lunes, 25 de abril de 2011

La sombra de Caín: La pirámide de Charles Ponzi

Muchas décadas después de que Charles Ponzi abandonara este valle de lágrimas, un personaje de cierta serie de televisión, gordo y rico, se lamentaba ante su poderoso amigo, un tal Nucky Thompson, tras haber perdido toda su fortuna en unas aparentemente muy lucrativas inversiones. Y es que, como ya le había advertido su amigo Nucky, nadie da duros a cuatro pesetas. Sin embargo, durante su corto pero sonoro reinado, Charles Ponzi logró convencer a una ciudad entera, Boston, y a gran parte de la Costa Este, de que tal milagro podía hacerse. Ésta es su historia.

De pasado algo oscuro, como cabría esperar de un sujeto como Ponzi, su lugar de nacimiento se sitúa en algún lugar de la provincia de Ravena, un 3 de marzo de 1882. Venido al mundo como Carlo Ponzi en una humilde familia, una de las primeras cosas de las que se dio cuenta un joven Ponzi, por el simple arte de la observación, es de que nadie a su alrededor parecía prosperar en la vida, a pesar de que gente como sus padres se deslomaban de sol a sol en las gastadas tierras italianas. Muy pronto Charles Ponzi decidió que aquello no era lo que quería para su vida. Así que en cuanto pudo juntar algunos ahorros, Ponzi hizo como muchos de sus compatriotas y emigró a la tierra prometida, los Estados Unidos.

El año era 1899. En su viaje transatlántico, Ponzi observaba la cubierta de los ricos, diciéndose así mismo que algún día él sería uno de ellos. Pero hasta entonces aun debía de aprender muchas lecciones. Una de ellas la aprendió en aquel mismo viaje, cuando dos bribones le embaucaron para que jugara a las cartas, despojándole de todos sus ahorros, salvo unos míseros dos dólares con cincuenta, que fue la cantidad que tenía en el bolsillo cuando llegó al puerto de Nueva York.

Chico despierto y con facilidad para los idiomas, Ponzi no tardó en aprender un buen inglés. Pero también aprendió que en los Estados Unidos el sueño americano se cumplía para tan pocas personas como el sueño italiano. Es decir, que los pobres seguían siendo pobres, y los ricos seguían siendo ricos. En los años siguientes Ponzi trabajó en decenas de trabajos duros y mal pagados por toda la Costa Este, desde Pittsburgh a Boston. Como su suerte no cambiaba, el joven italiano decidió probar en Canadá, y se trasladó a Montreal. Y fue allí, en aquella fría ciudad canadiense, donde otro italiano le abrió los ojos.

Por la época en que llegó a Montreal, alrededor de 1907, el Banco Zarossi estaba dando mucho que hablar, especialmente entre los inmigrantes italianos. Su director, Luigi Zarossi, ofrecía a sus clientes un seis por ciento de interés por sus ahorros, el doble de lo que podía ofrecer cualquier otro banco. Como un Antonio Alcántara cualquiera, Ponzi entró a trabajar en el banco y fue ascendiendo de la mano de Zarossi. Todo parecía ir sobre ruedas: el Banco Zarossi cada vez atraía a más clientes, por lo que había más dinero para todos.

Llegó el día en que Zarossi se asoció con un tal Charles Bianchi. A partir de entonces el negocio creció tan deprisa que Zarossi hubo de abrir sucursales. Su éxito era arrollador. Y también lo era el de Bianchi. Cuyo verdadero nombre era, por supuesto, el de Carlo Ponzi. Una vez que Zarossi hubo puesto al corriente a su refulgente empleado de lo que verdaderamente pasaba allí, el bien construido cerebro de Ponzi se puso a trabajar en el asunto, hallando un medio de obtener muchos más beneficios. Así, el pequeño chanchullo de Zarossi se convirtió en un gran chanchullo. Y evidentemente cuando al otro lado del Atlántico las supuestas ganancias, cheques y divisas que debían llegar, enviadas a través del banco por sus familiares inmigrados, no llegaban, la noticia no tardó en llegar a Canadá. Y cuando eso ocurrió, Luigi Zarossi tuvo que dejar la ciudad. Ya de paso, se apropió de todo el contenido de las cajas del banco que pudo transportar. El fantasma Bianchi nunca fue encontrado, y su sosias de carne y hueso, Ponzi, estuvo un tiempo viviendo con la familia de Zarossi, a quien tuvo que mantener. Decidido a escapar de su suerte, Ponzi decidió falsificar un cheque y con ese dinero volver a los Estados Unidos. Pero su truco no resultó y Ponzi acabó cumpliendo tres años de cárcel en alguna sórdida prisión canadiense.

