miércoles, 31 de octubre de 2012

Happy Halloween, againnnnn

Es Halloween de nuevo,unos se harán cruces por motivos religiosos, otros porque detestan la idiocia de una fiesta extranjera, otros ni fu ni fa, y otros agradeceremos que un día de fiesta con una noche con excusa para festejar, y poder salir y ver a la gente disfrazada de cosas idiotas y los típicos disfraces de enfermeras y diablas que nunca pasan de moda año tras año. Los niños saldrán a hacer truco o trato y recoger caramelos, y si alguno no vuelve a casa ahí estarán los de Espejo público para darle coba al asunto. Y las calabazas reirán, y los brotes verdes crecerán.
En fin, simplemente si vais celebrar Halloween aseguráos de hacerlo, una vez más, con la banda sonora adecuada.


lunes, 29 de octubre de 2012

Diez juegos de mesa bizarros para toda la familia

Winter is coming, que diría la gente de Invernalia, y los acólitos de ya sabéis qué y quién. La temperatura baja, el cielo se vuelve gris, y la programación televisiva sigue siendo igual de horrenda que siempre, así que, como todos sabemos, el otoño y el frío invierno son épocas ideales para reunirse con la familia y los amigos al calor del brasero y el coñac, y realizar el viejo ritual de sentarse en una mesa y jugar a todos esos viejos juegos de mesa que tenemos en el armario, olvidados cual Ángel Garó, y que son como la programación de sobremesa de La 2, algo a lo que recurrimos en medio del hastío vital más viscoso, aborgotados por el vino peleón y el triple salto mortal del puchero, el cocidito y esas comidas de los tiempos fríos que acabarían en apenas dos bocados con una de esas lilébulas que vemos en las pasarelas de moda. Sí, es hora de agitar los dados, mover las fichas, leer instrucciones, y volver a sentir el delicioso tacto del dinero falso. Aunque quizás la perspectiva de volver a desempolvar el manido parchís, el viejo Monopoly, el Trivial donde siempre gana el listillo de turno o el dueño del juego que ya se sabe todas las preguntas, o ese Warhammer que tememos nos convierta en un geek de tomo y lomo y nos deje la novia y acabemos convertidos en el dueño de la tienda de cómics de The Big Bang Theory, la perspectiva, digo, no nos haga mucha ilusión. Bien, pues ahí van diez títulos que seguramente no tendréis en casa, pero que querréis tener después de leer esta entrada. Diez juegos inspirados por Dios sabe qué o quién, y en qué estado de embriaguez o pura maldad. Vamos, llamad a la abuela, al sobrino, a la mujer y los hijos, e incluso al cuñado graciosillo, y ofrecedles una velada que no olvidarán. ¿Quién puede añorar la playa y la piscina pudiendo echar una partidita al Juden Raus? ¡Sí amigos, lancen los dados amañados, hagan entrar a las vicetiples, y pongan el champán a enfriar! ¡Es hora de descubrir nuevas sensaciones y colores en diez juegos que harán que jugar seaaa...! (Insértese aquí la escena de Krusty correspondiente).

Is The Pope Catholic!?!: Corría el año 1986, y eran tiempos de descreimiento, iconoclasia y disparos al Papa. Así que dos talentosos cerebros en Boston decidieron crear este juego, no se sabe si para hacer resurgir la fe entre los hombres, o hundirla todavía más, en el que de forma ligera e hilarante uno tenía que llegar a Papa en una larga etapa de seis décadas (ya se sabe que para lucir la mitra hay que poder recordar los tiempos de las perras gordas y las perras chicas) contestando preguntas sobre la doctrina cristiana y ser tentado de vez en cuando por el vinillo de Misa o por gastarse el dinero del cepillo en caramelos. ¡Ay diablillo! Is The Pope Catholic!?!, el juego ideal para sacar en las visitas del té, sobretodo si está el primo lejano seminarista que siempre se lleva las madalenas y le deja a uno las rancias galletas, por ser hereje seguidor de Slayer.

Narro: Payasos, esos extraños seres que de pequeño tan pronto nos hacían reir como nos aterraban hasta el tuétano con sus zapatones, su nariz roja y sus ropajes de colores imposibles que tan sólo un miembro secundario, terciario más bien, de la realeza europea se atrevió a seguir. Si usted o uno de sus hijos o hijas siguen atenazados por la fobia infantil a esos entrañables artistas del circo, nada mejor que enfrentarse directamente al miedo mediante Narro, el juego de los payasos. La portada del juego, ciertamente inquietante (a eso le llamo un diseño terrorífico, y no lo del Atmosfear), ya bastaría para hacer correr al más bravo de los jugadores: un payaso horrible de mirada aviesa, de esos que segura que usa los caramelos de su bolsillo para hacer el mal. Pero no se me arredren, y atrévanse a abrir el juego, ¡recuerden que han de superar sus miedos! Y bien, ¿qué terrible secreto encontraremos dentro de esa caja maléfica? ¡Un maldito juego de damas! Con casillas de colores psicotrópicos, y fichas puestas en plan peones, pero la cosa no deja de ser una burda copia de las damas. La indignación será tal que para entonces ya habrán olvidado su miedo payasil. Y el asunto les habrá costado mucho menos que un psiquiatra. Gracias, gracias, no me lo agradezcan. ¡Agradézcanselo a mi fiel cortaplumas!

The Mansion of Happiness: Si tu primo lejano el seminarista se indignó jugando a ser Papa, aquí tienes el juego de mesa ideal para apaciguarle y que tu madre te levante el castigo y te deje volver a conectarte a Internet y a tus vicios diarios, mientras ella se resigna al saber que nunca serás como tu primo, el seminarista, o tu tía, la monja, quien de paso también se lleva las madalenas a la hora del té. Bien, The Mansion of Happiness es un juego del siglo XIX creado por la hija de un clérigo para solaz de los cristianos temerosos de Dios, así que ya sabéis por dónde van los tiros. En realidad el juego no deja de ser un trasunto del Juego de la oca: hay sesenta casillas para llegar a la mansión de la felicidad (el Cielo, claro), y cada casilla puede ser un vicio o una virtud. El vicio obviamente te hace retroceder casillas, mientras que la virtud te acerca más a Dios. Imagino que habrá que rezar antes y después de jugar, y que el azúcar estará prohibido mientras se juega. Y por supuesto las mentiras hacen llorar al niño Jesús. Ok, tal vez el tablero de 1843 sea difícil de conseguir, pero basta con adaptar un juego de la oca que tengamos por casa pegando sobre las casillas imágenes de santos y santas, buenas acciones, y gente malvada haciendo cosas malvadas.

Juden Raus: De todos es sabido que los nazis no dejaron nada al azar en cuanto a lavar las mentes de los ciudadanos alemanes, con especial atención a los niños y jóvenes, con mentes fácilmente lavables, y que estaban destinados a convertirse en el perfecto ciudadano nazi, carne de cañón para las batallas que el sagrado Reich tenía por delante. Y por supuesto uno de los enemigos a combatir eran los judíos. ¿Y qué mejor forma de inculcar a los ciudadanitos alemanes el odio a los judíos y lo que había de hacerse con ellos que un bonito juego de mesa? Las reglas de juego de Juden Raus eran fáciles: tira el dado, avanza por las casillas, apresa a un judío de sombrero puntiagudo, y llévalo a las casillas exteriores. Es decir, ¡echa al judío de la ciudad! Era 1936, y por el momento los nazis se contentaban con quitarle todo a los judíos y arrinconarlos en guetos y campos de prisioneros. Da pavor pensar en cómo sería el juego en 1942.

Pacman, el juego de mesa: ¡Sin música! ¡Sin destellos! ¡Sin colorines chispeantes! ¡Sin cambios de color súbitos! ¡Sin gracia! Sí amigos, en 1982 el juego de Pacman era tan popular que decidieron seguir sacando dólares a su costa ideando el juego de mesa Pacman, que era básicamente lo mismo, pero en cartón y plástico. Podían jugar hasta cuatro jugadores, y bueno, quizás tendría su gracia mover fantasmas y el Pacman por el tablero, pero teniendo el videojuego, no sé cómo de útil sería tener esto en casa. A no ser que seas un niño Amish que vive ajeno a la electricidad, me pregunto quién querría jugar a esto.

Frischfleisch: No sé que obsesión tienen algunos alemanes con eso del canibalismo, ¿será por aquello de la Guerra de los Treinta Años? En fin, si eres uno de esos locuelos que está deseando ser devorado por un semejante, pero no con los ojos ni a besos, sino con cuchillo y tenedor, y quieres contactar via Internet con un trinchaperonés germano, asegúrate de llevarle como regalo de bienvenida (o quizás debiera decir despedida) un juego de Frischfleisch. Su sangrienta portada de colores atomatados que incluye dibujo de una pierna a medio trinchar sin duda hará las delicias de tu futuro devorador, y podréis echar una partidita antes de que acabes siendo el plato de un delirio caníbal. Aunque la buena noticia es, ¡que el juego da para que participen varias personas! Podríais montar una orgía antropófaga de tomo y lomo. Lomo humano, claro. Y es que el juego consiste en que varios náufragos han de sobrevivir durante un mes hasta que llegue el rescate a la isla donde se hayan perdiditos, perdiditos. Hay frutas y animales, pero, ¿quién sabe si en cantidad suficiente? Tarde o temprano tendrás que meditar la opción de empezar a comer humanos, es decir, a tus compañeros de juego. Frischfleisch, ¡un juego para toda la familia!

Blacks & Whites: Supongo que un juego así sólo podía salir de un Departamento de Psicología de una Universidad. O eso debía decir el prospecto. Quizás lo ideó alguno de esos yanquis que les gusta hacer hogueras con buena madera, especialmente si la madera tiene forma de cruz. El objeto del juego, parece ser, es aprender jugando (ya se sabe que es la mejor manera de aprender) a sentir lo que se siente ser un negro en una sociedad dominada por blancos. En el juego los blancos son la mayoría, y los negros la minoría. Así que como si de ajedrez se tratara, tú eliges: blancas o negras. Blacks & Whites es un trasunto del Monopoly, pero adaptado a la realidad de Yanquilandia. Es decir, las fichas blancas empiezan con un millón de dólares y pueden comprar todo lo que haya en el tablero. Las fichas negras empiezan con mil dólares y hay ciertas propiedades que les están vetadas. También obtienen menos dinero al dar una vuelta por el tablero, y cogen cartas de los avatares de la vida de un mazo distinto. Todo ello mientras los jugadores tenían electrodos en la cabeza y sus reacciones eran convenientemente anotadas por los psicólogos de turno. ¿Pero quién necesita la psicología como excusa para jugar a Blacks & Whites? ¡Juntáos con vuestros amigos y dividíos en blancos y negros, y jugad a esta insania de juego hasta que estalle una revuelta negra y el tablero y las fichas salten por los aires!

