viernes, 30 de septiembre de 2011

Los locos del Cannonball (1981)

En 1979 se celebraba la última de las carreras ilegales Cannonball creada por Brock Yates, editor de la revista Car and Driver, para conmemorar las hazañas automovilísticas del legendario piloto Erwin "Cannon Ball" Baker. En esta última edición Yates había participado con su colega Hal Needham, especialista y director cinematográfico, quienes condujeron una ambulancia con su doctor y una paciente falsa para servir como tapadera. No era la primera vez que las carreras Cannonball inspiraban una película, pero esta vez fueron el propio Yates y Needham quienes se encargaron del proyecto.

Los locos del Cannonball parecía destinada para ser protagonizada por Steve McQueen (me temo que esto se dice de cualquier película con coches de los 70), pero la enfermedad y muerte del actor llevó al proyecto a convertirse en una comedia cuando fue Burt Reynolds el elegido para protagonizar la cinta, dandole un toque más parecido a Los caraduras, su exitosa cinta de pocos años antes. Y desde luego el público respondió al planteamiento.

Nos os voy a engañar, Los locos del Cannonball es una de las películas más chorras de todos los tiempos, en algunos aspectos no ha envejecido demasiado bien, y el guión es muy facilón, pero el reparto es potente y en definitiva se trata de un film muy entrañable. Aunque claro, Los locos del Cannonball fue una de las primeras películas de coches que vi, siendo un criajo, y no soy muy objetivo, pero quienes simplemente disfruten viendo al reparto estelar o se vean cualquier película con coches seguro que apreciarán esta cinta.

El planteamiento retomaba de nuevo la trama de las carreras ilegales, con un reparto coral que se ponía al mando de diferentes vehículos para cruzar el país de costa a costa y ganar la carrera, esquivando, como siempre, a la sempiterna policía del condado, la Guardia Civil yanqui por así decirlo. El eje central gira entorno a la rivalidad entre la ambulancia de J.J. McClure (macho Reynolds) y los conductores de un potente Ferrari. A Reynolds le acompaña el orondo Victor (el cómico Dom DeLuis), un tipo cuya personalidad se desdobla de vez en cuando para convertirse en el justiciero Capitán Chaos. Sí, es un poco alucinógeno, pero seguro que a William Faulkner no se le habría ocurrido. Para completar su tapadera McClure y Victor reclutan a un proctólogo borrachuzo y bastante tétrico (un estupendo Jack Elam), y a una fotógrafo algo naïve y amante de la naturaleza (la mítica Farrah Fawcett). El Ferrari es conducido por dos pillos vestidos de curas, muy bien elegidos por cierto, nada más y nada menos que Sammy Davis Jr. y un Dean Martin de vuelta de todo y que ya afrontaba su declive físico, pero que seguía teniendo su estilo inconfundible, aunque seguramente no podía importarle menos todo el asunto. De hecho en algunas escenas parece que se hubiera pimplado unos whiskys en su caravana antes de salir a rodar.

Otro de los participantes es Roger Moore, que interpreta a un hijo de millonarios que curiosamente se parece a Roger, y que al parecer se cree Roger Moore, y conduce, por supuesto un Aston Martin lleno de curiosos gadgets. Evidentemente era un personaje autoparódico que el Moore actor interpretó con su aristocrático estilo habitual. Otro coche con gadgets y regido por un ordenador es propiedad de un piloto japonés y su mecánico. El piloto no es otro que Jackie Chan, en uno de sus primeros trabajos en Hollywood, cosa que no es de extrañar ya que el ínclito Raymond Chow era el productor del film. Al parecer el bueno de Jackie no sabía que estaba haciendo de japonés (de hecho con su conductor habla en chino, hongkonés, mandarín, o lo que sea, pero ciertamente no parece japonés), y cuando se enteró tras el rodaje el asunto no le hizo demasiada gracia.

Entre los papeles menores están el del ex-jugador de la NFL Terry Bradshaw y el cantante country Mel Tillis, que hacen de dos rednecks cerveceros hilarantes a los que habría estado bien dar más cancha. Uno de los coches más potentes de la carrera, un Lamborghini, es conducido por un par de chicas embutidas en Spandex cuya principal táctica es librarse de las multas y los policías usando su sex appeal. Así que ahí tenemos a la pistonuda Adrianne Barbeau atontando al brazo de la ley a golpe de escote, y resulta, claro, porque, ¡vaya escote! No, no creo que Chejov hubiera hecho uno de sus dramas con semejante giro argumental, pero me temo que en el guión de Los locos del Cannonball no había mucho espacio para las subtramas intelectuales. Además de otros secundarios y rostros conocidos, estará bien citar los breves cameos de Bianca Jagger, los mismos Yates y Needham, y, claro que sí, ¡Peter Fonda! Nuestro amigo Peter no podía faltar en uno de los últimos títulos importantes de los carsploitation setenteros, aunque su estrella ya no relucía tanto, y en este film se limita a retomar sus papeles de motero de los tiempos de Roger Corman y la mítica Easy Rider.

Así que en realidad Los locos del Cannonball se reduce a la velocidad, los coches, comedia fácil, y el lustre que dan las estrellas a la película, con Moore riéndose de sí mismo, Jackie Chan con su tecnología y por supuesto una pequeña pelea para hacer gala de sus dotes, la Fawcett marcando más largas que cualquiera de los coches del film, y Burt Reynolds y Dean Martin enfrascándose en una breve pelea dialéctica en la que es una de las escenas más tontas y también una de las más entrañables de la película, secundados por sus compinches, lanzándose frases "él lo puede decir" y "él lo puede hacer", su particular juego de la cuchara-cuchillo. Supongo que no estaréis entendiendo nada, pero bueno yo sé lo que me digo, y esto se remonta a muchos años atrás en el tiempo. Y, bueno, para salir de este jardín, echaré mano de una maniobra evasiva a lo almirante Ackbar.

La próxima vez lo intento con Dean Martin, chicas.

No, creo que Los locos del Cannonball nunca ocupará un lugar en la historia del cine junto a Casablanca, pero se capta de distinta manera un sábado por la noche con amigotes y cervezas, o al domingo siguiente, pasando la resaca con el encefalograma plano. Todo tiene su momento y su lugar. Los locos del Cannonball, un film modesto y entrañable que a pesar de su éxito comercial significó el fin de una era para los coches en las películas de Hollywood.

martes, 27 de septiembre de 2011

Granujas a todo ritmo (1980)

- Illinois nazis.
- I hate Illinois nazis. Jake y Elwood, hermanándose con Indiana Jones.

Detrás del desnaturalizado y horrible título de Granujas a todo ritmo se encuentra el salto a la gran pantalla de los Blues Brothers, el combo de outlaws del rhythm and blues creado por Dan Aykroyd y John Belushi en los días del Saturday Night Live; dice la leyenda que surgió como un divertimento privado del dúo para relajarse y entretener al público en los cortes publicitarios, para luego convertirse en un exitoso sketch musical del programa. Finalmente llevaron sus alter ego de Jake y Elwood a la carretera, y a los estudios de grabación. Así que la película no podía hacerse esperar.

Buena música, coches, humor, caos y destrucción. ¿Se le puede pedir más a una película? Supongo que sólo ponerse exigente y solicitar a algunos de los mejores músicos del ramo. Y ahí esta la fabulosa Blues Brothers Band: Steve Cropper, Donald "Duck" Dunn, Matt "Guitar" Murphy, Willie Hall... como dicen los yanquis: you can't do better than that! Con todos estos ingredientes y el locuelo de John Landis tras las cámaras el negociete no podía fallar.

¿La trama? Bien, con Jake recién salido de la cárcel, él y su hermano Elwood hacen una visita a la monja que les educó en el hospicio donde se criaron, y donde se enteran de que debido a no poder afrontar unos impuestos la casa para huérfanos va a cerrarse. Tras ver la luz viendo a un predicador que se parece mucho a James Brown (¡ciertamente no se le podía dar mejor papel!), Jake y Elwood deciden reclutar a su antigua banda para dar conciertos y reunir el dinero necesario para que no cierren el hospicio: cinco mil dólares. Por supuesto, en su camino para conseguirlo, el dúo soliviantará a autoridades, rednecks y nazis de Illinois, desatando el infierno a su paso.

