jueves, 16 de febrero de 2012

El valle de la venganza (1951)

Raised on Western, que podría rezar el título de una canción de algún barbado y tatuado country rocker, y podría decirse de varias generaciones de espectadores cuya tierna infancia estuvo marcada por los vaqueros y los indios, los buenos y los malos, los parajes desérticos y los duelos al sol. Aunque imagino que allá en el país de Billy el Niño los pequeñajos debieron comenzar a disfrutar de otros alicientes mientras el género decaía, aquí, que por nuestras curiosas circunstancias siempre llegamos algo tarde a todo, aun nos perdíamos con placer entre los cactus y el polvo, jugábamos a hacer punpún con la mano, salvábamos a la chica y los sábados por la tarde pues nos criábamos, entre otras cosas, a base de puro y viejo western. Para bien o para mal los tiempos cambian, y ahora Tom Mix podría ser confudido con el nombre de guerra de algún DJ. En fin, toda esta parrafada es para decir que los nostálgicos o fanáticos de género encontrarán en El valle de la venganza para dejarse llevar, una vez más, por una historia de buenos y malos en los tiempos del Salvaje Oeste.

El valle de la venganza fue un vehículo de la MGM para su estrella Burt Lancaster, cuya carrera no había dejado de crecer en cotas de popularidad desde su impactante debut apenas seis años antes. La trama giraba entorno a verdaderos vaqueros, de esos que cuidan vacas, y un conflicto familiar con muchas aristas. La familia en cuestión son los Strobie, cuyo patriarca es el prototípico dueño de un gran rancho con miles de cabeza de ganado que se ha labrado su propia carrera con mucho sudor y ahora combate los achaques de una avanzada edad. Y como suele suceder en estas historias, el patriarca tiene dos hijos, y ya se sabe que de los hijos de los grandes ganaderos siempre sale uno bueno y uno malo. El bueno es Owen Daybright (Burt, por supuesto), un chiquillo adoptado o acogido por Strobie, competente y honrado, que ha escalado puestos tanto en la jerarquía del rancho, llegando a mayoral, como en el corazón del viejo. El otro es Lee (Robert Walker, quizás le recuerden de Extraños en un tren), el típico hijo malcriado de ricachón a quien Owen siempre está sacando de apuros, incluso cuando retoza, fuera de su matrimonio junto a Jen, una chica guapa y hacendosa, con una pelirroja a la que le acaba haciendo, como suele decirse hablando pronto y mal, un bombo que acaba en niño, para, por supuesto, desentenderse del asunto. Será Owen, una vez más, quien dé la cara y ayude económicamente a la pobre madre soltera, despreciada por todos, como siempre sucede en estos casos, además de que la propia Jen se acaba apiadando de la pelirroja, con lo que ésta se calla el asunto del padre, lo cual lleva a más lío porque los hermanos de la chica de pelo rojo obviamente buscan justicia, y lo hacen a punta de cañón porque son unos pistoleros rudos y malutos. Y como ha sido Owen el que ha ido a darle dinero a la chica, se creen que el padre es él, y ya está el liado montado.

Y bien, si todo este guirigay les parece digno de un folletín, no andan desencaminados, pues el guión está basado en uno de esos seriales novelados de vaqueros y demás habituales del género que hacían furor, tiempo ha, entre porteros y porteras de finca, solteronas y funcionarios con pocas ganas de trabajar. Aun así el guión está llevado con gusto y ligereza, aunque evidentemente no estamos hablando de una obra de William Faulkner. De la dirección se encargó Richard Thorpe, uno de esos directores olvidados por el tiempo que en su día se forjaron a base de rodar y rodar como mulas rápidos cortos y mediometrajes en la era del mudo, hasta que a mitad de los 30 fue puesto a sueldo de la MGM, dirigiendo cualquier cosa de cualquier género y con cualquier presupuesto, siempre de forma eficaz y átona, lo que se suele decir un director artesano que lo mismo sirve para un roto que para un descosío, y de quienes perdura más la fama de alguna de sus obras (Ivanhoe, El rock de la cárcel) que su propio nombre.

No, El valle de la venganza desde luego no revolucionó en su día el género, ni hizo temblar la filmografía de John Ford, y su mayor activo está en su gran estrella, el enorme Burt Lancaster, pero es un correcto western, entretenido y de ritmo ágil, de mitad tabla por ponernos en términos futbolísticos, ideal para quienes se lo pasen pipa sólo con ver a rudos tipos a caballo (no gay pun intended) o comprendan las sensaciones y recuerdos de los que hablaba al principio. Para el resto hay desde luego otros títulos del género por los que empezar. Yo, personalmente, entre el efecto nostalgia y el gran Burt disfruté bastante. Y si alguien tiene algo en contra, nos vemos en el cerril.

4 comentarios:

Il Cavaliere dijo...

Jajajajajaja...como para decir algpo en contra jajajajajaja


Mira, hace un millón de años que la ví, casi ni la recordaba ya y debería volver a verla porque me has puesto los dientes muy largos


Que te digo yo que lo que se lee aqui no se lee en otros sitios...jajaja


Una abrazo
Congrats for the Post!!!

Madame de Chevreuse dijo...

Yo también sé que la he visto pero no recuerdo nada. Lo apunto porque el amigo Lancaster me enciende los sentidos.
Baci e abbracci

Alex Palahniuk dijo...

Qué grande era, es y será Burt Lancaster...

Möbius el Crononauta dijo...

IlCavaliere: ¡si usted lo dice! favor que me hace

Madame: como no podía ser de otra manera

Alex: grande entre los grandes