Hundir la flota edición viejuna: Sí, Hundir la flota, el juego de los barquitos de toda la vida que se jugaba en casa si tus padres tenían dinero, o en libretas si eras pobre o estabas en la escuela. El juego de toda la vida, vamos, tocado, hundido, agua, cerveza... Barquitos aquí y allá, escondidos, y tú ponte a decir números y letras, y tal. Así que, ¿cómo se juega al Hundir la flota edición viejuna? Pues igual que siempre, sólo que las mujeres no pueden jugar y se quedan lavando los platos y haciendo las cosas de la casa, felices de ver a los hombres solazarse hundiendo cruceros y portaaviones. Ideal como regalo para tu pareja en San Valentín. Aunque si tu novia no tiene un sentido del humor tan retorcido como el tuyo, puede que sea tu último 14 de febrero en pareja, amigo.

Capital Punishment: Delicioso juego, ideal para jugar en familia, en Navidad, o una época así. Hay cuatro personajes, a elegir: un asesino, un violador, un pirómano o un secuestrador. El objetivo es que tu personaje gane como en cualquier otro juego de mesa. Cada personaje tiene a su disposición quince ciudadanos y dos liberales. Para ganar hay dos maneras: llevar a tu personaje al final del tablero, en tres posibles finales felices: cadena perpetua, el corredor de la muerte o la silla eléctrica; o bien usar tus dos cartas de liberales para sacar a tus oponentes de ese feliz camino de la justicia, lo que llevará a sus fichas a causar todo tipo de maldades, dejándoles sin ciudadanos felices.

15 Love: Iba a concluir con el Juego de Memoria de Mark Twain, un juego que el mítico escritor y pensador ideó preocupado porque los colegiales de la época parecían tener problemas de memoria recordando datos y fechas, así que ideó un juego con unas reglas que al parecer sólo entendía él y la cosa no cuajó. Pero creo que mejor os dejo con Love, una especie de juego de tenis que tiene toda la pinta de ser el juego de mesa más excitante del universo.

martes, 23 de octubre de 2012

Alien, el octavo pasajero (1979)

Ya hablé ampliamente de la gestación y rodaje de Alien, el octavo pasajero aquí, así que hoy simplemente me apetecía rememorar este impepinable clásico en estos oscuros tiempos de "vigorexia" (¿fue un médico o un periodista? Hagan sus apuestas) tecnólogica, que yo también puedo juguetear con el lenguaje. Los habrá que sigan defendiendo Prometheus hasta el fin de los tiempos (las hay peores, claro, ¡pero también mejores!), y siempre habrá atrevidos imberbes que les parezca poca cosa por aquello del avance en los efectos especiales (un día tengo que protestar sobre este punto, porque me saca de mis casillas), o que les parezca demasiado lenta. E incluso los hay más mayores que la consideren sobrevalorada. OK, puede no gustarte, y los gustos son como los culos, pero, ¿sobrevolarada? Claro que en estos tiempos donde todo está sobrevalorado, hasta Led Zeppelin o los Beatles (?), Alien, el octavo pasajero no podía ser menos. ¿Quieres convencerme de que esta película no es un jodido clásico? ¡Anda y vete a pregonar eso por ahí, así como que la Tierra es plana, pero no lo intentes conmigo! Hay cosas que sencillamente no son debatibles.

No sé cuando fue la primera vez que vi esta película en alguna emisión televisiva (¿1988 tal vez?), y aun sigo esperando que la reestrenen en algun cine o filmoteca para verla en pantalla grande, pero poco importó aquella vez (y las sucesivas) que el film de Ridley Scott estuviera encerrado en una caja tonta. El impacto fue tremendo. Mayúsculo. Oneroso incluso. Sí, está claro, ¡me voló la cabeza! No se parecía a nada que hubiera podido ver anteriormente. Aquellos diseños, aquel ambiente opresivo, una tripulación que nada tenía que ver con Han Solo, y más bien parecían taxistas, o camioneros... La gigantesca Nostromo, la cámara que recorría sus pasillos hasta llegar a la sala de ordenadores, que se ponían a dialogar en el reflejo de aquellos cascos de piloto. Por supuesto no comprendía demasiado, ni que fuera una especie de diálogo, pero la imagen era fascinante. Y es que aquellos ordenadores basados en IBM eran una delicia, ¿por qué los han desterrado de las pelis de ciencia ficción? ¿Qué mas da que ahora la tecnología permita hacer ordenadores de imágenes táctiles, o a que ahora todo el mundo use güindous o mi amigo mac? Ver al tipo de turno tecleando órdenes en el ordenador con aquel cursor parpadeante sencillamente no es superable. ¿Por qué en Prometheus de repente tienen superordenadores en plan aipad gigantesco? Ya no hay respeto por las tradiciones.

Aunque para impacto, el maldito bicho saliendo del interior de John Hurt, derramando sangre por todas partes. ¡No creo que pueda describir la impresión de una escena así! Fue uno de los grandes hallazgos de los guionistas, y evidentemente después de aquello, aunque que yo recuerde pude seguir durmiendo, la escena siguió grabada en mi memoria, hasta hoy. Tal vez no me sepa los afluentes del Tajo, ¡pero en mi mente John Hurt tiene una indigestión alienígena cada pocos segundos!

Y  bueno, a todo ello hemos de añadir que veníamos de la visita a la increíble nave alienígena, el encuentro con el spacejockey y el facehugger de los huevos (nunca mejor dicho) que se aferraba a la cara del pobre John como un político a sus prebendas. Y estaba aquel planetoide árido y hostil (a su lado Tatooine parecía un agradable lugar de descanso) lleno de tormentas, y el travieso Ash (gran Ian Holm) con esa sonrisilla, abriendo las compuertas a pesar de las órdenes de la teniente Ripley. ¡Ah, la teniente Ripley! ¿Quién habría podido imaginar que un personaje femenino podía ser todavía más valiente y tener más protagonismo que la princesa Leia? Pero así era, y por ello muchos aprendimos que las niñas eran igual de respetables que los niños, aunque a veces uno jurara que por dentro de alguna corría un ácido mortal. Nada mejor que el enseñar deleitando, y Alien lo hacía muy bien. Nada como un poco de sangre y terror para que a partir de los nueve o diez años las almas dormidas de la chavalería aviven el seso y despierten contemplando cómo un extraño alienígena sale del estómago de un desdichado trabajador, a pesar de tener su convenio y eso.

Y después de la espetacular aparición del bicho, el siguiente en caer era el pobre Brett (¡esa inolvidable mirada del gato! Creo que nunca se ha descrito la personalidad gatuna que en esa escena, en plan "mejor tú que yo"). Pero lo realmente excitante venía cuando Dallas se metía en los conductos, tratando de dar caza al alienígena, y aquellos inolvidables pitidos del detector de movimiento... ¿Qué escena de la nueva entrega del universo paralelo/precuela a ver si cuela puede compararse con esa? ¡Ninguna! Con el corazón a punto de estallar de tanta adrenalina, uno asistía comiéndose la gomaespuma del sillón a aquella secuencia del cazador cazado, con aquellos malditos "beeps" y los "¡Cuidado, está detrás de ti! ¡No veo nada! ¡Aieeee!". Tremendo. 
Y tus defensas, ¿han desayunado?
Y por supuesto el maldito xenomorfo iba a seguir haciendo de las suyas hasta que los supervivientes decidían volarlo todo y largarse de allí, pero el impacable cazador iba a eliminarlos a todos (exceptuando el sorpresivo momento con Ash, cuya simpatía siempre tendremos) salvo a la dura Ripley, quien, era evidente, tenía que volver a por el gato entre alarmas, vapores y un alienígena suelto (¡joder que tensión!). Después llegaba la aparente calma en la pequeña astronave de salvamento (¿se llamaba Narcissus?), donde Ripley demostraba ser, además de una infatigable superviviente, la oficial de seguridad más sexy del universo. Pero claro, no todo había terminado...

No sé, Alien, el octavo pasajero me parece una de las películas más excitantes de todos los tiempos, ¡y le tengo más cariño que a algunas personas! Así que podría seguir escribiendo y escribiendo sobre tal o cual aspecto, pero en vez de perder el tiempo juntando letras mientras vosotros las leéis, volvamos a visionar este tremendo clásico, que inició una exitosa saga (demasiado exitosa para mi gusto, visto lo que ha venido después, donde con Alien Resurreción ya empezó la era vergonzante de cuya culpa están exentos los xenomorfos, pobres de ellos, cuyo aura ha ido cayendo en `picado, y así hasta hoy), y que resulta tan efectiva cinematográficamente hablando como cualquier Viagra.

Y por último, para cerrar el texto de hoy, recordar que el xenomorfo mortal no era el octavo pasajero, era el noveno. ¡Hola Jonesy! Ah sí, y no lo olvidéis: en el espacio nadie puede oir vuestros gritos (maldita sea, si hasta la publicidad y el trailer eran impecables).

lunes, 22 de octubre de 2012

A Kiss Goodbye for Sylvia Kristel

Iba a titularlo adiós a Emmanuelle, pero no estoy seguro de que le hubiera gustado esa relación con un papel mítico que la encumbró a la fama y a la vez acabó con su carrera como actriz. Pero, ¿quién no la recuerda por esa película que puso de primer plano el cine erótico, con todas aquellas escenas que han marcado a varias generaciones? Emmanuelle fue el comienzo y el fin, y no pudo quitarse de encima el peso del personaje y una fama difícil, aunque por supuesto siguió actuando, sobretodo dentro del cine erótico, donde siempre estaba radiante, a años luz de muchas otras actrices del género.
Por todo ello no podía dejar pasar esta ocasión para dedicarle una pequeña despedida. Hasta siempre, Sylvia.

sábado, 20 de octubre de 2012

Publiacidez. Hoy: Ion Tides

Hoy os voy a hablar de Ion Tides, una estupenda banda de la tierra de la horchata, y de paso os voy a pedir que les echéis una mano, porque si no matarán un gatito, y lo que es peor, a mí, que escribo esto bajo amenaza de que envíen mi noche loca con Pedro J a todos los periódicos y el yutuber. Ahora en serio, no los recomiendo sólo porque sean amigos, sino también porque saben lo que se hacen y prometen bastante. Influencias varias, entre los 60 y los 90, pero bueno os dejo un vídeo para que juzguéis vosotros mismos. 
Los Tides están participando en la edición del Villa de Bilbao de este año, así que si os gustan (aunque si no también os lo pido por el niñito Jesús), aparte de id a verles si llegan a la final, entrad al enlace de facebook (¡espero que todos seáis tan modernos como yo!) y dadles vuestro voto, y así si ganan podréis verle en las fnacs de las principales ciudades españolas. 
Aquí el enlace.

