miércoles, 10 de octubre de 2012

La sombra de Caín: los patos rosados y el cadáver del East River

El East River, el río que separa Manhattan de Long Island, es, como muchos otros ríos que recorren las grandes ciudades, un sitio bastante contaminado. Y aun lo era más a finales del siglo XIX. Pero ello no explicaba que cierto día de un caluroso junio de 1897 el dueño de unos patos en Long Island se los encontrara mudados en un color rosado de lo más chocante. Mientras un debate ornitológico tenía lugar entre el dueño de los patos y sus vecinos, en otra parte de Nueva York, en el río, unos chiquillos rescataron una suerte de paquete envuelto en hule que había salido a flote. Su contenido les dejó estupefactos: era el tronco de un adulto, sin brazos y sin cabeza. En una ciudad tan violenta como la Nueva York de finales del XIX aquél no era seguramente el primer cuerpo desmembrado del que tenía que ocuparse el veterano Stephen O'Brien, jefe del Departamento de Detectives de la Policía de Nueva York. Se habían cometido horribles crímenes antes, y se seguirían cometiendo después. No, aquel no era el primer cadáver misterioso que aparecía en las aguas de Nueva York. Sin embargo, aquel caso iba a ser muy diferente. Porque justo en aquellos días el todopoderoso William Randolph Hearst, que había irrumpido en la prensa local como un toro en una cacharrería dos años antes, comprando el mortecino New York Morning Journal, acababa de lanzar una nueva ofensiva a su mortal enemigo Joseph Pulitzer, el dueño del New York World, lanzando el diario vespertino New York Evening Journal. Algunos años atrás Pulitzer había levantado al New York World de su estado comatoso con un nuevo estilo editorial que incluía artículos sobre injusticia social, tiras cómicas, concursos, y, entre otras novedades, un tratamiento más vivaz de las noticias de sucesos. Hearst había tomado buena nota de esta receta, y en la escalada armamentística entre los dos diarios, el sensacionalismo se había revelado como una buena arma para vender periódicos. En aquella guerra el tratamiendo de la noticia de los crímenes locales no tardó en refinarse hasta que se alcanzó el patrón perfecto para vender más y más números: los sagaces editores escogían uno de los muchos crímenes que podían cometerse cada semana en Nueva York, uno que apelara a la curiosidad y/o los sentimientos del lector, y entonces ese crimen era seguido paso a paso desde el minuto uno, hasta que el culpable era sentenciado. Los lectores, enganchados al suceso como lo estarían con un relato de Sherlock Holmes por entregas, comprarían cada día el periódico para saber los nuevos detalles del caso. La estrategia era infalible, y por ello, sigue utilizándose en nuestros días.

Sin embargo aquel 26 de junio las preocupaciones del jefe O'Brien estaban muy lejos de las guerras de periódicos. Tenía a otro asesino suelto a quien echar mano, y el East River pareció querer ayudarle expulsando a la superficie más trozos del cadáver, entre el sábado y el domingo, aunque la cabeza seguía sin aparecer. Los primeros informes del médico forense citaban, entre otros detalles, el inusitado tamaño de los pies de aquel cádaver, y las callosidades que presentaban. Conclusión: aquel hombre, en vida, aparte de tener unos pies muy grandes, se había ganado la vida descalzo. Probablemente en un local cerrado, pues el cutis de la víctima era muy pálido. Por contra, las manos del asesinado eran bastante suaves, y mostraban unas uñas limpias. Otra curiosidad era que a la altura del pecho a la víctima se le había seccionado un gran trozo de piel. Además, por la forma en que había sido seccionado el cadáver, y el diestro manejo del serrucho, el forense deducía que el asesino podía tener ciertos conocimientos de anatomía, y experiencia en trocear cadáveres. Como observó un molesto forense después de que O'Brien verbalizara sus pensamientos, eso implicaba no sólo a médicos y estudiantes de medicina, sino también a barberos, carniceros o trabajadores de una funeraria. Tal vez incluso un artista. Bien, eso implicaba una gran cantidad de sospechosos, pero los pies y manos de la víctima le inducían a pensar que tendría mucho más éxito poniendo primero un nombre al cadáver desmembrado. Pues estaba convencido de que aquel desdichado se había ganado la vida trabajando en unos baños turcos.

