante belga Adelin Benoît encabezando la general, aunque Bottecchia estaba a tan sólo ocho segundos. En los días siguientes nada cambió en la general, aunque el luxemburgués Nicolas Frantz de 25 años venció en dos etapas consecutivas, apostándose como un gran valor de futuro. En la cuarta jornada se produjo un nuevo abandono de Henri Pélissier, aunque como novedad esta vez fue por problemas físicos. Las sexta etapa fue para Bottecchia en el sprint, pero ninguno de los ciclistas de cabeza llegó a demarrar. En la séptima, sin embargo, el italiano logró meterse en una escapada de seis hombres dejando al pelotón detrás. Nuevamenta Bottecchia ganó la etapa y desbancó a Benoît de la general.

Con la llegada de los Pirineos la carrera parecía favorecer al italiano, un escalador nato, pero contra todo pronóstico Benoît venció a Bottecchia en su terreno ganando la etapa y dejándole segundo en la general a seis minutos. Sin embargo el italiano no se quedó de brazos cruzados. En la segunda jornada pirenaica Bottecchia demostró la superioridad de su equipo. Arropado por Pélissier y especialmente por Lucien Buysse el italiano derrotó al solitario Benoît que llegó a la meta a más de 45 minutos. El italiano recuperó la general seguido de Frantz, ganador de aquella lluviosa etapa. En pago a sus servicios Bottecchia ayudó a Buysse a ganar las etapas 11 y 12. Y aunque en esta etapa ambos fueron penalizados con diez minutos por saltarse un control el italiano tenía la ventaja suficiente para conservar el maillot amarillo.

En la decimotercera etapa otro italiano, Bartolomeo Aymo, surgió del pelotón para protagonizar una escapada en solitario que le llevó a ganar etapa y a colocarse tercero en la general. En la siguiente jornada Buysse logró meterse en la general junto con Aymo, dejando fuera a Frantz. Pero nada hizo temblar la victoria de Bottecchia, que llegó de amarillo a París, y para demostrar su liderazgo se adjudicó también la etapa.

El Tour de 1925 fue el primero de la historia en la que ningún ciclista francés quedó clasificado entre los diez primeros. Había italianos, había luxemburgueses, y había muchos belgas. Bottecchia se confirmaba como el enemigo a batir, mientras que Lucien Buysse demostraba su gran progresión aparte de su generosidad en la carrera. Pero para el aficionado francés lo que aquello edición parecía demostrar es que no parecía haber ningún compatriota capaz de suceder a Henri Pélissier.

El Tour de 1926, con sus 5.745 km, sigue siendo el más largo de la historia. Por primera vez la carrera no saldría de París, sino de Évian, una pequeña localidad en los Alpes junto al lago Ginebra. Aquel año Pélissier había anunciado su ausencia en el Tour. Se retiraría al año siguiente. La ausencia del francés dejaba la lucha por el maillot en manos de dos italianos, Bottecchia y Aymo, y del luxemburgués Frantz.
Lucien Buysse sufriendo en el Tourmalet

El hermano pequeño de Buysse, Jules, ganó la primera etapa y se convirtió en el primer líder de aquella edición. Tras la tercera etapa le sucedió el belga Gustaaf Van Slembrouck. Su tranquilo reinado llegó a su fin en la décima jornada, la etapa reina pirenaica.

Aquel día se preveía dolorosamente interminable. Con una distancia de 326 kilómetros, una año más esperaban incólumes el Aubisque, el Tourmalet, el Aspin y el Peyresourde. Trece años antes el mayor de los Buysse, Marcel, había perdido el liderazgo por culpa de un problema mecánico. Ahora Lucien venía a los Pirineos dispuesto a resacir a su hermano. En esta ocasión el belga no tenía intención de ejercer de gregario para Bottecchia. Todo aquel día auguraba una jornada épica.

Para empezar la climatología aquel día puso el escenario de fondo perfecto para arropar el heroico sufrimiento de los ciclistas. Nadie hasta entonces había visto una metereología tan adversa en una etapa de un Tour. Lluvias torrenciales, niebla, un frío cortante. Aquel día los ciclistas habrían de perderse en un mar helado de barro.