Y aquí os dejo el video. Espero que seáis buenos y votéis, y así mi honor quede a salvo.

jueves, 18 de octubre de 2012

Disco Godfather (1979)

How? And whaaaa? Rudy Ray Moore, siempre a punto con la pregunta correcta. Y funky.

Hace mucho tiempo, en un gueto muy, muy lejano... 
Son tiempos oscuros para el Blaxploitation. Aunque la música disco reina en todas partes, los hermanos más concienciados han hecho salir a los héroes negros de sus bases ocultas y los persiguen a través de toda la nación. Tras escapar de la terrible crítica de Jesse Jackson, un grupo de guerreros de la libertad encabezados por Rudy Ray Moore, han establecido una nueva base secreta, en una discoteca caliente de algún gueto perdido. El malvado capo local, obsesionado por llenarse los bolsillos, ha enviado miles de papelinas especiales hacia las infinitas distancias del barrio negro. Una de estas drogas llegará al cliente de la disco que regenta el amigo Rudy. De este modo, las fuerzas discotequeras tendrán que preparar la guerra contra la droga lo antes posible, guiados por ese incombustible superhombre negro llamado Rudy Ray Moore.

En 1979 lo mejor de la música disco ya había pasado, pero estaba en su momento más alto de popularidad gracias a Fiebre del sábado noche. El fenómeno del Blaxploitation daba sus últimos coletazos, totalmente agotado y exprimido, pero Rudy Ray Moore aún tenía fuelle para producir otra película de acción con una trama antidrogas que fuera bien recibida y entretuviera a la par que concienciara las almas. Pero para encontrar financiación el pobre Rudy tuvo que conectar su historia de alguna forma con la fiebre discotequera, con lo que acabó pergeñando un film todavía más alucinógeno de lo que era normal en él, en el que cual peli porno de manual, a la mínima ya había alguna escena de baile para rellenar minutaje y hacer mover los pies de la audiencia.

En este caso Rudy es Tucker Williams, un ex-poli que se ha montado una disco y lo peta cada noche bailando y pinchando discos en su estilo particular. Como decía, el drama se desencadenará cuando un cliente que hace un momento era el rey de la pista, vuelve a la disco después de fumar PCP o polvo de ángel, la nueva droga que estaba atacando en los guetos. Así vemos en un recurso narrativo veloz como el que antes triunfaba con su baile, ahora está totalmente pasado y alucinado, en una, permítanme la redundancia, alucinante alucinación, en la que aparecen sombras, luces inquietantes, Rudy convirtiéndose en esqueleto, una extraña bruja, y jugadores de baloncesto. El colocón es tal que el pobre tipo acaba en el hospital, donde Rudy es llevado de la mano del médico a una sala donde están todos los que han perdido la razón por abusar del PCP, en lo que es una secuencia de colgados de serie B realmente epatante. Es en ése momento cuando a Williams se le hinchan las bolas (de espejo, claro) y decide embarcarse en una cruzada contra esa terrible droga.

Disco Godfather sigue la línea de la filmografía anterior de Rudy Ray Williams llena de secuencias de acción cutres, diálogos del montón, escenas de amor casposas e interpretaciones lastimeras, empezando por la del propio Rudy, que actúa aun peor si cabe que en ocasiones anteriores, lo cual aumenta sin duda el encanto de esta peli, que, no seré yo quien lo niegue, es realmente terrible. Pero para los más colgados del lugar Disco Godfather tiene sus alicientes, que son, aparte del propio Rudy, unas escenas de alucinaciones endrogadas que dejan a Drugstore Cowboy a la altura de una intoxicación de petazetas.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Quiéreme, sí

El nuevo single de los Stones, "Doom & Gloom", no está nada mal. Pero hoy como el sencillo estará en todos los blogs voy a poner el "Love Me Do" de los Beatles, con la excusa del aniversario y eso. Lo cual me lleva a pensar el gran mérito de Mick y compañía, no sólo por aguantar y aguantarse, sino por haberse mantenido siempre a flote sin demasiados tropezones, ni amuermamientos.

domingo, 14 de octubre de 2012

El señor de la guerra (2005)

En el mundo hay más de 550 millones de armas de fuego en circulación. Un arma de fuego por cada doce personas que hay en el planeta. Y digo yo... ¿Cómo se arman las otras once? El pragmatismo según Yuri Orlov.

Creo que si en un futuro se escribiera un Hollywood Babilonia de estos últimos tiempos, seguro que Nicolas Cage tendría un capítulo entero para él solo. Quizás las anécdotas no serían tan escabrosas como lo que relata el viperino Kenneth Anger en su libro, pero son lo bastante alucinógenas y las tiene en bastante cantidad como para hacernos pasar un buen rato. Y mientras Cage vive feliz (o no) en su mundo de fantasía y supermanes, su carrera como actor sigue en caída libre, aunque no así su estatus de estrella, gracias a que se ha convertido en el hombre sí y en la estrella de acción que actuará en tu película si ninguna otra puede. Desde luego no cabe duda de que Cage trabaja duro, ¡cinco películas estrenadas en 2011! Entre ellas la secuela de la saga que está arrastrando el aura de El motorista fantasma por el fango. Quizás no todas sean buenas, pero está claro que deben ser todas buenas comedias. Nicolas Cage, ¡el enigma humano de la moderna Babilonia!

Como no sigo de cerca su carrera (aunque viendo escenas de Wicker Man me planteo si no debería cambiar de opinión, ahora que Leslie Nielsen ya no está entre nosotros) no sé si El señor de la guerra es su última buena película, pero desde luego puedo afirmar que es una buena película y con una interpretación bastante comedida del amigo Cage. La trama resulta de lo más interesante, con un guión escrito por el propio director, Andrew Niccol, que ya desde la curiosa e imaginativa idea para los títulos de crédito nos invita a pensar que van a haber buenos planos y un ritmo ligero con una trama absorvente que mezcla entretenimiento y exposición de situaciones y personajes más o menos reales, o al menos inspirados en la realidad. El amigo Niccol no es que se prodigue mucho en esto de hacer películas, pero ya desde aquella lejana y estupenda Gattaca demostró que tenía cosas interesantes que ofrecer. Y El señor de la guerra es otra de ellas.

Desde la impactante escena inicial, donde el protagonista, Yuri Orlov, situado en un escenario bélico desolador, y rodeado por miles y miles de casquillos de bala, rompe la barrera entre personaje y espectador para narranos su historia, El señor de la guerra nos acerca desde la ficción a lo que podría ser quizás la vida de cualquier traficante de armas, aunque por su origen e historia, Orlov parece estar basado principalmente en Viktor Bout, ese traficante que apresaron hace pocos años en Tailandia, y parece destinado a pudrirse en alguna cárcel estadounidense (¿cómo es la frase esa de Orlov de la cabeza de turco?). No sé si por esa proximidad, o por el tema que trata, de forma sintomática, o al menos curiosa, Niccol no encontró financiación en la patria del Tío Sam, al menos no por parte de los grandes estudios.

La historia de Orlov es la historia del tráfico de armas de los últimos treinta y pico años, dominada en un principio por la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y que tras la caída de esta última pasó a convertirse en un mercado totalmente global, con ferias de exposición con chicas sexys subidas a tanques y comerciantes vendiendo Kalashnikovs como quien vende quisquillas. Pero la película se centra más en ese ingente mercado ilegal del que participan, ya sea directamente o indirectamente, las nobles naciones democráticas, mientras los traficantes encuentran siempre la forma de saltarse las leyes internacionales que no son más que papel mojado. Hay guerras en todo el mundo y muchos tratos que cerrar, aunque por supuesto, después de la caída del URSS, el gran mercado armamentístico se encuentra en África, el continente de las guerras eternas. De hecho uno de los personajes más destacables, que resulta ser uno de los mejores clientes de Orlov, es André Baptiste (atermorizante Eamonn Walker), un trasunto del hijoputa liberiano Charles Taylor.

Después de realizar su cínica presentación entre montañas de casquillos, Orlov nos cuenta su historia de vendedor de armas, que comenzó como traficante de poca monta en el barrio de Little Odessa en Brooklyn, ayudado por su hermano pequeño Vitaly, mientras sueña con ligarse a la inalcanzable chica sexy de su barrio que acaba siendo modelo, Ava Fontaine, algo que acabará logrando una vez comience a irle bien en el negocio. A través de Orlov seguimos la evolución de la venta de armas, que van allá donde haya un conflicto, ya sea en Colombia o Liberia, y de cómo la caída de la Unión Soviética lo cambia todo, y comienza la era de las vacas gordas para los traficantes, con un montón de arsenales en desuso que a base de sobornos acaban saliendo al mercado (impresionante la colección de tanques que aparece en una determinada escena del film, y que no era si no una remesa real dispuesta a ser despachada para el cliente de turno). Orlov irá perseverando a pesar de los esfuerzos de un agente de la Interpol que responde al novelesco nombre de Jack Valentine por echarle el guante. Pero Orlov siempre parece encontrar la manera de burlarle, o encontrar un vacío legal. Y cuando no, recibe la ayuda de sus amigos militares de alguna superpotencia mundial. Sin embargo sus negocios y su estilo de vida pronto comenzará a afectar a sus relaciones familiares.

