miércoles, 4 de mayo de 2011

Los bajos fondos (1957)

Desde 1951 Akira Kurosawa tenía una espinita clavada tras su fallido empeño en adaptar El idiota de Dostoievski, un parto largo y difícil que se reveló demasiado fiel al original para triunfar en Japón. Unos cuantos años después un artísticamente más maduro Kurosawa, triunfante en su patria y en festivales extranjeros, se sacó esa espinita con Donzoko, una adaptación de la obra de teatro 'Los bajos fondos' de Máximo Gorki.

Con Los bajos fondos Kurosawa retornaba al naturalismo más feroz y a una irónica visión de la naturaleza humana, con sus más altos sentimientos y sus bajezas más sucias, jugueteando de nuevo con la dualidad entre realidad y fantasía que ya había explotado en su célebre Rashomon. En esta ocasión, sin embargo, la dirección de Kurosawa es prácticamente silenciosa, sin grandes alardes técnicos, acompañando a un reparto coral en un film muy teatral visualmente, como suelen serlo las películas que siguen muy de cerca el texto original, respetando las usualmente reducidas medidas espaciales del teatro.

Sin encontrarse con un protagonista claro, Los bajos fondos gira alrededor de las vidas de varios personajes miserables que viven juntos en una vieja casucha situada en los barrios bajos de alguna ciudad japonesa medieval. Al principio del film ya queda descrito el estatus de la vecindad, situada al pie de un pequeño barranco, en el que los habitantes de las tierras superiores lanzan sus desperdicios.

Los habitantes del hogar son personajes solitarios y olvidados, sin ninguna aspiración real, que malviven en sus pequeñas covachas miserables, bajo la supervisión de un casero con actitud paternal que esconde su personalidad avariciosa que sólo busca como sacar más dinero a sus inquilinos. En realidad todos los personajes principales se esconden bajo máscaras, sueños que rayan en la locura, o el más profundo alcoholismo. Todos, de una u otra manera, tratan de olvidar la miseria en la que viven. Así, por ejemplo, un calderero al que se ve constantemente trabajando en sus cacharros, se refugia en su trabajo, ignorando a su mujer gravemente enferma. Un antiguo actor, cuya carrera quedó destrozada por el alcohol, sigue atado al sake, mientras otros personajes menores parecen haber preferido cierta forma de locura para poder seguir viviendo. Otro miserable, Tonosama, presume de ser un samurai venido a menos, mientras que una prostituta se consuela relatando su dramática historia de amor imposible. El pasado de ambos, presumiblemente falso, es otra forma de escape a sus duras vidas. En ese hogar de miseria hasta los sentimientos son corrompidos. Sutekichi, un apuesto ladrón, es el amante de Osugi, la mujer del casero, aunque sueña y ama en realidad a la hermana menor de ésta, Okayo, quien para sobrevivir ha construido entre ella y los demás un muro de desconfianza. El único que parece aceptar su condición es Yoshisaburo, un cínico apostador y jugador de cartas.

La realidad de la miseria, la fantasía como única salida, la pobreza que corrompe las almas y los sentimientos. Ésa es la trama de Gorki que Kurosawa y su coguionista Hideo Oguni logran adaptar al Japón medieval. Al fin y al cabo la miseria y la pobreza son universales, y por ello la historia de Los bajos fondos no queda constreñida por el entorno ruso original. Sin duda Kurosawa y Oguni debieron verlo así, ya que apenas les llevó dos semanas adaptar el texto ruso en un guión consistente.

El pesimismo del entorno y los personajes tendrá su contrapartida en Kahei, un anciano peregrino que pasa unos días en la casa, y quien a diferencia de sus compañeros, sabe mirar a la vida con optimismo, sopesando la realidad calmadamente, sin necesidad de buscar un refugio. Es la antítesis del jugador, el inquilino lúcido que sin embargo cree que es mejor resignarse y tratar de pasar la vida lo mejor posible.

Con la cámara de Kurosawa convertida casi en un mero testigo de la acción, indudablemente el peso del film, sus méritos y deméritos, recaen en esencia en el coro de actores que conforman la historia. Aunque en los créditos figure como protagonista por su categoría de estrella, Toshiro Mifune, que interpreta al ladrón, no destaca por encima de los demás, en un papel mucho más corto de a lo que nos tiene acostumbrados en sus films con Kurosawa. Emparejado de nuevo con la estupenda Isuzu Yamada, la temible dama ambiciosa de Trono de sangre, esta vez, sin embargo, Yamada logra destacar por encima de Mifune, metiéndose en el papel de la lasciva mujer del casero. Seguramente sea ella la que mejor esté en toda la película.

Destaca también Bokuzen Hidari, el peregrino, cuyo personaje no deja de ser la rueda que me mueve la acción, y Kôji Mitsui, el jugador, a quien la crítica japonesa acogió muy bien, y que repetiría en los siguientes films del director. Por último hay que mencionar al sempiterno Minoru Chiaki, uno de los secundarios más reconocibles y habituales de las cintas de Kurosawa de la época.

Atrapada entre Trono de sangre y La fortaleza escondida, Los bajos fondos no cuenta con la espectacularidad de la primera y la fuerza de su historia shakesperiana, aunque quizás la trama teatral sea algo más digerible, ni goza de la fama y el entretenimiento puro de la segunda, pero ofrece a cambio variadas y buenas interpretaciones, y sobretodo una increíble escena final y cierre que probablemente sea una de las conclusiones más brillantes de la carrera de Kurosawa. Sólo por esa última secuencia ya merece la pena echar un vistazo al film, aunque yo también apuntaría el aliciente de paladear la actuación de Isuzu Yamada, una gran actriz que tal vez sea la pécora definitiva de cine japonés.

No hay comentarios: