jueves, 25 de julio de 2013

El Tour de Francia: una carrera francesa (1904-1911)

Vous êtes des assassins! Oui, des assassins! Octave Lapize haciendo saber su opinión a los jueces del Tour durante su ascenso pirenaico.

El Tour de Francia había nacido como un truco publicitario, una manera de conseguir más patrocinadores para el diario L'Auto y aumentar su tirada. Ambos objetivos se habían conseguido con creces, y la nueva carrera se había desvelado prácticamente como una revolución, ya fuera a nivel comercial, deportivo o popular. Eran aquellos tiempos en los que la clase media emergía de los oscuros años de la Revolución Industrial, no sólo con más y mejores derechos laborales, sino con más tiempo y dinero que gastar. Al transcurrir por muchos pequeños pueblos y capitales de provincia el Tour había arrastrado tras de sí una creciente legión de seguidores que seguían a los corredores en la carretera o mediante L'Auto, que en los días de carrera incrementaba enormemente sus ventas. Sin embargo aquella súbita popularidad, que por ejemplo había convertido en héroe nacional a su primer ganador, Maurice Gabin, iba a estallar en el rostro de sus organizadores durante su segunda edición.

El Tour de Francia de 1904 iba a mantener el mismo trazado que en su primera edición, a lo largo también de seis etapas, con salida y llegada en París. El reglamento también se mantuvo, con la excepción de que ya no habría corredores que se pudieran apuntar a una sola etapa. Para este segundo Tour el número de participantes aumentó hasta los 88 corredores, quienes correrían una vez más a título individual, aunque los patrocinios volvieron a ser la nota dominante.

Evidentemente el gran favorito para ganar la carrera era Maurice Gabin, aunque Hippolyte Aucouturier y Lucien Pothier, con un probado rendimiento en la primera edición, también contaban con opciones para hacerse con la victoria.

La primera etapa registró la primera gran caída colectiva de ciclistas, que llevó al primer abandono. Fue por lo general una de esas típicas etapas del Tour donde todo se complica y se forman abanicos que pueden ser muy peligrosos. Con una rotura mecánica Pothier quedó descolgado llegando a perder diez minutos, aunque logró reunirse con el grueso de los ciclistas en el kilómetro 174. Para entonces Aucouturier ya había quedado descolgado llegando a tener una hora de retraso. Además sufrió una caída y terminó la etapa a duras penas con una brecha en la cabeza. Finalmente Gabin y Luthier iniciaron una escapada buscando la victoria de etapa y la general. Sin embargo durante el transcurso de la escapada fueron increíblemente atacados por cuatro encapuchados, aunque los ciclistas pudieron acabar la etapa, que finalmente se adjudicó Gabin.

El ataque de aquellos enmascarados suscitó mucha polémica, así como la increíble mala racha de Aucouturier que sufrió extrañas caídas y pinchazos que no parecían debidos al simple azar. La lista de escándalos que sucedió a aquella extraña primera etapa fue interminable. Un corredor ya fue descalificado durante la carrera, otros fueron multados por descansar en lugares no permitidos o seguir la estela de un coche. Muy pronto se extendió la noticia de que Garin había pedido comida a uno de los jueces, algo que no estaba permitido. Aún peor, el juez se la había proporcionado ya que Garin era el ganador de la primera edición. Evidentemente este incidente fue la primera polémica mediática que conoció el Tour.

Si la primera etapa había sido accidentada, la segunda, de 374 kilómetros entre Lyon y Marsella, no fue una excepción. Ya se había sospechado de que seguidores de Garin quizás habían saboteado al pobre Aucouturier, pero en esta ocasión la participación de los seguidores a favor de uno de los ciclistas fue flagrante. Todo ocurrió cuando el corredor Antoine Fauré se colocó como lider virtual durante la carrera. Natural de Lyon, sus paisanos no dudaron en echarle una mano atacando al pelotón e impidiéndoles el paso. Varios corredores, entre ellos Garin, resultaron heridos, y los vándalos no se dispersaron hasta que llegaron los jueces de la carrera realizando disparos al aire. De los heridos tan sólo uno tuvo que abandonar la carrera. Aun así más adelante una ristra de cristales rotos provocó multitud de pinchazos. Con todo este jaleo sucediendo detrás Fauré coronó en solitario la Col de la République, aunque finalmente acabaría siendo interceptado por el pelotón. El ganador al sprint fue Aucouturier.

