viernes, 30 de noviembre de 2012

lunes, 26 de noviembre de 2012

Starship Troopers (1997)

Hubo una vez un director llamado Paul Verhoeven (lo del pasado viene porque en la última década no se ha mostrado muy activo, y ahora que ha vuelto a su patria supongo que aun oíremos menos de él) quien tras desembarcar en Hollywood se convirtió en un especialista del cine comercial con mensaje, en el que quien estuviera atento o avivara el seso, podría dilucidar algunas lecciones de moral, ética y política entre tiroteo y tiroteo y un claro objetivo de no escatimar en sangre y vísceras. Y es que Verhoeven haya sido seguramente uno de los directores que más han conseguido en Hollywood dentro del mundo del Rated R. En los 80 y los 90 Verhoeven se convirtió en toda una referencia taquillera, y quizás por ello los productores le dejaron juguetear un poco con las bolsitas de sangre. Aunque parte de su filmografía de esa época quizás haya quedado algo desfasada, lo cierto es que su cine comercial (o parte de él) resulta todavía muy entretenido, gratificante, y a ratejos, moralizante. Y al cabo de los años la verdad es que su cine palomitero acaba destacando aunque sólo sea por demérito de otros, y de un tiempo a esta parte no nos faltan ejemplos de cine palomitero aburrido y/o absurdo. Starship Troopers fue vapuleada en su día por muchos motivos, y ciertamente no la pondría a la altura de Desafío total o menos aún de Robocop, pero amigos, comparada con cualquiera de las partes de Alien vs. Predator esta película cobra una nueva dimensión de sabores y colores. Sí compadres, el otro día volví a encontrarme con una gran cucaracha en el baño, así que es hora de recordar a Paul Verhoeven, ese director de taquillazos interesantes que luego otros convertían en horrendas sagas o remakes, y su Starship Troopers.

Ser o no ser, como dijo el danés. ¿Cuál era la verdad acerca de Starship Troopers? En su día fue una presa fácil para críticos y espectadores sesudos, y la atacaron por varios motivos: vana comercialidad fue el primero, claro. Pero luego vinieron los que no parecieron enterarse de nada, y acusaron a la peli de fascistoide, maniquea, americanada y/o rambada (ese baile donde el body es tan importante... el body count, me refiero), violenta, sangrienta, asquerosa, y vaya, ¿es que nadie iba a pensar en los niños? Bueno, yo la vi en el cine y disfruté con los efectos especiales, los insectoides, los tiros y las duchas mixtas. También es cierto que no tardé en olvidarla, pero cumplió su función. Si me habían de preguntar sobre el aspecto político, o sobre la trama, en general, me quedaba con la novela. Aunque esto merece un inciso. Y es que a quien le pareciera fascistoide esta película, si leyera la novela seguramente le explotaría la cabeza. Bien, ¿no les hablé de un inciso? Aquí lo tienen. Absténganse de hacer fotos.

Starship Troopers toma como excusa el clásico de ciencia ficción de Robert A. Heinlein, Brigadas del espacio, una novela que no hizo temblar la carrera de Arthur C. Clarke, pero que merecidamente ganó un premio Hugo (el Nobel, Oscar o equivalente de la ciencia ficción). Y es que si hoy en día el género cuenta con el concepto de "Marine espacial" es gracias al libro de Heinlein. El astuto James Cameron no dudó en tomarlo como referencia para sus Marines de Aliens, quienes a su vez han inspirado todos los militares espaciales cinematográficos que han venido después. Leí Brigadas del espacio siendo un adolescente, y ciertamente lo disfruté, aunque dudo que llegara siquiera a atisbar lo que se escondía detrás de aquella fascinante historia de Marines espaciales en guerra con insectos gigantes. No la he vuelto a leer, pero cualquier vistazo a la wikipedia os dirá que la novela trajo polémica desde su publicación. Y es que el futuro mundo federado que describió Heinlein parecía tener más que ver con la antigua Esparta que con una democracia occidental. No sé si tildarla de fascista será correcto o no, pero si es cierto que el libro entró a formar parte de la lista de lecturas recomendadas de varias ramas del ejército estadounidense, es que muy "antisistema" no debe ser.
 
