jueves, 16 de agosto de 2012

Vidas rebeldes (1961)

What makes you so sad? You're the saddest girl I ever met. Gay Langland poniendo voz a los pensamientos de muchos de aquellos que conocieron a una estrella llamada Marilyn Monroe.

Hay muchas razones por las que un norteamericano viajaría a Nevada. Para perderse en su naturaleza salvaje, sus rojas montañas o sus inhóspitos desiertos. O más probablemente si visitarían el "Silver State" sería para probar fortuna en Las Vegas, o la que había sido la capital del juego de la nación, Reno. Aunque podrían haber otras razones. Las leyes de Nevada no son sólo laxas en cuanto al juego, también lo son en cuanto a los matrimonios y los divorcios. Y en una época en que disolver un matrimonio no resultaba tan fácil como ahora, Nevada podía ser el lugar ideal para tramitar un divorcio si uno tenía prisa y quería asegurarse de que obtendría el mismo. Por eso, en marzo de 1956 un insigne dramaturgo, Arthur Miller, siguió el camino que habían recorrido muchos otros hacia los jugados de Reno, o Carson City, y presentar una demanda de divorcio de su primera mujer. Para entonces ya era sabido por todos que estaba mantiendo una relación con Marilyn Monroe, por lo cual no tenía sentido seguir con la farsa. Y fue en ese entorno, inspirado por dos vaqueros que conoció y que se dedicaban a cazar caballos para proveedores de carne para comida de gatos y perros, donde Miller comenzó a darle vueltas a una historia que bien podría ser su siguiente éxito teatral. Aunque acabó siendo Vidas rebeldes, el film más personal, y seguramente el mejor, que jamás protagonizara la mítica actriz rubia.

Pocos años después, en 1959, sonó un teléfono en St Clerans, la mansión irlandesa donde el director John Huston había establecido su residencia. Se trataba del productor Frank Taylor, quien estaba interesado en saber si John querría dirigir un guión por el prestigioso Arthur Miller. El veterano director no tuvo que pensárselo mucho. En cuanto leyó el guión le comunicó a Taylor que deseaba dirigirlo. Era lo mejor que había recibido en bastante tiempo.

En 1956 un recién divorciado Arthur Miller declaraba que nunca escribía para actrices. Evidentemente la pregunta del periodista había sido si escribiría un papel para la que era ya su esposa, Marilyn Monroe. Pero poco a poco la protagonista de su historia inspirada en Reno, Roslyn Taber, comenzó a tomar las facciones de su mujer, especialmente después de que ésta sufriera un aborto. Fue entonces cuando el dramaturgo se decidió a hacer de su obra The Misfits (el título original de la película) un regalo de San Valentín para Marilyn. Pero para cuando la producción se puso en marcha su matrimonio ya estaba condenado. El intelectual Miller no parecía que hubiera podido hacer más feliz a la estrella rubia que cualquiera de los hombres que hubiera estado con ella. Además, también se había mostrado incapaz de apartar a Marilyn de su adicción al alcohol, los somníferos y toda clase de píldoras. Fuera lo que fuera lo que la actriz buscó en vida, tampocó lo encontró en el autor de Muerte de un viajante. Aun así, Miller decidió seguir luchando por su matrimonio, y por su obra, que había sido creada por y para Marilyn. Nadie salvo ella podía ser Roslyn.

En la segunda mitad del siglo XIX Reno se había convertido en un importe centro comercial y agrícola, y en sus calles se habían cerrado muchos tratos entre ganaderos y proveedores. A finales de la década de 1950 parecía ser uno de los últimos lugares en los que poder contemplar a viejos vaqueros, los últimos de una estirpe que habían construido una nación cuidando del ganado y domando caballos. Imbuído por ese ambiente, a medio camino entre la vieja nación de colonos y el país industrial, Arthur Miller había pergeñado una historia agridulce sobre un grupo de inadaptados que no parecen encajar en ningún lugar, y tratan de buscar apoyo entre sí, pivotando alrededor de una chica que parece estar tan llena de preguntas como ellos mismos.

