martes, 31 de julio de 2012

El temible burlón (1952)

Andaba yo barruntando confeccionar alguna especie de lista con las traducciones de títulos cinematográficos que no tienen nada que ver con el original pero que no sólo me gustan sino que me parecen superiores al original. Normalmente suele suceder lo contrario, pero de vez en cuando hay algún traductor de pluma fina que da con algunos hallazgos interesantes. Y creo que El temible burlón podría entrar en esa categoría, de alguna manera define mejor lo que uno se va a encontrar que el más temible título original (The Crimson Pirate), cuando en realidad esta cinta de piratas no deja de ser un compendio de comedia y aventuras bucaneras ideal para grandes y chicos. O al menos los grandes y chicos de otras épocas. Aquí no hay piratas zombie, pero tenemos a Burt Lancaster mostrando su refulgente dentadura (siempre me he preguntado quién sería su dentista) y sus habilidades acrobáticas. Sano entretenimiento para estas calurosas calendas.

Robert Siodmak, director de cintas como La dama desconocida o El abrazo de la muerte, y que se había mostrado como un tipo ideal para el thriller más oscuro y el cine negro, intuyó, como un buen marinero, que los vientos estaban cambiando en Hollywood, y que su apellido y sus orígenes más bien poco norteamericanos le iban a traer problemas, por lo que decidió dejar la Meca del Cine y se autoexilió en Gran Bretaña, dispuesto a desembarazarse de todo el mal rollo que habían caracterizado las historias que había dirigido. El puente entre un país y otro fue Burt Lancaster, actor a quien conocía bien tras haber trabajado juntos en varias películas, y que acababa de formar su propia productora con su buen amigo Harold Hetch, Norma Productions. Lancaster y Hetch ya habían logrado un estupendo éxito con El halcón y la flecha, una sólida cinta de aventuras y algún que otro toque de comedia que había caído muy bien entre el público. La estrella dentada se decidió a repetir la jugada, sustituyendo en esta ocasión al artístico Jacques Tourneur por un Robert Siodmak que tenía ganas de jugar. O ésa es al menos la versión de Christopher Lee, por entonces un joven actor desconocido que convertido ya en estrella recordaba divertido que Siodmak llegó, reescribió el guión y lo convirtió en una comedia para variar su sempiterno estilo envuelto en sombras.

Fuera así o no (hay quien apunta que se desechó el guión original por haber sido escrito por Waldo Salt, escritor ya marcado por la Caza de Brujas), lo cierto es que si Lancaster se emparejaba de nuevo con su viejo colega trapecista Nick Cravat la película no podía ser demasiado tenebrosa, porque tener a esos dos fenómenos en la pantalla significaba acción, aventuras, humor simplón, y, en resumen, mucha evasión. Así que lo que en principio era una revisión de El pirata negro del ínclito Douglas Fairbanks se convirtió en un vehículo para Burt y Nick, lleno de acrobacias, fanfarrias y zarandajas, con Burt haciendo de pirata simpático y honorable al  mejor estilo de Errol Flynn

Y bien, el film arranca con el capitán Vallo (Burt Lancaster), el pirata honorable con la dentadura más blanca del Caribe, tomando posesión junto a su tripulación de un galeón de Su Majestad (no se especifica la nacionalidad, pero apostaría a que los villanos de la peli son una suerte de pérfidos españoles). El barco transporta al temible Barón Gruda, un enviado del Rey que se dirige a la Isla de Cobra para acabar con los rebeldes que están llevando por el camino de la amargura al gobernador de la misma. El galéon de Su Majestad, que además de un aristócrata trae muchas armas, hace encenderse una bombillita (perdón, una velita) en la cabeza de Vallo, que planea venderle las armas a los rebeldes isleños, liderados por un tal El Libre. Pero el barón le dice que el le pagará aun más por El Libre, con lo que Vallo aguza el ingenio y se dispone a venderles las armas, para luego capturar a El Libre y vendérselo al barón, y después secuestrar al barón y vendérselo a los rebeldes, y, en fin, que Vallo se lo monta como si fuera de Standard & Poor's y ahora quito de aquí y lo pongo allá y vaya ganancia y al ron ron ron con la botella de ron. Pero, ¡ay amigos! El pobre Vallo y su fiel mano derecha, el acrobático mudito Ojo, no contaban con que Vallo es un galán, y cuando conoce a la hija de El Libre, encarnada en la envidiable genética húngara de Eva Bartok, los planes comenzarán a tambalearse cual piernas de Vallo cuando contempla la tostada piel de la hija de El Libre.

El temible burlón es un deleite de espectáculo de otra era, una en la que Steve Jobs ni siquiera correteaba por el mundo, y en la que aparte de decorados y barcos reconstruidos y maquetas en las piscinas, todo lo que podía pedir el público era una bella protagonista y contemplar las múltiples acrobacias de Burt Lancaster y Nick Cravat, reviviendo sus días de gloria en el circo. Mucho más pasada de vueltas que El halcón y la flecha, en El temible burlón el absurdo y el humor tonto se dan la mano con la acción como dos trapecistas en el aire, por lo que en algun momento al espectador moderno quizás le rechine algun gag que parece demasiado infantil incluso para un infante, pero claro el público de entonces era más inocente y para tener suerte no podía recurrir a San Gúguel. Pero, sinceramente, ¿qué persona de buen gusto no va a disfrutar con una peli de piratas en las que hay globos y hasta un submarino? Y Christopher Lee todo imberbe con cara de "necesito un personaje a la altura de mi carisma que este disfraz me ha quitado".