Granujas a todo ritmo es un film potente, que no da un respiro (ya sabéis, cuando no hay música, hay comedia, y cuando no, hay locas persecuciones) al espectador, y que además está protagonizado por dos grandes de la comedia norteamericana de la época en su mejor momento: el largamante añorado por muchos John Belushi y Dan Aykroyd, otro gran tipo que junto a John conformaba una gran pareja de humoristas. Ellos dos solos podrían llenar toda una película, pero además tenemos muchos rostros conocidos ejerciendo de secundarios o haciendo cameos. Por ejemplo, Carrie Fisher (ella fue una de las estrellas invitadas para presentar el programa en una de las primeras actuaciones de la banda), con su divertido papel de la novia psicópata de Jake. O el mítico Frank Oz, que aparece al principio del film, con su inconfundible voz de Rana Gustavo (en la versión original, claro). También se dejan ver John Candy, Twiggy, Steven Spielberg (cuando todavía se llevaba bien con Landis), hasta un fugaz Joe Walsh, más varios secundarios de rostro familiar.

Y qué decir de las actuaciones musicales. Aparte del gran sermón musical del excelentísimo GFOS, ahí está Aretha Franklin y su potentísima discusión con su marido ficticio Matt Murphy en forma de "Freedom", John Lee Hooker y su "Boom Boom" seguida de una hilarante discusión con su banda sobre quién la compuso, Ray Charles imponiendo su ley en su tienda de instrumentos y haciendo bailar a la calle con "Shake Your Tailfeather", Cab Calloway calmando a las fieras con su gran clásico "Minnie the Moocher"... grandes escenas todas. Más las actuaciones de los Blues Brothers, claro está, repartiendo soul y R&B, o repitiendo la sintonía de Rawhide para salir vivos de un antro de vaqueros cerveceros amantes del country. Huelga decir lo obvio, pero lo diré: Granujas a todo ritmo tiene una de las bandas sonoras más potentes de la historia.

A todo el paquete John Landis añadió varias secuencias locas de persecuciones automovilísticas en la más pura tradición del carsploitation 70s, usando puentes levadizos, carreteras y autopistas, centros comerciales, y hasta unas oficinas en un centro administrativo; para obtener el permiso para rodar allí se rumorea que Landis recurrió a la Mafia. ¡Hasta decidieron soltar un coche desde el cielo! Desde luego Granujas a todo ritmo batió récords en cuanto a niveles de destrucción cinematográficos se refiere. El número de coches aplastados es digno de alguna peli de Rambo si cambiamos vietnamitas o rusos por coches de policía.

En fin, Granujas a todo ritmo, entretenimiento, música y destrucción sin límite. Si no la habéis visto, solucionad eso pronto. Se trata de una misión de Dios.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Música rocanrol

Ya la reseñé hace bastante tiempo, pero nunca está de más recordaros que si no habéis visto el documental-concierto de homenaje a Chuck Berry Hail! Hail! Rock 'n' Roll, no lo dejéis escapar, contiene joyitas como este "Rock 'n' Roll Music" que se marcan Chuck y Etta James, y Keith Richards dirigiéndolo todo desde atrás. Y, por supuesto, la famosa escena con Chuck poniéndole las cosas difíciles a Keith en los ensayos. Mítico. Además, alguien ha subido a Youtube toda la película, así que no hay excusa.

domingo, 25 de septiembre de 2011

The Driver (1978)

The Driver es un curioso thriller setentero de esos que en su día pasaron por cartelera y luego desaparecieron y el tiempo ha revalorizado y convertido en un pequeño film de culto, de nuevo con Quentin Tarantino como gran culpable metiendo en sus películas guiños de referencia y hablando en entrevistas de lo molona que le parece esta cinta. The Driver era una de esas historias pensadas para Steve McQueen que finalmente quedaron aparcadas por la gran estrella, con lo que Walter Hill (director y guionista) tiró por su propio camino profundizando en su adusta narrativa y su gusto por la espectacularidad en las escenas de acción.

La película gira entorno a un hombre sin nombre (en realidad ningún personaje del film lo tiene), 'el conductor', un experto piloto que trabaja por libre para atracadores y ladrones que necesitan de un experto al volante que les libre de la policía y les saque sanos y salvos del atolladero. 'El conductor' es un tipo parco en palabras, que rehuye los lujos, y muy selectivo a la hora de escoger con quién trabaja. Sus únicos lazos con el mundo exterior son una mujer que le pone en contacto con los criminales y una nueva chica que será la encargada de proporcionarle coartadas o testificar a su favor. Al otro lado está 'el detective', un policía obsesionado por atraparle, cueste lo que cueste. Para ello no dudará en empujar los límites de la ley organizando un atraco a un banco como cebo para que 'el conductor' caiga por fin en su trampa.

The Driver es un título en los márgenes del carsploitation, ya que los vehículos no son el eje principal de la trama, aunque obviamente juegan un papel esencial, pero la película básicamente se trata del viejo juego del gato y el ratón que mezcla escenas de suspense y sobriedad intimista de film noir con típicas escenas de acción setenteras, entre las que destaca la gran escena de coches del film, una espectacular persecución urbana muy bien realizada que podría optar fácilmente al Top Ten de las persecuciones automovilísticas en el cine.

El film está protagonizado por Ryan O'Neal, a quien sabiamente le dan poco diálogo, encarnando a 'el conductor' como si de un Diógenes del crimen se tratara, en un papel inspirado, dicen, por el Alain Delon de Le samouraï. No es el único toque francés de la película, ya que la chica encargada de servir como tapadera ante la policía es una joven Isabelle Adjani. 'El detective' encargado de atrapar al esquivo conductor es el carismático Bruce Dern, un rostro familiar de la década.

The Driver es una película interesante, que quizás habría mejorado con un ritmo más ligero, pero tiene sus puntos fuertes, aunque también sus contrapartidas. El punto de partida de la trama es interesante, pero no parece que acabe de explotar del todo, se le podría haber sacado más jugo; O'Neal no es un actor para tirar cohetes pero cuando tiene poco que hacer da el pego, pero Dern seguramente habría merecido un mejor contrincante. De todas formas no es una mala historia, hay una gran persecución, y una deliciosa secuencia hitchockiana en un tren con maletines de por medio. En resumen, The Driver no es el film definitivo, pero es una película que a pesar de sus altibajos merece la pena.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Sobre ti

Si no puedo ponerme sobre ti, ¿por qué tú sobre mí? No se suele ver a muchos cantantes cigarrillo en mano en pleno concierto.


jueves, 22 de septiembre de 2011

Cannonball (1976)

No deja de ser curioso que mientras las películas de coches aumentaban su demanda entre el público yanqui, la era dorada de los coches de alto rendimiento y los grandes turismos estuviera tocando a su fin. Los coches potentes cada vez lo tenían más difícil. En los Estados Unidos la legislación comenzaba a preocuparse por la contaminación y la seguridad, lo que condujo a gasolina de menos octanos, nuevos diseños de limitada potencia, recargos por parte de las aseguradoras, y el golpe más duro de encajar, la crisis del petróleo de 1973 que dejó secos a los conductores americanos, que tradicionalmente nunca se habían preocupado por el consumo de sus vehículos. Para lidiar con la crisis y las interminables colas en las gasolineras, y tratar de reducir el consumo de gasolina, el gobierno se decidió a tomar varias a medidas, entre ellas las de un nuevo e impopular límite de velocidad. Entre las protestas contra las nuevas medidas surgió una especie de carrera ilegal (quizás el término sería un viaje interestatal de protesta, ya que la competición no era el objetivo fundamental) conmemorando una hazaña del mítico piloto Erwin "Cannon Ball" Baker quien en 1933 había establecido un nuevo récord al cruzar el país conduciendo desde Nueva York a Los Ángeles. El curioso evento no tardó en inspirar un par de películas, estrenadas en el mismo año, de las que Cannonball sea probablemente la más famosa.

Aunque el concepto no era totalmente novedoso, Cannonball (junto con Locos al volante) fue la que marcó el modelo a seguir: una alocada carrera de vehículos, con varios deportivos, y un grupo de conductores de diversas clases que iban a representar diversos arquetipos (el héroe, el villano, el grupo de chicas sexys, los secundarios graciosos, etcétera), que cruzan el país a toda velocidad de costa a costa en una carrera ilegal que la policía tratará de impedir a toda costa. En resumen, otra oportunidad para disfrutar con los deliciosos diseños de los coches de la época, escenas de persecución, choques a mansalva, dosis de humor y un toque femenino sexy.

Cannonball fue dirigida por Paul Bartel, uno de esos nombres que suelen sobresalir en el cine de culto de serie B, y que tras trabajar con los hermanos Corman (había debutado como director en un largo para el hermano de Roger) había dado que hablar con La carrera de la muerte del año 2000, una de esas películas que como los buenos vinos mejoran con el tiempo, o al menos crece su culto. Tras la buena acogida Bartel repitió con otra historia de coches, protagonizada de nuevo por David Carradine, el gran cebo del film, y es que para entonces ya era una estrella gracias a la serie Kung Fu. En esta ocasión, alejándose de las carreras mortales futuristas, Carradine interpretaba a 'Cannonball' Buckman, un ex-piloto en libertad condicional que tratará de ganar la gran carrera ilegal para conseguir un trabajo en una compañía automovilística. Pero el duro y despiadado Cade Redman (interpretado por el estupendo secundario Bill McKinney) no le pondrá las cosas fáciles.

