viernes, 9 de diciembre de 2011

El sueño eterno (1946)

Creo que la actitud de muchos de nosotros hacia los Oscar es la misma que la de muchos actores, actrices, directores, etcétera: no es que sean realmente importantes, pero al mismo tiempo duele no ganarlos. Nadie necesita de un Oscar para que se le reconozca su gran trabajo, pero a la vez casi resulta doloroso ver que tipos como (el típico ejemplo) Alfred Hitchcock nunca lograron uno. El caso de Howard Hawks es igual o más sangrante: ¡sólo le nominaron una vez! Y ni siquiera ganó. Como con el maestro del suspense, en los 70 decidieron resarcirle con un Oscar honorífico. Pero me pregunto si realmente los que reciben esa estatuilla lo valoran igual. Debe saber como a premio de consolación. Tampoco sé la importancia que Hawks le daría a estas cosas. En fin, esto es implemente una sempiterna reflexión de cinéfilo. No habría estatuillas de oro suficientes para premiar la labor de directores tan míticos.

El sueño eterno es uno de los grandes títulos de la Era de Oro de la ficción hard-boiled, cuando la corrupción campaba a sus anchas y el hampa era más fuerte que nunca. Aquella era en que los detectives parecían más duros y las mujeres más sexys y fuertes. Su autor no fue otro que el mítico Raymond Chandler, y según cuenta la leyenda, cuando Jack Warner envió a Howard Hawks con cincuenta mil dólares en el bolsillo para adquirir los derechos del libro, el director los consiguió por cinco mil y se embolsó el resto. Aunque cabe recordar que la mayor parte de leyendas sobre Hawks suelen provenir del propio Hawks. Fuese o no verdadera la anécdota, lo cierto es que Warner quería otro gran éxito como el que había obtenido de la mao de Hawks con Tener o no tener, la bomba del 44 que había emparejado por primera vez a Humphrey Bogart y Lauren Bacall. No, evidentemente exprimir los éxitos no es un invento del Hollywood contemporáneo. De haber ocurrido hoy en día, El sueño eterno quizás se habría titulado como 'Tener o no tener 2'.

Lo que por suerte tenía el Hollywood de entonces eran grandes directores, grandes intérpretes (que tampoco es que se hayan extinguido), pero sobretodo, grandes escritores (seguramente la gran x a despejar de la moderna Babilonia). Hawks, quien siempre procuraba rodearse de estupendos guionistas y escritores (aunque no son pocos los que han alabado el propio talento del director en esos menesteres), decidió sabiamente volver a contar con el dúo ganador de Tener o no tener: su compañero de caza William Faulkner (ahí es nada) y el veterano Jules Forthman. El grupo se completó con Leigh Bracket, escritora y ocasional guionista que podría aportar su talento y su inestimable punto de vista femenino.

La premisa para el guión era mantener tanto de la novela original como fuera posible. El poder de síntesis no sería un problema, ni tampoco arreglar los diálogos, pero principalmente el gran obstáculo era el férreo Código Hays que miraba con lupa todas las historias de cine negro que llegaban a sus oficinas. Por alguna razón en la letra impresa se permitían muchas cosas que nunca se habrían permitido en el cine. Así, lo que en el libro era una escena de cama entre Marlowe y Carmen Sternwood, se transformaba en una escena en el apartamento de Marlowe, todos vestidos y donde la mozuela no pasaba mucho tiempo. O si en la novela el villano Geiger se dedicaba a la pornografía, y hacia fotos desnuda a la díscola Carmen, en la película se ponía a Carmen con un vestido chino y que el espectador se imaginara como de "exótica" había sido la sesión de fotos. ¡Y casi será mejor no hablar de la homosexualidad del villano!

Una de las constantes cuando se habla de El sueño eterno es referirse a la intrincada trama del diabólico Chandler, que se volvió aun más complicada y confusa en el guión por diversos motivos. Para empezar el Código Hays impedía que fuera Carmen la autora del crimen, ya que en la novela su hermana Vivian era cómplice, y la chica del bueno no podía ser cómplice de nada salvo del amor, lo que obligó a elaborar una subtrama de adulterios y equívocos a cuya claridad no ayudó el que algunas escenas se quedaran en la sala de montaje. Pero como reconocería Hawks con el tiempo, cuando tienes un buen montón de grandes escenas a pocos les importa que la estructura del guión no sea perfecta. Y con Bogart y Bacall en la pantalla la cuestión de quién mato a quién tampoco era fundamental. Con todo, una de las grandes pegas que el público le puso al film tras su estreno fue que era muy difícil seguir el hilo. Claro que eran un público menos audiovisual que ahora. Hay una anécdota (no sé si cierta, o es una broma de Raymond) que refleja bastante bien el asunto según la cual los guionistas llamaron o telegrafiaron a Chandler para aclarar quién había matado al chófer de Sternwood, porque al parecer en la novela no parecía estar del todo claro. Conforme al mito, ¡Chandler tampoco parecía saberlo mucho mejor! 'Damned if I know', fue su respuesta.