Y nada, reiterarme una vez más en lo grande que es contemplar en dúo a Lancaster y Cravat, y la pequeña emoción de ese final con el pobre Cravat, condenado por su cerrado acento de Brooklyn, haciendo su lenguaje de signos del siglo XVIII. El temible burlón, cinta clásica de humor y aventuras donde las haya. Si sus hijos son fans de Vin Diesel y se portan mal, en vez de castigarlos sin salir, castíguelos obligándoles a ver esta película con planos que sobrepasan los tres segundos, y a lo mejor no sólo corrigen su actitud, sino que igual ven la luz y se hacen trapecistas. Que tal vez harán tonterías igual, pero las harán más lejos...

jueves, 26 de julio de 2012

Pánico en la calle 110 (1972)

El alcalde está de viaje, se presenta a gobernador, y el comisario está contando en un congreso de San Francisco lo bien que hacemos las cosas en Nueva York. Los dos te mandan recuerdos. Policía, haciendo el trabajo sucio de los capitostes desde tiempos inmemoriales.
 
La calle 110 es la oficiosa frontera que en Manhattan separa Harlem del corazón de Central Park, ese esplendoroso parque rodeado de glamurosos hoteles e importantes edificios de día, y que de noche supuestamente uno no ha de pisar. Puro Nueva York, vamos. Por ello no es de extrañar que el escritor Wally Ferris la usara para titular su violenta trama de gángsters, dólares y tensión racial. Todo lo cual conformaba un excelente paquete para ser usado por las productoras de cine que buscaban excitantes historias policíacas empapadas en negro con las que aprovecharse de la nueva moda comercial que estaba arrasando en los cines. Por lo tanto, no tardó en ser adaptada para la gran pantalla.

Con más conocimiento de causa (o con mejores ganas de adaptarse a la realidad) que Super Fly, la trama de Ferris dejaba más a las claras que los camellos del gueto podían tener poder, pero hasta donde los blancos les dejaban, más concretamente, la sempiterna Mafia italiana. En Nueva York, al menos. Por eso cuando tres criminales de baja estofa asaltan un piso franco donde los recaudadores italianos pasan a por su jugosa parte de las ganancias que sus subalternos de color consiguen en Harlem, el gran capo afectado clama venganza, y encarga a su yerno, cuyo único respeto le viene por ser el marido de la hija del jefe, que busque y encuentre a quienes se han atrevido a robar a la Mafia. Al mismo tiempo, en el lado de los buenos, dos polis que inevitablemente se llevan mal deberán unir fuerzas para encontrar a los ladrones antes de que lo haga la Mafia.

Pánico en la calle 110 es un estupendo policíaco que aunque puede y es metido en el saco del Blaxploitation,  no es un film arquetípico del género, aunque cuenta desde luego con muchos ingredientes del mismo: mucha presencia negra, drogas, violencia, prostitutas, calles sucias y una excelente banda sonora (en este caso a cargo de Bobby Womack, con lo que tenemos una BSO negra ineludible). Salvando las enormes distancias tanto de calidad, género, época y demás, Pánico en la calle 110 es como una cinta de acción que encierra un pequeño The Wire dentro, en el que el submundo del gueto es retratado de forma algo más realista y en el que más que las diferencias raciales, lo que subyace en la trama es esa diferencia que marca todas las sociedades, haya o no tensiones por el color de la piel: la diferencia entre poderosos y gentiles, ya sea entre poderosos mafiosos y los delicuentes comunes, o entre los jefazos políticos y los agentes de la calle. ¿Quién acaba perdiendo antes o después? De eso va Pánico en la calle 110, leyendo entre líneas de tiroteos, interrogatorios y música soul y funk.

Pánico en la calle 110 cuenta además con un reparto sólido como el granito donde hasta que los tienen pocas frases resultan más convincentes que muchas estrellas del celuloide. Empezando por su dúo protagonista, esos antagónicos policías que habrán de aprender a soportarse para evitar que se incendie el gueto. Justo es empezar por el veterano Anthony Quinn, un tipo que nunca fallaba, que hizo de todo y que incluso cuando repetía papeles nunca aburría, y que encarna en esta ocasión al capitán Mattelli, un policía de la vieja escuela que golpea primero y pregunta después, y si el sospechoso es negro golpea más fuerte, pero que es un veterano de las calles y se mueve en ellas como pez en el agua. Experiencia de la que carece el joven teniente Pope, ejemplo de las nuevas generaciones pujantes que no se apartan un ápice del código policial, y que es puesto al mando por el color negro de su piel. Pope es interpretado por un joven Yaphet Kotto (¡vamos! todos le conocéis de ese enorme peliculón que vosotros sabéis), un actor que siempre ha emanado autoridad aun sin proponérselo. En cuanto lanza su dedo índice al aire todo el mundo calla.

El tercer matador en cartel es Anthony Franciosa, a quien se le daban bien los papeles de mafioso nervioso. Junto a la tripleta estelar hay una gran cantidad de secundarios muy solventes, algunos bastante reconocibles, como el inevitable Antonio Fargas, Burt Young (claro, el de la saga Rocky, en un pequeñito papel), Paul Benjamin (a este le recordaréis sentado en las escaleras del patio de Alcatraz junto a Clint), Richard Ward (el inolvidable tuerto de Brubaker), en fin... como decía, un reparto muy sólido.