Aquella segunda etapa había sido un caos completo, incluso en la llegada, donde muchos tiempos no se tomaron correctamente. Muchos corredores protestaron por los ataques, incluido Garin, quien había tenido que finalizar la etapa usando sólo un brazo.

En la tercera etapa, entre Marsella y Toulouse, los incidicentes volvieron a sucederse. En Nimes los seguidores de un corredor local apedrearon al resto de participantes y organizaron una barricada para paralizar la carrera. Un corredor vio como su bicicleta era destrozada y tuvo que buscar otra. Finalmente la carrera se reanudó, aunque de nuevo los cristales rotos hicieron sus estragos. Los corredores importantes organizaron una escapada y de nuevo fue Aucouturier quien se alzó con la victoria de etapa.

La cuarta jornada transcurrió sorprendetemente sin problemas, pero en la siguiente etapa fueron esta vez clavos esparcidos en la carretera los que causaron múltiples pinchazos. Henri Cornet, un joven de 19 años que se había destapado como uno de los favoritos, pinchó las dos ruedas. Al no estar permitida la asistencia tuvo que completar la etapa con las dos ruedas pinchadas. Una vez más Aucouturier ganó la etapa, aunque Garin seguía aferrado al primer puesto.

Henri Cornet
La historia se repitió en la llegada a París, a la cual llegaron 27 supervivientes. Aucouturier ganó su cuarta etapa y Garin se proclamó vencedor de la general sin contestación alguna. En la carretera al menos. Aunque varios corredores ya habían sido descalificados por usar coches y trenes, las protestas acerca de corredores haciendo trampas y usando vehículos no autorizados fueron tan generalizadas que la UVP (como se llamaba entonces la Federación Francesa de Ciclismo) tomó cartas en el asunto para investigar las denuncias que habían realizado muchos corredores y testigos de la carrera. A finales de año la UVP encontró que varias denuncias contra varios de los principales corredores eran ciertas, con lo que desposeyó a Garin de su título (además de ser inhabilitado dos años) y se anularon todas las victorias de etapa. Pothier y Aucouturier fueron también descalificados y sancionados. Tras las correspondientes sanciones resultó que el ganador final de la carrera de aquel año fue el joven Henri Cornet, quien aún hoy ostenta el récord de ser el corredor más joven que haya ganado un Tour.

Tras aquel escandoloso Tour la carrera podría haber desaparecido para siempre, pero a pesar de alguna declaración en otro sentido, Desgrange decidió organizar una tercera edición. Se cambió el método de clasificación, que ya no estaría basada en el tiempo sino en un sistema de puntos. También se modificó el recorrido, que se amplió hacia el nordoeste, incluyendo ciudades como Rennes y Caen. En la medida de lo posible se intentó evitar cruzar o finalizar la carrera en los pueblos, dado los sabotajes sufridos en la pasada edición. Además Desgrange decidió acortar el kilometraje de las etapas para así evitar tener que correr de noche, lo que podía favorecer el que las trampas de los corredores pasaran inadvertidas. Aun así las jornadas seguían siendo salvajemente largas, superando en su mayoría los 300 kilómetros de recorrido. En aquella tercera edición tendría un total de 11 etapas.

Pero sin duda el mayor cambio de aquel Tour, y que lo acerca a lo que conocemos hoy en día, fue la inclusión de etapas de alta montaña. Aunque en las dos ediciones anteriores ya se había ascendido un puerto importante como el Col de le République, para esta edición uno de los trabajadores de la organización, Alphonse Steinès, conminó a Desgrange a hacer todavía más heroica la victoria del ganador y la gloria de los corredores añadiendo lo que hoy conocemos como una etapa de alta montaña. Aquel nuevo reto tendría lugar en la cuarta etapa, entre Grenoble y Toulon. Los corredores se adentrarían en la cordillera de los Vosgos, donde subirían dos grandes puertos, el Bayard y la rampa de Laffrey. Desgrange accedió a esta proposición a regañadientes, temeroso de que los corredores no pudieran cruzar los puertos y la idea fuera un fracaso. Aunque cuando se demostró que la reacción del público fue de total entusiasmo, Desgrange no dudó en darse todo el mérito.

