miércoles, 31 de julio de 2013

Alfred Hitchcock, el maestro del suspense (I)

Alfred Hitchcock, el genial cineasta, el jardinero de tinieblas, el técnico voyeur, el maestro del suspense. Siempre habrá incautos que le nieguen el pan y la sal. Durante toda su carrera el vanidoso y sensible director vivió atormentado por la idea de que se le considerara un mero titiritero, un notable facturador de burdo entretenimiento para el gran público. El reconocimiento de sus iguales y de la crítica especializada no comenzó a llegar hasta los años 60, en una Francia que buscando nuevas formas de expresión supo ver en la obra del británico no sólo una gran maestría técnica, sino las semillas de lo que podían ser aquella forma de expresión que modernizara el cine. A diferencia de otros grandes directores de la era clásica, Hitchcock no subordinó en ningún momento la técnica al servicio de la historia. Al contrario, un notable artesano como él encontró su camino en buscar la excelencia técnica, aunque eso sí, nunca sacrificó la narrativa para lograr el más difícil todavía, algo que tras lograr la fama siempre achacó a sus múltiples imitadores. Quienes quisieron criticar a Hitchcock siempre lo tuvieron fácil, tildando sus películas de meros productos que bien podrían ser muy bonitos pero estaban vacíos de todo contenido. Sin embargo alguien del perfil psicológico del director nunca iba a mostrar en primer plano aquello que realmente le motivaba de una historia. Cuando gozó de total libertad para crear, su célebre creación del 'macguffin' era no sólo un motor invisible con el que mantener la narración funcionando, era también la mano del prestidigitador que distraría al público de lo que realmente estaba sucediendo bajo la tela negra o en el interior de la chistera.


El cine de Hithcock puede leerse a muchos distintos niveles, pero alguien con un talento tan excepcional para hacer cine no necesita realmente de una lupa para ser reivindicado. Le pese a quien le pese Alfred Hitchcock tenía una mente privilegiada para la técnica cinematográfica, y se convirtió en un artista que supo aunar comercialidad y talento durante una carrera que nos regaló incontestables obras maestras, estupendos films y otras cintas más modestas, aunque incluso cuando flojearan guión o actores, siempre quedaba aunque fuera una sola secuencia que merecía la pena por el resto de fallos de la cinta.

Y es que la obra de Hitchcock es una de las razones por las que amo el cine. Algunas de sus películas me inquietaron, me intrigaron a niveles que no supe comprender, y la mayoría me hicieron pasar algunos de los mejores momentos que recuerde sentado frente a un televisor. Por todo ello ya era hora de que le rindiera tributo como merece en este pequeño blog.

Primera parte: 1899-1926

William Hitchcock,
el padre del que sería bautizado como Alfred Joseph Hitchcock, había seguido con el negocio de su padre, una verdulería. Un buen día conoció a una chica irlandesa, Emma Jane Whelan, de la que se enamoró. Aunque el padre de William había mantenido su fe anglicana, el joven William contrajo matrimonio en una iglesia católica. Tras el matrimonio la pareja se mudó a Stratford, donde tuvieron dos hijos, William Jr y Ellen Kathleen. En 1896 la familia se trasladaba al barrio de Leytonstone, en el East End londinense. No muchos años antes, en esa parte de Londres, Jack el Destripador había aparecido y desaparecido, dejando tras de sí una tétrica fama y unos cuantos cadáveres. En el 517 de High Road William había establecido el hogar familiar en una casa detrás de su negocio, una nueva verdulería. Fue en esa casa, mitad hogar, mitad almacén, donde el 13 de agosto de 1899 nacía Alfred Hitchock.

El pequeño Alfred creció a la sombra de su recta y católica madre. Su padre andaba muy ocupado con el negocio, y sus hermanos mayores ya iban a la escuela. Alfred creció solo, observado siempre por su madre, inventando juegos para sí mismo, pergeñando personajes, devorando libros, y desarrollando, como muchos niños que crecen en circunstancias similares, una portentosa imaginación. Creció también en él un peculiar sentido para la observación. "En las reuniones familiares me sentaba en un rincón, sin decir nada. Miraba y observaba mucho", diría más tarde.