Buysse no hizo esperar a sus contrarios y atacó en el primer puerto, el Aubisque. Bottecchia no pudo seguirle. Tan sólo Albert Dejonghe (segundo en la general) y Omer Huyse se fueron a rueda del belga. En el Tourmalet Buysse se quedó solo con Dejonghe, hasta que tres nuevos corredores se unieron a la fuga: Odile Tailleau, Léon Devos y Bartolomeo Aimo. Para cuando llegaron las primeras rampas del Aspin el belga ya había derramado en solitario. Tras 17 horas de carrera Buysse entró el primero en la meta. El segundo en hacerlo fue Aimo, a 25 minutos. Tan sólo 54 corredores acabaron la etapa. A medianoche todavía había ciclistas llegando a la meta. Se enviaron partidas en busca de quienes todavía no habían aparecido. La jornada había sido tan dura que incluso Desgrange accedió a aumentar el tiempo de corte. Aquel día apocalíptico Lucien Buysse había partido con 22 minutos de desventaja en la general. Ahora lideraba la general con más de media hora de ventaja sobre el segundo clasificado, Odile Taillieu. El que habría debido ser su más directo rival, Bottecchia, ni siquiera pudo acabar la jornada.

No contento con su proeza, en la siguiente etapa, otro día de alta montaña, Buysse acató y se llevó de nuevo la victoria. Aumentó su ventaja en la general hasta sobrepasar la hora. El Tour estaba sentenciado.

En 1927 Desgrange introdujo una novedad para hacer más emocionantes las etapas en llano, convirtiéndolas en una especie de cronos por equipos. Sin embargo aquella idea no cuajó y no duraría más que un par de ediciones. Pero por el momento iba a resultar un cambio significativo de cara a la general. Y lo que Desgrange no había calculado es que con ese sistema los corredores de los equipos más fuertes tendrían ventaja sobre quienes corrían en equipos más débiles o en solitario. No fue aquella, por otra parte, la única novedad de aquel año. También se aumentó el número de etapas a 24, reduciéndose los días de descanso a sólo cinco.

Aquella edición fue la primera de la historia, descontando el primer Tour, en el que ningún ganador de la carrera partió en la línea de salida. Bottecchia había sido asesinado apenas dos semanas antes de que comenzara la carrera. Se sospechó de los fascistas italianos, pero el crimen nunca fue aclarado. Por otro lado Lucien Buysse decidió no correr el Tour aquel año. Así pues el camino para el maillot amarillo quedó expedito para ciclistas como Nicolas Frantz, Bartolomeo Aymo o Francis Pélissier.

De hecho sería el hermano pequeño de Henri quien vistió el maillot amarillo durante las primeras etapas, hasta que en la sexta tuvo que abandonar por enfermedad. Hector Martin se convirtió en el nuevo líder tras la octava jornada.

A pesar de los cambios introducidos por Desgrange las etapas de alta montaña se confirmaron una vez más como las verdaderas jueces de la carrera. En los Pirineos Nicolas Frantz demarró y dejó a Martin a más de hora y media, quien aun así logró conservar al menos el tercer puesto en la general. Tras perder otra hora en la segunda etapa pirenaica sus esperanzas de estar en el podio de París se volatirizaron.

Frantz se mostró como el líder absoluto del Tour de 1927. Dos belgas le acompañaron en el podio. Sin embargo las buenas actuaciones de promesas como Antonin Magne (sexto en la general y una victoria de etapa) y especialmente de André Leducq (cuarto y tres victorias de etapa) parecían augurar que después de todo Henri Pélissier podría tener un sucesor.

1928 confirmó la cada vez mayor internacionalidad del Tour cuando un equipo australiano participó en la edición de aquel año. Que por cierto se cree que el primer español en correr la carrera francesa fue Vicente Blanco, en 1910.

Nicolas Frantz parecía dispuesto a renovar su victoria, confirmando que los días de gloria del Automoto habían llegado a su fin. Esto quedó claro cuando buscó la victoria en la primera etapa, cosa que consiguió. La superioridad de su equipo, el Alcyon, le ayudó a mantenerse como líder durante el resto de la carrera. Además aquel año Desgrange había recortado las etapas de montaña para evitar que fueran tan decisivas, con lo que si añadimos el nuevo sistema de competición para las etapas llanas no resulta raro que ningún otro corredor pudiera disputarle el maillot. Así Frantz ganó el Tour por segunda vez consecutiva.

1929. El inquieto Desgrange mantuvo aquella especie de crono por equipos para las etapas llanas, aunque las redujo tan sólo a tres en concreto.  Estaba claro que la idea no acababa de funcionar. Además, retomó reglas del pasado. Ahora los ciclista habrían de arreglarse nuevamente los pinchazos, y acabar las etapas con la misma bicicleta con la que habían salido al comenzar.