Efectivamente, ya la misma tarde del domingo los agentes que O'Brien había enviado por todos los baños turcos de la ciudad le comunicaron que en un establecimiento de baños de la calle 42 un tal William Guldensuppe se encontraba ausente de su puesto desde el viernes. Cuando O'Brien llegó al lugar, el dueño le informó de que el fornido inmigrante alemán había pedido el jueves tomarse el viernes libre para resolver unos asuntos fuera de la ciudad, pero aquel mismo viernes la patrona de Guldensuppe, una tal Augusta "Gussie" Nack, se había acercado con un telegrama en el que el alemán informaba a su jefe de que se tomaría también libre el sábado. Sin embargo, habría de haber vuelto el domingo. ¿Era habitual que el germano faltara al trabajo? Para nada. Según el dueño del local, Guldensuppe no dejaba pasar la ocasión de ganarse alguna propina o dólar extra, y apenas sí cogía vacaciones. Interrogando al dueño de aquellos baños O'Brien obtuvo otro dato crucial: el alemán tenía tatuada en su pecho una mujer desnuda. La posición y el tamaño de aquel tatuaje encajaban con el trozo de piel que faltaba en el pecho del cuerpo desmembrado. Bien, todo apuntaba a que eran los restos de Guldensuppe lo que tenían allá en el depósito de cadáveres.

¡Ah sí, el depósito! Además de sus pies grandes, había una peculiaridad en la anatomía del fornido alemán que ningún hombre, fuera o no relevante para el caso, habría pasado por alto. Sí, Guldensuppe bien podía haber presumido en vida de que el tamaño de su miembro viril igualaba al de sus grandes pies. O'Brien no podía saber a ciencia cierta si aquel germano había sido guapo o no, pero dada su buena planta y su excepcional pimmelwurst, era bastante probable que aquel fornido soltero de delicadas manos hubiera tenido éxito entre las mujeres. El tatuaje en su pecho indicaba sin duda que el bueno de Guldensuppe había sido aficionado a ellas. ¿Y si en aquel crimen estaba envuelta, de alguna forma, una mujer? Un cliente habitual que parecía conocer bien a Guldensuppe confirmó sus sospechas: aquel alemán había sido un Don Juan empedernido, con un apetito sexual monstruoso. En realidad, Guldensuppe tenía un apetito voraz para todo, ya fuera comida, bebida o mujeres. En cuanto a esos tres placeres pecaminosos de la vida, Guldensuppe siempre había sido hombre de cantidad, no de calidad. Ciertamente no tenía un prototipo ideal de mujer: prácticamente cualquiera le servía. Para disipar las dudas del jefe de policía, aquel cliente que parecía conocer tan bien al sátiro alemán le preguntó por cierto detalle anatómico; no el del tatuaje ciertamente, pues era un tatuaje que cualquier marinero podría tener en su pecho. El lector bien imaginará el objeto de la pregunta del cliente. Cuando O'Brien contestó afirmativamente, el habitual de los baños no tuvo duda: "Bien, ahí tienen a su hombre".

Después de charlar con aquel cliente, O'Brien concluyó por motivos obvios que aquel Don Juan de baja estofa con apetitos voraces que eructaba y bebía a grandes tragos no podía haberse relacionado con refinadas damas. Debía buscar a una mujer común. ¿Qué tal aquella Gussie Nack? El roce hace el cariño, y no sería la primera vez que en sus pesquisas se encontraba con una patrona que se veía con alguno de sus alquilados. El jefe de policía envió a sus agentes a interrogar a la señorita Nack. ¿Estaba casada? No, su marido la había abandonado hace dos años. ¿Mostraba aprecio por Guldensuppe? No, más bien mostraba aprecio por los cincuenta dólares que el alemán le había pedido prestados el jueves pasado, antes de partir. Ciertamente la patrona no debía haberse llevado demasiado bien con aquel Gargantua de finas manos. ¿Estaban seguros de que no había habido ningún romance entre ellos? Los agentes se miraron antes de contestar: "Debería usted verla, capitán". A juzgar por el aspecto de doña Nack, no era de extrañar que su marido hubiera salido huyendo.

