sábado, 30 de abril de 2011

Mr Robinson's Neighborhood

Nunca acabé de pillar qué rollo tenía Eddie Murphy con Smokey Robinson, pero sus parodias en plan Barrio Sésamo eran delirantes. ¡Y qué decir de la estrella invitada!

El vídeo está al revés y la calidad no es muy buena, pero con lo duros que son en la NBC, ¡ya puede dar uno gracias!


viernes, 29 de abril de 2011

Involúcrate

James Brown, Bobby Byrd, Bootsy Collins y todos los demás... ¡simplemente no es mejorable!


jueves, 28 de abril de 2011

Devil Girl From Mars (1954)

No creo que haya muchas actrices cuyos títulos referenciales en su carrera sean una superproducción como Quo Vadis y un film de serie B como Devil Girl From Mars, pero ése es el caso de Patricia Laffan, una gran actriz que habría merecido mejor suerte y una carrera cinematográfica más potente; seguro que habría podido dar más de sí. Su reptiliano papel de Popea en Quo Vadis lo demuestra.

Viendo pelis de ciencia ficción 50s inglesas siempre tengo la sensación de que allí, a pesar de la evidente falta de presupuesto, trataban de hacer lo mejor que podían con un guión más o menos coherente y una realización que le da su tiempo a la historia. Habrá de todo supongo, pero en un principio Devil Girl From Mars al menos parece tratar de dar una buena impresión. Luego aparece el robot destructor que parece un frigorífico de la época con patas y se va todo al garete, pero si la intención es lo que cuenta, Devil Girl From Mars cumple. Aunque prácticamente toda la historia transcurra en dos o tres decorados.

La trama es, como cabía esperar, bastante simple: un curioso meteoro se estrella contra la Tierra, llevándose de paso un avión por delante. Pero el avión no parece importarle a nadie, así que un científico y un periodista (el equipo habitual en estos casos) acuden al interior de la Gran Bretaña para estudiar el aerolito impactado. Pero el aerolito no es tal, pues es en realidad un trozo de una nave extraterrestre que por error ha aterrizado en la campiña y no en Londres. Por el bien de los tripulantes uno espera que en Marte también haya aseguradoras.

Pues bien, los tripulantes del platillo volante son el frigorífico que anda y una pérfida mujer llamada Nyah. Resulta que en Marte en vez de guerras mundiales tuvieron una guerra de sexos, tras la cual quedaron tan pocos hombres y tan esmirriados y asustados que lógicamente tienen problemas para procrear. Y es que en Marte, una vez más, todo resulta ser más humano de lo que parece. El problema es que hay muchas mujeres; hombres, pocos e inservibles (al contrario que en la Tierra, donde son inservibles, pero hay muchos); y una alta tecnología capaz de hacer rayos destructores, platillos volantes y frigoríficos móviles, pero que no tienen la tecnología de la inseminación o distinción entre miembros y miembras. Por eso envian a la tal Nyah, en plan exploración, para de paso llevarse a un buen especimen machuno a Marte para repoblar el planeta rojo. ¡Qué terrible destino! Pasarse la vida copulando con bellas marcianas.Pues, ¿a qué no adivináis? ¡Claro que sí! El guaperas de turno se indigna ante tal pensamiento. Será porque se ha enamorado de una chica que se hospeda en la posada y que huye del mundanal ruido para huir de una relación con un tipo casado (así como lo leen; para una peli de los 50 de ciencia-ficción ya es bastante rompedor).

Por supuesto la malvada Nyah es Patricia Laffan, que aparece como una especie de Darth Vader femenino que sirviera hamburguesas sobre patines. Aparte de llevar el sempiterno uniforme de las chicas marcianas (no sé por qué pero allí siempre van con faldas cortas) mostrando sus bien torneadas piernas, la Laffan se dedica a derrochar carisma malvado y a lanzar sus frases de la forma más mecánica y acartonada posible, para que se vea que no es de aquí. Y obviamente no hay mucho más, ella es el film, y el film es ella. Después de Popea y Nyah Patricia Laffan debería haber aparecido en muchas más películas aportando su glamour de perra fría y calculadora colmando de felicidad a los que pertenecemos al Club de Amigos de la Ama de Llaves de Rebeca, pero por lo visto ningún otro de sus films llegó a destacar lo bastante, y Patricia Laffan desapareció para siempre jamás del celuloide. Lástima.

Patricia Laffan, la novia de Vader

Devil Girl From Mars, una peli para incondicionales del género o para aquellos que quieran disfrutar más de la Popea del 51.

miércoles, 27 de abril de 2011

Lemmy: The Movie

No creo que haya mucho que decir a estas alturas. Ya sabéis que cualquiera que tenga el rock por las venas tiene que ver este documental. No sé con que quedarme: con los chistes alucinógenos, con el momento tanque, o con el pez que canta "Don't Worry Be Happy". Indisfuckingpensable.

lunes, 25 de abril de 2011

La sombra de Caín: La pirámide de Charles Ponzi

Muchas décadas después de que Charles Ponzi abandonara este valle de lágrimas, un personaje de cierta serie de televisión, gordo y rico, se lamentaba ante su poderoso amigo, un tal Nucky Thompson, tras haber perdido toda su fortuna en unas aparentemente muy lucrativas inversiones. Y es que, como ya le había advertido su amigo Nucky, nadie da duros a cuatro pesetas. Sin embargo, durante su corto pero sonoro reinado, Charles Ponzi logró convencer a una ciudad entera, Boston, y a gran parte de la Costa Este, de que tal milagro podía hacerse. Ésta es su historia.

De pasado algo oscuro, como cabría esperar de un sujeto como Ponzi, su lugar de nacimiento se sitúa en algún lugar de la provincia de Ravena, un 3 de marzo de 1882. Venido al mundo como Carlo Ponzi en una humilde familia, una de las primeras cosas de las que se dio cuenta un joven Ponzi, por el simple arte de la observación, es de que nadie a su alrededor parecía prosperar en la vida, a pesar de que gente como sus padres se deslomaban de sol a sol en las gastadas tierras italianas. Muy pronto Charles Ponzi decidió que aquello no era lo que quería para su vida. Así que en cuanto pudo juntar algunos ahorros, Ponzi hizo como muchos de sus compatriotas y emigró a la tierra prometida, los Estados Unidos.

El año era 1899. En su viaje transatlántico, Ponzi observaba la cubierta de los ricos, diciéndose así mismo que algún día él sería uno de ellos. Pero hasta entonces aun debía de aprender muchas lecciones. Una de ellas la aprendió en aquel mismo viaje, cuando dos bribones le embaucaron para que jugara a las cartas, despojándole de todos sus ahorros, salvo unos míseros dos dólares con cincuenta, que fue la cantidad que tenía en el bolsillo cuando llegó al puerto de Nueva York.

Chico despierto y con facilidad para los idiomas, Ponzi no tardó en aprender un buen inglés. Pero también aprendió que en los Estados Unidos el sueño americano se cumplía para tan pocas personas como el sueño italiano. Es decir, que los pobres seguían siendo pobres, y los ricos seguían siendo ricos. En los años siguientes Ponzi trabajó en decenas de trabajos duros y mal pagados por toda la Costa Este, desde Pittsburgh a Boston. Como su suerte no cambiaba, el joven italiano decidió probar en Canadá, y se trasladó a Montreal. Y fue allí, en aquella fría ciudad canadiense, donde otro italiano le abrió los ojos.

Por la época en que llegó a Montreal, alrededor de 1907, el Banco Zarossi estaba dando mucho que hablar, especialmente entre los inmigrantes italianos. Su director, Luigi Zarossi, ofrecía a sus clientes un seis por ciento de interés por sus ahorros, el doble de lo que podía ofrecer cualquier otro banco. Como un Antonio Alcántara cualquiera, Ponzi entró a trabajar en el banco y fue ascendiendo de la mano de Zarossi. Todo parecía ir sobre ruedas: el Banco Zarossi cada vez atraía a más clientes, por lo que había más dinero para todos.

Llegó el día en que Zarossi se asoció con un tal Charles Bianchi. A partir de entonces el negocio creció tan deprisa que Zarossi hubo de abrir sucursales. Su éxito era arrollador. Y también lo era el de Bianchi. Cuyo verdadero nombre era, por supuesto, el de Carlo Ponzi. Una vez que Zarossi hubo puesto al corriente a su refulgente empleado de lo que verdaderamente pasaba allí, el bien construido cerebro de Ponzi se puso a trabajar en el asunto, hallando un medio de obtener muchos más beneficios. Así, el pequeño chanchullo de Zarossi se convirtió en un gran chanchullo. Y evidentemente cuando al otro lado del Atlántico las supuestas ganancias, cheques y divisas que debían llegar, enviadas a través del banco por sus familiares inmigrados, no llegaban, la noticia no tardó en llegar a Canadá. Y cuando eso ocurrió, Luigi Zarossi tuvo que dejar la ciudad. Ya de paso, se apropió de todo el contenido de las cajas del banco que pudo transportar. El fantasma Bianchi nunca fue encontrado, y su sosias de carne y hueso, Ponzi, estuvo un tiempo viviendo con la familia de Zarossi, a quien tuvo que mantener. Decidido a escapar de su suerte, Ponzi decidió falsificar un cheque y con ese dinero volver a los Estados Unidos. Pero su truco no resultó y Ponzi acabó cumpliendo tres años de cárcel en alguna sórdida prisión canadiense.

Carlo renació como Charles Ponzi en Boston, allá por 1917, trabajando como escribiente en una firma de corredores de comercio de importación y exportación. Fue en aquella oficina donde Charles Ponzi tuvo su revelación, su particular camino a Damasco. Allí aquel Saulo italiano descubrió una manera de dejar su vida miserable atrás.

Todo comenzó cuando cierto día de 1919 cuando cayó en sus manos un sobre procedente de España. En el interior había un sello postal de respuesta. ¿Qué que era aquello? Ponzi tampoco lo supo inmediatamente. Pero pronto averiguó que aquella clase de sellos se usaban para cubrir gastos de franqueo de una carta de respuesta de la firma. Estudiando aquello más detenidamente, Ponzi observó que el sello postal había costado un centavo, allá en Madrid. Y que en cualquier oficina de correos de Boston podía canjearse por cinco centavos. Un brillo cruzó sus ojos. En los siguientes días Ponzi se estuvo informado sobre cambio de divisas, envío de sellos postales, y demás asuntos relacionados. Se imaginaba que comprando sellos por toda Europa y canjeándolos en Estados Unidos podría hacer fortuna.

