sábado, 25 de febrero de 2012

El Rey de la Piña echa una mano a Bobby Keys

No sé si alguna vez habrá llegado alguna lata de fruta o botella de zumo Dole a vuestra casa, por la mía estoy seguro que en alguna ocasión ha pasado alguna que otra y he tenido oportunidad de saborear la piña en almíbar que contiene un producto que jamás en la vida habría relacionado con los Rolling Stones. Pero esta vida está llena de extrañas conexiones y Kevin Bacon, y como habréis podido descubrir todos aquellos que hayáis leído la autobiografía de Keith, Vida, efectivamente hay una curiosa anécdota que relaciona al poderoso potentado de las piñas Dole con la banda rock por excelencia. Para quien aun no haya echado un vistazo al libro, paso a relatar sucintamente de qué va el asunto.

Durante la movida gira del 72 en los Estados Unidos la banda recaló, como solía suceder cada vez que visitaban el país, en Hawái, donde de algún modo Bobby Keys y Keith Richards conocieron a la hija del "señor Dole" y sus amigas. La bella hija del potentado de la piña no dudó en invitarles a su mansión para tomar unas copas y seguir la fiesta allí, oferta que obviamente los músicos aceptaron. Bobby y Miss Piña enseguida hicieron migas, y acabaron haciendo más que eso a lo largo de la noche. De hecho todos se lo pasaron tan bien que la noche se convirtió en día, y el mismísimo señor Dole se levantó para desayunar y cual fue su sorpresa cuando encontró a Bobby junto a su hija en clara actitud cariñosa tras una noche muy cariñosa. De hecho encontró a todo el grupo orgíastico en actitud de relax tras una larga noche. Sin embargo el señor Dole demostró ser un hombre moderno y agasajó a los invitados de su hija con más zumos de piña, desayuno, y una tarjeta con su número por si alguna vez necesitaban algo. Bien, por una vez el dúo de rocosos rockeros no tuvo que salir pitando por la puerta de atrás.

Todo indicaba que los destinos de la familia de la piña y los Stones no se volverían a cruzar, pero el destino quiso a los pocos meses, tras volver de una gira por Asia y Australia y recalar de nuevo en Hawái, en la aduana, mientras comprobaban los números de serie de los saxofones de Bobby, cayeran de los mismos varios porros y una jeringuilla que el saxofonista llevaba ocultos, convirtiendo el examen de unos simples instrumentos de viento a una escena en plan Smithers busca droga. Inmediatamente la policía cayó sobre Keith y Bobby, que viajaban prácticamente solos tras el final de gira, en el cual tanto la banda como sus ayudantes se habían desperdigado en mil direcciones. Un registro más pormenorizado dejó sorprendetemente limpio a Keith, pero pillaron a Bobby con todo el equipo. Lo suficiente para encerrarle diez años al menos, y al guitarrista le podía caer algo por ser cómplice. Difícilmente la policía hawaina podía contener su alegría. ¡Por fin un par de aquellos melenudos iban a pagar su descaro!

El procedimiento a seguir fue el habitual, encerraron a los dos músicos por separado y les interrogaron sobre los productos que salían de aquellos saxofones como caramelos de una máquina expendedora. Como al final a Keith no podían cargarle nada le dejaron ir, y en cuanto éste estuvo libre se fue al aeropuerto para ver si podía llegar a San Francisco y enviarle algún buen abogado a su saxofonista, a quien, presumía, no volvería a ver salvo tras unas rejas. Pero cual fue su sorpresa cuando al llegar se encontró con el bueno de Bobby, mondo y lirondo y feliz como una perdiz, calculando tal vez para distraerse cuántas botellas de Dom Pérignon harían falta para llenar una bañera. ¿Cómo había hecho el saxofonista para salir en libertad con todo lo que le habían encontrado? ¿Una lima en una barra de pan? ¿Había cavado un túnel con una cucharita? ¿Serendipia? ¿Fantasmogénesis?

No, la respuesta era mucho más sencilla. Encerrado a solas y sin ningún número de abogado o secretario de la oficina de la banda a quien llamar, tras rebuscar en su cartera resultaba que el único que tenía a mano era el de la tarjeta del señor Dole, el Rey de las Piñas de Hawái, con su número personal. Así que sin nada que perder, Bobby marcó el número, el señor Dole contestó, y tras serle relatada la apurada situación por la que estaba pasando, le dijo que vería lo que podía hacer. Tras lo que suponemos fueron unas cuantas llamadas del todopoderoso e influyente potentando de la piña, sonó el teléfono del pobre guardián de la ley que retenía al saxofonista, y, como recuerda Bobby, "sólo por el cambio en su postura puedes ver que pasa algo". Y sí, gracias a la intercesión del rey del zumo de piña, Bobby Keys obtuvo la libertad tras serle incautado todo un buen alijo encima con tan sólo una reprimenda.

Bobby, desempolvando su saxofón

Y no, éste no es el final feliz de la historia. Al menos, para Bobby y Keith, el verdadero final feliz fue descubrir en el avión que en la cartera del guitarrista habían pasado por alto dos cápsulas de heroína que ni el mismo Keith recordaba que estuvieran allí. Así evidentemente los dos se fueron a los servicios del avión a celebrar su buena suerte.

Así que ya sabéis, la próxima vez que comáis piña enlatada o bebáis zumos Dole, recordad hacedlo a la salud del travieso Bobby.

3 comentarios:

Aitor Fuckin' Perry dijo...

Por cosas así prefiero la piña al melocotón.

Rock and Love dijo...

Curioso!
Ahora tengo ganas de comer piña y de escuchar a los Rolling!
Saludos!

Möbius el Crononauta dijo...

Claro que sí chicos, la piña rockea