Bien, había muchas mujeres en Nueva York, así que las posteriores investigaciones se centraron en los materiales con los que habían sido envueltos los cadáveres. El torso se halló envuelto en un curioso hule encarnado, mientras que las restantes partes del cuerpo habían sido envueltas en hule blanco y lona fina. La cabeza seguía sin aparecer, pero aquellos materiales eran buenas pistas. Para empezar, estaban en muy buen estado, con lo que podía colegirse que habían sido comprados para el solo propósito de deshacerse del cadáver. Siguiendo la pista de los materiales no tardaron en llegar nuevas pistas. Se había interrogado a trabajadores del puerto, pescadores y pasajeros que hubieran usado los transportes marítimos entre el jueves y el sábado. Precisamente uno de ellos logró recordar que había visto a un hombre cargando un gran paquete envuelto en hule encarnado en el ferry que une Long Island con Manhattan. ¿Alguna característica especial? Unas mejillas muy rosadas. 

Para entonces los periódicos de la ciudad ya estaban haciéndose eco del caso, ofreciendo todos los detalles posibles acerca del mismo. Días atrás al propietario de una mercería en Dutch Hills, distrito de Long Island, le había llamado la atención el detalle de que el torso hubiera estado envuelto en aquel particular hule encarnado que él mismo vendía. Como buen ciudadano, aquel hombre había acudido a prestar su ayuda a la policía. Durante el interrogatorio le preguntaron si recordaba a algún cliente en particular que le hubiera comprado hule encarnado. Así era. Recordaba a un hombre con curiosas mejillas rosadas.

Mejillas rosadas. Mientras O'Brien esperaba que sus hombres localizaran y le trajeran el telegrama original en las oficinas de la Western Union, el jefe de detectives le daba vueltas al detalle de las mejillas. ¿A qué podían deberse esas mejillas tan coloridas? ¿Ejercicio físico? ¿Actividades al aire libre? El forense había mencionado de pasada que tal vez el asesino pudiera ser un artista, acostumbrado a estudiar y pintar el cuerpo humano. ¿Y si aquel artista trabajaba mucho al aire libre? ¿Podía ese detalle explicar lo de las mejillas? Mientras O'Brien barruntaba aquel asunto, llegaron sus hombres con el telegrama original de Guldensuppe. El capitán lo comparó con las muestras de escritura obtenidas en los baños. Después le entregó las pruebas a los grafólogos. Pero estaba claro que Guldensuppe no había escrito aquel telegrama. El siguiente paso era buscar más pruebas en Long Island. Mientras tanto, él se quedaría en su despacho tratando de encajar las piezas del aquel tétrico rompecabezas.

O'Brien era famoso por ser un policía metódico, que no dejaba nada al azar. Y por ello trataba de rodearse de los mejores hombres del departamento. Era imposible trabajar con gente en la que no se podía confiar. Y él confiaba en sus colaboradores. Y sin embargo, ese pequeño gusanillo que todo buen detective tiene en su interior no le dejaba dormir. Y cuando un detective no puede dormir es que algo ha pasado por alto. O'Brien recapituló y volvió a recapitular. ¿Dónde estaba el cabo suelto? Bien, sus hombres le habían dicho que era imposible que Guldensuppe hubiera tenido relaciones con su patrona, Gussie Nack. Pero O'Brien decidió comprobarlo por sí mismo y mandó llamar a la buena señora. El impacto visual que recibió el capitán cuando doña Nack entró en su despacho fue tremendo, e inmediatamente sus ojos le conminaron a creer lo que habían dicho sus hombres. Una observación más atenta no le permitió cerciorarse de si aquella mujer había tenido relaciones o no con Guldensuppe, pero O'Brien pudo asegurar, como viejo perro policía que era, que aquella mujer ocultaba algo. Sin embargo no tenía prueba alguna. Así que tras lanzarle algunas preguntas rutinarias, O'Brien dejó que la patrona volviera a su hogar. No sin antes haber ordenado a dos agentes vigilar todos sus movimientos.

El experto detective no estaba solo en su investigación. De hecho se encontraba en franca competencia con los sabuesos de Hearst, que estaban realizando sus propias pesquisas para el New York Evening Journal. También ellos comenzaban a creer que Gussie Nack y Guldensuppe bien pudieran haber compartido el calor y la comodidad de una misma cama. De hecho habían comenzado a alquilar todas las habitaciones disponibles en el edificio de la señorita Nack para mantener alejada a la competencia.