Parte de esa curiosa idiosincrasia futurista acabó en la película, aunque Verhoeven, sin criticarla abiertamente, la presentaba de un modo tan descarnado que la intención irónica debería haber resultado patente; vista la cinta con atención, no creo que se le pueda achacar precisamente un mensaje militarista. Aunque por supuesto mucha gente no entendió nada y creyeron ver en Verhoeven a otro loco seguidor de la política exterior de Reagan. Lo cual era absurdo, ¿es que nadíe había visto Robocop? Si aquello parecía una patada en los mismísimos al lado más hipócrita de la sociedad yanqui y los anuncios electorales de "qué bonito es ser americano".
En otro tiempo esto se hacía con zulúes.
De todas formas, por si alguien aún no la ha visto, que no se lleve a engaño: no es que crea de repente que Starship Troopers sea un gran film, con sesudas reflexiones y matices como si fuera una versión con bicho de Todos los hombres del presidente; el guión es flojo, aunque va a lo que va sin ínfulas ni fantasiosas pretensiones, ni subtramas que se pierden o trucos que engañen al espectador (alguno hay, pero no demasiado importante). Por otro lado hay que agradecer el ritmo ágil de Verhoeven, que al fin y al cabo era un buen director (irregular, pero tenía sus momentos), y el que la historia de amor no moleste mucho, cosa de la que deberían aprender otras cintas de acción, tiros y batallas.

Por otro lado, Starship Troopers adolece de un reparto bastante endeble estilo profidén (aunque no me cabe duda que ésa debió ser la intención de Verhoeven; con todo, me temo que no ha debido ver a un argentino en su vida) con los morritos de Denise Richards por delante, y un protagonista polainas, Rico, que parece la versión pija del Hicks de Aliens. También aparece la versión pija de Guile (los adictos a los videojuegos sabrán de quién hablo), y un Neil Patrick Harris a medio camino de desarrollo desde su horripilante niño médico al más interesante calentorro de Cómo conocí a vuestra madre. Los más atentos seguidores de Las chicas de oro, The Wire y Breaking Bad encontrarán dos o tres rostros conocidos entre los secundarios más terciarios, pero desde luego el único intérprete con pelotas a destacar es obviamente el ínclito Michael Ironside (¡cuádrense todos ante Ham "machoman" Tyler!). No, lo siento; el malo de Los inmortales en realidad es bastante huevón.

¿Os ha dado un buen susto alguna sucia cucaracha en casa? No lo dudéis y poneos Starship Troopers, os sentiréis mejor. De hecho si las tenéis en bastante cantidad podéis poneros una cacerola a modo de casco y montaros vuestra propia batalla sangrienta en defensa de la humanidad. ¡Sólo así podréis sentiros como auténticos ciudadanos!

domingo, 25 de noviembre de 2012

Hasta siempre, Tony Leblanc

Después de que nos dejara Miliki ahora perdemos a otro de nuestros mitos de siempre, el gran Tony Leblanc, víctima del dicho cáncer, aunque deja tras de sí una carrera prolífica y gloriosa. Yo, como muchos otros, he crecido fascinado por el cine yanqui, los indios y vaqueros, el bárbaro Conan, las guerras galácticas, y el rock and roll. Pero al compartir nacionalidad e idioma con alguien como Leblanc, que se ha colado en mi vida desde que tengo uso de razón, al escuchar la noticia de su partida y recordar tantos momentos juntos, resultaba complicado no sentir como si hubiera perdido a un pariente lejano. De su carrera se podría hablar largo y tendido, aunque sus logros ya son bastante conocidos por cualquiera con un mínimo de gusto y memoria. Aparte de que, dentro de su curiosa modestia, siempre gustaba de hablar de sus logros, autoproclamándose invicto campeón español de claqué, compositor de pasodobles, gran futbolista filial en sus tiempos mozos, y exitoso ex-boxeador. Pero el haber sido pugilista no desfiguró un rostro que le convirtió en un galán dentro y fuera de la pantalla, aunque donde siempre desplegó mejor su talento, y por ello le recordamos, fue en la comedia. 