La familia Hitchcock nunca faltó, como buenos católicos, a las Misas de domingo. Entre semana, cuando tuvo edad suficiente, acompañaba a veces a su padre en los repartos, montado en el carro de caballos; también daba paseos en barca, y viajaba en tranvía. Estudiar mapas, callejeros y aprenderse horarios de trenes se convirtió casi en una obsesión.

Hitchcock creció con el miedo en su cuerpo. Si el origen se halla en la anécdota de la celda que siempre gustó de contar, es algo que no se sabe. Tal vez fuera una historia interesante que contar a los periodistas, para evitar hablar en realidad de sí mismo. Pero lo cierto es que el joven Fred, como le llamaba su familia (diminutivo que él odiaba) vivió a la sombra de su madre y de su hogar, con miedo a los demás, al exterior. Nunca realizó ejercicio alguno, ni jugaba con los otros niños en la calle. Su principal actividad social, aparte de las Misas de los domingos, fueron las escapadas familiares al teatro. Las obras que vio durante su juventud tuvieron, como ya veremos, una especial influencia en la posterior carrera cinematográfica del director.

A los 7 años Hitchcock debería haber ingresado en la escuela primaria, pero no lo hizo hasta un año más tarde. La causa se desconoce. ¿Fue una enfermedad? ¿Alguna clase de sobreproteccionismo hacia el más joven de la familia? ¿Un atroz miedo de Hitchcock a dejar la seguridad del hogar? Nadie lo sabe. Pero unos pocos años más tarde, al registrar a su hijo en la Colegio de San Ignacio, en Stepney, sus padres mintieron sobre la fecha del nacimiento de Alfred, al parecer para que nadie supiera que llevaba un año de retraso en sus estudios.

Fue a finales de 1907 cuando los Hitchcock habían dejado Leynstone por el pequeño pero densamente poblado barrio de Poplar, un clásico barrio 'cockney'. Era un lugar repleto de la gente más variopinta, cuyos vecinos seguramente debían recordar a todos esos extraños secundarios y personajes de reparto que inundaron la filmografía del director. Dos años más tarde los Hitchcock cambiaban de hogar una vez más, estableciéndose en el barrio de Stepney.

El Colegio de San Ignacio, dirigido por jesuitas, jugó un importante papel en la formación del adolescente Hitchcock. Era un colegio donde la disciplina, el esfuerzo, el estudio y la Biblia eran los pilares fundamentales del mismo. Aunque se puede asociar fácilmente la mítica disciplina inglesa con los correctivos, las varas y un horrible colegio católico, lo cierto es que San Ignacio no era un lugar tan terrible en ese aspecto. Lo cual no quita para que, de vez en cuando, se llegara a aplicar algún correctivo físico. Aunque el colegio no fuera un tétrico lugar al estilo de Oliver Twist, la vieja iglesia envuelta en penumbras y el riesgo a ser azotado sin duda debieron bastar para aterrorizar a un Hitchcock que había crecido temiendo las figuras disciplinarias y a las autoridades.

En San Ignacio el joven Hitch tal vez no recibiera muchos castigos físicos, pero fue sometido a los prolongados y continuados discursos de profesores y religiosos sobre el pecado, el infierno, el castigo de Dios, la represión, etc. La confesión era un puntal de San Ignacio, como en cualquier colegio católico. Hitchcock no era nuevo a ella, pues desde muy joven su madre le había obligado cada noche a relatarle con pelos y señales dónde había ido, con quién había estado y qué había hecho a lo largo del día. Hitch también debía asumir en ocasiones, por mandato paterno, la desagradable misión de hacer de carabina de su hermana mayor cuando ésta acudía a bailes.