Carlo renació como Charles Ponzi en Boston, allá por 1917, trabajando como escribiente en una firma de corredores de comercio de importación y exportación. Fue en aquella oficina donde Charles Ponzi tuvo su revelación, su particular camino a Damasco. Allí aquel Saulo italiano descubrió una manera de dejar su vida miserable atrás.

Todo comenzó cuando cierto día de 1919 cuando cayó en sus manos un sobre procedente de España. En el interior había un sello postal de respuesta. ¿Qué que era aquello? Ponzi tampoco lo supo inmediatamente. Pero pronto averiguó que aquella clase de sellos se usaban para cubrir gastos de franqueo de una carta de respuesta de la firma. Estudiando aquello más detenidamente, Ponzi observó que el sello postal había costado un centavo, allá en Madrid. Y que en cualquier oficina de correos de Boston podía canjearse por cinco centavos. Un brillo cruzó sus ojos. En los siguientes días Ponzi se estuvo informado sobre cambio de divisas, envío de sellos postales, y demás asuntos relacionados. Se imaginaba que comprando sellos por toda Europa y canjeándolos en Estados Unidos podría hacer fortuna.

Para cuando Ponzi se dio cuenta de que su espléndida idea tenía muchos puntos débiles, de que no se hacían bastantes sellos postales en un año como para hacerle rico, y de que montando una compra de sellos a gran escala casi le costaría más que lo que pudiera ganar, Ponzi ya se había despedido del trabajo. Cosa que no gustó a su mujer, Rose. Y es que Charles había regresado con una esposa del brazo.

También Saulo hubo de caer del caballo para ver la luz. Y Charles Ponzi había caído, pero se levantó para ver la luz que le haría millonario. Ocurrió una tarde de verano, sentado en las escaleras de su finca, charlando con un par de conocidos suyos que cavaban zanjas y ponían ladrillos. Como mucha otra gente humilde a lo largo de la historia, los dos amigos, entre charla y charla, comenzaron a fantasear sobre lo que harían si fueran millonarios. En ese momento algo se activó en la mente de Ponzi. Aquella conversación fue para él lo que aquella manzana fue para Isaac Newton. El astuto italiano lo vio claro, y les dijo a sus compañeros que si querían ser millonarios, él tenía un plan. Algo que ver con la compraventa de ciertos sellos postales. Si confiaban en él, podían darle cierta cantidad de dinero. Ponzi se comprometía a doblar su dinero en un plazo de 90 días. Era un negocio seguro.

Aquel fue el principio de una escalada sin precedentes de un engaño increíble, una estafa que alcanzaría proporciones bíblicas. No es que Charles Ponzi fuera el primero en tener la idea, seguramente aquella trampa era tan vieja como el mundo, o al menos tan vieja como el capitalismo. Pero sería Charles Ponzi quien la perfeccionaría, quien la llevaría más lejos que nadie, dándole a aquel esquema criminal su nombre, el "esquema Ponzi". El cubismo tuvo a Picasso; las finanzas fraudulentas tuvieron a Ponzi.

Y bien, ¿qué hizo Ponzi con el dinero que le dieron aquellos dos obreros? Otros se lo habrían gastado en el bar más cercano, habrían pagado la cuenta del gas, o, los menos, habrían comprado flores y bombones a su mujer. Evidentemente Ponzi veía más claro. Si en noventa días no daba a aquellos obreros su dinero, o abandonaba la ciudad o acabaría bastante magullado. Por lo tanto comenzó a hacer girar la rueda que iba a levantar a su pirámide: fue con el cuento de su fabulosa idea a otro par de primos. Y luego a otros dos. Unos días después habló con otros tantos. Y luego, convenció a unos vecinos... Van comprendiendo, ¿verdad? Pasados los 90 días, Ponzi cumplió su palabra, y entregó a los obreros el doble de la cantidad que le habían prestado. Por supuesto, ese dinero venía de los otros dos primos a quienes había convencido después. Y así, sucesivamente, Ponzi comenzó a cumplir su palabra... Obviamente, muy pronto en todo el barrio italiano corrió la voz: un tal Charles Ponzi, mago de las finanzas, invertía tu dinero y te daba el doble a los 90 días. Era infalible. Aquellas Navidades la gente del barrio italiano de Boston no esperó ilusionada a Santa Claus. Fueron a darles sus ahorros al señor Ponzi.

