viernes, 29 de julio de 2011

Ya llega el verano

¡Ah, llega el verano! Los comentarios descienden, muchos blogs quedan en punto muerto, los chicharritos cantan, los peces saltan y el algodón está alto. Me voy unos diítas pero no se crean que casi no me habré ido y ya estaré de vuelta. Pero bueno que me quiten lo bailao, me voy con estado mental mezcla de Bruno Lomas y Fernando Esteso. ¡Merengue merengue!

Ay señor, cuánto daño ha hecho Ízaro Films en débiles mentes como la mía

miércoles, 27 de julio de 2011

Amadeus (1984)

Era una música que yo no había oído. Henchida de anhelo, de un insaciable anhelo. A mi me parecía oir con ella la voz de Dios. Salieri, flipándolo en colores.

Cuando era pequeño la verdad es que le prestaba más atención a la música clásica que ahora, y podía compaginar perfectamente las canciones de Barrio Sésamo con piezas de Beethoven o Verdi, e incluso disfrutar toda una ópera, las italianas normalmente, o La flauta mágica de Mozart. Desde luego con Wagner habría sido distinto, aunque ya me había impactado a través de la grandiosa Excalibur. Así que una película como Amadeus voló fácilmente mi testa infantil. Evidentemente me quedé en la superficie del asunto, en los trajes, la música, y sobretodo con la gran sorpresa de que dos de esos compositores de los que nos hablaban en clase de música en el colegio pudieran haberse envidiado, puesto trabas, o vuelto locos porque uno lo tenía y el otro no. Desde luego Amadeus no era la típica biografía de un compositor clásico, y había razones para ello.

En 1979 la obra Amadeus, escrita por Peter Shaffer, era la última sensación teatral, habiendo obtenido un clamoroso éxito en Londres. Un año después la producción aterrizaba en Broadway con Ian McKellen haciendo de Salieri y Tim Curry interpretando a Mozart (¡me habría gustado ver eso! Sobretodo por Tim, un actor muy minusvalorado). Pero fue en Londres donde acudió a una representación, casi contra su voluntad, el director Milos Forman, declarado persona non grata en Checoslovaquia en el 68, y que odiaba las biografías de compositores clásicos que estaban a la orden del día en la esfera soviética. Sin embargo aquella obra era diferente, inspirada, y con una excelente trama que retrataba al compositor Antonio Salieri, contemporáneo de Mozart, como un ser consumido por la incomprensión y la envidia ante el talento del joven compositor, y angustiado por todo el mal que había causado a Mozart en vida. Aquella misma noche en Broadway Forman conoció al autor de la obra, Shaffer, y le comunicó que estaba dispuesto a llevar la obra al cine.

El primer paso había de ser reescribir el texto original para adaptarlo al formato cinematográfico. Para ello tanto Forman como Shaffer se reunieron durante cuatro meses, de lunes a viernes, en la casa de campo del director, dedicándose ambos a escribir el guión y escuchar obras de Mozart y de otros compositores de la época. Para conseguir el dinero Forman se puso en contacto con Saul Zaentz, quien ya había producido el fabuloso éxito de Forman Alguien voló sobre el nido del cuco. La película iba a ser una producción independiente, lo que significaba tiempo y dinero muy ajustados.

Mientras Forman y Shaffer seguían discutiendo el concepto que querían para la película. Pronto quedó claro que la música no sería un mero acompañamiento, sino que sería, en palabras del propio autor, un tercer personaje, constantemente en primer plano. Por otro lado Forman no quería a rostros populares para los papeles, sino actores desconocidos. La siguiente cuestión a resolver fue la de encontrar a un director musical adecuado. Ése parecía ser Neville Marriner, a quien ficharon en una rápida reunión en un aeropuerto entre vuelo y vuelo. Su única condición fue que no se tocara ni una nota de las obras originales. No quería dirigir las típicas adaptaciones hollywoodienses de las partituras clásicas.

Las audiciones para el reparto prometían ser largas y complicadas. Entre los intérpretes masculinos aquella temporada seguramente no debía haber papeles más apetecibles que los de Mozart y Salieri, y por tanto la lista de estrellas, secundarios con talento y jóvenes promesas que querían presentarse a los castings debió ser larga. Para interpretar a Mozart se presentaron actores que le habían dado vida en Broadway, como el propio Curry o Mark Hamill (¿imagináis a Luke haciendo de Mozart? Eso debía ser chocante. ¡Usa la Fuerza, Wolfgang!), o Simon Callow, que había sido Mozart en Londres, pero que acabaría en el papel de Schikaneder, el productor y autor teatral amigo del compositor. También se presentaron estrellas o futuras estrellas tan dispares como Mel Gibson, Kenneth Branagh o ¡Mick Jagger! Ver al viejo Mick haciendo de Mozart habría sido alucinógeno. Finalmente Forman se decidió por Tom Hulce, un completo desconocido, que es lo que quería el director.

El papel de Constanze, la esposa de Mozart, fue una elección de última hora. Tres días antes de comenzar el rodaje Meg Tilly, la actriz elegida para el papel, se rompió unos ligamentos jugando al fútbol, y tuvo que ser sustituida a toda prisa. Fue así como la joven Elizabeth Berridge consiguió el papel, y estoy de acuerdo con Forman en que seguramente ese accidente permitió aportar un toque más mundano a Constanze.

Aunque si por algo recordamos todos Amadeus es por el electrizante trabajo de un F. Murray Abraham en el papel de su vida. En un principio Abraham se había presentado a un papel más pequeño, el de uno de los músicos de cámara del emperador. Fuera casualidad, o fuera que Milos notó algo en él, le pidió al actor que para ahorrar tiempo leyera unas líneas haciendo de Salieri en unas audiciones para el papel de Mozart. Y si algo no es Murray Abraham es un tonto, y vio que allí estaba su oportunidad, así que evidentemente no se dedicó a leer unas frases, sino que dio todo lo que pudo de sí. El resultado fue que Milos Forman se olvidó de dar a Abraham aquel pequeño papel, considerándole seriamente para interpretar a Salieri.

Cuanto más estudiaba Forman a Abraham, más se convencía no sólo de que era un candidato idóneo para interpretar al compositor italiano, sino que él mismo era Salieri, en el sentido de que F. Murray Abraham, todo orgullo y pasión, llevaba muchos años tratando de hacerse un nombre en la industria, y todo lo que había obtenido eran algunos minutos de gloria en Serpico y unos cuantos anuncios vestido de fruta. Mientras hacía castings el que iba a ser su papel más importante hasta la fecha sería el pequeño papel de Omar en El precio del poder. Sí, Murray era un tipo orgulloso que consideraba que su talento merecía mayor recompensa. Sin duda, él era Salieri. Y fue así como finalmente el actor obtuvo el papel de toda una vida.

Con Jeffrey Jones como el emperador José II y varios secundarios característicos, se cerró el reparto y se barajaron varios opciones para las localizaciones. ¿Qué ciudad sería la idónea para hacerla pasar por Viena? Ciertamente no la capital austríaca, demasiado modernizada, y en la que ocultar todo rastro de tecnología de los últimos doscientos años habría sido muy caro. Pero como checo que era Milos Forman conocía el lugar idóneo para rodar la película: Praga, una ciudad con un centro histórico apenas tocado por la tecnología contemporánea y la electricidad, y que se parecía más a la Viena del XVIII que la propia Viena. Situada al otro lado del Telón de Acero, las negociaciones no fueron fáciles, y las autoridades desde luego tendrían sus ojos puestos en aquel renegado de Forman, pero finalmente se rodaría en Praga, lo cual daría lugar a varias anécdotas jugosas relacionadas con los soviéticos.

