domingo, 20 de marzo de 2011

La sombra de Caín: Los crímenes del Hogar Archer

Nadie sospechó nada, durante largo tiempo. Ni siquiera las hermanas algo chismosas hermanas Bliss, dos venerables ancianas que vivían frente a la casa de reposo, y que ocupaban gran parte de su tiempo, como muchas otras venerables ancianas, fisgando por las ventanas y atendiendo al más mínimo ruido. Durante largo tiempo simplemente parecía que el negocio le iba bien a la 'Hermana' Archer. Lo que nadie imaginó es que en aquel caserón el "curso" de la naturaleza fuera algo caprichoso.

Como surgidos de la nada, Amy Archer y su marido James aparecieron cierto día de abril de 1907 con un carro, muebles y paquetes en medio de la tranquila calle Prospect, una avenida de casas victorianas donde residía la gente bien de la pequeña población de Windsor, Connecticut. Al parecer, los Archer habían acumulado alguna experiencia cuidando a ancianos y enfermos, y tal vez la 'Hermana' (como se hacía llamar) incluso hubiera trabajado en un hospital. El caso es que el matrimonio no solo acumuló experiencia, sino también algo de dinero. Un dinero que James Archer seguramente habría gastado gustosamente en los pubs, pero la santurrona Amy no sólo le había impuesto su particular Ley Seca a su marido, sino que además cuidaba celosamente el dinero tan duramente ganado. Así pues, marido y mujer decidieron (el plural es una mera cortesía) abrir una residencia de ancianos y enfermos con la que ganarse la vida. Fue así como de pronto una vieja casa de tres pisos abandonada en la calle Prospect se convirtió en el 'Hogar Archer para personas ancianas e inválidos crónicos'.

La Hermana Archer, enfundada en un uniforme de enfermera, y su marido, no tardaron en presentarse a sus vecinos, haciéndoles saber la bendita misión que les había llevado allí, y rechazando, para fatalidad de James, cualquier copichuela que sus anfitriones pudieran ofrecerles. Dado el poderío físico del señor Archer, en el vecindario pronto comenzó a conocérsele como Big James.

El plan de los Archer era simple: podían alejar a diez personas, entre mujeres y hombres, ya fueran ancianos desvalidos o enfermos incurables. A cambio de un estipendio fijo, el matrimonio cuidaría de aquellos pobres desahuciados hasta el día en que el Señor tuviera a bien llamarles a su lado. Además, el paquete incluía un entierro de lujo y una bonita lápida en el cementerio local. Una bonita forma de hacer sentirse bien a los familiares que se habían quitado un peso de encima.

La residencia pronto colgó el cartel de 'completo'. Cinco ancianos, cuatro ancianas y un joven gravemente enfermo ocuparon las habitaciones del Hogar Archer. Todo marchaba normalmente: los Archer eran atentos y trabajaban duro. Por las tardes la Hermana Archer amenizaba a sus huéspedes con antiguos himnos religiosos que acompañaba con un viejo piano. Amy Archer estaba alegre de servir al Señor y al prójimo. Los dólares eran lo de menos.

A las tres semanas las hermanas Bliss fueron despertadas en plena noche por ruidos de cascos de caballo. Pudieron ver como un coche fúnebre era cargado con un ataúd. La primera víctima, del Hogar, como pudieron averiguar las cotillas hermanas al día siguiente, había sido el joven enfermo. Dado el paupérrimo aspecto que tenía al llegar, a nadie le sorprendió lo más mínimo.

Entre los elegantes vecinos de la calle Prospect parecía causar más sorpresa el sempiterno aspecto de agotado que parecía llevar James Archer de un lado a otro. Era curioso que alguien de tan imponente físico pareciera estar siempre al límite de sus energías. Desde luego la Hermana debía de hacerle trabajar a base de bien.

Lo que no sabían aquellas buenas gentes es que, desde luego, aunque el Gran Jim trabajaba duro, cuando la Hermana Archer le hacía trabajar de lo lindo era por las noches, en la cama. Al parecer la diminuta y enjuta Amy Archer tenía un apetito sexual tan voraz que ni siquiera todo el poderío físico de su marido podía satisfacerla. No era de extrañar pues que, en cuanto podía, James se escabullera al pub más cercano a reponer fuerzas. Y aun fue menos sorprendente el que, entre jarra y jarra de cerveza, le acabara contando al barman alguna de sus cuitas. Por suerte para él, la clientela del pub no tenía su acomodo precisamente en las elegantes casas de la calle Prospect.

