jueves, 14 de junio de 2012

El mago de Oz (1939)

El mago de Oz constituye sin duda alguna uno de los grandes hitos musicales en la historia del cine, una superproducción de las que sólo la MGM parecía ser capaz de fabricar, aunando en esta ocasión melodía y fantasía partiendo de el que quizás fuera el cuento por excelencia de los Estados Unidos. El film desbordaba fantasía, ilusión, y magia. Y sin embargo, tras el brillo de los chapines de rubíes se escondía, como suele ocurrir en Hollywood, una difícil producción repleta de egos, complicaciones y enanos desatados. Y si a todo ello añadimos extrañas leyendas que tienen de protagonistas a Pink Floyd o tipos ahorcados, y la increíble belleza de un tema como "Over the Rainbow", no cabe duda de que hablamos de una obra artística inmortal, uno de los musicales definitivos que ha acabado formando parte de los recuerdos de aquellos que ni siquiera la han visto o leído el cuento. Hace pocos días se cumplía el aniversario del nacimiento de Judy Garland, así que ha llegado el momento de introducirnos en la complicada producción de ese clásico inigualable llamado El mago de Oz.

Dicen que todo empezó con un mueble archivador, en el cual L. Frank Baum, hombre cultivado, vendedor a domicilio, y que había detentado muchas profesiones en su vida, puso su atención mientras inventaba sobre la marcha, como hacía en muchas ocasiones, un cuento para sus hijos y los hijos de los vecinos. En el mencionado archivador el segundo cajón albergaba los documentos comprendidos entre las letras "O-Z". Así Frank Baum realizó un feliz hallazgo trasladando en más de una ocasión a sus personajes a aquella mágica tierra que acababa de bautizar como Oz. Cuando Baum consiguió por fin que alguien publicara un libro suyo (Cuentos de Mamá Oca) no tardó en recurrir al mundo y los personajes de Oz que había recopilado durante tantos años. El resultado fue The Wonderful Wizard of Oz, el cuento que iniciaría una exitosa saga y daría al antiguo vendedor fama y fortuna.

La historia de la pequeña Dorothy, convertida en un auténtico fenómeno, acabaría convertida en una pentalogía de cuentos, aunque posteriormente Baum se vería obligado a volver a escribir más libros de la saga tras algunos negocios poco afortunados. Hombre emprendedor, fue el mismo escritor quien se encargó de llevar la obra al teatro, realizando varias giras y consiguiendo un sonado éxito en Broadway. El éxito literario continuó incluso después de que el escritor falleciera en 1919, cuando sus herederos dieron permiso a la editorial Reilly & Lee para que otro autor continuara escribiendo más historias de los personajes de Oz. También fue Frank Baum quien produjo la primera adaptación cinematográfica de su libro, pero en esa ocasión el éxito no le sonrió. Tampoco posteriores producciones mudas tuvieron demasiado éxito, como una, dicen, horrible adaptación de 1925 cuya única contribución a la posteridad fue contar con un joven Oliver Hardy. Parecía como todos aquellos fracasos dieran la razón a quienes creían en Hollywood que el cine infantil no merecía la pena.

La fruta mágica de Oz comenzó a estar madura a mediados de los 30. Quizás en los locos años 20 el público (quitando al sector infantil) no parecía demasiado propenso hacia la fantasía y el escapismo. La dura realidad tras el Crack del 29 cambió la situación, y, con la llegada y perfección del sonoro, poco a poco los musicales y el cine de evasión comenzaron ser muy demandados. Quizás por todo ello en 1934 el avispado Samuel Goldwyn se hizo calladamente con los derechos de la obra de Baum para su Samuel Goldwyn Productions. La fruta estaba a punto de caer, y sólo hacía falta que alguien sacudiera el árbol para que se desatara la fiebre de las historias infantiles en Hollywood.

Ese alguien fue, evidentemente, Walt Disney, quien en 1937 calló muchas bocas con su majestuosa Blancanieves y los siete enanitos, demostrando que una superproducción destinada al público infantil no sólo era viable sino que era muy rentable. En 1938 el cuento de dibujos animados de Disney seguía llenando salas, lanzando a los grandes estudios a la caza de historias y cuentos infantiles susceptibles de convertirse en películas. Y evidentemente El mago de Oz, el cuento para niños norteamericano por excelencia, era el objetivo número uno. Goldwyn sólo tuvo que poner sus pies, enfundados en caros zapatos, sobre la mesa de su despacho, y esperar a recibir ofertas. Finalmente la MGM de Louis B. Mayer salió victoriosa con una imbatible cifra de setenta mil dólares, lo que significó un beneficio de cuarenta mil dólares para Samuel Goldwyn.

