domingo, 5 de agosto de 2012

Drácula negro (1972)

¡Es negro! ¡Es hermoso! Es... ¡Blacula! Desde luego la publicidad de la época no podía decirlo mejor. Ahora que el color negro era bello, era hora de profundizar en el entretenimiento cinematográfico más allá del mundo de las drogas, los camellos y los detectives. Los guetos se merecían sus propios héroes románticos, ¿y qué mejor mito romántico que el de Drácula? O eso debieron pensar en American Pictures, que de repente se sacó de debajo de la manga esta película pasada de vueltas, con el primer vampiro negro que era más cool y elegante que ningún otro, y además, cuando entraba en modo vampirerker, ¡le crecían las patillas! Delicioso. ¡Poder negro patillero inmortal! Drácula negro, agárrense los machos.

La cinta arranca en el siglo XVIII, allá en Transilvania, donde un príncipe africano y su esposa están de gira diplomática tratando de hacer ver a las potencias europeas lo execrable que es eso de la esclavitud. Alojados en el castillo del conde Drácula, tras una agradable cena el príncipe negro, llamado Mamuwalde, le menciona a Drácula eso de la esclavitud, y el malvado conde, que es el verdadero villano aquí, se regodea en eso de tener esclavos, que le parece algo muy útil, y a continuación se ofrece a pagarle una buena suma por su sexy mujer, Luva. Obviamente a Mamuwalde se le hinchan sus santos conguitos, pero Drácula le echa encima a sus secuaces. Una vez reducido, el muy traidor le muerde y le condena a ser vampiro por los siglos de los siglos, pero para que sufra le encierra en un atáud, para que pase mucha sed, como un bañista en verano en la cola del chiringuito. Ya de paso a Luva la deja encerrada por allí también hasta que se pudra. ¡Drácula, esclavista malvado!

En fin, pasan los siglos, y la narración pasa al presente (bueno, al presente de 1972), donde una pareja homosexual de anticuarios le toman el pelo a un inglés senil y compran la mansión y las pertenencias de Drácula, que envian a Los Angeles para revenderlas y sacarse un buen pico. Una vez de vuelta en su almacén angelino, la versión cutre del gueto de Hal & Oates se ponen a hacer inventario, y dejan abierta la tapa del ataúd que alberga a Mamuwalde. Y justo entonces, ¡ay! El rubito se hace una herida, despertando al mortífero Blacula. Y a partir de ahí, imaginen, terror negro a raudales, y un médico de la policía que tratará de resolver todos esos crímenes misteriosos. Por supuesto no faltará Luva, la esposa de Mamuwalde, reencarnada en el presente. El romanticismo nunca ha de faltar en estos casos.

Hoy parecerá increíble, pero en su época esta película era excitante y daba miedo a las criaturas más inocentes. Yo no nací en el gueto pero puedo atestiguarlo, porque de pequeño vi en alguna parte la escena a cámara lenta de la vampira atacando a cámara lenta en la morgue, y aquello dejaba huella ciertamente. Hoy en día ya no hay romanticismo ni vampiros negros, y la gente pasa alegremente por encima de Drácula negro sin prestarle la menor atención. A una película que ofrece colmillos y vampiros a ritmo de música funk, ¿hemos de pedirle también un guión a prueba de bombas y vampiros que no parezcan niños mareados en alta mar? No, amigos, no. Si no saben apreciar el drama de un príncipe negro condenado a sufrir eternamente a manos de un blanco esclavista, no merecen tener una peluca afro y que sus patillas crezcan por la noche. Sí, seguramente sus coches hayan costado más que esta película, pero, ¿acaso un vampiro negro no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Si le cosquilleáis, acaso no ríe? ¿Si le envenenáis, acaso no morimos? ¿Si le pincháis, acaso no sangra? Bueno, la verdad es que estas dos últimas no. Pero, si le ultrajáis, ¿acaso no se vengará? ¡Ah! Seguro que ahora lo pensáis dos veces.
A Morgan Freeman también le gusta Drácula negro.
 Sí amigos, Blacula, no se la pierdan. ¡Cruzó océanos de funk sólo para conocernos!

2 comentarios:

El Bueno de Cuttlas dijo...

Y yo que pensaba que ya lo había visto todo con "Brácula" y su Condemor de la Pradera...

¡Jarl!

Möbius el Crononauta dijo...

Bueno, ese baile de Brácula... ¡impagable!