martes, 5 de abril de 2011

La sombra de Caín: Warren Lincoln, No More Mr. Nice Guy

Móvil para un crimen: envidia, codicia, odio, ataques de furia, locura, celos, maldad... los hay por decenas. Aunque, en ocasiones, la razón que esconden los cadáveres es tan simple como la sempiterna gota que colma el vaso. Este fue el caso del desdichado Warren Lincoln.

El señor Lincoln y su esposa eran una familia sin hijos sita en los suburbios de Aurora, Illinois. La pareja, de mediana edad, respondía al cliché del chiste del calzonazos: él era un hombre apocado y menudo, silencioso y de carácter débil; ella era una mujer recia y fornida con voz de trueno y ganas de mandar. Tras muchos años ganándose la vida como abogado criminalista en Chicago, el señor Lincoln había decidido, a principios de los 20, retirarse del mundanal ruido, comprarse una casita en la tranquila población de Aurora y dedicarse a cultivar sus queridos guisantes de olor. Paz, quietud y jardinería era todo lo que ansiaba, y todo lo que pedía. Aquella tranquilidad acabó cuando su mujer decidió afiliarse, como muchas otras vecinas, a la Unión de Mujeres pro Templanza Cristiana. A partir de entonces los cigarrillos y la ocasional cerveza del señor Lincoln quedaron proscritos; el hombrecillo se vio obligado a fumar a escondidas, como un chiquillo. ¡Ay de él si la señora Lincoln le pillaba! Además, las tranquilas mañanas de domingo dedicadas a sus queridos guisantes de olor hubieron de ser trocadas por la inexorable visita a la Iglesia local.

Si en algún momento Warren Lincoln había creído que su dulce retiro era ahora una pesadilla, todavía le quedaba conocer el infierno. Lo que muchos maridos aspirantes a la tranquilidad hogareña conocen como la visita de un familiar, particularmente de un familiar de la esposa. En efecto, tras unos meses de suplicio cristiano, llegó para pasar unos diítas Byron Shoup, el hermano menor de la señora Lincoln.

Byron Shoup era un ejemplar perfecto de cien kilos de peso del entusiasta del deporte de la época: una mole de músculos y espaldas, abstemio y enemigo del tabaco, jefe de boyscouts y defensor a muerte de la gimnasia y las pesas. En resumen, la peor pesadilla el señor Lincoln.

Como era de esperar, aquellos diítas se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Cuando Byron mandó traer sus complicados y pesados aparatos de gimnasia desde Nebraska, el señor Lincoln confirmó sus peores temores: el irritante cuñado deportista estaba allí para quedarse. El hermanísimo se montó su gimnasio en la parte trasera de la casa, y gracias a que disponía de una buena cuenta de ahorros y poseía gustos de sibarita, Byron se pasaba las horas en la casa haciendo deporte, levantando pesas y practicando ejercicios que en ocasiones desembocaban en un flagrante pisoteo de los guisantes de olor del señor Lincoln. En invierno, cuando Byron trasladó su gimnasio al invernadero del pobre Warren, le tocó el turno a las delicadas flores que allí guardaba.

Si a todo esto sumamos risotadas estentóreas, fuertes palmadas en la espalda, gruesos bistecs que iban a parar al plato de Byron y no al del señor Lincoln, y la ocupación por parte de Byron del sillón favorito del sufrido esposo, no es de extrañar que el señor Lincoln comenzara a rondar los bares clandestinos de la localidad en busca de consuelo y olvido. Pero era difícil olvidar cuando su esposa, y otras como ella, se dedicaban a localizar bebederos prohibidos que eran rápidamente desmantelados por la policía. Por ello finalmente el señor Lincoln decidió dar chivatazos a los bares acerca de las redadas de su señora y la policía, con lo que el cierre de locales ilegales descendió en picado. Sus días paradisíacos de alcohol de bañera se acabaron cuando Byron le descubrió empinando el codo en un sitio de mala fama. El deportista por supuesto se lo chivó a su hermana, y al regresar a casa su mujer le citó en el invernadero. Allí Byron obligó al señor Warren a llevar a cabo una pequeña sesión de boxeo, en una escena que recordaba a un gato jugando con un moribundo ratón. Tras pasar tres días en cama, el señor Lincoln aprendió la lección, y dejó los bares y los chivatazos atrás.

En la primavera de 1922 una pequeña alegría iluminó la vida del señor Lincoln: una floristería se interesó por sus guisantes de olor. A partir de entonces podría ganarse un sobresueldo cultivando sus guisantes de modo industrial, para lo cual contrató a un tal Frank que la ayudaría con las flores. Por supuesto, la señora Lincoln tenía sus propios planes para el sobresueldo de su maridito. Sería mejor ingresarlo en una cuenta aparte, donde ella pudiera disponer de él. Warren agachó la cabeza nuevamente, y vio como su sobresueldo iba a parar a Byron en forma de elegantes trajes.