La MGM había perdido no hacía mucho a su propio mago, el productor prodigio Irving Thalberg, el encargado de haber llevado a los estudios de Mayer a lo más alto. Para suplir su ausencia Mayer había robado a la Warner a golpe de talonario a Mervyn LeRoy, a quien se suele señalar como el hombre que puso al estudio a la caza de la obra de Baum, aunque Arthur Freed siempre quiso para sí ese mérito. Freed era un ex-cantante y compositor cuya ambición iba mucho más allá de la música. Él quería ser productor cinematográfico, y entró en la Metro con la idea de quitarle el puesto de jefe de producción a LeRoy. Fue el propio Louis B. Mayer quien frenó sus ambiciones, poniendo a Freed como productor asociado de El mago de Oz. Primero habría de aprender los secretos del negocio de la mano de LeRoy; sólo entonces Mayer le daría su propia unidad de producción, de la cual surgirían varios musicales de éxito.

El mago de Oz se concibió como una mezcla entre drama y musical, un rodaje con grandes decorados de fantasía, vestuario colorido y canciones de corte tradicional. Al no rodar en exteriores el presupuesto se calculó en unos ciclópeos dos millones de dólares. LeRoy contrató a una pléyade de guionistas para trabajar simultáneamente en la historia. El primer tratamiento de trabajo surgió de la pluma de Herman Mankiewicz, aunque muy pocas de sus ideas sobrevivieron al guión final. Su principal contribución fue la de concebir la trama de Kansas en blanco y negro y la de el país de Oz en espectacular tecnicolor. El primer borrador fue concluido en octubre de 1938. Era una mezcla de varias de las contribuciones remitidas por los guionistas que trabajaban en el libro, aunque el cuerpo del mismo podría atribuirse a Noel Langley, quien trocó el mundo real de Oz en un sueño. Se acreditó además el trabajo de Florence Ryerson y Edgar Woolf. Muchos de los diálogos habían sido contribuidos por E. Y. Harburg, el letrista quien junto al compositor Harold Arlen había sido contratado por Freed para componer las canciones de la película. Fue Harburg quien escribió, por ejemplo, todos los diálogos que preceden a la archifamosa "Over the Rainbow". 

Mientras Freed trabajaba en la música y las coreografías, LeRoy se enfrentaba al dilema de encontrar un director y un reparto adecuados. En un principio el productor había fantaseado con la idea de rodar la película él mismo, pero Mayer se lo había prohibido, considerando que ya iba a estar bastante ocupado ocupándose de las tareas de producción. Inicialmente el antiguo niño prodigio Norman Taurog había parecido una elección idónea para dirigir una película infantil, pero tras unas pocas pruebas de cámara se decidió que debía ser reemplazado por Richard Thorpe, un veterano del estudio que se manejaba en cualquier género y que siempre acababa a tiempo los proyectos que le encargaban, y a veces incluso antes. 

Elegir a la actriz protagonista que encarnaría a la rubia Dorothy no fue demasiado fácil. En un principio el estudio tenía a su estrella justo allí, en Culver City. Arthur Freed tenía muy claro que su joven protegida, Judy Garland, a quien llevaba unos años preparando para ser un gran nombre de la industria, era la candidata idónea para el papel. Judy no era una bomba sexual, ni era considerada una gran dama de la interpretación, pero tenía una voz de oro y había demostrado en Melodías de Broadway que podía cautivar al público con su candor y su aire de jovencita inocente. Muchos desde luego compartían esta opinión, pero había alguien dentro del entramado de la MGM que no estaba de acuerdo: Nicholas Schenk, el todopoderoso jefazo de la División Este de los estudios en Nueva York. Al parecer Schenk no había sido conmovido por el cuento infantil de Walt Disney, por lo que no albergaba demasiadas esperanzas en las posibilidades comerciales de El mago de Oz. En su opinión hacía falta una estrella que asegurara el éxito en taquilla, y dado que Dorothy era una niña, ¿quién mejor que Shirley Temple para interpretar ese papel? La única pega es que la pequeña Temple era una de esas escasas estrellas que no brillaban en el cielo de la Metro, sino en el de la 20th Century Fox. La insistencia de Schenk llevó a Louis B. Mayer a reunirse con el capo de la Fox, Darryl F. Zanuck, para discutir la posibilidad de que Temple fuera cedida a la Metro para rodar El mago de Oz. Zanuck sin duda debió sonreírse cuando Mayer le hizo su propuesta, a la que replicó que quizás lo mejor sería que la Metro le vendiera los derechos de El mago de Oz. Ya se encargaría él de hacer la película con la Niña de América. El encuentro entre los dos titantes del cine, que sin duda debió desviar en algun milímetro el eje rotacional de la Tierra, acabó en desacuerdo, pero las negociaciones prosiguieron. Finalmente los dos jefazos acordaron realizar uno de los típicos intercambios de estrellas de la época: la pequeña Shirley rodaría en la Metro, y a cambio Clark Gable protagonizaría una cinta de la Fox. Sin embargo en el último momento Zanuck debió pensar que quizás no era tan buena idea ceder a su mayor fuente de ingresos, con lo que las negociaciones se rompieron. Si a ello añadimos que Freed ya había comprobado que las dotes vocales de la pequeña Shirley dejaban que desear, el desenlace fue inevitable: Judy Garland sería la pequeña Dorothy.