Pasó un año, y la fama del Hogar Archer siguió aumentando. Sus clientes enviaban entusiastas cartas (repasadas por la Hermana antes de echarlas al correo) a sus familias diciéndoles el excelente servicio que recibían y lo bien que estaban allí. La lista de espera fue creciendo como la espuma. Y por tanto Amy Archer pudo comenzar a informarse y a elegir sólo a los ancianos y pacientes de las familias más selectas y acaudaladas. Los carros nocturnos que recogían cuerpos aumentaron su frecuencia. Pero todo era de lo más natural. ¿Quién iba a sospechar de la hacendosa y bondadosa Hermana Archer? Su ojo no sólo estaba en el dinero, y no dudaba en dar comida a los vagabundos que llamaban a su puerta, o en cuidar de sus vecinos enfermos, o en cocinar pasteles o coser bufandas para el vigilante nocturno. Ciertamente la Hermana era una santa.

Para 1910 ya eran una docena de residentes los que habían estirado la pata. Aquel año el Señor también decidió llamar a su lado a un aparentemente agotado James Archer. Aunque otra versión, algo más movida, sitúa su muerte un par de año después, justo a tiempo para la entrada en escena del pelirrojo Michael Gilligan.

Desde el primer momento la Hermana vio algo distinto en aquel sin techo que apareció en su parte cierto día de febrero. Como hacía con muchos otros haraganes, Amy le invitó a pasar y le ofreció algo de comer. El pelirrojo de voz meliflua y mirada pícara llenó la panza y se ofreció a pagar a la Hermana con algún trabajito de manitas. Su talento con las herramientas le valió a Gilligan un puesto en el Hogar, a cambio de alojamiento y manutención. Sin comerlo ni beberlo James Archer se encontró de repente con que tenía en su hogar a un polizón.

Lo que era peor, Gilligan gustaba de mascar tabaco y beber alcohol, algo que hacía abiertamente sin que la Hermana dijera esta boca es mía. Fue comprensible pues que los celos aparecieran, y que, a la mínima oportunidad, James tratara de deshacerse de Michael Gilligan. Tratando de valerse de su autoridad, cierto día que la Hermana Amy estaba fuera el señor Archer despidió a Gilligan. Pero éste, que sabía demasiado bien quien llevaba los pantalones allí, ni se inmutó, y siguió a lo suyo. En las semanas siguientes la salud de James Archer comenzó a quebrarse. Apenas sí logró sobrevivir dos meses.

Ésta es la versión extraoficial, por supuesto. Aparentemente James Archer falleció en 1910, y nunca cruzó su furibunda mirada con el amigo Gilligan. De todas formas, ya fuera en 1910 o 1912, el resultado fue el mismo: tras su muerte, el Hogar Archer comenzó a resentirse económicamente de algún modo, mientras la Hermana se consolaba en los brazos de Michael Gilligan. A diferencia de James, el pelirrojo hizo de su capa un sayo, y la Hermana hubo de explicar que si su nuevo compañero bebía era por motivos de salud.

A toro pasado, es decir, muchos años después de lo sucedido, rumores maliciosos apuntaron que el reinado de Gilligan en el rebautizado Hogar Archer-Gilligan declinó conforma a lo hizo su potencia sexual. Fuera cierto o no, el dato fehaciente es que Amy y Gilligan contrajeron matrimonio en 1913, y que el desdichado pelirrojo apenas sí sobrevivió tres meses a la boda. Poco después llegó al hogar un tal Franklin R. Andrews, un caballerete bien conservado para su edad que comparado con la clientela habitual parecía un Apolo redivivo. Amy Archer puso sus ojos en él, pero el destino le fue esquivo: Andrews era, en la jerga de la época, un invertido. El pobre no duró mucho, como cabía esperar.

El caso es que desde la muerte de James Archer los fallecimientos en el Hogar Archer no habían dejado de aumentar vertiginosamente, aunque los médicos habituales que se pasaban por allí a rellenar el certificado de defunción eran demasiado incompetentes o demasiado amigos de la Hermana Amy como para preocuparse siquiera de corroborar la causa que les proporcionaba la experimentada enfermera. Al parecer las sendas pólizas que, casualmente, Amy Archer había contratado poco tiempo antes de que sus sendos maridos la diñaran, le habían permitido seguir adelante con la residencia y poco más.

