martes, 10 de abril de 2012

Dodge, ciudad sin ley (1939)

Hasta los niños... Esto tiene que terminar. Errol Flynn, elegante vaquero para la ocasión, manifestando verbalmente un hinchamiento escrotal supremo.

Después de traer por aquí la fastuosa Robin de los bosques no me resistí a rescatar otro de los grandes clásicos de mi tierna infancia, Dodge, ciudad sin ley, el primer encuentro que tuve con el gran Errol Flynn, y probablemente también mi primera experiencia con el Western más clásico.

En 1939 Errol Flynn estaba en la cima de su carrera. Tras el grandioso éxito de Robin de los bosques el apuesto australiano no sólo era la más rutilante estrella masculina de la Warner, sino que era uno de los actores más cotizados y deseados de Hollywood. Al festivo film sobre Robin Hood le habían seguido algunos films hoy considerados menores (aunque sin duda el actor disfrutó mucho con su incursión puramente cómica en Four's a Crowd), pero por lo general habían recibido un buen trato tanto en taquilla como en la crítica especializada. Flynn era la estrella mimada de la Warner, tenía una mansión, criados, chóferes, y podía tener en su cama prácticamente a quien quisiera. Y cuando se cansaba de la rutina hollywoodiense, las fiestas y el tenis, se iba de caza, de pesca, cruzaba la frontera mejicana y se iba de aventuras, para volver con malaria y recuperarse a tiempo para el prósimo film... En resumidas cuentas, la vida no podía irle mejor. Además, tras una de sus habituales peleas repletas de insultos, había logrado arrancarle a Jack Warner un nuevo contrato con un jugoso aumento. Sí, todo iba bien en el universo Flynn.

Tras meterse de nuevo en un papel que ya había encarnado en su día Douglas Fairbanks (en este caso el título fue The Dawn Patrol, una peli de aviones en la Primera Guerra Mundial) la Warner le asignó un Western, un género en el que Flynn nunca se sintió del todo cómodo, algo que sus actuaciones demostrarían cada vez más con el paso del tiempo. Pero por el momento aun intentaba dar lo que los productores esperaban de él.

Flynn llegó al rodaje padeciendo todavía las secuelas de un esguince que había sufrido saltando por la ventana de una de sus amantes cuyo marido había llegado a casa ante de lo esperado. Como era habitual en él siempre que le dejaban, Flynn se rodeó de algunos de sus compañeros de juergas en el reparto para hacer el rodaje más ligero y divertido; basta ver su química en la pantalla con tipos como Alan Hale o Guinn "Big Boy" Williams para imaginarse lo que debía haber detrás. También el villano de turno, Bruce Cabot, era un viejo compañero de correrías y juergas. Por quinta vez, la heroína de Flynn sería una Olivia de Havilland que ya comenzaba a sentirse molesta por ser considerada poco más que la chica que será rescatada por el gran Errol, aunque ello no afectaba la bonita relación platónica que mantenían ambos, a pesar de los eternos intentos de Flynn por llevársela al catre. La actriz declararía tiempo después que uno de los momentos en que se sintió más unida a Errol tuvo lugar tras el rodaje del film, mientras viajaban en tren hacia Kansas para el gran preestreno. Durante su trayecto los dos intérpretes hablaron, como se suele decir, de lo divino y de lo humano, y Olivia descubrió que tras las machadas de Flynn había un alma poética con inquietudes y pensamientos profundos, pero sencillamente todo eso tarde o temprano quedaba supeditado a la juerga y la aventura, y la actriz sabía que el actor nunca le daría la estabilidad que ella buscaba. Aun así, su amor y amistad fue bonita y duradera. Pero por supuesto no por ello cejaría el actor en su empeño tan fácilmente.

A pesar de sus idílicos momentos en el tren, aquel viaje fue más movido de lo que los recuerdos de la actriz podrían dar a pensar, ya que Flynn no sólo estaba rodeado de sus compinches y gran parte del reparto, sino que a la première asistía gran parte de la flor y nata de la Warner, nombres como el de Humphrey Bogart o John Garfield, con lo que el viaje fue lo más parecido a un hell on wheels hollywoodiense que uno pueda imaginar. Tras firmar autógrafos, saludar al público, ser agasajados por las autoridades de Dodge City, y asistir a la proyección de la película, Flynn, junto con sus cuatreros Hale, Williams y algunos más, procedieron a vaciar las despensas de alcohol de la ciudad.

Dirigida impecablemente por Michael Curtiz, el rodaje de Dodge, ciudad sin ley fue el habitual del Errol Flynn de aquellos tiempos, poniéndole las cosas difíciles al director húngaro por no estar a gusto con tal o cual cosa, pasando muchas noches de juerga junto a sus mencionados amigote, o tratando infructuosamente de seducir a Olivia de Havilland. Tras su estreno la película dio pingües beneficios a la Warner, elevando todavía más la posición estelar de su protagonista.

En Dodge, ciudad sin ley, no todo es tan enorme como en Lo que el viento se llevó, ni tiene la épica inmortal de La diligencia (desde luego 1939 fue un gran año para el Western y el cine hollywoodiense en general), ya que no deja de tratarse de un vehículo para lucimiento de Errol, pero es un perfecto ejemplo del cine del Oeste de la vieja escuela, aunando todos los elementos románticamente literarios que conformaban el patrón por el que se cortaban muchos títulos del género: heroismo, compasión, aventura, humor, romanticismo, sacrificio, opuestos a la villanía, el egoísmo, la inmoralidad o la crueldad. En definitiva, un ejemplo de la milenaria historia de lucha entre el bien y el mal enmarcada en la épica casera yanqui fruto de una nación muy joven con una historia convulsa. A todo ello hemos de añadir un guión que no deja hueco a las pausas reflexivas y una dirección de precisión suiza a cargo de un estupendo veterano de la industria, Michael Curtiz.