Evidentemente el reparto y el equipo estuvieron sometidos a constante vigilancia por parte de la policía secreta durante todo el rodaje, y ello dio pie a situaciones curiosas, como un compañero de habitación de F. Murray Abraham, que en su paranoia por descubrir micrófonos en su suite del hotel desatornilló una plataforma que había bajo la alfombra, sólo para escuchar el estruendoso ruido de la lámpara de araña del piso inferior desplomándose contra el suelo. En otra ocasión una mujer, cuya casa iba a ser utilizada para una escena, le dio las gracias a Milos Forman pues tras dos años de espera, poco antes le habían arreglado la línea telefónica, con lo que el director, como buen oriundo del sistema soviético, supo enseguida que el teléfono había sido intervenido. El equipo también fue estrechamente vigilado en las escenas del hospital para enfermos mentales en que internan a Salieri, un viejo hospital que había sido reconvertido en Museo de Guerra por los soviéticos, quienes custodiaban en sus dos pisos superiores los archivos de la policía secreta.

Forman relata también una anécdota en la que descubrieron a todos los inflitrados de la policía en el rodaje durante un 4 de julio. Iban a rodar en el interior de un teatro, y como homenaje los extras y actores checos prepararon un homenaje a los americanos. Cuando el director dio paso a la acción, en vez de sonar música de Mozart (a lo largo del rodaje Forman solía hacer sonar la música ya pregrabada de la película) sonó el himno norteamericano. Una gigantesca bandera de los Estados Unidos se desplegó desde el techo, y los extras cantaron o tararearon el himno yanqui. Los únicos que no lo hicieron fueron unos treinta extras, que se miraban entre sí paralizados con el horror, quienes eran obviamente agentes de paisano de la policía.

Hay otra anécdota soviética que se esconde también detrás de cierta escena añadida por el propio Forman, aquella en que Salieri relata lo poco que podía durar una obra según los bostezos del emperador. Al parecer el director tomó esa especie de leyenda urbana de Stalin, de quien se decía que según los bostezos que diera al ver el pase previo de un film, el director podía ver reducido el tiempo de su película en cartel, o acabar directamente en Siberia.

En fin, qué puedo decir de semejante maravilla. Desde las notas de Don Giovanni al inicio, mezcladas con los gritos de Salieri, hasta el final donde el pobre compositor olvidado absuelve a los mediocres del mundo, Amadeus es una absoluta delicia, con el típico encanto preciosista de las películas de época y el esplendoroso talento visual del que hace gala Forman, consiguiendo algunas secuencias realmente memorables. Y por supuesto, el excepcional escrito de Peter Shaffer, con algunas de las mejores frases sobre música que se hayan podido ver en el cine. Decía Forman que mucha gente se le acercaba para felicitarle por el hecho de que habían aprendido a ver la música de manera distinta gracias a Amadeus, y bien podría ser cierto. Creo que cualquier melómano podría identificarse con las palabras de Salieri sobre la música de su rival.

Salieri no es sólo música y sonrisas

Evidentemente Amadeus no deja de ser una dramatización sobre la vida de Mozart, aunque el gran hallazgo de distorsionar la realidad para convertir a Salieri en archienemigo del joven compositor es razón de Estado suficiente como para tomarse esas libertades que en realidad nunca dejan de perderle la pista a los hechos históricos o apócrifos que se relatan acerca de los verdaderos Mozart y Salieri. El único detalle que nunca me ha acabado de gustar es la famosa risa del personaje, que acaba resultando cargante y que hace del Mozart de la película más que alguien vulgar y de clase media con gustos banales y pasión por las fiestas un completo idiota. Personalmente podría haber pasado sin la risa, pero evidentemente se ha convertido en un elemento icónico más de la película.

Aunque como ya he dicho quien realmente destaca por encima de todos los demás intérpretes es F. Murray Abraham, la encarnación de un compositor clásico devenido en villano, cuya actuación es fascinante en todos los sentidos, e impresiona verle narrando la historia, ya como anciano, ayudado por uno de los mejores maquillajes que se hayan podido ver en las últimas tres o cuatro décadas. Abraham da vida a unos diálogos de por sí excelentes y los eleva a algo más sublime incluso. Los gestos, las miradas, el timbre de voz... con su Salieri Abraham mostró todo su potencial, bastante extraordinario, pero nunca más volvería a obtener un papel con tanta enjundia, no al menos en el cine. De los ocho Oscar que se llevó la película uno fue para él, y creo que aquel año no había competencia posible (incluido Tom Hulce, rival directo ya que tanto a Salieri como Mozart se les supone personajes principales).

De todas formas Tom Hulce tampoco lo hizo nada mal, a pesar de las risas. Me gusta el entusiasmo que transmite su personaje cuando trata de convencer al emperador para que permita el estreno de Las bodas de Fígaro, o la excitación en la escenas en que dirige a su orquesta. Pero sin duda su mejor aportación llega al final de la cinta, con ese magnífico duelo interpretativo que sostiene con F. Murray Abraham durante el dictado del Requiem.

Al principio de la escena hubo un pequeño problema que quedó en pantalla, cuando Mozart, ya muy enfermo, comienza el dictado y parece tratar de recordar. El contratiempo fue que Hulce tenía un audífono donde le iban poniendo la música que estaba dictando para que coincidiera tanto en el tempo como en el tono. Al parecer alguien no le dio al botón adecuado y provocó que Hulce se perdiera momentáneamente, mientras Abraham, en su papel de Salieri (la escena se rodó simultáneamente con dos cámaras, una para cada actor), le daba el pie para ayudarle a seguir, así que durante un momento se fusionaron realidad y ficción. El resto de la secuencia es realmente genial, de lo mejor de la película, con Hulce, a continuación restando a propósito información aquí y alla para confundir a Abraham, y obtener reacciones más reales. "Contrabajos, segunda parte". ¿Dónde estaba el compás? Así, vemos a Abraham-Salieri preguntando "¿compás? ¿compás?". Esas escenas son un gran ejemplo de comprensión e improvisación entre dos actores.

En fin, creo recordar que leí en alguna parte que el verdadero Salieri no era un mindundi cualquiera, y que si Mozart era como el Hendrix de la Viena del XVIII, Salieri era un Clapton, o alguien así. Aun así, cierto es que el tiempo no hizo justicia con su obra, en cuanto a popularidad se refiere, mientras que la música de Mozart, como la de todas las estrellas y celebridades que mueren jóvenes, no hizo sino revalorizarse. Quizás, en alguna parte, el bueno de Salieri estará contento de que ahora el gran público recuerde su nombre, aunque haya tenido que convertirse en el malo de la época. Ya lo decían en El último gran héroe: cuidado con F. Murray Abraham, ¡el mató a Mozart!

Amadeus, rivalidades, envidias, música como protagonista... y el gran Salieri, maquinando en las sombras. Y es que, ¿quién no se ha sentido como el pobre Salieri alguna vez? Sí, todos hemos odiado al tipo que lo hace parecer todo fácil, y nos hace quedar como pequeños gnomos sin talento. ¡Ah! Eso sí. Los originales de Mozart sí tenían tachones. Que tampoco hay que pasarse.

lunes, 25 de julio de 2011

La obra de John Doe

Si quieres que la gente te escuche no puedes limitarte a darles una palmadita en el hombro, hay que usar un mazo de hierro. Sólo entonces se consigue una atención absoluta.

Jodidos iluminados.


domingo, 24 de julio de 2011

Los canallas duermen en paz (1960)

Escribí un guión y selo di a mi tío para que lo leyera. Por supuesto, él recibía guiones de todas partes. Escribí mi nombre en el guión y cada vez que iba a verle, veía el guión bajo un gran montón, y yo cada vez lo colocaba encima. Mike Inoue, sobrino de Kurosawa.