El 20 de diciembre Charles Ponzi abrió una oficina en School Street, una de las calles más importantes de Boston. Acababa de fundar la Securities Exchange Company, el pilar que iba a hacer de él un hombre rico. Muy pronto un buen grupo de italianos iba a cada día a ver a Charles Ponzi para retirar sus ganancias. Ponzi siempre les preguntaba si deseaban reinvertir sus ganancias. No eran pocos los que decidían seguir dándole dinero para así aumentar sus incipientes pequeñas fortunas.

Si en un principio su mujer, Rose, se había preguntado de dónde llegaba todo aquel dinero, Ponzi pronto la calmó con suntuosos regalos, asegurándole que había dado con una llave para el sueño americano. Ya no debía preocuparse por el futuro. Él cuidaría de los dos.

Si en febrero de 1920 Ponzi hacía 5.000 dólares (de la época) al mes, en marzo estaba facturando 30.000 dólares. Muy pronto el volumen de negocio fue tal que Charles hubo de contratar a contables, además de a un nutrido grupo de agentes que enviaba a todas partes para que le trajeran a más primos, es decir, a más inversores, a cambio de un generoso 10% de comisión para sus sabuesos del dinero. Su mujer Rose dejó su trabajo de asistenta y comenzó a trabajar como secretaria para su esposo.

Evidentemente para abril entre sus clientes se contaban no sólo italianos, sino anglosajones, rusos, alemanes, irlandeses... cualquier chupatintas de Boston estaba deseoso de entregar sus ahorros a Ponzi (que muchas veces, entre los más humildes, se resumían a cinco o diez dólares) para que éstos vinieran duplicados a los 90 días. Cada noche, tras anotar las entradas y salidas de dinero, Ponzi ingresaba sus ganancias en un banco cercano a su oficina, la Hanover Trust Company. A aquella cuenta siguieron otras, y pronto Ponzi hubo de abrir una sucursal para atender a todos sus clientes. Todo iba viento en popa.

La clave del éxito de Ponzi, aparte de una gran idea, fue su conocimiento de las personas y su psicología. Tenía magnetismo, una sonrisa para sus clientes, y una mirada límpida que desprendía honradez y confianza. Y sabía zafarse de los peligros. Cuando un reputado financiero declaró en un periódico que aquel negocio era irrealizable, Ponzi le demandó a él y al periódico por una exorbitante cantidad. Aquel rápido movimiento incrementó su fama, a la vez que acalló protestas de sus detractores. Por entonces la acusación de libelo era una cosa seria, y los periódicos prefirieron, por el momento, no dar voz a quienes dudaban del lucrativo negocio de aquel italiano surgido de la nada.

En mayo Ponzi tenía en sus bolsillos la por entonces pasmosa cantidad de 420.000 dólares, y decidió darse a él y a su mujer la vida que correspondía a su nuevo estatus. Dejó su piso, se compró una mansión y sustituyó los taxis por un lujoso coche y un chófer. Por supuesto, hacía tiempo que su mujer llevaba suntuosas pieles y joyas caras, mientras que él sólo llevaba los mejores trajes hechos a medida, zapatos a la moda y un refinado bastón. Por fin Charles Ponzi se convirtió en lo que siempre había querido ser: un hombre rico.

En junio, seis meses después de haber abierto su oficina, un día Charles Ponzi entró en la Hanover Trust Company, donde muchos directivos le habían mirado por encima del hombro por ser un nuevo rico de origen dudoso. Pero aquel día no pudieron sino reverenciarle y quitarle el polvo de la levita. Ponzi se había hecho con la mayoría del accionariado del banco. No sólo eso, sino que en la reunión del consejo, expresó su deseo de ser presidente del banco. Y, por supuesto, salió de allí como presidente de la entidad. Aquel fue el primero de muchos movimientos para comprar acciones de bancos por todo Boston. Evidentemente, también cumplió el sueño de todo trabajador: compró la antigua correduría donde había languidecido tanto tiempo, y despidió a su antiguo jefe.