El colmo de los colmos llegó en 1923, cuando por casualidad el señor Lincoln encontró una nota escrita por un tal Georges. Al parecer el susodicho llevaba tiempo manteniendo una relación con su esposa. El adulterio tenía lugar en Chicago, a donde la señora Lincoln viajaba a veces con la excusa de alguna actividad o charla de la Unión de Mujeres. El cornudo fue de nuevo a ahogar sus penas en alcohol, bebiendo unas cervezas. Se confesó al tabernero, lamentándose de no tener el valor de decirle a su esposa y su cuñado que se largaran. El tabernero le contestó que no perdía nada por intentarlo. Un aire de resolución cruzó la mirada del señor Lincoln, quien tras apurarse un whisky salió disparado hacia su casa.

Más tarde aquel día, tras el anochecer, Frank se encontraba trabajando en el invernadero. El señor Lincoln se le acercó, y le contó sus planes: iba a echar a su esposa y su cuñado, y quería que Frank se quedara junto a la ventana para escuchar todo lo que pasaba, por si había pelea y era necesario llamar a las autoridades. El ayudante escuchó al señor Lincoln proclamando su ultimátum, las voces airadas de la señora Lincoln y Byron, y la respuesta del señor Lincoln leyéndoles la carta de amor que había encontrado. Después, el silencio. Al poco rato el señor Lincoln salió al jardín y le dijo a Frank que todo había pasado, y que podía marcharse.

Los días siguientes un exultante señor Lincoln, héroe de taberneros y maridos que se refugiaban en los bares, recuperó la vida que siempre había querido tener, dedicándose a fumar y a cuidar de sus guisantes de olor. Sin embargo, pronto comenzaron a suceder cosas raras. Una noche que Frank trabajaba en el invernadero, pudo ver un rostro espiándole desde fuera. Cuando salió a ver quién era, la figura ya no estaba. Un par de noches después un asustado señor Lincoln apareció en el invernadero diciendo que alguien le había estado observando por una ventana. Frank le hizo notar que a él le había ocurrido lo mismo hacía un par de noches. Entonces Warren Lincoln le habló de más correspondencia amorosa que había encontrado, y de su sospecha de que su esposa y su cuñado tramaban algo contra él. Al día siguiente el señor Lincoln hizo partícipe a la policía de sus cuitas.

El jefe de policía Frank Michels se interesó por aquella trama de adulterio, rostros en la noche y cartas amorosas escritas a máquina dirigidas a cierto apartado de una oficina secundaria en Chicago. Tras escuchar pacientemente al señor Lincoln, quien exigía protección policial, le hizo saber que aquello era imposible, pero que si había nuevas noticias no dudara en comunicárselas. El airado cornudo salió de la comisaría protestando.

Tres meses después, el ayudante Frank fue como siempre a trabajar en el invernadero. Al notar extrañado que, transcurrida la mañana, el señor Lincoln no aparecía por ninguna parte, el ayudante de jardinero se asomó a una de las ventanas de la casa. En el interior vio la clase de desorden que suele ser provocado por una pelea. Inmediatamente fue a llamar a la policía.

Efectivamente, el señor Lincoln había desaparecido. Parecía que los temores del pobre Warren se habían hecho realidad, y había sido secuestrado, sino algo peor, por algún matón al servicio de su esposa adúltera. En el exterior, en un sendero que había tras el invernadero, se detectaron pisadas. Pisadas de tres personas: dos hombres y una mujer. Además, se halló la tarjeta de un detective privado de Chicago, un tal Milo Durand. Se dedujo que aquellas huellas correspondían a las de la señora Lincoln, su hermano y el detective.

La pista del caso conducía a Chicago. Sin embargo, allí los polizontes no pudieron o no supieron dar con ningún detective llamado Milo Durand. Tampoco el señor Lincoln daba señales de vida. Transcurrieron las semanas. La noticia era la comidilla de Aurora. Y entonces, cierto día de junio, un vecino que paseaba por delante de la casa de los Lincoln creyó estar viendo visiones: allí, en el jardín, ¡estaba Warren Lincoln en persona!