A pesar de todas las precauciones la primera etapa volvió a ser saboteada con clavos en la carretera, provocando estragos y la llegada de sólo quince corredores a la meta. Dada la catástrofe Desgrange aceptó abrir la mano y no penalizar a aquellos corredores que hubieran finalizado la etapa usando coches o trenes. El ganador de la primera etapa, y primer líder de aquella edición, fue Louis Trousselier, apodado por los redactores de L'Auto como "el florista". Ya desde el primer Tour los apodos para los corredores destacados fue una práctica común, ya que Desgrange creía que así se ayudaba a aumentar la popularidad de los ciclistas, y por ende, de la carrera.

La segunda etapa presentaba ya otra de las novedades de alta montaña, el Ballon d'Alsace, con una ascensión de 12.5 kilómetros y una media de desnivel del 5.2%, que alcanzaba en algunos tramos el 10%. El ganador fue Hippolyte Aucouturier. Segundo fue Renné Pottier, quien se alzó con el liderazgo de la carrera. Su alegría no duró demasiado: en la siguiente etapa Trousselier se alzó vencedor y recuperó el primer puesto. Ya no lo perdería en lo que quedaba de carrera, con lo que se acabó declarando ganador de aquel tercer Tour. Aucouturier realizó a su vez una gran carrera, ganando tres etapas y llegando segundo a París. A pesar de los pinchazos del primer día, aquel Tour de 1905 fue mucho más relajado y la carrera se desarrolló sin incidentes graves. Los cambios parecían haber funcionado. Aparentemente.

René Pottier
El Tour de 1906 alcanzó la por entonces inusitada cifra de 4.545 kilómetros a recorrer en 13 etapas. Desgrange se había decidido a que la carrera llegara a recorrer todo el perímetro francés en lo que era casi literalmente una vuelta a Francia. Tras el éxito obtenido mantuvo las etapas de alta montaña y las jornadas más cortas. 

Aquella cuarta edición auguraba un enfrentamiento abierto entre Louis Trousselier, el ganador de la pasada edición, y René Pottier, quien se había alzado líder hasta que un accidente le dejó fuera de la carrera. También se esperaban grandes gestas de Hippolyte Aucouturier. La primera etapa de 275 km entre París y Lille vio triunfar a Émile Georget, con Trousselier y Pottier llegando con poca diferencia en tercera y cuarta posición respectivamente. La discreta actuación de Aucouturier parecía dejarle fuera de la lucha por la victoria final.

En la segunda etapa los sabotajes volvieron a la carrera. Se produjeron muchos pinchazos por la presencia de clavos en la carretera y se repitieron las agresiones de espectadores indignados a tal o cual corredor. Pottier sufrió no uno sino varios pinchazos, pero aun así no sólo logró rehacerse sino que tras alcanzar la cabeza de carrera demarró y se hizo con la victoria de etapa y el liderazgo.

La tercera etapa entre Nancy y Dijon podría considerarse como la primera gran gesta que haya presenciado el Tour. Tras haber metido a Trousselier 45 minutos en la etapa anterior, en esta tercera jornada, que incluía la ascensión al Ballon D'Alsace, Pottier hizo gala de su poderío demarrando a mitad de etapa. Por delante le quedaban 200 kilómetros de carrera en solitario. En una actuación sin precedentes Pottier no sólo aguantó en cabeza sino que ganó la etapa con 45 minutos de diferencia con el segundo clasificado. Cuatro corredores fueron descalificados aquel día por coger el tren. Pero no cabía duda de que aquel Tour de 1906 ya tenía ganador. Y efectivamente Pottier acabó llegando a París como líder. Sin embargo su brillante futuro como ciclista no duró mucho. Cuando regresó a su hogar Pottier descubrió que su mujer le había sido infiel mientras él había estado corriendo el Tour. Incapaz de superar el desengaño, Pottier se ahorcó en enero de 1907.

El quinto Tour de Francia comenzó el 8 de julio de 1907. Con un recorrido parecido al anterior Tour, y dividido en 14 etapas, aquella edición auguraba una gran rivalidad entre Georges Passerieu y Louis Trousselier, quien había acabado tercero.También cabía estar atentos a lo que pudieran hacer Émile Georget y Lucien Petit-Breton. Con la triste desaparición de René Pottier las opciones estaban muy abiertas. La gran novedad de aquel año fue la incursión del Tour por primera vez en territorio extranjero. O casi, ya que la segunda etapa finalizaría en Metz, por entonces en manos del Imperio Austrohúngaro, aunque previamente a 1871 había formado parte del territorio francés.