Para cuando Ponzi se dio cuenta de que su espléndida idea tenía muchos puntos débiles, de que no se hacían bastantes sellos postales en un año como para hacerle rico, y de que montando una compra de sellos a gran escala casi le costaría más que lo que pudiera ganar, Ponzi ya se había despedido del trabajo. Cosa que no gustó a su mujer, Rose. Y es que Charles había regresado con una esposa del brazo.

También Saulo hubo de caer del caballo para ver la luz. Y Charles Ponzi había caído, pero se levantó para ver la luz que le haría millonario. Ocurrió una tarde de verano, sentado en las escaleras de su finca, charlando con un par de conocidos suyos que cavaban zanjas y ponían ladrillos. Como mucha otra gente humilde a lo largo de la historia, los dos amigos, entre charla y charla, comenzaron a fantasear sobre lo que harían si fueran millonarios. En ese momento algo se activó en la mente de Ponzi. Aquella conversación fue para él lo que aquella manzana fue para Isaac Newton. El astuto italiano lo vio claro, y les dijo a sus compañeros que si querían ser millonarios, él tenía un plan. Algo que ver con la compraventa de ciertos sellos postales. Si confiaban en él, podían darle cierta cantidad de dinero. Ponzi se comprometía a doblar su dinero en un plazo de 90 días. Era un negocio seguro.

Aquel fue el principio de una escalada sin precedentes de un engaño increíble, una estafa que alcanzaría proporciones bíblicas. No es que Charles Ponzi fuera el primero en tener la idea, seguramente aquella trampa era tan vieja como el mundo, o al menos tan vieja como el capitalismo. Pero sería Charles Ponzi quien la perfeccionaría, quien la llevaría más lejos que nadie, dándole a aquel esquema criminal su nombre, el "esquema Ponzi". El cubismo tuvo a Picasso; las finanzas fraudulentas tuvieron a Ponzi.

Y bien, ¿qué hizo Ponzi con el dinero que le dieron aquellos dos obreros? Otros se lo habrían gastado en el bar más cercano, habrían pagado la cuenta del gas, o, los menos, habrían comprado flores y bombones a su mujer. Evidentemente Ponzi veía más claro. Si en noventa días no daba a aquellos obreros su dinero, o abandonaba la ciudad o acabaría bastante magullado. Por lo tanto comenzó a hacer girar la rueda que iba a levantar a su pirámide: fue con el cuento de su fabulosa idea a otro par de primos. Y luego a otros dos. Unos días después habló con otros tantos. Y luego, convenció a unos vecinos... Van comprendiendo, ¿verdad? Pasados los 90 días, Ponzi cumplió su palabra, y entregó a los obreros el doble de la cantidad que le habían prestado. Por supuesto, ese dinero venía de los otros dos primos a quienes había convencido después. Y así, sucesivamente, Ponzi comenzó a cumplir su palabra... Obviamente, muy pronto en todo el barrio italiano corrió la voz: un tal Charles Ponzi, mago de las finanzas, invertía tu dinero y te daba el doble a los 90 días. Era infalible. Aquellas Navidades la gente del barrio italiano de Boston no esperó ilusionada a Santa Claus. Fueron a darles sus ahorros al señor Ponzi.

El 20 de diciembre Charles Ponzi abrió una oficina en School Street, una de las calles más importantes de Boston. Acababa de fundar la Securities Exchange Company, el pilar que iba a hacer de él un hombre rico. Muy pronto un buen grupo de italianos iba a cada día a ver a Charles Ponzi para retirar sus ganancias. Ponzi siempre les preguntaba si deseaban reinvertir sus ganancias. No eran pocos los que decidían seguir dándole dinero para así aumentar sus incipientes pequeñas fortunas.

Si en un principio su mujer, Rose, se había preguntado de dónde llegaba todo aquel dinero, Ponzi pronto la calmó con suntuosos regalos, asegurándole que había dado con una llave para el sueño americano. Ya no debía preocuparse por el futuro. Él cuidaría de los dos.

Si en febrero de 1920 Ponzi hacía 5.000 dólares (de la época) al mes, en marzo estaba facturando 30.000 dólares. Muy pronto el volumen de negocio fue tal que Charles hubo de contratar a contables, además de a un nutrido grupo de agentes que enviaba a todas partes para que le trajeran a más primos, es decir, a más inversores, a cambio de un generoso 10% de comisión para sus sabuesos del dinero. Su mujer Rose dejó su trabajo de asistenta y comenzó a trabajar como secretaria para su esposo.

Evidentemente para abril entre sus clientes se contaban no sólo italianos, sino anglosajones, rusos, alemanes, irlandeses... cualquier chupatintas de Boston estaba deseoso de entregar sus ahorros a Ponzi (que muchas veces, entre los más humildes, se resumían a cinco o diez dólares) para que éstos vinieran duplicados a los 90 días. Cada noche, tras anotar las entradas y salidas de dinero, Ponzi ingresaba sus ganancias en un banco cercano a su oficina, la Hanover Trust Company. A aquella cuenta siguieron otras, y pronto Ponzi hubo de abrir una sucursal para atender a todos sus clientes. Todo iba viento en popa.

La clave del éxito de Ponzi, aparte de una gran idea, fue su conocimiento de las personas y su psicología. Tenía magnetismo, una sonrisa para sus clientes, y una mirada límpida que desprendía honradez y confianza. Y sabía zafarse de los peligros. Cuando un reputado financiero declaró en un periódico que aquel negocio era irrealizable, Ponzi le demandó a él y al periódico por una exorbitante cantidad. Aquel rápido movimiento incrementó su fama, a la vez que acalló protestas de sus detractores. Por entonces la acusación de libelo era una cosa seria, y los periódicos prefirieron, por el momento, no dar voz a quienes dudaban del lucrativo negocio de aquel italiano surgido de la nada.

En mayo Ponzi tenía en sus bolsillos la por entonces pasmosa cantidad de 420.000 dólares, y decidió darse a él y a su mujer la vida que correspondía a su nuevo estatus. Dejó su piso, se compró una mansión y sustituyó los taxis por un lujoso coche y un chófer. Por supuesto, hacía tiempo que su mujer llevaba suntuosas pieles y joyas caras, mientras que él sólo llevaba los mejores trajes hechos a medida, zapatos a la moda y un refinado bastón. Por fin Charles Ponzi se convirtió en lo que siempre había querido ser: un hombre rico.

En junio, seis meses después de haber abierto su oficina, un día Charles Ponzi entró en la Hanover Trust Company, donde muchos directivos le habían mirado por encima del hombro por ser un nuevo rico de origen dudoso. Pero aquel día no pudieron sino reverenciarle y quitarle el polvo de la levita. Ponzi se había hecho con la mayoría del accionariado del banco. No sólo eso, sino que en la reunión del consejo, expresó su deseo de ser presidente del banco. Y, por supuesto, salió de allí como presidente de la entidad. Aquel fue el primero de muchos movimientos para comprar acciones de bancos por todo Boston. Evidentemente, también cumplió el sueño de todo trabajador: compró la antigua correduría donde había languidecido tanto tiempo, y despidió a su antiguo jefe.

Pasaban los días, y el negocio seguía prosperando. Cuando un comisario de policía decidió investigar el asunto, Ponzi no sólo hizo perderse a los agentes enviados desde la central en un galimatías de cifras y finanzas mientras les enseñaba sus sellos postales, sino que además de asegurar al comisario que Ponzi era totalmente honrado, le confiaron su dinero para que se lo invirtiera. Todo el mundo quería a Ponzi. Y los que no, se guardaban de decirlo, para no pasar por tontos, antipáticos, o para evitar las demandas judiciales. Definitivamente todo iba bien para el italiano.

Sin embargo, había alguien que no se tragaba aquel cuento. Tenía ese picor del detective que le decía que allí había gato encerrado. De hecho, desde la ventana de su despacho, podía ver a Ponzi entrar y salir de la Hanover Trust Company a diario. Aquel hombre era Edward J. Dunn, el director del Boston Post. Eddie, como le llamaban los amigos, tenía un problema: había comenzado a ver el rostro de Charles Ponzi hasta en la sopa. Sólo el hecho de pensar que allí, delante de sus narices, había algo turbio, y que él no estaba haciendo nada para resolverlo, le ponía malo. Así que aquel verano entrante de 1920 Edwad Dunn le encargó una tarea muy específica a uno de sus reporteros de confianza: averiguar al detalle cómo Ponzi se podía haber hecho rico negociando en cupones postales de respuesta. El informe no tardó en llegar; sencillamente, hacerse tan rico en tan poco tiempo en aquel negocio era imposible. Dunn se puso a comprobar los datos del informe de su reportero. Por ejemplo, en 1919 se habían emitido cupones por valor de 58.000 dólares. Aquello no encajaba con un negocio que estaba produciendo centenares de miles de dólares. Sí, definitivamente algo olía a podrido en la Dinamarca de Charles Ponzi.

Dunn comenzó entonces a recopilar información acerca de Ponzi. A pesar de sus estimaciones, no podía probar que realmente no fuera aquel un negocio honrado. Dunn no logró demasiado, pues no se sabía demasiado acerca de Ponzi. Hasta que uno de los informadores habituales del periódico afirmó que sabía que Ponzi era un granuja. El informador tampoco podía probar nada, pero sabía que había visto aquel rostro antes. Solo que no podía recordar dónde. No era mucho, pero ya era un comienzo para el astuto y pertinaz Eddie Dunn. Por el momento, Dunn aplicó su particular sacacorchos a aquel informante hasta dejarle seco. Así averiguó que aquel granuja había estado en algun lugar de Canadá en el pasado. Inmediatamente Dunn puso en movimiento a su red de reporteros, y los envió al otro lado de la frontera, a que se recorrieran comisarías y cuarteles, buscando algún posible antecedente criminal de Charles Ponzi.

Mientras tanto Dunn se entrevistó con Richard Grozier, el hijo del mandamás del periódico. Ambos estuvieron de acuerdo en que algo había que hacer respecto a Ponzi. Por el momento el 17 de julio se publicó un artículo a primera página sobre el negocio de aquel hombre, sin hacer acusación alguna. Tan sólo apuntaban el dedo hacia el increíble éxito de Ponzi. El titular lo decía todo: DOUBLES THE MONEY WITHIN THREE MONTHS; 50 Per Cent Interest Paid in 45 Days by Ponzi—Has Thousands of Investors. La única pregunta que se hacía el periódico era: ¿cual es su secreto?

