martes, 2 de octubre de 2012

Con faldas y a lo loco (1959)



La historia original de Con faldas y a lo loco ya había sido adaptada en Francia y Alemania, aunque Wilder se encargó de introducir la subtrama de los gángsters. El film significaría su segunda colaboración con I.A.L. Diamond, un genial guionista con quien había congeniado muy bien trabajando en Ariane. Tras lograr financiación de la Mirisch Company (que en el cambio de década iba a convertirse en la productora independiente más promineente gracias a varios éxitos rotundos) Wilder y Diamond comenzaron a completar un reparto que en principio deberían haber encabezado Bob Hope y Danny Kaye. Cuando resultó obvio que sería imposible contar con ellos, el espíritu del film comenzó a cambiar cuando Wilder reescribió el papel de Jerry/Daphne con Jack Lemmon en mente, un joven que le había impresionado en Operation Madball. Sin embargo la distribuidora, United Artists, vetó esta elección. En su lugar propusieron a Frank Sinatra. Para el papel de Joe/Josephine hacía falta un galán con la suficiente bis cómica como para que la película funcionara, y como dijo después Wilder, Tony Curtis era el tipo más guapo que conocía que encajara en el papel. El resto del reparto no dio demasiado trabajo: el veterano George Raft como el temible Spats Colombo, Joe E. Brown como un millonario excéntrico en busca de ligue, y unos cuandos secundarios malcarados. El problema era encontrar a una protagonista adecuada.

La candidata más idónea para Wilder era la estrella del musical Mitzi Gaynor, pero el director cambió de opinión inmediatamente después de recibir una carta de Marilyn Monroe en la que la estrella le decía lo mucho que había disfrutado trabajando en La tentación vive arriba, y cómo deseaba volver a repetir la experiencia. Wilder no lo dudó ni un segundo. A pesar de que ya en su anterior colaboración Marilyn se había mostrado como una actriz problemática, resultaba impensable rechazar a la estrella femenina más rutilante del momento. Imagináos, ¿cómo explicarle a la productora que rechazas trabajar con una actriz cuyo sólo nombre hace vender millones de entradas? Así que el director le hizo saber a la actriz que si lo deseaba, el papel de Sugar Kane, la dulce y rebelde cantante de la orquesta femenina donde van a parar Joe y Jerry, era suyo. Lo quizás no pudo imaginar Wilder es que en apenas tres o cuatro años las adicciones de Marilyn habían ido a peor, con todo lo que ello conllevaba.

Los problemas con Marilyn, como era de esperar, comenzaron desde el principio. Para empezar, Marilyn estaba tan deseosa de trabajar con Wilder que firmó el contrato sin haber leído un guión que, por otra parte, todavía se estaba escribiendo. Además, tanto ella como su marido, Arthur Miller, andaban algo flojos de cash, con lo que necesitaban ingresar dinero rápidamente. La actriz había pasado dos años en el retiro, y eso se notaba. Y cuando por fin leyó el guión, la actriz comprobó que lo que había pensado que sería un papel de retorno distinto y con empaque, era un trasunto de su típico papel de rubia tonta. Por otro lado, la actriz exigió también que se rodara en color, como estipulaba su contrato con la Fox, pero Wilder logró convencerla para rodar en blanco y negro. A pesar de las dificultades iniciales, el fichaje de Marilyn tuvo sus ventajas; por ejemplo, la UA, considerando ya el proyecto como un éxito seguro, permitió a Wilder contratar a Lemmon, ya que, de todas formas, Sinatra no se había mostrado demasiado interesado en el papel de trasvestido.

Con el reparto ya completo, Wilder y Diamond completaron el guión con cada actor y actriz en mente, aguantando las presiones de la Mirisch por eliminar de la trama todas las referencias a los gángsters, tema que juzgaban poco cómico. Resulta curioso, pero a pesar de antecedentes como La novia era él, el proyecto era considerado por muchos como una locura abocada al fracaso, ya que sus dos protagonistas masculinos iban a estar la mayor parte del tiempo vestidos de mujer. Pero el equipo y el reparto confiaban en la película y no prestaron atención a los pájaros de mal agüero.