Lucien Petit-Breton
La primera etapa dio ventaja a Trousselier, seguido de cerca por Petit-Breton, quien se proclamó líder. Dos días después en la segunda etapa se produce una escapada formada por Trousselier, Georget y Petit-Breton. Georget gana al sprint y se aupa al tercer puesto. Fue en la tercera jornada donde Georget dio el golpe de mano definitivo durante la subida al Ballon D'Alsace. El corredor se proclamó vencedor y líder, dejando a Trousselier a 11 minutos y a Petit-Breton a 17. Sin embargo en la clasificación general Georget tan sólo sacaba un punto a Trousselier

14 de julio. Día Nacional de Francia. Otra etapa con montaña. Georget se mete en una escapada con otros tres corredores. No gana la etapa pero aumenta su ventaja respecto a Trousselier. Dos días después se corre la etapa entre Lyon y Grenoble. Durante la jornada se subirán dos puertos, Les Echelles y el Col de Porte. Nuevo golpe de mano de Georget, quien está dominando la carrera claramente y se hace con la etapa. Trousselier permanece en la tercera posición, pero ya les separan 11 puntos.

22 de julio, arranca la octava etapa. Georget se ha adjudicado dos etapas más. Trousselier está segundo, pero la diferencia es grande. Tras meterse en la escapada de cabeza Petit-Breton se coloca en tercer puesto, a 17 puntos del líder. Nueva victoria para un impresionante Georget. En los puestos de cabeza no se producen cambios.

Llega así la polémica novena etapa. Aunque no se habían oficializado todavía la extensión de los patrocinios había formado en la práctica equipos ciclistas. Georget, por ejemplo, corría por cuenta de la Peugeot. Otros corredores hacían lo mismo, y por primera vez se dieron casos de ciclistas que corrían al servicio de un líder. Fue entonces cuando durante la carrera Georget rompió el cuadro de su bicicleta. Aunque podía repararla (por vez primera la organización había incluido aquella edición un coche con un mecánico para asistir a los corredores) el ciclista sabía que de hacerlo perdería toda opción de ganar en París. Por ello decidió cambiar la bicicleta con un compañero de sponsor y continuar el camino. Aun así el percance le permitió a Petit-Breton tomar ventaja y hacerse con la victoria. Cuando la organización supo de la maniobra ilegal de Georget le multó y le amonestó con 45 puntos. Así tras su victoria en la etapa Petit-Breton vio como recortaba distancia con el líder. Trousselier sintió que se había sido indulgente con Georget, por lo que él y su equipo de esponsorizados se retiraron de la carrera como protesta.

Tras la décima etapa y el portazo de Trousselier, la organización decidió empeorar el castigo de Georget. Petit-Breton se convirtió en el líder virtual de la carrera. Despejado el camino de sus más directos rivales, ya sólo tenía que defender su posición y proclamarse campeón, como así sucedería. 

Fue aquel un Tour, como los anteriores, sin eliminación por fuera de control. Lo que permitió a gente como el aristócrata Henri Pépin aprovechar la carrera para, junto a dos ciclistas a sueldo, realizar una ruta turística y gastronómica por toda Francia, irritando a los jueces que esperaban su llegada horas después de que hubiera acabado la etapa. Sin duda Pépin debería ser contado entre las razones que llevaron a establecer el fuera de control.

El Tour de 1908, que prácticamente calcaba el recorrido del año anterior, tuvo como principal novedad la introducción de llantas desmontables, lo que agilizaba enormemente la reparación de los pinchazos. Aunque todavía eran muchos los corredores independientes, la extensión de los ciclistas que corrían para patrocinadores llevó a Desgrange a obligar a todos los participantes a correr con cuadros proporcionados por la organización para evitar que los patrocinados partieran con ventaja.

Aunque su victoria había sido merecida, Petit-Breton había de demostrar en aquel Tour que realmente podía ganar sin que hubiera penalizaciones de por medio. Efectivamente así fue: Petit-Breton ganó cinco etapas y demostró un dominio insultante, así como una destreza en la mecánica que le salvó de más de un apuro. Fue así como se convirtió en el primer ciclista en ganar dos Tours. Sin embargo un nuevo rival había surgido de entre el pelotón, un luxemburgués de 20 años llamado François Faber.

