domingo, 21 de julio de 2013

Forzados de la carretera: Historia del Tour de Francia

El Tour de Francia. Ciertamente la carrera que cualquier ciudadano de a pie relacionaría en primer lugar con el ciclismo. Para muchos entendidos no sería precisamente la mejor de las grandes carreras, ni podría compararse con la excitación de los criteriums o las carreras de una semana. Pero aun así su leyenda permanece incólume, pues más allá de sus etapas de transición, su férrea organización y sus escándalos, es innegable que a lo largo de la historia el Tour ha visto alguno de los momentos más gloriosos y emocionantes de la historia del ciclismo en carretera, haciendo de la carrera una competición legendaria que la hace, de un modo ciertamente intangible, distinta de sus competidores, el Giro y la Vuelta. Para muchos el ciclismo más puro sigue dándose en la carrera italiana, con la francesa pareciendo que se anquilosa en una competición más estándar. Pero cuando son los propios corredores quienes más buscan la gloria del Tour no cabe sino afirmar que el rastro de este particular El Dorado ciclista sigue brillando, atrayendo a febriles conquistadores a una dolorosa competición en la que la inmortalidad de la victoria está reservada a tan sólo unos pocos. Y es quizás el ciclismo no sea el deporte más duro del mundo, pero desde luego es el deporte de masas más exigente que existe. Porque como suele decirse, los ciclistas están hechos de una pasta distinta a la de futbolistas, tenistas o jugadores de baloncesto. Con todo, son hombres, y cualquiera mínimamente enterado de las circunstancias del Tour sabrán de los múltiples escándalos de dopaje que han sacudido a la carrera, especialmente en los últimos quince años. Pero curiosamente prácticamente desde su comienzo el Tour no fue ajeno a las trampas, las descalificaciones y el uso de sustancias dopantes. Y con todo, la carrera, el aura mística y heroica del ciclismo, sobreviven, incólumes, como las interminables curvas del Alpe D'Huez.
Henri Desgrange, fundador del Tour, en sus días de ciclista


La bicicleta y la carrera ciclista por excelencia hunden sus raíces en las últimas décadas del siglo XIX, cuando la Revolución Industrial comenzó a acelerar el paso del progreso, abriendo una época de tecnología y nuevas invenciones que parecían dan a entender que cualquier cosa que se propusiera el ser humano podría llevarse a cabo. El antepasado directo de la bicicleta fue el llamado velocípedo, nacido a principios del siglo XIX. Como cualquier invento de aquella época fueron varios los ingenieros e inventores que a lo largo de las décadas fueron desarrollando aquel novedoso vehículo de dos ruedas. El primer modelo más parecido a lo que hoy conocemos como bicicleta surgió en la década de 1860 con trabajos individuales de inventores y fabricantes tanto en Gran Bretaña como en Francia. Fue precisamente en el país galo donde por primera vez se consideró que la producción a gran escala de velocípedos podía ser un negocio rentable. Ya sólo restaba el neumático con cámara de aire de John Dunlop para que naciera la bicicleta con casi todos los ingredientes que la hacen reconocible a nuestros ojos. Cuando en 1900 se inauguró la Exposición Universal de París la bicicleta fue uno de los artículos estrella de aquel famoso evento. 

El desarrollo de las competiciones deportivas que iba a tener lugar en la transición del siglo XIX al XX fue posible sin duda gracias a la Belle Époque, el inusual periodo de estabilidad y paz que siguió en la Europa occidental a la Guerra franco-prusiana de 1871. Y el nacimiento del Tour desde luego no puede ser concebido sin tener en cuenta estas décadas de aparente tranquilidad en una Francia que había sido contundemente derrotada por los prusianos, lo suficiente para que el braco francés se quedara lamiéndose las heridas. 

El golpe psicológico había sido fuerte y si hablamos de estabilidad política quizás debieramos puntualizar que más bien era una estabilidad a nivel internacional, ya que la Francia que surgió de 1871 hubo de lidiar con los movimientos obreros socialistas de la Segunda Internacional, la lucha de clases y los esporádicos ataques anarquistas, que aunque escasos en número llegaron en algún momento a causar verdadera conmoción, como ocurrió en 1894 con el asesinato del presidente Marie François Sadi Carnot. Con todo la Francia de finales del siglo XIX fue mucho más estable políticamente de lo que lo sería en los años 30 del siglo siguiente. Aun así aquel mismo año de 1894 el infame caso Dreyfus sumió al país en una lucha interna entre partidarios y detractores así como entre conservadores y liberales que veían en Dreyfus un síntoma de que la cosas habían de cambiar. De repente en cada esquina y en cada cafetería se encendían controvertidas polémicas entre quienes creían que Dreyfus era inocente y quienes le creían culpable.

