Pocos años después, en 1959, sonó un teléfono en St Clerans, la mansión irlandesa donde el director John Huston había establecido su residencia. Se trataba del productor Frank Taylor, quien estaba interesado en saber si John querría dirigir un guión por el prestigioso Arthur Miller. El veterano director no tuvo que pensárselo mucho. En cuanto leyó el guión le comunicó a Taylor que deseaba dirigirlo. Era lo mejor que había recibido en bastante tiempo.
En la segunda mitad del siglo XIX Reno se había convertido en un importe centro comercial y agrícola, y en sus calles se habían cerrado muchos tratos entre ganaderos y proveedores. A finales de la década de 1950 parecía ser uno de los últimos lugares en los que poder contemplar a viejos vaqueros, los últimos de una estirpe que habían construido una nación cuidando del ganado y domando caballos. Imbuído por ese ambiente, a medio camino entre la vieja nación de colonos y el país industrial, Arthur Miller había pergeñado una historia agridulce sobre un grupo de inadaptados que no parecen encajar en ningún lugar, y tratan de buscar apoyo entre sí, pivotando alrededor de una chica que parece estar tan llena de preguntas como ellos mismos.
El protagonista masculino, el veterano vaquero Gaylord, parecía tener más en común con el propio John Huston: amante de la naturaleza y los espacios abiertos, bebedor, sensible a su modo, aunque rudo en ocasiones, e incapaz de ser el padre que siempre está allí para sus hijos. El director le ofreció primero el papel a Robert Mitchum, quien no se mostró demasiado interesado. Aunque trataron de reescribir el guión para ajustarlo a sus necesidades, para entonces el actor ya se había comprometido en otro proyecto.
Lo cierto es que el rodaje de la película iba a hacer honor a su título original, creándose un microclima que parecía reproducir la trama del guión, aunque éste no iba a dejar de cambiar cada día durante el rodaje. Para empezar se había preparado asistencia médica las 24 horas del día, debido principalmente a las adicciones de
Marilyn y
Montgomery Clift. La estrella rubia evidentemente no sólo no había cambiado su caótico proceder en los rodajes, sino que lo había empeorado.
Huston había retrasado una hora el inicio habitual del rodaje con las estrellas, con la esperanza de que eso ayudaría a la actriz a ser puntual, pero evidentemente esa idea sólo fue una vana ilusión. La actriz seguía obsesionada con dormir las horas suficientes para que su imagen en la pantalla siguiera respondiendo a lo que el público esperaba de ella, y para ello estaba cada vez más inmersa en una loca rutina de tranquilizantes y estimulantes que hacían su conducta cada vez más errática. Aunque si alguien no necesitaba al médico era
Monty Clift, quien llevaba a todas partes consigo un maletín repleto con drogas y fármacos de todas clases. Ello no era óbice para descorchar botellas de licor. De hecho cuentan que una noche de copazos juntos
Gable se vio sorprendido al comprobar que
Clift no sólo podía aguantar su ritmo sino que le dejaba atrás. Por supuesto el propio
John Huston no fue ajeno al consumo etílico, y dicen que alguna mañana tras haber estado festejando el director se amodorraba entre toma y toma.
Vidas rebeldes debió ser uno de los rodajes más viciosos de aquel año, y tan sólo
Eli Wallach y
Thelma Ritter parecían ajenos al desfile de excesos que estaban llevando a cabo el resto del equipo, especialmente
Marilyn y
Monty.
El presupuesto de la película, que ya era elevado de por sí (sobretodo teniendo en cuenta que contaba con tres de las estrellas mejor pagadas de su tiempo), continuó creciendo mientras día tras día
Marilyn se retrasaba y retrasaba, habiendo incluso días en los que no aparecía por el plató. Y teniendo en cuenta que era la protagonista de la película y estaba en la mayor parte de escenas, eso dejaba al resto del equipo con poco que hacer salvo esperar. Esa falta de profesionalidad no sólo hizo que
Clark no sintiera demasiado afecto por la actriz, sino que además le llevó, dicen, a decidirse por rodar él mismo las escenas peligrosas con los caballos, incluyendo el ser arrastrado por el suelo a casi 50 kilómetros por hora. Todo ese trabajo físico, unido al posterior fallecimiento de
Clark, ha llevado a muchos a pensar desde entonces que fue la causa principal de la muerte del actor. El propio
Huston, mientras montaba la película, y con la noticia del ataque fatal en la prensa, parece que llegó a afirmar, mientras revisaba esas escenas de acción, que todo el mundo pensaría que aquella habría sido la causa. Aunque tras la muerte del actor quien tuvo una explicación distinta fue
Kathleen, la esposa de
Gable, quien en una entrevista con la viperina
Louella Parsons dio a entender que más que el trabajo físico fue la tensión de la espera lo que acabó con
Clark. Aunque estando
Louella de por medio no sé si daría mucho crédito a esas palabras. Pero desde luego aquel fue un rodaje agotador, no sólo para
Gable, sino para todos; ¡dicen que hasta la propia
Thelma Ritter tuvo que ser hospitalizada por agotamiento!
