sábado, 7 de mayo de 2011

La sombra de Caín: Michael Malloy, el inmortal

El sempiterno crimen perfecto puede verse frustrado por muchas razones, desde la torpeza o ligereza del asesino hasta la pericia del investigador, pasando por cúmulos de casualidades y ese ente llamado suerte. Pero nada más frustrante para el asesino que el que su víctima se resista a perecer. Ése fue el singular caso de un pequeño irlandés borrachín cuyos varios intentos de asesinato dejan la muerte de Rasputín en un mero juego de niños. Conozcan las tristes andanzas de Michael Malloy, oriundo del Condado de Donegan, y auténtico Twinkie humano.

En las postrimerías de la Ley Seca, un mes de diciembre de 1932, Daniel Murphy "El rojo" (apodado así por su flamígera cabellera), que servía copas en un tugurio clandestino a las órdenes de un tal Tony Marino, fantaseaba, como muchos otros mortales, con la idea de tener los bolsillos llenos. Pero días tras día lo único que se llenaba era el local con sus borrachos, la tinaja con los escupitajos y las pituitarias de Murphy con el nauseabundo olor de lo que muchos daban en llamar el "aperitivo gratis" del bar, una masa informe que en su día tal vez fuera comida. Pero en un local donde los clientes beben alcohol desnaturalizado y mezclado con vaya usted a saber qué, ¿quién iba a quejarse por la comida?

Al mismo tiempo, Tony Marino se preguntaba lo mismo frente a su amigo Frank Pasqua, un pequeño empresario de pompas fúnebres. Sin una respuesta satisfactoria que darle, los dos amigos miraron sus vasos, para luego posar sus miradas en Michael Malloy, un enjuto borrachín irlandés que era conocido en todos los locales ilegales por su afición al alcohol, y su irritante tendencia a no llevar nunca dinero en los bolsillos. Malloy engatusaba a la clientela con chistes baratos a cambio de que le invitaran a algún trago, y cuando no tenía donde caerse muerto, dormía en el suelo de los bares a cambio de barrer el local por la mañana. Resumiendo, Michael Malloy era un tipo algo irritante que no encajaba en la categoría de cliente modelo.

Los días pasaron, y cierta noche Pasqua le comentó a Marino que al parecer Michael Malloy no tenía familia alguna. La anecdótica noticia quedó sepultada entre varias decenas de conversaciones más. Hasta que, días después, se dejó caer por la taberna un corredor de seguros algo borrachín y con no demasiados escrúpulos. Hablando sobre los seguros de vida, Marino y Pasqua encendieron juntos la misma bombilla sobre sus cabezas. ¿Y si le hacían un seguro a Malloy a cambio de, por ejemplo, 1.500 machacantes? El corredor de seguros, que bien hubiera podido tener la estampa de W.C. Fields, seguro que se avendría a un arreglo. Como así fue. Sin saberlo, Malloy aseguró su vida en dicha cantidad, siendo su beneficiario Tony Marino, especificándose que sería la compañía de Pasqua la que se encargaría del entierro. Bien, con el documento en el bolsillo, ya solo restaba borrar a Malloy del mapa. Para esa tarea tan delicada Marino habló con su hombre de confianza, Daniel Murphy, quien se avino a dar matarile al irlandés a cambio de una pequeña parte en el negocio. Por supuesto, la condición indispensable era que aquella muerte pareciera accidental. No valían tiros ni navajazos.

Murphy le dio vueltas al asunto. Habiendo trabajado con productos químicos en el pasado, pensó que una cantidad suficiente de anticongelante en la bebida sería una buena manera de librarse de un beodo como Malloy. Para asegurarse de que no notaba nada raro en el sabor, primero pondrían tono a la víctima con unos cuantos tragos. La repentina generosidad de Marino, que invitó a unas bebidas a Malloy, por supuesto no sorprendió a éste, quien estuvo más que contento de llevarse al coleto unos cuantos tragos gratis. Cuando consideraron que ya estaba lo bastante achispado, Murphy comenzó a servirle a Malloy las bebidas con anticongelante. Las dos primeras pasaron por el gaznate de Malloy sin mayor problema. La tercera cayó igual de bien. Una cuarta copa no hizo mucho más. Hicieron falta nada menos que cinco copas con anticongelante para tumbar a Malloy. Cosa que, dada la calidad de la bebida de aquellos tiempos, no llamó la atención de nadie. Era habitual que los borrachos solitarios quedaran inconscientes en el suelo largas horas.