Dodge, ciudad sin ley resultaba un estupendo compendio de arquetipos y escenas típicos del cine del Oeste, que mezclados en una impresionable mente infantil como la mía conformaba un cóctel explosivamente entretenido de tiros, besos, risas y lloros. En el film prácticamente no faltaba de nada, teníamos al ferrocarril contra la diligencia, a los carromatos de colonos, a los vaqueros con sus caballos y reses, a la chica pura y bella, la cantina con su pianola y sus chicas del cancan, el whisky corriendo a raudales, las peleas, las risotadas y demás, quizás los grandes ausentes eran los indios (que dada la trama del film a lo Wyatt Earp habían de quedar ausentes, aunque se les nombraba) y el sempiterno tiroteo en mitad de una calle entre bueno y maluto, aunque lo que es tiroteos callejeros desde luego no faltan, pero en esta ocasión el tiroteo final había de tener lugar en un tren.

De aquellos lejanos tiempos sin duda hubo dos secuencias que se quedaron grabadas a fuego: la multitudinaria pelea en el saloon de turno (muchos parecen señalarla como la" überpelea" en saloon de Hollywood), y el momento en el que el pequeño Harry es arrastrado por unos caballos hasta la muerte. Imaginad el impacto, ¿qué hace un niño como yo feneciendo en una película? ¡Eso no podía ser! Pero por suerte ahí estaba el gran Errol enfurecido (aunque si dependiera de su expresión, uno podría colegir que se le ha pinchado una rueda) para tomar cartas en el asunto y hacerle olvidar a uno la impresión del infanticidio provocado por uno de los tiroteos diarios que al parecer se producían en las calles de Dodge City. La verdad es que poco importa que pasados tantos años el pequeño Harry se torne por momentos algo repelente; recordar el momento en que la cámara enfoca en un primer plano la pequeña estrella de cartón de "sheriff" para pasar a otro plano de la plateada enseña de la ley que Errol luce en su cinturón mientras la épica música de Max Steiner lo envuelve todo, hace que las lágrimas asomen a los ojos de este viejo lobo de bar.
Errol, con su chica y la del malo. ¡Ciertamente él lo valía!

La verdad es que no sé si darle la razón a Errol, pero curiosamente en Dodge, ciudad sin ley casi destacan más sus secundarios que el dúo protagonista. Por supuesto Flynn tenía a la épica de su lado, era un tipo que podría haber hecho de un anuncio de yogures una aventura sin fin, pero quizás el actor echara de menos algo más de acción, saltos y piruetas, y menos diálogos. Pero vaya, estamos hablando del gran Errol, cuya cada pulgada de carisma existía en millas. A su lado, una vez más, la bella Olivia de Havilland, más sensual y desatada (para lo que son los estándares de la actriz) que nunca (esa falda cowgirl y camisa a cuadros, ¡imbatible!), con un personaje que muestra algo más de personalidad (también para lo que solían ser sus estándares) que nunca, aunque muy pronto la pobre se veía reducida de nuevo a cumplir su papeleta de chica del gran héroe. La tercera gran estrella en plantel, Ann Sheridan, queda relegada prácticamente a hacer de la bailarina sexy que en esta ocasión es el ligue del villano de turno. Pero como decía es en el apartado de los secundarios donde encontramos más jugo interpretativo y las escenas más chispeantes. Y es que en esta ocasión el plantel de intérpretes en la reserva era impecable, incluyendo a un Henry Travers que todavía no había alcanzado la inmortalidad salvando la vida de James Stewart, o un Ward Bond que se deja ver un poco por allí. Pero todo gran Errol necesita un gran villano, y en esta ocasión era su colega Bruce Cabot quien hacía del Jeff Surrett de la película un maluto amoral dispuesto a todo para seguir controlando el cotarro en Dodge City. Aunque quizás sean seguramente Alan Hale y "Big Boy" Williams los que dan más vidilla a la cinta interpretando a los compañeros del personaje de Flynn, dos vaqueros rudos y amigos de las juergas que en el fondo son honrados e inocentes como un niño. Williams, tejano por nacimiento, no necesitaba mucho para encarnar a un buen vaquero ya que al fin y al cabo era uno de ellos, vivo ejemplo de último vestigio de las costumbres ganaderas de otro siglo que acababa trabajando en Hollywood, mientras que Hale vuelve a cumplir perfectamente como pendenciero bonachón, mostrando una cómica inocencia francamente entrañable (sus escenas en el club donde se reúne una de tantas ligas femeninas antialcohol son francamente hilarantes).

Dodge, ciudad sin ley ofrece lo que todos queremos de una peli de Errol Flynn y Olivia de Havilland: aventura, acción, peleas, tiroteos, hilaridad, momentos tensos y dramáticos, y que al final la pareja se bese y todo vuelva a la normalidad. Además, para quien no sepa de qué iba aquello del cine del Oeste, en esta película lo encontrará todo, salvo a los indios, que por una vez pudieron descansar, y mira que bien merecido lo tenían.

2 comentarios:

miquel zueras dijo...

Es una de aquellas películas típicas del Primera Sesión de los sábados con tele en blanco y negro y pan con Nocilla. Creo que a Errol le prohibieron beber en el rodaje y por eso inyectaba vodka con una jeringa en las naranjas que después se comía. Un curioso cóctel "Destornillador". Saludos. Borgo.

Möbius el Crononauta dijo...

Viejo zorro este Errol, sin duda.