Por el momento el artículo sólo sirvió para molestar algo a Ponzi, y, de paso, procurarle más clientes, gracias a la extraordinaria publicidad. También le ganó al Post un buen número de gente enfadada a las puertas de la sede del periódico. Pero Dunn no sólo era paciente, sino que además era astuto. Y envió a un reportero para ver si lograba una entrevista con Ponzi. La entrevista se llevó a cabo, aunque no duró mucho. El nuevo magnate hizo saber al reportero que aquel artículo le había disgustado, y que no sabía por qué no les había demandado. El reportero instó a Ponzi a que presentara sus quejas directamente al director del periódico. Al hombre del momento aquello le pareció una buena idea. También se lo pareció a Dunn, ya que podría tantear a Ponzi y ver qué escondía bajo su eterna sonrisa de hombre triunfador. Cuando llegó Ponzi, éste repitió su invectiva acerca de la demanda judicial. Dunn le dijo que estaba en su pleno derecho para demandarles. Y así fueron conversando y hablando de esto y de aquello, y comentando lo curioso del negocio aquel, como quien habla del tiempo.

Como buen periodista que era, Dunn se puso contra el viento, calmó a su presa, y entonces decidió lanzar su torpedo, a ver contra qué chocaba. "Hábleme de aquel conflicto que tuvo en Canadá". Ponzi se puso rígido. Tocado... "Oh, sí, aquel asunto de Montreal..." Y hundido. Dunn le conminó a hablar sobre aquel asunto de Montreal. Pero Ponzi le dijo que era agua pasada. Nada importante. El derrumbamiento de Ponzi fue como un rayo, apenas un destello, que habría pasado inadvertido para la mayoría de la gente. Pero no para el ojo clínico de Dunn. Ponzi era bueno, y había logrado recomponerse en un tiempo récord. Pero Dunn era tan bueno o mejor. Así que en cuanto Ponzi salió por la puerta, Eddie llamó a su mejor reportero y le envió a Montreal.

Dunn no soltó a su presa, y siguió publicando artículos acerca de Ponzi. Aunque no habían acusaciones serias, desde luego se invitaba al lector a preguntarse qué había de real en todo aquel negocio. Ponzi decidió contraatacar, por lo que, a instancias de un juez, contrató a William McMasters, un ex-reportero del Post, como su jefe de prensa. La primera medida de McMasters fue concertar una entrevista con el Post. Que se viera que Charles Ponzi no tenía nada que ocultar. En la entrevista, Ponzi aclaró que, para empezar, no todo el dinero que recibía lo invertía en cupones. Tenía otras inversiones de las que no podía hablar, por supuesto. Y aprovechando la voz que le daría el Post, Ponzi soltó su propia bomba: a partir de ese día se comprometía a dar el 50% de beneficios a sus clientes no en 90 días, sino en 45. Tan seguro estaba de su negocio. El efecto de la noticia fue el esperado. Tras publicarse la entrevista, la policía tuvo que acudir a la oficina de Ponzi para que éste pudiera atravesar la turba que rodeaba el edificio. Todo Boston parecía querer darle su dinero a aquel mago de las finanzas.

El Post seguía publicando artículos, tratando de mantener viva la llama de aquel asunto. Entretanto, Ponzi era aclamado por las masas, quien desde la puerta de su oficina lanzaba discursos, parabienes, y advertía contra impostores que trataban de "copiarle" su negocio. Ponzi se sentía bien, se sentía seguro. Gracias a McMasters ya no temía a aquellos malvados del Post. Pero hete aquí que cierto día, sin él saberlo, se abrió un segundo frente dentro de sus propias líneas.

Ocurrió un día en que Ponzi invitó a conocidos y amigos a comer en su lujosa finca de Lexington. McMasters estaba entre los invitados. En cierto momento de la fiesta, Ponzi se llevó aparte al ex-redactor del Post para tratar de sus asuntos. Y en esas aquel mago de las fianzas le preguntó a su jefe de prensa cuál era la mejor forma de enviar a su madre, allá en Italia, mil dólares, y que los cobrara rápidamente. McMasters estaba atónito. Allí tenía al supuesto experto en tipos de cambio y al magnate de las finanzas internacionales, preguntándole acerca de la manera más rápida y segura de mandar dinero a su madre. McMasters no pudo sino hacerle notar aquel pequeño detalle. Ponzi le respondió que estaba demasiado ocupado con sus negocios como para preocuparse de cosas tan pequeñas.

A aquel detalle se sumó pronto otro, cuando Ponzi se mostró entusiasmado por una carta que le llegó de una zapatería, en la que hacían ofrenda de sus mejores pares de zapatos. McMasters se dijo que aquella no era forma de proceder para un gran hombre de negocios. Ya con la mosca tras la oreja, McMasters fue a ver a un amigo banquero. Como la gran mayoría de banqueros rivales, no tenía en alta estima al señor Ponzi. Pero aquel banquero le hizo a McMasters una buena observación: si aquel negocio era tan bueno, ¿por qué el señor Ponzi no invertía su propio dinero en él? El banquero sabía de buena tinta que Ponzi repartía su fortuna por varios bancos, pero ciertamente no reinvertía sus ganancias.
McMasters decidió hacer pasar a Ponzi por algunas pruebas legales. Convenciéndole de que así limpiaría del todo su nombre, McMasters convenció al hombre del momento para que fuera a ver al Fiscal General de Boston. Ponzi se presentó allí con una maleta repleta de billetes, nada menos que dos millones de dólares, para probar su solvencia, y realizó una de sus mejores actuaciones, haciendo que el Fiscal se perdiera entre su torrente de palabras y sus cifras. Cuando por mediación de Calvin Coolidge el astuto Ponzi se entrevistó con el procurador general del estado, el resultado fue todavía más convincente. Aun así McMasters logró que el fiscal y Ponzi acordaran pasar una auditoría de sus libros, y que hasta entonces Ponzi no aceptara más inversiones. Al fin y al cabo, una vez se conociera que nada sucio había en aquel negocio, los clientes de Ponzi se multiplicarían hasta el infinito. O eso le dijo McMasters.

Cuando se presentaron en la oficina de Ponzi los agentes del Tesoro, el italiano les recibió con toda amabilidad y les entregó dos gruesos libros. Las cuentas eran sencillas, les dijo. Allí estaban todas las entradas y salidas de dinero, y guardaba todos los recibos de los imponentes, por si deseaban verlos. Como podrían ver, no había nada ilegal allí. Todo aquello hizo pensar a McMasters que definitivamente Ponzi era un sujeto de cuidado. Pero estaba claro que los agentes, aparte de tomarse su tiempo para revisar todo aquello, no parecían desconfiar en absoluto de la honradez del hombre al que auditaban. Y mientras, en la oficina del procurador, se acumulaban las cartas de clientes ofendidos que protestaban por la forma en que se trataba a Charles Ponzi. Y como a cualquier político, a un procurador estatal le sentaba fatal la mala prensa. Si McMasters no se daba prisa, su caso podía irse al garete.

McMasters se decidió a llevarse a casa todos aquellos recibos, repasarlos uno a uno, y hacer sus propios cálculos. Tras muchas horas, cigarrillos y litros y litros de café, un sábado noche, 31 de julio, McMasters dio por fin con lo que andaba buscando. Y fue inmediatamente a contárselo a Richard Grozier, el mandamás del Post. McMasters le habló de sus sospechas, del aparente desconocimiento de Ponzi acerca de los envíos de dinero, de su modo de hacer mundano, y, especialmente, de las cifras que había recopilado: si Ponzi hubiera de responder en ese momento a todos sus inversores, se encontraría en un descubierto de cerca de dos millones de dólares. Grozier repasó las cifras. Y le encargó el artículo al mismo McMasters. Como inspiración éste recibió 5.000 dólares del periódico.

El lunes 2 de agosto el artículo de McMasters ocupaba la primera plana del Post. En la noticia se anunciaba a bombo y platillo el descubierto de Charles Ponzi, quien, mientras tanto, seguía liquidando sus deudas a todo aquel que quisiera retirar su inversión. Evidentemente la relación profesional entre McMasters y Ponzi había quedado rota. Éste le dijo a McMasters le dijo que lo lamentaría. Por el momento, Ponzi conservaba el favor del populacho. Tenía, además, el factor tiempo. Y las cajas fuertes de su banco, la Hanover Trust Company.

Tras concebir un plan, Ponzi se ausentó de Boston durante tres días. Sacó dos millones del banco, se fue a Saratoga, y los gastó en diversas apuestas. Comenzaba a no pensar con claridad, y creyó que podría convertir aquellos dos millones en diez, y solucionar sus problemas. Pero como era de preveer, perdió el dinero. Por lo tanto volvió a Boston y siguió satisfaciendo las reclamaciones de aquellos que decidían no reinvertir su dinero.

Las acusaciones del Post hicieron a muchos retirar su capital ahora que estaban a tiempo, pero ni mucho menos derrumbaron el imperio de Ponzi. Muchos más eran los que se resistían a creer que aquel hombre les hubiera engañado. Al fin y al cabo, nadie que hubiera invertido su dinero en el negocio de Ponzi se había quedado sin él. Fue así como Boston quedó dividida entre los defensores y los detractores del mago italiano de las finanzas. No era raro que estallaran peleas entre grupos de ambos bandos. Mientras, Ponzi repartía sándwiches y café entre las largas colas que esperaban ante su oficina. La gente seguía cobrando su dinero.

Mientras, allá en el norte, el reportero Herbert Baldwin seguía recorriendo Montreal, mostrando la foto de Charles Ponzi, por si alguien le recordaba o podía darle alguna información. Pero nadie parecía reconocer a aquel hombre. Un agente naviero le dijo que aquella cara le sonaba, pero no podía decir de qué. A Baldwin se le ocurrió que quizás Ponzi había tenido otro aspecto en aquellos días. ¿Y si añadía a la foto un bigote? El reportero se agenció un artista, quien pintó un bigote en la foto. Baldwin se volvió a reunir con el naviero. ¡Vaya! ¡Pero si era aquel Charles Bianchi que tanto había dado que hablar!

La historia de Carlo Ponzi, alias Charles Ponzi, alias Charles Bianchi, alias Charles Ponsi, y su relación con la estafa del Banco Zarrosi, y su condena carcelaria entre 1908 y 1910, llegó a las portadas del post el 11 de agosto. No tardó en descubrirse una segunda condena por otro crimen que había cumplido en Atlanta. Evidentemente aquellas noticias sentenciaron a Charles Ponzi. Todo había acabado para él.

En cuanto las noticias saltaron a los periódicos las autoridades se pusieron en acción. Se le sometió a vigilancia policial, se estudiaron sus archivos y se cursaron órdenes para confiscar sus posesiones. El pánico cundió entre los inversores. Se calculaba que Ponzi había recaudado unos quince millones de dólares, de los que había satisfecho gran parte. Pero al parecer restaba todavía un agujero de cinco millones de dólares.

Le llevó a la policía nueve días con sus noches poner en claro todo aquel asunto de los sellos postales. Finalmente averiguaron que no había tal tráfico de sellos, ni ninguna otra inversión. Se trataba simplemente, como explicaría, tiempo después, el propio Charles Ponzi al New York Post, de "el viejo juego de robar a Pedro para pagar a Pablo". Con las pruebas ya en la mano, Ponzi fue arrestado por haber contravenido los estatutos de Correos, una acusación que en los Estados Unidos ha hecho caer a los más diversos criminales. La historia de Ponzi le valdría al Post un premio Pulitzer.

Durante el juicio, celebrado en noviembre de 1920, a instancias de su esposa, Ponzi se declaró culpable, con el fin de rebajar la pena. Fue condenado a cinco años de prisión, de los que cumplió tres y medio. Al salir Ponzi se topó con la sorpresa de que ahora el estado de Massachusetts le acusaba de hurto. Ponzi recurrió, arguyendo que ya había cumplido condena por un delito federal, y por tanto no se le podía acusar ahora de uno estatal. Sin embargo el Tribunal Supremo dictaminó que al no acusarle del mismo delito, se le podía procesar. Por el momento Ponzi salió libre bajo fianza.

Ponzi decidió cambiar de nombre y mudarse a Florida. ¿Y cómo se ganó la vida allí? ¡Vendiendo extensiones de terreno en los Everglades y demás pantanos y prometiendo un 200% a los 60 días! Sin embargo esta vez el negocio no le salió bien, y en 1926 fue condenado a un año de prisión. Tras apelar, Ponzi salió libre tras pagar 1.500 dólares. Tras cambiar su aspecto, Ponzi trató de salir del país, pero fue apresado y condenado por el estado de Massachusetts a siete años de prisión. Tras ser liberado en 1934 el gobierno le deportó a Italia. Su mujer no le siguió, y se divorció de él en 1937. En Italia Ponzi siguió con sus timos, llegando incluso a tratos con Benito Mussolini, pero sus negocios se redujeron a estafas de poca monta que apenas le dieron beneficios. En 1939 comenzó a trabajar para una compañía aérea, trabajo que le llevó a Brasil. En 1941 Brasil entró en guerra contra el Eje, por lo que Ponzi se quedó en paro. Tras sobrevivir a un ataque cardíaco, Ponzi malvivió en Rio de Janeiro, quedándose cada vez más pobre y más ciego, medio paralizado por un infarto cerebral. El otrora dueño de Boston moría en la más absoluta miseria un 18 de enero de 1949.

Ponzi de camino al juzgado, rodeado de sus admiradores

Charles Ponzi no inventó un sistema, pero le encontró un gran uso estando en el momento y lugar adecuados. Aunque su futuro esquema ya existiera, fue él quien lo perfeccionó y lo llevó a cotas ilimitadas en una época en que no existían instituciones como la Comisión de Canje de Valores. El volumen de su estafa (la policía nunca pudo llegar a determinar la cantidad exacta de dinero que había acumulado, ni la cifra exacta del dinero que podía llegar a deber) fue tal que causó una gran sorpresa y consternación. Los periódicos se hicieron eco de aquella historia, el New York Post obtuvo una importante exclusiva entrevistando a Ponzi en la cárcel, e incluso el propio estafador acabaría escribiendo su autobiografía. Durante mucho tiempo hubo inversores de Ponzi que se resistieron a creer que habían sido engañados. Necesitaron tiempo para poder afrontar que todo aquel asunto había sido sólo una gran columna de humo, que se acabó disipando en el aire.

El "esquema Ponzi" sobrevivió a su, por así decirlo, creador, y estafas similares fueron surgiendo en distintos países en distintas épocas, ya fuera en Sudamérica, Asia, o cualquier otro continente. En los 90, tras el derrumbe del comunismo, varios países ex-soviéticos sufrieron sonoros casos de estafas a lo Ponzi. Aquellos que hagan algo de memoria también podrían recordar nombres como el de Sofico, o el de cierto negocio de sellos... Incluso en pleno siglo XXI, a pesar de la tecnología y los ordenadores, el "esquema Ponzi" demostró estar tan en buena forma como siempre. Pues uno de los últimos herederos de Charles Ponzi, un tal Bernard Madoff, se encuentra cumpliendo pena en prisión por haber resucitado el viejo arte de "robar a Pedro para pagar a Pablo".

sábado, 23 de abril de 2011

Ana Álvarez

Espero que ayer fuerais buenos y píos y no os llevárais carne alguna a la boca. Si no es así, habréis de taparos los ojos ahora mismo y mortificaros las carnes, pues no merecéis ver esta foto. ¡Iconoclastas!

Pues no sé si recordaréis a Ana Álvarez, que empezó a dar que hablar, aparte de por lo evidente, por su papel en La madre muerta, peli que me parece un soberano coñazo. No es de extrañar, por otra parte, que ella fuera lo mejor de aquel engendro titulado Aquí huele a muerto. Risas pocas, pero... ¡somos muchos los que recordamos cierta escena!


viernes, 22 de abril de 2011

Barrabás (1961)

En estos días de recogimiento, legumbres y espiritualidad, nada como una tarde de viejos peplums, torrijas y unas cervecitas, que no llevan carne, para sobrellevar tanta tensión de si llueve o no llueve. Yo creo que la solución para no aguarse las procesiones es la misma que para los recipientes en los botellones: pasos de plástico. Pero se ve que no es lo mismo. En fin, que como decía, salvo aquellos que se puedan ir a perderse en la ruralidad o a tostarse en las Bahamas o así, la Semana Santa es una buena excusa para rescatar todos aquellos clásicos religiosos producidos por judíos que deseaban que el mundo se olvidara de que lo eran. Aunque en este caso la producción corrió a cargo de un italiano, el mítico Dino de Laurentiis, que nos entretuvo a varias generaciones y nos regaló desde clásicos imperecederos hasta films totalmente infumables. Pero vayamos al meollo.

Cuando vi Barrabás por primera vez, allá cuando yo era un imberbe que poco sabía del mundo, lo que me llamó la atención fue la historia en sí, ya que uno sabía lo que todo el mundo: que en Pascua el amigo Pilatos había dado a elegir al pueblo para ser liberado entre uno que decía ser hijo de Dios y otro que era un criminal convicto con manos manchadas de sangre. El resultado podría haber sido bien propio de este país que nosotros llamamos España, pero esto ocurrió en Tierra Santa. En fin, que soltaron al tal Barrabás. Fin de la historia. Lo que no me imaginaba yo es que se pudiera coger algo de la Biblia y a partir de ahí inventarse el resto, que es lo que hizo a principios de los 50 un escritor sueco, ganador del Nobel y todo. Vamos, que Barrabás contaba la historia del malvado zelote a partir de que le dejaran en libertad. Y me pareció curioso todo aquello.

La trama no dejaba de tener su aquel: ¿como se sentiría uno si lo dejaran en libertad a costa de otro reo, que después resulta que hacía milagros y era el cordero de Dios, etcétera? A mínimo que uno tenga su coranzocito, desde luego algo le reconcomería el asunto. Y bueno, de esas cuitas y de sus peripecias trata Barrabás, una superproducción europea con apoyo de la Columbia Pictures y mucha sandalia.

Entre decorados gigantes (algunos más conseguidos que otros, pero todos destacan por su gran tamaño) y extras, el film aporta una de las características más habituales del género revitalizado allá por los 50: un reparto coral de estrellas y nombres más o menos importantes. Barrabás estaba protagonizada por el actor que podía interpretar a cualquier raza que no estuviera compuesta por arios rubios y de ojos azules: Anthony Quinn, un actor de resultados cualitativos variables pero que siempre imprimía una recia personalidad a sus personajes. Se deja ver también la bella Silvana Mangano (que sufre una de las lapidaciones más light y maquilladas de la historia), la racial Katy Jurado, un joven Vittorio Gassman haciendo de preso cristiano, un irreconocible Harry Andrews como Pedro, Ernest Borgnine que ni quita ni pone, y un estupendo y divertido Jack Palance haciendo de gladiador psicópata, quien es probablemente lo mejor del film. Su careto de enajenado cuando sale a la arena montado en su carro no tiene precio.

De la dirección se encargó el por lo general bastante competente Richard Fleischer, un director que se movía bien en todos los géneros y que cuando tenía los vientos a favor podía desmarcarse con films bastante potentes. En Barrabás el trabajo de Fleischer es por lo general sobrio y al grano, un gran trabajo de artesano a sueldo, aunque en los momentos en que el guión lo permite Fleischer se destapa con algunas escenas memorables, especialmente en la primera parte de la película. Aunque por encima de todas destaca la secuencia de la cruficixión de Cristo, para la cual Fleischer aprovechó un eclipse solar real y total. Los resultados son impresionantes, y sólo por esa secuencia esta película ya merece ser vista.

Barrabás es una buena película, que desde luego no está al nivel de una Ben-Hur, una Quo Vadis o alguna otra de las importantes del género, pero se deja ver, no se hace larga (cosa importante en este tipo de films), y tiene unos cuantos buenos momentos. Y ese eclipse solar impepinable.

Como dato anecdótico y vulgar, no sé por qué pero mientras veía la peli se me ocurría que si hicieran un remake nuestro Bardem podría ser un buen Barrabás. Resumiendo: que ahí lo dejo. Yo me lavo las manos.

miércoles, 20 de abril de 2011

Limusina blanca

"White Limo" debe ser sin duda el mejor tema que han sacado los Foo Fighters en años. Al menos para mí. Aunque no es que crea que su carrera ha caído por el fango, sus temas en la onda de "Learn To Fly" y el hard rock chicle que habían venido practicando estos años no era algo que me colmara de placer. Pero supongo que rodearse de gente como Lemmy o Josh Homme se tenía que notar tarde o temprano. Si de mí dependiera, encerraba a Grohl en un sótano a componer más trallazos como éste.

Y parece que Pat Smear, que con los años se va pareciendo cada vez más a un zombi de alguna peli de Ed Wood, ha vuelto con Dave y compañía. Y eso sólo puede ser bueno.