Cuando por fin se fueron todos los parroquianos, Pasqua le tomó el pulso a Malloy. Era extremadamente débil. "Ya no durará mucho", afirmó Murphy. Los conspiradores pasaron en vela la noche, tomando el pulso a Malloy cada cierto tiempo. Con la luz del alba, el viejo irlandés se despertó con la boca seca. ¿Y si barría el local a cambio de un trago matutino?

Los sorprendidos aprendices de asesino no podían entender que había pasado. Pero habrían de perseverar. Aumentaron las dosis, continuaron con el plan noche tras noche... y noche tras noche, Malloy se derrumbaba, para volver a despertar al día siguiente. No había nada que hacer. Quien sabe, quizás un borracho curtido en las más variopintas bebidas ilegales se hubiera acostumbrado a los más variados productos químicos.

Pasado algún tiempo, unas sardinas en mal estado dieron una nueva idea a Murphy. Aquellas sardinas, cuyo frescor debía haberse disipado allá cuando Theodore Roosevelt llegó a presidente, acabarían con cualquier insensato que se las comiera. Para asegurar el plan, Marino ordenó que se triturara el bote de conservas y se mezclara con la comida, que sirvieron a Malloy en forma de sandwich. Una vez más el irlandés agradeció la bondad de aquel patrón y se llevó el sandwich al coleto sin hacer preguntas. La bebida con que acompañó el ágape contenía, por supuesto, anticongelante.

Desde la trastienda Marino y Pasqua no podían dar crédito a sus ojos. Allí estaba aquel viejo borracho, tan campante, comiendo hojalata y sardinas pasadas y regándolas con alcohol desnaturalizado. Ni siquiera parece que tuviera un apretón. Definitivamente el estómago de aquel tipo era más duro que el diamante.

Con la llegada del Año Nuevo de 1933 los maleantes concibieron un nuevo plan. Algunos días más tarde, aprovechando una terrible tormenta de aguanieve que se batía sobre Nueva York, tumbaron a Malloy con las consabidas dosis de alcohol y anticongelante, le subieron a un taxi, propiedad de un amigo de Marino, y le llevaron a las afueras. Abandonaron al inconsciente Malloy en Claremont Park, le quitaron la chaqueta, le abrieron la camisa y dejaron el pecho al aire. Tenían que asegurarse de que su víctima cogiera una pulmonía mortal de necesidad. Por ello Marino extremó aun más las precauciones y bañó a Malloy en agua. La temperatura era de unos siete grados bajo cero.

A la mañana siguiente Hershey Green, el taxista, se pasó por Claremont Park. No había ni rastro de Malloy. La cuadrilla (la mitad de la cual estaba resfriada) se reunió en la taberna a hojear los periódicos. No había noticia alguna de que hubieran hallado un cuerpo en Claremont Park. Todavía se estaban preguntando que habría pasado cuando apareció Malloy por la puerta. Sin saber cómo, se había despertado en Claremont Park. Los confabulados le preguntaron por su salud.
- Durmiendo a la intemperie me he resfriado un poco, pero no es nada que un vasito o dos no puedan remediar- Increíblemente, ahí iba otro atentado fallido.

Días después entraba en la taberna Anthony Bastone, un bruto de clase gorila macho Alfa al que apodaban, muy acertadamente, Tough Tony, "el duro". Viejo conocido de Marino, el tabernero no tardó en hacerle partícipe de sus problemas. Ahí tenían un negocio seguro, y una víctima que resistía a morir. Bastone sugirió que simularan un accidente de tráfico. Bastaría con emborracharle, sostenerle en algún paraje solitario, y que un coche se lo llevara por delante. Por supuesto, la idea le valdría una participación en el negocio.