El señor de la guerra nos recuerda lo que pasa cada día en otras partes del mundo mientras nos ofrece una entretenida trama que no deja de apuntar a algunas organizaciones, leyes o personas que no acaban de funcionar como debieran. Por ello, todo el guión, y la historia, que parten del punto de vista de Orlov, rebosan de un cinismo que parece no dejar de recordarnos que en esta vida la línea entre buenos y malos no es tan clara como nos enseñan las películas, y que en la diplomacia internacional, ya sea en la paz o en la guerra, todo sigue valiendo, como ha sido desde los tiempos de Maquiavelo, o desde que existe la misma diplomacia. Así que además de un buen reparto (aparte de Cage aparecen también Ethan Hawke, Ian Holm o Jared Leto), El señor de la guerra ofrece un buen guión, con algunas frases atómicas que pertenecen en su mayoría al hombre de extraña moralidad Orlov, y una buena dirección en lo que no deja de ser una película que parece haber pasado demasiado desapercibida en su momento (también para mí). Quizás el nombre de Cage espantara a los cinéfilos más exigentes, pero desde luego esta cinta nada tiene que ver con Wicker Man. ¡No se la pierdan!

jueves, 11 de octubre de 2012

miércoles, 10 de octubre de 2012

La sombra de Caín: los patos rosados y el cadáver del East River

El East River, el río que separa Manhattan de Long Island, es, como muchos otros ríos que recorren las grandes ciudades, un sitio bastante contaminado. Y aun lo era más a finales del siglo XIX. Pero ello no explicaba que cierto día de un caluroso junio de 1897 el dueño de unos patos en Long Island se los encontrara mudados en un color rosado de lo más chocante. Mientras un debate ornitológico tenía lugar entre el dueño de los patos y sus vecinos, en otra parte de Nueva York, en el río, unos chiquillos rescataron una suerte de paquete envuelto en hule que había salido a flote. Su contenido les dejó estupefactos: era el tronco de un adulto, sin brazos y sin cabeza. En una ciudad tan violenta como la Nueva York de finales del XIX aquél no era seguramente el primer cuerpo desmembrado del que tenía que ocuparse el veterano Stephen O'Brien, jefe del Departamento de Detectives de la Policía de Nueva York. Se habían cometido horribles crímenes antes, y se seguirían cometiendo después. No, aquel no era el primer cadáver misterioso que aparecía en las aguas de Nueva York. Sin embargo, aquel caso iba a ser muy diferente. Porque justo en aquellos días el todopoderoso William Randolph Hearst, que había irrumpido en la prensa local como un toro en una cacharrería dos años antes, comprando el mortecino New York Morning Journal, acababa de lanzar una nueva ofensiva a su mortal enemigo Joseph Pulitzer, el dueño del New York World, lanzando el diario vespertino New York Evening Journal. Algunos años atrás Pulitzer había levantado al New York World de su estado comatoso con un nuevo estilo editorial que incluía artículos sobre injusticia social, tiras cómicas, concursos, y, entre otras novedades, un tratamiento más vivaz de las noticias de sucesos. Hearst había tomado buena nota de esta receta, y en la escalada armamentística entre los dos diarios, el sensacionalismo se había revelado como una buena arma para vender periódicos. En aquella guerra el tratamiendo de la noticia de los crímenes locales no tardó en refinarse hasta que se alcanzó el patrón perfecto para vender más y más números: los sagaces editores escogían uno de los muchos crímenes que podían cometerse cada semana en Nueva York, uno que apelara a la curiosidad y/o los sentimientos del lector, y entonces ese crimen era seguido paso a paso desde el minuto uno, hasta que el culpable era sentenciado. Los lectores, enganchados al suceso como lo estarían con un relato de Sherlock Holmes por entregas, comprarían cada día el periódico para saber los nuevos detalles del caso. La estrategia era infalible, y por ello, sigue utilizándose en nuestros días.

Sin embargo aquel 26 de junio las preocupaciones del jefe O'Brien estaban muy lejos de las guerras de periódicos. Tenía a otro asesino suelto a quien echar mano, y el East River pareció querer ayudarle expulsando a la superficie más trozos del cadáver, entre el sábado y el domingo, aunque la cabeza seguía sin aparecer. Los primeros informes del médico forense citaban, entre otros detalles, el inusitado tamaño de los pies de aquel cádaver, y las callosidades que presentaban. Conclusión: aquel hombre, en vida, aparte de tener unos pies muy grandes, se había ganado la vida descalzo. Probablemente en un local cerrado, pues el cutis de la víctima era muy pálido. Por contra, las manos del asesinado eran bastante suaves, y mostraban unas uñas limpias. Otra curiosidad era que a la altura del pecho a la víctima se le había seccionado un gran trozo de piel. Además, por la forma en que había sido seccionado el cadáver, y el diestro manejo del serrucho, el forense deducía que el asesino podía tener ciertos conocimientos de anatomía, y experiencia en trocear cadáveres. Como observó un molesto forense después de que O'Brien verbalizara sus pensamientos, eso implicaba no sólo a médicos y estudiantes de medicina, sino también a barberos, carniceros o trabajadores de una funeraria. Tal vez incluso un artista. Bien, eso implicaba una gran cantidad de sospechosos, pero los pies y manos de la víctima le inducían a pensar que tendría mucho más éxito poniendo primero un nombre al cadáver desmembrado. Pues estaba convencido de que aquel desdichado se había ganado la vida trabajando en unos baños turcos.

Efectivamente, ya la misma tarde del domingo los agentes que O'Brien había enviado por todos los baños turcos de la ciudad le comunicaron que en un establecimiento de baños de la calle 42 un tal William Guldensuppe se encontraba ausente de su puesto desde el viernes. Cuando O'Brien llegó al lugar, el dueño le informó de que el fornido inmigrante alemán había pedido el jueves tomarse el viernes libre para resolver unos asuntos fuera de la ciudad, pero aquel mismo viernes la patrona de Guldensuppe, una tal Augusta "Gussie" Nack, se había acercado con un telegrama en el que el alemán informaba a su jefe de que se tomaría también libre el sábado. Sin embargo, habría de haber vuelto el domingo. ¿Era habitual que el germano faltara al trabajo? Para nada. Según el dueño del local, Guldensuppe no dejaba pasar la ocasión de ganarse alguna propina o dólar extra, y apenas sí cogía vacaciones. Interrogando al dueño de aquellos baños O'Brien obtuvo otro dato crucial: el alemán tenía tatuada en su pecho una mujer desnuda. La posición y el tamaño de aquel tatuaje encajaban con el trozo de piel que faltaba en el pecho del cuerpo desmembrado. Bien, todo apuntaba a que eran los restos de Guldensuppe lo que tenían allá en el depósito de cadáveres.

¡Ah sí, el depósito! Además de sus pies grandes, había una peculiaridad en la anatomía del fornido alemán que ningún hombre, fuera o no relevante para el caso, habría pasado por alto. Sí, Guldensuppe bien podía haber presumido en vida de que el tamaño de su miembro viril igualaba al de sus grandes pies. O'Brien no podía saber a ciencia cierta si aquel germano había sido guapo o no, pero dada su buena planta y su excepcional pimmelwurst, era bastante probable que aquel fornido soltero de delicadas manos hubiera tenido éxito entre las mujeres. El tatuaje en su pecho indicaba sin duda que el bueno de Guldensuppe había sido aficionado a ellas. ¿Y si en aquel crimen estaba envuelta, de alguna forma, una mujer? Un cliente habitual que parecía conocer bien a Guldensuppe confirmó sus sospechas: aquel alemán había sido un Don Juan empedernido, con un apetito sexual monstruoso. En realidad, Guldensuppe tenía un apetito voraz para todo, ya fuera comida, bebida o mujeres. En cuanto a esos tres placeres pecaminosos de la vida, Guldensuppe siempre había sido hombre de cantidad, no de calidad. Ciertamente no tenía un prototipo ideal de mujer: prácticamente cualquiera le servía. Para disipar las dudas del jefe de policía, aquel cliente que parecía conocer tan bien al sátiro alemán le preguntó por cierto detalle anatómico; no el del tatuaje ciertamente, pues era un tatuaje que cualquier marinero podría tener en su pecho. El lector bien imaginará el objeto de la pregunta del cliente. Cuando O'Brien contestó afirmativamente, el habitual de los baños no tuvo duda: "Bien, ahí tienen a su hombre".

Después de charlar con aquel cliente, O'Brien concluyó por motivos obvios que aquel Don Juan de baja estofa con apetitos voraces que eructaba y bebía a grandes tragos no podía haberse relacionado con refinadas damas. Debía buscar a una mujer común. ¿Qué tal aquella Gussie Nack? El roce hace el cariño, y no sería la primera vez que en sus pesquisas se encontraba con una patrona que se veía con alguno de sus alquilados. El jefe de policía envió a sus agentes a interrogar a la señorita Nack. ¿Estaba casada? No, su marido la había abandonado hace dos años. ¿Mostraba aprecio por Guldensuppe? No, más bien mostraba aprecio por los cincuenta dólares que el alemán le había pedido prestados el jueves pasado, antes de partir. Ciertamente la patrona no debía haberse llevado demasiado bien con aquel Gargantua de finas manos. ¿Estaban seguros de que no había habido ningún romance entre ellos? Los agentes se miraron antes de contestar: "Debería usted verla, capitán". A juzgar por el aspecto de doña Nack, no era de extrañar que su marido hubiera salido huyendo.

Bien, había muchas mujeres en Nueva York, así que las posteriores investigaciones se centraron en los materiales con los que habían sido envueltos los cadáveres. El torso se halló envuelto en un curioso hule encarnado, mientras que las restantes partes del cuerpo habían sido envueltas en hule blanco y lona fina. La cabeza seguía sin aparecer, pero aquellos materiales eran buenas pistas. Para empezar, estaban en muy buen estado, con lo que podía colegirse que habían sido comprados para el solo propósito de deshacerse del cadáver. Siguiendo la pista de los materiales no tardaron en llegar nuevas pistas. Se había interrogado a trabajadores del puerto, pescadores y pasajeros que hubieran usado los transportes marítimos entre el jueves y el sábado. Precisamente uno de ellos logró recordar que había visto a un hombre cargando un gran paquete envuelto en hule encarnado en el ferry que une Long Island con Manhattan. ¿Alguna característica especial? Unas mejillas muy rosadas. 