Y si Pánico en la calle 110 es imprescindible, además de por su interesante trama y guión, y sus estupendos intérpretes, es por la dirección de Barry Shear, un nombre olvidado y sepultado entre sus innumerables trabajos en televisión, donde desarrolló la mayor parte de su carrera. Quizás no llevemos su nombre tatuado en la mente, pero muchos de nosotros hemos visto su trabajo en más de una ocasión (él dirigió, por ejemplo, el episodio piloto de Starsky y Hutch, además de dirigir decenas y decenas de capítulos en series míticas como El agente de CIPOL, Ironside, McCloud, y un largo etcétera. Para Shear Pánico en la calle 110 fue una de sus pocas incursiones en el cine, y liberado quizás del formato televisivo y las censuras y exigencias de las cadenas, facturó una película policíaca de perfecto engranaje que hace que la historia se deslice bajo nuestros pies pegándonos a la pantalla en todo el momento. Quizás, y esto es desde luego una opinión muy subjetiva, todo el conjunto baile en la parte final, que en mi opinión se desliza demasiado rápido para una conclusión quizás algo insatisfactoria; como si toda la gasolina anterior no justificara esa pequeña hoguera, demasiado estándar quizás. Pero ya digo, quien opine lo contrario a lo mejor está en lo cierto, simplemente ésa fue la sensación que me dejó. Pero tal vez en un futuro visionado cambie de opinión. Lo que es cierto es que ese pequeño bajón no empaña para nada todo lo anterior, y es que estamos hablando de un envidiable producto policíaco 70s.

No lo duden, Pánico en la calle 110 es una peli que hay que ver.

miércoles, 18 de julio de 2012

Super Fly (1972)

Superfly You're gonna make your fortune by and by/But if you lose, don't ask no questions why. Curtis Mayfield, ese tipo con la voz más cool del universo cuyo talento nos hace sentirnos como insectos, nos resume este gran clásico del Blaxploitation llamado Super Fly.

Si con Las noches rojas de Harlem (léase Shaft) Gordon Parks había hecho de su excitante mezcla de acción policíaca de gueto negro un patrón a seguir, su hijo Gordon Parks Jr. decidió no ser menos y rodar su propio título de Blaxploitation, un término que iba a ser acuñado muy pronto. El joven debutante le encargó al guión a un tal Phillip Fenty, quien tratándose de una producción independiente escribió rápidamente un guión corto y al grano de 45 páginas. Para obtener financiación Gordon Parks Jr. lió a un par de dentistas y a su padre para que le adelantaran el dinero para rodar el film. 

Dentro del policíaco más callejero el género negro había sido encasillado en más de una ocasión en los arquetipos de vendedor de drogas, proxeneta, prostituta o soplón. Parecía como si en las sucias calles de las películas de Hollywood los personajes de color como mucho sólo pudieran aspirar a ser un agente de proximidad que informa al héroe de lo que está ocurriendo. Para la trama de Super Fly Parks Jr. y Fenty no se decidieron a apostar por un protagonista detective, o un oprimido del mundo blanco, sino por un traficante de drogas. Si un mafioso como Vito Corleone podía ser visto desde una perspectiva romántica, ¿por qué no iba a poder serlo un camello callejero del gueto? Desde luego esta perspectiva indignó al público negro más concienciado, que veía como una película dirigida por un hermano mostraba lo que a todas luces parecía una apología de las drogas y los camellos, algo que ya era un problema bastante grave en los guetos negros de las grandes ciudades. Otros menos preocupados por las enseñanzas de Martin Luther King y Malcom X sin duda disfrutaron con esa imagen de poder y glamour, aunque la influencia de Super Fly no fue lo bastante alargada como para llegar al rap de nuestros días, más influido curiosamente por el Tony Montana de El precio del poder que por el Priest de Super Fly

Efectivamente, Priest, el protagonista de esta historia, es un camello con su difícil día a día (nada más comenzar el film unos tipos le roban la mercancía y el pobre Priest tiene que pegarse un carrerón por las calles del gueto para atrapar al maleante que le ha arrebatado su coca, en una secuencia alargada con la sana intención de rellenar minutaje, pero que sirve al mismo tiempo para mostrarnos la cara sucia de los guetos) que, como nos describe la inmortal canción de Curtis, es un traficante más listo de lo habitual. Consciente de que el mundo de la droga sólo tiene dos salidas (la muerte violenta o la cárcel), Priest decide tomar una tercera vía y elabora un plan con el que podrá dejar esa vida perruna: reunir un gran alijo de "super fly" (cocaína en la jerga de la época) y venderla rápidamente junto con su socio para ganar un millón de dólares y retirarse a algún lugar seguro y tranquilo. Evidentemente un plan así tiene sus riesgos, y a lo largo de la cinta asistiremos a la larga carrera de obstáculos que supone para Priest ejecutar su plan y salir para siempre del gueto.

Si esta trama os recuerda a algo, pues baste decir que desde luego Super Fly no está a la altura de Atrapado por su pasado. Estamos hablando de un film barato y rápido, efectivo y con grandes dosis de glamour callejero, violencia y sexo, pero ciertamente el guión y muchas de las interpretaciones no son especialmente memorables. Evidentemente eso poco le importó a las audiencias negras que llenaron los cines para ver a Priest revelándose contra los polis corruptos blancos al tiempo que mostraba más inteligencia y ligaba más que cualquier blanquito o negro maluto del barrio. El que hubiera quienes criticaran el film por el mensaje poco edificante que estaba enviando no importó demasiado: Super Fly se convirtió en la película que había que ver en los guetos aquel año, y confirmó que había un mercado muy jugoso dispuesto a ser exprimido. Y ese dato no escapó ni a los grandes estudios de Hollywood ni a las productoras independientes.