El guión de Vidas rebeldes no fue un trabajo cerrado listo para rodar. Miller se trasladó a Reno con el reparto y el equipo de rodaje, y siguió reescribiéndolo durante la producción, enriqueciendo los personajes con experiencias, vivencias o simples interpretaciones del dramaturgo de los actores que los encarnaban. Desde luego no cabía duda de que Roslyn era Marilyn, la chica hipersensible y vulnerable necesitada desesperademente de amor y afecto, y de una figura paternal que invariablemente nunca podrá encajar en su exigente molde de niña abandonada. John Huston comentaría más tarde que la Monroe no parecía actuar en ningún momento; rebuscaba en su interior y los sentimientos de su personaje parecían florecer sin problemas. Era una actriz del Método, pero los sentimientos de Roslyn, sus diálogos, sus risas y sus lágrimas, parecían sobreimpuestos a los de la propia actriz. 

Resulta bastante probable que Miller también rehiciera sobre la marcha el personaje de Perce Howland, el joven jinete de rodeos que interpretaba Montgomery Clift, y que en la película parece huir de un hogar en el que su madre, tras haber enviudado, contrae matrimonio con un hombre que parece absorverla; reminiscencia, quizás, del propio padre de Monty, que bebía los vientos por su esposa. Guido, un piloto insatisfecho consigo mismo, sería interpretado por Eli Wallach, a petición de Marilyn, y el papel de la vivaz Isabelle parecía ideal para Thelma Ritter.  

El protagonista masculino, el veterano vaquero Gaylord, parecía tener más en común con el propio John Huston: amante de la naturaleza y los espacios abiertos, bebedor, sensible a su modo, aunque rudo en ocasiones, e incapaz de ser el padre que siempre está allí para sus hijos. El director le ofreció primero el papel a Robert Mitchum, quien no se mostró demasiado interesado. Aunque trataron de reescribir el guión para ajustarlo a sus necesidades, para entonces el actor ya se había comprometido en otro proyecto. 

El guión de la película le llegó a Clark Gable por correo mientras se encontraba rodando en Europa. El  legendario actor que había parecido el único capaz de ocupar el trono de Valentino y que en los años 30 y 40 se había convertido en la estrella masculina de Hollywood por excelencia, capaz de cambiar la moda para hombres con sólo quitarse la camisa, había comenzado a sucumbir al peso de los años, la bebida y el auge de nuevas y más jóvenes estrellas. Por supuesto seguía siendo una leyenda y su presencia seguía imponiendo respeto en los platós, pero tras dejar la MGM por voluntad propia la crítica no dudó en destrozar alguna de sus películas cuando lo creyó necesario, como fue el caso de La esclava libre, y las nuevas generaciones no acudirían a los cines sólo por ver su nombre en la pantalla; aunque seguían siendo raras las ocasiones en que una de sus películas no acabara dando dinero. Por eso Gable se sintió algo confundido al recibir el guión de aquella extraña película de vaqueros repleta de diálogos y poca acción. El veterano actor sin duda supo apreciar la calidad el guión (aunque Arthur Miller contaba que al principio Clark no pareciera entender de qué iba la película), y el hecho de que por una vez su personaje no le demandara ser simplemente Clark Gable el macho, sino algo más profundo. Lo cual podía ser un arma de doble filo. ¿Estaba el público preparado para algo así? La carrera de Gable no se había caracterizado por sus continuos cambios de registro. Por otra parte, a sus sesenta años no iba a tener muchas más oportunidades de cazar un papel así. La estrella prometió que se lo pensaría mientras acababa con sus compromisos en Europa.

Muchos de los amigos de Clark vieron en aquel guión un suicidio comercial. Arthur Miller podía ser un gran dramaturgo, pero nunca había escrito un guión, y, en definitiva, ¿acaso no quería al público al galán de siempre, rudo pero con un punto romántico, vivaz y despreocupado como un niño? Aquel drama de vaqueros inadaptados no daría un céntimo. Pero el actor supo ver más allá, y tras encontrarse con Miller, aceptó el papel a cambio de un jugosísimo contrato.

Vidas rebeldes, un film considerado maldito en más de un sentido, iba a suponer el último trabajo tanto de Gable como de Marilyn, aunque ésta aun llegaría a iniciar la inconclusa Something's Got to Give. La posterior muerte de Clark se achacó tradicionalmente al sobreesfuerzo que supuso para él rodar esta película. Para empezar, tras años de excesos, y una suculenta estancia en Italia, el actor había sobrepasado los cien kilos de peso. Para su papel de vaquero debía perder al menos quince kilos, por lo que Gable se dedicó a intensificar sus partidos de golf y a seguir una estricta dieta que para algunos fue demasiado extrema. Fuera así o no, el actor perdió todos esos kilos, preparado para rodar.