Por cierto, no se pierdan el impagable videoclip de la canción, con cameo del amigo Lemmy incluido. Otra cosa no, pero los videos de los Foo Fighters no suelen decepcionar.


martes, 19 de abril de 2011

Yo confieso (1953)

Seguramente pocos films de Alfred Hitchcock se hayan centrado tanto en la figura de un sólo actor, y su interpretación. Y más cuando se trata de una rutilante estrella del método como era Montgomery Clift. Es curioso que en Cortina rasgada la interpretación de Paul Newman no acabara de funcionar para la película de Hitchcock, mientras que en Yo confieso Monty Clift está tan contenido como sublime, funcionando perfectamente dentro de la mecánica habitual del director. Evidentemente las particularidades de la trama y del personaje de Clift no podían sino contribuir a ello. Por tanto Yo confieso no es sólo uno de los films que conformaron la etapa más gloriosa de Hitch, sino que además nos ofreció una de las interpretaciones más intensas dentro de la filmografía del maestro del suspense.

La particular historia de Yo confieso llegó a Hitchcock a través del dramaturgo francés Louis Verneuil, quien le habló de una vieja obra de teatro que interesó al genial director. La trama de aquella obra giraba entorno a un sacerdote a quien un asesino confiesa su crimen. Por un cúmulo de varias casualidades y contratiempos el sacerdote será acusado del crimen, pese a lo cual no delatará al culpable, debido al secreto de confesión. Se trataba nuevamente de una de las constantes en la obra de Hitchcock, el cuento del falso culpable.

Debido a que la trama tenía lugar en un ambiente de marcado carácter católico, Hitchcock decidió salir a rodar fuera de los Estados Unidos y hacer su película en la francófona y católica Quebec. Si lograba solventar el problema de que el público protestante comprendiera todas las sutilidades que envolvían a los ritos católicos y el secreto de confesión, a Hitchcock aun le quedaba un problema aun mayor: contentar a la censura, que vigilaría estrechamente el guión debido a su trama tan espinosa. Por tanto durante todo el rodaje el maestro hubo de andar con pies de plomo.

La cinta es la obra de un genio en estado de gracia, y Hitchcock llegaría a rodar películas tan fabulosas que Yo confieso casi parecería un film menor, aunque es imposible negar que el director seguía en racha. De nuevo el viejo Hitch hacía gala de su maestría técnica y de su poderosa imaginación fílmica, especialmente en aquellos planos en que servía de distinta imaginería católica para aportar dramatismo a determinadas escenas. El uso que Hitchcock hizo de las localizaciones es increíble, y Yo confieso debería figurar como ejemplo en cualquier capítulo de los manuales cinematográficos que traten el uso de exteriores.

Junto al estupendo pulso de Hitchcock cabe destacar, nuevamente, el excelente trabajo de Montgomery Clift, un actor que, al igual que Alfred, estaba en su mejor momento. Anne Baxter le acompañaba y cumplía en su papel, aunque Hitchcock habría querido a la actriz sueca Anita Björk, pero el estudio se opuso debido a que la actriz había tenido un hijo con su amante, así sin casarse ni nada. Karl Malden y el siempre elegante Brian Aherne completaban el reparto principal con su buen hacer habitual.

Poco más queda por decir. Como todo el mundo ya sabrá, Yo confieso no puede faltar en cualquier estantería de un fan de Hitchcock que se tenga por tal.

domingo, 17 de abril de 2011

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (XXXIII)

LANDSLIDE

Desde luego el nombre de Landslide definía bastante bien el sonido del grupo: blues rock 70s con profuso uso del slide, y unas pocas cartas de psicodelia en la manga. En 1972 estos tipos, surgidos de algún punto de Long Island, se sacaron de la manga el espléndido LP Two Sided Fantasy, para luego desaparecer de nuevo. Lo típico de estos casos. De todas formas en el que fue su único disco lograron reunir un buen puñado de canciones que sonaban estupendamente, y que en sus mejores momentos recordaban, salvando las enormes distancias por supuesto, a iconos como Cream, Johnny Winter, los Allman Brothers o Taste.

"Doin' What I Want" abre el disco con un cencerro que domina todo el tema, y unos riffs que se debaten entre el jazz y Santana, la banda. "Creepy Feelin" es un bonito tema campestre que recuerda a puestas de sol, y que se va animando con hendrixianos sonidos de wahwah. "Everybody Knows (Slippin')" es de lo mejorcito del álbum: slide a lo Gallagher o Winter y una poderosa batería que recuerda a Ginger Baker, mientras que "Dream Traveler" se abre paso con fuerza para dar paso a un medio tiempo de melodías que recuerdan a unos Jefferson Airplane que hubieran tenido, otra vez él, al batería pelirrojo a las baquetas. En "Susan" tenemos toneladas de diversión con guitarra slide, un riff macanudo y voces a lo Aerosmith jugando a ser Cream. "Sad and Lonely" es el tema más oscuro y psychjebimetaldeldiablo del disco: un ritmo pesado, desafinaciones inquietantes y una batería peleona. Para cerrar el disco Landslide atacan con un tema lento, "Little Bird", y "Happy", una copla de riffs pesadotes de esos que caracterizaron el primer disco de Black Sabbath.

En definitiva, un más que recomendable disco. Esta vez no hay medias tintas; Landslide son definitivamente un grupo de buenas guitarras y mejores riffs.


miércoles, 13 de abril de 2011

El reinado de Elvis: 1975

El 8 de enero de 1975 Elvis celebró su 40 cumpleaños encerrado en su habitación de Graceland, dejándose ver tan sólo por su primo Billy y su novia, Linda Thompson. Estar en la cima del mundo ya no era divertido. Su típico comienzo de gira en Las Vegas se había pospuesto debido a su delicado de salud. Fuera de la protección de su mansión, el mundo especulaba más que nunca con su salud, y el rumor acerca de problemas con las drogas ya era pasto de los periódicos. Disparar en un restaurante o a la televisión cada vez que salía Karl Malden haciendo de Mike Stone ya no era lo mismo. Hasta la fuente de Pepsi de su jardín parecía haber perdido su atractivo. En uno de sus momentos más bajos, el Rey le había confesado a Linda el que creía era el rasgo principal de su carácter: "soy autodestructivo". Ciertamente ser Elvis era cada vez más difícil.

El coronel Parker, que se encontraba tan preocupado como los demás, pero al igual que el resto tampoco sabía qué hacer con Elvis, logró sacar a su protegido de su depresión proponiéndole un concierto benéfico en favor de las víctimas de un gran huracán que había arrasado la población de McComb. Una vez que arrancó a Elvis un "sí", le dijo al cantante que por qué no dar alguno más de paso, antes de su cita en Las Vegas pospuesta a marzo. El cantante logró animarse lo bastante como para poner el depósito de 75.000 dólares necesario para comprarse su propio Boeing 707. Durante décadas los aviones no le habían hecho ninguna gracia, pero definitivamente era mucho más cómodo trasladarse de ciudad en ciudad en su propio avión. Además, si aquellos tales Led Zeppelin tenían el suyo propio...

Sin embargo la noche del 29 de enero Elvis tuvo de nuevo problemas respiratorios, y le ingresaron de nuevo en el hospital. De nuevo se repitió el proceso: bajo estricto control médico, el cantante perdió algo de peso y ganó algo de forma, aunque su colon seguía hinchado y el hígado seguía bajo observación. Para acabar de redondear las cosas, su padre Vernon, tras haber afrontado un divorcio y varios disgustos, sufrió un ataque cardíaco. En cuanto se estabilizó, Elvis mandó que le pusieran en la habitación contigua a la suya.

Dado que Elvis pareció mejorar y un paquete sospechoso con pastillas finalmente no había acabado en sus manos, el doctor Nick le dio el alta el día 13. Aparentemente Presley estaba limpio. Pero en los análisis que se hizo aquel día aparecieron de nuevo rastros de medicamentos no recetados. Nichopoulous decidió no enfrentarse a Elvis con aquel tema. ¿Convicción de ser una acción inútil, o miedo a perder el confortable estatus de ser el médico personal del Rey del rock?

Hay que reconocerle que en los siguientes días y semanas el doctor Nick estuvo encima de Elvis, controlando lo que tomaba y convenciéndole de que volviera a jugar al squash con él. Por otra parte con los compromisos en Las Vegas a la vuelta de la esquina Elvis estaba más receptivo y mostraba interés por recuperar la forma. Cuando no quedaba por las noches a darle a la pelotita, Elvis se quedaba en casa con Linda revisando una y otra vez los episodios del Monty Python Flying Circus.

El 10 de marzo Elvis regresó al estudio de grabación tras más de un año sin haber grabado nada. En la RCA estaban que trinaban, sin haber recibido un verdadero disco con nuevas canciones desde 1974. La euforia de los años del retorno de Elvis había pasado, y las ventas habían descendido profundamente. Parecía que sólo compraran sus LPs los fans nostálgicos. Decididamente el amplio mercado juvenil de chicos melenudos con granos que se llevaban sus novias a sus flamantes Camaros estaban más pendientes de los Zeppelin o Aerosmith que del viejo monarca, aunque los conciertos de Elvis seguían contándose con llenos absolutos. Y su voz seguía siendo capaz de llevar al público al nirvana, cuando el Rey se lo proponía.

Tras cumplir por fin con sus obligaciones en el estudio, en unas sesiones que parece que fueron más bien rutinarias, Elvis y su séquito se trasladaron a Las Vegas, donde el 18 debía comenzar su sesión anual de conciertos en el hotel Hilton. El arranque fue prometedor. La crítica pareció no cebarse demasiado en su estado de forma, y el propio Elvis trató de quitarle hierro al asunto afirmando que si le hubieran visto hacía unas semanas, sí que le habrían visto gordo. "Parecía Mama Cass", afirmó entre risas.

El día 28, tras el concierto, le visitó en el camerino Barbra Streisand con su novio. La diva le comentó a Elvis que estaba preparando un remake del film Ha nacido una estrella, y quería que Presley interpretara el papel que originalmente había hecho James Mason, aquel de la estrella de cine alcoholizada que ve como su mujer le sobrepasa en popularidad. Salvo que esta vez en vez de cine las estrellas serían de rock. A Elvis le entusiasmó la idea. Creía que el papel le iba que ni pintado, y era una oportunidad de demostrar al mundo que realmente podía actuar. En los siguientes días Elvis no habló de otra cosa. Aunque se guardó de decírselo al coronel. Sin embargo sabía perfectamente que tarde o temprano tendría que pasar por ese mal trago. Y cuando lo hizo, la respuesta fue la esperada: aquello no tenía sentido a esas alturas. Streisand y su novio no se preocuparían de hacerle quedar como debía, del hecho al contrato podían cambiar muchas cosas, etcétera etcétera. Elvis no podía hacer otra cosa salvo dejar al coronel que se encargara del asunto.