La selección de reparto continuó con el Espantapájaros. Ray Bolger, un actor y bailarín curtido en el vodevil y en Broadway, había conseguido un acuerdo formal para ser el descerebrado hombre relleno de paja, un papel que le ofrecía muchas posibilidades para curiosas coreografías, y que además constituía para él un viejo sueño infantil. Pero tras firmar el contrato comprobó desilusionado que el papel que le habían adjudicado era el de Hombre de Hojalata. El Espantapájaros sería interpretado por otro actor, Buddy Ebsen. Decidido a obtener el papel que le correspondía, Bolger usó sus contactos y presionó lo indecible para que le dieran el papel que anhelaba. El bailarín logró su objetivo, y el bueno de Ebsen tuvo que resignarse a interpretar al leñador mecánico de hojalata. Ya tendría su momento de gloria algunas décadas después, en la era de la televisión, protagonizando Los nuevos ricos y Barnaby Jones. Para el papel de León Cobarde los dos candidatos finales fueron Leo, el león emblema de la Metro, y Bert Lahr, un veterano cómico que se la había visto de todos los colores en su prolífica carrera, que en el cine no acababa de despegar. Si le llegaron noticias de que su máximo rival era un león real, seguro que no se sorprendió. Pero alguien debió pensar que sería más fácil contratar a un cómico secundario que hacer hablar a un león (se barajó la idea de que le doblara un actor), y además no parecía que a los leones se les diera muy bien el baile, con lo que Lahr se alegró enormemente al ver delante de sí la gran oportunidad que estaba esperando. Para encarnar a Glinda, el hada buena, se pensó en la actriz de Broadway Beatrice Lillie, pero ésta estaba ocupada en una gira teatral. Tras barajar varios nombres de actrices en nómina del estudio, los productores escogieron a Billie Burke, la vivaracha viuda del mítico empresario de Broadway Florenz Ziegfeld, que había dejado su carrera en el teatro por el cine después de que la familia perdiera su fortuna en el Crack del 29.

Dos importantes papeles restaban por adjudicar: el de la bruja malvada y el del propio Mago de Oz. Papeles que en realidad habían sido expandidos en la película por diversos motivos. La bruja, que sólo aparecía al final de la historia, fue trasladada a nuevas escenas para aportar tensión a la trama, mientras que el papel del Mago se había multiplicado en otros personajes para satisfacer a W.C. Fields, cuyo agente había realizado objeciones a lo corto que el papel del Mago tenía en el guión. Aun así finalmente el acuerdo con Fields fue imposible, por lo que se barajaron nuevos nombres como el de Wallace Beery, al que se rechazó por su fama de actor difícil, o Robert Benchley. Mientras, en las sombras, un secundario llamado Frank Morgan se dejaba la vida aprendiéndose todo el guión de memoria, dispuesto a obtener el papel de el Mago, para el que por lo visto ni siquiera había sido considerado. Pero Morgan fue decidido y pidió una oportunidad. Su prueba fue imbatible, y los productores le dieron el papel. 