Para entonces los periódicos de la ciudad ya estaban haciéndose eco del caso, ofreciendo todos los detalles posibles acerca del mismo. Días atrás al propietario de una mercería en Dutch Hills, distrito de Long Island, le había llamado la atención el detalle de que el torso hubiera estado envuelto en aquel particular hule encarnado que él mismo vendía. Como buen ciudadano, aquel hombre había acudido a prestar su ayuda a la policía. Durante el interrogatorio le preguntaron si recordaba a algún cliente en particular que le hubiera comprado hule encarnado. Así era. Recordaba a un hombre con curiosas mejillas rosadas.

Mejillas rosadas. Mientras O'Brien esperaba que sus hombres localizaran y le trajeran el telegrama original en las oficinas de la Western Union, el jefe de detectives le daba vueltas al detalle de las mejillas. ¿A qué podían deberse esas mejillas tan coloridas? ¿Ejercicio físico? ¿Actividades al aire libre? El forense había mencionado de pasada que tal vez el asesino pudiera ser un artista, acostumbrado a estudiar y pintar el cuerpo humano. ¿Y si aquel artista trabajaba mucho al aire libre? ¿Podía ese detalle explicar lo de las mejillas? Mientras O'Brien barruntaba aquel asunto, llegaron sus hombres con el telegrama original de Guldensuppe. El capitán lo comparó con las muestras de escritura obtenidas en los baños. Después le entregó las pruebas a los grafólogos. Pero estaba claro que Guldensuppe no había escrito aquel telegrama. El siguiente paso era buscar más pruebas en Long Island. Mientras tanto, él se quedaría en su despacho tratando de encajar las piezas del aquel tétrico rompecabezas.

O'Brien era famoso por ser un policía metódico, que no dejaba nada al azar. Y por ello trataba de rodearse de los mejores hombres del departamento. Era imposible trabajar con gente en la que no se podía confiar. Y él confiaba en sus colaboradores. Y sin embargo, ese pequeño gusanillo que todo buen detective tiene en su interior no le dejaba dormir. Y cuando un detective no puede dormir es que algo ha pasado por alto. O'Brien recapituló y volvió a recapitular. ¿Dónde estaba el cabo suelto? Bien, sus hombres le habían dicho que era imposible que Guldensuppe hubiera tenido relaciones con su patrona, Gussie Nack. Pero O'Brien decidió comprobarlo por sí mismo y mandó llamar a la buena señora. El impacto visual que recibió el capitán cuando doña Nack entró en su despacho fue tremendo, e inmediatamente sus ojos le conminaron a creer lo que habían dicho sus hombres. Una observación más atenta no le permitió cerciorarse de si aquella mujer había tenido relaciones o no con Guldensuppe, pero O'Brien pudo asegurar, como viejo perro policía que era, que aquella mujer ocultaba algo. Sin embargo no tenía prueba alguna. Así que tras lanzarle algunas preguntas rutinarias, O'Brien dejó que la patrona volviera a su hogar. No sin antes haber ordenado a dos agentes vigilar todos sus movimientos.

El experto detective no estaba solo en su investigación. De hecho se encontraba en franca competencia con los sabuesos de Hearst, que estaban realizando sus propias pesquisas para el New York Evening Journal. También ellos comenzaban a creer que Gussie Nack y Guldensuppe bien pudieran haber compartido el calor y la comodidad de una misma cama. De hecho habían comenzado a alquilar todas las habitaciones disponibles en el edificio de la señorita Nack para mantener alejada a la competencia.

Pero O'Brien no estaba ciertamente durmiendo en su despacho. Había enviado agentes a recorrer la Novena Avenida, donde vivía la patrona, para ver si podían averiguar algo. Otros policías realizaban pesquisas entre los vecinos de la enjuta danesa apellidada Nack. Todos volvieron con datos jugosos. Los primeros habían dado la descripción de Gussie entre los negocios de la larga avenida. El indignado dueño de un negocio de alquiler de coches y caballos reconoció en la descripción de la señorita Nack a una cliente que el viernes le había alquilado un carruaje que sería utilizado al día siguiente por un hombre de curiosas mejillas rosadas. Aquel hombre llevó al caballo casi hasta el agotamiento, detalle que provocó la indignación del dueño de aquel negocio. Por otro lado, un agente había obtenido informacion de la típica vecina cotilla que habita en todos los edificios. Al parecer, el marido de Gussie Nack no la había abandonad, sino que había sido ella quien le había desplazado de su corazón. Según aquella vecina, la causa de la ruptura matrimonial había sido Willie Guldensuppe. Y aún había más. Por boca de aquella vecina había averiguado que el alemán no había sido su único alquilado en época reciente, como había afirmado en los interrogatorios. Al parecer no hacía mucho que también había alojado a un barbero. ¿Mejillas rosadas? "Sí, capitán". Y aquella mina de oro con forma de vecina cotilla aún entregó a la policía una pepita más: cierta noche del invierno pasado al parecer se había montado un buen jaleo en el hogar de Augusta Nack, y el fornido Guldensuppe había echado a patadas al barbero. Por desgracia, el nombre del barbero de mejillas rosadas aún no había podido ser averiguado.

Entonces la investigación pareció pasar por la rueca de Cloto, y una de las parejas de agentes que se encontraban buscando pistas en Long Island llamó a la puerta de Jake Wahle, el sorprendido dueño de unos patos rosados. Wahle les invitó a pasar, y no tardó en comenzar a relatarles el extraordinario caso de sus patos rosados. Los agentes seguramente ya estaban dispuestos a irse cuando el dueño de los patos les mencionó la fecha en que sus adorables palmípedos: la fecha en que supuestamente se había cometido el crimen. Los avispados agentes enseguida se interesaron por el caso de los patos, lo que sin duda debió agradar en demasía al pesado del señor Wahle. ¿Dónde se bañaban sus patos? En una zanja que había más allá de su jardín trasero. Los agentes investigaron la zanja. A ella iban a parar los residuos del desagüe de una casa vecina, deshabitada. Había que entrar en aquella villa. Los agentes ya comenzaban a imaginar el origen del color rosado de los patos del señor Wahle

Cuando los agentes por fin penetraron en aquella casa deshabitada, no encontraron nada de particular. Hasta que subieron al segundo piso y entraron en una de las habitaciones. El color rojo que inundaba la estancia no era pintura precisamente. El cuarto de baño contiguo también mostraba signos evidentes de que allí se había asesinado a alguien, o se había manipulado un cadáver. Era sin duda el agua sanguinolenta procedente del cuarto de baño la que había teñido a los patos de Jake Wahle. La policía no tardó en entrevistarse con la dueña del lugar, quien vivía en Manhattan. Al parecer el fin de semana del crimen había alquilado aquella casa a los Braun, un matrimonio de inmigrantes. La descripción de la pareja coincidía con la de Gussie Nack y el hombre de mejillas rosadas, Fred Braun. Los vecinos del lugar confirmaron haber visto a la pareja por los alrededores.

A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron. Se realizó un registro en la casa de Nack, donde se encontraron una pistola, un cuchillo y una sierra. Nack fue arrestada, aunque resistió los interrogatorios, negando haber cometido ningún crimen, ni saber de la existencia de un barbero. De nuevo, la policía parecía llegar a un callejón sin salida. Pero además de las armas, la policía tenía una nota. Una nota de amor. Con la misma letra que aparecía en el telegrama supuestamente enviado por Guldensuppe. Por fin la forma del triángulo se confirmaba en todos sus ángulos.

Cuando por fin se hubo resuelto el caso, los titulares del Journal proclamaron a los cuatro vientos que habían sido sus reporteros, y no la policía, quienes realmente habían resuelto el caso. Dejando aparte el grado de responsabilidad de cada parta en la resolución del crimen, no cabe duda de que el seguimiento que la prensa, en especial el Journal, estaba haciendo del caso, podía proporcionar informadores en los momentos más desesperados. Y así sucedió cuando un barbero local se presentó en la policía, dispuesto a hablar con O'Brien. El barbero le contó que algunos meses atrás había tenido contratado a un ayudante, un tal Martin Thorn, de origen polaco, que aparte de ser un experto en manejar la cuchilla y la navaja, era un hombre elegante y refinado que causaba sensación entre las mujeres gracias a su porte y sus mejillas rosadas. Hacía ya varias semanas que Thorn se había despedido, pero el informante recordaba que Thorn le había pedido consejo a la hora de comprar un cuchillo. Y otra cosa más: las últimas señas que dejó eran las del hogar de Gussie Nack. Ahora ya no había duda: aquel tal señor Braun, el hombre de las mejillas rosadas, era en realidad Martin Thorn. La policía emitió inmediatamente una orden de busca y captura. Estaciones de tren y puertos fueron puestos bajo vigilancia. Se contactó con diversas embajadas europeas, por si Thorn trataba o estaba tratando de huir a Europa.

Martin Thorn no tardó en ser arrestado. Le cogieron tratando de cruzar la frontera con Canadá. Su arresto permitió a O'Brien y sus hombres usarlo como peón amenazante con el que romper la voluntad de Nack. El viejo juego de "tu amigo ha confesado, si quieres evitar una sentencia de muerte, más vale que cantes". Gussie Nack acabó confesando.

Un triángulo amoroso. Una de las causas más viejas detrás de un crimen sangriento. Una historia que hacía vender periódicos como la espuma. Una historia donde nada era lo que parecía. Efectivamente, el señor Nack había abandonado el hogar conyugal para mantener lo poco que quedaba de su honor mancillado. El fornido Guldensuppe, ciertamente, le había reemplazado en el lecho matrimonial. Los encantos de la señora Nack debían ser más de los que podían apreciarse a simple vista, aunque la pragmática policía creía que Guldensuppe, un inmigrante que había estado dando tumbos aquí y allá, había encontrado en Gussie Nack un hogar comfortable. Hasta que apareció Martin Thorn, un alquilado perfumado y educado que sabía cómo encadilar a las mujeres, especialmente a las viudas, de las que se había aprovechado, decían, allá en Europa. Y cuando les había sacado todo el jugo, pues ya saben... Thorn no tuvo mucha dificultad en hacer que Gussie bebiera los vientos por él, algo que no gustó a Guldensuppe, quien echó al barbero de la casa, para luego dar una lección a su amante. Aun así ella y Thorn se siguieron viendo. Pero aquella no era una forma de mantener una relación. Martin Thorn convenció a Gussie para ayudarle a deshacerse del fiero Guldensuppe. Y el resto, como suele decirse, es historia. Una historia de patos rosados, y de un crimen que causó sensación gracias a los periódicos, en 1897, el pico de la guerra entre Hearst y Pulitzer.

martes, 9 de octubre de 2012

Isabel

Sí, amigos, voy a hablar de Isabel, la serie histórica de TVE sobre Isabel I de Castilla, que vi por casualidad/curiosidad, y he acabado siguiendo. Con la abundancia de series norteamericanas que tenemos (ahora mismo por ejemplo han vuelto la excitante Dexter y la cada vez más mejor Boardwalk Empire, ¡y tengo pendientes cosas como Seis metros bajo tierra o Sons of Anarchy!), resulta difícil encontrar tiempo para la actual ficción española en la pequeña pantalla, más cuando ésta suele ofrecernos lo mismo de lo mismo, con una calidad que raya en la medianía cuando hay suerte. Series que en realidad no dejan de ser culebrones encubiertos. No las he visto todas, evidentemente, y supongo que las habrá mejores y peores, pero igual que cuando quiero comer bien me voy a por la cocina española, cuando quiero buenas series me voy a lo que se cuece en Norteamérica. Y entonces, os preguntaréis muchos, o tal vez no, pero os lo cuento igual, ¿qué ha visto este hombre en Isabel?