Pasaban los días, y el negocio seguía prosperando. Cuando un comisario de policía decidió investigar el asunto, Ponzi no sólo hizo perderse a los agentes enviados desde la central en un galimatías de cifras y finanzas mientras les enseñaba sus sellos postales, sino que además de asegurar al comisario que Ponzi era totalmente honrado, le confiaron su dinero para que se lo invirtiera. Todo el mundo quería a Ponzi. Y los que no, se guardaban de decirlo, para no pasar por tontos, antipáticos, o para evitar las demandas judiciales. Definitivamente todo iba bien para el italiano.

Sin embargo, había alguien que no se tragaba aquel cuento. Tenía ese picor del detective que le decía que allí había gato encerrado. De hecho, desde la ventana de su despacho, podía ver a Ponzi entrar y salir de la Hanover Trust Company a diario. Aquel hombre era Edward J. Dunn, el director del Boston Post. Eddie, como le llamaban los amigos, tenía un problema: había comenzado a ver el rostro de Charles Ponzi hasta en la sopa. Sólo el hecho de pensar que allí, delante de sus narices, había algo turbio, y que él no estaba haciendo nada para resolverlo, le ponía malo. Así que aquel verano entrante de 1920 Edwad Dunn le encargó una tarea muy específica a uno de sus reporteros de confianza: averiguar al detalle cómo Ponzi se podía haber hecho rico negociando en cupones postales de respuesta. El informe no tardó en llegar; sencillamente, hacerse tan rico en tan poco tiempo en aquel negocio era imposible. Dunn se puso a comprobar los datos del informe de su reportero. Por ejemplo, en 1919 se habían emitido cupones por valor de 58.000 dólares. Aquello no encajaba con un negocio que estaba produciendo centenares de miles de dólares. Sí, definitivamente algo olía a podrido en la Dinamarca de Charles Ponzi.

Dunn comenzó entonces a recopilar información acerca de Ponzi. A pesar de sus estimaciones, no podía probar que realmente no fuera aquel un negocio honrado. Dunn no logró demasiado, pues no se sabía demasiado acerca de Ponzi. Hasta que uno de los informadores habituales del periódico afirmó que sabía que Ponzi era un granuja. El informador tampoco podía probar nada, pero sabía que había visto aquel rostro antes. Solo que no podía recordar dónde. No era mucho, pero ya era un comienzo para el astuto y pertinaz Eddie Dunn. Por el momento, Dunn aplicó su particular sacacorchos a aquel informante hasta dejarle seco. Así averiguó que aquel granuja había estado en algun lugar de Canadá en el pasado. Inmediatamente Dunn puso en movimiento a su red de reporteros, y los envió al otro lado de la frontera, a que se recorrieran comisarías y cuarteles, buscando algún posible antecedente criminal de Charles Ponzi.

Mientras tanto Dunn se entrevistó con Richard Grozier, el hijo del mandamás del periódico. Ambos estuvieron de acuerdo en que algo había que hacer respecto a Ponzi. Por el momento el 17 de julio se publicó un artículo a primera página sobre el negocio de aquel hombre, sin hacer acusación alguna. Tan sólo apuntaban el dedo hacia el increíble éxito de Ponzi. El titular lo decía todo: DOUBLES THE MONEY WITHIN THREE MONTHS; 50 Per Cent Interest Paid in 45 Days by Ponzi—Has Thousands of Investors. La única pregunta que se hacía el periódico era: ¿cual es su secreto?