Durante un tiempo la actriz de carácter Edna May Oliver fue la elegida para dar vida a la bruja malvada, pero Melvyn LeRoy tenía en mente una bruja diferente, sexy y malvada, al estilo de la malvada Reina del Blancanieves de la Disney. Por ello escogió a la escultural Gale Sondergaard para el papel. Sin embargo Sondergaard era demasiado guapa para el papel, y pronto quedó claro que aquello no funcionaba: los niños necesitaban una verdadera y retorcida bruja, no a una belleza exótica. LeRoy jugó su última carta y realizó pruebas con la actriz afeándola, pero aun así seguía siendo demasiado guapa para una bruja. Además, por entonces las actrices no se afeaban así como así, y Sondergaard no estaba dispuesta a salir feucha en una película cuando miles de hombres admiraban su belleza de hielo. Fue así como el papel fue a manos de la actriz que había nacido para ello, Margaret Hamilton, curiosamente una ex-maestra de escuela que adoraba a los niños.
Gale Sondergaard no quiso ser una bruja fea.
Los problemas en el rodaje no tardaron en llegar. Tras apenas dos semanas de rodajes Buddy Ebsen tuvo un fallo respiratorio y tuvo que ser llevado al hospital. Sufría de una reacción alérgica provocada por polvo de aluminio que se había mezclado con su maquillaje de estaño, que había ido inhalando hasta cubrir con ellos sus pulmones. La producción se paró y mientras Ebsen trataba de recuperarse, meditando sobre si demandar o no al estudio, LeRoy aprovechó para ver los copiones de lo rodado hasta entonces. Lo que vio no le satisfizo en absoluto, y decidió despedir a Thorpe. Al parecer el director era un buen tipo y un excelente trabajador, pero no era un artista lo bastante sensible para darle a la película el toque que LeRoy deseaba. El estudio decidió recurrir entonces a uno de sus directores estrella, George Cukor. El director de clásicos como Margarita Gautier no aceptó el puesto, pero accedió a trabajar de forma interina durante unos días. Aunque no llegó a rodar nada significativo, Cukor decidió remozar el maquillaje y el vestido del Espantapájaros, además de trabajar con Judy en su papel. Era una gran especialidad de Cukor: sacar de las actrices justo lo que necesitaban para cada rol. El director ordenó también cambiar el vestuario de Dorothy, eliminó su complicada peluca rubia y la sustituyó por su pelo natural en tono pelirrojo, y simplemente le aconsejó a la actriz que fuera ella misma. Mientras tanto Ebsen iba mejorando, por lo que decidió que sería mejor no enfrentrarse a un gran estudio si la cosa no era grave. Aun así la producción no podía esperar y fue sustituido por Jack Haley, un cómico a sueldo de la Fox, a quien simplemente le llamaron una mañana y le comunicaron que había sido cedido temporalmente a la MGM. Al parecer nadie se acordó de informarle sobre las razones por las que Ebsen había tenido que dejar el rodaje.

Cukor dejó ansiosamente el rodaje, dispuesto a empezar su trabajo en Lo que el viento se llevó, aconsejando que se rehiciera todo el trabajo de Thorpe. Por segunda vez LeRoy pidió a Mayer que le permitiera dirigir la cinta, pero el mandamás se negó. El sustituto sería Victor Fleming. El rudo Fleming era como uno de esos entrenadores a los que llaman para salvar a los equipos del descenso en el último momento; parecía especializado en salvar rodajes. Sin embargo su bagaje no parecía cercano al mundo infantil. Su carrera se había centrado más en la acción y las aventuras: Lord Jim, The Virginian, Piloto de pruebas... Era de esa clase de directores con las que estrellas masculinas como Gary Cooper o Clark Gable se sentían muy a gusto. Quizás Fleming no tuviera la sensibilidad intelectual de Cukor (quien por cierto había despreciado flagrantemente aquella producción para niños), pero como todo gran director no dejaba de tener talento artístico, en cantidades suficientes como para saber lo que le hacía falta a El mago de Oz. Tan sólo tenía que dejar que Judy Garland siguiera el camino de baldosas amarillas que le había trazado Cukor, mientras dirigía con mano de hierro todo lo demás. Aun así Fleming se mostró bastante reticente, pero tras muchos ruegos y argumentos por parte de los productores el director aceptó el trabajo.

