sábado, 15 de diciembre de 2012

La emperatriz Yang Kwei Fei (1955)

Cine clásico japonés. Desde el muy lejano y olvidado visionado de Cuentos de la luna pálida (habré de rescatarla cualquier día de estos), la verdad es que hasta ahora no había prestado atención a  nada que no fuera de Kurosawa, cosa razonable supongo (seguro que casi todos empezamos por él cuando hablamos de la Era Dorada del cine nipón). También juraría que vi una cinta más moderna con un título parecido y brujas asiáticas volando, pero la verdad es que resulta todo demasiado neblinoso en mis confusas neuronas. En fin, que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid me decidí a ver La emperatriz Yang Kwei Fei, una de las últimas grandes obras del maestro Kenji Mizoguchi.

Curiosamente La emperatriz Yang Kwei Fei fue recibida tibiamente por la crítica, que juzgaba que Mizoguchi ya no podía igualar un clásico como la ya mencionada Cuentos de la luna pálida. En la taquilla el recibimiento fue aún peor. A lo largo de la década de los 50 el gusto del público japonés estaba cambiando rápidamente, y maestros del clasicismo cinematográfico como Mizoguchi estaban perdiendo el favor de la audiencia, que prefiría las cintas de directores más jóvenes. Mientras que alguien como Kurosawa, que caía peor a la crítica, estaba cosechando prácticamente un taquillazo tras otro, el veterano Mizoguchi parecía cada vez más anticuado. Sin embargo fue el propio Kurosawa, gracias a su inesperado éxito con Rashomon, quien ayudó a que muchos ojos occidentales posaran sus pupilas en la obra de Mizoguchi. Especialmente en Francia, el país donde aquellos que no son profetas en su tierra son acogidos y venerados con respeto y profundo análisis.

La emperatriz Yang Kwei Fei presenta una trama de cuento romántico, situada en la China de la Alta Edad Media (la película fue una coproducción entre Japón y Hong Kong. China no participó. ¿Por qué será?). Depuesto y encerrado por su propio hijo, el anciano emperador Xuan Zong recuerda sus días de juventud, cuando era un emperador enviudado prematuramente, lleno de nostalgia y dolor por la pérdida de su gran amor. Su única pasión parece ser la música, mientras desatiende los asuntos de estado. Rodeado, como casi todos los emperadores, por una corte de consejeros y chambelanes corruptos que sólo buscan su propio interés, éstos se desviven por presentarle a jóvenes doncellas que cautiven su corazón. Quien consiga emparejarle se ganará su favor y será recompensado con títulos, honores y riquezas. La familia Yang está dispuesta a ganar en poder mediante esa esperada boda, especialmente el general An Lushan, quien en un principio parece encontrar la solución a sus problemas en una menuda e insignificante sirvienta que trabaja para ellos.

La emperatriz Yang Kwei Fei podría considerarse (y seguramente así se la considere muchas veces) como una versión oriental de nuestra Cenicienta, aunque ciertamente bastante alejada del espíritu Disney. La inmortalidad del amor, y su fuerza, preside toda la cinta, pero es contrapuesta al sentido del deber, los vericuetos de la política, la soledad del poderoso, las corruptelas de palacio, etc. Quizás ciertos aspectos de la trama puedan resultar algo amargos, pero con todo la preciosidad de la historia es innegable. La emperatriz Yang Kwei Fei nos deja un sentimiento agridulce, y como cualquier drama de época resultará angustiosa en algunos momentos clave, pero en el fondo hallamos un mensaje de esperanza, una magia de cuento tan inexplicable, y a la vez sencilla, como el mismo sentimiento del amor.

Como es bien sabido, el cine clásico japonés no es plato para todos los gustos, y el pausado estilo de Mizoguchi puede resultar difícil de paladear, y también es bien sabido que cada película tiene su momento. Pero la maestría del director japonés residía en esos planos largos, esas secuencias reposadas, y la fuerza de una preciosista puesta en escena que le convertía en una suerte de versión japonesa de John Ford de interiores. Con La emperatriz Yang Kwei Fei Mizoguchi cedió por segunda vez a rodar en color, lo que sin duda resalta el colorido de los decorados y los trajes, en los que se puso un especial cuidado para respetar el estilo chino de la época, aunque la atmósfera general sea inevitablemente japonesa.

El film está protagonizado por dos de los intérpretes más rutilantes de aquella época, el actor Masayuki Mori y la encantadora dama de la interpretación Machiko Kyo, quienes aportan con unas sutiles actuaciones grandes momentos de complicidad y romanticismo a sus personajes, lo que añadido al sumo cuidado con que Mizoguchi rueda sus secuencias, nos da algunas secuencias dignas para el recuerdo, de esas que muchos directores actuales que ruedan pelis románticas debieran tomar nota.

Y basta de necias palabras. Lo mejor será que juzguéis vosotros mismos viendo La emperatriz Yang Kwei Fei, un olvidado pequeño y bello clásico en la etapa final de Kenji Mizoguchi.

2 comentarios:

Coltra dijo...

A mi tb me gustó, despues de verla me enteré de que esta basada en un suceso real de la dinastía Tang china, y me atrevo a recomendarte de cine clasico japones(aunque es totalmente diferente a esta)"Seppuku" de Kobayashi
http://www.filmaffinity.com/es/film209631.html
saludos.

Möbius el Crononauta dijo...

Mmm me quedo con esa recomendación. ¡Gracias!