La productora de la Streisand ofrecía medio millón de dólares y una parte del porcentaje de taquilla, aunque se quedaría con los derechos de la música. El coronel pidió un millón, otros miles más en concepto de gastos y el 50% de los beneficios. Más la aprobación de la música y una negociación aparte para los derechos de la música. Se preveía una negociación larga, si es que la Streisand no decidía directamente buscar a otro. Sin embargo la negatividad del coronel, el talismán de Elvis, empezó a hacer mella en su protegido, y poco a poco Elvis fue perdiendo el interés en la película. Cuando finalmente la Streisand decidió buscar en otra parte, muchos en el entorno de Elvis vieron de nuevo la mano maligna del coronel en todo aquello, como lo de no tocar en Europa. Pero al contrario que en el asunto de las giras europeas, Elvis no parece que estuviera muy dolido con perder aquella oportunidad.

Entre el 24 de abril y el 7 de mayo Elvis se fue de gira en una serie de conciertos que la crítica estuvo encantada de destripar. A pesar del mal recibimiento en la prensa tres semanas después Elvis estaba de nuevo de gira por Alabama, Texas y Missouri. Esta vez el cantante estaba algo más delgado, con lo que pudo volver a ponerse sus llamativos trajes que en la gira anterior no le habían cabido. Como si se tratara de un debutante, en los conciertos Elvis se dedicó a promocionar el nuevo single, "T-R-O-U-B-L-E". Era hora de cuidar del negocio nuevamente. En el final de gira, en Memphis, al agacharse a besar a una fan, Elvis rompió los pantalones. Una nueva oportunidad para bromear acerca de sí mismo. Y quizás también una excusa para acudir al cirujano plástico y retocarse el entorno de los ojos. En junio llegó su avión, que tras no llegar a un acuerdo con la anterior compañía finalmente fue un Convair y no un Boeing. El avión tenía capacidad para 96 pasajeros y todos los lujos posibles. En el morro se podía leer el nombre de Lisa Marie, y en la cola las siglas de TCB. En total casi le costó medio millón.

Linda Thompson de visita al hospital

El 8 de julio Elvis regresó a la carretera (técnicamente, a las nubes) en Oklahoma City. El atisbo de recuperación que hubiera podido tener en fechas anteriores se esfumó. El carácter impredecible del Rey volvió al primer plano, lo cual significaba lo que ya todos sabían. El doctor Nick se veía incapaz de controlar a Presley. Ya en la anterior gira alguno de los músicos había decidido colgar la toalla tras sentirse demasiado habitualmente objeto de las burlas del cantante. Kathy Westmoreland, corista y antigua amante de Elvis, era uno de los objetivos habituales sobre el escenario. Pero el tono de sus bromas iba cada vez a peor. En una de aquellas noches Elvis presentó a Kathy al público como si vendiera una esclava sexual: "aceptará vuestro cariño, el de cualquiera, donde sea, cuando sea; de hecho acepta el cariño de toda la banda". A pesar de las protestas de Kathy, Elvis siguió atacándola, y de paso, también al resto de coristas, las Sweet Inspirations. Hasta que una noche todas se fueron, salvo Myrna, la novia de Jerry Schilling. Obviamente toda aquella situación ponía a Jerry en un aprieto. Pero Elvis no quería escuchar a nadie. Finalmente se disculpó, y todas, salvo Kathy, volvieron a la siguiente noche. Al cabo la Westmoreland también volvió, pero anunció que aquella sería su última gira. Especialmente después de que Elvis se disculpara con ella dándole a elegir entre una de sus manos, donde había un reloj con piedras preciosas, y su otra mano, en la que sostenía una pistola.

Otro de los relojes de diamantes del Rey acabaría en la muñeca de John Paul Jones cuando él y el esbirro de los Led Zeppelin, Richard Cole, fueron a visitar a Elvis en su mansión de Bel Air. El asunto de los relojes comenzó gracias a la bocaza de Cole, que iba bastante puesto y no paraba de usar la palabra de la gran F, cosa que no gustó a Elvis, quien le pidió que moderara su lenguaje delante de su chica. Cole hizo caso omiso y siguió blasfemando hasta que le hinchó las pelotas al Rey, quien se lanzó sobre Cole con uno de sus movimientos de karate. Cole, quien no era famoso precisamente por rehuir peleas, respondió, y en el intercambio de golpes de artes marciales, el reloj de Richard se rompió. Elvis, un entusiasta de los relojes y las joyas, no pudo vivir con aquella culpa y fue a buscarle a Cole uno de sus lujosos relojes. Y para que John Paul Jones no sintiera envidia, le propuso intercambiar relojes con él, con lo que Jones se puso el lujoso reloj de oro y diamantes de Elvis, y éste se puso el barato reloj de Mickey Mouse que llevaba el bajista. "¿Qué mas tenéis?", preguntó Elvis. El rudo Cole le cedió uno de sus anillos. A cambio Presley le dio uno de sus lujosos anillos, en el cual se podía leer Love Linda. Tras empezar con mal pie, finalmente Cole y Jones pasaron tres horas junto a Elvis, quien incluso se aventuró fuera de la casa para abrirles la puerta de la limo que debía llevar a los británicos de vuelta al hotel.

Días después Elvis entró en otra de sus espirales de compras alocadas; compró joyas para todos para pedir perdón por una de sus trastadas, y cuando se enteró de que John Denver le había comprado a su mánager un Mercedes, él se empeñó en comprarle al coronel un avión. Cuando se lo entregó, Parker le dijo si aquello era una broma, y lo rechazó. Esa respuesta no frenó su entusiasmo, y poco después compraba 13 Cadillacs para repartir entre los chicos. También se hizo con un ElDorado para Myrna, y cuando una mujer de mediana edad de color que pasaba por allí se puso a mirarlo, Elvis le compró otro para ella.

En agosto Elvis siguió sin bajarse de su particular locura consumista. Dio una entrada para un segundo avión, canceló el pedido, compró otro, se cansó de él y a las dos semanas lo vendió para comprarse un Lockheed JetStar. Además, aconsejado por el doctor Nick, comenzó a construir una pista de frontón detrás de Graceland. La ciencia médica todavía no se explica como Vernon Presley no sufrió un segundo infarto.

El 18 de agosto Elvis debía comenzar otra nueva tanda de conciertos en el Hilton de Las Vegas. Las dos semanas anteriores Elvis las pasó gastando dinero y disfrutando de la compañía de varias de sus amantes y pseudonovias. El 18 abrió (sorprendentemente, o tal vez no, Kathy Westmoreland había vuelto al redil) en el Hilton en lo que muchos tildaron como la que probablemente fuera la peor noche que se le había visto a Elvis en Las Vegas. La segunda noche Presley apareció corriendo, diciendo que venía del baño, y pareció ponerle más interés en contar tres veces la misma anécdota que en actuar. La tercera noche, en el show de la tarde, el coronel tuvo que obligarle a salir a escena. La actuación de medianoche fue tan desganada como la de la tarde. El día 21 ya no hubo conciertos. Se cancelaron los 36 shows que restaban. El coronel solventó ante la gente del Hilton el embarazoso asunto como pudo, prometiendo compensarles de alguna manera. A pesar de su situación de desventaja, Parker hizo honor a su leyenda y aun apretó algo las tuercas, cuando se suponía que debería estar rogando por otra oportunidad. Se concertaron nuevas fechas en diciembre y una actuación especial para Nochevieja.

Nuevamente el doctor Nick acudió al rescate de Elvis en el fondo del pozo con un equipo de expertos médicos, que debatían qué hacer con el paciente, como esas escenas de galenos que uno se imagina en la Edad Media, discutiendo el tratamiento con el enfermo de cuerpo presente. Para solucionar el cada vez más problemático peso del cantante, se habló de una arriesgada operación, el por entonces novedoso by-pass gastrointestinal, pero el cirujano experto en el tema se negó a operar a Elvis sólo por motivos estéticos. De todas formas acabaron hospitalizándole para una nuevo proceso de depuración. Durante su ingreso Elvis recibió el apoyo de Linda Thompson, que estuvo allí para él a pesar de todas las novias y amantes. Frank Sinatra le llamó y le animó con un "no dejes que esos cabrones acaben contigo". La enfermera más cariñosa del hospital recibió como compensación un coche nuevecito. De todas formas, al regresar a Graceland, Elvis volvió a rodearse de chicas a la mínima oportunidad. Linda decidió que ya tenía bastante y se fue a Los Ángeles a centrarse en su incipiente carrera de actriz. A pesar de todo Elvis le compró una casa cerca de Graceland y un piso en Los Ángeles. Le dijo que había soñado que ella le salvaba la vida, y que ella era, al fin y al cabo, su alma gemela.

Llegado el otoño el coronel trató de hacer entrar a Elvis en un estudio de grabación. Había tratado de venderle a la RCA un paquete de canciones de las películas de los 60 y otro de actuaciones televisivas, pero la compañía no había tragado con aquello. Querían canciones nuevas. Sin embargo, Elvis no estaba centrado en la música, y sólo esperaba la llegada de su nuevo avión.

El 'Lisa Marie' en pleno vuelo.

De todas formas el 2 de diciembre Presley estaba de nuevo subido al escenario del Hilton. Por prescripción médica no habría sesiones dobles, salvo el sábado. A pesar de ser temporada baja en Las Vegas, las noches se contaron por llenos absolutos. Y en términos generales, Elvis pudo sentirse orgulloso de haber acabado aquel año con buenas actuaciones.

El 15 volvió a Memphis para pasar las Navidades. Hicieron una fiesta en el nuevo avión, donde la tía borracha de Elvis se puso a gritar que estaban todos allí sólo por el dinero. Elvis la echó y aquella noche le faltó poco para acabar con ella si no hubieran tratado de calmarle. ¿Quién se creía que era para arruinarle las fiestas navideñas?

El año acabó con su actuación de Nochevieja en Pontiac. Fue todo un éxito artístico, además de 300.000 dólares por una hora de trabajo y un lleno absoluto, sobretodo gracias a los 27.000 asientos que el coronel había anulado por supuestos problemas para ver el escenario. ¿Había llegado el día en que Elvis no sería capaz de agotar todas las entradas?

lunes, 11 de abril de 2011

La invasión de los ladrones de cuerpos (1956)

¿Denuncia del comunismo? ¿Metáfora de la paranoia anticomunista? ¿O simplemente un film sobre una invasión extraterrestre? Según la opinión dominante entre aquellos que trabajaron en la película, esta última opción sería la más plausible. De lo que no hay duda es de que se trata de uno de los clásicos por excelencia del cine de ciencia ficción.