Tras retocar el guión a su gusto junto a su escritor de confianza John Lee Mahin, Fleming reanudó el rodaje, que continuó lleno de dificultades. El complejo rodaje en tecnicolor obligaba a usar vatios y más vatios de luz, lo que provocaba en el estudio un calor asfixiante, empeorado por las luces de carbón que absorvían el oxígeno del aire, obligando a frecuentes paradas para abrir las puertas del estudio y dejar que el elenco se diera, nunca mejor dicho, un respiro. Con espesos maquillajes y complicadas vestimentas, enfrentados a miles y miles de bujías, Bolger, Lahr y Haley (sí, suena a firma de abogados) sufrían de lo lindo entre calores inmensos. Haley, el Hombre de Hojalata, se pasaba las horas enfundado en un traje que pesaba un quintal y con un espeso maquillaje (el polvo de aluminio se había sustituido por pasta de aluminio, lo que impedía su inhalación) que le hacía añorar las arenas de Death Valley. Aunque Lahr aun lo pasaba peor: siendo el León Cobarde había poco de su fisonomía a la vista, y se pasó media película sorbiendo alimentos a través de una pajita. Margaret Hamilton no podía tocar nada sin mancharlo de verde. Judy Garland tampoco lo pasaba mucho mejor, apretujada en un torturante sostén que aplastaba las rotundas formas de su cuerpo adolescente de dieciséis años, perfil bastante alejado de la pequeña Dorothy de los libros. A ello hubo que añadir el problema de los enanos.

Para interpretar a los Munchkins, los pequeños seres ideados por la mente de L. Frank Baum, el productor Marvyn LeRoy había contactado con la compañía de enanos de Leo Singer, que conformaban un grupo de vodevil que había participado en algún que otro film como el curioso The Terror of Tiny Town. Aun así hacían falta muchos más Munchkins, por lo que el estudio recurrió a un tal comandante Doyle, un veterano artista con enanismo quien se encargó de salir a reclutar enanos por todo el país, fueran o no artistas. Cuando tuvo los suficientes y llenó el autobús con el que viajaba por todo el país, se dirigió a la casa de Singer, quien pudo contemplar toda una fila de desnudas posaderas enanas haciéndole burla desde el autobús. 

El problema era que varios de los enanos reclutados por Doyle no eran artistas, sino simple gente de la calle, con todo lo que eso implicaba. Es decir, que muchos de ellos llevaban una vida que rozaba la delincuencia, si no la manoseaba de lleno. De repente LeRoy se vio enfrentado a un grupo salvaje de enanos navajeros que bebían a todas horas, se peleaban entre ellos, mordían a los guardias de seguridad, se metían bajo las faldas de las starlettes que veían pasar por las instalaciones de la MGM, o incluso acosaban a la virginal Judy Garland. Cuando uno de los Munchkins le propuso una cita, la actriz contestó que su madre no se lo permitía, a lo que el pequeño le respondió que no había problema, podía llevar a su madre también. Por las mañanas los trabajadores del estudio podían asistir al curioso espectáculo de las limusinas que traían a los pequeños actores y figurantes, repleto cada coche con doce o trece de ellos, muchos de los cuales salían tambaleándose tras una noche de juerga. Algunos de los Munchkins rockearon duro en el hotel donde estaban alojados. LeRoy llegó a contar hasta seis orgías organizadas por aquellos pequeños emuladores de Led Zeppelin. Seguramente la mayoría se comportó de modo profesional, pero hubo desde luego unos cuantos que hicieron el bastante ruido como para alimentar la leyenda de por vida.

A la cuestión de los enanos salidos y todas las complicaciones de atrezzo, iluminación o imagen (el traje del Hombre de Hojalata no cesaba de brillar y lanzar destellos, volviendo loco al director de fotografía, Harold Rosson) hubo que añadir un guión que era reescrito casi cada día, lo que obligaba en ocasiones a repetir escenas y volver a rodar otras ya rodadas. La producción acabó agotando su tiempo y su presupuesto, hasta que los jefazos de la Metro decidieron que ya era bastante y anunciaron la cancelación del rodaje. Tan sólo la intervención de Mervyn LeRoy salvó a El mago de Oz de acabar en algún oscuro estante del estudio.