Dentro de las muchas caras conocidas o que suenan y aparecen en la película podríamos citar a la sexy Veronica Hamel (casi más conocida por haber rechazado un papel para Los ángeles de Charlie y por una curiosa historia con la casa de Marilyn Monroe y un sistema de escucha), Robert Carradine (hermanastro de David), el inefable Dick Miller, la bombástica Louisa Moritz o la sexy y dura Mary Woronov, habitual en la filmografía de Bartel. Hay que fijarse además en unos curiosos cameos de Martin Scorsese, Roger Corman y Sylvester Stallone.

Cannonball está bastante lejos de ser el film definitivo, pero aparte de la velocidad y los coches siempre está bien disfrutar con el carisma de jipi oscuro de Carradine o la buena labor de McKinney, además del gran choque múltiple del que se enorgullecía la publicidad. Quizás no sea muy veraz, pero no se le puede negar la espectacularidad. En resumen, Cannonball es un buen vehículo para pasar hora y media con la mente funcionando a pocas revoluciones, un correcto film de culto del que después bebieron otras cintas. Pero quien busque algo más que todo esto corre el peligro de no encontrarlo.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

martes, 20 de septiembre de 2011

Eat My Dust (1976)

Roger Corman y Charles B. Griffith, tanto monta, monta tanto. Griffith, quien colaboró a menudo con el amigo Roger, fue de esos que hizo de todo, como solía ocurrir con el equipo que rodeaba a la peculiar industria barata de Corman; escribía, actuaba (a menudo haciendo varios papeles en un mismo film), daba voz a la planta de la mítica La pequeña tienda de las horrores, y se ponía tras la cámara cuando hacía falta. En su haber contaba con un film olvidado, y dirección sin acreditar en el citado clásico de Corman, amén de varios guiones y colaboraciones, cuando en 1976 Roger le dio la oportunidad de rodar un film a lo grande (todo lo grande que pueda presupuestar el genio de la Serie B, claro) aprovechando la moda de los coches rápidos y los jóvenes conductores rebeldes.

Eat My Dust, escrita y dirigida por Griffith, nació como un film con pocas pretensiones, lo habitual cuando Corman produce: gastar poco, hacer que todo luzca más de lo que en realidad parece, y obtener el máximo de beneficios posibles, normalmente apuntándose a la moda del momento. Y entre los jóvenes patilleros de los 70 pocas cosas habían más populares que los coches, el rock, y por tanto, el carsploitation. Así que sumando dos más dos acabó naciendo Eat My Dust, la incursión de Corman en las pelis de coches.

Me pregunto si en el equivalente actual una película como Eat My Dust sería dirigida por Michael Bay, o por quien quiera que dirigiera The Fast and the Furious, y es que el objetivo claro de la cinta eran los adolescentes con granos que escuchaban a Led Zeppelin y Aerosmith y soñaban con llevarse a la rubia a la parte de atrás de su GTO. Vamos, que no estamos hablando de arte y ensayo precisamente.

El argumento no podía ser más simple y adolescente: Hoover, el hijo de un estricto sheriff a quien se le da bien el volante pero su padre no le deja tener coche, sueña con ligarse a Darlene, la despampanante rubia del pueblo. Pero como Hoover no es capitán de fútbol ni mide dos metros, ni tiene un Camaro, poco tiene que hacer. Así que aprovechando que se están celebrando carreras en la vecindad, y el campeón se ha dejado las llaves puestas en su elegante Camaro naranja, Hoover decide robar el coche y llevarse a Darlene de paseo, paseo que se convierte, claro está, en toda una persecución policial.

El film no tiene mucho más, simplemente se trata de disfrutar con las nubes de polvo, los coches de policía chocando, y el flamante Camaro naranja con la bola 8 pintada, y unos gags humorísticos espatarrantes y facilones diseñados para la época que no son precisamente gags de Monty Python pero no dejan de ser entrañables.

Eat My Dust fue protagonizada por Ron Howard, antiguo niño prodigio y pecoso favorito de América, y su papel del alocado Hoover le sirvió como una buena oportunidad para desmarcarse en cierta medida de los papeles ñoños de chico bueno de series como The Andy Griffith Show o Happy Days. Seguro que más de un padre se llevó un disgusto viendo a Ron enrollándose con una rubia, o aún peor, ¡la rubia metiéndose en la ducha con Howard dentro! ¿Opie Taylor con apetencias sexuales? Como dijo el ínclito Matías Prats, ¿pero esto qué es? Pues sí, en realidad era todo de lo más inocente, Hoover no es precisamente Leatherface, pero ya era un cambio. Aunque en un principio Howard rechazó el papel, aceptó con la condición de que si la película tenía éxito, Corman le dejaría dirigir su propia película de coches, que era lo que realmente quería, olvidarse de la interpretación y ser director. Y bien, la película funcionó lo bastante bien en los drive-in y demás sesiones para adolescentes como para que Roger le financiara Loca escapada a Las Vegas, el punto de partida de Ron Howard el director. Es increíble, pero hay toda una generación de actores, directores y guionistas que le deben mucho al bueno de Corman.

Bien, así que ahí va mi consejo, si no tenéis un Camaro o coche similar que llevaros a un cine al aire libre donde echen Eat My Dust: vosotros dejaros crecer las patillas, vosotras peinaros a lo Farrah Fawcett, poneros un disco de Grand Funk Railroad, y llevaros unas bandejas al sillo con hamburguesas, patatas fritas y cola, y disponeos a disfrutar de una gran experiencia adolescente puramente 70s de la mano de Eat My Dust. Y al finalizar la peli ya sabéis lo que toca: ¡la colina del amor! Y si sois solteros, bueno, entonces se imponen los amigotes y las cervezas. Vaya, la verdad es que hay cosas que nunca cambian.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Después de medianoche

¿Cual sería la última gran canción de Eric Clapton para vosotros? Suponiendo que en algun momento os haya dejado de gustar lo que hace, claro. Creo que lo último que le escuché que me gustó fue aquel "Riding with the King" junto a B.B. King, aunque era una circunstancia especial... claro que comparado con otras épocas se queda en poca cosa. Pero eso pasa con casi todos.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Carrera con el diablo (1975)

Ningún plan sobrevive a la batalla, y ninguna escapada vacacional calculada al milímetro saldrá como uno se lo espera. Atascos, líneas de playa a varios kilómetros de la costa, campings mugrientos y mucha salmonela. Desde luego en el periodo estival hispano el terror suele tomar forma de chiringuito con sus sangrías de extraños cuerpos flotantes y mahonesas de curiosos colores, o al menos solían serlo antes de que todo fuera sintético. En Hollywood, donde ningún espectador se tragaría que los turistas de aquí pudieran sobrevivir a los chiringuitos setenteros y ochenteros, necesitan algo más realista. Por ejemplo, una secta satánica.

Carrera con el diablo se trata básicamente de una película de presupuesto ajustado pero con rostros estelares que grandes estudios como la Twentieth Century Fox podían distribuir fácilmente de cara al consumo veraniego de los patilludos adolescentes que querían emociones fuertes justo al mismo tiempo en que cierto tiburón asolaba las pantallas de los cines de América. La pequeña Saber Productions no pudo competir con eso y desaparecería del mapa, a pesar de haber regalado al mundo algo tan desquiciado como The Thing with Two Heads. Sin duda alguna mano negra conspiró para que hoy en día Saber Productions no esté a la altura de la Universal, pero por desgracia en aquella época Woodward y Berstein estaban demasiado ocupados para investigar el caso.

Carrera con el diablo es un buen ejemplo de peli de coches enmarcada en un género mayor, en este caso el de terror, más concretamente ese tipo de terror psicológico setentero que hacía unos años había puesto de moda Roman Polanski con su particular "mira quien es el Anticristo". La trama es simple, como suele pasar en estos casos: dos parejas de enamorados, es decir, un ex-piloto y su novia y un piloto más joven y su novia, tras mucho trabajar en sus coches y sus diseños, deciden tomarse un respiro, coger su lujosa autocaravana y marcharse a Aspen a esquiar un poco. Por el camino las chicas harán barbacoas mientras los chicos se marcan unas carreras de motos. Vive la différence!