Las lecturas que se realizaban en clase, aparte del Evangelio, tenían siempre el objetivo de mostrar lo que no se debía hacer, que el crimen no compensa, y que el castigo siempre llega a quienes tuercen su comportamiento. Dickens, Walter Scott y algunos clásicos de Shakespeare eran algunos de los autores que se estudiaban en clase. Hitchcock siempre fue un lector voraz (se sabía pasajes enteros de una de sus obras favoritas, el Ivanhoe de Scott), y combinó la lectura con el placer prohibido (según los jesuitas) del teatro y el incipiente cine de la época, series de cortos que se proyectaban en pistas de hielo y salones de baile. También se organizaban debates y lecturas a cargo de expertos, con títulos explícitos como "El temor al pecado" o "El pecado y la majestad de Dios" que hablan por sí mismos. Tras acabar su primer año en San Ignacio Hitchcock recibió una mención de honor.

Durante sus años en San Ignacio también recibió un apodo, 'Cocky' (algo así como presuntuoso), y su cuerpo comenzaba a cambiar como era habitual en un chico de su edad. Un compañero le recordaba como "un muchacho solitario y regordete que sonreía y te miraba como si pudiera ver directamente a través tuyo". 'Cocky' llegó a tener algunos compañeros, aunque nunca ningún amigo. Hitchcock nunca se dio a nadie, ni se abrió a nadie, hasta que conoció a la que sería su futura esposa. Mientras su físico iba cambiando (algo que podía llegar a ser terrible para un adolescente inmerso en la estricta moral victoriana) también lo debió hacer algo dentro de su espíritu, pues durante su último año en el San Ignacio llegó a traspasar la barrera de lo prohibido y comenzó a gastar bromas y travesuras, algunas de las cuales ya denotaban lo cruel que podía llegar a ser en ocasiones el travieso Hitch.

Por entonces la salud de su padre ya hacía tiempo que había comenzado a declinar. Tras acabar el colegio Hitchcock debía contribuir a la economía de la familia, con lo que se apuntó a clases nocturnas de navegación en la Universidad de Londres. Por el día ocupaba su tiempo con sus mapas y horarios, visitando museos (entre los que se encontraban por supuesto los del Horror y el de Madamme Tussaud), viendo películas, acudiendo al teatro, leyendo magacines cinematográficos y yendo a tomar notas a juicios al Tribunal de lo Criminal de Londres. El padre de Hitchcock fallecía en diciembre de 1914. El severo hombre que lo enviara de pequeño a la cárcel le dejaba solo con su madre a los 15 años. Hitchcock nunca estuvo muy unido a William Sr, pero sin duda debió sentir, en una edad tan crítica, la ausencia de una figura paterna, lo que le unió aun más a su madre. Aunque tal vez no hubiera que descartar un cierto alivio por ver a su padre salir de su vida.

Con la terrible Gran Guerra ya en marcha en el Continente, en 1915 Hitchcock comenzó a trabajar para la Henley Telegraph and Cable Company. Al mismo tiempo siguió con las clases nocturnas, donde estudió entre otras cosas historia del arte, economía y dibujo; esta última asignatura le llevó a inscribirse en clases de pintura. Desarrolló por entonces una pasión por dibujar, lo que debió de acercarle cada vez más hacia el mundo de las artes. Esa pasión captó la atención de uno de sus superiores, que le trasladó del aburrido departamento de mediciones al de publicidad. Un día, al volver del trabajo, se encontró con que un fuego de artillería había caído cerca de su casa. Se encontró a su madre en estado de nervios, vestida por encima del camisón. Fue una experiencia que nunca olvidaría.

Durante los años de la guerra Hitchcock se dedicó a trabajar, a estar con su madre, ir al cine (donde descubrió la obra de D.W. Griffith), leer novelas policíacas (entre las que destacaban las del autor G.K. Chesterton) y clásicos decimonónicos, al tiempo que comenzaba a indagar en las revistas de cine profesionales y técnicas. No fue llamado a filas, no sólamente debido a su cada vez más grueso cuerpo, sino además porque el trabajar en una compañía telegráfica se consideraba un necesario esfuerzo de guerra.

En otoño de 1918 el continente europeo estaba devastado. El horror de la guerra había despertado al mundo occidental de su ensoñamiento de la Belle Époque. El impresionable Hitchcock había vivido rápidos reflejos fugaces de la conflagración que sin ser demasiado graves le habían impresionado mucho. Pero su vida prosiguió como lo había hecho durante esos últimos años. Hasta que en una de sus revistas especializadas vio la noticia de que una compañía de cine americana, la Famous Players-Lasky, iba a abrir unos estudios en Londres. Con la ayuda del jefe publicidad de la Henley preparó un portafolio con bocetos, diseños de escenas y rótulos de películas mudas.
Hitchcock alrededor de los 24 años.
A mediados de 1920 un joven regordete llamado Alfred Hitchcock acudía a una entrevista de trabajo en los recién estrenados estudios de la compañía Famous Players-Lasky. En su portafolio llevaba todo tipo de dibujos y bocetos, y habiéndose enterado de que el primer proyecto de la compañía sería The Sowows of Satan, había preparado unos rótulos de diálogo para la misma. Aunque finalmente ese proyecto había sido cancelado, sus trabajos causaron una grata impresión, y fue inmediatamente contratado como rotulista para las películas mudas de la Players-Lasky. Hitchcock alternaría su trabajo en la compañía telegráfica con el de los estudios situados en Islington.

La industria cinematográfica británica en la que acababa de entrar Hitchcock se había hallado prácticamente en permanente estado de crisis desde sus inicios. A diferencia de otros países europeos como Alemania o Francia, el cine no se consideraba como un arte sino como un entretenimiento para niños. Eso se traducía en un permamente problema de fondos, y en una falta de verdaderos talentos cinematográficos. Aunque había buenos técnicos no había buenos contadores de historias, y los actores y actrices emigraban en cuanto podían a Hollywood, donde los sueldos eran más altos. La mayoría de producciones que se visionaban en los cines británicos eran norteamericanos, y por lo general las películas inglesas gozaban de poco presitigio y escaso éxito. Los estudios cerraban, los productores nacionales iban a la quiebra y sólo las sucursales de las productoras norteamericanas, que buscaban abaratar costes y sueldos más bajos en suelo inglés, parecían mantener a flote la precaria industria británica. No, en Gran Bretaña no había ningún Griffith, ningún Chaplin, ningún Murnau. Y el hombre que estaba destinado a serlo trabajó durante sus primeros dos años haciendo rótulos, aunque también diseñaba decorados o realizaba cualquier otra tarea en donde se le necesitara.

A pesar de que nunca afirmara haber sido ambicioso, el joven rotulista era el primer en llegar por la mañana y el último en irse. Mataba las largas horas muertas en los rodajes observando, realizando cualquier tarea, y aprendiendo cómo se rodaban las películas. Siempre dispuesto a sugerir ideas y aconsejar, Hitchcock no pasaba desapercibido. Su devoción hacia el cine era más que patente. Día a día se codeaba con un equipo técnico norteamericano, y aprendió de ellos tanto como pudo. En 1922 llegó el director George Fitzmaurice para rodar un par de películas en Islington. La aparente calma y naturalidad del director causaron impresión en Hitchcock, quien aprendió mucho de los rodajes de Fitzmaurice. El director hacía, antes de rodar, profundos estudios de los personajes, preparaba un extenso guión técnico y supervisaba la preparación en los platós. Después de realizar todo eso, afirmaba, ya no se preocupaba de nada más. La base de todo era tener un concienzudo guión técnico. A grandes rasgos ésa fue la forma en la que trabajó Hitchcock el resto de su carrera como director. De Fitzmaurice también calcó la fría calma que siempre le caracterizó en los rodajes; pasara lo que pasara Hitchcock nunca perdía los nervios.

En 1923 el productor-actor-escritor Seymour Hicks, había preparado un film para lucimiento de su esposa Ellalline Terriss. El director escogido para rodar la película fue un tal Hugh Croise. Durante el rodaje de Always Tell Your Wife las diferencias entre Hicks y Croise fueron creciendo hasta que el director fue apartado del proyecto. Desesperado por terminar la película, el joven Hitchcock se ofreció a Hicks para ayudarle a finalizar el rodaje. Sin nada que perder, Hicks aceptó, y así fue como Alfred Hitchcock hizo su debut en la dirección como codirector de Always Tell Your Wife. Los estudios debieron quedar contentos con su trabajo pues le ofrecieron rodar una comedia titulada Number Thirteen. Sin embargo los fondos se acabaron y la película quedó inacabada. Poco después los estudios se vaciaron, y quedaron como un edificio vacío de alquiler para rodar cualquier cosa. Directores , actores y algunos técnicos emigraron, otros, como Hitchcock, se quedaron a la expectativa, y temporalmente desempleados.

Fue entonces cuando hizo su aparición Michael Balcon, un productor que se convirtiría en una figura clave del panorama del cine británico en aquella época. Balcon había fundado junto a su asociado Victor Saville una distribuidora cinematográfica en Birmingham. El éxito de la misma le llevó a Londres, donde entró en contacto con el financiero C.M. Woolf. Juntos decidieron entrar en el negocio de los filmes comerciales, para lo que contactaron con el director Graham Cutts. Su primera producción fue Woman to Woman, rodada en los alquilados estudios de Islington. Como ayudante de dirección fue contratado Alfred Hitchcock, quien de paso les recomendó a una montadora que conocía de su trabajo previo en Islington. Así fue como Alma Reville fue invitada también a participar en el rodaje.

Al importante éxito de Woman to Woman le siguió un fracaso (The White Shadow) y una tercera producción hecha a toda prisa, The Prude's Fall (cuyos exteriores europeos quedaron arruinados por las quejas de la amante de Cutts), mientras la asociación de Balcon se iba al garete. En esos rodajes Hitchcock había hecho de todo, más allá de sus funciones de ayudante de dirección. Había escrito guiones, supervisado vestuario, escrito rótulos... y ahondado en su aprendizaje.

En enero de 1924 la Famous Players-Lasky anunció que ponía en venta los estudios de Islington. Balcon vio el posible negocio que habría en adquirirlos, y finalmente lo hizo, tras una entrevista con el director ejecutivo de la Paramount, a la que pertenecía la Players-Lasky. El delirante y curioso diálogo que tuvo lugar no pudo ser más británico:

Graham: Sí, estoy dispuesto a vender los estudios. Quiero 100.000 libras por ellos.  
Baker: Tenemos una sorpresa para usted, señor Graham. Solamente podemos ofrecerle 14.000. Graham: Tengo una sorpresa mayor para ustedes... Voy a aceptar su oferta.  
Baker: Hoy estamos todos llenos de sorpresas, señor Graham. Nuestro pago deberá efectuarse de forma aplazada... 2.000 libras al año durante 7 años.

Nacía así la Gainsborough Pictures, cuya primera producción, The Passionate Adventure, conservó el equipo de Graham Cutts como director y Alfred Hitchcock como su ayudante. Por entonces se produjo un importante cambio en la vida personal de Hitchcock. Durante su viaje de regreso en barco tras el fracasado rodaje en Europa para The Prude's Fall, el ayudante de director se declaró a su novia, con la que llevaba saliendo no demasiado tiempo. La afortunada era Alma Reville, con quien Hitchcock había mantenido durante años una estricta relación profesional. No fue hasta que consiguió ser ayudante de dirección que se atrevió a llevar su relación con Alma más allá. Mientras regresaban de Alemania, en mitad de una tormenta, Hitchcock le propuso matrimonio a Alma sin gran parsimonia, y la mareada muchacha aceptó.