Fue la insistencia de Inoue para que su tío leyera su tratamiento lo que finalmente llevó a Akira Kurosawa a elegir una historia sobre corrupción política y financiera como su siguiente proyecto tras la exitosa La fortaleza escondida, proyecto que iba a suponer además el debut de su propia productora, la Kurosawa Production Co., que iba a coproducir junto a la Toho gran parte de los siguientes films del director.

En una época en la que al parecer no era raro que los escándalos financieros o políticos salpicaran los titulares de los periódicos y noticiarios (en ese aspecto Japón ya no tenía que envidiar al resto de potencias occidentales) Kurosawa se interesó por la trama de corruptos y escándalo de su sobrino. Especialmente su objetivo era expandirla para explorar una situación que no parecía darse en su Japón contemporáneo. Kurosawa había observado que las investigacioens sobre corrupciones políticas o financieras se cerraban cuando el imputado se suicidaba para lavar su honor en la vieja tradición de honor japonesa. El director quería jugar con la idea de alguien que llevara una investigación de esas características hasta el final, y para ello partió de nuevo a un balneario, acompañado esta vez de Eijiro Hisaita, para reescribir el guión de Inoue, aunque más adelante se unirían al grupo los habituales Hideo Oguni, Ryuzo Kikushima y Shinobu Hashimoto.

El arranque de Los canallas duermen en paz arranca con una suntuosa celebración de una boda en la que el protagonista, Nishi, acaba de casarse con Yoshiko, la lisiada hija del vicepresidente de una importante empresa pública. Nishi, antiguo vendedor de coches, es amigo del vividor hijo del vicepresidente Iwabuchi. En esta boda tanto los medios como muchos miembros de la compañía han creído ver una simple jugada de Nishi para ascender en la escala social. Sin embargo la aparente felicidad y el equilibro de paz dentro de la empresa se romperá cuando en la misma celebración de boda comienzen a llegar ecos de un importante escándalo sucedido cinco años atrás.

Tanto la estupenda secuencia de la celebración (en cierta manera es como si se tratara de un precedente asiático para El padrino) como el electrizante montaje que la sigue en la que vemos como el aparantemente sepultado escándalo estalla y se hace de dominio público hace de Los canallas duermen en paz uno de los mejores arranques de la filmografía de Kurosawa hasta la fecha, aunque por desgracia el resto de la película no logra mantener ese nivel de agilidad que atrapa tan bien al espectador. Si hablando de La fortaleza escondida hablaba de ella como una buena manera para entrar en el mundo de Kurosawa, por el contrario Los canallas duermen en paz es una cinta compleja, densa y con un ritmo que se va apagando por momentos mientras crece en importancia la labor de Nishi y su hamletiano dilema. En la segunda parte del metraje el film cobra verdadera fuerza en las escenas que atañen al vicepresidente Iwabuchi, uno de los canallas al que se refiere el título, y que ha sido señalado por muchos como una de las primeras versiones del hombre de familia atento y cariñoso que compagina sin problemas esa feliz vida hogareña con labores corruptas y criminales (de nuevo es fácil pensar en la obra de un fan de Kurosawa como era Coppola). Sin embargo esa subtrama de los tejemanejes de los poderosos que se defienden de los ataques exteriores queda en su mayor parte entre bastidores en favor de la trama shakesperiana de Nishi.

Nishi era, por supuesto, un Toshiro Mifune que venía de interpretar al almirante Tamon Yamaguchi en la espectacular cinta sobre Pearl Harbor Taheiyo no arashi, primero de lo que sería una larga lista de almirantes, capitanes y generales en su carrera. Muy cambiado respecto a sus habituales papeles de samurai y tipo duro, vestido de oficinista con lentes, Mifune, más taimado y menos espectacular que en otras ocasiones, resta algo de brillantez a la segunda parte del film con las tribulaciones de su personaje a las que no acaba de dar buena salida. Su interpretativamente hablando apagado conflicto interior no estará a la altura, por ejemplo, del que pocos años después desarrollará con gran maestría en otra cinta de Kurosawa, El infierno del odio. Ello no quita para que por aquella época Mifune, que ejerció de cicerone para Charlton Heston, quien presentaba en Japón Ben-Hur, impresionara al norteamericano, quien diría del japonés: "Dios mío, qué presencia. Si pudiera actuar en inglés, conquistaría el mundo".

Más logrados en la película están otros personajes como el joven Iwabuchi (Tatsuya Mihashi) o el eternamente asustado Moriyama, interpretado por el habitual y siempre eficiente Takashi Shimura. Aunque seguramente quien más destaque en la película sea un inspirado Masayuki Mori (que ya había sido protagonista para Kurosawa en El idiota) como el corrupto Iwabuchi, cuyo estupendo papel le hace desear a uno que el guión le hubiera dado más oportunidades de mostrarse en pantalla.

Rodada con tintes de cine negro, Los canallas duermen en paz carece del perfecto acabado de otros films más grandes de Kurosawa, quien reconoció que les habría sido más fácil levantar la historia de haberse basado en un hecho real (cosa que el estudio nunca habría permitido) y que la película habría ganado si hubiera sido más valiente en alzar su dedo contra los centros de corrupción en el Japón de su época. Aun así, Los canallas duermen en paz no debe ser despreciada como una obra menor. No está, en mi opinión, a la altura de las grandes del director, pero sólo la primera media hora de película, con la flor en la tarta y demás, y el por lo general excelente arranque del film son peso suficiente como para que los completistas de la obra de Kurosawa no dejen de lado esta cinta.

jueves, 21 de julio de 2011

Invictus (2009)

La verdad es que cuando alguien de la talla de Clint Eastwood te acostumbra mal y te da varios clásicos seguidos y películas con momentos muy interesantes es inevitable que al final te topes con algo que te sepa a poco, pero que quizás aplaudirías con las orejas si se tratara de otro director. Supongo que también depende del guión y de lo que te enganche la historia, por ejemplo, como ya comenté aquí, El intercambio, sin estar al nivel de obras suyas anteriores, me parecía una peli bastante maja, con alguna secuencia epatante. Seguramente no sea mejor o peor que Invictus, pero desde luego me llegó más, por decirlo así.

De todas formas, y a falta de ver Más allá de la vida, y a pesar de las malas críticas que he visto por ahí o que me han contado, dudo mucho que a estas alturas Clint pueda sorprendernos con una mala película. Podrá fallar el guión con lo que se caerá el castillo de naipes, o incidir con actores que no nos vuelvan locos (no es que Matt Damon me mate de placer), pero un maestro y clásico en vida como él que le tiene cogido el punto al asunto podría dirigir un anuncio de champú y lo haría de forma impecable. Y seguramente eso es Invictus: una película por cuya trama y guión podríamos definir como un telefilm impecable.

La verdad es que aunque Clint se topara con el ahora famosete libro de John Carlin y demás, después de ver la película no puedo evitar tener la sensación de que éste era más un proyecto de su amigo Morgan Freeman que de Eastwood, y bueno, es bien sabido que hacía tiempo que el amigo Morgan quería sacar adelante un biopic de Nelson Mandela. Al final optó por este proyecto, y me da la sensación de que Clint decidió dirigir, por decirlo así, desde un segundo plano, y acompañar la, por otra parte, magnífica interpretación y caracterización de Freeman, quien tras ser comparado durante años con Mandela por su parecido, parece que finalmente se hubiera convertido en él (si habéis visto la peli en V.O. sabréis de que hablo). Y está bien que Morgan se haya podido desencasillar un poco y demostrar (no a mí, y seguro que tampoco a vosotros os hacía falta) que es un actor como la copa de un pino.

Bien, como creo que ya sabemos todos Invictus trata sobre la famosa (bueno antes no sé si lo era) final de rugby celebrada en Sudáfrica, poco después del levantamiento del Apartheid, de la que la selección sudafricana salió campeona y que supuestamente sirvió a Mandela para terminar de conseguir apoyos en todas las facciones para sacar adelante al país y llevarlo a un nuevo orden de cosas. Aunque, al contrario del sabor de boca que deja el final del film, creo que seguramente las heridas, cosa lógica por otra parte, aun deben estar patentes en el día a día.