De hecho sus papeles en los que mejor le recuerdo son aquellos que tan bien se le daban, los de pícaro ligón (mitad truhán mitad señor que diría el ínclito Julio) que siempre andaba enfrascado en algún lío, negociete o estafa para salir adelante (papel que por lo visto perfeccionó en su juventud tratando de sobrevivir como muchos otros durante la Guerra Civil). Como muchos otros actores de su generación, Leblanc se formó en el teatro y nuestro vodevil patrio, la revista. Debutó a mitad de los años 40, y diez años después se convertía en fiel gregario del también genial José Luis Ozores en clásicos de la estrella cómica del clan como El tigre de Chamberí, la coral Los ángeles del volante o El aprendiz de malo, donde ambos demostraron tener una excepcional química. De ahí a primer espada del cine español compartiendo planos con todos los grandes de la época: Antonio Ozores, Alfredo Landa, Concha Velasco, Manolo Gómez Bur y un largo etcétera. En viejas tardes televisivas que ya parecen muy lejanas le recuerdo en las típicas películas corales como Las chicas de la cruz roja o El día de los enamorados, aunque las que más me marcaron, junto con El tigre de Chamberí, fueron sin duda El astronauta y, cómo no, Los tramposos, con aquella mitiquísima secuencia del timo de la estampita. Como no fui contemporáneo de sus días de gloria he de obviar sus apariciones múltilpes apariciones televisivas en galas y especiales de TVE. Por desgracia en la televisión sólo le pude ver en las escasas apariciones públicas que hizo tras su casi fatal accidente automovilístico, cuando apenas podía andar y se dejaba ver con aquel peluquín tan curioso, detalle vanidoso de una antigua estrella que había sido un gran mujeriego hasta que conoció a su mujer, como en las películas.

Si algo he de agradecerle por siempre a Santiago Segura es que rescatara a Tony Leblanc de su retiro y el olvido, gracias a aquel inolvidable papel del pobre padre impedido en Torrente, el brazo tonto de la ley. Desde luego no cabe duda de que la saga torrentiana no habría sido la misma sin Leblanc. Y de ahí a la televisión y Cuéntame, interpretando a ese kioskero que todos hemos conocido en alguna ocasión bajo muchos nombres, pero que en la serie respondía al de Cervan.

Por todo ello y mucho más, gracias por todo Tony.



martes, 20 de noviembre de 2012

domingo, 18 de noviembre de 2012

Adiós Miliki

Miliki ya no está entre nosotros. Ojalá pudiera venir Bill Murray y animarme.

Un minuto de música de árbol para un grande.

martes, 13 de noviembre de 2012

Ha nacido una estrella (1937)

Quizás la más conocida de las versiones de este clásico sea la del 54, con Judy Garland y James Mason, y aun hubo otra más, trasladada al mundo del rock como vehículo para Barbra Streisand, junto a Kris Kristofferson (en un principio ese papel podría haber sido para Elvis, pero por supuesto ahí estaba el Coronel Parker para impedirlo). Sin embargo la primera versión se la debemos a un recientemente independizado David O. Selznick, dispuesto a demostrar que las películas sobre Hollywood realmente podían funcionar en taquilla.

Y curiosamente había sido la esposa de Selznick quien le había convencido para sacar adelante aquel guión. El que Selznick fuera reluctante a aceptar este proyecto no es de extrañar ya que ya había producido Sucedió en Hollywood para la RKO, un film que no fue un éxito de taquilla, lo que parecía confirmar la leyenda de que las películas hollywoodienses sobre Hollywood no interesaban al público. Pero el hiperactivo productor decidió que podía cambiar la historia, y para ello contactó con George Cukor, quien ya había dirigido varios éxitos para Selznick, amén de la citada Sucedió en Hollywood. Sin embargo Cukor considero que el guión que le ofrecía Selznick era demasiado parecido al que ya había dirigido en la RKO, así que declinó la oferta (de hecho la trama era lo bastante similar como para que en la RKO se plantearan demandar a Selznick por plagio).

Seguramente si no llegaron a poner esa demanda fue porque en la vieja Tinseltown no faltaban las historias de viejas estrellas alcóholicas, jóvenes sensaciones que pasaban del anonimato a la fama de un día para otro, suicidios, un público solícito y cruel, y los inevitables auges y caídas de los divinos seres de la moderna Babilonia. La historia original había partido del director William Wellman y el guionista Robert Carson, animados al parecer precisamente por Sucedió en Hollywood a escribir su propia historia hollywoodiense, para la que, dicen, se inspiraron en la historia de cuento de hadas de la actriz Colleen Moore y su marido John McCormick, agente de prensa que al parecer había tenido bastante que ver en el ascenso al estrellato de la señorita Moore. De todas formas la trama de lo que habría de ser Ha nacido una estrella tenia tantos casos reales que Wellman y Carson tenían donde elegir para inspirarse: el suicidio de John Bowers, el matirmonio de Barbara Stanwyck y Frank Fay, o las derivas alcohólicas de grandes mitos como John Barrymore o John Gilbert, o el entierro de Irving Thalberg.

El guión se encargó al mismo Robert Carson, mientras que Wellman se encargó de dirigir su propia historia. Al texto también contribuyeron el matrimonio de escritores empapados en alcohol Alan Campbell y Dorothy Parker, y un grupo de guionistas de esos que no suelen ser acreditados.

Ha nacido una estrella ofrece otra de esas fascinantes tramas sobre Hollywood y sus estrellas, que tan pronto suben pueden volver a caer, mientras una de cada cien mil camareras en Los Ángeles acaba viendo su nombre escrito con letras doradas. En esta ocasión la aspirante es Esther Blodgett (pronto será conocida como Vicki Lester), otra joven de provincias dispuesta a triunfar en La Meca del cine. Esther conoce casualmente a Norman Maine, un galán de pantalla típicamente alcóholico cuya carrera está ya rodando cuesta abajo. Maine quedará prendado de Esther y la introducirá en la industria, donde, renacida como Vicki Lester, causará sensación.

El papel de Esther fue para Janet Gaynor, una de las mejores actrices dramáticas de su tiempo, y cuya propia biografía no distaba mucho del de la soñadora Esther; por su parte el actor en crisis Norman Maine fue encarnado por Fredric March, el mítico protagonista de El hombre y el monstruo. Además cabe destacar como tercer rol en importancia el del siempre elegante Adolphe Menjou, arquetipo de playboy cinematográfico, aunque para la mayoría siempre será el malvado general Broulard de Senderos de gloria, así como los secundarios Andy Devine (en su habitual rol de patán cómico, aunque cuesta encajarle fuera de una peli del Salvaje Oeste) y Lionel Stander, genial secundario que acabaría siendo víctima de la Lista Negra, con lo que decidió emigrar a Europa, donde trabajó, entre otros, con el gran Sergio Leone.

Ha nacido una estrella ofrece drama y comedia (genial Stander "fabricando" la biografía de la nueva Vicki, y Menjou bautizándola), detalles de connoisseur sobre el Hollywood de la época, y lo que en resumen necesita todo clásico que se precie: una buena historia, un reparto sólido, una buena dirección y un guión afilado que funcione como la seda. Y si a eso le podemos añadir una mítica frase para cerrar el conjunto, mucho mejor. Vamos, otro título imprescindible que echarse al buche.

domingo, 11 de noviembre de 2012

sábado, 10 de noviembre de 2012

La corporación

¿Se manejan las corporaciones como un psicópata de libro? Si queréis la versión en español, aquí por ejemplo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Carrie Fisher en un roast, Wishful Drinking, y Disney Wars

Ahora que todo el mundo de frikis, geeks, y wookies anda revolucionado con esa especie de prejubilación o jubilación en toda regla (ya se verá) que se ha montado George Lucas vendiendo su compañía y los derechos de su famosa saga estelar a Disney, es un momento idóneo para recordar Wishful Drinking, un curioso documental de HBO con nuestra querida Leia de protagonista. Aunque de momento si queréis saber mi opinión sobre la jugada Disney, y esa nueva trilogía ya confirmada, pues bueno, por un lado personalmente Lucas ya se encargó de hacer volar por los aires el encanto intacto de la trilogía original (que sigo adorando, incluso con ewoks), así que de perdidos al río, y por otro, dudo que lo puedan hacer peor que él. Creo que igual hasta es positivo, y si la cosa derivara en algo parecido a lo que Disney hace con Pixar, pues aún saldríamos ganando con el cambio. En fin, cualquier cosa es posible. Obi Wan dirá.

Vamos con Wishful Drinking, un documental que no deja de ser una actuación de Carrie Fisher en una obra de Broadway que obtuvo gran éxito. Lo que tenemos aquí es a Fisher de monologuista, realizando un show de comedia sobre su propia vida, como si de un ejercicio terapéutico se tratara, analizandónse, parodiándose y criticándose con bastante gracia, desde su inusual infancia como hija de estrellas (sus progenitores fueron el cantante Eddie Fisher y la actriz Debbie Reynolds) hasta su papel en Star Wars, su relación de amor/odio con Leia, y sus varias adicciones y fracasos matrimoniales. Siendo quien es y con la relevancia que ha tenido en muchos de nosotros Wishful Drinking ya merecería el interés de cualquier fan de Carrie y la saga galáctica, pero además la Fisher se desenvuelve muy bien contando sus miserias y éxitos con un guión bastante fresco y haciendo gala de una gran bis cómica. No esperéis algo al nivel de un Ricky Gervais o similares, pero dentro de sus altibajos el show tiene sus buenos momentos hilarantes (impagable resulta, por ejemplo, ver cómo explica sobre una gran pizarra todos los líos de matrimonios, divorcios, y descendencia aquí y allá que ha habido en su familia estelar). Para que os hagáis una idea de lo que podéis encontrar, os dejo con el roast que Carrie le dedicó al ínclito George Lucas en una gala de premios.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Éxito a cualquier precio (1992)

They just like talking to salesmen. Kevin Spacey poniendo el punto final a la destrucción de la vida de Jack Lemmon.


Glengarry Glen Ross, un nombre que aquí no debía sonar demasiado comercial y lo llamaron como lo llamaron. Pero a pesar de que no es un título que ande en boca de todos, estamos hablando de uno de los mejores films de los 90. De hecho gracias a Los Simpson sus ramificaciones han llegado más allá de lo que podría pensarse, aunque evidentemente como suele pasar esa referencia pasa desapercibida para la mayoría. Pero si os acordáis de Gil Gunderson, el pobre vendedor que fue introducido en la serie cuando a Marge le dio por meterse a agente inmobiliaria, y que aparece de vez en cuando, siempre al límite de sus nervios, habréis de saber que el bueno de Gil fue basado en el inolvidable personaje al que dio vida Jack Lemmon en Glengarry Glen Ross. Otro de esos detalles que hacen de Los Simpson lo que son, un clásico de nuestra era, la Ilíada de los dibujos animados ¿qué referencia metaliterariatelevisiva eh?.

Como algunos otros pequeños grandes clásicos de los últimos 30 años, Glengarry Glen Ross tiene su origen en una obra teatral de David Mamet, uno de los dramaturgos más afamados y populares de estos tiempos. Mamet siempre ha combinado el teatro con la escritura de guiones (firmó por ejemplo Veredicto final o Los intocables), y suele adaptar sus propias obras teatrales. Formado en el off-Broadway, Glengarry Glen Ross pasa por ser una de sus mejores obras, y aquella que le llevó más allá del circuito independiente hasta Londres y el mismo Broadway, donde la obra obtuvo un gran éxito que se confirmó con un Pulitzer y una candidatura al Tony. Quién primero se interesó por adaptar la obra en Hollywood fue el director y productor Irvin Kershner, quien contactó con el productor Jerry Tokofsky, a quien le encantó la historia. Sin embargo aquella historia de vendedores repleta de lenguaje obsceno y un buen montón de fucks (como suele ser habitual en los diálogos de varias obras de Mamet) no interesó a ninguna de las grandes compañías hollywoodienses, lo que dificultó el encontrar financiación. Mamet tampoco lo puso fácil pidiendo un millón de dólares (medio millón por los derechos y otro medio por adaptarla) por su trabajo, aunque Tokofsky aceptó confiando en que lograría encontrar apoyo en la televisión y las distribuidoras de video. Sin embargo el proyecto fue demorándose hasta que, cansado, Kershner abandonó el proyecto.

A pesar del poco interés que despertaba el guión entre los financistas, muchos grandes actores y estrellas del gremio (ya que el reparto era primordialmente masculino) ya se habían ofrecido para participar en el futuro film. Nombres tan importantes como los de Robert De Niro, Bruce Willis o Richard Gere ya se habían mostrado interesados en alguno de los jugosos papeles que había creado Mamet. Otro grande, Al Pacino, estaba deseando interpretar al exitoso vendedor Ricky Roma, un papel que en la obra teatral había tenido que ceder a Joe Mantegna por encontrarse ya liado con otra obra de Mamet. Pero a pesar de contar con todos esos nombres nadie parecía querer poner dinero en aquella película. Finalmente Tokofsky, aliado con su socio Stanley Zupnik (aunque tras la realización del film acabarían en los juzgados por cuestiones monetarias y de acreditación), logró recavar bastante dinero entre varios pequeños inversores con James Foley como director (hasta entonces se le conocía principalmente por sus trabajos con Madonna) para poner el film en marcha.

La trama de Glengarry Glen Ross, que tiene lugar a lo largo de dos días, estaba basada en los recuerdos del propio Mamet, quien en el pasado había trabajado durante cierto tiempo para una inmobiliaria como agente de ventas. El contexto de la obra es el de una competición (incentivos que les llaman) para que los agentes vendan más propiedades entre una lista de clientes potenciales (lo que ellos llaman leads) que en algun momento han pedido información sobre comprar propiedades como inversión, aunque la mayoría o no están interesados o no tienen dinero que invertir. Quien más venda durante el mes recibirá como premio un Cadillac. El film toma el punto de vista de los vendedores, y su reacción ante la presión a que su agencia, Mitch and Murray, les tiene sometidos. Los personajes representan en cierto modo arquetipos de vendedores que quizás Mamet conoció en el pasado: Ricky Roma, un vendedor carismático que va el primero en la competición; Shelly "The Machine" Levene, un vendedor veterano que parece haber perdido el "gancho", incapaz de cerrar una venta, como si fuera incapaz de adaptarse a esos nuevos tiempos más agresivos; George Aaronow, un tipo débil e inseguro que parece un pez fuera del agua; Dave Moss, un vendedor resentido y bocazas, y John Williamson, los ojos y oídos de la compañía, que probablemente no ha trabajado nunca como vendedor, y por ello los vendedores le desprecian, aunque como su jefe es él quien tiene la sartén por el mango. Todos estos personajes pertenecían a la obra original, pero para el film Mamet introdujo el pequeño pero determinante papel de Blake, un auténtico triunfador, el típico tiburón de los negocios, y probablemente el mejor vendedor de la compañía, que es enviado a la sucursal para dar al resto de personajes una charla motivacional.