El rodaje comenzó en octubre del 44, y el primer día, según relataba Hawks, tuvo que pararle los pies a un Bogart que se hallaba sumido en un difícil divorcio al que había contribuido enormemente el comienzo de su relación con Lauren Bacall. Al parecer el actor había tomado más copas de la cuenta y debió de responder mal al director o algo así, porque según la versión del huraño Howard le cogió por las solapas y le dijo "yo te enseño cómo ser duro, pero no te pongas duro conmigo". Aunque Bogart no siempre era un tipo fácil con el que trabajar, seguro que desde Tener o no tener ambos ya se tenían cogida la medida.

Tras acabar el rodaje en enero de 1945, Warner decidió poner a prueba la película enviando varias copias al Pacífico para disfrute de las tropas americanas. De la experiencia sacó en claro que el film necesitaba más escenas dialécticas ingeniosas y subidas de tono entre Bogart y Bacall. Suponemos que lo esperado era que los soldados se vinieran arriba cada vez que aparecía Lauren en pantalla. Por lo tanto se volvió a montar la película para lo cual se rodaron más escenas entre la pareja protagonista, entre las que se incluye el famoso diálogo sobre caballos que no dejaba lugar a dudas de qué estaban hablando, aunque la censura no pudo o no quiso hacer nada al respecto. Además para entonces el romance en la vida real de Bogart y Bacall ya había explotado en la prensa rosa lo que añadido a la química que gastaban en la pantalla prometía garantizar pingües beneficios. Ni Warner ni Hawks se equivocaron: cuando la nueva versión se estrenó el 31 de agosto de 1946 (el retraso se debió a que en el estudio, con el final de la guerra tan cerca, prefirieron dar salida primero a todas sus películas bélicas y patrióticas), los cines se llenaron a rebosar.

Con la eliminación de una larga explicación de Marlowe sobre su papel en el caso y otros cambios quien quisiera atar todos los cabos de la historia no lo iba a tener fácil, pero quien simplemente quisiera dejarse llevar y disfrutar con las actuaciones de Bogart y Bacall y sus diálogos de otro mundo encontraría una película fascinante, un curioso ejemplo de cine policíaco donde el amor pesa más que el crimen, y donde la química de dos actores y sus frases suplían cualquier otra carencia. El sueño eterno significó la consagración total de Humphrey Bogart como estrella y como la imagen que Hollywood quería poner al detective de las novelas negras. Su Phillip Marlowe se unió a nombres como los de Sam Spade y Harry Morgan que iban a conformar la imagen del tipo duro e ingenioso del actor, un aura que nunca le abandonó del todo. Vivian Rutledge no sería cómplice de crímenes ni se quitaría ni una sola prenda pero se convirtió de la mano de Bacall en una elegante y mordaz hija de millonario que a su pesar se interesa por Marlowe por ser alguien que no se rinde ante su sola presencia, la figura del deseo hacia el hombre diferente que no puede tener. Carmen Sternwood, la hija menor del millonario en silla de ruedas (todo un icono del cine negro, como bien sabían los Coen), fue quien sufrió el cambio más radical. No aparecía desnuda ni en fotos ni en camas de detectives, no se metía drogas, y parecía más una chica traviesa que una ninfómana asesina, pero la increíble interpretación de Martha Vickers la convirtió en un volcán en erupción a quien supiera leer entre líneas. De hecho el propio Chandler afirmó que su actuación era tan aplastante que muchas de sus escenas se quedaron en la sala de montaje porque eclipsaba a la propia Bacall.

El sueño eterno, uno de los clásicos más clásicos del Hollywood más clásico. Y a ustedes, ¿cómo le gustan los caballos?

4 comentarios:

Cinemagnific dijo...

MA RA VI LLO SA.

Sergio dijo...

Uf, tremenda, gloriosa, indispensable, además de una pareja cinematográfica sin la que no se entendería el cine de la época dorada.

José Fernández dijo...

Hmm... así que la Vickers fue como los Rock City Angels de la época... Bueno, desde luego me quedo antes con su Martha que con el dicos de los tipos esos de negrita. Lease, que está preciosa en la pelicula; la famosa escena en la que se deja caer en los brazos de Bogart es atómica.

Möbius el Crononauta dijo...

Cinemagnific: sin duda

Sergio: pocas parejas han tenido tan buena química en pantalla, desde luego

José fernández: bonita forma de describirlo, sí. ¿El dicos? Como dijo Homer, eso se está volviendo abstracto, pero gracias. Y Martha la verdad es que estaba maravillosa, no enseñaba nada pero de algun transmitía totalmente la sensación de ser una gata en celo