Cuando se personó la policía, el señor Lincoln contó todo lo que había pasado: la noche de su desaparición, su esposa, su cuñado y un detective se habían personado en su casa buscando las cartas que habían dejado atrás. Warren se negó a dárselas, o revelar su paradero. Al no encontrarlas, el trío de malvados le secuestró. Se despertó en una habitación sin ventanas, en compañía de tres forzudos que procedieron a darle una paliza. El señor Lincoln se desnudó y en efecto su cuerpo estaba cubierto de golpes y moratones. Tras pasar largo tiempo allá encerrado, en un descuido logró desatarse y huir. Y eso era todo.

¿Dónde había estado encerrado? En alguna casa en Cleveland. No sabría reconocer la casa, pero sí la calle. El pobre abogado estaba demasiado ocupado en escapar como para retener algún detalle. El jefe de policía Michels pidió ver las cartas de nuevo. El señor Lincoln las guardaba en una caja fuerte de un banco de Chicago. Tras repasarlas, Michels no pudo hallar ninguna pista que le condujera al paradero del misterioso amante Georges.

Lincoln volvió a sus quehaceres de jardinero. Instaló delante de su porche una enorme maceta, donde plantó guisantes de olor a los que añadió un nuevo fertilizante. Apoyando los pies en su maceta, Lincoln fumaba, charlaba con los vecinos y veía sus flores crecer. Y en verdad que éstas crecían rápido y bien. Sus guisantes de olor pronto fueron la admiración del barrio.

También el jefe Michels admiró aquellos guisantes que tan bien crecían, gracias al nuevo fertilizante. Y bien es sabido muchas veces con detalles pequeños y curiosos los que activan los engranajes mentales de los detectives. Así, observando aquellas flores, Michels se preguntó cómo unos secuestradores podían haber sido tan descuidados, dejando atrás pistas, huellas y cartas. Cierto era que la señora Lincoln y su hermano eran aficionados, pero, ¿un detective privado que se deja una tarjeta? ¿Que deja huellas bien a la vista? Y, maldita sea, sí que crecían rápido aquellos malditos guisantes de olor. Entonces Michels tomó una decisión, y al día siguiente tomó el primer tren para Chicago.

Su primera visita fue al apartado de correos que figuraba en las cartas mecanografiadas de la señora Lincoln. Estudió la firma que figuraba en la petición para el alquiler de aquel apartado, y la comparó con otras firmas que se sabía habían sido escritas por la señora Lincoln de su puño y letra. No coincidían. A continuación Michels fue a entrevistarse con el director del banco donde Warren Lincoln guardaba las cartas de la traición. ¿Cuánto tiempo hacía que Lincoln venía operando con aquel banco? El director le hizo saber que el señor Lincoln nunca había tenido tratos con su banco, salvo para alquilar aquella caja fuerte. Extraño. Por fin, con la mecha de la buena pista encendida, Michels se decidió a recorrerse todas las imprentas de Chicago. Finalmente dio con la que había impreso la tarjeta del tal detective Durand. Sí, habían impreso aquella tarjeta. ¿El pedido? No hubo tal, sólo aquella tarjeta. Vaya, ¿un detective que sólo manda imprimir una tarjeta? Al parecer, el cliente quería gastar una broma a alguien. Por supuesto, Michels pidió la descripción del bromista. Y ésta resultó encajar con el perfil del señor Lincoln.

Presa ya del frenesí detectivesco, Michels pasó a recorrerse comisarías y despachos de abogados, para que aquellos que le conocieron le relataran todo lo que sabían acerca del viejo picapleitos. Y hete aquí que un policía le habló del extraordinario talento del que hacía gala el abogado Lincoln para imitar voces. Era tan bueno que podría hacerse pasar por quien quisiera.

De regreso a Aurora, Michels pasó a visitar al señor Lincoln. Éste estaba acabando unas reparaciones en el porche, para las que había cubierto de hormigón su gran macetero. El alegre jardinero hizo partícipe al jefe de policía de sus planes para marcharse durante una temporada. Después Michels se entrevistó con el ayudante Frank, quien le confirmó que había oído las voces de la señora Lincoln y su hermano. Pero como sospechaba el jefe de policía, no les había visto.

De alguna forma Michels tenía que cerrar el círculo. Comprobó la sangre en las ropas que Lincoln llevó durante su cautiverio, por si fuera sangre animal. Pero los análisis demostraron que era humana. Entonces el jefe de policía repaso las cartas de amor. Recordó que la letra "i" mayúscula, bastante común en inglés, tenía cierto defecto. Tras preguntar a Frank, el ayudante le dijo que en efecto Lincoln había tenido una máquina de escribir, pero que la había vendido tiempo atrás. Como Frank no sabía dónde la había vendido, el jefe Michels probó en la casa de empeños más cercana. Y dio en el clavo. Allí el señor Lincoln se había deshecho de su máquina de escribir, revendida poco después. Michels no tardó en localizar al comprador. En efecto, aquella máquina tenía un defecto en la "i".