Los problemas continuaron lastrando la producción para desesperación del estudio. En cierta escena una explosión se activó antes de tiempo y cogió de lleno a la pobre Margaret Hamilton, provocándole graves quemaduras y dejándole una mano destrozada. Fue llevada de urgencia al hospital, donde entre grandes dolores tuvieron primero que limpiarle su tóxico maquillaje verde para poder curarla. Ante las iras del médico que trataba a la actriz LeRoy llamó para saber cuando podría retomar el rodaje. Hamilton se planteó, al igual que lo hiciera Buddy Ebsen antes que ella, demandar al estudio, pero decidió no hacerlo "por la sencilla razón de que quería volver a trabajar". Así era la cruel ley del sistema de estudios. Crea mala publicidad y no volverás a pisar un plató en tu vida. Tras seis semanas de reposo la actriz volvió al plató, aunque tuvo que enfundar su mano dañada en un guante verde, ya que era imposible volver a aplicar maquillaje en ella. Como suele ocurrir, ninguna otra toma podía superar la espectacularidad del accidente de Hamilton, así que ésa fue la que quedó en el montaje final (es su primera aparición en el film, cuando la bruja desaparece en mitad de un humo naranja).

La lista de bajas, aunque ninguna de consecuencias tan graves, continuó: Billie Burke se torció un tobillo; dos de los enanos enfundados en sus trajes de monos voladores se estrellaron contra el suelo cuando sus arneses cedieron; incluso el pequeño perro Totó estuvo unos días de baja cuando un corpulento guardia lo aplastó sin querer.

El rodaje prosiguió en el decorado de Pequeñilandia durante gran parte de diciembre, fomentando la curiosidad de varias estrellas de Hollywood que querían ver de cerca lo que se cocía en Culver City. Los rumores aseguraron que incluso la gran diva Greta Garbo se dejó ver momentáneamente en el rodaje, tan sólo para ver de cerca a una actriz enana que decían que era su vivo retrato. A comienzos de febrero la dolorida Margaret Hamilton volvía al estudio dispuesta a montarse en su escoba de nuevo. Pero cuando le informaron de que la escoba desprendería humo y fuego, la actriz receló y se negó a rodar la escena. Tan sólo la mediación de Victor Fleming y el jefe de efectos especiales logró disuadirla, aunque no le arrancaron más que algunos primeros planos. El resto serían rodados con una doble. Cuando llegó el momento de encender la escoba, algó falló y la doble salió despedida, hiriéndose una pierna.

Lentamente el rodaje proseguía lleno de contratiempos y peripecias. Victor Fleming dirigía toda aquella producción muy ferréamente, y Mayer no quitaba un ojo al devenir de los acontecimientos, pero el tamaño de los problemas era proporcional al de la misma película, lo que no dejaba de provocar retrasos. Hasta que finalmente, allá en Nueva York, Nicholas Schenk se hartó de firmar facturas y decidió averiguar personalmente qué estaba pasando. Cuando llegó, LeRoy se encontraba fuera de la ciudad, con lo que el jefazo tuvo que reunirse con Louis B. Mayer (cabe recordar que los dos capos de la MGM se odiaban profundamente). Schenk acusó a Mayer de no tener la situación bajo control, pero no pudo hacer mucho más. Hay una línea en toda gran y problemática producción hollywoodiense que una vez rebasada ya no tiene marcha atrás. Es decir, el estudio había gastado ya tanto dinero en El mago de Oz que la única solución posible era terminarla y ver qué pasaba. 
 
Si en algo coincidieron todos los intérpretes recordando aquel difícil rodaje fue en señalar a la pizpireta Judy Garland como la única fuente constante de alegrías y distracción. Aun lejanos sus días de depresiones y alcoholismo, la joven actriz maravilló a todos con su profesionalidad, su curiosidad por todo y sus constantes ganas de broma. En cierta ocasión, sin embargo, al comienzo del rodaje, en una escena que acababa siempre arruinada porque Garland no podía aguantar la risa, Victor Fleming cortó la situación de raíz con un tortazo limpio. Por lo visto la siguiente toma quedó perfecta. A continuación Fleming invitó a la actriz a romperle de nuevo la nariz (el director se la rompió en una pelea que estalló durante uno de sus rodajes), pero de forma comprensiva la joven le dio un beso en su apéndice nasal, y a partir de entonces se hicieron buenos amigos.

Mientras tanto, en otra parte de Hollywood, David Selznick tenía sus propios problemas rodando Lo que el viento se llevó. Acababa de despedir a George Cukor, y tras recibir la negativa de King Vidor, le ofreció el puesto a Fleming. Éste lo único que deseaba era acabar su película y no meterse en otra producción ciclópea, así que declinó la oferta. Sin embargo su amigo Clark Gable le insistió para que cambiara de opinión. Finalmente el director de la nariz rota dio su brazo a torcer y abandonó el rodaje de El mago de Oz.