El Tour de 1909 sin embargo no vería un duelo entre Petit-Breton y Faber. Cuando el primero decidió no participar todas las quinielas apuntaron a Faber como el máximo favorito. Aquel Tour marcó, de forma oficiosa, el inicio real de la competición por equipos, aunque oficialmente los corredores seguían participando a título individual. Ese año se registró un nuevo récord de participantes con 150 ciclistas en la línea de salida. La popularidad de la carrera era tal que por aquella época carreras equivalentes comenzaron a establecerse en otros países.

En un Tour que en la época se consideró el más duro que se hubiera corrido, no sólo por una mayor presencia de montaña sino por unas condiciones climáticas que incluyeron lluvias torrenciales y nieve, Faber se colocó segundo tras la primera etapa, y tras ganar la segunda ya se había aupado al liderato. Conocido como el "Gigante de Colombes" por su gran altura, Faber era un luxemburgués afincando en Francia que había debutado en la carrera gala tres años atrás. En una progresión constante Faber iba demostrar que aquel año había llegado en una gran plenitud de fuerzas. En una gélida jornada con apenas unos grados sobre cero el luxemburgués se adjudicó la tercera etapa a pesar de haber roto la cadena de la bici y haber tenido que recorrer el último kilómetro cargando con ella. Imbatible, Faber se adjudicó también la cuarta y quinta etapas, a pesar de que en esta última fue derribado dos veces, una por un golpe de viento y otra por ¡una coz de caballo! Sus proezas que eran relatadas a diario en L'Auto provocaron que al final de la séptima etapa una masa enfervorecida se hubiera congregado para verle. Faber no les decepcionó y cruzó la línea de meta también en esa ocasión en primera posición, logrando el todavía imbatido récord de ganar cinco etapas consecutivas en un Tour. Evidentemente su dominio fue tan incontestable que al llegar a París (y a pesar de una presumible pájara en la décima etapa) se proclamó como el primer vencedor de la carrera que no era francés, aunque el siempre dijo sentirse como tal. La actuación de Faber y su equipo había sido tan demoledora que cuando tras la séptima etapa abandonaron una cincuentena de corredores la organización tuvo que pedir al de Luxemburgo que aflojara un poco el pie para dar emoción a la carrera.

El Tour de 1910 constaría de una distancia total de 4.737 kilómetros. En la línea de salida de París se alinearon 110 corredores, 30 de los cuales corrían para los tres equipos concurrentes aquel año: Le Globe, Legnano y el topoderoso Alcyon, que contaba en sus filas con Faber y el gran escalador Octave Lapize. Aquel sería el primer Tour en que el recorrido se adentraría en los Pirineos.

Tras la primera etapa el Alcyon impuso su supremacía con Gustave Garrigou adjudicándose la primera etapa. En la segunda jornada el gran rodador que era Faber impuso su ley con una clara victoria de etapa que le puso como líder de la carrera. Tras la tercera etapa la general comenzó a perfilar como candidatos a Faber, Cyrille Van Hauwaert y Octave Lapize. En la cuarta etapa Faber logró una nueva victoria, mientras que Lapize se adjudicó la quinta, aunque los 22 minutos le que metió al luxemburgués no bastaron para hacer temblar su liderazgo.

En una época en que aunque se corriera para el mismo equipo seguía primando el individualismo la rivalidad entre Faber y Lapize causaba expectación. Sin embargo la mala suerte se interpuso en el camino de Faber. Durante la séptima etapa el luxemburgués chocó con un perro lo que provocó una seria caída. Aun así el corredor volvió a la carrera e incluso se adjudicó la victoria, pero el esfuerzo y sobretodo las heridas a consecuencia de la caída le dejaron tocado a falta de dos jornadas de que llegaran los temidos Pirineos.

La idea de incluir los Pirineos había sido de nuevo de Steinés, quien ya persuadiera en su día a Desgrange para incluir una etapa de alta montaña en el Tour. Pero una cosa era subir picos de 700, 800 o como mucho mil y pico metros, que enfrentarse a un puerto como el Tourmalet con sus más de dos kilómetros de altura. Cuando se conoció la noticia muchos medios realizaron apocalípticas previsiones, tachando la idea de bizarra casi de irresponsable. Tras saberse que el recorrido pasaría por los Pirineos más de 20 corredores inscritos se dieron de baja. Desgrange en un principio rehusó la idea de llevar a los corredores por esos peligros caminos, pero Steinés le aseguró que era posible.