Wilder hizo llamar de Berlín a un travesti reputado como el mejor imitador de mujeres que se podía encontrar para que asesorara a Curtis y Lemmon. El experto no tardó en coger un vuelo de vuelta después de intentar enseñar infructuosamente a Lemmon unos cuantos trucos. El siguiente reto era encontrar un vestuario y maquillaje adecuados para la pareja. Los dos actores hicieron las mil y una pruebas con distintas pelucas, coloretes y pintalabios. Cansados de tanta prueba, decidieron rebelarse y exigir un mejor vestuario, y no las sobras de viejas estrellas que al parecer les habían estado dando. De hecho, exigieron ser vestidos a medida por Orry-Kelly, el diseñador de Marilyn. Cuenta la leyenda que cuando sintieron que por fin habían dado con el aspecto adecuado, Wilder les envió a un lavabo de mujeres. Si pasaban desapercibidos, es que lo habían logrado. Y al parecer así fue. Pero ser mujeres durante el rodaje les costaría tres afeitados al día.

El que iba a ser uno de los rodajes más caóticos de la época comenzó en agosto de 1958 con Marilyn llegando puntual a los estudios (aunque no necesariamente al plató), acompañada por Arthur Miller y su habitual séquito de maquilladoras, peluqueras y Paula, la hija de Lee Strasberg. La estrella todavía estaba insegura con eso de rodar en blanco y negro, y con su aspecto en general. La actriz, más rolliza de lo habitual, se había presentado con diez kilos de más en el rodaje, aunque Wilder le había pedido precisamente que perdiera esos kilos. Como se sabría después, Marilyn estuvo embarazada durante todo el rodaje, de ahí sus formas más rotundas. No era algo que no pudieran disimular los iluminadores, camarógrafos y directores de fotografía de Hollywood, pero los ajustados diseños de Orry-Kelly hablaban por sí mismos. De todas formas dudo que al público masculino de la época le preocuparan esos kilos de más. 

Kilos aparte, la volátil estrella no tardó en saltar: lo hizo justo cuando vio los copiones de su primera escena. Marilyn se sintió ofendida porque consideraba que Wilder había prestado más atención a Lemmon y Curtis que a ellla. Le hizo saber al director que no volvería al plató hasta que volviera a rodar esa escena como ella quería. Evidentemente el austriaco no pudo sino aceptar lo inevitable, y la rodó de nuevo a gusto de la rubia platino. Eso conllevaba un plano de su contoneante trasero caminando por el andén para hacerle saber al mundo que Marilyn era la estrella de esa película.

Evidentemente aquello fue sólo el comienzo. Quienes allí estuvieron afirman, seguramente con razón, que relatar el rodaje de Con faldas y a lo loco podría dar para libros enteros. Resumiéndolo todo en una frase, podría decirse que rodar con Marilyn era una pesadilla. Llegaba dos o tres horas tarde por sistema, a veces incluso más (esa manía empeoró por su embarazo), a veces ni aparecía, y cuando lo hacía apenas sí recordaba sus frases, u obligaba al equipo a realizar más tomas buscando una interpretación mejor. Famosas son las cuarenta y siete tomas que se necesitaron para que marilyn pudiera decir bien "It's me, Sugar", o las ochenta y tres de "Where's the bourbon?". Además de recurrir a carteles, pizarras y ensayos, Wilder decidió escribir la frase en un cajón para que Marilyn, al abrirlo, simplemente leyera la frase. Pero la actriz no parecía recordar luego qué cajón era, así que lo escribió en todos. Pero aquello tampoco funcionó. Wilder era ya un perro viejo en el negocio, y se las había visto de todos los colores. Pero quienes le conocieron dicen que pocas veces le vieron quedarse perplejo hundido. Una de esas veces ocurrió cuando tras la enésima toma fallida el director fue a animar a la actriz, diciéndole que no se preocupara, que acabarían logrando la toma buena. "¿Preocuparme? ¿Por qué habría de preocuparme?". Aquella delirante respuesta por lo visto dejó a Wilder al borde del ictus.