Junto a la trama de telefilm de superación y unificación de esfuerzos tenemos una imagen de Mandela que, como imagino no podía ser de otra forma, raya prácticamente en la hagiografía. Sin saber mucho sobre su vida, desde luego no creo que sea uno de los malos, pero bueno al fin y al cabo es humano y sus cosas malas tendrá, pero bueno estaba claro que un film como Invictus no debía ser el más adecuado para tratar de restar algo del halo místico que rodea a su figura. Igual si algun día alguien se anima a rodar su biografía en plan Gandhi con una peli de cuatro horas o así tal vez tengan la oportunidad de mostrarnos a un Mandela menos perfecto. Aunque algo tendrá, porque todo el que le conoce en persona sale hablando maravillas de él.

En resumen, estupendo Morgan Freeman, que es el gran valor de la peli, con una historia interesante, todo sea dicho (y para mí que el libro lo estará más aún), todo ello ejecutado a la perfección por ese gran veterano que es Eastwood. Hoy en día muchas veces vemos películas que están muy bien pero de las que luego decimos que les sobra media hora, o que falla el ritmo al final, o que tarda en arrancar, etcétera. A pesar de que esta última sensación pueda cruzar por la mente de algun espectador de Invictus, yo creo que el ritmo del film es perfecto, con una necesario prólogo que describa la situación del país y de un Mandela a quien le crecen los enanos. Vamos, que se nota que esto lo ha dirigido un director de verdad, y no uno de esos productores-directores que parece que los informáticos dirijan más que ellos.

En comparación con cintas anteriores, Invictus es de lo más flojo que nos ha dado Eastwood en este nuevo siglo, y aun así, da sopas con ondas a la mayor parte de los estrenos que se suceden y se suceden. Vamos, que esta peli es recomendable como todo lo que rueda Clint.

martes, 19 de julio de 2011

Oh vaya

También para mí hubo un día en que me di cuenta de que Fleetwood Mac no eran todo sonrisas y sol.

domingo, 17 de julio de 2011

La fortaleza escondida (1958)

Cada mañana escribía una situación que no permitía escape alguno al general y a la princesa. Entonces, los otros tres escritores hacían esfuerzos desesperados por encontrar una salida. Así íbamos escribiendo día tras día. Yo quería hacer un vigoroso espectáculo histórico. Akira Kurosawa

Supongo que Kubrick la habría descrito como la "proverbial película japonesa de aventuras", y en cierta manera ése fue el objetivo de Kurosawa al rodar La fortaleza escondida: cambiar de registro, dar al estudio un film comercial (aunque a lo largo de la década Kurosawa había cosechado muy buenas taquillas salvo contadas excepciones) y modernizar desde su punto de vista el género de aventuras japonés.

La verdad es que cada vez que veo el arranque del film con los personajes de Tahei y Matashichi discutiendo de espaldas a la cámara mientras caminan por un páramo desolado me resulta inevitable acordarme de escenas similares en la saga de Star Wars, especialmente si no recuerdo mal en El retorno del Jedi. Y la verdad es que la mayoría de las veces que se habla de esta película es para citarla como fuente de inspiración para la mítica saga de George Lucas. Y aunque es cierto que el amigo George tuvo desde luego en cuenta este film a la hora de crear su epopeya interestelar, cierto es también que se ha exagerado demasiado la importancia de La fortaleza escondida en el nacimiento de aquella primera película espacial. Cierto es que había villanos, una princesa, un protector y dos ayudantes bufón, pero como creo que es bien sabido Lucas bebió de muchas fuentes y puso muchas inspiraciones en su coctelera, pero desde luego no creo que haya duda en que Matashichi y Tahei fueron la inspiración directe C3PO y R2D2. Es posible también que Lucas optara por un princesa con carácter de este film, y rizando el rizo hasta diría que incluso a la hora de buscar localizaciones podría haber pensado en la cinta de Kurosawa, pero no, Star Wars no es una revisitación de La fortaleza escondida. Yo apuntaría a otro título de la saga en la que veo un trasvase mayor, pero no estamos aquí para hablar del Halcón Milenario y de Bib Fortuna. Hoy el Japón medieval de Kurosawa será nuestro universo.

Tras muchas películas oscuras, de corte reflexivo o que analizaban el presente y el pasado de Japón, Kurosawa se decidió a rodar un film de aventuras típico, un entretenimiento puro y duro sin profundos paralelismos ni situaciones dramáticas. Su siguiente film sería un jidai-geki (el subgénero histórico de samurais y demás) muy ligero, con toneladas de acción (para los estándares nipones claro) y buenos y malos. Además en esta ocasión Kurosawa iba a dejar fluir su vena occidental más que nunca, realizando un jidai-geki muy particular.

De hecho pocos meses antes Kurosawa había viajado por primera vez a Europa para vender en los festivales europeos su aclamada Trono de sangre. En Londres se había encontrado nada más y nada menos que con su admirado John Ford, con quien había cruzado unas pocas palabras. Según suele contarse esta anécdota, Ford, sin saber muy bien qué decir a aquel japonés inusualmente alto, le espetó un "sí que le gusta a usted la lluvia" (colegimos que algo de cine japonés debía haber visto), a lo que Kurosawa respondió también con algo de ironía: "sí que ha puesto atención a mis películas". Tras aquel emotivo y amistoso encuentro (todo lo amistoso que pudiera ser un encuentro entre dos tipos semejantes, e imagino que fue más emotivo para Akira que para Ford) Kurosawa comenzó a llevar en los rodajes sus características gafas de sol, gorras y gorros de lana, a la manera en que lo hacía el propio Ford. El 'Tenno' acababa de encontrar su imagen inmortal para la posteridad.

No sería aquel el único estreno. Tras éxitos mundiales como El de La túnica sagrada, el CinemaScope causaba furor en todo el mundo. Japón incluído. Con algo de retraso, en 1957 el Scope había llegado a la industria japonesa de la mano de la Shintoho, con un film propio que había arrasado en las taquillas. Evidentemente aquello fue un toque de atención para el resto de estudios. También en la Toho, donde no tardaron en desarrollar su propia versión del CinemaScope, el Toho Scope. Por lo tanto La fortaleza escondida iba a ser el primer film anamórfico de Kurosawa. Y aunque se pudiera pensar lo contrario, lo cierto es que el director estaba encantado con aquel nuevo formato.

La trama del film era simple: en el belicoso Japón medieval de luchas intestinas, dos pobres y codiciosos campesinos, no especialmente valientes (y tal vez por esto) han logrado ponerse a salvo tras una sangrienta batalla. Entre la constante lucha de clanes una princesa ha sido depuesta por sus enemigos. Huyendo de la lucha y figurándose como lograrán volver a su casa, los dos rufianes encontrar por casualidad una pieza de oro. Pertenece a un tesoro con el que la princesa, escondida en un refugio en las montañas, espera recuperar el trono y volver a levantar su dinastía. Los dos campesinos, Tahei y Matashichi, se toparán con el general Rokurota, la mano derecha de la princesa. Llevados por su codicia ambos aceptarán ayudarle a él y a la princesa a transportar el oro por las líneas enemigas hasta llegar al territorio de un clan aliado, viviendo diversas aventuras.

Evidentemente la trama perseguía el entretenimiento puro y duro, aderezado con vibrantes persecuciones, luchas a muerte y frecuentes pasajes humorísticos para rebajar la tensión por cortesía de Tahei y Matashichi, quienes son en realidad los verdaderos protagonistas de la película. La acción avanza y se detiene con ellos, salvo algunas concesiones a la mayor gloria de Rokurota, es decir, de Toshiro Mifune, quien obviamente debía recibir parte de la gloria fílmica. Pero ahí había una pelea con lanza a servicio de la gran estrella del film.