Lapize sufriendo en los Pirineos
La primera jornada pirenaica con 289 kilómetros de recorrido tendría como protagonistas el Portet d'Aspet y el puerto de Ares. La etapa era ideal para Lapize, quien no la desaprovechó. Se proclamó vencedor con más de 20 minutos de ventaja sobre su más directo competidor. Faber se colocó tercero, con lo que Lapize logró recortar distancias pero el luxemburgués seguía como líder. Dos días después llegó la temida décima etapa entre Luchon y Bayona. Con una distancia de más de 300 kilómetros aquella etapa infernal tenía cuatro puertos que coronar: el Peyresourde, el Aspin, el Aubisque y sobretodo el Tourmalet, del cual se contaban cosas terribles. Antes de ascender el Aubisque con sus 1.700 kilómetros los corredores hubieron de sufrir las altas rampas del Tourmalet, que Lapize coronó primero, aunque el único corredor que logró ascenderlo sin poner pie a tierra fue Gustave Garrigou, por lo que se le concedió un premio extra de cien francos. Fue allí (aunque otras fuentes citan el hecho en el Aubisque) cuando Lapize llamó asesinos a los jueces. Sus sentimientos eran más que comprensibles: tras ascender el Tourmalet Lapize tuvo una pájara y fue alcanzado por uno de los anónimos corredores del pelotón, François Lafourcade. Sin embargo durante la bajada del Aubisque Lapize logró rehacerse y se puso de nuevo en cabeza, ya hasta llegar a la meta.

Con Faber todavía en cabeza, en la doceava etapa Lapize aprovechó un pinchazo del líder para demarrar junto a Garrigou y otros corredores. Su escapada tuvo éxito y la victoria se la adjudicó Louis Trousselier. Aunque Faber tan sólo llegó unos segundos después, al ser un sistema de puntos Lapize logró ponerse a tan sólo un punto del luxemburgués. Tras una etapa ganada por Garrigou la victoria final parecía depender de las dos figuras del Alcyon, con Garrigou tercero a una distancia de 20 puntos.

En la etapa 14 Faber decidió contraatacar arrancando casi desde la salida. Logró adquirir ventaja hasta que un pinchazo dio al traste con sus planes. Lapize, ayudado por Garrigou, le sobrepasó y siguieron en solitario hasta la meta. Lapize se alzó victorioso además de líder de la general con seis puntos de ventaja. En la última etapa fue Lapize sin embargo quien pinchó rueda. Por entonces aún no había un último día de honor para el líder, por lo que Faber aprovechó su oportunidad y atacó. Sin embargo la mala suerte se cebó de nuevo con él y otro pinchazo arruinó su ataque. El luxemburgués ya no pudo impedir que Lapize llegara a París como campeón del Tour. Un Tour que conoció su primera víctima: Adolphe Hélière, un corredor que se ahogó mientras nadaba en un día de descanso. Había sido aquel un durísimo y disputado Tour en el que sólo 41 corredores lograron llegar a París.

El éxito de la alta montaña y la experiencia de los Pirineos llevó a la organización a incluir también etapas con grandes puertos en los Alpes. Se conformaba así el Tour moderno con el ciclópeo Col du Galibier de 2.645 metros como el pico rompepiernas en el tramo de los Alpes. Sería el Tour más largo hasta entonces, con una distancia total de más de cinco mil kilómetros. Un año más el equipo Alcyon presentó una alineación demoledora con Trousselier, Faber y Garrigou como puntas de lanza. El ganador del año anterior, Lapize, se había pasado al La Français, junto a Petit-Breton y Émile Georget.

