jueves, 18 de agosto de 2011

El infierno del odio (1963)


En un salón, medio a oscuras, Kingo Gondo recibe los ánimos de su chófer, Aoki, cuyo hijo ha sido secuestrado por error, ya que era el propio hijo de Gondo el objetivo del secuestrador. Aun así, éste ha exigido que pague, o matará al chico. Anteriormente Aoki ha suplicado a su jefe que pague la elevadísima suma del rescate por su hijo, cantidad que arruinará a Gondo justo cuando se encontraba en medio de una importante operación financiera. Gondo se ha negado a pagar el rescate, y aun así Aoki trata de animar a su jefe, sumido en un dilema moral y soportando una gran presión. En primer plano, los policías que llevan el caso, y la propia mujer de Gondo, dan la espalda al gran empresario. Al fondo podemos ver la soledad de Gondo, enfrentado a una situación extrema, recibiendo el apoyo del único de quien no podía esperarla.

Varias secuencias más tarde, Gondo se encuentra en el suelo, trabajando sobre una maleta, como en sus humildes inicios de zapatero. La situación ha cambiado, y a pesar de la adversidad, el hombre ha vuelto a desempolvar sus viejas herramientas para ayudar a la situación. Ahora es rodeado en círculo por su esposa y los policías, quienes retroceden admirados.

La primera escena es prácticamente un claroscuro extraído de un cuadro barroco, una instantánea de una escena experimental del teatro épico. La segunda es claridad, luz, la epifanía de alguna antigua pintura religiosa.

Cielo e infierno. Justicia e injusticia. Ofrecer la mano al prójimo, o velar por los propios intereses. La composición del odio, el combustible que lo alimenta. Éstos y otros son los temas de estudio del dilema moral de El infierno del odio.

Akira Kurosawa pronto se interesó por la historia que narraba King's Ransom, una novela policíaca de Evan Hunter cuyos derechos había adquirido Toho en 1961. El dilema que planteaba la trama le seducía, y por lo tanto se le asignó como el director del proyecto. Con la novela en la mano Kurosawa se rodeó de sus habituales colaboradores Hideo Oguni y Ryuzo Kikushima, más Eijiro Hisaita, con quien ya había trabajado muy a gusto en dos películas, y todos se dispusieron a elaborar el guión. Éste sería bastante fiel a la novela, pero el equipo alteró algunas partes y profundizó en otros asuntos que la novela no tocaba.

Aunque el mundo del hampa y los guardianes de la ley ya habían aparecido en la filmografía de Kurosawa, El infierno del odio es sin lugar a dudas la película más netamente policíaca del maestro japonés, aunque evidentemente Kurosawa no se quedó en la trama de policías y villanos, y se sirvió de la misma para nuevamente reflexionar sobre la condición humana, la causa y consecuencia de nuestros actos, en definitiva, todo aquello que había sido una constante en su carrera.
El infierno del odio es, en cierta manera, el análisis de la división entre los hombres, en este caso, el estudio de lo que separa a un millonario del secuestrador que le chantajea. Sus mundos parecen forzados a chocar forzosamente, y se entremezclan aparentemente sólo a través de esa línea telefónica que invariablemente parece convertirse en un tercer personaje en cualquier película de secuestros. Dividida en tres partes bien definidas, El infierno del odio parece centrarse primeramente en la confrontración entre criminal y víctima, y en el claro dilema moral de esta última. En la segunda comienza la caza del hombre, en la cual se plantean las preguntas que deberán ser respondidas, aparentemente, en última parte, mientras el cerco se estrecha entorno al culpable. Sin ser ésta una división formal, podría ser una guía de las diferentes estaciones por las que circulará la trama. Durante el viaje el espectador podrá ver lugares y objetos físicos que devenirán metáforas de la separación que parece impedir todo acercamiento entre Gondo y su extorsionador.