En cuanto tuvieron ocasión los aprendices de asesino pusieron en marcha su plan. Emborracharon a Malloy, y le llevaron a una avenida solitaria para ejecutar el plan. Green le atropellaría con su taxi, y tocaría su claxon dos veces para asegurarse de que no lanzaban a Malloy contra el coche equivocado. La primera tentativa falló por una luz inesperada en una casa cercana. Tras trasladar a la víctima a Baychester Avenue, Green se lanzó con su taxi por la avenida a toda velocidad. Impactó con su coche de lleno en el cuerpo de Malloy. Inmediatamente todos abandonaron el lugar para evitar ser vistos.

A la tarde siguiente los malutos se reunieron para comprobar las ediciones vespertinas de los periódicos. Ninguno traía línea alguna sobre un caso de atropello y huida en el Bronx. Enviaron a Murphy a recorrerse los depósitos de cadáveres, sin éxito. Pasó una semana y no hubieron noticias de Malloy. ¿Qué hacer?

Tough Tony sugirió buscar a otro y hacerle pasar por Malloy. El sujeto debía ser irlandés, borrachín (dada la fama de los hijos de la Isla Esmeralda, no sería difícil), tener las características físicas de Malloy, y por último, y más importante, no tener familia alguna. Tras varios días de pesquisas, dieron con el tipo adecuado, una cuba andante que respondía al nombre de McCarthy. Ofrecieron trabajo a McCarthy en la taberna, quien aceptó encantado. Tras algunos días sin novedad, repitieron la operación: dejaron a McCarthy sin sentido a base de alcohol, le llevaron a un lugar solitario y le atropellaron con el taxi. Esta vez se aseguraron y Green le pasó por encima de nuevo. Pasqua certificó su defunción. Ya solo restaba dejarle en el bolsillo unas tarjetas de visita que le habían fabricado, para que la policía pudiera identificar el cadáver.

Al día siguiente todos se reunieron una vez más para ver los periódicos. Ninguna noticia de atropellados. Tough Tony decidió recorrer los depósitos de cadáveres. Nada. Por la noche, volvió a la taberna sobresaltado. McCarthy estaba malherido, pero vivo, en un hospital. Desde luego aquello era el colmo de la mala suerte. De paso, todos maldijeron la profesionalidad de Pasqua, que había dado por muerto al supuesto cadáver.

El tiempo apremiaba. McCarthy pasaría varias semanas en el hospital, y Marino veía sus deudas crecer cada día. Antes que esperar a que el segundo objetivo pisara la calle, era preciso encontrar a Malloy. De nuevo los maleantes peinaron todo el Bronx. Y hallaron a su víctima en el sitio más sorprendente: en una pensión, donde trabajaba por unos pocos dólares barriendo los suelos. Marino fue a tentarle para que se pasara por la taberna, pero ya fuera por desconfianza, o porque había encontrado su dignidad en el trabajo, Malloy se negó. Tan sólo quería que lo dejaran en paz.

Había quedado claro que iban a necesitar a un nuevo elemento en el grupo para atraer a Malloy a la ratonera. Aquel elemento lo encontraron en un amigo de Tough Tony, un tal Daniel Kreisberg, un frutero arruinado por la competencia de los vendedores ambulantes de fruta. El plan consistía en llevar a Malloy a la casa de Kreisberg. El frutero trabó conocimiento con Malloy, y no fue difícil convencerle para que le acompañara a casa, tan solo bastó una invitación a tomar unas copas. Con varios litros de alcohol en el cuerpo, Malloy se derrumbó finalmente. Entonces Kreisberg llamó a Marino, quien envió a Murphy a la casa con un tubo de goma. Metieron el tubo en la boca de Malloy, y el otro extremo a la espita de gas. El avispado lector se imaginará el resto.