En junio de 1914, no mucho después del fallecimiento de Andrews, un matrimonio de ancianitos, los Gowdy, llegaron al Hogar Archer-Gilligan. Tras pagar 1.000 dólares por su permanencia en el hogar, la esposa, Alice Gowdy, no llegaría a ver las Navidades. Amy Archer cada vez pedía más dinero, buscaba más herencias, exigía más tasas. Según las iba obteniendo los firmantes iban falleciendo.

Entretanto una mujer llamada Nellie Pierce seguía tratando de encajar la noticia de la muerte de su hermano Franklin Andrews, un tipo sano como una pera. Después de que las autoridades desoyeran sus sospechas, Pierce envió una carta al diario The Hartford Courant, explicando su caso. El editor del periódico sí que se interesó por su historia, y puso a su mejor periodista, Mike Tougky, en el caso. Tougky se entrevistó con Pierce, tras lo cual se encerró en el archivo del condado de Hartford a revisar estadísticas y defunciones. No tardó en comprobar que la mortalidad en el Hogar Archer-Gilligan había crecido exponencialmente y que era cuatro veces superior a la mortalidad de cualquier otra residencia de la Costa Este. Sus pesquisas siguieron por el barrio, donde las hermanas Bliss le informaron puntualmente de los cuerpos que salían por la noche cada vez más a menudo, para a los pocos días ser sustituidos por otros ancianos achacosos que duraban unas pocas semanas.

Los artículos en The Hartford Courante acerca de la espeluznante realidad de aquel caserón comenzaron a publicarse uno tras otro, consternando a todo el condado. Después toda la información recopilada por Tougky y Pierce pasó a manos de la Policía. Sólo entre 1911 y 1916 habían fallecido 46 personas en el Hogar Archer-Gilligan. Los agentes no tardaron en aprehender a la Hermana Archer. En julio Amy Archer era acusada de asesinato en primer grado de, al menos cinco víctimas, aunque se sospechaba que tenía en su haber varias decenas más.

En 1917 se celebró el juicio y Amy Archer fue hallada culpable. Se libró por poco de la horca, y fue condenada a pasar el resto de sus días en la cárcel. Finalmente los pasó en una institución mental. En 1924 su demencia fue oficial. Amy Archer fallecería en un hospital mental a una edad ya avanzada, en 1962.

Muchos años antes, en 1939, un dramaturgo encontró en aquella historia tétrica el suficiente potencial como para, inspirado por ella, escribir cierta obra titulada Arsenic and Old Lace.

5 comentarios:

Rune dijo...

Dios! esa foto es la cara de la tía??? y se casó dos veces??? y era una fiera en la cama??? argh! menuda loca! Ya tenía que ser buena actriz y manipuladora para liarla como la lió...

Qué historia más curiosa, no la conocía...

Candela dijo...

Me ha encantado este post, jejee. Y como dice Rune, si con esa cara se caso dos veces... ojú

GINEBRA dijo...

Muy interesante la historia de Amy Archer y sus crímenes... un guión propicio para una peli de cine negro al más puro estilo Hitchcock... por cierto, hoy he visto de nuevo "39 escalones" y "Recuerda", llevo varios días repasando por cuarta o quinta vez la filmografía de este tipo tan auténtico y siempre encuentro datos nuevos... era un genio.
Besos

Scotty dijo...

Hola! Qué curioso y qué interesante. Lo que no dices es que esa historia, si inspiró la obra de teatro Arsenic and ol lace (Arsénico y encaje antiguo), es el gérmen de la deliciosa comedia de Frank Capra Arsénico por compasión.

En mi blog la puse no hace mucho en la sección "Pedazo de Cartel" que me gustaría conociéseis y participáseis.

Un placer paras por aquí y espero que os guste mi blog.

Möbius el Crononauta dijo...

Rune: jaja sí es la cara de la tía, pero cuando se casó dos veces me imagino que debía tener menos años...

Candela: ¡alguna vez sería joven!

Ginebra: tengo que repasar 39 escalones otra vez, vaya

Scotty: en efecto, en efecto, la obra de teatro fue el germen de la genial "Arsenico por compasión"... ¡pero eso creía que era obvio! jejeje