No tardarían en regresar a Alemania, pues Balcon había firmado una coproducción con la todopoderosa UFA, donde en sus estudios de Neubabelsberg rodarían The Blackguard. Por entonces Alemania era el centro de atención del mundo del cine, y la influencia de sus películas recorrió toda Europa, llegando incluso a Hollywood. Por entonces Berlín era más Meca del cine que la propia Hollywood.

En la capital de la azarosa República de Weimar Hitchcock aprendió mucho, tanto sobre cine como sobre la vida misma. Quedó azorado, sorprendido y atraído por el libertinaje sexual, y por las prostitutas callejeras; en cierta ocasión, tras una noche de juerga por los cabarets, Hitchcock acabó junto a una amiga y dos chicas más en una habitación de hotel. El curioso joven rechazó todas las propuestas de las dos chicas, pero se quedó para contemplar la subsiguiente escena lésbica. También quedó intrigado por la abierta homosexualidad de F.W. Murnau. Pero de éste extrajo también muchas y sabias lecciones, observando su método mientras rodaba El último, y conversando con él acerca de cine. Hitchcock quedó fascinado por la forma narrativa puramente visual del cine germano, y de películas como El gabinete del doctor Caligari. Gran parte del estilo visual de Hitch fue deudor del impresionismo alemán.

Tras el regreso del equipo a Gran Bretaña a principios de 1925 se hizo patente que la relación entre Cutts y Hitchcock ya no funcionaba. El joven ayudante de dirección había aprendido mucho junto a Cutts, pero la desordenada vida privada del director estaba causando cada vez más problemas. Cutts era un hombre casado y con familia, pero salía con actrices y mujeres de lo más variopinto, poniendo en un aprieto a sus amigos y trabajadores. En más de una ocasión Hitchcock hubo de presentar excusas a la mujer de Cutts por las ausencias de éste.

Cutts era cada vez menos fiable, mientras que Hitchcock no sólo era un gran trabajador y buen cumplidor, sino que se sentía ya preparado para volar en solitario. Cada vez más las decisiones clave en los rodajes las había tomado Hitchcock, y su influencia en las películas de Cutts era cada vez mayor. Éste veía su parcela amenazada, al tiempo que su joven ayudante le salvaba las papeletas en los rodajes. Cutts ya no quería trabajar con Hitchcock. Balcon consideró todo esto, y decidió darle a Hitchcock la oportunidad de dirigir una película. Debido a asuntos financieros, y tal vez a modo de prueba, envió a Hitchcock de vuelta a Alemania para rodar The Pleasure Garden.

Tras rodar algunas escenas en Munich el equipo salió en tren hacia Italia. Al llegar a la frontera el cámara le dijo a Hitchcock que no declarara la cámara y la película virgen para ahorrarse los impuestos y ayudar así al ajustado presupuesto. Debió ser interesante ver a un Hitchcock, siempre temoroso de las autoridades, afirmar que no llevaba nada para declarar. La cámara, sabiamente ocultada, no fue encontrada, pero la película fue confiscada. Hubieron de comprar más película. Parte del dinero en metálico se lo había llevado Alma, encargada de recibir a las actrices norteamericanas que iban a participar en el film. Para empeorar las cosas, en Génova fue sustraído de la habitación de hotel de Hitchcock todo el dinero en metálico para la película, con lo que tuvo que poner él de su bolsillo para poder continuar con el rodaje. En San Remo tuvieron problemas a la hora de rodar una escena en la que una nativa caía al agua y se ahogaba. Hitchcock fue informado de que la actriz no podía realizar la escena. El director preguntó si tenía miedo al agua. Fue entonces cuando Hitchcock supo, por primera vez, de los problemas menstruales que tenían las mujeres ciertos días al mes.

Tras rodar en exteriores el equipo regresó a Munich, donde Hitchcock se reunió con Alma, para enterarse de que no quedaba casi nada de su dinero, debido a los caprichos de las actrices. Allí se completó el rodaje en el estudio, y tras un complicado montaje, llegó Balcon para supervisar el montaje final. Tras ver la proyección el productor dijo que parecía un film norteamericano, y contento con los resultados le ofreció a Hitchcock una segunda película en Alemania. A su regreso, dijo, tendría más proyectos esperándole en Londres. El segundo proyecto sería The Mountain Eagle, un film que el propio Hitch calificó como "una mala película".