Cierta noche, después de cenar, mientras las chicas friegan los platos, o se van a dormir, o cualquier cosa que las mantenga dentro de la caravana, los hombres salen fuera con su mesita y sus sillas a beberse unos güiscachos y fumarse unos puros. En esto la noche se ilumina con un fuego, allá a la otra parte de río, y curiosones ellos, cogen sus prismáticos para ver de qué se trata todo aquello. La cosa se pone interesante cuando aparecen chicas desnudas danzando y tipos con extraños atavíos en lo que parece una lasciva juerga de alguna comuna jipi post-Altamont. Pero lo que parecía una bacanal se transforma en un ritual satánico con sacrificio incluido, y lo que es peor, los satanistas les pillan espiando, cosa que obviamente no les gusta nada. Evidentemente los domingueros no se deciden a quedarse para hablar las cosas, y salen por patas en su autocaravana con los amigos de Belcebú pisándoles los talones. ¡Comienza la persecución!

A diferencia de otros títulos de carsploitation de la época, Carrera con el diablo no basa la mayoría de su metraje en las persecuciones, sino que también dedica tiempo al acoso que sufren las parejas a su paso por un condado perdido en el Cinturón Bíblico donde parece reinar una extraña conspiración de silencio y donde las Biblias deben ser las firmadas por Anton LaVey. Es en estas escenas donde planea la sombra del clásico de Polanski, aunque en vez de fina gente de la alta sociedad tenemos un desfile de los rednecks más extraños e inquietantes del lugar. Será en el tramo final donde los coches cobren protagonismo en una curiosa persecución protagonizada no por ningún deportivo ni GTO, sino por una gran autocaravana.

Uno de los grandes alicientes del film es el dúo protagonista, formado por Peter Fonda, que siempre se metía en estos fregados, y el nunca suficientemente ponderado Warren Oates, un genial y habitual secundario que no siempre tenía papeles protagónicos, pero que tampoco los necesitaba, era de ésos que fácilmente le quitaban la gloria al guapo de turno. También actúa Loretta Swit, conocida por la saga M.A.S.H. y su papel de "Morritos Calientes". Por otro lado, el guión no es para tirar bombas, pero el director, Jack Starrett (¡hey! que este hombre dirigió Cleopatra Jones) no hace mal trabajo con lo poco que tiene. En su parte central, con los intentos de emular los ambientes desasosegadores y oscuridades psicológicas de mejores trabajos con mejores directores y mejores guiones la película decae un poco, aunque por lo general el ritmo está conseguido y cuando menos te lo esperas Starrett te sorprende con algún plano muy conseguido o escenas visualmente poderosas o interesantes, como la hoguera en mitad de la noche, la delirante secuencia en la piscina con extraños rednecks y una inquietante tercera edad, y unas buenas persecuciones automovilísticas, sin olvidar unos magníficos y oscuros títulos de crédito dignos de un videoclip de Black Sabbath. Y del final nada puedo contar, pero tiene mandanga.

Decididamente Carrera con el diablo no es el Diablo sobre ruedas (¡ajá! ¡seguro que no se esperaban esta comparación!), pero es un buen film de serie B, con sus aciertos y sus errores, que seguro que perdería puntos de no estar Warren Oates de por medio, pero por suerte está, y creo que en la balanza las partes buenas superan a las malas. Merece una oportunidad.

Además, seguro que en nuestros queridos chiringuitos patrios os habéis metido cosas peores.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Joan Collins, sophisticated bitch

Para el público lo bastante viejuno Joan Collins siempre será recordada como Alexis Carrington, la gran pécora de la televisión de los 80 que siempre la acaba montando gorda en la exitosa serie culebrera Dinastía. Era, además de ser un punto de referencia para millones de marujas anglosajonas, una estrella de la vieja escuela que cada vez que visitaba los platós de este país aportaba parte de ese glamour perdido de las estrellas de antaño.

La carrera hacia el estrellato de Joan Collins comenzó a mediados de los 50 cuando tras hacerse un nombre en su Gran Bretaña natal llegó a Hollywood siguiendo los pasos de otras británicas como Deborah Kerr para convertirse en la respuesta de la Fox al flamante estrelalto de Elizabeth Taylor en la Metro. Pero la pobre Joan siempre tuvo que vivir a la sombra de la Taylor, cogiendo lo que Liz no quería. Cuando Joan se presentó a los castings de Cleopatra, perdió de nuevo ante su gran rival. Al menos la Collins tenía en el recuerdo su esplendoroso debut hollywoodiense, la suntuosa Tierra de faraones de Howard Hawks.

Con el declive de los estudios comenzó el lento declive de la carrera de Joan, que de todas formas no había explotado de la forma en que se había esperado de ella, y es que, aunque no exenta de belleza y glamour, su talento como actriz decididamente no estaba a la altura de las Taylors y Kerrs de este mundo, aunque tenía ese punto de gran profesionalidad teatral de la escuela británica, algo que de todas formas no era bastante como para aguantarle el pulso a sus otras grandes rivales británicas en Hollywood. Como otras estrellas perdidas en un Hollywood cambiante, durante los 60 Joan comenzó a combinar televisión y cine, para en la siguiente década acabar pasando más tiempo en los platós de la tele que en los del cine. A finales de los 70, convertida en una de las Milf hollywoodiense por excelencia, la Collins se decidió a explotar ese aspecto para remontar su carrera participando en films eróticos con títulos tan bizarros como The Stud y The Bitch (aquí lo suavizaron con un correcto El placer), adaptaciones de dos de los bestsellers escritos por su hermana Jackie, novelas que me da en la nariz no deben tener mucho en común con la obra de John Steinbeck.

Fue en 1981 cuando a Joan, con casi cincuenta años, le llegó el papel de su vida, el de la malvada y sofisticada Alexis, que dio vidilla a la serie Dinastía hasta que le llegó su final en 1989. Desde entonces Joan ha compaginado la escritura de libros y la promoción de dietas, trucos para la eterna juventud y demás (la Collins es de esas actrices que siempre se han resistido a envejecer, cueste lo que cueste) con apariciones esporádicas en series de televisión y papeles de guest star en el cine.

Aunque en el cine su legado se suela reducir a la mención de la ya citada Tierra de faraones, Joan Collins dejó huella en la historia de la televisión gracias a su pérfida Alexis, pero por regla general ha sido de esas estrellas de las que se ha hablado más por su vida privada que por su, por otra parte, bastante regulera carrera cinematográfica. Y es que tras su llegada a Hollywood y el divorcio de su primer marido la Collins se convirtió en la versión femenina de Warren Beatty, con una lista de amantes tan larga como la del gigoló masculino. De hecho a comienzos de su carrera el propio Beatty estuvo saliendo con Joan, protagonizando muchas anécdotas y dando mucho que hablar. Me pregunto como aguantarían en pie las camas que usaran esta pareja, debían ser reforzadas. Además, en cuanto empezó a apuntarse sus años, Joan Collins fue de esas que no tenía inconveniente en hacer lo que hacían siempre los hombres, y era salir con yogurines a la vista de todos. Sus correrías y juergas le valieron el apodo de "The British Open", pero al menos abrió camino a su manera y seguro que Demi Moore le debe mucho a la Collins al respecto. En fin, podría hablarse mucho de las locas anécdotas que ha dejado tras de sí la Joan; una de las más bizarras relata cómo su primer marido, el actor británico Maxwell Reed, trató de venderla a un jeque árabe por 10.000 dólares. No sé si la actriz lo ha confirmado o no, pero desde luego era una buena razón para el divorcio.

En fin, os dejo con unas fotillos de Joan, la gran arpía de los 80.





Se ruega no hacer chistes sobre esta última foto.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Enganchado a la música

No sabía que Nicko McBrain hubiera tocado con Pat Travers. ¡De lo que se entera uno! Será por estar todo el día enganchado, ahí, dándole...

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Gone in 60 Seconds (1974)

Gone in 60 Seconds, como rezan los créditos finales, era el sueño de un hombre, H.B. Halicki, un loco de los coches que en vez de coleccionar sellos coleccionaba automóviles, los conducía, los desguazaba, los reparaba, los chocaba, y en resumen, los amaba por encima de todas las cosas. Tras introducirse en el negocio del cine a principios de los 70, reunió todo el dinero que pudo, escribió un guión con el diálogo básico e imprescindible, contrató a actores, familiares y amigos, y se dispuso a rodar uno de las películas de coches más excitantes de todos los tiempos.