Bueno, sin entrar en un estéril debate comparativo entre la ficción televisiva norteamericana y la nuestra, pues en España se han hecho muy buenas series (aunque, ¡ay! Me temo que la mayoría pertenecen a épocas pretéritas), creo que resulta evidente el simple hecho de que a los que se vuelvan locos con Los Soprano o The Wire, por citar los dos ejemplos típicos, les resultará difícil disfrutar con productos como Hispania, Tierra de lobos o Gran Hotel. También los habrá que las compaginen sin problemas, pero por lo que he visto de Hispania (no sé si su continuación Imperium habrá mejorado algo) o Gran Hotel (prefiero no hablar de los alucinógenos biopics de T5) el gran problema que les veo, entre muchos otros, es su continua trama culebraica, disfrazada tras algunos señuelos para que no parezca lo que realmente es. Aparte del simple hecho de la diferencia abismal en presupuesto, calidad de guiones, dirección, intérpretes, etcétera. Algo triste, cuando salvo lo primero, de todo eso tenemos aquí. Porque aunque no lo parezca, algun buen guionista debe haber por ahí, ¿no? Por resultan encomiables esfuerzos como el que hizo Canal+ con Crematorio (serie que también aprovecho para recomendar), o el que está realizando TVE con esta Isabel.

De acuerdo, empecemos obviando el hecho de que Isabel I debió parecerse tanto a la angelical Michelle Jenner como un cactus a un lirio, pero si algo nos han enseñado los inventores de esto (léase Hollywood) es que la apariencia de los personajes históricos no importa, sobretodo cuando sólo tenemos retratos pintados de ellos. Así que veamos, ¿qué destaco de Isabel? Primero, lo acertado de la elección de la figura histórica y la época, una era convulsa que da pie para grandes personajes y tramas interesantes. Segundo, unos guiones correctos (por desgracia no excelentes) y una sana intención de dejar atrás enamoramientos y desenamoramientos para la trama principal, salvo en los casos en que ayude a la misma, siguiendo el flujo de la corriente. Tercero, unos cuantos personajes acertados con actores y actrices acertados (que ya detallaré más adelante), y una dirección correcta con algún que otro buen momento, aunque habría estado bien tener a algún que otro veterano de renombre como director invitado (quizás lo acaben haciendo, quién sabe). Y cuarto, un buen trabajo alargando o enmascarando lo que me da que debe haber sido un exiguo presupuesto para una serie de estas características, pero por suerte, dada la época que narra, si algo tenemos en España son castillos e interiores históricos auténticos (aunque con lo poco que se está cuidando ese patrimonio, veremos lo que dura). En contra: elecciones de reparto bastante desacertadas, intérpretes vergonzantes (como suele venir ocurriendo en nuestras series patrias, éstos suelen darse entre la generación más joven; ¡esos actores a los que no se les entiende cuando hablan!) y, para mi gusto, una precipitación para contar los hechos que no sé a qué atribuir, si a la falta de presupuesto, o a la falta de confianza en que el público respondiera... No sé, creo que hay bastante enjundia como para llevar las cosas con un poco más de sosegamiento. En general, y aunque he hablado de un guión correcto, seguramente el mayor problema de Isabel sea ése: que es un guión correcto, y no un guión excelente, que es por donde habría que empezar un proyecto así.

Bien, comentemos un poco el reparto de esta primera temporada, que se centra en los años de adolescencia de Isabel hasta su coronamiento como reina de Castilla; su época de aprendizaje, por decirlo así. Bien, ahí tenemos de protagonista a la sin par Michelle Jenner. Todavía no tengo muy claro si ha sido una elección acertada o no, entre otras cosas porque no tengo otras referencias interpretativas suyas. La veo demasiado superflua, acartonada en otras ocasiones, y no sé si es porque así es la joven Isabel, o porque Jenner resulta mejor actriz de doblaje que intérprete. Lo siento, ¡hasta ahora sólo me había fijado en sus fotos! Y Los hombres de Paco nunca me interesó. Pero bueno, de momento no me chirría como Isabel. Entre los aprobados, Bárbara Lennie como la malvada Juana de Avis, aunque por desgracia no resulta lo bastante temible. Juana es la portuguesa esposa del débil Enrique IV, hermano de Isabel, y el actor que le da vida, Pablo Derqui (quien ya estuvo en Hispania, ya ven), queda bastante creíble en pantalla. Sergio Peris-Mencheta resulta un Gonzálo Fernández de Cordoba de postal, y con esa presencia física tan de guerrero de cómic no me extraña que lo escogieran para hacer de Capitán Trueno. Y quizás es el que más me ha sorprendido, actúa mejor de lo que pensaba, aunque tampoco es que sea la bomba, y más aún haciendo del sempiterno duro y silencioso hombre de armas. También destacar la labor de César Vea como el salido Pedro Girón y la del veterano Pedro Casablanc. Tambíen citar a un muy acertado Ramón Madaula como Gonzalo Chacón, el tutor y consejero de Isabel, y un Beltrán de la Cueva que parece sacado de Juego de tronos. Aunque el sobresaliente absoluto es para un Ginés García Millán que se come a todo el mundo con patatas, como su personaje, el intrigante Pedro Pacheco que maneja los hilos y es un auténtico señor de marionetas. Después de haberle visto sufrir para sacar adelante la horrible miniserie de Suárez (donde resultaba de lo más chocante que no le imitara ni siquiera un poco al hablar), por fin parece haber encontrado un personaje donde se encuentra cómodo. Bueno, digo esto como si me conociera su carrera al dedillo, cuando casi le acabo de descubrir como intérprete, porque evidentemente para mí era el horrible protagonista del horrible remake de Matrimonio con hijos. Pero en esta ocasión él sale triunfante. ¡Pacheco rules!

Como ya he dicho, las malas y paupérrimas interpretaciones se concentran entre la generación más joven. Especialmente sangrante es la elección del que fuera chavalín en Los serrano para hacer de Alfonso de Castilla (?). Está bien, si querían un príncipe imberbe sin carisma ni personalidad, ni rastro alguno de interpretación, lo han conseguido.

Isabel dista mucho de ser perfecta o grandiosa, y sería estéril entrar en comparaciones, pero hay que agradecerle la intención de ir más allá del melodrama y el culebrón físico-químico y ofrecernos intrigas palaciegas, traiciones, complots excitantes luchas de poder. Por ello decía que para que esta serie fuera realmente lo que debe ser necesitaba un guión atómico, cosa que por desgracia no tiene. No sé qué referencias tendrán en mente sus productores, pero si dependiera de mí, les haría visionar mil veces Yo Claudio a todos el equipo y el reparto.

Así que, si os gusta la ficción televisiva española, yo de vosotros no me perdería Isabel. Y si como yo, preferís la ficción yanqui de HBO y demás, no espero que vayáis corriendo a verla, pero que sepáis que Isabel no tiene demasiado que ver (algo, pero n mucho) con otros títulos ya citados. Por suerte las intrigas se suceden cada vez más, así que ojalá acaben haciendo algo memorable. Ojalá los guionistas se envalentonen y acaben desterrando cualquier guiño a la fórmula de éxito de series de Antena 3 y la cadena enemiga.

PD- ¡30 años de Dartacán y sus amigos! Ñif.

domingo, 7 de octubre de 2012

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (XXXVI)

CROWFOOT

Ahí va otro nombre perdido en las arenas del tiempo: Crowfoot, un trío procedente de Florida que en 1968 emigró a San Francisco en busca de fama y fortuna. Evidentemente nunca lograron el estatus de leyenda de gente como Jefferson Airplane, entre cambios de formación y una durísima competencia, pero gracias a las composiciones del líder de la banda, el guitarrista y vocalista Russell DaShiell, la banda nos ofreció un buen puñado de composiciones en la onda del pop-rock lisérgico que tan en boga estaba entonces, con algún que otro toque de country, jazz y folk. Algo nada extraño si pensamos que DaShiell se estuvo ganando la vida como músico de sesión. Su primer LP, Crowfoot, apareció en 1970, repleto de excelentes trabajos de guitarra y esos juegos vocales que eran norma en las bandas norteamericanas de la Costa Oeste. Un buen ejemplo son "Love Is Everywhere", "Maybe I Can Learn To Live" o la ácida "Groove Along". Un año después editaban su segundo disco, Find The Sun, que no poseo y no he podido escuchar entero, pero por lo que he podido oir en canciones sueltas del youtube, sigue la misma línea que el primero. Así que ya sabéis, Crowfoot satisfará a quienes se habrían perdido con gusto en el Haight-Ashbury de los 60.

jueves, 4 de octubre de 2012

A.I. Inteligencia Artificial (2001)

Uno de los aspectos más excitantes de la ciencia ficción es que a veces se convierte en realidad, y cada vez que en Japón sacan un nuevo autómata me digo que ya queda menos para los mayordomo-robot, o los robots en general con una inteligencia y un comportamiento cada vez más parecidos al de los humanos. Lo cual lleva a plantearse muchas cuestiones, ya sean técnicas o filosóficas. Y desde luego la ciencia ficción es un género que se ha ocupado profusamente de imaginar cómo serían las relaciones entre los humanos y las máquinas inteligentes. Ahí está la obra de Isaac Asimov, por citar un ejemplo obvio. El autor británico Brian Aldiss se preguntó si los humanos podrían considerar como iguales a seres mecánicos que quizás pudieran pasar prácticamente como humanos, si no fuera por su origen artificial. Más concretamente, ¿podría una madre sin hijos tener sentimientos maternales hacia un niño robot? Un niño que siempre la querría... y que nunca crecería. Y para complicar las cosas, ¿qué ocurriría si entonces llegara un bebé humano? Todo ello con muchos más matices que pueden encontrarse en su relato Super-Toys Last All Summer Long, que inmediatamente interesó a todo un Stanley Kubrick, quien se propuso adaptar la historia a la gran pantalla.