Por el momento el artículo sólo sirvió para molestar algo a Ponzi, y, de paso, procurarle más clientes, gracias a la extraordinaria publicidad. También le ganó al Post un buen número de gente enfadada a las puertas de la sede del periódico. Pero Dunn no sólo era paciente, sino que además era astuto. Y envió a un reportero para ver si lograba una entrevista con Ponzi. La entrevista se llevó a cabo, aunque no duró mucho. El nuevo magnate hizo saber al reportero que aquel artículo le había disgustado, y que no sabía por qué no les había demandado. El reportero instó a Ponzi a que presentara sus quejas directamente al director del periódico. Al hombre del momento aquello le pareció una buena idea. También se lo pareció a Dunn, ya que podría tantear a Ponzi y ver qué escondía bajo su eterna sonrisa de hombre triunfador. Cuando llegó Ponzi, éste repitió su invectiva acerca de la demanda judicial. Dunn le dijo que estaba en su pleno derecho para demandarles. Y así fueron conversando y hablando de esto y de aquello, y comentando lo curioso del negocio aquel, como quien habla del tiempo.

Como buen periodista que era, Dunn se puso contra el viento, calmó a su presa, y entonces decidió lanzar su torpedo, a ver contra qué chocaba. "Hábleme de aquel conflicto que tuvo en Canadá". Ponzi se puso rígido. Tocado... "Oh, sí, aquel asunto de Montreal..." Y hundido. Dunn le conminó a hablar sobre aquel asunto de Montreal. Pero Ponzi le dijo que era agua pasada. Nada importante. El derrumbamiento de Ponzi fue como un rayo, apenas un destello, que habría pasado inadvertido para la mayoría de la gente. Pero no para el ojo clínico de Dunn. Ponzi era bueno, y había logrado recomponerse en un tiempo récord. Pero Dunn era tan bueno o mejor. Así que en cuanto Ponzi salió por la puerta, Eddie llamó a su mejor reportero y le envió a Montreal.

Dunn no soltó a su presa, y siguió publicando artículos acerca de Ponzi. Aunque no habían acusaciones serias, desde luego se invitaba al lector a preguntarse qué había de real en todo aquel negocio. Ponzi decidió contraatacar, por lo que, a instancias de un juez, contrató a William McMasters, un ex-reportero del Post, como su jefe de prensa. La primera medida de McMasters fue concertar una entrevista con el Post. Que se viera que Charles Ponzi no tenía nada que ocultar. En la entrevista, Ponzi aclaró que, para empezar, no todo el dinero que recibía lo invertía en cupones. Tenía otras inversiones de las que no podía hablar, por supuesto. Y aprovechando la voz que le daría el Post, Ponzi soltó su propia bomba: a partir de ese día se comprometía a dar el 50% de beneficios a sus clientes no en 90 días, sino en 45. Tan seguro estaba de su negocio. El efecto de la noticia fue el esperado. Tras publicarse la entrevista, la policía tuvo que acudir a la oficina de Ponzi para que éste pudiera atravesar la turba que rodeaba el edificio. Todo Boston parecía querer darle su dinero a aquel mago de las finanzas.

El Post seguía publicando artículos, tratando de mantener viva la llama de aquel asunto. Entretanto, Ponzi era aclamado por las masas, quien desde la puerta de su oficina lanzaba discursos, parabienes, y advertía contra impostores que trataban de "copiarle" su negocio. Ponzi se sentía bien, se sentía seguro. Gracias a McMasters ya no temía a aquellos malvados del Post. Pero hete aquí que cierto día, sin él saberlo, se abrió un segundo frente dentro de sus propias líneas.

Ocurrió un día en que Ponzi invitó a conocidos y amigos a comer en su lujosa finca de Lexington. McMasters estaba entre los invitados. En cierto momento de la fiesta, Ponzi se llevó aparte al ex-redactor del Post para tratar de sus asuntos. Y en esas aquel mago de las fianzas le preguntó a su jefe de prensa cuál era la mejor forma de enviar a su madre, allá en Italia, mil dólares, y que los cobrara rápidamente. McMasters estaba atónito. Allí tenía al supuesto experto en tipos de cambio y al magnate de las finanzas internacionales, preguntándole acerca de la manera más rápida y segura de mandar dinero a su madre. McMasters no pudo sino hacerle notar aquel pequeño detalle. Ponzi le respondió que estaba demasiado ocupado con sus negocios como para preocuparse de cosas tan pequeñas.