El resto del peso interpretativo recaía en el nuevo descubrimiento (de esos casuales que parecen de película, mientras en los castings no se encuentra a nadie que encaje) Misa Uehara, que estaría electrizante como la princesa Yuki, y sobre todo, en dos estupendos secundarios habituales del cine de Kurosawa por entonces, Minoru Chiaki y Kamatari Fujiwara. Definitivamente la película no sería la misma sin ellos. Ciertamente son como dos prototipos de droide, pero con mucho más barro en los pies. Deliciosamente humanos y egoístas. Habrían merecido uno o varios spin-off. Y por cierto, pequeño papel para el gran, gran Takashi Shimura, el segundo actor fetiche del Emperador tras Mifune. Es un papel muy breve, pero hay que nombrarle siempre que aparezca.

La verdad es que La fortaleza escondida se me antoja como un film estupendo para abrir boca con el cine japonés o la filmografía de Kurosawa, que en muchas ocasiones resulta algo difícil de paladear a la primera. Quizás la mejor, por eso de tener un ritmo y guión más europeos que nunca, sea Escándalo, pero esta cinta de aventuras no sería una mala opción, aunque por supuesto siempre habrá quien no pueda con ese particular modo de rodar nipón, esas historias propias y demás.

Pero primeros bocados aparte, La fortaleza escondida es desde luego uno de los films de Kurosawa con más acción y comedia que se puedan ver, un film de aventuras japonés a la manera occidental pero rodada por un nipón excelente, una buena prueba de que como buen director Kurosawa podía salir indemne de prácticamente cualquier género. Entre esas particulares versiones sombrías de la humanidad, dramas de lo divino y lo humano, y retratos de la dura realidad del día a día, en la filmografía del director es de agradecer una película como La fortaleza escondida, un cambio de registro refrescante y ligero.

Y sí, ¡a George Lucas le debían encantar las transiciones con barridos horizontales de las películas de Kurosawa!

sábado, 16 de julio de 2011

Dannii Minogue


La verdad es que nunca sé qué grado veracidad darle a los habituales comentarios de las mujeres que hablan de mujeres ya mayores que siguen siendo sexys, o de los morros de la Jolie, etc. Siempre que alguna estrella pasa de los cuarenta y se la puede confundir con su hija, ya se habla de operaciones, cirugías, plástico y demás. Y está claro que eso abunda y mucho, pero no sé, antes de los cirujanos plásticos, siempre había hombres y mujeres que conservaban su lozano aspecto por alguna extraña razón. No eran un porcentaje muy alto, pero los había. Así que actualmente alguna mujer habrá que siga bella cual plebeya y sólo se ayude del photoshop, ¡digo yo!

No sé si será el caso de Kylie Minogue, pero desde luego el suyo es un caso que llama muchisísimo la atención. Y claro, luego la ve uno junto a su hija, y aparte de venirle arquetípicas fantasías a la cabeza, se pregunta como es posible que parezcan hermanas, sin tratar de hacer cumplidos. Y ya la repanocha es cuando uno ve a la hermana pequeña de Kylie. Se llama Dannii y no sé... o hay un cirujano muy bueno en la familia, o los Minogue tienen unos genes atómicos.




viernes, 15 de julio de 2011

Jimmy, Dean y Orson se lo pasan bien en la peluquería




No sé por qué este tema no está cerrando todas las sesiones de pubs y discotecas de España. Vivimos en un mundo podrido, amigos.

jueves, 14 de julio de 2011

Completamente sordo en los USA

Evidentemente no podía dejar de pasar la ocasión de rendir un pequeño homenaje al entrañable Würzel, quien durante unos cuantos años formó pareja guitarrera junto al incombustible Phil Campbell en Motörhead.

Resulta curioso pero siempre preferí a Würzel y sus pirotécnicos solos que la técnica depurada de Campbell, aunque los dos eran muy buenos y Phil ha demostrado con creces que es la perfecta mano derecha de Lemmy. En fin, hubo una lejana época en que era capaz de distinguir los solos de Würzel de los de Phil (o al menos eso creía), y aun recuerdó el gran chasco que me llevé (no duró mucho por motivos obvios) cuando la primera vez que fui a ver a Motörhead no vi a Würzel por ninguna parte. ¿Qué broma era aquella? ¿Dónde estaba mi guitarrista de sweep pickings y alocados wahwahs? Estaba fuera de la banda, obviamente, pero en aquellos tiempos sin internet las noticias no corrían tan rápido.

Tanto Würzel como Campbell insuflaron nueva vida (y no es que la necesitara, aunque desde luego la etapa con Brian Robertson había sido extraña) a la banda, y eran los candidatos idóneos para tocar en Motörhead en los metálicos tiempos que corrían por entonces. Würzel ya dejó su impronta en uno de los primeros clásicos de aquella era con su solo en "Killed by Death", y hasta su marcha durante la grabación del Sacrifice siguió aportando el toque de locura en los solos de la banda. En muchos casos eran sus solos los que lograban levantar los temas más flojos del grupo, especialmente en aquel irregular (que no malo, ¡Motörhead no tiene discos malos!) Rock and Roll; la paroxística parte final de "Stone Deaf in the USA" (uno de los mejores temas del álbum, de todas formas) es una buena prueba de ello.

En fin, donde quiera que esté, espero que Würzel siga atronando el aire con sus insanos solos.

miércoles, 13 de julio de 2011

Sangre fácil (1984)

¿Quién habria podido relacionar, allá por 1984, el cine de los Coen con alguien tan preciosista como Zhang Yimou? De hecho debieron ser muy pocos los que viendo Sangre fácil pensaran que alguna vez ese director y ese productor que escribían juntos llegaran a salir algún día del gueto de las producciones baratas y la serie B. Pero los milagros ocurren, y además los Coen tenía algo de lo que carecían la mayor parte de directores que rellenaban estantes en los videoclubs de barrio con su casquería y sus hachas ensangrentadas: talento y mucha imaginación.

La verdad es que cuando les llegó la oportunidad para su debut los Coen no eran unos recién llegados ni mucho menos; Joel había realizado labores en la producción y en la edición, y junto a su hermano Ethan habían aprendido parte del negocio a las órdenes de Sam Raimi. Cuando les entraron las ganas de volar por su cuenta, Raimi les dio su bendición y un consejo: rodar primero el trailer, conseguir con él financiación, y después rodar su película. Y eso hicieron: pusieron al ínclito Bruce Campbell (así todo quedaba en familia) desangrándose en la carretera, y salieron a buscar gente dispuesta a poner dinero en aquello. Tras un año de llamar a muchas puertas reunieron 750.000 dólares, lo bastante para rodar un clásico. Y sin duda Sangre fácil, es un clásico, uno de los mejores debuts que pudieran haberse visto en aquella década de yupis y 'Contra'.

La premisa del film era una típica historia del género negro, con detectives privados y adulterios. De una forma u otra, y siempre a su manera, la verdad es que la carrera de los Coen se ha cimentado prácticamente sobre el film noir y sus reglas, sus planos, su fotografía, que por supuesto remozaron a su gusto. Como suceder con todos los grandes debuts, si quieren saber cuántos huevos hay que romper para hacer la coentortilla con patatas, en Sangre fácil podrán ver todos los ingredientes.

Por ejemplo, tenemos dos vasos de cine terror, especialmente en las secuencias de suspense, donde los Coen juegan con los típicos planos y contraplanos del subgénero que da miedo, cámaras que siguen a los ojos en los pomos de las puertas, rostros invisibles al otro lado de la ventana, etcétera. En el guión pone cine negro, pero en sus ojos podemos leer "aquí estuvo Wes Craven" o "aquí estuvo John Carpenter", etcétera.