Finalmente aquel nutrido grupo de malhechores logró su objetivo. Michael Malloy, que había ingerido litros de anticongelante, sardinas podridas y trozos de metal, que había resistido temperaturas gélidas y que había sobrevivido, Dios sabe cómo, a un atropello, pasó a mejor vida ahogado por el gas. Pasqua convenció a un médico de esos cuyo Juramento Hipocrático se desvanece a cambio de unas copas para que rellenara un parte médico en el que declaraba muerto a Michael Malloy a causa de una neumonía. Como se había acordado, Pasqua se encargó del entierro. Nadie sospechó nada, y la compañía de seguros acabó pagando el dinero.

El principio del fin para aquellos maleantes comenzó justo en el momento en que recibieron el dinero. Mil quinientos dólares, descontados gastos de entierros y demás, no salían a mucho entre un grupo tan nutrido de desalmados. Las peleas por el reparto del dinero comenzaron nada más llegar el pago del seguro. Muy pronto todos empezaron a debatir sobre quién había hecho qué y quien se merecía más. En semejante conjura de tipejos la discreción y el honor desde luego no campaban a sus anchas. Y las lenguas pronto comenzaron a trabajar más de la cuenta.

Tough Tony abrió la veda contrastando su opinión con un cliente habitual de la taberna. Escuche amigo, ¿quien cree que se merece una parte mayor? Le explico... En otro punto de la ciudad, Hershey Green se quejaba de que había abollado su taxi haciendo un favor a un amigo, y ahora ese amigo no le quería pagar los desperfectos, a pesar de haber cobrado un suculento seguro de vida. Por su parte, Kreisberg solicitaba la opinión de cualquiera que quisiera escucharle, acerca de si la policía podría descubrir a un tipo que hubiera puesto un tubo de goma en la boca de un borracho, para luego...

Como era de esperar, aquellas conversaciones llamaron la atención. Y cierto día de mayo la noticia llegó a oídos de la policía. Dos agentes fueron asignados al caso, para ver si había algún fundamento en todo aquello. Contactaron con las compañías de seguros, preguntando si algun Michael Malloy había fallecido en los últimos meses. En efecto, así era. ¿Y quien era el beneficiario? Un tal Tony Marino...

Bien, los policías tenían una madeja. Y decidieron hacer lo que desde tiempos inmemoriales han hecho los investigadores, tirar de ella. Vigilaron a Marino, averiguaron los nombres de sus contactos habituales, estudiaron gastos e ingresos. ¿Podía esperarse sutilidad de un atajo de asesinos que habían puesto tarjetas de visita en el bolsillo de un irlandés andrajoso? Ciertamente no. Los policías averiguaron que justo al día siguiente de ser cobrada la póliza, Marino había pagado unas deudas, Pasqua había comprado unos ataúdes y Murphy se había comprado un traje nuevo. Tough Tony, Green y Kreisberg no tardaron en caer. Por supuesto, en cuanto fueron interrogados, todos se acusaron entre sí. El cerebro fue fulanito, yo no lo hice, pero éste y aquel hicieron maldades este día de enero...

El largo brazo de la justicia terminó por alcanzarles a todos. Hershey Green, el taxista, tuvo suerte, y fue condenado a una larga pena de cárcel. El resto acabó en el patíbulo. Y por desgracia para ellos, ninguno pareció gozar de las siete vidas del desdichado Michael Malloy.

3 comentarios:

Aitor Fuckin' Perry dijo...

Otra gran historia. La cutrez y la avaricia no tienen límites. eso y el no poder mantener la boca cerrada. Eso sí, me sorprende que condenasen a muerte a todos menos al taxista. Qui'cir, es una aberración lo que hicieron, pero tampoco para tanto. O que la aseguradora no se preguntase cómo era posible que semejante personaje tuviese un seguro así. Que a todo esto, ellos podían haberle hecho un seguro más caro y no sólo 1.500$. Digo, puestos a ilegalidades varias.

Perem dijo...

Una autentica enciclopedia. usted se está convirtiendo en una enciclopedia. Espectacular entrevista, eso sí, no supera la entrada de Erase una vez en América.

Se le saluda

Möbius el Crononauta dijo...

Aitor: ¡las aseguradores no se han enriquecido pagando seguros caros!

Perem: jajaja ya me gustaría...