Pero O'Brien no estaba ciertamente durmiendo en su despacho. Había enviado agentes a recorrer la Novena Avenida, donde vivía la patrona, para ver si podían averiguar algo. Otros policías realizaban pesquisas entre los vecinos de la enjuta danesa apellidada Nack. Todos volvieron con datos jugosos. Los primeros habían dado la descripción de Gussie entre los negocios de la larga avenida. El indignado dueño de un negocio de alquiler de coches y caballos reconoció en la descripción de la señorita Nack a una cliente que el viernes le había alquilado un carruaje que sería utilizado al día siguiente por un hombre de curiosas mejillas rosadas. Aquel hombre llevó al caballo casi hasta el agotamiento, detalle que provocó la indignación del dueño de aquel negocio. Por otro lado, un agente había obtenido informacion de la típica vecina cotilla que habita en todos los edificios. Al parecer, el marido de Gussie Nack no la había abandonad, sino que había sido ella quien le había desplazado de su corazón. Según aquella vecina, la causa de la ruptura matrimonial había sido Willie Guldensuppe. Y aún había más. Por boca de aquella vecina había averiguado que el alemán no había sido su único alquilado en época reciente, como había afirmado en los interrogatorios. Al parecer no hacía mucho que también había alojado a un barbero. ¿Mejillas rosadas? "Sí, capitán". Y aquella mina de oro con forma de vecina cotilla aún entregó a la policía una pepita más: cierta noche del invierno pasado al parecer se había montado un buen jaleo en el hogar de Augusta Nack, y el fornido Guldensuppe había echado a patadas al barbero. Por desgracia, el nombre del barbero de mejillas rosadas aún no había podido ser averiguado.

Entonces la investigación pareció pasar por la rueca de Cloto, y una de las parejas de agentes que se encontraban buscando pistas en Long Island llamó a la puerta de Jake Wahle, el sorprendido dueño de unos patos rosados. Wahle les invitó a pasar, y no tardó en comenzar a relatarles el extraordinario caso de sus patos rosados. Los agentes seguramente ya estaban dispuestos a irse cuando el dueño de los patos les mencionó la fecha en que sus adorables palmípedos: la fecha en que supuestamente se había cometido el crimen. Los avispados agentes enseguida se interesaron por el caso de los patos, lo que sin duda debió agradar en demasía al pesado del señor Wahle. ¿Dónde se bañaban sus patos? En una zanja que había más allá de su jardín trasero. Los agentes investigaron la zanja. A ella iban a parar los residuos del desagüe de una casa vecina, deshabitada. Había que entrar en aquella villa. Los agentes ya comenzaban a imaginar el origen del color rosado de los patos del señor Wahle

Cuando los agentes por fin penetraron en aquella casa deshabitada, no encontraron nada de particular. Hasta que subieron al segundo piso y entraron en una de las habitaciones. El color rojo que inundaba la estancia no era pintura precisamente. El cuarto de baño contiguo también mostraba signos evidentes de que allí se había asesinado a alguien, o se había manipulado un cadáver. Era sin duda el agua sanguinolenta procedente del cuarto de baño la que había teñido a los patos de Jake Wahle. La policía no tardó en entrevistarse con la dueña del lugar, quien vivía en Manhattan. Al parecer el fin de semana del crimen había alquilado aquella casa a los Braun, un matrimonio de inmigrantes. La descripción de la pareja coincidía con la de Gussie Nack y el hombre de mejillas rosadas, Fred Braun. Los vecinos del lugar confirmaron haber visto a la pareja por los alrededores.

A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron. Se realizó un registro en la casa de Nack, donde se encontraron una pistola, un cuchillo y una sierra. Nack fue arrestada, aunque resistió los interrogatorios, negando haber cometido ningún crimen, ni saber de la existencia de un barbero. De nuevo, la policía parecía llegar a un callejón sin salida. Pero además de las armas, la policía tenía una nota. Una nota de amor. Con la misma letra que aparecía en el telegrama supuestamente enviado por Guldensuppe. Por fin la forma del triángulo se confirmaba en todos sus ángulos.

Cuando por fin se hubo resuelto el caso, los titulares del Journal proclamaron a los cuatro vientos que habían sido sus reporteros, y no la policía, quienes realmente habían resuelto el caso. Dejando aparte el grado de responsabilidad de cada parta en la resolución del crimen, no cabe duda de que el seguimiento que la prensa, en especial el Journal, estaba haciendo del caso, podía proporcionar informadores en los momentos más desesperados. Y así sucedió cuando un barbero local se presentó en la policía, dispuesto a hablar con O'Brien. El barbero le contó que algunos meses atrás había tenido contratado a un ayudante, un tal Martin Thorn, de origen polaco, que aparte de ser un experto en manejar la cuchilla y la navaja, era un hombre elegante y refinado que causaba sensación entre las mujeres gracias a su porte y sus mejillas rosadas. Hacía ya varias semanas que Thorn se había despedido, pero el informante recordaba que Thorn le había pedido consejo a la hora de comprar un cuchillo. Y otra cosa más: las últimas señas que dejó eran las del hogar de Gussie Nack. Ahora ya no había duda: aquel tal señor Braun, el hombre de las mejillas rosadas, era en realidad Martin Thorn. La policía emitió inmediatamente una orden de busca y captura. Estaciones de tren y puertos fueron puestos bajo vigilancia. Se contactó con diversas embajadas europeas, por si Thorn trataba o estaba tratando de huir a Europa.