Esta división de opiniones también alcanzó al mayor diario francés deportivo, Le Vélo, aunque también se dedicaba a cubrir las noticias políticas. El editor del periódico, Pierre Giffard, creía firmemente en la inocencia de Dreyfus. Su pertinaz defensa del militar caído pronto le llevó a tener problemas con los patrocinadores del diario, entre los que se encontraban algunos de los más poderosos representantes del sector automovilístico. Ante este choque de intereses los anunciantes descontentos decidieron fundar su propio diario deportivo. Nacía así en 1900 L'Auto-Vélo, acortado en 1903 a L'Auto tras una demanda interpuesta por Giffard. Los dueños de nuevo periódico eligieron como editor a Henri Desgrange, un ciclista que había sido el primero en establecer el conocido como "récord de la hora" en 1893. Desgrange había escrito un manual de preparación para ciclistas, había sido director del velódromo del Parque de los Príncipes y había visto como Le Vélo había ignorado sus entusiastas propuestas relacionadas con el mundo del cliclismo. En Desgrange los inversores tenían pues a un perfecto editor para su nuevo periódico.


Muy pronto quedó claro que competir con un diario establecido como Le Vélo no iba a ser fácil. El nuevo periódico necesitaba un empujón que subiera las ventas, un truco publicitario, un conejo y una chistera. La idea de organizar una carrera ciclista vino al parecer del joven encargado de la sección de ciclismo de L'Auto, Géo Lefévre. En realidad no es que el concepto de las carreras ciclistas fuera novedoso. Pierre Giffard por ejemplo se encontraba tra una carrera establecida como la París-Brest-París y el periódico deportivo Le Véloce-Sport patrocinaba la Burdeos-París, pero Lefévre fue más allá y propuso una ciclópea carrera a través de toda Francia. Desgrange vio enseguida las posibilidades que encerraba aquella idea. Como aficionado al ciclismo sabía de la creciente demanda de carreras ciclistas que existía en las ciudades de provincias, frecuentemente ignoradas en las carreras de una semana que se concentraban sólo en las grandes capitales. Si salía como esperaban aquella competición podría ser un as en la manga con el periódico. Tras consultar con el contable del periódico, Victor Goddet, el ex-cliclista Desgrange puso la maquinaria en marcha. El 19 de enero el periódico anunció el evento. El Tour había nacido.

Acorde con los tiempos y el espíritu reinante de alcanzar nuevas metas y el reinante plus ultra, Desgrange concibió una carrera en la que como concepto ideal el ganador sería "el primero y el último", es decir, una carrera tan dura que sólo un corredor pudiera lograr acabarla. Aquel primer Tour de 1903 iba a consistir de tan sólo seis etapas, pero la carrera iba a alargarse a lo largo de un mes. Partiendo desde París, en el Norte, durante esas seis etapas la carrera pasaría en un amplio arco por las zonas central y meridional de Francia para luego regresar por la costa oeste de nuevo hacia la capital francesa. Los corredores gozarían de tres días de descanso entre etapa y etapa, con razón. Aquellas primeras etapas tenían una media de 400 kilómetros, y con las medias que permitían las bicicletas de la época y la preparación de los ciclistas una jornada podía alargarse hasta las 17 horas, por lo que la salida tenía lugar de madrugada, cuando todavía era de noche, para que pudiera haber tiempo para ser completada en un mismo día. Casi toda la carrera tendría lugar en el llano, salvo algunos pasos como el Col des Echarmeaux, aunque el gran reto estaría en la segunda jornada, donde se ascendería el Col de la République, de 1.161 metros.

Hijo de su tiempo, aquel primer Tour no presentaba todavía equipos, ya que la carrera había sido concebida como un canto a la individualidad y el heroismo. Cada corredor competiría individualmente, pagando previamente una tasa de diez francos. Aunque en otras carreras se permitía a los ciclistas contratar a guías que les asistieran en el camino, Desgrange prohibió esta práctica. A su vez tampoco tendrían tipo alguno de asistencia mecánica. Cada corredor se repararía sus averías. Al igual que hoy, el ganador sería aquel que completara las seis etapas en menos tiempo. Aunque aún no había maillot amarillo, se distinguiría al líder por un brazalete verde. En cada etapa los ciclistas de los primeros puestos podían ganar entre cincuenta y mil quinientos francos, mientras que el ganador de la carrera obtendría tres mil francos. Al contrario de lo que conocemos hoy, quienes abandonaban podían retomar la carrera en la etapa siguiente, pero ya no computaban para la clasificación general. 

Aquel primer Tour arrancó con 60 participantes, entre los que había ciclistas profesionales, semiprofesionales y amateur. La mayoría (49) eran franceses, pero participaron también cuatro belgas, cuatro suizos, dos alemanes y un italiano. Cerca de una veintena fueron patrocinados por diversas marcas y lucían publicidad de las mismas en sus bicicletas. El primer Tour de la historia ya tuvo sus favoritos; las primeras apuestas se dirimían entre el francés nacionalizado Maurice Garin e Hippolyte Aucouturier.