A aquel detalle se sumó pronto otro, cuando Ponzi se mostró entusiasmado por una carta que le llegó de una zapatería, en la que hacían ofrenda de sus mejores pares de zapatos. McMasters se dijo que aquella no era forma de proceder para un gran hombre de negocios. Ya con la mosca tras la oreja, McMasters fue a ver a un amigo banquero. Como la gran mayoría de banqueros rivales, no tenía en alta estima al señor Ponzi. Pero aquel banquero le hizo a McMasters una buena observación: si aquel negocio era tan bueno, ¿por qué el señor Ponzi no invertía su propio dinero en él? El banquero sabía de buena tinta que Ponzi repartía su fortuna por varios bancos, pero ciertamente no reinvertía sus ganancias.
McMasters decidió hacer pasar a Ponzi por algunas pruebas legales. Convenciéndole de que así limpiaría del todo su nombre, McMasters convenció al hombre del momento para que fuera a ver al Fiscal General de Boston. Ponzi se presentó allí con una maleta repleta de billetes, nada menos que dos millones de dólares, para probar su solvencia, y realizó una de sus mejores actuaciones, haciendo que el Fiscal se perdiera entre su torrente de palabras y sus cifras. Cuando por mediación de Calvin Coolidge el astuto Ponzi se entrevistó con el procurador general del estado, el resultado fue todavía más convincente. Aun así McMasters logró que el fiscal y Ponzi acordaran pasar una auditoría de sus libros, y que hasta entonces Ponzi no aceptara más inversiones. Al fin y al cabo, una vez se conociera que nada sucio había en aquel negocio, los clientes de Ponzi se multiplicarían hasta el infinito. O eso le dijo McMasters.

Cuando se presentaron en la oficina de Ponzi los agentes del Tesoro, el italiano les recibió con toda amabilidad y les entregó dos gruesos libros. Las cuentas eran sencillas, les dijo. Allí estaban todas las entradas y salidas de dinero, y guardaba todos los recibos de los imponentes, por si deseaban verlos. Como podrían ver, no había nada ilegal allí. Todo aquello hizo pensar a McMasters que definitivamente Ponzi era un sujeto de cuidado. Pero estaba claro que los agentes, aparte de tomarse su tiempo para revisar todo aquello, no parecían desconfiar en absoluto de la honradez del hombre al que auditaban. Y mientras, en la oficina del procurador, se acumulaban las cartas de clientes ofendidos que protestaban por la forma en que se trataba a Charles Ponzi. Y como a cualquier político, a un procurador estatal le sentaba fatal la mala prensa. Si McMasters no se daba prisa, su caso podía irse al garete.

McMasters se decidió a llevarse a casa todos aquellos recibos, repasarlos uno a uno, y hacer sus propios cálculos. Tras muchas horas, cigarrillos y litros y litros de café, un sábado noche, 31 de julio, McMasters dio por fin con lo que andaba buscando. Y fue inmediatamente a contárselo a Richard Grozier, el mandamás del Post. McMasters le habló de sus sospechas, del aparente desconocimiento de Ponzi acerca de los envíos de dinero, de su modo de hacer mundano, y, especialmente, de las cifras que había recopilado: si Ponzi hubiera de responder en ese momento a todos sus inversores, se encontraría en un descubierto de cerca de dos millones de dólares. Grozier repasó las cifras. Y le encargó el artículo al mismo McMasters. Como inspiración éste recibió 5.000 dólares del periódico.

El lunes 2 de agosto el artículo de McMasters ocupaba la primera plana del Post. En la noticia se anunciaba a bombo y platillo el descubierto de Charles Ponzi, quien, mientras tanto, seguía liquidando sus deudas a todo aquel que quisiera retirar su inversión. Evidentemente la relación profesional entre McMasters y Ponzi había quedado rota. Éste le dijo a McMasters le dijo que lo lamentaría. Por el momento, Ponzi conservaba el favor del populacho. Tenía, además, el factor tiempo. Y las cajas fuertes de su banco, la Hanover Trust Company.

Tras concebir un plan, Ponzi se ausentó de Boston durante tres días. Sacó dos millones del banco, se fue a Saratoga, y los gastó en diversas apuestas. Comenzaba a no pensar con claridad, y creyó que podría convertir aquellos dos millones en diez, y solucionar sus problemas. Pero como era de preveer, perdió el dinero. Por lo tanto volvió a Boston y siguió satisfaciendo las reclamaciones de aquellos que decidían no reinvertir su dinero.