Desde luego si alguien ayudó definitivamente a Super Fly a alcanzar la inmortalidad fue Curtis Mayfield, quien hacía poco había abandonado a The Impressions para comenzar su carrera en solitario. Para la película Curtis se sacó de debajo del brazo, sencillamente, una de las mejores BSO de la historia, y desde luego la que sea probablemente la banda sonora por excelencia del Blaxploitation. El disco era tan bueno que a día de hoy lo primero que a uno le viene a la mente cuando piensa en el gran Curtis es la BSO de esta película, con clásicos impepinables como "Super Fly", "Pusherman" o "Freddie's Dead". Además, fue el políticamente concienciado Curtis quien se encargó de añadir a través de sus letras un contrapunto a la trama restándole glamour al tema de las drogas y quienes hacían negocio con ellas. Por desgracia, a diferencia de su compañero Isaac Hayes, que en los Oscar de aquel año se convirtió en el primer negro en ganar una estatuilla a la mejor canción por su inmortal "Shaft Theme", Mayfield y su banda sonora para una peli de serie B sobre camellos del gueto no obtuvo reconicimiento alguno en Hollywood. Prefirieron dárselo a la baladilla "The Morning After" de La aventura del Poseidón, una canción que no merece ni oler la mierda de "Superfly". Shame on you, Academia, if you can't dance too!

Además de la música, otra gran baza de Superfly es su protagonista, el carismático y bigotudo Ron O'Neal; es un placer verle enfundado en sus trajes horteras de "pimp", conduciendo su Cadillac Eldorado (que pertenecía a un traficante de verdad, quien amablemente lo cedió a cambio de un pequeño papel) melena al viento y mandando callar al mundo con su profunda voz (¡imprescindible ver la peli en VO!).Otro momento fecundo, por qué no decirlo, es cuando Priest retoza con su novia en la bañera, interpretada (la novia, no la bañera) por Sheila Frazier, quien de paso nos muestra el que es sin duda uno de los culos de la década. Lástima que no se prodigara más.

Super Fly es desde luego un clásico Blaxploitation que hay que ver, ya sea por su música, por su glamuroso protagonista, por esos pequeños momentos de placer de violencia barata y sexo gratuito, o por ser un film que a pesar de sus limitaciones mostraba el gueto con algo más de realismo que las grandes producciones de Hollywood en una época en que la tele no echaba The Wire. Evidentemente había mucho de ficción en Priest y todo lo que le rodeaba, pero la ambientación iba un paso más allá que producciones anteriores. Super Fly, momentos de presión y calles del gueto. ¡No se la pierdan!


martes, 17 de julio de 2012

Jon Lord (1941-2012)

¿Tiene sentido este mundo sin Jon Lord
Adiós maestro, el mundo del rock y los teclados habrían sido un rollo sin ti.

viernes, 13 de julio de 2012

La gran evasión (1963)


La gran evasión era uno de esos títulos que se podrían contar con los dedos de la mano (aunque si me pongo a pensar detenidamente, igual me faltarían manos) que paralizaban todo mi mundo cuando los echaban por la tele, normalmente en aquellas míticas tardes cinematográficas de los sábados (Primera sesión, por ejemplo) en que a uno lo bombardeaban con westerns (por entonces, pelis de vaqueros), aventuras, cine bélico, y de vez en cuando algún thriller setentero molón. Desde luego estoy seguro de que aquel cine tuvo que ver en que a muchos nos guste leer sobre la Segunda Guerra Mundial, apreciemos el caso de Darth Vader y consideremos la notable labor de los sastres germanos. Y es que La gran evasión lo tenía todo: los malvados alemanes, los héroes listos, toques de humor, drama, acción, giros de la trama curiosos pero tremendamente efectivos (¡un falsificador de documentos que pierde la vista! ¡un cavador de túneles claustrofóbico! ¡el Gran X!), y claro está, ¡una persecución en moto inolvidable! Cine a lo grande, amigos.

La gran evasión fue otro gran producto nacido de ese feliz acuerdo entre la United Artists y la productora Mirisch Company, propiedad de los hermanos Mirisch, para quienes, por ejemplo, Billy Wilder había rodado algunas de sus mejores películas. En 1960 de la mano del gran John Sturges, productor y director del que no se habla demasiado pero cuyas películas suelen ser recias como el mármol, la Mirisch había cosechado un enorme éxito con Los siete magníficos. Como suele suceder en estos casos, decidieron sumar dos más y dos y encargar a Sturges otra cinta de acción con un notable reparto de estrellas masculinas de las que no se sentirían a gusto en una fiesta de Rock Hudson.

Desde la segunda mitad de los 50 el cine bélico había comenzado a tener un nuevo auge que no se veía desde los tiempos de la guerra, y la década de los 60 y primeros 70 iba a conocer una Edad Dorada de las películas de guerra. El exitazo en 1962 de El día más largo, junto a la popularidad de otros títulos bélicos, no hizo sino confirmar esa tendencia. Era lógico pues que en la Mirisch se decidieran por ubicar su nueva gran superproducción en la Segunda Guerra Mundial, aunque decidieron darle su particular toque, centrando la trama no en el frente, sino en un campo de prisioneros, al estilo de El puente sobre el río Kwai, pero más centrado en la acción.