Previsto para el 31 de mayo, el Tour arrancó finalmente el 1 de julio a las 15:16 a las puertas del Café au Reveil Matin, en las afueras de París. La primera etapa presentaba un apocalíptico trazado de 467 kilómetros entre la capital y Lyon. Cada etapa tenía puntos de control y jueces repartidos a lo largo del recorrido para controlar que los corredores no hicieran trampas ni tomaran cómodos "atajos". Pasados 50 km el Tour ya presenció el primer abandono de un corredor. También se dio el primer escándalo cuando el francés Jean Fischer fue pillado usando un coche como guía. De los favoritos Garin fue el primero en imponerse, y a las once de la noche el de Arvier circulaba en cabeza junto con Émile Pagie. Su gran rival Aucouturier, aquejado de problemas estomacales, abandonaba la etapa. Alrededor de las 9 de la mañana del día siguiente (!) Garin entraba con Pagie en las calles de Lyon. Se produce el primer sprint del Tour. Garin se adelanta y entra primero con un tiempo de 17 horas, 45 minutos y 13 segundos. Garin se convierte así en el primer líder del Tour. De los sesenta que salieron de la cafetería tan sólo 37 corredores han logrado completar la etapa.

La segunda jornada arranca el 5 de julio en Lyon para finalizar en Marsella. 374 kilómetros de castigo y la primera etapa de alta montaña que los corredores suben prácticamente a pie, dado que las bicicletas de la época pesan demasiado. Aucouturier ya no cuenta para la clasificación general pero las reglas le permiten volver y optar a la victoria de etapa. Efectivamente el francés se alza con la victoria tras más de 14 horas de carrera. Garin entrará cuarto con una diferencia de 26 minutos. Pagie, protagonista de la primera etapa, lamentablemente protagoniza también la primera gran caída de la historia del Tour y abandona. Por otro lado Aucouturier, el que habría podido ser el gran rival de Garin, repetirá victoria en la tercera etapa que transcurre entre Marsella y Toulouse.

La cuarta etapa transcurre el domingo 12 de julio con Garin como líder incontestable, sacando a su más directo competidor, Leon Georget, más de una hora de ventaja. Además Garin se tomará la ventaja de alzarse con la victoria en la quinta etapa que transcurre entre Burdeos y Nantes.

La última jornada arranca el 18 de julio en Nantes, con 471 kilómetros de rodaje hasta París, con la meta establecida en el velódromo del Parque de los Príncipes. Como gesto de cortesía Garin solicitó al pelotón que le dejaran ganar aquella última etapa, pero el corredor Fernand Augereau se negó, dispuesto a presentar batalla. Aunque en su Tour ideal Desgrange habría tenido tan sólo a un único superviviente llegando a meta, fueron 21 los corredores que traspasaron la meta aquel día, con Garin, Augereau y el belga Julien Lootens escapados dispuestos a ganar disputarse la etapa. Finalmente fue el campeón Garin quien demarró en el sprint alzándose con la victoria de la etapa y también de aquel primer Tour.

Maurice Garin
Desde el punto de vista comercial el Tour de Francia fue un éxito. Durante las semanas en que estuvo en marcha la competición L'Auto pasó de una media de veinte a treinta mil ejemplares a vender cerca de sesenta mil, desbacando así al gran rival, Le Vélo. Un especial sobre la carrera con una tirada de 130.000 ejemplares se vendió fácilmente. Los patrocinadores de L'Auto aumentaron; Desgrange había logrado su objetivo. Ciertamente habría una segundo edición. La primera gran carrera por etapas había nacido.

En aquella primera edición las bicicletas, la organización y la misma formación de los corredores eran distintas a lo que conocemos actualmente, pero lo que hizo grande al ciclismo profesional y sus grandes carreras, así como lo que pueda amenazar con hundirlo, ya estaba presente. Aquel Tour de 1903 se caracterizó, como todos aquellos que le iban a seguir, por el heroismo, dolor y sufrimiento, buena y mala suerte, esfuerzos sobrehumanos, gestas individuales, la alegría de los vencedores, el anonimato de los derrotados. Además, aquellos primeros ciclistas habían transitado en etapas inhumanas por estrechas carreteras pedregosas, por la tierra y por el fango, sin asistencia alguna en carretera. Cada corredor había impregnado su piel de fango, polvo y sudor, y quienes habían completado la carrera podían ser considerados héroes semidivinos. Por otro lado, aquel primer Tour ya había visto los primeros accidentes y las primeras trampas de los corredores. Con todo, los ciclistas habían luchado contra los elementos, las cuestas y las malas carreteras, además de luchar contra sí mismos y sus rivales. Pero como se vería en ediciones posteriores, aquellos pioneros del Tour aún verían surgir enemigos donde menos se les podía esperar: entre el propio público.

1 comentario:

John P. Maaaula dijo...

Una competición realmente heroica, aquel primer tour. Y todavía siguen sudando bien, jeje.

Un saludo