A.I. Inteligencia Artificial, uno de los mejores films de Steven Spielberg en este nuevo siglo, nació efectivamente como un proyecto de Kubrick. De hecho recuerdo haber estado leyendo noticias sobre el proyecto durante años, y curiosos rumores, como que Stanley estaba filmando a un niño a diversas edades, o que tenía en mente que el personaje del niño robot, David, ¡lo interpretara un robot de verdad! Por lo visto Kubrick estuvo posponiendo el proyecto durante años esperando a que la tecnología avanzara lo suficiente como para tener a un robotín en la película. Bueno, parece que en Japón deben estar cerca de conseguir lo que el famoso director tenía en mente. Convencido, como parecía estarlo, de que un niño de verdad no podía interpretar a un ser artificial de forma convincente, Kubrick pareció decidirse por crearlo a través del ordenador después de ver la impresionante Jurassic Park.

Ya a mediados de los 80 Kubrick le había hablado a Spielberg (con quien había trabado una buena amistad alrededor de 1980) del proyecto, y le había pedido que la hicieran juntos: él la dirigiría y Steven la produciría, lo que dejó Spielberg de una pieza, ¡el maestro le estaba pidiendo colaborar con él! Casi nada. Spielberg aceptó, pero el escrupuloso Kubrick siguió sin estar satisfecho con lo que la tecnología le podía ofrecer, mientras por otro lado se peleaba con el guión y con el propio Aldiss, a quien había contratado para que adaptara el relato. El director de Lolita planeaba hacer evolucionar el relato de Aldiss hacia una especie de versión moderna de Pinocho, y quién sabe si ese detalle fue motivo de conflicto con el autor. Le sustituyó Ian Watson, y entonces llegó Jurassic Park y todo parecía a punto para comenzar a rodar, pero de nuevo Kubrick, insatisfecho con el trabajo previo y las minutas de la ILM, pospuso el proyecto. Fue por entonces (en 1995) cuando Kubrick le ofreció por primera vez dirigir la película a Spielberg. El neoyorquino parecía haberse convencido de que aquel trasunto de Pinocho se ajustaba mejor a las aptitudes y sensibilidades de Steven, quien, abrumado, rechazó la invitación. Una vez más, Kubrick aparcó su adaptación de Super-Toys Last All Summer Long y se centró en lo que sería Eyes Wide Shut. Y entonces llegó el desenlace fatal que todos conocemos, con Kubrick dejándonos en la más absoluta desolación cinéfila.

Fueron su viuda, Christiane, y su hermano, Jan Harlan (quien habría coproducido la película junto a Steven de haberla dirigido Stanley), quienes le volvieron a pedir a Spielberg que dirigiera aquella cinta. Finalmente Spielberg aceptó, dispuesto a rendir homenaje a su viejo amigo a través de A.I. Inteligencia Artificial. Con todo el voluminoso material recopilado por Kubrick en sus manos, y un tratamiento de 90 páginas, Spielberg volvió a sentarse ante una máquina de escribir (o a estas alturas, un ordenador), por lo que se le acreditaría como único guionista (a partir del tratamiento de Watson), algo que no sucedía desde Encuentros en la Tercera Fase.

Creo que para hablar más profundidad de A.I. Inteligencia Artificial, y de los homenajes técnicos y guiños en el guión que Spielberg introdujo en honor de Kubrick, debería revisitarla más veces, pero desde luego no cabe duda de que en esta película nos encontramos con el mejor Spielberg (tal vez no con el Steven pletórico de su juventud donde todo era excitante), pero a pesar de que aquí he manifestado más de una vez la creencia en las crisis creativas del cineasta de Ohio, ello no quiere decir que se le hubiera olvidado a este hombre cómo rodar (de hecho a la vista está que siempre ha estado en mucha mejor forma que sus amiguetes de generación), aunque siempre que veo Hook me entran dudas sobre eso y mi existencia en en general, pero ésa es otra historia. A.I. Inteligencia Artificial es un estupendo ejercico técnico y narrativo por parte de uno de los mejores y más talentosos cineastas norteamericanos de las últimas décadas. Además, tratándose de una historia con ese punto infantil, y es que como todos sabemos, los niños siempre son importantes en sus películas, y más aún firmando él el guión, hemos de agradecerle que no nos haya proporcionado más azúcar de lo deseable. A.I. Inteligencia Artificial nos ofrece un final elegante para una película elegante.

La verdad es que no sabía que hubiera habido, al parecer, bastantes críticas a su final. Al menos así lo deduzco tras ver un video en que Spielberg defiende el final, arguyendo que el mismo ya se encontraba en el tratamiento de Watson sancionado por Kubrick. Personalmente desde luego habría acabado la película allí en el fondo del mar, y supongo que los fans de Stanley han debido pensar que así es como acababa la trama original, por aquello de la legendaria misantropía de Kubrick y demás. En fin, yo de momento sólo tengo la palabra de Spielberg al respecto, pero también es cierto que la conclusión de A.I. Inteligencia Artificial, aunque pueda parecer el típico añadido que habría escrito Spielberg, encaja más con la metáfora mecánica de Pinocho. Con todo, me reitero: ¡concluir el film unas cuantas secuencias antes habría sido la bomba! Donde al parecer sí metió mano Spielberg fue en algunas escenas de Gigolo Joe, es decir, escenas de sexo que Steven eliminó, buscando supongo obtener el PG-13 para llegar a más público joven.

En el reparto, destacar al protagonista, Haley "a veces veo muertos" Joel Osment (estuvieron inspirados los padres con el nombre, ¡señores, han tenido ustedes un inventor del siglo XIX!), Jude Law, William Hurt, y un pequeño papel para el gran Brendan Gleeson. Destacar también el cameo de los Ministry de Al Jourgensen, elegidos al parecer por el propio Kubrick (!) en su día, y, la verdad, ¿qué mejor grupo para aparecer en una peli futurista?

martes, 2 de octubre de 2012

Con faldas y a lo loco (1959)



La historia original de Con faldas y a lo loco ya había sido adaptada en Francia y Alemania, aunque Wilder se encargó de introducir la subtrama de los gángsters. El film significaría su segunda colaboración con I.A.L. Diamond, un genial guionista con quien había congeniado muy bien trabajando en Ariane. Tras lograr financiación de la Mirisch Company (que en el cambio de década iba a convertirse en la productora independiente más promineente gracias a varios éxitos rotundos) Wilder y Diamond comenzaron a completar un reparto que en principio deberían haber encabezado Bob Hope y Danny Kaye. Cuando resultó obvio que sería imposible contar con ellos, el espíritu del film comenzó a cambiar cuando Wilder reescribió el papel de Jerry/Daphne con Jack Lemmon en mente, un joven que le había impresionado en Operation Madball. Sin embargo la distribuidora, United Artists, vetó esta elección. En su lugar propusieron a Frank Sinatra. Para el papel de Joe/Josephine hacía falta un galán con la suficiente bis cómica como para que la película funcionara, y como dijo después Wilder, Tony Curtis era el tipo más guapo que conocía que encajara en el papel. El resto del reparto no dio demasiado trabajo: el veterano George Raft como el temible Spats Colombo, Joe E. Brown como un millonario excéntrico en busca de ligue, y unos cuandos secundarios malcarados. El problema era encontrar a una protagonista adecuada.

La candidata más idónea para Wilder era la estrella del musical Mitzi Gaynor, pero el director cambió de opinión inmediatamente después de recibir una carta de Marilyn Monroe en la que la estrella le decía lo mucho que había disfrutado trabajando en La tentación vive arriba, y cómo deseaba volver a repetir la experiencia. Wilder no lo dudó ni un segundo. A pesar de que ya en su anterior colaboración Marilyn se había mostrado como una actriz problemática, resultaba impensable rechazar a la estrella femenina más rutilante del momento. Imagináos, ¿cómo explicarle a la productora que rechazas trabajar con una actriz cuyo sólo nombre hace vender millones de entradas? Así que el director le hizo saber a la actriz que si lo deseaba, el papel de Sugar Kane, la dulce y rebelde cantante de la orquesta femenina donde van a parar Joe y Jerry, era suyo. Lo quizás no pudo imaginar Wilder es que en apenas tres o cuatro años las adicciones de Marilyn habían ido a peor, con todo lo que ello conllevaba.

Los problemas con Marilyn, como era de esperar, comenzaron desde el principio. Para empezar, Marilyn estaba tan deseosa de trabajar con Wilder que firmó el contrato sin haber leído un guión que, por otra parte, todavía se estaba escribiendo. Además, tanto ella como su marido, Arthur Miller, andaban algo flojos de cash, con lo que necesitaban ingresar dinero rápidamente. La actriz había pasado dos años en el retiro, y eso se notaba. Y cuando por fin leyó el guión, la actriz comprobó que lo que había pensado que sería un papel de retorno distinto y con empaque, era un trasunto de su típico papel de rubia tonta. Por otro lado, la actriz exigió también que se rodara en color, como estipulaba su contrato con la Fox, pero Wilder logró convencerla para rodar en blanco y negro. A pesar de las dificultades iniciales, el fichaje de Marilyn tuvo sus ventajas; por ejemplo, la UA, considerando ya el proyecto como un éxito seguro, permitió a Wilder contratar a Lemmon, ya que, de todas formas, Sinatra no se había mostrado demasiado interesado en el papel de trasvestido.