El film estaba casi completo, pero faltaba por rodar la mayor parte de la acción que transcurría en Kansas. Unas secuencias que, ahora que Fleming había abandonado el barco, parecían ideales para el talento para el melodrama de King Vidor. Y así fue como el director de El gran desfile acabó aterrizando en la gigantesca producción de la MGM, encargándose de dirigir, entre otras, la inmortal secuencia de "Over the Rainbow". La historia de la canción, sin duda una de las más famosas de la historia de Hollywood, daría para todo un post, así que quizás sea mejor hablar de ella en otra ocasión.

El 16 de marzo de 1939, a falta de algunos detalles a completar por la segunda unidad, el atribulado rodaje de El mago de Oz llegó a su fin, no sin una última anécdota: Frank Morgan, que interpretaba al mago y al profesor Marvel, descubrió que la vieja chaqueta que llevaba su personaje tenía una etiqueta con el nombre de su dueño, que no era otro que ¡L. Frank Baum! ¿Truco publicitario? ¿Increíble casualidad? Lo único cierto es que al parecer la viuda del escritor corroboró que había pertenecido a su marido, por lo que tras el rodaje el productor LeRoy le regaló la prenda a la venerable mujer.

La postproducción de la película se alargó hasta junio, con Fleming simultaneando su trabajo en Lo que el viento se llevó con el montaje nocturno de El mago de Oz. Los primeros pases de prueba resaltaron que la película se hacía demasiado larga, durando casi dos horas, con lo que se cortó metraje aquí y allá, siendo el principal perjudicado Bert Lahr, protagonista de la secuencia del "jitterbug" que fue eliminada del montaje final. Algunas frases y planos de Hamilton fueron cercenadas porque asustaban demasiado a los niños. Curiosamente, la que quizás sea la secuencia más famosa del film, la de "Over the Rainbow", estuvo a punto también de caer víctima de las tijeras del estudio. Por algún motivo en uno de los pases el público protestó contra la escena (quizás era la noche de los camioneros), desatando las alarmas de Mayer y los suyos. ¿No era muy deprimente tener a Judy Garland cantando en un corral? ¿No arruinaba aquella tristona canción el ritmo del film? La secuencia fue sentenciada a muerte. Según algunas fuentes fue Mervyn LeRoy quien luchó a brazo partido contra el estudio para que "Over the Rainbow" se quedara en el montaje final. Según la versión del letrista Harburg, fue Arthur Freed quien presionó para que restituyeran la preciosa secuencia en el corral.

Cuando el montaje quedó terminado la MGM se lanzó a publicitar el film. El 29 de junio se realizó un programa especial de radio en la NBC en el que el mundo pudo escuchar por primera vez las mágicas canciones de El mago de Oz. Se publicaron anuncios y concursos en revistas, hasta que finalmente el 15 de agosto de 1939 la película fue proyectada en el estreno de gala. Dos días después, en el Capitol de Nueva York, con Judy Garland y Mickey Rooney como invitados especiales, El mago de Oz se estrenaba oficialmente con una cola de más de mil personas. La respuesta del público y la prensa neoyorquina fue entusiasta. Conforme la película se iba estrenando en el resto de grandes ciudades norteamericanas, la respuesta era la misma. Tras tanto esfuerzo y sudor, el equipo de la MGM lo había conseguido. El mago de Oz era un éxito increíble. La recaudación habría sido mayor, de no ser porque el grueso de espectadores eran niños y niñas, y el público infantil pagaba precios reducidos por las entradas. A pesar del gran éxito, el enorme peso del coste total del film (sumando copias, estrenos y publicidad, más de tres millones de dólares) impidió que la película generara beneficios (éstos no llegarían hasta que la cinta se reestrenó en 1949). Por otro lado, el estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa redujo los beneficios de la película en el Viejo Continente. Tampoco ayudaron las críticas de cierto sector de la prensa, que conforme el film fue estrenándose por todo el país, fue aumentando a su vez los ataques contra la película.

