martes, 31 de julio de 2012

El temible burlón (1952)

Andaba yo barruntando confeccionar alguna especie de lista con las traducciones de títulos cinematográficos que no tienen nada que ver con el original pero que no sólo me gustan sino que me parecen superiores al original. Normalmente suele suceder lo contrario, pero de vez en cuando hay algún traductor de pluma fina que da con algunos hallazgos interesantes. Y creo que El temible burlón podría entrar en esa categoría, de alguna manera define mejor lo que uno se va a encontrar que el más temible título original (The Crimson Pirate), cuando en realidad esta cinta de piratas no deja de ser un compendio de comedia y aventuras bucaneras ideal para grandes y chicos. O al menos los grandes y chicos de otras épocas. Aquí no hay piratas zombie, pero tenemos a Burt Lancaster mostrando su refulgente dentadura (siempre me he preguntado quién sería su dentista) y sus habilidades acrobáticas. Sano entretenimiento para estas calurosas calendas.

Robert Siodmak, director de cintas como La dama desconocida o El abrazo de la muerte, y que se había mostrado como un tipo ideal para el thriller más oscuro y el cine negro, intuyó, como un buen marinero, que los vientos estaban cambiando en Hollywood, y que su apellido y sus orígenes más bien poco norteamericanos le iban a traer problemas, por lo que decidió dejar la Meca del Cine y se autoexilió en Gran Bretaña, dispuesto a desembarazarse de todo el mal rollo que habían caracterizado las historias que había dirigido. El puente entre un país y otro fue Burt Lancaster, actor a quien conocía bien tras haber trabajado juntos en varias películas, y que acababa de formar su propia productora con su buen amigo Harold Hetch, Norma Productions. Lancaster y Hetch ya habían logrado un estupendo éxito con El halcón y la flecha, una sólida cinta de aventuras y algún que otro toque de comedia que había caído muy bien entre el público. La estrella dentada se decidió a repetir la jugada, sustituyendo en esta ocasión al artístico Jacques Tourneur por un Robert Siodmak que tenía ganas de jugar. O ésa es al menos la versión de Christopher Lee, por entonces un joven actor desconocido que convertido ya en estrella recordaba divertido que Siodmak llegó, reescribió el guión y lo convirtió en una comedia para variar su sempiterno estilo envuelto en sombras.

Fuera así o no (hay quien apunta que se desechó el guión original por haber sido escrito por Waldo Salt, escritor ya marcado por la Caza de Brujas), lo cierto es que si Lancaster se emparejaba de nuevo con su viejo colega trapecista Nick Cravat la película no podía ser demasiado tenebrosa, porque tener a esos dos fenómenos en la pantalla significaba acción, aventuras, humor simplón, y, en resumen, mucha evasión. Así que lo que en principio era una revisión de El pirata negro del ínclito Douglas Fairbanks se convirtió en un vehículo para Burt y Nick, lleno de acrobacias, fanfarrias y zarandajas, con Burt haciendo de pirata simpático y honorable al  mejor estilo de Errol Flynn

Y bien, el film arranca con el capitán Vallo (Burt Lancaster), el pirata honorable con la dentadura más blanca del Caribe, tomando posesión junto a su tripulación de un galeón de Su Majestad (no se especifica la nacionalidad, pero apostaría a que los villanos de la peli son una suerte de pérfidos españoles). El barco transporta al temible Barón Gruda, un enviado del Rey que se dirige a la Isla de Cobra para acabar con los rebeldes que están llevando por el camino de la amargura al gobernador de la misma. El galéon de Su Majestad, que además de un aristócrata trae muchas armas, hace encenderse una bombillita (perdón, una velita) en la cabeza de Vallo, que planea venderle las armas a los rebeldes isleños, liderados por un tal El Libre. Pero el barón le dice que el le pagará aun más por El Libre, con lo que Vallo aguza el ingenio y se dispone a venderles las armas, para luego capturar a El Libre y vendérselo al barón, y después secuestrar al barón y vendérselo a los rebeldes, y, en fin, que Vallo se lo monta como si fuera de Standard & Poor's y ahora quito de aquí y lo pongo allá y vaya ganancia y al ron ron ron con la botella de ron. Pero, ¡ay amigos! El pobre Vallo y su fiel mano derecha, el acrobático mudito Ojo, no contaban con que Vallo es un galán, y cuando conoce a la hija de El Libre, encarnada en la envidiable genética húngara de Eva Bartok, los planes comenzarán a tambalearse cual piernas de Vallo cuando contempla la tostada piel de la hija de El Libre.

El temible burlón es un deleite de espectáculo de otra era, una en la que Steve Jobs ni siquiera correteaba por el mundo, y en la que aparte de decorados y barcos reconstruidos y maquetas en las piscinas, todo lo que podía pedir el público era una bella protagonista y contemplar las múltiples acrobacias de Burt Lancaster y Nick Cravat, reviviendo sus días de gloria en el circo. Mucho más pasada de vueltas que El halcón y la flecha, en El temible burlón el absurdo y el humor tonto se dan la mano con la acción como dos trapecistas en el aire, por lo que en algun momento al espectador moderno quizás le rechine algun gag que parece demasiado infantil incluso para un infante, pero claro el público de entonces era más inocente y para tener suerte no podía recurrir a San Gúguel. Pero, sinceramente, ¿qué persona de buen gusto no va a disfrutar con una peli de piratas en las que hay globos y hasta un submarino? Y Christopher Lee todo imberbe con cara de "necesito un personaje a la altura de mi carisma que este disfraz me ha quitado".

Y nada, reiterarme una vez más en lo grande que es contemplar en dúo a Lancaster y Cravat, y la pequeña emoción de ese final con el pobre Cravat, condenado por su cerrado acento de Brooklyn, haciendo su lenguaje de signos del siglo XVIII. El temible burlón, cinta clásica de humor y aventuras donde las haya. Si sus hijos son fans de Vin Diesel y se portan mal, en vez de castigarlos sin salir, castíguelos obligándoles a ver esta película con planos que sobrepasan los tres segundos, y a lo mejor no sólo corrigen su actitud, sino que igual ven la luz y se hacen trapecistas. Que tal vez harán tonterías igual, pero las harán más lejos...

5 comentarios:

Madame de Chevreuse dijo...

La película en la que se demuestra que estando muy bueno ni unas mallas de rayas gruesas rojas y grises pueden arruinar ese palmito de dios griego. Me encanta la escena de las campesinas haciendo la ofrenda floral... incluso en esa está guapo.
Baci e abbracci

Vicent dijo...

Hola, Crononauta.
Para títulos de película que superan el original: "Centauros del desierto". Habría que localizar a la persona que inventó esta traducción y entrevistarla. Menudo minuto de gloria!
Saludos de Formentera

Vicent

Alí Reyes H. dijo...

Todavìa no he visto los piratas del Caribe, pero me tranzaría por ésta

José Fernández dijo...

Joer, y yo que pensé que Cravat era mudo de verdad... En fin, entretenimiento al cubo y elevado al cuadradado.

Möbius el Crononauta dijo...

Madame de Chevreuse: sí, de campesina está tremendo. Incluso Cravat lo está. No hay que menospreciar esas mallas, no a todo el mundo le quedarían así...

Vicent: ¡buenas! Sí, esa por supuesto se llevaría seguramente el primer puesto. Increíble e inspirada traducción.

Alí Reyes H: sí, es mejor empezar por esta. Aunque las del Caribe reconozco que también me gustan.

José Fernández: y yo, desde pequeñito. Pero es como lo de Harpo. Supongo que al final allí nadie era mudo ni sordo ni nada.