Es curioso que con apenas unas páginas de guión Gone in 60 Secondsmenos impresión de que la historia es una mera excusa para las escenas de coches que otros films del estilo, pero la cinta de Halicki se toma su tiempo para la "gran persecución", aunque no por ello deja de adelantarnos alguna secuencia de acción, como una curiosa y diría que inédita persecución entre el coche de un guardia jurado y una grúa con un coche en el remolque. La primera parte de la película nos presenta al personaje principal, Maindrian Pace (el propio Halicki). Con un trabajo diurno de investigador para una compañía de seguros como tapadera, en su tiempo libre Pace es el hombre fuerte de una organización que roba coches a petición de anónimos y ricos compradores. En esta primera etapa del film vemos a la apacible vida de Pace y sus chicos, auténticos profesionales del robo que lo tienen todo bien organizado para evitar cualquier riesgo, y cuando el destino les pone en aprietos, saben salir del asunto sin un rasguño. Con su aportación de connoisseur, la verdad es que esta parte de la película parece un manual para quien quiera montarse una agencia de robos de coches. Bueno, no tengo ni idea de mecánica, pero al menos el estilo de herramientas que usan y la forma en que roban los autos (ya sabéis, evitan el típico "puente" rápido hollywoodiense de los cables) dan la sensación no sólo de profesionalidad sino también de veracidad.

Tras habernos mostrado a Pace y sus chicos robando automóviles de forma limpia y segura, y solventando cualquier problema que les salga por el camino, vemos que no todo es paz y amor en la brigada de ladrones. La compañía que sirve de tapadera, la organización misma, fue heredada por tres hijos del fundador, uno de los cuales es el típico idiota hijo de un empresario de éxito. Pace no tiene mucha paciencia con el malcriado y sus choques son frecuentes. Algo que no es bueno para los negocios, especialmente cuando llega el encargo de robar 48 coches de diversos modelos para ser entregados en cinco días.

La verdad es que Gone in 60 Seconds podría haber sido un buen film sobre ladrones de coches, los diferentes robos de los automóviles están rodados con estilo y ofrecen métodos imaginativos, pero si por algo es famosa la película es por su espectacular persecución que ocupa prácticamente toda la segunda mitad del film. Si Halicki quería ofrecer la persecución de coches más larga y recordada de la historia, probablemente lo consiguió, logrando un puesto en el podio de las cazas de coches junto a Bullitt y alguna otra más.
Halicki se dejó el pejello rodando lo que tenía en mente, una persecución que dejara pequeñas a todas las otras secuencias de coches que se hubieran visto en la pantalla. Y lo del pellejo no es gratuito, el propio Halicki condujo a Eleanor (un bonito Ford Mustang del 73, que merecía su crédito y el director y productor se lo dio) en varias secuencias clave, en una de las cuales el coche derrapó más de la cuenta y se estrelló contra un poste de telégrafos que casi se le lleva por delante. En una espectacular escena en que Eleanor salta por encima de un coche derribado, Halicki se dañó varias vertebras cuando el coche impactó en el asfalto, pero ciertamente esas vértebras valieron la pena, la toma es increíble.

Como producción independiente de presupuesto ajustado que casi vivía al día y gran parte del diálogo se improvisaba sobre la marcha ya que no existía, Halicki aprovechó todo lo que pudo ahorrale dinero o darle consistencia al film. Por suerte, para empezar pudo ahorrarse bastante dinero en coches ya que la mayor parte de los vehículos que aparecen en la cinta pertenecían a su vasta colección de bugas. En otra ocasión, cuando se enteró de que un tren había descarriado en un área cercana, Halicki se llevó allí las cámaras para rodar de forma improvisada una escena y aprovechar el acontecimiento. También acabó incluyendo varios de los accidentes no previstos en las tomas finales, dada su espectacularidad y realismo, como por ejemplo el coche contra el poste que dejó a Halicki postrado varios días y que interrumpió la producción momentáneamente. Por desgracia esos imprevistos no siempre le ahorraron dinero, y cuando en una secuencia que ocurre en un concesionario unos coches expuestos que teóricamente no debían ser dañados sufrieron golpes y choques, Halicki se vio obligado a comprarlos.

Para ahorrar dinero Halicki también había decidido usar pocos extras, y aprovechar tomas de ciudadanos que pasaban por allí y que no sabían que se estaba rodando un film, lo que dio pie a momentos curiosos. Imaginad, hubo gente que realmente creía que había una persecución policial en marcha. En cierta escena un tipo es detenido y esposado en una gasolinera, donde habían parado un grupo de motoristas que lo hicieron pasar mal a los actores que hacían de policía.

Por cierto, aparte de la espectacularidad de las escenas de persecución, Halicki tuvo el detalle de ofrecernos las consecuencias de la misma. Ya sabéis, en las persecuciones cinematografías, especialmente las urbanas, tanto perseguidores como perseguidos siempre acaban chocando con otros coches, puestos de frutas, etcétera. Lo que hizo Halicki fue ir insertando planos y escenas con la policía llamando a bomberos y ambulancias, los paramédicos llegando, un reportero de radio entrevistando a testigos, etcétera, lo cual no deja de tener su gracia. Creo que lo más chocante son las inclusiones de unas pocas escenas con un grupo de negros fumetas que van dentro de un destartalado coche y parecen sacados de una peli de Cheech & Chong, y que casi parecen un intento forzado de introducir algo de humor para relajar la tensión de la überpersecución final.

Gone in 60 Seconds, un gran e imprescindible film de carsploitation que debería figurar junto a Bullitt en vuestra videoteca en el apartado de "Persecuciones más grandes que la vida y que me impiden coger el coche en las 24 o 48 horas siguientes".

martes, 13 de septiembre de 2011

Seis trotamundos (diciembre 1961 - enero 1963)

Suena como una compañía de jodidos acróbatas irlandeses. Ian 'Stu' Stewart sentenciando el bautizo de los Rolling Stones.

El hijo de Apolo caminaba envuelto en luz solar, decidido y orgulloso, sabedor de que su juventud le convertía en el Señor de la Tierra, el Amo de títeres, el Rey de los Ladrones. Se sabía observado por las jovencitas que le veían al pasar, y para las hijas de Venus tenía una tímida sonrisa que ocultaba el recuerdo de un accidente en un viejo coche. Ellas no habrían necesitado nada más. Se podrían haber perdido en sus ojos vivaces, y no les habría importado quemarse con su cabello de fuego. De alguna forma injusta, hasta el momento el mundo le había negado gran parte del botín que merecía. Pero el hijo pródigo había tenido sus momentos. Era del tipo pequeño y fornido con una gran mente. Buenas notas en lo que se le daba bien, la educación más exquisita que sus padres habían podido pagar. Buenos resultados sin demasiado esfuerzo. Predilección casi genética por el pelo largo. Rebeldía atroz en el instituto. Muchas ausencias. Cuatro paredes no bastarían para contener al hijo de Apolo. Una buena educación musical desde los seis años; dominaba el piano, el clarinete y el saxo. La guitarra no tardó en llegar. Con dieciocho años el príncipe mendigo ya había tenido tres bebés con tres chicas diferentes. La primera vez su relación con una colegiala de catorce años había acabado en un monumental escándalo en su Cheltenham natal, y desde entonces el sacerdote de Pan había ido y venido de la casa de sus avergonzados padres, recorriendo Escandinavia con su guitarra, durmiendo en apartamentos de amigos y perdiéndose en los tugurios de Londres. Su nombre era Brian Jones, y aquella noche caminaba por Cheltenham para asistir al concierto de la orquesta de Chris Barber. No estaba mal dejarse llevar por los viejos estándares de Duke Ellington y otros maestros del género, pero el verdadero aliciente de los conciertos de Barber eran sus estrellas invitadas, tipos negros que las habían visto de todos los colores y que empezaban a tener un reconocimiento que seguramente nunca habrían soñado. Aquellos tipos tocaban la música donde verdaderamente vivía el Diablo, el viejo blues del Mississippi y la tierra del algodón. Aquella noche el hijo de Apolo asistió al viejo ritual de la armónica de la mano de Sonny Boy Williamson, exhalando sucias y polvorientas letras a través de su pequeño instrumento de metal. Aquella noche Brian Jones se vio reflejado en aquella imponente figura, y le gustó lo que vio. Quien se hubiera querido fijar, en los siguientes meses habría podido ver una armónica en cualquier bolsillo de los avezados trajes, jeans y suéters que albergaban el sagrado cuerpo del hijo de Pan.