Lo cierto es que el rodaje de la película iba a hacer honor a su título original, creándose un microclima que parecía reproducir la trama del guión, aunque éste no iba a dejar de cambiar cada día durante el rodaje. Para empezar se había preparado asistencia médica las 24 horas del día, debido principalmente a las adicciones de Marilyn y Montgomery Clift. La estrella rubia evidentemente no sólo no había cambiado su caótico proceder en los rodajes, sino que lo había empeorado. Huston había retrasado una hora el inicio habitual del rodaje con las estrellas, con la esperanza de que eso ayudaría a la actriz a ser puntual, pero evidentemente esa idea sólo fue una vana ilusión. La actriz seguía obsesionada con dormir las horas suficientes para que su imagen en la pantalla siguiera respondiendo a lo que el público esperaba de ella, y para ello estaba cada vez más inmersa en una loca rutina de tranquilizantes y estimulantes que hacían su conducta cada vez más errática. Aunque si alguien no necesitaba al médico era Monty Clift, quien llevaba a todas partes consigo un maletín repleto con drogas y fármacos de todas clases. Ello no era óbice para descorchar botellas de licor. De hecho cuentan que una noche de copazos juntos Gable se vio sorprendido al comprobar que Clift no sólo podía aguantar su ritmo sino que le dejaba atrás. Por supuesto el propio John Huston no fue ajeno al consumo etílico, y dicen que alguna mañana tras haber estado festejando el director se amodorraba entre toma y toma. Vidas rebeldes debió ser uno de los rodajes más viciosos de aquel año, y tan sólo Eli Wallach y Thelma Ritter parecían ajenos al desfile de excesos que estaban llevando a cabo el resto del equipo, especialmente Marilyn y Monty.

El presupuesto de la película, que ya era elevado de por sí (sobretodo teniendo en cuenta que contaba con tres de las estrellas mejor pagadas de su tiempo), continuó creciendo mientras día tras día Marilyn se retrasaba y retrasaba, habiendo incluso días en los que no aparecía por el plató. Y teniendo en cuenta que era la protagonista de la película y estaba en la mayor parte de escenas, eso dejaba al resto del equipo con poco que hacer salvo esperar. Esa falta de profesionalidad no sólo hizo que Clark no sintiera demasiado afecto por la actriz, sino que además le llevó, dicen, a decidirse por rodar él mismo las escenas peligrosas con los caballos, incluyendo el ser arrastrado por el suelo a casi 50 kilómetros por hora. Todo ese trabajo físico, unido al posterior fallecimiento de Clark, ha llevado a muchos a pensar desde entonces que fue la causa principal de la muerte del actor. El propio Huston, mientras montaba la película, y con la noticia del ataque fatal en la prensa, parece que llegó a afirmar, mientras revisaba esas escenas de acción, que todo el mundo pensaría que aquella habría sido la causa. Aunque tras la muerte del actor quien tuvo una explicación distinta fue Kathleen, la esposa de Gable, quien en una entrevista con la viperina Louella Parsons dio a entender que más que el trabajo físico fue la tensión de la espera lo que acabó con Clark. Aunque estando Louella de por medio no sé si daría mucho crédito a esas palabras. Pero desde luego aquel fue un rodaje agotador, no sólo para Gable, sino para todos; ¡dicen que hasta la propia Thelma Ritter tuvo que ser hospitalizada por agotamiento!