Aunque El mago de Oz nunca perdió su popularidad, era difícil enfrentrarse, por ejemplo, a monstruosas superproducciones como Lo que el viento se llevó, que ya en la gala de los Oscar de 1940 arrasó con todo; El mago de Oz obtuvo algunas migajas: dos estatuillas, una de ellas, por supuesto, por "Over the Rainbow". El film comenzó a alcanzar su categoría de gran hito cinematográfico a partir de 1956, cuando la CBS instauró la tradición de emitir (¡en aparatos en blanco y negro!) la película durante las vacaciones de Navidad. A partir de ahí el mito fue creciendo y creciendo, haciendo de Judy una estrella inmortal, convirtiéndola en ídolo de gays y lesbianas, y creando curiosas leyendas urbanas, como la que asegura que The Dark Side of the Moon de Pink Floyd fue grabado con la película en mente para ser escuchado mientras se contemplaban las imágenes de El mago de Oz, dando pie a curiosos mensajes y situaciones, o la todavía más bizarra leyenda de que en cierta escena en el Camino de Baldosas Amarillas se puede ver, en el fondo, a un Munchkin que se había suicidado colgándose de un árbol del decorado, pasando desapercibido por el equipo y quedando registrado en las cámaras.

El mago de Oz, creo que la mejor forma de describirla sería, bastante consecuentemente, como magia pura. Todo es mágico en ella, las actuaciones, la música, esos colores irreales... Aunque sobretodo lo que la hace mágica es que su capacidad para transportarle a uno, literalmente, más allá del arcoiris, cumpliendo con la misión que tuvieron siempre los grandes musicales: hacerle olvidar a uno los problemas del día a día y poder perderse durante hora y pico en una historia inocente y entretenida, donde el Bien triunfa sobre el Mal y donde siempre podemos recordar que no hay nada como el hogar. Desde luego tiempos como éste son ideales para volver a disfrutar con los brincos y cabriolas de Ray Bolger, Jack Haley o Bert Lahr (sin duda mi favorito), para conmoverse con la tragicómica figura de Frank Morgan como el gran Mago de Oz, para temblar ante la inquietante figura de Margaret Hamilton, o sobretodo para asistir pasmado a las interpretaciones vocales de una Judy Garland en todo su esplendor que por sí solas proporcionan toneladas de coraje, centenares de corazones y miles de cerebros.

El mago de Oz, culmen del cine de fantasía y el género musical. Otra muestra más del saber hacer de los viejos estudios, en aquel año tan épico de 1939. Así que no sé vosotros, pero lo que es yo, I'm off to see the wizard!

7 comentarios:

miquel zueras dijo...

Muy buen post con anécdotas estupendas como la del enano que le tira los tejos a la dulce Garland. Sólo con los mUchninks habría para rodar una película. También hay leyendas como la de que uno se ahorcó durante el rodaje y ese momento fue recogido por la cámara. Está en youtube pero no conseguí ver nada. Saludos. Borgo.

Ginebra dijo...

Una peli preciosa, que recomiendo a los chicos desde 5 a 83 añitos, como poco!!!!
No sabía que se podía escribir tanto sobre ellaaaa...

Alí Reyes H. dijo...

De verdad que la reunión de esos dos grandes titanes del cine movió el eje terráqueo uno o dos centímetros, pero como debía ser...No llegó a nada, bueno, nada que no sea mover el eje terráqueo, claro.

Over the Raibow es una maravilla, hasta le ARRANCÓ el oscar de música a "Lo que el Viento se llevó" !¡ Palabras mayores si reparamos en que "La Obertura de Tara" es una de las más antológicas de la historia de la música de Cine

Alí Reyes H. dijo...

En otro orden hermano, te invito a pasar por tigrero pues escribí acerca de la historia de la canción Piano Man de Billy Joel y me gustaría que la oyeras y leyeras

Möbius el Crononauta dijo...

miquel zueras: de hecho hay un libro sobre los Munchkins, debe estar lleno de anécdotas delirantes.

Ginebra: ¡como poco! ¿cómo que no? un libro entero se podría escribir

Alí Reyes: pues sí, para quitarle estatuillas a la épica sureña, ya había que tener bemoles

Dr. Quatermass dijo...

Hay que verla cada 3-5 años mínimo, nunca defrauda, the munchkins rules!

Luciano Sívori dijo...

Una nota completísima!! =)

La obra del cine que superó cada una de las barreras posibles, volviéndose más importante que los libros en sí.
Además la película tiene una "mística" especial, ¡está rodeada de misteriors! Me parece que es magníficamente atemporal… tan simple, tan honesta… y sin embargo profunda en mensajes sobre el amor y el descubrimiento de uno mismo.
Una de mis fantasías favoritas, que seguirá en la mente del hombre contemporáneo por generaciones.

Te invito a leer mi propia nota sobre esta obra y decirme qué opinas!

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Luciano