Diciembre de 1961. Cortando el frío a su paso, el hijo de Pan, acompañado por su amigo Dick Hattrell, y por su novia Pat, ya madre de su tercer hijo, callejea por Cheltenham para ver una vez más a la orquesta de Barber y su nueva atracción, un par de nuevas incorporaciones que en los descansos deleitaban a la audiencia más joven con furiosos repasos de los temas blues que iban llegando desde el otro lado del Atlántico. A la guitarra y voz, Alexis Korner, un explorador británico quien gustaba perderse en las negras selvas del blues. A la armónica Cyril Davies, otro apasionado de los sonidos negros que combinaba su pasión por la música con el negocio de la chatarra. Si en algún momento se había sentido solo, ahora todo parecía tener sentido para el joven Brian Jones. Ahí tenía a dos británicos, uno puro y otro de adopción, ejecutando la música que le volvía loco. Las puertas de Babilonia parecían abrirse al fin. Tras acabar la actuación, Jones se presentó ante Korner como otro joven músico que también quería explorar los oscuros senderos del blues. Imposible negarse a un entusiasmo de tal magnitud. El paciente Alexis le citó en un pub cercano a donde acudirían todos tras terminar con los estándares de jazz. En un instante Jones se había acercado a su casa y había trocado novia por guitarra. Envueltos en un denso humo de tabaco, se suceden las pintas, las conversaciones y los acordes. Korner queda complacido por lo que ve y le da al joven Brian su dirección y su teléfono. Dicho en una mala traducción del inglés, "si puede hacerlo" hasta Londres, que no dude en llamarle. Hará lo posible por buscarle un hueco en la escena de la capital.

En menos de un mes Brian y Pat realizaban su primera visita conjunta a Londres para reunirse con Alexis en su apartamento. Brian se esfuerza por seguir la conversación mientras sus ojos codiciosos se van posando en la imponente colección de discos de la nueva sensación británica del blues. La versión eléctrica del "Dust My Broom" de Elmore James le voló la cabeza. ¡Blues eléctrico! Algo que Alexis y Cyril ya habían descubierto tiempo atrás de la mano de Muddy Waters, pero hasta entonces ningún local respetable había aceptado esa mandanga para entretener al público. Tal vez entonces no se diera cuenta, pero la pobre Pat ya era el pasado. Mirando al futuro, Brian Jones sólo podía ver una pastilla eléctrica que aplicar a su sufrida Hofner.

Mientras el hijo de Apolo trasteaba con viejo un magnetófono alemán al que enchufar su guitarra para poder practicar con el bottleneck, un escuálido y bajito batería practicaba con las escobillas mientras en su mente volaba hacia una imaginaria jam con su admirado Charlie Parker. Por suerte aquel joven podía presumir de compartir nombre con su ídolo. Se llamaba Charlie Watts, y había venido al mundo en Londres al ritmo de las bombas en 1941. Watts nunca había sido un rock and roll kid, no le fascinaba Elvis ni estaba demasiado interesado en el blues. Su padre le había enseñado que un hombre de verdad siempre lucía elegante, y aunque no eran ricos precisamente, su padre siempre le había proporcionado buenos trajes y lucidos zapatos. No era de extrañar pues que el jazz fuera lo suyo. Tímido, poco hablador y muy aplicado, Charlie era un orgullo para sus padres y por ello, cuando vieron la pasión de su hijo por los ritmos tocando una caja hecha con el cuerpo de un banjo y piezas de Meccano, le compraron una batería. Corría la Navidad de 1955. Tras dejar la escuela y cursar estudios en el Harrow School of Art, Watts había conseguido un empleo en una agencia de publicidad. Viviendo con sus padres y tras una pequeña aportación, tenía todavía suficiente dinero que gastar en sí mismo: trajes, discos y cualquier cosa que su batería necesitase. Fue en el verano de 1961 cuando Alexis Korner descubrió el impecable, matemático pero a la vez lleno de sentimiento estilo de Watts viéndole tocar en el Troubadour. Tras haber dejado la orquesta de Barber, el joven estandarte del blues británico buscaba piezas para su combo de blues. Watts tenía una plaza en su grupo si estaba interesado. No lo estaba. Tenía por delante una gira en Dinamarca acompañando a un saxofonista bebop. Cuando Korner y Watts volvieron a cruzar sus caminos en Londres, el calendario marcaba enero de 1962. Alexis renovó su oferta. Y esta vez Charlie aceptó.

Los Blues Incorporated de Korner, Davies y Watts eran una amalgama de jazz y blues con dos mulas, Korner y Davies, tirando del mismo carro en direcciones opuestas, mientras Charlie se preguntaba de qué iba todo aquello y qué era aquel ruido que salía de la armónica amplificada de Cyril. Las jams se sucedían tratando de buscar nuevos miembros con los que completar la banda, aunque lo realmente difícil era encontrar salas interesadas en contratarles. El jazz era lo que atraía al público, el blues tradicional se podía aceptar para llenar huecos, pero, ¿blues electrificado? No, amigo, no en mi local. Hasta que cierto día Korner se topó con un tugurio medio oculto en un sótano, en los suburbios del oeste de Londres. Se trataba del Ealing Club, y allí estaban dispuestos a dejar que los Blues Incorporated hicieran lo suyo. Ya sólo faltaba terminar la formación.

Entretanto Brian Jones había hecho migas con un tal Paul Pond (la posteridad le conocería como Paul Jones, cantante en los Manfred Mann). El piso de Paul en Londres le servía de guarida a Brian, y ambos tocaban juntos, discutían sobre música y soñaban con un futuro en el que serían reconocidos como grandes intérpretes de blues. De momento se tenían que conformar con grabar una cinta con la que presentarse al mundo. Entonces Brian vio un anuncio en la revista musical Jazz News, donde se anunciaba el inminente debut del nuevo proyecto de Alexis Korner, los Blues Incorporated. Sin dudarlo el joven músico hizo autoestop hasta la estación de Ealing Broadway. El Club Ealing no estaba lejos de allí. Le acompañaban su guitarra, Paul y otros chicos amantes del blues. Brian le preguntó a Alexis si podría subir a tocar con ellos. Korner le emplazó al sábado siguiente. Fue así como el 24 de marzo de 1962 Brian tuvo su oportunidad de unirse en un tema a los Blues Incorporated. Korner le presentó con el nombre de guerra elegido para la ocasión, Elmo Lewis, homenaje de Jones a su ídolo Elmore James. Subido al escenario la fascinación que provocaba el hijo de Apolo volvió a actuar de nuevo, pero esta vez multiplicada por la fuerza de su slide a la guitarra. Nadie podía creer que un blancucho inglés dominara aquella técnica que parecía un gran secreto que sólo algunos entendidos hijos de la Gran Bretaña podían estudiar en los surcos de los maestros negros. Aquella noche tres jóvenes locos del blues procedentes de Dartford se vieron así mismos incapaces de levantar la vista de los hipnóticos movimientos de aquel tipo de cabellos dorados surgidos de la nada. Respondían a los nombres de Mick, Keith y Dick.

No resulta extraño que los dos futuros hermanos unidos por todo menos por la sangre nacieran en el mismo hospital con una diferencia de unos pocos meses. Michael Philip Jagger había venido al mundo en julio de 1943. Su padre era un atlético profesor de deportes, y el joven Michael pronto desarrolló también esa afición. En la escuela de primera de Wentworth Mick, como le llamaba su hermano pequeño Chris cuando le quería hacer enfadar, había coincidido, como un alumno más, con un tal Ricky. Se llamaba en realidad Keith Richards, y había llegado a este mundo en diciembre de 1943. Cuando Mick pasó el examen de undécimo, las familias de ambos se mudaron a direcciones diferentes, y los dos se perdieron de vista temporalmente sin haber mostrado especial interés el uno el otro más allá del típico que se tiene por un compañero de escuela como cualquier otro. Mientras Keith hacía el gamberrete y corría para librarse de las palizas de los matones de escuela locales, Mick aparecía junto a su padre en la televisión en un programa sobre deportes. En sus ratos libres escuchaba la radio y como muchos otros jóvenes que adoraban la música americana trataba de sintonizar las cadenas que radiaban música para las bases yanquis. A los catorce años, tras un viaje por España, Mick se trajo a casa una guitarra. Por entonces Keith no tenía ni un tocadiscos. Tampoco lo tenía Mick, pero al menos él tenía una guitarra. El joven Richards aún habría de esperar un año para tener tocadiscos en casa y una guitarra propia. Sus aptitudes musicales ya las había demostrado desde los ocho años como miembro destacado del coro escolar. Así que era cuestión de tiempo.

Como muchos otros después que él, lo primero que aprendió a tocar Mick fue el clásico riff de "La Bamba". Junto a su amigo Dick Taylor cantaba (todavía tocaba a escondidas porque obviamente aún no era muy bueno), discutía las apariciones de las grandes estrellas norteamericanas del rock en la tele, y descubría el legado de grandes del blues como Howlin' Wolf gracias a la respetable colección de discos de Dick. En 1958 los dos decidieron que ya podían morir tras haber visto en directo a todo un Buddy Holly. Después decidieron que ellos también querían subirse a un escenario y ahogarse entre el griterío del público. Fue así como Mick y Dick hicieron sus primeros pinitos como músicos montando grupos con otros chicos de Dartford. Mientras tanto Keith entraba en el rock por la puerta grande de la mano de Elvis y su "Heartbreak Hotel" gracias a un pequeño transistor que ocultaba cuando se iba a dormir para sintonizar Radio Luxemburgo. Ambos proseguían su aprendizaje musical en sus respectivos hogares y casas de amigos, mientras que en sus estudios Mick pasaba la reválida con nota para entrar en el instituto de Dartford, mientras Keith, con una reválida mucho más discreta, había de conformarse con la escuela técnica, lo que el guitarrista definió como el lugar para los que no habían podido entrar en el instituto pero todavía podían servir para algo. Un día de verano Mick y Keith volvieron a encontrarse. Jagger trabajaba en un puesto de helados para ganarse un dinero. Keith le compró un helado, y hablaron un poco de sus vidas. Luego cada uno a lo suyo.