Lo cierto es que si algo hay que destacar del trabajo de Gable en Vidas rebeldes, más que sus, por otra parte, loables esfuerzos físicos próximo a cumplir la sesentena, es su maravillosa y emocionante interpretación, que no sólo es cautivadora, sino que demostraba de una vez por todas que Clark Gable podía hacer un papel alejado de su propia persona, y no un trasunto más de Peter Warne o Rhett Butler. Además, para un veterano de la industria como él, era un reto trabajar con tres refulgentes representantes del Método como eran Marilyn, Elli y Monty, lo que implicaba frecuentes improvisaciones, o profundas concentraciones intimistas antes de que comenzar a rodar, algo que sin duda debió de descolocar al viejo actor, acostumbrado a aprenderse unas frases y fingir de una u otra manera. De hecho Montgomery y Clark comenzaron el rodaje recelando el uno del otro. Aunque todos en el plató no podían evitar verse afectados, de una u otra manera, por la leyenda que arrastraba consigo Gable, alguien como Clift respetaba más bien a poco a una estrella que, según su opinión, no había hecho más que interpretar el mismo papel durante 30 años. Por su parte, y como muchos otros actores de su generación, Clark no se sentía cómodo tratando con un homosexual, aunque desde luego lo llevaba mejor que John Wayne. Sin embargo ya desde el primer momento Gable tuvo que rendirse a la evidencia de que Clift era un grandísimo intérprete, especialmente después de que el torturado actor rodara una difícil y larga escena (la de la cabina de teléfonos) en una sola toma. Aunque alguien tan perfeccionista como Monty se quedó sorprendido cuando Huston la dio por buena a la primera, el resto del reparto quedó impresionado por esa demostración de talento. Aun así Montgomery comenzaba ya a ser presa de sus adicciones, y cuando no le daba por improvisar, mascullaba o se equivocaba en sus frases, demasiado frecuentemente para un viejo profesional como Clark. Quizás entre los retrasos de Marilyn y las equivocaciones de Monty finalmente Gable llegó al fin de su paciencia y decidió pagarlo con Clift, soltándole un par de improperios, uno de ellos bastante claro y conciso, "maricón", pero la ingeniosa respuesta de Monty (it took one to know me) hizo gracia a la vieja estrella, con lo que no tardaron en trabar una pequeña amistad. De hecho, a pesar de sus iniciales diferencias con Clift, y el que Marilyn lo volviera loco con sus retrasos, Gable se convirtió en una especie de figura paternal para el reparto, convirtiéndose en el escudo tras el que se protegían de las frecuentes iras del gruñón Huston, quien conocía bien a Clark y sabía que estaba tratando con un igual, con lo que poco podía hacerle a él. Aun así, Gable llegó a tener un serio encontronazo con Monty durante el rodaje, en la escena en que conducen hacia el rodeo. Sobreexcitado, ya fuera por haberse metido demasiado en situación, o por cualquier otra causa, Clift no paraba de golpear la espalda de Clark para demostrar su gran entusiasmo. Gable, que no estaba acostumbrado a esas licencias del Método, le pidió que no lo hiciera más, ya que sufría de dolores de espalda. Clift siguió con lo suyo, y el que Gable le enseñara los moratones que tenía en su espalda no pareció frenarle. Evidentemente a la siguiente toma Clark estalló y le dejó las cosas bien claras a su compañero: I'm going to hang one on you, you little bastard, if you do that again! El inestable Monty no pudo con ese exabrupto y rompió a llorar. ¡Daría mucho por ver la cara que puso Clark entonces!

El complicado rodaje continuó, acumulando retrasos y disparando el presupuesto (para empezar, por cada semana de retraso Gable se embolsaba 48.000 dólares), toma tras toma, con Marilyn y Monty equivocándose, Clark dedicándose a escenas peligrosas, y Elli a la espera, aunque siendo como era íntimo de la actriz rubia, seguro que se mostraba comprensivo. A todo eso hay que sumar la tensión que se acumulaba en el plató, ya que el matrimonio entre la Monroe y Arthur Miller se derrumbaba a pasos agigantados ante los ojos de todos, con Marilyn dedicándose a ridiculizar a Miller en público cada vez que podía, y con su nutrido grupo de asistentes, consejeros y admiradores haciendo lo mismo (hoy lo llamarían mobbing supongo). Contaba Huston que una noche se encontró a Miller solo en el rodaje de exteriores, de los que cuales Marilyn y su troupe se habían largado sin ofrecerle un sitio para volver (!). Pero Arthur se tomó todos esos ataques estoicamente, quien sabe si porque ya tenía en mente su obra teatral After the Fall, en la que muchos han visto un más bien poco sutil ataque a Marilyn. Con todo, cuentan las malas lenguas que Miller aceptó a recortar alguna que otra escena de Elli Wallach por petición de Marilyn, quien temía que su amigo la acabara eclipsando.

Durante el rodaje de Vidas rebeldes Marilyn tocó fondo, como se suele decir, y la producción hubo de suspenderse dos semanas mientras la actriz era ingresada en un centro de desintoxicación. Quizás algo inocentemente, Huston albergó esperanzas de que ese descanso haría cambiar las cosas. Pero la actriz volvió muy pronto a las andadas, y los retrasos y las incomparecencias no se hicieron esperar. Mientras, Miller y Huston comenzaron a discutir cada día cuando tuvieron un encontronazo acerca del orden en que debían ser cazados los caballos mustang en una de las secuencias clave del film. Harto de levantarse cada día con un guión diferente, Gable, que tenía derecho de veto y aprobación en el guión y el montaje, se plantó y se negó a que Miller continuara reescribiendo el guión. Finalmente, cuando Huston impuso su punto de vista al dramaturgo, el actor accedió a ese último cambio ya que comprendió que mejoraría la secuencia. Cuando el eterno rodaje llegó a su fin, todos respiraron aliviados.