Con toda una lista de estrellas haciéndoles la corte Foley y los productores no se molestaron en realizar audiciones, y se dedicaron a ofrecer directamente cada papel a quien consideraban adecuado. El reparto giraba alrededor de Pacino y su disponibilidad para poder interpretar a Roma. Alec Baldwin también andaba detrás de ese papel, y aunque en principio rehusó participar por temas económicos, finalmente quedó a la espera de saber si Pacino podría o no participar. En caso afirmativo, Baldwin habría de conformarse con el papel de Blake, un papel pequeño pero realmente atómico. Finalmente Pacino estuvo libre para el film, por lo que Baldwin acabó haciendo de Blake. Desde luego aunque su papel fuera pequeño no podía quejarse, el discurso que ofrece al principio del film es sencillamente antológico, y no cabe duda de que es lo mejor que ha hecho Baldwin en el cine. Apenas son diez minutos en la pantalla, pero desde luego cada minuto vale su peso en oro. Con Levene los productores también lo tuvieron claro y le ofrecieron el papel a Jack Lemmon, quien aceptó inmediatamente. Los papeles de Moss y Williamson surgieron a partir de una agencia de representación que mostró poco interés por el proyecto, pero dos de sus representados, Ed Harris y Kevin Spacey, opinaban lo contrario y se ofrecieron igualmente. Spacey logró el respaldo de Pacino después de que le viera actuar en una obra teatral, con lo que Harris obtuvo el papel de Moss y Spacey el del reptil Williamson. El último papel relevante, el del inseguro Aaronow, acabó en manos de Alan Arkin, un actor que había logrado bastante popularidad en los 60 y de quien se volvió a hablar gracias a Pequeña Miss Sunshine.

Blake, el tiburón más terrorífico desde Jaws.
Glengarry Glen Ross, aparte de contar con uno de los repartos más sólidos no sólo de la década, sino probablemente de todos los tiempos, es una película de intérpretes, que fue rodada casi como si de una obra teatral se trata, con muchas tomas largas (aunque usando varias cámaras y gracias al montaje ese detalle no resutal tan obvio) y planos fijos, mientras unos actores muy inspirados lo daban todo con un guión realmente excelente (famosa es la anécdota de que los actores que no tenían que rodar en tal o cual día acudían igualmente sólo por el placer de disfrutar viendo trabajar a sus compañeros). Resulta difícil destacar a uno o otro porque todos rayaron a gran altura. El pobre Arkin, con su papel de tipo apocado e inocente, seguramente no destaque mucho, pero su trabajo es también impecable, como lo es el de un joven y energético Ed Harris, aunque probablemente sean Pacino, Lemmon, Spacey y Baldwin quienes sean más recordados. Lo de Baldwin puede resultar increíble para algunos, aunque actualmente se ha ganado el respeto de mucha gente gracias a Rockefeller Plaza, pero quien le viera en bazofias como La huida y le vea soltando su discurso de tiburón como Blake, dudarán de que se trate de la misma persona. Evidentemente la pluma de Mamet también hace mucho, pero que alguien como Baldwin permanezca en la memoria con tan sólo siete u ocho minutos en la pantalla, y compitiendo con quien compite, dice mucho de lo bien que estuvo pronunciando todas esas frases geniales (una de las secuencias definitivas de los 90, no hay duda). De Pacino qué decir que no se haya dicho ya. Su Ricky Roma fue uno de sus últimos papeles indiscutidos, antes de que se volviera loco en Pacto con el diablo. Pero personalmente, aunque todos rayan a gran altura, me quedo con Spacey, Lemmon y sus duelos dialécticos. Spacey aún no había impactado al mundo en Seven, pero aquí ya demostraba que estaba destinado a ser uno de los grandes intérpretes de su generación. Su papel de Williamson, el lametraserillos de la compañía y jefe hideputa que seguro que muchos podráis identificar con alguno de esos jefes que uno se topa en la vida, es de lo que hacen época. La frialdad casi robótica con la que Spacey interpreta a Williamson llega a ser espeluznante, y es que, además de ser un gran actor, Spacey siempre será un estupendo villano. Y qué decir de alguien legendario como Lemmon. Actuó en verdaderos clásicos, pelis menores, y cintas malas, pero no le recuerdo ninguna mala actuación, ningún paso en falso interpretativo. En Glengarry Glen Ross su Shelly Levene representa el drama en todos sus aspectos: el drama de un padre con una hija enferma, el drama de un trabajador en la cuerda floja, y la personificación del drama provocado por un capitalismo agresivo que machaca tanto a clientes como a trabajadores. Suyo es, junto a Spacey, el clímax de la película, en un par de secuencias inolvidables y realmente aplastantes. Desde luego Glengarry Glen Ross tiene uno de esos finales que no se olvidan.