Aprovechando la ausencia del señor Lincoln, el jefe Michels obtuvo una orden para remover todo el jardín en busca de los cuerpos de la señora Lincoln y su hermano. No hallaron nada. Con una resignada sonrisa, Michels comprobó que en el interior del invernadero había un potente horno crematorio. Sin embargo, en su cabeza esta todo claro: cansado de su vida de infeliz, Warren Lincoln había tramado un plan para deshacerse de su esposa y su molesto cuñado: se inventó al tal Georges, y se buscó una coartada con la pantomima escuchada por Frank y su falso secuestro. Con los zapatos de sus víctimas fingió las pisadas, y el resto de sus invenciones estaban tan claras como el agua. Pero no había cuerpos. Y sin cuerpos no había crimen.

Cuando el señor Lincoln volvió de sus vacaciones, Michels no dudó en hacerle una visita, y contarle su teoría. Él había matado a su esposa y su cuñado. "Me gustaría saber cómo cree que lo hice, jefe", dijo un risueño Lincoln. El jefe de policía le expuso todo el asunto punto por punto. Un cada vez más divertido Lincoln alabó su perspicacia. Y para un hombre como él, Warren Lincoln, el león en las salas de tribunal y el cordero en el hogar, aquel momento triunfante era seguramente demasiado bueno para ser desperdiciado. Así que en el colmo de su victoria Lincoln le dijo que todavía había más: sí, todo había ocurrido como él decía. Se había inventado al amante, el secuestro, y se había desecho de los cuerpos; los había cortado en trocitos, habiendo extraído las balas previamente, y los había reducido a la nada en su horno, mezclándolos con fertilizante. Su experimento había dado espléndidos resultados en su maceta del porche.

¿Y las cabezas? Ya sabe, amigo Lincoln, hay partes del cuerpo que no son tan fáciles de quemar. Bien, las cabezas estaban en aquel macetero, cubierto ahora por el hormigón. Sobre las cabezas había echado cal viva, y sobre la cal, tierra, y en la tierra había plantado sus guisantes de olor. Guisantes que regaba cada día. La tierra filtra el agua, el agua llega a la cal y... bueno, ya se imagina el resto, jefe. Ya no quedará ni rastro. Y sin rastro de cuerpos, no hay delito, jefe.

Michels no pudo sino asentir. Debía estar todavía asombrado por la audacia y la seguridad en sí mismo del otrora señor polilla. Pero aun así, le dijo a Lincoln, abriría aquel tiesto. Lincoln se sonrió. "Si quiere perder el tiempo, allá usted".

La citación no tardó en llegar, y los operarios comenzaron a resquebrajar el hormigón. Lincoln, más triunfante que nunca, contemplaba la escena complacido. No podía esperar a ver sus caras. Pero no sólo no vio sus caras, sino que para horror suyo, las únicas caras que pudo ver fueron las de su esposa y su cuñado, perfectamente conservadas en la tierra del interior del macetero, cubierto por hormigón. ¿Qué había ido mal?

Corpus delicti. El latinismo más temido por los asesinos. El pobre señor Lincoln había creído tener en sus manos el crimen perfecto, pero no había contado con los azares del destino. Un destino cruel que actuó por medio de su perfecto ayudante Frank. Un ayudante tan diligente y trabajador, que había cambiado los toneles de cal viva de sitio para su mejor almacenaje, dejando en su lugar toneles de cal apagada. Ese tipo de cal que no sólo no destruye, sino que conserva.

Y así fue como Warren Lincoln, el marido calzonazos que se había tornado en depredador, acabó sus días en la cárcel, de donde no salió sino con los pies por delante.

5 comentarios:

Alex Noiser dijo...

Joder, qué historia tan bizarra, mola xD, un saludo!

Aitor Fuckin' Perry dijo...

jojojojojo, maldito Frank. No me esperaba que la historia terminase así. Por otra parte es fascinante/aterrador cómo alguien anodino y normalísimo puede terminar haciendo cosas así. Quitando eso, la historia es de un humor negro total y el crimen más "divertido" de tu serie chunga.

Möbius el Crononauta dijo...

Alex: ¡vivimos en un mundo bizarro, amigo!

Aitor FP: a ver si vamos afinando la cosa...

Dante dijo...

Lo mejor seria ver la cara que se le quedo a Lincoln. ¡Pillado!
Si hay un tipo de "Ley de Murphy" para el crimen, Lincoln se dio de morros contra ella.
Un saludo.

Möbius el Crononauta dijo...

Una forma muy poética de decirlo, pero sí, jeje.