El tortuoso rodaje continuó en exteriores, en un hotel cercano a Los Ángeles. Marilyn se tomó dos semanas de baja por enfermedad, lo que seguramente fue un alivio para todos. La ilusión de un buen ambiente de trabajo se había esfumado hacía semanas. Especialmente porque la relación entre Marilyn y Wilder había empeorado mucho, no sólo por la falta de profesionalidad de la actriz, sino por brutales choques entre una actriz del Método y un director con bursitis que exigía que se siguiera el guión al milímetro. Jack Lemmon parecía ser el más comprensivo de todos ("era tan infeliz que podías sentirlo", dijo posteriormente de la Monroe), mientras que Curtis no podía albergar cierto resentimiento ya que eran las interpretaciones de Marilyn, por motivos obvios, las que marcaban la toma buena para ser positivada, y no las del dúo masculino.

Con tres semanas de retraso y 50.000 dólares extra el rodaje llegó a su film en noviembre. Wilder resumió la experiencia con una de sus particulares frases: "Estoy comiendo mejor y por fin puedo mirar a mi esposa sin tener deseos de pegarla por el mero hecho de ser mujer". De hecho el director acabó tan harto de Marilyn que no tuvo problema alguno en quejarse de la actitud de la estrella a todo periodista que quisiera oírle, y además la dejó fuera del habitual cóctel de fin de rodaje. Pero a pesar de todo siempre estuvo convencido de que había merecido la pena. No así Tony Curtis, quien odió a la rubia platino hasta el fin de sus días.

Como suele suceder con los grandes hitos del cine, a los productores no les gustó el montaje final. Les resultaba demasiado larga, y demasiado atrevida, a pesar del gran trabajo que Wilder y Diamond habían realizado ocultando las bromas sucias para que pasaran la censura (aun así, la católica Legión de la Decencia la prohibió a sus feligreses y acólitos). El director se negó a eliminar escenas. Los únicos cambios que hubo fueron puntuales, después de que en un pase previo se dieran cuenta de que algunas frases quedaban ahogadas por las risas del público (en especial cuando Lemmon anunciaba su intención de casarse, de ahí que le dieran unas maracas y rehicieran la escena para adaptar sus frases a las risas de la audiencia).

Con faldas y a lo loco resultó ser un éxito enorme, convirtiéndose en la comedia por excelencia hasta entonces. Hizo más ricos a todos los que participaron en ella, agrandó el mito de Marilyn, abrió nuevas puertas a Tony Curtis, y para Jack Lemmon significó la llave hacia el estrellato. La película devino en clásico desde el día de su estreno.

"Podías jurar que estaba haciendo exactamente la misma cosa toma tras toma tras toma. Entonces la repetía, haciendo la misma maldita cosa, y decía, '¡Eso es!', y tu pensabas 'No sé de qué demonios habla'. Pero fuera lo que fuese, funcionaba para ella". Así resumía Jack Lemmon la forma de interpretar de Marilyn. A pesar del infierno que les había hecho pasar, Lemmon o Wilder sabían (Curtis probablemente también, pero creo que se habría cortado la lengua antes que decir algo bueno de Marilyn que no fuera sobre sus tetas) que había merecido la pena, porque la estrella rubia era capaz de crear una extraña magia de una forma que nadie salvo ella parecía poder percibir hasta que la veías en la gran pantalla. Evidentemente, la cámara la adoraba de una forma como pocas veces se había visto. Y ella se encargaba además de que esa relación siempre funcionara. Pero más allá de su fotogenia, de si interpretaba mejor o peor, y de su sensualidad, Marilyn tenía un extraño don para hacer funcionar una frase que estaba leyendo en un cartel, o para hacer sexy un diálogo de lo más mundano. Quizás fuera un cúmulo de ingredientes lo que la hacía especial, pero como dijo Lemmon, "a diferencia de otras actrices, ella sabía lo que le convenía". Para la posteridad quedaría también la mítica frase de Wilder sobre su tía. Según el director, hacía falta tener algo para salir al plató sin saberse el diálogo y aun así lograr una actuación semejante. Ciertamente viendo los resultados Wilder supo que había merecido la pena trabajar con ella. Había mejores actrices, y según gustos quizás hasta las había más sexy, pero ese algo que tenía Marilyn en pantalla no lo tenía ninguna otra actriz.