Los dioses del rock parecían prever el futuro y tejer el camino con sabias puntadas cuando llevaron a Mick Jagger con una beca a la escuela de economía, mientras que provocaban la expulsión de Keith de la escuela técnica para ir a parar a la Sidcup Art College, el paraíso de cualquier rockero, beatnick o inadaptados en general. Allí había pocas clases de arte pero sí muchos cigarrillos en los baños y muchos compañeros con quienes intercambiar impresiones y discos. Allí Keith conoció a Dick Taylor, amigo y miembro del grupo de Mick. Keith y Dick pronto vieron que congeniaban y se pusieron a tocar juntos.

El curso de la historia del rock británico cambió cierto día de octubre de 1960 en la estación de Dartford, donde dos jóvenes lugareños esperaban el tren hacia Londres. Uno era Mick Jagger, quien con sus trabajos en verano, su pulcra atención a sus estudios y sus consecuentes pagas por ser bueno, había ido amasando una impactante colección de discos de los cuales solía llevar una pequeña selección a la escuela de economía para intercambiarlos, hacerlos sonar en reproductores portátiles, o simplemente presumir. El otro era Keith Richards, con una colección de discos menos espectacular, pero cuya cabeza había sido rematada por Chuck Berry y tenía un hambre de conocimientos musicales superior a la de cualquier tipo del barrio. Keith reparó en el tipo de los discos. Era Mike, aquel que había ido a su escuela cuando eran niños y que tiempo después le había vendido un helado. Se fijó en los discos que llevaba el chaval. Muddy Waters, Little Walter, ¡Berry! ¿De dónde sacaba un chaval así esos caros discos de importación? Keith se acercó a Mike y le preguntó si le gustaba Berry. Ya sabéis, la típica conversación entre melómanos. ¿Vaya, te gusta Chuck? Yo sé tocar esa mierda. ¿Te vienes a mi casa luego a tomar el té? Podemos pinchar esos discos. Y déjame ése de Muddy, tío. A cambio podrás repetir pastitas.

Mick y Keith tomaron el té, Mick le dejó The Best of Muddy Waters, y ambos vieron que se llevaban bien. Y ambos conocían a Dick Taylor. Así que Mick invitó a Keith a formar parte de su grupo. Unos meses después los tres se encontraban alucinando con el chico rubio del slide. Para entonces Keith había cambiado una pila de sus discos por una vieja guitarra eléctrica y una vieja radio que hacía las veces de amplificador.

El 7 de abril los tres chicos de Dartford volvieron al Club Ealing para ver a los Blue Incorporated y a la joven sensación rubia, que volvería a tocar otro tema con los chicos de Korner. Esta vez Mick y los otros tuvieron la oportunidad de cruzar unas palabras con Brian. Como chicos de ciudad las suaves maneras de Brian y su acento de provincias podían resultar divertidos, pero ese tipo realmente sabía tocar, y cuando supieron de sus correrías el tupé de Mick y las travesuras de Keith parecían un juego de niños a su lado.

Decididos a perseverar, Mick, Keith y Dick decidieron seguir el camino de Jones. Grabaron una cinta con unas pocas versiones y se la enviaron a Korner. A éste le gustó lo que escuchó e invitó a los chicos a su casa. Charlaron, escucharon discos y se conocieron. En su siguiente actuación en el Ealing Alexis invitó a Mick a subir y cantar un tema, con poco éxito. A la semana siguiente Mick volvió, esta vez con Keith. El guitarra se desmarcó con el "Around and Around" de Berry, algo que no gustó a los selectos puristas de blues que asistían al Ealing. El momento de Keith habría de esperar, pero Mick acabó logrando un puesto en las rotaciones de cantantes que Alexis efectuaba en su grupo. Los otros vocalistas que se iban rotando eran Long John Baldry, Paul Pond, Eric Burdon y Manfred Mann. Realmente Alexis Korner estaba agitando la escena con toda una pléyade de jóvenes músicos amantes del blues. Incluído un tal "Zapatillas" que gustaba de tocar temas de Chuck Berry mirándose los pies incapaz de afrontar las miradas del público. En unos cuantos años aquel joven guitarrista sería elevado a la categoría de dios.

Conforme avanzaba 1962 las cosas empezaron a aclararse en la naciente nueva era musical de Londres. El Club Ealing, con escaso aforo de doscientas personas, cada vez se abarrotaba con más facilidad. La Blues Incorporated era algo que había que ver, y cada vez más Mick Jagger se estaba mostrando como una gran sensación. Además, era muy popular entre las chicas. Eran tiempos de aprendizaje, Mick iba buscando su estilo, mientras sus famosos labios obraban milagros entre la audiencia femenina. Algo que no escapó a Alexis Korner, quien se lo llevaba a fiestas privadas y actuaciones improvisadas entre la gente más chic de Londres. Keith mientras tanto aprovechaba las oportunidades que tenía de subir al escenario junto a Mick para tocar sucio rock and roll y volver un poco más loco a Cyril Davies. De manera poco sorprendente, Keith no tragaba a los Incorporated.

Por su parte durante aquel tiempo Brian Jones había seguido acudiendo al Ealing, mientras Pat había regresado con un niño en brazo para irse a vivir con él. Durante un tiempo Jones jugó a ser un padre correcto. Consiguió un trabajo en unos grandes almacenes y se fue a vivir a un piso con su novia y el niño. El trabajo no le duró mucho. Le pillaron robando y le despidieron. No tardaron en deshauciarles. Bueno, lo había intentado. Era hora de formar su propio combo de blues.

El 2 de mayo de 1962 en la revista Jazz News, sección de anuncios, se podía leer el siguiente:

RHYTHM AND BLUES
Guitarist and Vocalist forming R. & B. Band, require Harmonica and/or Tenor Sax, Piano, Bass, and Drums. Must be keen to rehearse. Plenty of interesting work available. BOX No. 1277.

Se trataba del anuncio que Brian había colocado para reclutar chicos para su banda de blues. Uno de los primeros en acudir a la llamada fue un escocés algunos años mayor que él, fornido y con una anodina pinta de oficinista llamado Ian Stewart, a quien todos conocían por Stu. El escocés era un avezado teclista que sentía pasión por el boogie-woogie, el swing y el rhythm and blues americano. La idea de Brian de formar un combo de blues eléctrico no entusiasmó a Stu, pero consideró que el chico rubio tenía potencial así que aceptó su oferta. El núcleo de la futura banda de blues comenzó los ensayos en un pub de Leicester Square, hasta que les echaron por pillar a Brian robando cigarrillos.

Ian 'Stu' Stewart

Con ayuda de Alexis Korner el hijo de Pan logró atraer a otro guitarra a la banda, Geoff Bradford, aunque un purista del blues tradicional como él no estaba destinado a durar. Korner también puso en contacto a Jones con el cantante y armonicista Brian Knight, con quien también tocó un tiempo. Pero la cosa tampoco acababa de cuajar. Además Jones se las veía y las deseaba para fichar a Charlie Watts para su banda, pero Charlie ya había rechazado ofertas de Korner para dedicarse a la música a tiempo completo. Poco a poco varios baterías de la escena de Londres (entre ellos el pelirrojo Ginger Baker) fueron pasando por los ensayos de Brian y Stu.

Finalmente Brian dio el paso e invitó a Mick Jagger a que se uniera a su banda como vocalista. Era a quien quería tener a las voces, a la sensación del Club Ealing. Si además Keith iba en el paquete, bueno, merecía la pena igualmente. Aunque Mick era el objeto de deseo. Tras la entrada de Jagger y Richards, el tercero en discordia, Dick Taylor, desembarcó como bajista. La batería sería para quien estuviera disponible.