Para elaborar el guión se tomó como referencia el libro de Paul Brickhill The Great Escape, que narraba hechos reales acaecidos en 1944, cuando 76 prisioneros aliados (británicos mayormente, y gente de la Commonwealth) se evadieron del campo de prisoneros Stalag Luft III, aunque los planes eran que se hubieran escapado bastantes más. Desde luego el punto de partida no podía estar mejor elegido. El libro ya había llamado la atención de Sturges años atrás, cuando trabajaba en la MGM, pero a Louis B. Mayer no le pareció una historia demasiado rentable. El guión se encargó a James Clavell (¿recuerdan Shogun? Hablé de ella hace mil; cómo pasa el tiempo, ¡el pájaro canta! Ups lo siento me salió un haiku) y W.R.Burnett, quienes se encargaron ¡ejem! de dar algo más de peso a los personajes norteamericanos, y es que los verdaderos prisioneros yanquis fueron trasladados antes de poder contribuir tanto como los consumidores de té. Y claro, si pagan los norteamericanos, tiene que haber personajes de la patria. De todas formas en general la película fue bastante fiel a los hechos, cuidándose mucho la ambientación y ciertos detalles, aunque por razones de narrativa los personajes eran por lo general un batiburrillo de varios personajes reales, cuando no eran directamente inventados (¡me temo que no hubo ningún motero en aquella fuga!).

Con nuevos personajes norteamericanos que satisfacieran al público yanqui el reparto comenzó a completarse con algunas estrellas estadounidenses de peso como James Garner o el inefable Steve McQueen, quien para su participación hizo una de sus habituales "sugerencias", pidiendo una secuencia donde pudiera desplegar sus habilidades con una motocicleta. Sturges contó, además de McQueen, con otros actores que se habían dado a conocer con Los siete magníficos como Charles Bronson o James Coburn. Por los británicos ponían sus rostros Richard Attenborough y Donald Pleasance, además de algún secundario de carácter como Gordon Jackson. En el bando alemán quien más destacaría sería Hannes Messemer, ideal para interpretar al gallardo y comprensivo comandante del campo de prisioneros, Von Luger. 

El rodaje iba a tener lugar en California, pero problemas sindicales para contratar a extras que no fueran de Los Angeles llevaron a Sturges y sus ayudantes a buscar escenarios en Alemania. Finalmente encontraron unos estudios cinematográficos en Baviera, rodeados por bosques, en los que había además un gran claro donde poder levantar una réplica del Stalag Luft III. Definitivamente era el sitio ideal, así que el equipo se trasladó a Europa para rodar el film, con algún ex-prisionero ejerciendo de asesor técnico.

Donald Pleasance, que había servido en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial, y que había sido derribado y hecho prisionero, se acercó en algún momento del rodaje a Sturges para darle algún pequeño consejo. El director se deshizo de Pleasance sin demasiados miramientos, pero cuando alguien le comentó que el pobre Donald había pisado un verdadero Stalag Luft, Sturges no dudó en consultarle a partir de entonces. El futuro Sam Loomis no fue el único que tenía experiencias reales en la guerra; varios de los actores lo bastante veteranos (al fin y al cabo apenas habían pasado veinte años desde entonces) habían conocido de cerca los campos de batalla. Por ejemplo Richard Attenborough también había volado en la RAF, aunque sin duda quien peor lo había pasado había sido Hannes Messemer, que había servido en el Frente Oriental y había conocido de primera mano la "hospitalidad" de los campos de prisioneros soviéticos. Pero en general los intérpretes trataron de servirse de sus experiencias personales para enriquecer sus personajes. Sin ir más lejos Charles Bronson, que interpreta al experto cavador de túneles Danny, sabía bien lo que es cavar, habiendo trabajado como minero en su juventud, experiencia que le dejó, sin ir más lejos, un trastorno claustrofóbico. James Garner parece que durante la Guerra de Corea había llevado a cabo una a labor similar a la de su personaje Hendley, el "conseguidor" de cosas. Y por último estaba Steve McQueen y sus motos. El bueno de Steve realizó todas sus correrías en moto él mismo, salvo el célebre salto a la valla, que intentó para convencer a Sturges de que le dejara hacerlo pero falló, por lo que se encargó el doble y experto en motos que había sido traído para la ocasión, Bud Adkins, quien se iba a convertir en el doble habitual de McQueen y amigo personal. Al menos no todos podían presumir como él de haber nacido un 24 de marzo, el mismo día en que la fuga tuvo lugar.
Vodka patatero, pruébenlo el próximo 4 de julio
Ahí va otra anecdotilla, dedicada a quienes vean afanes recaudatorios en las multas de nuestros defensores de la ley. Pues por lo visto la policía alemana no es ajena a esas pequeñas diversiones, y decidió montar un control de velocidad a las afueras de los estudios de Baviera. Por supuesto fueron varios los intérpretes y miembros del equipo que fueron atrapados y multados, aunque por supuesto quien se llevó la palma fue Steve McQueen. No sé que a velocidad debía conducir, pero pasó una noche en el cuartelillo. O con su fama ancestral de tacaño sería que se negó a pagar la multa.

En fin, supongo que se podría hablar mucho de una película como La gran evasión, donde desde el arranque hasta la conclusión la historia te atrapa y ya no te suelta, con una emoción que no decae y unos personajes excepcionalmente cincelados,y donde la tensión da paso a la comedia, y luego al drama, y luego la tensión vuelve, ¡y entonces McQueen es llevado a la "neverra" donde juega con su guante y pelota de béisbol! Y hay túneles bajo estufas y aliviaderos, y desaparecen los maderos de las camas, y luego más y más tensión, y acción, y aventuras, y alemanes enfadados.

