martes, 20 de septiembre de 2011

Eat My Dust (1976)

Roger Corman y Charles B. Griffith, tanto monta, monta tanto. Griffith, quien colaboró a menudo con el amigo Roger, fue de esos que hizo de todo, como solía ocurrir con el equipo que rodeaba a la peculiar industria barata de Corman; escribía, actuaba (a menudo haciendo varios papeles en un mismo film), daba voz a la planta de la mítica La pequeña tienda de las horrores, y se ponía tras la cámara cuando hacía falta. En su haber contaba con un film olvidado, y dirección sin acreditar en el citado clásico de Corman, amén de varios guiones y colaboraciones, cuando en 1976 Roger le dio la oportunidad de rodar un film a lo grande (todo lo grande que pueda presupuestar el genio de la Serie B, claro) aprovechando la moda de los coches rápidos y los jóvenes conductores rebeldes.

Eat My Dust, escrita y dirigida por Griffith, nació como un film con pocas pretensiones, lo habitual cuando Corman produce: gastar poco, hacer que todo luzca más de lo que en realidad parece, y obtener el máximo de beneficios posibles, normalmente apuntándose a la moda del momento. Y entre los jóvenes patilleros de los 70 pocas cosas habían más populares que los coches, el rock, y por tanto, el carsploitation. Así que sumando dos más dos acabó naciendo Eat My Dust, la incursión de Corman en las pelis de coches.

Me pregunto si en el equivalente actual una película como Eat My Dust sería dirigida por Michael Bay, o por quien quiera que dirigiera The Fast and the Furious, y es que el objetivo claro de la cinta eran los adolescentes con granos que escuchaban a Led Zeppelin y Aerosmith y soñaban con llevarse a la rubia a la parte de atrás de su GTO. Vamos, que no estamos hablando de arte y ensayo precisamente.

El argumento no podía ser más simple y adolescente: Hoover, el hijo de un estricto sheriff a quien se le da bien el volante pero su padre no le deja tener coche, sueña con ligarse a Darlene, la despampanante rubia del pueblo. Pero como Hoover no es capitán de fútbol ni mide dos metros, ni tiene un Camaro, poco tiene que hacer. Así que aprovechando que se están celebrando carreras en la vecindad, y el campeón se ha dejado las llaves puestas en su elegante Camaro naranja, Hoover decide robar el coche y llevarse a Darlene de paseo, paseo que se convierte, claro está, en toda una persecución policial.

El film no tiene mucho más, simplemente se trata de disfrutar con las nubes de polvo, los coches de policía chocando, y el flamante Camaro naranja con la bola 8 pintada, y unos gags humorísticos espatarrantes y facilones diseñados para la época que no son precisamente gags de Monty Python pero no dejan de ser entrañables.

Eat My Dust fue protagonizada por Ron Howard, antiguo niño prodigio y pecoso favorito de América, y su papel del alocado Hoover le sirvió como una buena oportunidad para desmarcarse en cierta medida de los papeles ñoños de chico bueno de series como The Andy Griffith Show o Happy Days. Seguro que más de un padre se llevó un disgusto viendo a Ron enrollándose con una rubia, o aún peor, ¡la rubia metiéndose en la ducha con Howard dentro! ¿Opie Taylor con apetencias sexuales? Como dijo el ínclito Matías Prats, ¿pero esto qué es? Pues sí, en realidad era todo de lo más inocente, Hoover no es precisamente Leatherface, pero ya era un cambio. Aunque en un principio Howard rechazó el papel, aceptó con la condición de que si la película tenía éxito, Corman le dejaría dirigir su propia película de coches, que era lo que realmente quería, olvidarse de la interpretación y ser director. Y bien, la película funcionó lo bastante bien en los drive-in y demás sesiones para adolescentes como para que Roger le financiara Loca escapada a Las Vegas, el punto de partida de Ron Howard el director. Es increíble, pero hay toda una generación de actores, directores y guionistas que le deben mucho al bueno de Corman.

Bien, así que ahí va mi consejo, si no tenéis un Camaro o coche similar que llevaros a un cine al aire libre donde echen Eat My Dust: vosotros dejaros crecer las patillas, vosotras peinaros a lo Farrah Fawcett, poneros un disco de Grand Funk Railroad, y llevaros unas bandejas al sillo con hamburguesas, patatas fritas y cola, y disponeos a disfrutar de una gran experiencia adolescente puramente 70s de la mano de Eat My Dust. Y al finalizar la peli ya sabéis lo que toca: ¡la colina del amor! Y si sois solteros, bueno, entonces se imponen los amigotes y las cervezas. Vaya, la verdad es que hay cosas que nunca cambian.