La verdad es que difícil resistir la tentación de no apuntar a la situación política de la América de los 50 cuando uno ve La invasión de los ladrones de cuerpos, porque si alguien hubiera querido hacer un paralelismo entre la amenaza comunista y los extraterrestres, seguramente no lo habrían podido hacer mejor. Pero desde luego no parece que fuera ésa la intención del director, Don Siegel. Seguramente todo se reduzca a que un tal Jack Finney escribió una novela con una trama fascinante: ¡una terrible invasión de semillas del espacio!

Desde luego La invasión de los ladrones de cuerpos es una de las películas más redondas de la ciencia ficción de los 50. La dirección de Siegel es impecable, y algunos planos son inolvidables; el guión es compacto y las actuaciones tienen un buen término medio; por ejemplo Dana Wynter actúa algo más que la típica belleza de serie B, aunque quien destaca claramente por encima de todos los demás es sin duda un genial Kevin McCarthy interpretando el papel de su vida en el cine. Resulta imposible imaginar la película sin él. Aunque sobre las tablas McCarthy siguió teniendo un aura de gran actor, en el cine se ganó la vida participando en muchas películas que no hacen justicia (no es díficil verle ejerciendo de secundario en algunos éxitos de los 70 y 80) a su leyenda. Aun así era de esos actores que siempre aportaba dignidad, aunque el producto fuera indigno. Pero para la posteridad dejó al apocalíptico doctor Miles Bennell. Y como apunte, el mismísimo Sam Peckimpah hace un pequeño cameo como gasolinero.

En fin, qué decir de una película así que no se haya dicho ya. Ya la historia de Finney era muy rica (¡vainas gigantes que replican humanos!), y tan sólo restaba acompañarla con el talento adecuado. El presupuesto no era mucho mayor que la media de otros films de Serie B, pero donde llegaba el dinero se suplía con el talento de Siegel y compañía. Apenas cuatro semanas de rodaje y unos efectos que, aunque obsoletos, aún hoy se ven más dignos (o mejor aprovechados) que otras cintas de la época.

La única lástima es que los productores no dejaran a Siegel concluir el film con esa apocalíptica escena de McCarthy en la autopista, por considerarla demasiado pesimista, y le obligaran a añadir un prólogo y un final más esperanzador. Aunque bueno, uno siempre puede hacer respetar la idea original parando el reproductor en el momento adecuado. Increíble y pelopúntica escena, amigos.

En resumen, una estupenda película que seguro todos conocéis. Y quien no la conoza, ya sabe, que la busque y la vea lo más pronto posible, antes de que las vainas hagan su trabajo...

domingo, 10 de abril de 2011

Fantasías de Jimmy

¡Oh, es Earl! Pues nada, para mí uno de los mejores temas de Redd Kross.


Bieber se deja ver lo justín

Creo que voy a cambiar mi estatus oficial de "me cae mal" a "este tío en realidad es un jashondo". Su visita por Europa le está abriendo una nueva dimensión, afirmando en la tele alemana que no sabe qué significa German (¡seguro que piensa que Hungría es el país del hambre, como la rubia aquella!), o entrando como una exhalación en la rueda de prensa en Madriz, pasando de los fotógrafos y las cámaras. Aunque su salida es aun más espectacular, frenándose poco a poco hasta hacer el mutis en plan Tricicle. Estos fotógrafos de prensa, es que no tienen sentido del humor.

¡Me voy a hacer del club de fans del Flequi!

¡Pero qué payaso eres! Frase de la semana, eso seguro.

martes, 5 de abril de 2011

La sombra de Caín: Warren Lincoln, No More Mr. Nice Guy

Móvil para un crimen: envidia, codicia, odio, ataques de furia, locura, celos, maldad... los hay por decenas. Aunque, en ocasiones, la razón que esconden los cadáveres es tan simple como la sempiterna gota que colma el vaso. Este fue el caso del desdichado Warren Lincoln.

El señor Lincoln y su esposa eran una familia sin hijos sita en los suburbios de Aurora, Illinois. La pareja, de mediana edad, respondía al cliché del chiste del calzonazos: él era un hombre apocado y menudo, silencioso y de carácter débil; ella era una mujer recia y fornida con voz de trueno y ganas de mandar. Tras muchos años ganándose la vida como abogado criminalista en Chicago, el señor Lincoln había decidido, a principios de los 20, retirarse del mundanal ruido, comprarse una casita en la tranquila población de Aurora y dedicarse a cultivar sus queridos guisantes de olor. Paz, quietud y jardinería era todo lo que ansiaba, y todo lo que pedía. Aquella tranquilidad acabó cuando su mujer decidió afiliarse, como muchas otras vecinas, a la Unión de Mujeres pro Templanza Cristiana. A partir de entonces los cigarrillos y la ocasional cerveza del señor Lincoln quedaron proscritos; el hombrecillo se vio obligado a fumar a escondidas, como un chiquillo. ¡Ay de él si la señora Lincoln le pillaba! Además, las tranquilas mañanas de domingo dedicadas a sus queridos guisantes de olor hubieron de ser trocadas por la inexorable visita a la Iglesia local.

Si en algún momento Warren Lincoln había creído que su dulce retiro era ahora una pesadilla, todavía le quedaba conocer el infierno. Lo que muchos maridos aspirantes a la tranquilidad hogareña conocen como la visita de un familiar, particularmente de un familiar de la esposa. En efecto, tras unos meses de suplicio cristiano, llegó para pasar unos diítas Byron Shoup, el hermano menor de la señora Lincoln.

Byron Shoup era un ejemplar perfecto de cien kilos de peso del entusiasta del deporte de la época: una mole de músculos y espaldas, abstemio y enemigo del tabaco, jefe de boyscouts y defensor a muerte de la gimnasia y las pesas. En resumen, la peor pesadilla el señor Lincoln.

Como era de esperar, aquellos diítas se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Cuando Byron mandó traer sus complicados y pesados aparatos de gimnasia desde Nebraska, el señor Lincoln confirmó sus peores temores: el irritante cuñado deportista estaba allí para quedarse. El hermanísimo se montó su gimnasio en la parte trasera de la casa, y gracias a que disponía de una buena cuenta de ahorros y poseía gustos de sibarita, Byron se pasaba las horas en la casa haciendo deporte, levantando pesas y practicando ejercicios que en ocasiones desembocaban en un flagrante pisoteo de los guisantes de olor del señor Lincoln. En invierno, cuando Byron trasladó su gimnasio al invernadero del pobre Warren, le tocó el turno a las delicadas flores que allí guardaba.

Si a todo esto sumamos risotadas estentóreas, fuertes palmadas en la espalda, gruesos bistecs que iban a parar al plato de Byron y no al del señor Lincoln, y la ocupación por parte de Byron del sillón favorito del sufrido esposo, no es de extrañar que el señor Lincoln comenzara a rondar los bares clandestinos de la localidad en busca de consuelo y olvido. Pero era difícil olvidar cuando su esposa, y otras como ella, se dedicaban a localizar bebederos prohibidos que eran rápidamente desmantelados por la policía. Por ello finalmente el señor Lincoln decidió dar chivatazos a los bares acerca de las redadas de su señora y la policía, con lo que el cierre de locales ilegales descendió en picado. Sus días paradisíacos de alcohol de bañera se acabaron cuando Byron le descubrió empinando el codo en un sitio de mala fama. El deportista por supuesto se lo chivó a su hermana, y al regresar a casa su mujer le citó en el invernadero. Allí Byron obligó al señor Warren a llevar a cabo una pequeña sesión de boxeo, en una escena que recordaba a un gato jugando con un moribundo ratón. Tras pasar tres días en cama, el señor Lincoln aprendió la lección, y dejó los bares y los chivatazos atrás.

En la primavera de 1922 una pequeña alegría iluminó la vida del señor Lincoln: una floristería se interesó por sus guisantes de olor. A partir de entonces podría ganarse un sobresueldo cultivando sus guisantes de modo industrial, para lo cual contrató a un tal Frank que la ayudaría con las flores. Por supuesto, la señora Lincoln tenía sus propios planes para el sobresueldo de su maridito. Sería mejor ingresarlo en una cuenta aparte, donde ella pudiera disponer de él. Warren agachó la cabeza nuevamente, y vio como su sobresueldo iba a parar a Byron en forma de elegantes trajes.

El colmo de los colmos llegó en 1923, cuando por casualidad el señor Lincoln encontró una nota escrita por un tal Georges. Al parecer el susodicho llevaba tiempo manteniendo una relación con su esposa. El adulterio tenía lugar en Chicago, a donde la señora Lincoln viajaba a veces con la excusa de alguna actividad o charla de la Unión de Mujeres. El cornudo fue de nuevo a ahogar sus penas en alcohol, bebiendo unas cervezas. Se confesó al tabernero, lamentándose de no tener el valor de decirle a su esposa y su cuñado que se largaran. El tabernero le contestó que no perdía nada por intentarlo. Un aire de resolución cruzó la mirada del señor Lincoln, quien tras apurarse un whisky salió disparado hacia su casa.

Más tarde aquel día, tras el anochecer, Frank se encontraba trabajando en el invernadero. El señor Lincoln se le acercó, y le contó sus planes: iba a echar a su esposa y su cuñado, y quería que Frank se quedara junto a la ventana para escuchar todo lo que pasaba, por si había pelea y era necesario llamar a las autoridades. El ayudante escuchó al señor Lincoln proclamando su ultimátum, las voces airadas de la señora Lincoln y Byron, y la respuesta del señor Lincoln leyéndoles la carta de amor que había encontrado. Después, el silencio. Al poco rato el señor Lincoln salió al jardín y le dijo a Frank que todo había pasado, y que podía marcharse.

Los días siguientes un exultante señor Lincoln, héroe de taberneros y maridos que se refugiaban en los bares, recuperó la vida que siempre había querido tener, dedicándose a fumar y a cuidar de sus guisantes de olor. Sin embargo, pronto comenzaron a suceder cosas raras. Una noche que Frank trabajaba en el invernadero, pudo ver un rostro espiándole desde fuera. Cuando salió a ver quién era, la figura ya no estaba. Un par de noches después un asustado señor Lincoln apareció en el invernadero diciendo que alguien le había estado observando por una ventana. Frank le hizo notar que a él le había ocurrido lo mismo hacía un par de noches. Entonces Warren Lincoln le habló de más correspondencia amorosa que había encontrado, y de su sospecha de que su esposa y su cuñado tramaban algo contra él. Al día siguiente el señor Lincoln hizo partícipe a la policía de sus cuitas.