Diablos, es La gran evasión. Si no les gusta, ya saben donde acabarán: ¡neverra!

lunes, 9 de julio de 2012

Sweet Sweetback's Baadasssss Song (1971)

Dedicated to all the Brothers and Sisters who had enough of the Man. Sí, del hombre blanco, se entiende.

El extraño e inesperado fenómeno comenzo a darse en los guetos negros de San Francisco y Nueva York. El boca a boca había hecho su trabajo y en lo que pareció un abrir y cerrar de ojos aquellos pequeños cines del gueto comenzaron a abarrotarse de "hermanos" que querían experimentar por sí mismos aquella película diferente que no temía en poner a los blancos en su sitio y que tenía de protagonista a un hombre negro que huía y luchaba por su libertad. Muy pronto las colas de hermanos y hermanas comenzaron a doblar las esquinas de los cines, en los cuales la algarabía y la excitación del público eran incomparables. La película era Sweet Sweetback's Baadasssss Song; estaba destinada a convertirse en la producción independiente más exitosa del año, y aun más, de la historia. Todavía se discute si Sweet Sweetback's... puede ser considerado como el primer título del blaxploitation. De lo que no cabe duda es que significó junto a Shaft el lanzamiento comercial de aquel nuevo género cinematográfico, pero a diferencia de la gran producción de la MGM, Sweet Sweetback's... estaba hecho por y para negros, cargada de rabia política y social para concienciar a la gente de color sobre la lucha que estaba teniendo lugar entre negros y blancos. 

El director de la incendiaria película era Melvin Van Peebles, un director de color que había logrado su primer gran éxito dentro de Columbia con Watermelon Man, una ácida tragicomedia sobre la historia de un blanco prejuicioso que de la noche a la mañana se despierta convertido en negro. A pesar del gran éxito del film Van Peebles decidió no ligarse al gran estudio hollywoodiense, decidido a rodar una historia muy distinta y menos amable. Evidentemente su visión de una historia que parecía escrita por los Panteras Negras no agradó a ningún estudio, con lo que Van Peebles decidió financiarse por su cuenta. El director contó con ayuda económica de Bill Cosby, quien había contado con los servicios de Van Peebles para dirigir algún episodio de su The Bill Cosby Show. Como en toda producción independiente Van Peebles se las arregló para sacar dinero de los sitios más insospechados. Con un guión protagonizado por un supermacho sexual negro, incluso circula una loca historia según la cual Van Peebles contrajo gonorrea fornicando con una de las actrices (además de director Melvin ejerció también de protagonista, y se dice que las escenas de sexo no se fingían demasiado), con lo que decidió pedir una compensación al Gremio de Directores por haber enfermado en horas de trabajo. Si hemos de hacer caso al rumor, la gonorrea coló como accidente laboral y con el dinero que se embolsó el director compró más metros de película.

La trama giraba entorno a Sweet Sweetback, un huérfano acogido en un prostíbulo en el cual no tarda en perder la virginidad con una de las prostitutas, que le apoda así por sus dotes sexuales y su gran miembro. Sin duda una introducción de las que se recuerdan. Ya crecidito, Sweet Sweetback se gana la vida como semental en espectáculos eróticos. Una noche accede a servir de sospechoso a la policía en lo que parece ser un truco habitual: la policía muestra un sospechoso para calmar los ánimos de la prensa y los jefes, y después se le suelta por falta de pruebas. Para desgracia del gran follador sus polis corruptos acaban en una redada de Panteras Negras. Uno de los líderes es apresado. A partir de ahí los hechos se suceden y Sweet Sweetback acaba siendo perseguido por la justicia, blanca por supuesto.

La crítica de la época comparó bastante acertadamente Sweet Sweetback's Baadasssss Song con una improvisación de jazz. Van Peebles se decidió a rodar su reivindicación negra de forma totalmente libre, no sólo respecto al sexo y la violencia, sino también a la técnica con que se aproximó a la película, repleta de planos experimentales, cortes abruptos, sobreimposiciones y un rápido montaje que da cierta sensación de caos mientras el amigo Sweet trata de salvar su pellejo, mientras se escuchan voces, coros e intentos de música funk con tibios resultados (fue el propio Van Peebles quien compuso la música, aunque fue grabada y arreglada por unos entonces desconocidos Earth, Wind & Fire). En ese aspecto Sweet Sweetback's Baadasssss Song es deudora de su época, del cine experimental underground de los años 60, ya fuera del otro lado del charco o de The Factory de Andy Warhol. El director decidió rodar con intérpretes que en su mayoría eran amateurs, y de hecho la panda de moteros que aparece en el film eran reales, lo que parece que le dio algún que otro problema contractual cuando decidieron que ya no querían seguir trabajando en la película.
Van Peebles dejando las cosas claras
 Precisamente el hecho de estar tan ligada a una determinada época y corriente que quedaron atrás con la Era de Acuario y Vietnam es el mayor lastre de la cinta, que vista hoy en día se asemeja precisamente a un pastiche experimental surgido de un momento determinado cuya mayor importancia radica en su politizado mensaje y en haber hecho evidente que había un público en los guetos negros ávido de nuevas emociones y que buscaba películas donde los protagonistas tuvieran el mismo color de piel que ellos mismos. Por ello Sweet Sweetback's Baadasssss Song tiene un valor más histórico que cinematográfico. De hecho su estilo rompedor, tanto en su técnica como en su mensaje, no fue continuado en otros títulos de lo que ha dado en llamar Blaxploitation, al menos no de forma tan directa. Tras el estreno de Shaft el estilo experimental dio paso a la mimetización de los géneros hollywoodienses que triunfaban en la época, y la politización negra se fue diluyendo entre héroes y heroínas de ébano y unos circunstanciales villanos blancos cuya maldad perdió impacto a través del matiz de la ficción; al perder realismo, el poli blanco corrupto, por poner un ejemplo, se hizo más aceptable.