Las acusaciones del Post hicieron a muchos retirar su capital ahora que estaban a tiempo, pero ni mucho menos derrumbaron el imperio de Ponzi. Muchos más eran los que se resistían a creer que aquel hombre les hubiera engañado. Al fin y al cabo, nadie que hubiera invertido su dinero en el negocio de Ponzi se había quedado sin él. Fue así como Boston quedó dividida entre los defensores y los detractores del mago italiano de las finanzas. No era raro que estallaran peleas entre grupos de ambos bandos. Mientras, Ponzi repartía sándwiches y café entre las largas colas que esperaban ante su oficina. La gente seguía cobrando su dinero.

Mientras, allá en el norte, el reportero Herbert Baldwin seguía recorriendo Montreal, mostrando la foto de Charles Ponzi, por si alguien le recordaba o podía darle alguna información. Pero nadie parecía reconocer a aquel hombre. Un agente naviero le dijo que aquella cara le sonaba, pero no podía decir de qué. A Baldwin se le ocurrió que quizás Ponzi había tenido otro aspecto en aquellos días. ¿Y si añadía a la foto un bigote? El reportero se agenció un artista, quien pintó un bigote en la foto. Baldwin se volvió a reunir con el naviero. ¡Vaya! ¡Pero si era aquel Charles Bianchi que tanto había dado que hablar!

La historia de Carlo Ponzi, alias Charles Ponzi, alias Charles Bianchi, alias Charles Ponsi, y su relación con la estafa del Banco Zarrosi, y su condena carcelaria entre 1908 y 1910, llegó a las portadas del post el 11 de agosto. No tardó en descubrirse una segunda condena por otro crimen que había cumplido en Atlanta. Evidentemente aquellas noticias sentenciaron a Charles Ponzi. Todo había acabado para él.

En cuanto las noticias saltaron a los periódicos las autoridades se pusieron en acción. Se le sometió a vigilancia policial, se estudiaron sus archivos y se cursaron órdenes para confiscar sus posesiones. El pánico cundió entre los inversores. Se calculaba que Ponzi había recaudado unos quince millones de dólares, de los que había satisfecho gran parte. Pero al parecer restaba todavía un agujero de cinco millones de dólares.

Le llevó a la policía nueve días con sus noches poner en claro todo aquel asunto de los sellos postales. Finalmente averiguaron que no había tal tráfico de sellos, ni ninguna otra inversión. Se trataba simplemente, como explicaría, tiempo después, el propio Charles Ponzi al New York Post, de "el viejo juego de robar a Pedro para pagar a Pablo". Con las pruebas ya en la mano, Ponzi fue arrestado por haber contravenido los estatutos de Correos, una acusación que en los Estados Unidos ha hecho caer a los más diversos criminales. La historia de Ponzi le valdría al Post un premio Pulitzer.

Durante el juicio, celebrado en noviembre de 1920, a instancias de su esposa, Ponzi se declaró culpable, con el fin de rebajar la pena. Fue condenado a cinco años de prisión, de los que cumplió tres y medio. Al salir Ponzi se topó con la sorpresa de que ahora el estado de Massachusetts le acusaba de hurto. Ponzi recurrió, arguyendo que ya había cumplido condena por un delito federal, y por tanto no se le podía acusar ahora de uno estatal. Sin embargo el Tribunal Supremo dictaminó que al no acusarle del mismo delito, se le podía procesar. Por el momento Ponzi salió libre bajo fianza.

Ponzi decidió cambiar de nombre y mudarse a Florida. ¿Y cómo se ganó la vida allí? ¡Vendiendo extensiones de terreno en los Everglades y demás pantanos y prometiendo un 200% a los 60 días! Sin embargo esta vez el negocio no le salió bien, y en 1926 fue condenado a un año de prisión. Tras apelar, Ponzi salió libre tras pagar 1.500 dólares. Tras cambiar su aspecto, Ponzi trató de salir del país, pero fue apresado y condenado por el estado de Massachusetts a siete años de prisión. Tras ser liberado en 1934 el gobierno le deportó a Italia. Su mujer no le siguió, y se divorció de él en 1937. En Italia Ponzi siguió con sus timos, llegando incluso a tratos con Benito Mussolini, pero sus negocios se redujeron a estafas de poca monta que apenas le dieron beneficios. En 1939 comenzó a trabajar para una compañía aérea, trabajo que le llevó a Brasil. En 1941 Brasil entró en guerra contra el Eje, por lo que Ponzi se quedó en paro. Tras sobrevivir a un ataque cardíaco, Ponzi malvivió en Rio de Janeiro, quedándose cada vez más pobre y más ciego, medio paralizado por un infarto cerebral. El otrora dueño de Boston moría en la más absoluta miseria un 18 de enero de 1949.