Con el reparto ya completo, Wilder y Diamond completaron el guión con cada actor y actriz en mente, aguantando las presiones de la Mirisch por eliminar de la trama todas las referencias a los gángsters, tema que juzgaban poco cómico. Resulta curioso, pero a pesar de antecedentes como La novia era él, el proyecto era considerado por muchos como una locura abocada al fracaso, ya que sus dos protagonistas masculinos iban a estar la mayor parte del tiempo vestidos de mujer. Pero el equipo y el reparto confiaban en la película y no prestaron atención a los pájaros de mal agüero.

Wilder hizo llamar de Berlín a un travesti reputado como el mejor imitador de mujeres que se podía encontrar para que asesorara a Curtis y Lemmon. El experto no tardó en coger un vuelo de vuelta después de intentar enseñar infructuosamente a Lemmon unos cuantos trucos. El siguiente reto era encontrar un vestuario y maquillaje adecuados para la pareja. Los dos actores hicieron las mil y una pruebas con distintas pelucas, coloretes y pintalabios. Cansados de tanta prueba, decidieron rebelarse y exigir un mejor vestuario, y no las sobras de viejas estrellas que al parecer les habían estado dando. De hecho, exigieron ser vestidos a medida por Orry-Kelly, el diseñador de Marilyn. Cuenta la leyenda que cuando sintieron que por fin habían dado con el aspecto adecuado, Wilder les envió a un lavabo de mujeres. Si pasaban desapercibidos, es que lo habían logrado. Y al parecer así fue. Pero ser mujeres durante el rodaje les costaría tres afeitados al día.

El que iba a ser uno de los rodajes más caóticos de la época comenzó en agosto de 1958 con Marilyn llegando puntual a los estudios (aunque no necesariamente al plató), acompañada por Arthur Miller y su habitual séquito de maquilladoras, peluqueras y Paula, la hija de Lee Strasberg. La estrella todavía estaba insegura con eso de rodar en blanco y negro, y con su aspecto en general. La actriz, más rolliza de lo habitual, se había presentado con diez kilos de más en el rodaje, aunque Wilder le había pedido precisamente que perdiera esos kilos. Como se sabría después, Marilyn estuvo embarazada durante todo el rodaje, de ahí sus formas más rotundas. No era algo que no pudieran disimular los iluminadores, camarógrafos y directores de fotografía de Hollywood, pero los ajustados diseños de Orry-Kelly hablaban por sí mismos. De todas formas dudo que al público masculino de la época le preocuparan esos kilos de más. 

Kilos aparte, la volátil estrella no tardó en saltar: lo hizo justo cuando vio los copiones de su primera escena. Marilyn se sintió ofendida porque consideraba que Wilder había prestado más atención a Lemmon y Curtis que a ellla. Le hizo saber al director que no volvería al plató hasta que volviera a rodar esa escena como ella quería. Evidentemente el austriaco no pudo sino aceptar lo inevitable, y la rodó de nuevo a gusto de la rubia platino. Eso conllevaba un plano de su contoneante trasero caminando por el andén para hacerle saber al mundo que Marilyn era la estrella de esa película.

Evidentemente aquello fue sólo el comienzo. Quienes allí estuvieron afirman, seguramente con razón, que relatar el rodaje de Con faldas y a lo loco podría dar para libros enteros. Resumiéndolo todo en una frase, podría decirse que rodar con Marilyn era una pesadilla. Llegaba dos o tres horas tarde por sistema, a veces incluso más (esa manía empeoró por su embarazo), a veces ni aparecía, y cuando lo hacía apenas sí recordaba sus frases, u obligaba al equipo a realizar más tomas buscando una interpretación mejor. Famosas son las cuarenta y siete tomas que se necesitaron para que marilyn pudiera decir bien "It's me, Sugar", o las ochenta y tres de "Where's the bourbon?". Además de recurrir a carteles, pizarras y ensayos, Wilder decidió escribir la frase en un cajón para que Marilyn, al abrirlo, simplemente leyera la frase. Pero la actriz no parecía recordar luego qué cajón era, así que lo escribió en todos. Pero aquello tampoco funcionó. Wilder era ya un perro viejo en el negocio, y se las había visto de todos los colores. Pero quienes le conocieron dicen que pocas veces le vieron quedarse perplejo hundido. Una de esas veces ocurrió cuando tras la enésima toma fallida el director fue a animar a la actriz, diciéndole que no se preocupara, que acabarían logrando la toma buena. "¿Preocuparme? ¿Por qué habría de preocuparme?". Aquella delirante respuesta por lo visto dejó a Wilder al borde del ictus.

El tortuoso rodaje continuó en exteriores, en un hotel cercano a Los Ángeles. Marilyn se tomó dos semanas de baja por enfermedad, lo que seguramente fue un alivio para todos. La ilusión de un buen ambiente de trabajo se había esfumado hacía semanas. Especialmente porque la relación entre Marilyn y Wilder había empeorado mucho, no sólo por la falta de profesionalidad de la actriz, sino por brutales choques entre una actriz del Método y un director con bursitis que exigía que se siguiera el guión al milímetro. Jack Lemmon parecía ser el más comprensivo de todos ("era tan infeliz que podías sentirlo", dijo posteriormente de la Monroe), mientras que Curtis no podía albergar cierto resentimiento ya que eran las interpretaciones de Marilyn, por motivos obvios, las que marcaban la toma buena para ser positivada, y no las del dúo masculino.

Con tres semanas de retraso y 50.000 dólares extra el rodaje llegó a su film en noviembre. Wilder resumió la experiencia con una de sus particulares frases: "Estoy comiendo mejor y por fin puedo mirar a mi esposa sin tener deseos de pegarla por el mero hecho de ser mujer". De hecho el director acabó tan harto de Marilyn que no tuvo problema alguno en quejarse de la actitud de la estrella a todo periodista que quisiera oírle, y además la dejó fuera del habitual cóctel de fin de rodaje. Pero a pesar de todo siempre estuvo convencido de que había merecido la pena. No así Tony Curtis, quien odió a la rubia platino hasta el fin de sus días.

Como suele suceder con los grandes hitos del cine, a los productores no les gustó el montaje final. Les resultaba demasiado larga, y demasiado atrevida, a pesar del gran trabajo que Wilder y Diamond habían realizado ocultando las bromas sucias para que pasaran la censura (aun así, la católica Legión de la Decencia la prohibió a sus feligreses y acólitos). El director se negó a eliminar escenas. Los únicos cambios que hubo fueron puntuales, después de que en un pase previo se dieran cuenta de que algunas frases quedaban ahogadas por las risas del público (en especial cuando Lemmon anunciaba su intención de casarse, de ahí que le dieran unas maracas y rehicieran la escena para adaptar sus frases a las risas de la audiencia).

Con faldas y a lo loco resultó ser un éxito enorme, convirtiéndose en la comedia por excelencia hasta entonces. Hizo más ricos a todos los que participaron en ella, agrandó el mito de Marilyn, abrió nuevas puertas a Tony Curtis, y para Jack Lemmon significó la llave hacia el estrellato. La película devino en clásico desde el día de su estreno.

"Podías jurar que estaba haciendo exactamente la misma cosa toma tras toma tras toma. Entonces la repetía, haciendo la misma maldita cosa, y decía, '¡Eso es!', y tu pensabas 'No sé de qué demonios habla'. Pero fuera lo que fuese, funcionaba para ella". Así resumía Jack Lemmon la forma de interpretar de Marilyn. A pesar del infierno que les había hecho pasar, Lemmon o Wilder sabían (Curtis probablemente también, pero creo que se habría cortado la lengua antes que decir algo bueno de Marilyn que no fuera sobre sus tetas) que había merecido la pena, porque la estrella rubia era capaz de crear una extraña magia de una forma que nadie salvo ella parecía poder percibir hasta que la veías en la gran pantalla. Evidentemente, la cámara la adoraba de una forma como pocas veces se había visto. Y ella se encargaba además de que esa relación siempre funcionara. Pero más allá de su fotogenia, de si interpretaba mejor o peor, y de su sensualidad, Marilyn tenía un extraño don para hacer funcionar una frase que estaba leyendo en un cartel, o para hacer sexy un diálogo de lo más mundano. Quizás fuera un cúmulo de ingredientes lo que la hacía especial, pero como dijo Lemmon, "a diferencia de otras actrices, ella sabía lo que le convenía". Para la posteridad quedaría también la mítica frase de Wilder sobre su tía. Según el director, hacía falta tener algo para salir al plató sin saberse el diálogo y aun así lograr una actuación semejante. Ciertamente viendo los resultados Wilder supo que había merecido la pena trabajar con ella. Había mejores actrices, y según gustos quizás hasta las había más sexy, pero ese algo que tenía Marilyn en pantalla no lo tenía ninguna otra actriz.

Además de una Marilyn pizpireta, interpretando a la ingenua rubia (aunque a pesar de sus quejas, dentro de su sencillez Sugar Kane tenía más matices que otros papeles suyos anteriores) y tremenda sexy, cantando además algunos de sus temas más recordados (como "I Wanna Be Loved By You" y "I'm Thru With Love"), Con faldas y a lo loco es todo un recital interpretativo de Lemmon, quien a pesar de tener un papel más cómico no pudo eclipsar a un Tony Curtis muy inspirado, y que para interpretar a su falso millonario decidió recurrir a una imitación de Cary Grant que al parecer no gustó demasiado al protagonista de Con la muerte en los talones. Raft seguía resultando temible en pantalla, y Joe E. Brown simplemente alcanzó la inmortalidad gracias a una interpretación genial y esa mítica frase final que todos conocemos (y que por cierto era una simple toma de desecho hasta que a Wilder y Diamond se les ocurriera algo mejor, cosa que al parecer no sucedió).

Como todas las grandes películas de la historia, en Con faldas y a lo loco se conjuntaron los ingredientes imprescindibles para elevar a un film a la categoría de leyenda: una sólida dirección, un guión de un ingenio y una precisión difícilmente superables, y unas interpretaciones estupendas. Es fácil poder rescatar de la memoria varias secuencias atómicas, desde el arranque con tono de cine negro y el coche funerario, Spats y sus inolvidables esbirros, la aparición de Joe, Jerry y Sugar en la estación, la fiesta nocturna en el vagón, Lemmon tocando el contrabajo, hasta ese momento sin par en la película en el que se alternan secuencias de Joe seduciendo a Sugar como millonario, y Jerry bailando un tango con el particular ricachón Osgood Fielding III. En definitiva, Con faldas y a lo loco es una de las grandes comedias de la historia del cine.