A eso hay que añadir el poderío visual del que hicieron gala los hermanos ya en su debut, mostrando una gran imaginación y talento para situar la cámara y crear planos muy interesantes. Los primeros minutos del film ya son excelentes, mientras la pareja tiene esa conversación en el coche, y como un pasajero sentado atrás, vemos esos juegos de luces con los coches que vienen de frente, y que continuan en una perfecta transición hacia la escena del motel. Luces y sombras, perfectamente coordinadas a lo largo del film. ¿Y qué me dicen de esos halos de luz que se cuelan a través de la pared en la parte final de la película? Maravilloso plano.

A través de la ventana vemos la noche. Hay inquietud, pero el chico dice unas palabras tranquilizadoras a la chica, que se ha alzado, cree haber escuchado algo. Unas cuantas líneas de diálogo más, y todo está bien. Nosotros lo sabemos, hemos visto la ventana. La chica vuelve a acostarse. Tras unos cambios de plano, hemos vuelto al principio. Pero la chica se tumba y ahora podemos ver el peligro. Es puro de cine de terror 70s. Simple, quizás incluso arquetípico. Pero muy bien hecho.

Y tras ver la película resulta difícil no tener en la mente durante días esa impactante secuencia en el baño, con la ventana, la mano, los disparos... magnífica escena, macerada en angustiosos y delirantes minutos. Todo se ha complicado, ya nos lo avisaba la voz en off al comienzo del film, esa marca de la casa de los Coen.

Sangre fácil es bastante curiosa, tiene muchos grandes momentos, es un traje a la medida de los Coen, y a su vez, al tacto recuerda a una tela más burda, a papel de estraza. Los hermanos aún habría de refinar su técnica, pero la calidad está ahí, sólo había que soplar un poco, y al mismo tiempo, esa inmediatez de olor a pólvora es el acompañamiento perfecto para un guión tan simple y rudo como el título. Pero como bien sabemos los que conocemos la moraleja de esta historia, nada es tan simple como parece. Si fuera tan fácil, todos seríamos Dashiell Hammett. O Luca Brasi.

Con un presupuesto muy ajustado, la historia prácticamente se ventila entre cuatro o cinco actores. Un curioso protagonista que no sé si habré vuelto a ver en alguna parte, pero que ya se ganó el cielo gracias a la secuencia del coche y la pala (era como Fargo antes de Fargo), y una jovencita Frances McDormand que debutaba de la mano de los Coen para convertirse en su musa, y en algo más. Papel estelar de Otelo tejano para el maravillosamente enratonado Dan Hedaya, uno de esos secundarios familiares normalmente encasillados en papeles de villano y tío rastrero y egoísta. Y mención especial para otro gran tipo que como intérprete gana al bueno de Dan, pero en fin, no hagamos de esto una competición. M. Emmet Walsh, por lo general, ese eterno secundario del que tenemos que buscar el nombre para acordarnos de cómo se llama. Pero le han visto en decenas de películas, vaya que sí, normalmente encasillado en papeles de sureño retrógado, corrupto y racista, ya sea con tirantes y pañuelo para el sudor en la mano, o con placa de sheriff. Los Coen escribieron su personaje pensando en él, y desde luego su papel de detective es una de sus actuaciones definitivas, con muchos más minutos de lo habitual.

Sangre fácil no es uno de los títulos que suelen aparecer en los primeros puestos de preferidas de los Coen, pero cada vez que la revisito siempre pienso que merece un lugar más alto en el Top Ten coeniano. Hasta que vuelva a ver Muerte entre las flores, Fargo, o alguna otra, que se colarán hasta de nuevo vuelva con Sangre fácil. Y con todo esto y un bizcocho, creo que ya solo me falta Barton Fink para acabar de repasar en este blog el periodo clásico e inmortal de esos dos genios.

lunes, 11 de julio de 2011

El reinado de Elvis: 1977

The king is gone but he's not forgotten. Neil Young, "Hey Hey, My My (Into the Black)"

Felton Jarvis
bien podría haber esperado una vida, pero a finales de enero todos sabían que Elvis no iba a aparecer por el estudio. Su nueva novia, Ginger Alden, se había negado en rotundo a acompañarle a Nashville. Habían discutido, y por tanto el Rey adujo problemas de garganta para poder recluirse en casa y enfadarse con el mundo. Con todo, la reconciliación no tardó en llegar. De hecho Elvis fue mucho más allá, y el día 26 (elegido porque su número de la suerte era el 8) se prometió a Ginger. Y aunque ninguno de los chicos lo dijera, no les gustaba Ginger. Era infantil, dominada por su madre, y en ningún modo a la altura de la gran dama, Priscilla. El ambiente en Graceland era tan enrarecido que incluso periódicos locales se hicieron eco de los rumores que circulaban entorno al distanciamiento entre Presley y la Memphis Mafia.

El 12 de febrero la máquina se ponía en marcha una vez más. En esta ocasión habría una rápida gira de diez días por Florida y otros estados del sudeste. El doctor Nick volvía a gozar del favor de Elvis, tras su desencuentro por el negocio fallido de los frontones. La estrella incluso le prestó varios miles de dólares para ayudarle con los gastos de su nueva casa. Al fin y al cabo era y había sido su mejor médico de cabecera.

A principios de marzo Vernon Presley logró convencer por fin a su hijo para que hiciera testamento. Si las últimas voluntades son un espejo de la gente que verdaderamente alberga el corazón de un hombre, el de Elvis reflejaba muy claramente la situación de entonces. Su, padre, Vernon, era nombrado albacea y administrador de la fortuna de su hijo, con la obligación de cuidar de la abuela y de Lisa Marie, la hija de Elvis. También se daba libertad a Vernon para cuidar de cualquier otro pariente, siempre que no afectara al estado económico familiar. A la muerte de Vernon la fortuna iría a parar a un fondo para Lisa Marie, o cualquier otra descendencia que pudiera venir. No había mención a ninguno de los chicos, ni a Priscilla, ni siquiera al Coronel. Quizás Elvis pensó que, al fin y al cabo, lo único seguro que tenía era su familia, como había sido siempre, allá en Tupelo. O quizás no. Quién lo sabe.

El 4 de marzo Elvis y su séquito se marcharon a Hawái de vacaciones. Tratando de rememorar los buenos años, todos estuvieron de buen humor, hicieron bromas, y jugaron al fútbol, a pesar de que el estado físico de Elvis dejaba mucho que desear. Joe Esposito calificó aquellas vacaciones como un doloroso acto de nostalgia. Aun así, todos estuvieron encantados de que el gran E les diera un lujoso regalo a cada uno. Cuando a Elvis le entró arena en un ojo, las vacaciones se acabaron y todos volvieron a Graceland. Diez días de vacaciones que equivalían a cien mil dólares en gastos. Desde luego no resulta sorprendente que el Coronel siguiera programando más y más giras. Elvis nunca dejaba de gastar, y el problema de juego de Parker no iba a menos. El resultado era obvio: 12 fechas más para comenzar el 23 de aquel mes.

"Su música fue de la parodia hasta casi la perfección". Así resumía un crítico local la actuación de la primera fecha en Tempe, Arizona. Y es que, pese a todas las expectativas, la magia seguía allí, en algún sitio, tal vez embotada por las drogas, pero seguía viva. Y cuando lograba salir, la voz de Elvis, esa voz inmortal, intacta, hacía el resto. Las primeras fechas fueron un gran éxito. Seguro que el peluquero y gurú Larry Geller nunca lo habría predicho, cuando por entonces se preguntaba en su diario, tras haber visto que Elvis llegaba a dormirse incluso comiendo, quedándose al borde de la asfixia, "¿cuánto le debe quedar"?