Martin Thorn no tardó en ser arrestado. Le cogieron tratando de cruzar la frontera con Canadá. Su arresto permitió a O'Brien y sus hombres usarlo como peón amenazante con el que romper la voluntad de Nack. El viejo juego de "tu amigo ha confesado, si quieres evitar una sentencia de muerte, más vale que cantes". Gussie Nack acabó confesando.

Un triángulo amoroso. Una de las causas más viejas detrás de un crimen sangriento. Una historia que hacía vender periódicos como la espuma. Una historia donde nada era lo que parecía. Efectivamente, el señor Nack había abandonado el hogar conyugal para mantener lo poco que quedaba de su honor mancillado. El fornido Guldensuppe, ciertamente, le había reemplazado en el lecho matrimonial. Los encantos de la señora Nack debían ser más de los que podían apreciarse a simple vista, aunque la pragmática policía creía que Guldensuppe, un inmigrante que había estado dando tumbos aquí y allá, había encontrado en Gussie Nack un hogar comfortable. Hasta que apareció Martin Thorn, un alquilado perfumado y educado que sabía cómo encadilar a las mujeres, especialmente a las viudas, de las que se había aprovechado, decían, allá en Europa. Y cuando les había sacado todo el jugo, pues ya saben... Thorn no tuvo mucha dificultad en hacer que Gussie bebiera los vientos por él, algo que no gustó a Guldensuppe, quien echó al barbero de la casa, para luego dar una lección a su amante. Aun así ella y Thorn se siguieron viendo. Pero aquella no era una forma de mantener una relación. Martin Thorn convenció a Gussie para ayudarle a deshacerse del fiero Guldensuppe. Y el resto, como suele decirse, es historia. Una historia de patos rosados, y de un crimen que causó sensación gracias a los periódicos, en 1897, el pico de la guerra entre Hearst y Pulitzer.

6 comentarios:

Javier Simpson dijo...

Hola, Crononauta. Muy buena la historia, interesante; lo que no sé es si es un relato inventado por ti o algo que sucedió realmente, o un relato basado en hechos reales. Tengo curiosidad por saber de qué se trata.
En ese sentido de facsímil por entregas y el interés del pueblo por seguir el caso, ocurrió algo parecido cuando aconteció el desastre del Titanic. En muchos periódicos, incluidos españoles, se sacaban historias y anécdotas que tenían que ver con el Titanic y sus pasajeros. En el caso que nos traes semeja un caso de Jack el destripador en la ciudad de los rascacielos, mezclado con aspectos de Sherlock Holmes.
Un saludo y hasta otra.

Austrohúngaro dijo...

Hola

Quería felicitarte por el artículo/relato, me lo he pasado genial leyéndolo.

Saludos y felicidades por el blog.

Mr. Lombreeze dijo...

Acojonante. Entretenidísimo post.
Mira que somos macabros...

Abel dijo...

Qué gran época para el crimen la de finales del XIX y principios del XX. Todo artesano, manual. O tempora, o mores!

Aura dijo...

Gracias! Me ha encantado la historia!

Möbius el Crononauta dijo...

Javier Simpson: ¡ya me gustaría poder inventar tan bien! Son hechos reales; la mayoría los extraigo y reficcionalizo de un libro (descatalogado hasta donde yo sé) de Alan Hynd, aunque iré ampliando de otras fuentes con el tiempo.

Austrohúngaro: ¡muchas gracias y bienvenido! Espero que lo sigas disfrutando.

Mr.Lombreeze: sí que lo somos, sí

Abel: sí, no sé que tendrá, que la crónica negra de entonces tiene como un algo especial, será por Sherlock Holmes y esos detectives, no sé.

Aura: ¡de nada! encantado de que te encante