Por todo ello quien espere encontrar en Sweet Sweetback's Baadasssss Song algo parecido a Shaft o Blackenstein aparte de los peinados afro irá bastante desencaminado. No dudaría de que alguien como Spike Lee tendrá la cinta de Van Peebles en un lugar honorífico de su videoteca, pero no sé si alguien que no sea un negro oprimido de algun gueto urbano de principios de los 70 podrá realmente disfrutar con este film. Eso sí, para quien desee entender realmente la génesis del Blaxploitation, o quiera dejarse llevar por el morbo de comprobar cómo de reales eran las interpretaciones de ciertas escenas, sin duda Sweet Sweetback's Baadasssss Song es un título que hay que ver.

domingo, 8 de julio de 2012

Camino del jardín

¿Cómo es posible que un temazo así no esté en ningún disco de estudio de Rush? Que yo sepa al menos, claro, tampoco conozco demasiado a fondo la discografía de esos benditos canadienses. Bueno, os dejo con la versión de Mos Generator, que tampoco está nada mal.

viernes, 6 de julio de 2012

Algodón en Harlem (1970)

Barry: Was that black enough for you?
Uncle Bud: It ain't, but it's gonna be.
No cabe duda que Uncle Bud sabía lo que se decía. En poco menos de un año los cines de los guetos iban a arder de pasión por las películas de acción interpretada por negros. ¡La era del Blaxploitation había llegado!

¿Recuerdan al bueno de Ossie Davis? Él era el romántico borrachín de Haz lo que debas, pero aparte de su faceta como actor también se dedicó a la dirección. Acertó de lleno con su debut tras las cámaras, una adaptación de la novela Cotton Comes to Harlem, la sexta de una serie protagonizada por los policías negros Gravedigger Jones y Coffin Ed Johnson. Algodón en Harlem tenía todos los ingredientes que iban a definir el Blaxplotation: un entorno urbano, criminales, mujeres sexy, tiros, y sobretodo una trama situada en el gueto con protagonistas de color que eran más listos y más guapos que los blancos. La cinta de Davis sea seguramente el mejor ejemplo de precursora del subgénero que estaba a punto de expandirse por toda la nación; ¿y qué mejor entorno que el barrio negro por excelencia de América, el mítico Harlem, para mostrar al mundo que no hacían falta coprotagonistas blancos para realizar un buen policíaco?

Tras los sempiternos créditos con tráfico y semáforos que nos va mostrando las calles de Harlem, la trama arranca con un discurso del reverendo Deke O'Malley, un cantamañanas que está recaudando dinero en los guetos para sufragar un viaje en barco hacia África, el hogar del que los "hermanos" y "hermanas" nunca debieron salir. Pero ahí están vigilantes Gravedigger Jones y Coffin Ed, dos veteranos agentes que conocen Harlem como la palma de su mano, y que saben que O'Malley sólo está vendiendo humo, aunque no tienen pruebas para meterle en la cárcel. En esto una banda de criminales irrumpirá a tiro limpio para llevarse la jugosa recaudación de O'Malley. Se inicia así la búsqueda del dinero, tanto por los malutos de turno como por la pareja de detectives negros.

Algodón en Harlem, aparte de su importancia como precursora del Blaxploitation y su fabuloso cartel que es puro Funkadelic (creo que en eso también se adelantó a los títulos que todos tenéis en mente), es buen policíaco que sin llegar a epatar entretiene bastante con una ágil dirección de Davis (quien también coescribió el guión), aunque la mejor baza del film son sin duda sus carismáticos protagonistas, el socarrón Godfrey Cambridge (que hace de Gravedigger) y Raymond St. Jacques, que impone respeto como Coffin Ed con su eterna cara de mala leche. El film auna acción con comedia (una perfecta muestra es la persecución callejera de coches) con bastante estilo, aunque gran parte de éste lo aporta Cambridge con sus muecas y sonrisas de lo más expresivas. Tampoco faltan alguna que otra escena sexy, que además sirve para dejar como un tonto a un policía blanco, lo cual debía hacerla aún más deliciosa entre el público de los guetos. Como toque de solera debutaba también un papel importante el veterano humorista y precursor cómico negro Redd Foxx.