Además de una Marilyn pizpireta, interpretando a la ingenua rubia (aunque a pesar de sus quejas, dentro de su sencillez Sugar Kane tenía más matices que otros papeles suyos anteriores) y tremenda sexy, cantando además algunos de sus temas más recordados (como "I Wanna Be Loved By You" y "I'm Thru With Love"), Con faldas y a lo loco es todo un recital interpretativo de Lemmon, quien a pesar de tener un papel más cómico no pudo eclipsar a un Tony Curtis muy inspirado, y que para interpretar a su falso millonario decidió recurrir a una imitación de Cary Grant que al parecer no gustó demasiado al protagonista de Con la muerte en los talones. Raft seguía resultando temible en pantalla, y Joe E. Brown simplemente alcanzó la inmortalidad gracias a una interpretación genial y esa mítica frase final que todos conocemos (y que por cierto era una simple toma de desecho hasta que a Wilder y Diamond se les ocurriera algo mejor, cosa que al parecer no sucedió).

Como todas las grandes películas de la historia, en Con faldas y a lo loco se conjuntaron los ingredientes imprescindibles para elevar a un film a la categoría de leyenda: una sólida dirección, un guión de un ingenio y una precisión difícilmente superables, y unas interpretaciones estupendas. Es fácil poder rescatar de la memoria varias secuencias atómicas, desde el arranque con tono de cine negro y el coche funerario, Spats y sus inolvidables esbirros, la aparición de Joe, Jerry y Sugar en la estación, la fiesta nocturna en el vagón, Lemmon tocando el contrabajo, hasta ese momento sin par en la película en el que se alternan secuencias de Joe seduciendo a Sugar como millonario, y Jerry bailando un tango con el particular ricachón Osgood Fielding III. En definitiva, Con faldas y a lo loco es una de las grandes comedias de la historia del cine.

5 comentarios:

Javier Simpson dijo...

Todo lo que se diga de esta peli debería ser bueno. Una de las grandes de Wilder y, seguramente, la más conocida. Gran comedia.

Por cierto, quiero ponerte en seguidores, pero no sé cómo se hace en el blog. No lo encuentro.

Un saludo. Muy buena entrada, y muy completa.

El Bueno de Cuttlas dijo...

Gran película, para mi algunas comedias de Wilder están sobrevaloradas pero esta es sin duda una maravilla. Creo que me voy a acordar toda la vida de los ukeleles gracias a Marilyn Monroe y su inolvidable Sugar.

¡Un saludo!

León dijo...

Gran comentario y gran película.
Te añado a mi lista de blogs y te invito a que te pases por el nuestro.
Saludos

Johnny dijo...

Peliculón total. La revisé este verano y disfruté tanto o más como en todas las veces anteriores. Salud.

Möbius el Crononauta dijo...

Javier Simpson: sip, es uno de sus clásicos por excelencia. Mmm desde la página de inicio de blogger quizás se pueda. ¡Gracias!

El Bueno de Cuttlas: mmm ahora mismo no creo que haya ninguna sobrevalorada de Wilder, las hay mejores y peores, pero por regla general son todas bastante buenas.

León: eso haré, ¡gracias!

Johnny: efectivamente, ¡peliculón!