Lo cierto es que si algo hay que destacar del trabajo de
Gable en
Vidas rebeldes, más que sus, por otra parte, loables esfuerzos físicos próximo a cumplir la sesentena, es su maravillosa y emocionante interpretación, que no sólo es cautivadora, sino que demostraba de una vez por todas que
Clark Gable podía hacer un papel alejado de su propia persona, y no un trasunto más de Peter Warne o Rhett Butler. Además, para un veterano de la industria como él, era un reto trabajar con tres refulgentes representantes del Método como eran
Marilyn,
Elli y
Monty, lo que implicaba frecuentes improvisaciones, o profundas concentraciones intimistas antes de que comenzar a rodar, algo que sin duda debió de descolocar al viejo actor, acostumbrado a aprenderse unas frases y fingir de una u otra manera. De hecho
Montgomery y
Clark comenzaron el rodaje recelando el uno del otro. Aunque todos en el plató no podían evitar verse afectados, de una u otra manera, por la leyenda que arrastraba consigo
Gable, alguien como
Clift respetaba más bien a poco a una estrella que, según su opinión, no había hecho más que interpretar el mismo papel durante 30 años. Por su parte, y como muchos otros actores de su generación,
Clark no se sentía cómodo tratando con un homosexual, aunque desde luego lo llevaba mejor que
John Wayne. Sin embargo ya desde el primer momento
Gable tuvo que rendirse a la evidencia de que
Clift era un grandísimo intérprete, especialmente después de que el torturado actor rodara una difícil y larga escena (la de la cabina de teléfonos) en una sola toma. Aunque alguien tan perfeccionista como
Monty se quedó sorprendido cuando
Huston la dio por buena a la primera, el resto del reparto quedó impresionado por esa demostración de talento. Aun así
Montgomery comenzaba ya a ser presa de sus adicciones, y cuando no le daba por improvisar, mascullaba o se equivocaba en sus frases, demasiado frecuentemente para un viejo profesional como
Clark. Quizás entre los retrasos de
Marilyn y las equivocaciones de
Monty finalmente
Gable llegó al fin de su paciencia y decidió pagarlo con
Clift, soltándole un par de improperios, uno de ellos bastante claro y conciso, "maricón", pero la ingeniosa respuesta de
Monty (
it took one to know me) hizo gracia a la vieja estrella, con lo que no tardaron en trabar una pequeña amistad. De hecho, a pesar de sus iniciales diferencias con
Clift, y el que
Marilyn lo volviera loco con sus retrasos,
Gable se convirtió en una especie de figura paternal para el reparto, convirtiéndose en el escudo tras el que se protegían de las frecuentes iras del gruñón
Huston, quien conocía bien a
Clark y sabía que estaba tratando con un igual, con lo que poco podía hacerle a él. Aun así,
Gable llegó a tener un serio encontronazo con
Monty durante el rodaje, en la escena en que conducen hacia el rodeo. Sobreexcitado, ya fuera por haberse metido demasiado en situación, o por cualquier otra causa,
Clift no paraba de golpear la espalda de
Clark para demostrar su gran entusiasmo.
Gable, que no estaba acostumbrado a esas licencias del Método, le pidió que no lo hiciera más, ya que sufría de dolores de espalda.
Clift siguió con lo suyo, y el que
Gable le enseñara los moratones que tenía en su espalda no pareció frenarle. Evidentemente a la siguiente toma
Clark estalló y le dejó las cosas bien claras a su compañero:
I'm going to hang one on you, you little bastard, if you do that again! El inestable
Monty no pudo con ese exabrupto y rompió a llorar. ¡Daría mucho por ver la cara que puso
Clark entonces!