Keith Richards notó la electricidad de la banda cuando ni siquiera acaba de subir las escaleras que llevaban al local de ensayo en el pub Bricklayers. De hecho la banda ni siquiera estaba allí todavía, salvo Ian Stewart, que aporreaba su teclado extrayéndole sonidos electrizantes. Quien quiera que fuera aquel tipo, se dijo Richards, decididamente quería tocar con él. Finalmente vio que se trataba de Stu, el tipo con pintas de oficinista que había hecho vibrar el Ealing Club con sus teclados tocando de vez en cuando junto a Korner. "Y tú debes ser el artista a lo Chuck Berry", dijo Ian cuando vio a Keith. No, ciertamente Stu no era un hombre del rock. Los otros fueron llegando y finalmente se pusieron todos a tocar. Había muchas cosas que definir, pero ciertamente tenían algo. Brian era el elemento que cohesionaba a todos. Su aparente clarividencia y su evidente talento tendía un puente entre los puristas Stu y Knight y los atolondrados Jagger, Richards y Taylor. De todas formas al final Brian Knight no pudo aguantar tanto rock ruidoso y dejó el grupo.

La banda nació oficialmente con la primera oportunidad que consiguió el grupo de darse a conocer gracias a la mediación de los Blues Incorporated, quienes habían sido invitados por la BBC para tocar en su programa de radio de jazz. Para entonces Korner y sus chicos eran unos regulares del Marquee, el templo de jazz y skiffle de Londres. El dueño, Harold Pendleton, necesitaba un sustituto para el jueves que Korner se iba a grabar a la BBC. Optó por la banda de Long John Baldry, pero Brian le convenció para que su grupo tocara en los descansos. Dice la leyenda, o sea, Keith, que hablando por teléfono Harold le pidió un nombre que publicitar. Sin haber contado con ello, Brian buscó un nombre. ¿Silla? ¿Teléfono? ¿Reloj de cuco? Finalmente reparó en el vinilo The Best of Muddy Waters y la canción "Rollin Stone". Bien, ahí lo tenía. Serían The Rollin' Stones.

Así fue como un 12 de julio de 1962 la banda se encaminó al 165 de Oxford Street, en otras palabras, al Marquee, para debutar en directo con el batería Tony Chapman (o quizás Mick Avory) a las baquetas. Con equipo alquilado y paupérrimos instrumentos, The Rollin' Stones repasaron varios estándares de blues, rhythm y rock, empezando con el "Kansas City" de Leiber y Stoller para seguir con varios temas de gente como Jimmy Reed, Eddie Taylor, Billy Boy Arnold y Chuck Berry, para terminar con el "Happy Home" de Elmore James. Hubieron fallos y el público habitual del Marquee se quedó cuanto menos indiferente, pero la banda había sudado un electrizante sonido a blues que interesó a los más abiertos. Y ciertamente la actuación dio que pensar a un tipo del público llamado Charlie Watts. Aunque de momento estaba más cerca de los indiferentes del Marquee que de los alocados y jóvenes fans del blues. Aquella noche la banda ganó veinte libras, que todos se repartieron a partes iguales.

El grupo siguió ensayando, y el 28 fueron a tocar al Club Ealing. En agosto se acercaron a Watford, y en septiembre les cayeron unas cuantas fechas más en el Ealing, más un par de sustituciones en el Marquee. Para entonces Mick había encontrado un cuchitril en el barrio de Chelsea, a donde pronto se mudaron Keith y Brian, quien dejaba a Pat y su hija en otro piso. El cuarto compañero de piso era Jimmy Phelge, un impresor y futuro fotógrafo con un humor retorcido y una escasa higiene personal. El 4 de octubre la banda regresaba al Marquee, por última vez en bastante tiempo. Harold se rió de las pintas del grupo, y Keith trató de golpearle con su guitarra. Los Stones habían quedado vetados en el lugar.

Aparte de las esporádicas actuaciones en el Ealing se hacía difícil encontrar salas donde tocar. Se enfrentaban al mismo problema que Alexis Korner había tenido un año antes. Para empeorar las cosas, a finales de octubre Dick Taylor abandonaba el grupo. Estudiaba en el Royal College of Art y se acercaban los exámenes. Tiempo después acabaría tocando en The Pretty Things. En las siguientes semanas la banda se las tendría que apañar sin una sección rítmica permanente, mientras Mick empezaba a perderse entre sus esporádicas actuaciones junto a Korner en suntuosas fiestas y su beca de estudios, única fuente de ingresos que tenía. Poco a poco Brian empezó a pasar más tiempo con Keith, componiendo, maldiciendo a Mick, y hablando de crear un dúo de éxito. Mientras, Mick inauguraba lo que sería una larga tradición en el seno de la banda, y fue a consolar a la solitaria Pat, la novia de Brian.

Fue por entonces cuando escuchando la radio les cayó como una bomba "Love Me Do", el contagioso y portentoso sencillo de cuatro chicos de Liverpool que ciertamente no habían perdido el tiempo. Como recordaría Keith: "Era un ataque del norte. Creíamos que éramos únicos en el mundo". El sencillo coincidió con una época de renovado interés de Brian por la armónica. "Love Me Do" no hizo sino acentuar ese interés. Desde entonces Jones se pasaba las horas practicando con ella.

El 27 de octubre los Stones entraban en un estudio alquilado para grabar una maqueta con tres temas y tener algo que enviar a los estudios. Brian quería probar suerte y ver si eran tan bien recibidos en EMI como los Beatles. No fue así, por lo que de momento se conformaron con seguir consiguiendo fechas para noviembre.

De todas formas la grabación no fue en balde. Tony Chapman, por entonces batería habitual de la banda, le puso la cinta a Bill Perks, con quien había tocado para su grupo de rockabilly The Cliftons. La cinta y Chapman lograron persuadir a quien el mundo conocería como Bill Wyman para que acudiera a la siguiente actuación del grupo en el Red Lyon. Allí le presentaron a Stu e intercambió unas palabras con Mick. Le propusieron hacer una prueba en el pub Wetherby Arms, donde ensayaban por entonces.

Cuando de niño el pequeño Bill acompañaba a su tía y su novio (un soldadito norteamericano) a los bailes de jitterbug en Purley o Croydon no prestaba demasiado atención a las parejas que danzaban. Se dejaba embelesar por la música de los conjuntos. Su pasión por la música continuó cuando en 1955 fue destinado a Alemania durante su servicio en la RAF. Por entonces Wyman había aprendido a hacer el amor antes que a tocar. En 1962 Bill era el mayor de todos los que se habían reunido en el Wetherby Arms. Estaba casado y tenía un hijo. También tenía un buen trabajo, había ganado dinero y había tocado en un grupo popular. Nada de eso impresionó demasiado al resto cuando vieron entrar por la puerta a un señor mayor. Pero cuando Bill desplegó su flamante VOX AC30 y su bajo casero la cosa cambió. Los jóvenes seguramente le aceptaron de inmediato por su equipo y sus cigarrillos, pero como puntualizaría Stu, aquel bajista realmente sabía tocar.

Con los Cliftons prácticamente finiquitados, y una voz interior que le decía que aquellos desarrapados podían tener un futuro, Wyman decidió embarcarse en el proyecto. Y es que habiendo aceptado tras el primer ensayo el dejar su equipo en el cuchitril de Edith Grove en Chelsea no podía haber confiado más en aquellos tipos. A mediados de diciembre Bill debutaba con The Rollin' Stones. Mientras, en otro lado de la ciudad, Charlie Watts dejaba definitivamente a los Blues Incorporated. No hacía mucho que Brian le había pedido por segunda vez que se uniera a su banda. Una vez más, Charlie había dicho "no".

Sin tiempo para lamentarse, Brian, líder espiritual y mánager de facto del grupo, trabajaba intensamente en promocionar a la banda, pedir a la radio que emitieran su maqueta, buscaba batería, y tocaba la armónica. Oficialmente iba a cobrar cinco libras más que el resto por su labor de representante, pero cada vez inflaba más los gastos de la banda para quedarse con el dinero que podía. Según Wyman, el resto toleraba la pequeña estafa.

En una de las actuaciones de diciembre apareció entre el público Charlie Watts. Desesperados, Brian, Mick y Keith le suplicaron una vez más que entrara en la banda. Charlie respondió que tenía su trabajo y actuaciones seguras con otra banda. Pero realmente la entrada del tal Wyman había mejorado el sonido de la banda. El confundido batería buscó consejo en Bobbie, la esposa de Alexis Korner. La mujer le dijo que les diese una oportunidad. Los Stones no dudaron en seguir presionando. Finalmente Charlie dio su brazo a torcer. El grupo no tardó en deshacerse de Tony Chapman, quien, enfadado, trató de llevarse a Wyman consigo. Pero Bill decidió quedarse.

A mediados de enero (entre el 12 y el 15, según fuentes) Charlie Watts se unía a la banda en el escenario en el Club Ealing. Aunque por entonces los carteles todavía conservaran el apóstrofe, aquella noche habían nacido The Rolling Stones al completo.