El espejismo duró poco. Ginger se negaba a reunirse con él, y sumido en su depresión por no tenerla cerca, Elvis cayó en picado. Los conciertos ya no llegaban a la hora, seguía teniendo problemas en recordar las letras... A la novena noche, en Baton Rouge, ya no pudo salir a escena. Tuvo que ser el propio promotor, Tom Hulett (un tipo que se había fogueado organizando giras para Hendrix y la Creedence), el que decidiera cancelar el concierto de aquella noche ante el penoso estado de la estrella. Tras cancelar el resto de la gira y volver a Memphis, Elvis fue ingresado en el hospital.

Tras apenas cuatro días en el hospital, Elvis fue dado de alta con el beneplácito del doctor Nick. Tras una nueva pelea con Ginger, el cantante se largó a Las Vegas con un nuevo ligue, una jovencita empleada de banco llamada Alicia Kerwin. Allí Elvis tuvo una nueva crisis respiratoria, y acudió al doctor Ghanem, su médico de Las Vegas, un tipo que, a pesar de no tener tan mala fama, seguramente era mucho peor que el mismo Nichopoulos. De Las Vegas Elvis y Alicia se largaron a Palm Springs, donde le compró a la chica un coche, y donde tuvo otra crisis respiratoria más. El doctor Ghanem acudió de nuevo al rescate con su botiquín.

Tras una regañina telefónica de Vernon por no aparecer por casa ni dar señales de vida, Elvis, malhumorado, tuvo que volver a Memphis, dejar a Alicia en su trabajo y prepararse para una nueva gira que comenzaría el 21 de abril.

En escena Elvis daba carnaza a los críticos dispuestos a hacer leña del árbol caído con una actitud desganada y mecánica. Cuando no estaba mentalmente confuso, su cuerpo estallaba en mil dolores, pero el show debía continuar, mientras todo a su alrededor parecía desmoronarse. Un periódico dio la voz de alarma con un gran titular que afirmaba que el Coronel tenía previsto vender su contrato para pagar sus deudas de juego. Parker lo desmintió inmediatamente, desde luego, pero aquella jugarreta era un duro ataque a la línea de flotación de Elvis, quien por muy drogado que estuviera, no era tonto, y sabía tanto de las deudas de Parker como de sus continuas quejas acerca de él. A todo esto había que añadir el carrusel emocional de Ginger, demandas por contratos incumplidos, las fotos cada vez más vejatorias que publicaba el Star, o el juego sucio que se traía entre manos el National Enquirer, que entonces, como hoy, publicaba las más bizarras noticias acerca de Presley.

Acabada la gira, y tras destrozar a tiros una ventana de su habitación, Elvis tuvo que ser sedado y se recomendó que guardara reposo. Reposo que no iba a durar mucho: el 20 de mayo catorce fechas más le esperaban.

Resulta curioso ver cómo las giras de Elvis eran unas concentraciones de fechas, sin días de descanso, mientras giras más largas de grupos como los Rolling era raro que actuaran más de cuatro días seguidos. Evidentemente Elvis no hacía giras mundiales, pero dado su estado físico catorce conciertos consecutivos bien podía valer por una gira europea. Pero nadie a su alrededor parecía pensar en parar por un tiempo. El 2 de junio el Rey cerraba una gira de conciertos caóticos, apagados, desdibujados, que con suerte llegaban a la hora de duración sin interrupción alguna. Cansado de que estuviera tan apegada a su familia, Elvis forzó a Ginger a elegir entre él y los Alden. El resultado fue que Ginger le abandonó a mitad de la gira.

Tras catorce días arrastrando a su protegido por los escenarios, al Coronel no se le ocurrió mejor idea que cerrar un especial de televisión para la CBS. Nadie objetó nada, y los pocos que pusieron alguna pega recibieron como respuesta que Elvis necesitaba un reto para volver a ponerse en forma. Pero dada la situación y el estado de salud de su protegido aquella era la mejor prueba de por entonces Parker no miraba por nadie más que por sí mismo. Pero es más triste pensar que, de haber vivido lo bastante, y de haberse negado, tarde o temprano Elvis habría tenido que hacer algo: un especial, un disco, una gira. Su tren de vida era demasiado alto y demasiado rápido como para permitirse el lujo de estar parado demasiado tiempo.

El 17 de junio Elvis iniciaba su quinta gira en Springfield, Missouri. Continuaba embotado, lento de reflejos, y con su voz a medio gas. En Omaha se unieron a la gira las cámaras de la CBS, que en esa y la siguiente fecha iban a grabar material para el especial televisivo que iba a emitirse en octubre, Elvis in Concert. Aunque seguramente no es tan malo como lo que se suele escribir sobre sus actuaciones de la época, las impactantes imágenes de aquella noche sean seguramente un ejemplo de lo que debían ser sus peores noches, con voz titubeante, arropándose en los coristas, olvidando letras, etcétera. En definitiva, el Elvis con el que se ensañan sus enemigos y los cómicos más corrosivos: gordo, olvidadizo, lento; el Rey con ataques de risa histéricos en "Are You Lonesome Tonight", y demás.

Tras otra floja noche en Lincoln, las cámaras volvieron en Rapid City, South Dakota. "Sé que lo hice fatal", le confesó Elvis a los productores. Y esa noche prometió enmendarse.

Tras acabar la gira, Elvis volvió a Graceland. Los días pasaban y el cantante apenas salía de su habitación con aire acondicionado. Ni siquiera salió a celebrar al jardín el 4 de julio. El día 12, a pesar de que tiempo atrás le hubiera rogado a Red por teléfono, y a pesar de que se había convencido de que nunca saldría a la luz, se publicaba en Estados Unidos (tras una exitosa, y controvertida, publicación por fascículos en Inglaterra y Australia) Elvis: What Happened?, el libro que los hermanos West y Dave Hebler habían completado con la ayuda del periodista Steve Dunleavy. Aunque no fue el primer libro ni la primera biografía de Elvis, sí fue el primero de los muchos que habrían de venir de aquellos que le habían conocido, y el primero que destapó toda la mierda que había a su alrededor: las drogas, el sexo, la violencia, etcétera. Una dura traición que Elvis tuvo que encajar prácticamente solo. Aparte de su padre, su primo Billy y la esposa de éste, Jo, el único que parecía pasar por allí a menudo era el siempre fiel Charlie Hodge. Los veteranos de la Memphis Mafia se dedicaban a vivir sus vidas y acudir al tintineo de la campanilla o de las monedas, y los nuevos reclutas eran simples sirvientes que cumplían su función, y a los que Elvis trataba como tal. Y supervisándolo todo estaba, como casi siempre, el doctor Nick. Curiosa y significativamente, a pesar de todo, Elvis rechazó las propuestas provinientes del círculo de Frank Sinatra para impedir la publicación del libro. Y tratándose de quien se trata, resulta fácil, y morboso, imaginarse lo que encerraba aquel "impedir".

Los días pasaron, monótonos, hasta que el 31 de julio llegó Lisa Marie para animarle la vida a Elvis. Dolido todavía por la publicación de Elvis: What Happened?, Presley decidió afrontar la siguiente gira con entusiasmo. Se sometió a una dieta líquida supervisada por el doctor Nick y le habló a Vernon de que aquella vez sentía una especial ilusión por salir a la carretera. Pero nunca más volvería a los escenarios. Aquel "Can't Help Falling in Love" en Indianapolis sería la última canción que interpretaría ante su público.

16 de agosto de 1977. Ésa fue la fecha de su muerte. No creo que haya que comentar nada más. Con más o menos elegancia, mucho se ha escrito sobre el final de Elvis. Su último día pudo llenar incluso un libro entero, The Last 24 Hours. Dejémoslo así.