El complicado rodaje continuó, acumulando retrasos y disparando el presupuesto (para empezar, por cada semana de retraso
Gable se embolsaba 48.000 dólares), toma tras toma, con
Marilyn y
Monty equivocándose,
Clark dedicándose a escenas peligrosas, y
Elli a la espera, aunque siendo como era íntimo de la actriz rubia, seguro que se mostraba comprensivo. A todo eso hay que sumar la tensión que se acumulaba en el plató, ya que el matrimonio entre la
Monroe y
Arthur Miller se derrumbaba a pasos agigantados ante los ojos de todos, con
Marilyn dedicándose a ridiculizar a
Miller en público cada vez que podía, y con su nutrido grupo de asistentes, consejeros y admiradores haciendo lo mismo (hoy lo llamarían
mobbing supongo). Contaba
Huston que una noche se encontró a
Miller solo en el rodaje de exteriores, de los que cuales
Marilyn y su troupe se habían largado sin ofrecerle un sitio para volver (!). Pero
Arthur se tomó todos esos ataques estoicamente, quien sabe si porque ya tenía en mente su obra teatral
After the Fall, en la que muchos han visto un más bien poco sutil ataque a
Marilyn. Con todo, cuentan las malas lenguas que
Miller aceptó a recortar alguna que otra escena de
Elli Wallach por petición de
Marilyn, quien temía que su amigo la acabara eclipsando.
Durante el rodaje de
Vidas rebeldes Marilyn tocó fondo, como se suele decir, y la producción hubo de suspenderse dos semanas mientras la actriz era ingresada en un centro de desintoxicación. Quizás algo inocentemente,
Huston albergó esperanzas de que ese descanso haría cambiar las cosas. Pero la actriz volvió muy pronto a las andadas, y los retrasos y las incomparecencias no se hicieron esperar. Mientras,
Miller y
Huston comenzaron a discutir cada día cuando tuvieron un encontronazo acerca del orden en que debían ser cazados los caballos mustang en una de las secuencias clave del film. Harto de levantarse cada día con un guión diferente,
Gable, que tenía derecho de veto y aprobación en el guión y el montaje, se plantó y se negó a que
Miller continuara reescribiendo el guión. Finalmente, cuando
Huston impuso su punto de vista al dramaturgo, el actor accedió a ese último cambio ya que comprendió que mejoraría la secuencia. Cuando el eterno rodaje llegó a su fin, todos respiraron aliviados.
A pesar de las complicaciones, era evidente que
Vidas rebeldes tenía madera de clásico. Tenía todos los ingredientes para serlo: la fuerza que el experimentado
Huston confería a los planos, el excelente guión de
Miller, y uno de los repartos más sólidos de la época rayando a gran altura: la veterana
Thelma Ritter en uno de esos papeles dicharacheros que se le daban tan bien;
Eli Wallach demostrando que más que promesa era ya toda una realidad surgida del Actor's Studio;
Montgomery Clift, quien podría tener un maletín cargado de drogas pero seguía siendo capaz de sentar cátedra casi en cada escena; una
Marilyn que en cada frase parecía dejar un pedazo de su alma, y un
Gable que sencillamente dio la mejor interpretación de su carrera, o al menos la más real y conmovedora.
Miller afirmaba que tras ver los últimos copiones la veterana estrella afirmó que realmente aquella era su mejor película y su mejor interpretación. Como cualquier gran clásico,
Vidas rebeldes tiene muchos momentos memorables: la conversación telefónica de Perce, el diálogo en la parte trasera del bar entre
Marilyn y
Monty, las reflexivas frases de Guido, el personaje de
Wallach, o la lucha de Gay contra el semental. Aunque si tuviera que quedarme con una, creo que sería con la secuencia en la que
Gable nos estremece, totalmente borracho, llamando a gritos entre la multitud de Reno a sus hijos, que no han querido saber nada él.
Clark no era producto del Método, y no le hizo falta para demostrar de lo que era capaz en una de esas secuencias que te pueden dejar seco en un mal día. Sencillamente grande.
Muchas otras estrellas, a lo largo del tiempo, no han tenido la última película que merecían, pero por suerte
Gable se despidió de este mundo habiendo finiquitado una despedida cinematográfica a la altura de su leyenda. Dos días después de que terminara el rodaje, el actor tuvo un grave ataque de corazón. Moriría diez días después en el hospital, cuatro meses antes de que naciera su primer hijo varón,
John Clark. El actor no pudo ver el estreno de
Vidas rebeldes, pero dejó este mundo, en lo que al cine se refiere, más que satisfecho. El film se estrenó finalmente en febrero de 1961. Alrededor de un año después sería
Marilyn la que dejaría este mundo. Y cuando unos pocos años después le tocó el turno a
Monty Clift, aquella noche programaban
Vidas rebeldes. El actor se negó a verla. Y aquellas palabras a su secretario fueran las últimas que le dirigió a nadie:
absolutely not.
Como era de esperar,
Vidas rebeldes no tuvo una gran acogida entre el público. Era una película difícil, oscura, melancólica, y allí nada era lo que la gente esperaba: ¿dónde estaba la vivaracha
Marilyn? ¿por qué
Gable estaba tan raro? ¿de qué porras hablaba
Elli Wallach? Pero, por supuesto, un film de ese calibre estaba destinado a perdurar. Por siempre.