Frantz era el gran favorito para la general, aunque sus dos victorias habían coincidido con la ausencia del belga Lucien Buysse. Aquel año, sin embargo, Buysse retornaba a la carrera dispuesto a destronar al luxemburgués. Además la carrera contó en sus debutantes con un nombre ilustre, el de Charles Pélissier, el pequeño de la famosa saga de corredores franceses.

Aimé Dossche fue el primer líder de aquel año. Tras una escapada en la cuarta jornada el belga Maurice De Waele le relegó al tercer puesto de la general. De Waele ya había llamado a las puertas del maillot amarillo ocupando el podio en los dos años en que Frantz había ganado la carrera. Habría que ver si el luxemburgués o Buysse le permitían mantenerse en cabeza. Sin embargo fueron dos pinchazos durante la séptima etapa los que le derribaron del primer puesto.

Aquella jornada el nuevo podio estuvo constituido por un empate entre Nicolas Frantz, André Leducq y Victor Fontan. Al no existir todavía reglas para el desempate, los tres fueron galardonados con el maillot amarillo. En la novena etapa llegaron los Pirineos. De Waele y Fontan formaron una escapada junto al español Salvador Cardona. Una vez más De Waele sufrió un pinchazo con lo que quedó aislado del grupo de cabeza. Cardona sería el primer español en ganar una etapa del Tour de Francia, y lo hizo muy apropiadamente en la montaña. Por su parte Fontan se colocó como líder en solitario con De Waele segundo a nueve minutos.

Fontan, nacido en Pau, en el sur de Francia, contaba entonces con 37 años. Se había convertido en profesional en 1913. Herido en la guerra, tras el armisticio volvió a correr buscando su forma. Ganó dos Vueltas a Cataluña en 1926 y 1927, así como una Vuelta al País Vasco. Era considerado como el mejor corredor del sur de Francia, pero era reluctante a correr lejos de casa, con lo que apenas sí había corrido vueltas grandes. Hasta 1928 la única vez que había corrido el Tour no había podido acabarlo. Aquel año, sin embargo, Fontan ganó dos etapas y habría podido hacer más en la general de no ser por haber corrido en un equipo tan flojo. Por fin, en 1929, Fontan consiguió ser líder.

El gran sprinter Leducq en acción
Y sin embargo la suerte le abandonó en la décima etapa, también de alta montaña. Tras una caída su bicicleta quedó inservible. En ediciones anteriores quizás habría podido cambiarla, pero ahora la nueva regla estipulaba que debía llegar con ella a línea de meta. Un desesperado Fontan fue llamando de puerta en puerta en el primer pueblo que encontró hasta que le prestaron una. Se cargó como pudo su bici rota a la espalda y corrió así durante 145 kilómetros tratando de alcanzar sus rivales. Cuando por fin sucumbió a la idea de que aquella gesta era imposible abandonó la carrera entre lágrimas.

Tras aquella debacle De Waele retornó al primer puesto de la general, con Jef Demuysère a 14 minutos. Tras la decimotercera etapa el belga había aumentado su ventaja a 21 minutos, esta vez con Giuseppe Pancera como segundo clasificado.

La etapa número 14 constituía la etapa reina en los Alpes. En Niza el pelotón vio como un enfermo y tembloroso De Waele tomaba posición en la línea de salida. Sus compañeros de equipo rodaron literalmente codo con codo con el líder de la carrera. El Alcyon demostró aquel año su solidez apoyando a De Waele, quien gracias a sus compañeros pudo conservar el liderato aquel día. Dos días después el belga todavía no había podido recuperarse del esfuerzo, y el equipo pidió que la salida se retrasara una hora. La organización accedió. Poco a poco De Waele fue recuperándose y finalmente el belga pudo traspasar la meta de París como líder.

"¡Un cadáver ha ganado mi carrera!", explotó Desgrange. El organizador que había creado una competición que había de ser un reflejo de la gloria del esfuerzo individual vio como aquel año el trabajo en equipo había logrado lo que parecía imposible, que un ciclista enfermo se proclamase vencedor. No sólo eso, Desgrange sospechaba de la falta de combatividad de los equipos rivales. Furioso, anunció grandes cambios para las siguientes ediciones. Tras aquella edición de 1929 el Tour nunca volvería a ser igual.

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