Dejando de lado estas apreciaciones formalmente El infierno del odio es un estupendo políciaco facturado por un hombre que había rebasado la cincuentena pero que rodaba con tal visión y vigor que, dado el género del film y lo técnicamente moderno que todavía resulta, podría haber sido colocado con esta película en la misma generación de los Stanley Kubrick y compañía que por entonces estaban llevando al cine norteamericano a un nuevo nivel. El infierno del odio presenta un ritmo prácticamente impecable que tan sólo decae en la por otra parte interesantes escenas del seguimiento de los policías de paisano al secuestrador. Desde que desaparece el hijo del pobre Aoki el espectador apenas si tiene tiempo para acordarse de los tópicos sobre el ritmo del cine japonés clásico. Durante más de media hora Kurosawa rueda de forma realmente ligera en el interior de la casa de Gonzo, donde se van recibiendo las llamadas del criminal. Sin necesidad de recurrir a escenas exteriores el interés es mantenido en todo momento, para luego pasar a una pelopúntica secuencia en el tren bala japonés que parece pertenecer más a las convenciones del típico thriller 70s que a un policíaco de primeros de los 60.

Igual de interesantes son las escenas de la investigación del caso, rodadas de forma muy realista y ofreciendo el modus operandi interno de la policía. Las pesquisas conducirán finalmente a los bajos fondos, en unas secuencias que ofrecen incluso la perturbadora visión de un refugio de heorinómanos, a medio camino entre la lírica y el realismo, pero que impactan igualmente por una crudeza no muy usual para la época, como si de repente estuviéramos en una versión nipona de New Jack City, salvo que rodada treinta años antes.

El infierno del odio estaba protagonizada por la estrella y actor fetiche de Kurosawa, el inigualable Toshiro Mifune, en la plenitud de su madurez artística, en un film con un reparto de papeles mucho más coral de lo habitual, pero en el que brillaba igualmente dando rienda suelta a su talento ofreciendo contenidos torbellinos de emociones y unas explosiones de ira muchos menos paroxísticas que en sus papeles de samurai. Su interpretación del torturado Gondo no es sino otra prueba más del gran momento de forma en el que se encontraba, recorriendo una segunda etapa gloriosa en su carrera.

Aunque junto con Mifune quien seguramente más destaque sea Yutaka Sada, un actor que ya había trabajado en films de Kurosawa en pequeños papeles, pero que esta vez pudo brillar interpretando al honorable, dramático y patético Aoki, el chófer de Gondo y padre del niño secuestrado, protagonizando, o robando el protagonismo, en algunas de las escenas más conmovedoras de la película. El tercero en discordia a destacar es sin duda Kenjiro Ishiyama, una especie de Tor Johnson que provenía de cierta clase de teatro nipón que recrea luchas y batallas famosas, y que había sido objeto deseado de Kurosawa durante bastante tiempo, pero por una u otra razón nunca había podido hacerse con sus servicios. Finalmente El infierno del odio marcaría el debut en el cine del veterano actor, quien con su reluciente calva y su cara de perro estaba estupendo como una especie de Kojak a la japonesa. Su Bos'n es tan bueno que uno desearía que también él hubiera podido tener su propia serie de televisión. Como era habitual em Kurosawa, al ser Ishiyama el recién llegado, a pesar de su veteranía, el director la emprendió con él durante todo el rodaje. Por supuesto en el film también hubo espacio para algunos habituales del director como Takashi Shimura y el estupendo Minoru Chiaki, quien colaboraría por última vez con Kurosawa en un diminuto papel de periodista.

El infierno del odio, un estupendo film policíaco, muy recomendable, y bastante lejos de ser una obra menor en la filmografía de Kurosawa, y, dada su temática, podría tentar a los espectadores más asustadizos con el cine japonés.

Para finalizar me despido con un guiño a los fans de Spielberg: el humo que sale de la chimenea del horno de materiales desechables.

4 comentarios:

Mario dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mario dijo...

Kurosawa es un maestro, sus películas no solo son entretenidas y valiosas sino bastante inteligentes, siempre auscultando el alma humana, la película se ve muy interesante, no la he visto pero la tengo anotada junto con casi cualquiera que éste cineasta tiene porque me encanta su arte. Un abrazo.

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Mario.

José Fernández dijo...

Buena peli, aunque a mi se me hizo algo larga y un poco hueca. Quiero decir, que deja caer "grandes temas" para finalmente no decir gran cosa sobre los mismos. Aún así recuerdo con bastante nitidez las escenas de tensión en el salón del personaje de Mifune.

Möbius el Crononauta dijo...

Mario: ciertamente cualquier cosa que firme Kurosawa siempre es interesante de ver. Gracias por comentar, pasaré por allí

José Fernández: al final sí que dice bastante, pero tendrás que fijarte más