Ponzi de camino al juzgado, rodeado de sus admiradores

Charles Ponzi no inventó un sistema, pero le encontró un gran uso estando en el momento y lugar adecuados. Aunque su futuro esquema ya existiera, fue él quien lo perfeccionó y lo llevó a cotas ilimitadas en una época en que no existían instituciones como la Comisión de Canje de Valores. El volumen de su estafa (la policía nunca pudo llegar a determinar la cantidad exacta de dinero que había acumulado, ni la cifra exacta del dinero que podía llegar a deber) fue tal que causó una gran sorpresa y consternación. Los periódicos se hicieron eco de aquella historia, el New York Post obtuvo una importante exclusiva entrevistando a Ponzi en la cárcel, e incluso el propio estafador acabaría escribiendo su autobiografía. Durante mucho tiempo hubo inversores de Ponzi que se resistieron a creer que habían sido engañados. Necesitaron tiempo para poder afrontar que todo aquel asunto había sido sólo una gran columna de humo, que se acabó disipando en el aire.

El "esquema Ponzi" sobrevivió a su, por así decirlo, creador, y estafas similares fueron surgiendo en distintos países en distintas épocas, ya fuera en Sudamérica, Asia, o cualquier otro continente. En los 90, tras el derrumbe del comunismo, varios países ex-soviéticos sufrieron sonoros casos de estafas a lo Ponzi. Aquellos que hagan algo de memoria también podrían recordar nombres como el de Sofico, o el de cierto negocio de sellos... Incluso en pleno siglo XXI, a pesar de la tecnología y los ordenadores, el "esquema Ponzi" demostró estar tan en buena forma como siempre. Pues uno de los últimos herederos de Charles Ponzi, un tal Bernard Madoff, se encuentra cumpliendo pena en prisión por haber resucitado el viejo arte de "robar a Pedro para pagar a Pablo".

7 comentarios:

Einer dijo...

Bravo. ¡Qué pedazo de historia! Conocía la mecánica del timo pero no la historia de Ponzi. Interesantísimo. Un artículo cojonudo.

Aitor Fuckin' Perry dijo...

La conclusión es que la ambición rompe el saco, un triste final para un tío listo. Es que la gente es altamente timable y que si prometes un interés del copón siempre habrá idiotas avariciosos que se lo creerán y te darán su dinero. Si se dejaban timar no era culpa de Ponzi. Un tipo que se apellida Ponzi no puede tener la culpa. Esto no es un post, es un reportajerl; la historia es genial.

La Caja de Pandora Magazine dijo...

Interesantísima historia y un artículo estupendo, estimado Mobius. Sin duda Aitor tiene razón, la gente es altamente timable, solemos ser avariciosos y codiciosos.
Un saludo.
Crowley

Abel dijo...

Brillante. Brillante rédacción, brillante historia y hasta brillante estafador...

Möbius el Crononauta dijo...

Einer: pues sí, la historia tiene su miga...

Aitor FP: por eso timos como éste seguramente sigan reproduciéndose hasta el fin de los tiempos... somos unos malditos arrebañadores

Crowley: ya lo dicen los timadores, son las víctimas, que se lo buscan...

Abel: lo primero no sé, pero lo de la brillante estafa, seguro. De todas formas, muchas gracias.

MURCIAxSPAIN dijo...

MARAVILLOSO con mayúsculas, en cuanto saquen la.película o el documental, nos das una crítica a Lo Garci, un abrazo y a seguir así.

Möbius el Crononauta dijo...

para una crítica a lo Garci necesitaría todos esos estupendos colaboradores y mucho tabaco. Pero gracias por tus palabras