La primera etapa ya dejó fuera de combate a Petit-Breton, quien tuvo que abandonar la carrera a consecuencia de una caída. Sorprendentemente fue Garrigou, el gran escalador, quien se hizo con la etapa en llano. En la tercera etapa, con la sempiterna subida al Ballon d'Alsace, Faber demarró y se fue en solitario. En su frenesí se saltó uno de los controles de firma y hubo de perder más de dos minutos para volver y enmendar su error. Aun así acompañó en la línea de llegada al vencedor de la jornada, Jules Masselis, quien se puso en cabeza de la general. Lapize, hundido a más de 40 minutos, decidió abandonar la carrera. El Tour quedaba pues a disposición de Faber, Masselis y Garrigou. Éste último logró ponerse en cabeza tras la cuarta etapa, y en la quinta, con subidas al Télégraphe y el Galibier, tuvo el campo abonado para aumentar su distancia con Faber, un hombre de llano. Al día siguiente, todavía con puertos que escalar, aunque más asequibles para el luxemburgués, Faber atacó y se hizo con la etapa. Sin embargo el golpe no bastó para hacer temblar a Garrigou en la general. En las siguientes etapas emergió una nueva amenaza, Paul Duboc, un corredor de fondo que tras adjudicarse dos etapas consecutivas que colocó segundo en la general, a diez puntos de Garrigou.

La décima etapa suponía la temida jornada pirenaica con cuatro puertos a conquistar: el Peyresourde, el Aspin, el Tourmalet y el rompepiernas Aubisque. La jornada, como se vería después, fue digna de un relato de Hercules Poirot. El primer favorito en atacar fue Duboc, quien coronó el Tourmalet en solitario. Tras pasar por el avituallamiento en la base del puerto siguió hacia el siguiente punto de control. Tras pasarlo un espectador le ofreció bebida y Duboc la aceptó. El corredor siguió su camino, pero escalando el Aubisque comenzó a sentirse mal. Duboc se pusó pálido y finalmente se derrumbó, vomitando. Las draconianas reglas del Tour prohibían expresamente cualquier ayuda a los corredores, con lo que el pobre Duboc se quedó en el suelo entre retortijones mientras el resto de corredores pasaban sin poder hacer nada por él. Finalmente el ciclista pudo recomponerse lo bastante como para montar en su bicicleta y acabar la etapa, a más de una hora del vencedor, Maurice Brocco.

Era evidentemente que se había producido un intento de envenenamiento. Las primeras sospechas recayeron evidentemente en el anónimo espectador que ofreció bebida a Duboc. ¿Y quien tenía razones para querer envenenar a Duboc? Todo apuntaba a Garrigou. No había pruebas, pero el público ya tenía su culpable. Según se acercaba el paso del Tour por Rouen (cuna de Duboc) la tensión crecía. Desgrange decidió ponerle a Garrigou un guardaespaldas. El que Brocco fuera finalmente descalificado y la décima etapa fuera adjudicada al líder no ayudó a su calmar los ánimos precisamente. Finalmente Desgrange decidió pintar la bicicleta de Garrigou de otro color y disfrazarle con bigotes y gafas. El truco debió funcionar y el corredor pudo continuar la carrera hasta la victoria final. Sobre el envenamiento de Duboc nunca se supo del todo la verdad, aunque ahora se cree que quizás la bebida ponzoñosa estaba ya en el avituallamiento de salida y que Garrigou no tuvo nada que ver con ello.
Gustave Garrigou

Desde su creación el Tour había crecido en medio de un gran éxito, aunque aprendiendo paso a paso, como un niño pequeño. Sin embargo cada vez eran más los ciclistas que deseaban participar en aquella gran carrera, a pesar de lo enormemente exigentes que eran su recorrido y sus reglas. Con el aumento de las esponsorizaciones el Tour, y el ciclismo, circulaban hacia el profesionalismo, mientras que gracias a esta vuelta a Francia L'Auto se establecía como el diario deportivo galo por excelencia. Además la gran popularidad del Tour de Francia había llevado a la aparición de carreras nacionales como el Giro d'Italia o el Tour de Bélgica. Evidentemente hasta entonces el Tour había sido una carrera eminentemente francesa hecha por franceses para franceses, aunque desde su arranque ya hubieran participado corredores de diversas nacionalidades. Con la excepción de François Faber, un luxemburgués que se sentía francés, todos los ganadores del Tour habían sido franceses, y los galos habían copado los puestos del podio. Era lo lógico dado que los franceses corrían en mayoría. Pero aquella hegemonía iba a acabar muy pronto, en el momento en que los ojeadores del Alcyon descubrieron a un nuevo talento al otro lado de la frontera.

2 comentarios:

Einer dijo...

Buenísimo. ¿Habrá más artículos de estos de los años sucesivos?

Möbius el Crononauta dijo...

De momento sí.