A pesar de las complicaciones, era evidente que Vidas rebeldes tenía madera de clásico. Tenía todos los ingredientes para serlo: la fuerza que el experimentado Huston confería a los planos, el excelente guión de Miller, y uno de los repartos más sólidos de la época rayando a gran altura: la veterana Thelma Ritter en uno de esos papeles dicharacheros que se le daban tan bien; Eli Wallach demostrando que más que promesa era ya toda una realidad surgida del Actor's Studio; Montgomery Clift, quien podría tener un maletín cargado de drogas pero seguía siendo capaz de sentar cátedra casi en cada escena; una Marilyn que en cada frase parecía dejar un pedazo de su alma, y un Gable que sencillamente dio la mejor interpretación de su carrera, o al menos la más real y conmovedora. Miller afirmaba que tras ver los últimos copiones la veterana estrella afirmó que realmente aquella era su mejor película y su mejor interpretación. Como cualquier gran clásico, Vidas rebeldes tiene muchos momentos memorables: la conversación telefónica de Perce, el diálogo en la parte trasera del bar entre Marilyn y Monty, las reflexivas frases de Guido, el personaje de Wallach, o la lucha de Gay contra el semental. Aunque si tuviera que quedarme con una, creo que sería con la secuencia en la que Gable nos estremece, totalmente borracho, llamando a gritos entre la multitud de Reno a sus hijos, que no han querido saber nada él. Clark no era producto del Método, y no le hizo falta para demostrar de lo que era capaz en una de esas secuencias que te pueden dejar seco en un mal día. Sencillamente grande.

Muchas otras estrellas, a lo largo del tiempo, no han tenido la última película que merecían, pero por suerte Gable se despidió de este mundo habiendo finiquitado una despedida cinematográfica a la altura de su leyenda. Dos días después de que terminara el rodaje, el actor tuvo un grave ataque de corazón. Moriría diez días después en el hospital, cuatro meses antes de que naciera su primer hijo varón, John Clark. El actor no pudo ver el estreno de Vidas rebeldes, pero dejó este mundo, en lo que al cine se refiere, más que satisfecho. El film se estrenó finalmente en febrero de 1961. Alrededor de un año después sería Marilyn la que dejaría este mundo. Y cuando unos pocos años después le tocó el turno a Monty Clift, aquella noche programaban Vidas rebeldes. El actor se negó a verla. Y aquellas palabras a su secretario fueran las últimas que le dirigió a nadie: absolutely not.

Como era de esperar, Vidas rebeldes no tuvo una gran acogida entre el público. Era una película difícil, oscura, melancólica, y allí nada era lo que la gente esperaba: ¿dónde estaba la vivaracha Marilyn? ¿por qué Gable estaba tan raro? ¿de qué porras hablaba Elli Wallach? Pero, por supuesto, un film de ese calibre estaba destinado a perdurar. Por siempre.

5 comentarios:

Ginebra dijo...

¡Qué buena peli y qué pésima actriz (aunque creo es la única interpretación suya que me gusta un poquito)!.
Muy curiosa la historia de "la maldición" o el gafe de esta peli, no tenía ni idea, tampoco de la muerte de Gable poco después. Me ha interesado mucho.
Besos

José Fernández dijo...

A mi esta pelicula me parece el equivalente a Grace de Jeff Buckley en el mundillo del rock.

Möbius el Crononauta dijo...

Ginebra: hombre no era Kate Hepburn, pero pésima yo creo que tan poco. Aquí yo creo que lo hizo mejor que nunca, anque como dijo Huston, quizás ni siquiera tuvo que actuar. De todas formas, con una fotogenia como la suya, tampoco le hacía falta ser el equivalente femenino de Laurence Olivier.
Me alegro que te haya servido, un beso.

José Fernández: eso es bueno supongo. Porque viniendo de tí, no me fío.

El Bueno de Cuttlas dijo...

Gran película con personajes muy torturados, al igual que sus intérpretes. Montgomery Clift vivía en su mundo de sordidez y Marilyn Monroe en el de sus inseguridades. Una pena porque me encantan los dos. De Clark Gable no digo nada, simplemente era un crack. Peliculón de John Huston y estupenda entrada.

Un saludo

Möbius el Crononauta dijo...

Gracias. Nada que añadir a lo que ya apuntas. Simplemente una peli sublime.