A principios de 1926 Hitchcock se encontraba de regreso en Londres. Llevaba algunos años de noviazgo con Alma, pero la boda se retrasaba siempre por uno u otro motivo. Entre los rodajes y la posesiva madre de Hitchcock, el momento nunca parecía llegar. Además Alma estuvo bastante ocupada trabajando mientras él esperaba a que Balcon le ofreciera algún proyecto, lo cual le mortificaba. También conoció la desagradable noticia de que The Pleasure Garden sería almacenada por orden de C.M. Woolf, temeroso de un fracaso en taquilla. La obvia influencia alemana en la película no gustó al financiero.

Finalmente el ansiado proyecto llegó en forma de una popular novela de 1913, The Lodger. La historia estaba basada en los asesinatos de Jack el Destripador, y narraba cómo una familia sospecha de que su inquilino, al que alquilan una habitación, es el asesino de mujeres que está aterrorizando a la ciudad.

Para interpretar al inquilino se contrató al popular actor galés Ivor Novello, lo que obligó a modificar el ambiguo final que Hitchcock tenía planeado. Con una estrella de la talla de Novello haciendo de inquilino no podía haber duda alguna de su inocencia. La protagonista femenina sería June Tripp.

El joven Hitchcock seguía encorsetado por la presencia de Cutts en los estudios, pero ell no le impidió desenvolverse en el estudio con una gran claridad y maneras de director veterano. Se levantaron decorados según sus diseños y Alfred aplicó todo lo que había aprendido en Alemania respecto a posiciones de cámara e iluminación. A finales de mayo el rodaje casi estaba finiquitado.

Mientras tanto el celoso Cutts no dejaba de propagar dudas por el estudio, dudas que concernían evidentemente a la capacidad de Hitchcock para sacar adelante una película. Balcon quedó intranquilo tras oír lo que Cutts tenía que decir, pero su nerviosismo aumentó cuando tras un pase previo Woolf decidió que aquel film no valía nada y que debía ser almacenado. Desesperado, ya que la película había costado la nada desdeñable suma de doce mil libras, Balcon anuló el pase para la prensa previsto para septiembre y se puso en contacto con Ivor Montagu, miembro fundador de la Film Society y a pesar de su juventud reputado crítico cinematográfico del Times. Tras mostrarle los rollos del film Montagu quedó vivamente impresionado ante lo que vio, aunque sugirió algunos pequeños cambios y puso sobre la mesa el nombre de E. McKnight Kauffer, un prestigioso cartelista norteamericano. Entonces Balcon organizó una reunión entre Hitchcock y Montagu. El joven y quisquillo director no estaba dispuesto a tolerar que un extraño pusiera sus manazas sobre su obra, pero el crítico sorprendió a Hitchcock alabando su trabajo y proporcionando unos justos análisis que le hicieron ver que Montagu no era ningún advenedizo. Hitchcock supo entender el punto de vista de Montagu y se volvieron a rodar algunas escenas, además de incluir algunos rótulos creados por McKnight. Aquellos cambios abrieron las puertas para el estreno de El enemigo de las rubias.

Acerca de aquel nuevo film de Hitchcock, en el diario Bioscope se pudo leer lo siguiente: "Es posible que este film se la mejor producción cinematográfica jamás hecha".

1 comentario:

La gata con gafas dijo...

Impresionante entrada. Eterno Hitchcock. El otro día descubrí "Pánico en la escena" (una de las pocas que no había visto) en un pase televisivo y no pude deja de verla. Y así pasa con casi todas las del maestro. Imagino que ya conoceras su biografía a cargo de Donald Spoto, pero si no es asi corre a hacerte con ella que merece mucho la pena.
Saludos