Que en estos tiempos que vivimos la trama de Glengarry Glen Ross está de más actualidad que nunca resulta evidente. Se dice que desde su estreno la película sirve de guía para vendedores, como una forma entretenida de enseñarles lo que deben y lo que no deben hacer. Sea uno vendedor o no, resulta imposible no aplaudir, por ejemplo, la secuencia (que se va intercalando con otras) en la que Pacino conoce a un tipo en un bar, y como poco a poco, mientras parece filosofar sobre la vida, lo divino y lo humano, le va preparando, como una araña que teje su tela, hasta que finalmente, con la mosca ya atrapada, despliega ante el cliente ocasinal de un bar un folleto sobre terrenos y propiedades en Florida. Por supuesto, tras las grandes interpretaciones y las escenas memorables se encuentra un inspiradísimo David Mamet que en cierta manera le puso rostro y palabras a la búsqueda del éxito a cualquier precio, o lo que es lo mismo, vender, vender y vender, al precio que sea. Ese capitalismo recalcitrante que nos ha llevado a donde estamos ahora. 

Dado que Glengarry Glen Ross es un film de actores, me parecería horrendo que la vieráis doblada. Quizás tenga un buen doblaje, no lo recuerdo, pero desde luego, en esta ocasión más que nunca, la recomiendo en su versión original. Pero sobretodo os recomiendo que veáis esta película, una de esas cintas de la que uno puede decir que es todo perfecto.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Como el suicidio

El otro día discutía con un amigo sobre si el suicidio ya era la primera causa de muerte en España. Él insistía en que era el cáncer, y yo que no, pues con el ritmo de suicidios que hay en estos momentos cada día es probable que ya superara al de la enfermadad, a la que por otra parte se dedican muchos recursos y atenciones. Quizás el tuviera razón, tampoco tengo ningúna hoja con datos al respecto. O quizás también habría que matizar que es la primera causa violenta de muerte. Lo que tengo claro es que es algo que lleva ocurriendo bastante tiempo, y parece que sólo ahora los medios empiezan a hacerse cierto eco de un, eso parece evidente, crecimiento de la tasa de suicidios, que resulta bastante sintomático de estos oscuros tiempos que vivimos. Cada vez más el suicidio parece estar ligado a los asuntos económicos, especialmente los deshaucios, una realidad execrable sobre la que prefiero no hablar o saldré a volar por los aires sucursales de Bankia hasta que me abata un francotirador. O tal vez sí debiera comentar algo sobre ello. Pero quizás en otra ocasión. Hoy prefiero perderme en los surcos de lo superdesconocido.

Trata de un pájaro que se estrelló contra mi ventana. Yo estaba tocando la guitarra componiendo una canción y oí un ruido, fui a mirar qué era, y en la terraza había una petirroja preciosa que se había roto el cuello contra el cristal. Todavía respiraba. Yo fui, cogí un ladrillo y le machaqué la cabeza para evitarle el sufrimiento. Con esa impresión en la cabeza volví a lo que estaba haciendo y compuse la canción.
Chris Cornell, un tipo alegre.