Algodón en Harlem, un más que aceptable ejercicio de cine policíaco; tanto que de hecho casi le falta más jugadores en la Serie B para hablar de Blaxploitation. Pero lo que importa es que es un film bastante entretenido, y que tuvo la bastante aceptación como para que poco después se rodara una secuela, de nuevo protagonizada por Cambridge y St. Jacques, quienes sin duda hacían buena pareja. Aunque lo que de verdad habría estado bien es que les hubieran dado una serie en la televisión, como una especie de Starsky y Hutch negro con un Huggy Bear blanco. Su química y su carisma sin duda lo merecían.

martes, 3 de julio de 2012

Blaxploitation en 15 películas

¿Qué es el Blaxploitation? Bueno, quizás cada uno tenga su propia definición. Yo lo describiría como un subgénero cinematográfico en el que priman la acción, el soul y el funk, hecho por (aunque esto habría que matizarlo) y para negros, ciudadanos de color urbanitas del gueto que llevaban años viviendo en tensión combatiendo, ya fuera literal o metafóricamente, por obtener aquellos preciados Derechos Civiles que se les habían estado negando durante décadas. Ya sabéis, los 60, Vietnam, los guetos en pie de guerra, los cinco días de Watts, Martin Luther King Jr. y Malcom X, los Panteras Negras... Tiempos convulsos sin duda. En la música negra tipos como Sam Cooke, James Brown o muy pronto Marvin Gaye dedicaban canciones a las injusticias, el movimiento y el orgullo negros, pero el cine parecía que carecía de un equivalente a "Say It Loud - I'm Black and I'm Proud". Pero aquello era algo que Melvin Van Peebles y, curiosamente, un gran estudio como la MGM, iban a cambiar.
Sobre la fecha del comienzo del Blaxploitation se podría debatir también largo y tendido, como pasa con cualquier género, ya sea cinematográfico, musical, etc. No cabe duda de que el arranque comercial del mismo tiene lugar en 1971 con los estrenos de Sweet Sweetback's Baadasssss Song y Shaft. La primera demostró que había el suficiente público en los guetos deseosos de algo nuevo como para que una cinta independiente "totalmente negra" se convirtiera en un gran éxito de taquilla; la segunda demostró además que había muchos blancos dispuestos a apuntarse al asunto siempre que no se sintieran demasiado abofeteados por lo que veían en la gran pantalla. Precisamente creo que el nacimiento del espíritu del Blaxploitation podría fecharse en la torta que Sidney Poitier propinaba a Larry Gates en En el calor de la noche. No bastaba con que un negro como Poitier fuera aceptado a regañadientes por la sociedad blanca vistiendo elegantemente y comportándose como un blanco más; había que devolver golpe por golpe. Aunque esa idea se perdió inmediatamente en la comercialidad de Shaft, subsistiría de alguna u otra manera en forma de policías corruptos blancos, o villanos negros convertidos en héroes como el traficante de Super Fly. La política acabó quedando en segundo plano, pero quizás sea ésa la razón por la que el Blaxploitation ha perdurado en el recuerdo: no sólo por Tarantino, salvador de subgéneros de Serie B, sino porque ofrecía, al fin y al cabo, buen entretenimiento, buena música, y suciedad callejera, sexo y violencia. De paso algun blanco quedaría, nunca mejor dicho, a la altura del betún. Pero es que se lo llevaban buscando mucho tiempo...
Así que sin más dilación ahí va la lista de películas que conformarán este especial, empezando por la cinta Blaxploitation por excelencia, ¡Shaft!
  1. Shaft (1971)
  2. Algodón en Harlem (1970)
  3. Sweet Sweetback's Baadasssss Song (1971)
  4. Super Fly (1972)
  5. Pánico en la calle 110 (1972)
  6. Drácula negro (1972)
  7. Operación Masacre (1972)
  8. El padrino de Harlem (1973)
  9. Cleopatra Jones (1973)
  10. Cinturón negro (1974)
  11. Foxy Brown (1974)
  12. Los demoledores (1974)
  13. Dolemite (1975)
  14. Un mundo aparte (1976)
  15. Disco Godfather (1979)
Tras la Era Dorada del Blaxploitation el subgénero evidentemente no murió, y siguió dando coletazos aunque normalmente los films más trascendentes fueron homenajes al género negro 70s. El título más evidente y mejor sería Jackie Brown de Quentin Tarantino, aunque quien quiera más Blaxploitation contemporánea puede chequear la parodia-homenaje I'm Gonna Git You Sucka (conocida aquí con el espantoso título Sobredosis de oro), repleta de viejos habituales del género, o el film Original Gangstas, protagonizada por Pam Grier, Richard Roundtree, Fred Williamson y Jim Brown. Aunque al igual que la música disco el Blaxploitation vivió más tiempo de lo que habría sido deseable (como comprobaremos de la mano del inefable Rudy Ray Moore), sus influencias fueron más allá de los homenajes de Tarantino. Desde luego sirvió para dar más preeminencia a los personajes negros y dotarles de más personalidad, aunque seguro que Spike Lee sigue echando en falta más protagonistas de color en las producciones hollywoodienses. Pero la huella de todos aquellos films quedó impresa para siempre en los géneros más callejeros (el policíaco y el de acción), además de demostrar al gran público que una mujer podía enfrentarse a cualquier enemigo y repartir patadas y balas tan bien como cualquier hombre (de ahí la teniente Ripley, entre otras). Como en cualquier otro subgénero, en el Blaxploitation hubo buenas y malas películas; quizás ninguna obra cinematográfica inapelable a lo Stanley Kubrick, pero tampoco fue ésa su misión. Blaxploitation es entretenimiento, acción, amor y terror negros, y, eso sí, algunas de las mejores bandas sonoras de la historia. No puedo imaginar una época mejor que el verano para perderse en el excitante mundo de presupuesto limitado del Blaxploitation. Así que si regresáis de la playa más morenos de lo habitual, agenciáos una buena peluca afro, acomodaros en el sillón, y recordad las inmortales palabras de Shaft: and you ain't so white either baby!