Vernon rinde tributo a su hijo

Desde luego es fácil buscar metáforas y símiles en la forma en que Elvis dejó este mundo. Creo que no cabe duda de que Elvis vivió la soledad del hombre en la cumbre, complicada con esa inseguridad que nunca pareció abandonarle del todo. En sus momentos más oscuros se preguntó si tenía amigos, si su público le quería, si le recordarían, si aquellas chicas le querían a él o a su dinero. Es algo que muchos que lo han vivido siempre dicen: en ascensos tan rápidos a la fama hay que estar muy seguro de sí mismo y tener las cosas muy claras para no perder la cabeza. Podríamos especular hasta el infinito: ¿y si no hubiera hecho la mili? ¿y si no le hubieran ofrecido aquellos barbitúricos? ¿seguiría entre nosotros? ¿habría encontrado tarde o temprano otra vía de escape?

Una cosa que se suele decir de los adictos, y de quienes les rodean, es que por mucho que los demás lo intenten, si la voluntad y las ganas de cambiar no vienen de dentro, el adicto lo seguirá siendo de por vida. Los que lo sigan intentando se verán arrastrados con él o ella en su camino hacia el abismo. Llega un momento en que hay que hacerse a un lado.

Ni el Coronel, ni el doctor Nick, ni Vernon, ni nadie más, habrían podido cambiar las cosas sin la ayuda de Elvis. Como cualquier adicto, cuando le hablaban sobre el tema Presley o bien negaba el problema o respondía con violencia o acusaciones. Cualquier psicólogo podría describir los síntomas, se repiten una y otra vez. Sin embargo, prácticamente todos los que le rodeaban se quedaron allí para verle autodestruirse. Priscilla desapareció por su divorcio, y algunos chicos como Red fueron despedidos o tuvieron peleas. Pero es bastante probable que los West, de no haber sido despedidos, hubieran seguido allí hasta el final.

Los intentos de Parker por hacerle entrar en razón no surtieron efecto, pero dada su política recíproca de no meterse uno en los asuntos del otro, conforme pasaba el tiempo parecía que el Coronel se preocupaba más por la salud de Elvis como una parte del negocio que como algo personal. Su contrato con la CBS es una buena prueba en favor de esta hipótesis. El Coronel fue el hombre que le llevó a lo más alto, y el hombre que no le dejó girar fuera de Estados Unidos. Como siempre había sido, parecía que al final para el Coronel no era nada personal, sólo negocios.

A pesar de su mala fama, el doctor Nick seguramente fue el médico que más se preocupó realmente por la salud de Elvis en los últimos años de éste. Mientras otros cerdos sacaban recetas como quien saca caramelos, Nichopoulos intentó probar nuevas terapias, supervisar el consumo de medicamentos, dietas, placebos... pero por otro lado, nunca dejó de recetar medicamentos en cantidades que cualquier médico sabía que eran tóxicas. Nunca acabaré de ver claro si fue otro villano o alguien que lo intentaba a su modo. Aunque seguramente cualquier otro doctor de ética intachable habría abandonado mucho antes, por el simple hecho de que no se puede, ni debe, recetar medicamentos cuando no hay dolencias que los requieran.

De la Memphis Mafia es más de lo mismo. Continuaron quejándose de los cambios de humor, de los arranques de violencia, apenándose por el consumo de drogas, y los pocos que se atrevían a decirle lo que pensaban, fueron de los primeros en independizarse del grupo. Los demás siguieron asistiendo a la caída de Elvis mientras disfrutaban junto a él y de él, con sus regalos caros y sus coches. Hacia el final estaban sin estar. Aparecían en Hawái y luego se evaporaban. ¿Cuánto tiempo puede aguantar alguien viendo a su amigo caer en el pozo de las drogas? Iban y venían, pero no se decidían a romper el lazo. Personalmente, creo que, quizás con la excepción de los más sinceros Schilling y Esposito, el único que realmente apreció a Elvis fue Charlie Hodge. Y Red siempre estuvo allí, aunque también pienso que la fama de Elvis cambió para siempre la amistad entre ambos.

Por todo esto no es extraño que al final en su testamento Elvis sólo pensara en los de su sangre. El amor de padre de Vernon creo que es incontestable, pero aun así creo que se le puede criticar el no haber hecho más por apartar a su hijo de la carretera en sus últimos años. En general seguramente podría haber hecho más en todo, pero desde luego él solo nunca habría podido desengachar a Elvis de las pastillas. Aunque quizás si habría podido evitar aquellas tortuosas giras de los dos o tres últimos años. Pero el pánico de volver a la pobreza creo que siempre le pudo.

Tras la muerte de Elvis todo se disparó: las ventas del Elvis: What Happened?, las ventas de discos, los rumores, los artículos planfetarios, las polémicas... En los años siguientes, prácticamente todo aquel que conoció a Elvis, aunque fuera de refilón, sacó su libro particular sobre el Rey. Con el cadáver aun caliente Ginger Alden vendió su exclusiva al National Enquirer. El éxito de Elvis: What Happened? animó a muchos otros. Todos querían el dinero, obviamente, pero algunos tenían algo que aportar y otros simplemente publicaron subproductos indignos. Vernon, quien siguió a su hijo poco tiempo después, no entró en el juego, ni tampoco Linda Thompson. Pero casi todos los demás lo hicieron, antes o después. Aunque no escribió libros, el Coronel siguió viviendo de la memoria de Elvis de un modo u otro.

En fin, ésta fue la vida de Elvis, desde los inocentes comienzos hasta el más bizarro tópico de la estrella del rock. Al final, con todo lo bueno y lo malo que pudiera hacer, acabara como acabara, fuera cual fuera su declive, lo que cuenta es la música, el don de su voz, su talento, todo aquello por lo que se le encumbró en su día. Elvis, su voz, su carisma, hacen de él un auténtico jazzman como el de Carole King, aquel que puede elevarte al paraíso, o derrotarte por completo.

Me he preguntado varias veces como acabar esta serie de artículos. Bien podría haber sido con el párrafo anterior. Pero he querido lidiar con algo más duro, y también conmovedor, unas imágenes ya famosas entre cualquier de sus fans, que demuestran, a pesar de todo, de que la grandeza de su voz estuvieron con él hasta el final. Demuestran que, a pesar del dolor físico, la vergüenza y el lamentable estado de forma, Elvis aun tenía dentro de él aquella magia intangible que hacen de él una de los iconos definitivos del rock.

"Sé que lo hice fatal". Volvamos a aquel 21 de junio de 1977 en Rapid City. Tras la pobre actuación de Omaha, Elvis promete a los productores de la CBS que van a grabar de nuevo el concierto que esa noche será mejor. Y ciertamente, contra toda expectativa, ese concierto resulta ser superior a lo que está siendo la media habitual. Hacia el final del concierto Elvis, cuya engordada imagen hace pensar a muchos que es una sombra de lo que fue, se sienta al piano, se encorva sobre el micro y ataca uno de sus temas preferidos, "Unchained Melody". El viejo Charlie le sostiene el micro, como es habitual. Conforme avanza la canción el rey en jaque se crece, y desde alguna parte de su derrotado físico y su alma rota saca fuerzas para demostrarle a los productores, al público, al mundo, y lo que es más importante, a sí mismo, que sigue siendo capaz de ser el mejor. Pero dejaré que sea Peter Guralnick, cuya obra capital sobre el Rey ha sido la práctica y total inspiración de todos estos artículos, quien acabe de relatar la historia, después de que Elvis, ayudado sólo por su escudero Charlie Hodge que sostiene el micro, continúe por su cuenta: y sigue para completar la canción sin la ayuda de éste, ni de Sherril Nielsen ni de ninguno de los cantantes de coro que suelen ayudarle a sostener las notas más altas, la expresión de su cara, la sensación de alivio del niño pequeño que por fin lo ha conseguido, es tan fascinante como desgarradora.