El jefe de policía Frank Michels se interesó por aquella trama de adulterio, rostros en la noche y cartas amorosas escritas a máquina dirigidas a cierto apartado de una oficina secundaria en Chicago. Tras escuchar pacientemente al señor Lincoln, quien exigía protección policial, le hizo saber que aquello era imposible, pero que si había nuevas noticias no dudara en comunicárselas. El airado cornudo salió de la comisaría protestando.

Tres meses después, el ayudante Frank fue como siempre a trabajar en el invernadero. Al notar extrañado que, transcurrida la mañana, el señor Lincoln no aparecía por ninguna parte, el ayudante de jardinero se asomó a una de las ventanas de la casa. En el interior vio la clase de desorden que suele ser provocado por una pelea. Inmediatamente fue a llamar a la policía.

Efectivamente, el señor Lincoln había desaparecido. Parecía que los temores del pobre Warren se habían hecho realidad, y había sido secuestrado, sino algo peor, por algún matón al servicio de su esposa adúltera. En el exterior, en un sendero que había tras el invernadero, se detectaron pisadas. Pisadas de tres personas: dos hombres y una mujer. Además, se halló la tarjeta de un detective privado de Chicago, un tal Milo Durand. Se dedujo que aquellas huellas correspondían a las de la señora Lincoln, su hermano y el detective.

La pista del caso conducía a Chicago. Sin embargo, allí los polizontes no pudieron o no supieron dar con ningún detective llamado Milo Durand. Tampoco el señor Lincoln daba señales de vida. Transcurrieron las semanas. La noticia era la comidilla de Aurora. Y entonces, cierto día de junio, un vecino que paseaba por delante de la casa de los Lincoln creyó estar viendo visiones: allí, en el jardín, ¡estaba Warren Lincoln en persona!

Cuando se personó la policía, el señor Lincoln contó todo lo que había pasado: la noche de su desaparición, su esposa, su cuñado y un detective se habían personado en su casa buscando las cartas que habían dejado atrás. Warren se negó a dárselas, o revelar su paradero. Al no encontrarlas, el trío de malvados le secuestró. Se despertó en una habitación sin ventanas, en compañía de tres forzudos que procedieron a darle una paliza. El señor Lincoln se desnudó y en efecto su cuerpo estaba cubierto de golpes y moratones. Tras pasar largo tiempo allá encerrado, en un descuido logró desatarse y huir. Y eso era todo.

¿Dónde había estado encerrado? En alguna casa en Cleveland. No sabría reconocer la casa, pero sí la calle. El pobre abogado estaba demasiado ocupado en escapar como para retener algún detalle. El jefe de policía Michels pidió ver las cartas de nuevo. El señor Lincoln las guardaba en una caja fuerte de un banco de Chicago. Tras repasarlas, Michels no pudo hallar ninguna pista que le condujera al paradero del misterioso amante Georges.

Lincoln volvió a sus quehaceres de jardinero. Instaló delante de su porche una enorme maceta, donde plantó guisantes de olor a los que añadió un nuevo fertilizante. Apoyando los pies en su maceta, Lincoln fumaba, charlaba con los vecinos y veía sus flores crecer. Y en verdad que éstas crecían rápido y bien. Sus guisantes de olor pronto fueron la admiración del barrio.

También el jefe Michels admiró aquellos guisantes que tan bien crecían, gracias al nuevo fertilizante. Y bien es sabido muchas veces con detalles pequeños y curiosos los que activan los engranajes mentales de los detectives. Así, observando aquellas flores, Michels se preguntó cómo unos secuestradores podían haber sido tan descuidados, dejando atrás pistas, huellas y cartas. Cierto era que la señora Lincoln y su hermano eran aficionados, pero, ¿un detective privado que se deja una tarjeta? ¿Que deja huellas bien a la vista? Y, maldita sea, sí que crecían rápido aquellos malditos guisantes de olor. Entonces Michels tomó una decisión, y al día siguiente tomó el primer tren para Chicago.

Su primera visita fue al apartado de correos que figuraba en las cartas mecanografiadas de la señora Lincoln. Estudió la firma que figuraba en la petición para el alquiler de aquel apartado, y la comparó con otras firmas que se sabía habían sido escritas por la señora Lincoln de su puño y letra. No coincidían. A continuación Michels fue a entrevistarse con el director del banco donde Warren Lincoln guardaba las cartas de la traición. ¿Cuánto tiempo hacía que Lincoln venía operando con aquel banco? El director le hizo saber que el señor Lincoln nunca había tenido tratos con su banco, salvo para alquilar aquella caja fuerte. Extraño. Por fin, con la mecha de la buena pista encendida, Michels se decidió a recorrerse todas las imprentas de Chicago. Finalmente dio con la que había impreso la tarjeta del tal detective Durand. Sí, habían impreso aquella tarjeta. ¿El pedido? No hubo tal, sólo aquella tarjeta. Vaya, ¿un detective que sólo manda imprimir una tarjeta? Al parecer, el cliente quería gastar una broma a alguien. Por supuesto, Michels pidió la descripción del bromista. Y ésta resultó encajar con el perfil del señor Lincoln.

Presa ya del frenesí detectivesco, Michels pasó a recorrerse comisarías y despachos de abogados, para que aquellos que le conocieron le relataran todo lo que sabían acerca del viejo picapleitos. Y hete aquí que un policía le habló del extraordinario talento del que hacía gala el abogado Lincoln para imitar voces. Era tan bueno que podría hacerse pasar por quien quisiera.

De regreso a Aurora, Michels pasó a visitar al señor Lincoln. Éste estaba acabando unas reparaciones en el porche, para las que había cubierto de hormigón su gran macetero. El alegre jardinero hizo partícipe al jefe de policía de sus planes para marcharse durante una temporada. Después Michels se entrevistó con el ayudante Frank, quien le confirmó que había oído las voces de la señora Lincoln y su hermano. Pero como sospechaba el jefe de policía, no les había visto.

De alguna forma Michels tenía que cerrar el círculo. Comprobó la sangre en las ropas que Lincoln llevó durante su cautiverio, por si fuera sangre animal. Pero los análisis demostraron que era humana. Entonces el jefe de policía repaso las cartas de amor. Recordó que la letra "i" mayúscula, bastante común en inglés, tenía cierto defecto. Tras preguntar a Frank, el ayudante le dijo que en efecto Lincoln había tenido una máquina de escribir, pero que la había vendido tiempo atrás. Como Frank no sabía dónde la había vendido, el jefe Michels probó en la casa de empeños más cercana. Y dio en el clavo. Allí el señor Lincoln se había deshecho de su máquina de escribir, revendida poco después. Michels no tardó en localizar al comprador. En efecto, aquella máquina tenía un defecto en la "i".

Aprovechando la ausencia del señor Lincoln, el jefe Michels obtuvo una orden para remover todo el jardín en busca de los cuerpos de la señora Lincoln y su hermano. No hallaron nada. Con una resignada sonrisa, Michels comprobó que en el interior del invernadero había un potente horno crematorio. Sin embargo, en su cabeza esta todo claro: cansado de su vida de infeliz, Warren Lincoln había tramado un plan para deshacerse de su esposa y su molesto cuñado: se inventó al tal Georges, y se buscó una coartada con la pantomima escuchada por Frank y su falso secuestro. Con los zapatos de sus víctimas fingió las pisadas, y el resto de sus invenciones estaban tan claras como el agua. Pero no había cuerpos. Y sin cuerpos no había crimen.

Cuando el señor Lincoln volvió de sus vacaciones, Michels no dudó en hacerle una visita, y contarle su teoría. Él había matado a su esposa y su cuñado. "Me gustaría saber cómo cree que lo hice, jefe", dijo un risueño Lincoln. El jefe de policía le expuso todo el asunto punto por punto. Un cada vez más divertido Lincoln alabó su perspicacia. Y para un hombre como él, Warren Lincoln, el león en las salas de tribunal y el cordero en el hogar, aquel momento triunfante era seguramente demasiado bueno para ser desperdiciado. Así que en el colmo de su victoria Lincoln le dijo que todavía había más: sí, todo había ocurrido como él decía. Se había inventado al amante, el secuestro, y se había desecho de los cuerpos; los había cortado en trocitos, habiendo extraído las balas previamente, y los había reducido a la nada en su horno, mezclándolos con fertilizante. Su experimento había dado espléndidos resultados en su maceta del porche.

¿Y las cabezas? Ya sabe, amigo Lincoln, hay partes del cuerpo que no son tan fáciles de quemar. Bien, las cabezas estaban en aquel macetero, cubierto ahora por el hormigón. Sobre las cabezas había echado cal viva, y sobre la cal, tierra, y en la tierra había plantado sus guisantes de olor. Guisantes que regaba cada día. La tierra filtra el agua, el agua llega a la cal y... bueno, ya se imagina el resto, jefe. Ya no quedará ni rastro. Y sin rastro de cuerpos, no hay delito, jefe.

Michels no pudo sino asentir. Debía estar todavía asombrado por la audacia y la seguridad en sí mismo del otrora señor polilla. Pero aun así, le dijo a Lincoln, abriría aquel tiesto. Lincoln se sonrió. "Si quiere perder el tiempo, allá usted".

La citación no tardó en llegar, y los operarios comenzaron a resquebrajar el hormigón. Lincoln, más triunfante que nunca, contemplaba la escena complacido. No podía esperar a ver sus caras. Pero no sólo no vio sus caras, sino que para horror suyo, las únicas caras que pudo ver fueron las de su esposa y su cuñado, perfectamente conservadas en la tierra del interior del macetero, cubierto por hormigón. ¿Qué había ido mal?

Corpus delicti. El latinismo más temido por los asesinos. El pobre señor Lincoln había creído tener en sus manos el crimen perfecto, pero no había contado con los azares del destino. Un destino cruel que actuó por medio de su perfecto ayudante Frank. Un ayudante tan diligente y trabajador, que había cambiado los toneles de cal viva de sitio para su mejor almacenaje, dejando en su lugar toneles de cal apagada. Ese tipo de cal que no sólo no destruye, sino que conserva.

Y así fue como Warren Lincoln, el marido calzonazos que se había tornado en depredador, acabó sus días en la cárcel, de donde no salió sino con los pies por delante.