miércoles, 9 de marzo de 2011

La sombra de Caín: el fracasado crimen perfecto de Leopold y Loeb

La sombra de Caín es alargada, y no conoce de clases sociales o niveles económicos. Por eso nuestra sociedad, acostumbrada a los asesinos de baja estofa, no deja de sorprenderse cuando salta la noticia: entre las clases altas también hay desalmados. Por ello no es de extrañar que en 1924 el crimen de "Leopold y Loeb" ocupara todas las portadas de los periódicos. Su posterior juicio se convertiría, por supuesto, en "el juicio del siglo", y su historia daría pie a obras de teatro y novelas, en las que se inspirarían guiones de cine como el de La soga.

Nathan Leopold
y Richard Loeb, 19 y 18 años respectivamente, eran dos jóvenes amigos de Chicago, dos jóvenes brillantes cuyo talento les auguraba un futuro prometedor. De haber carecido de él, el dinero de sus acomodadas familias habría servido de sustituto al augur. Nathan Leopold, era de hecho, un genio; un niño prodigio que había empezado a hablar con cuatro meses, y que siendo aún un adolescente había ingresado en la Universidad de Chicago, donde comenzó a estudiar leyes. Aficionado a la ornitología, Leopold no tardó en convertirse en toda una eminencia en todo aquello que concernía a los pájaros. Por su parte el elegante y delicado Loeb se había convertido en el graduado más joven de la Universidad de Michigan y estaba destinado a ingresar en la prestigiosa Harvard. Sin duda cualquier madre habría estado encantada de dar a una hija a cualquiera de estos dos jóvenes y estupendos partidos.

Pero una cosa en la que no siempre reparan las mujeres con hijas casaderas es que no es oro todo lo que reluce. Loeb, en vez de ocupar sus pensamientos con las universitarias guapas que le rodeaban, se entretenía pergeñando crímenes y devorando libros policíacos. Nada de lo que preocuparse, sino fuera por que sus robos imaginarios tendían a hacerse realidad. Pero pronto los robos y los desplumes de gallinas sabrían a poco. Por su parte, Leopold era un incondicional defensor de la filosofía de Nietschze, y leía todos los trabajos del alemán con fruición. Como les ha pasado a otros, parece que Leopold se hizo una empanada mental con eso de la teoría del "superhombre", y estaba convencido de que aquellos más aptos intelectualmente se encontraban por encima de la ley y estaban destinados a dominar a la sociedad por derecho propio. De haber podido, seguro que Leopold habría sido feliz de vivir en la Alemania del 33.

Mientras Nathan y Richard jugaban a ser asesinos, dos jóvenes aprendices de periodista, James Mulroy y Alvin Goldstein languidecían en la redacción del Daily News de Chicago, esperando que les llegara la oportunidad para subir de categoría y dejar de subir cafeses y escribir artículos sobre rescates de gatos en los árboles. Aquella oportunidad llegó cuando a primera hora del día 22 Mulroy y Goldstein escucharon bramar sus nombres desde el despacho del editor jefe. Aquella mañana había sido encontrado el cuerpo de un joven en unas alcantarillas de drenaje situadas a las afueras de la ciudad. Con sus mejores periodistas ocupados en otros casos, el editor decidió encargar el asunto a los primeros Mulroy y Goldstein. Debían ir a aquel lugar y averiguar si se trataba de un crimen, y llamar al instante con todo lo que supieran.

Cuando llegaron al lugar los periodistas preguntaron al forense si sospechaban que fuera un asesinato, pero era demasiado pronto para decirlo. Husmeando por la escena del crimen, Mulroy encontró unas gafas con montura de concha que procedió a guardarse en un bolsillo. Como todo buen periodista, prefirió indagar primero por su cuenta antes de dar parte a la policía.

Tras telefonear a su jefe, los periodistas fueron a la morgue para ver si el forense tenía nueva información. Efectivamente, así era. Aunque debía realizar todavía algunos exámenes, creía que la víctima podría haber sido golpeada en el cráneo. Cuando, de nuevo, llamaron al editor para afirmar que probablemente tenían un asesinato entre manos, su jefe les comentó la nueva noticia: la tarde anterior un quinceañero llamado Bobby Franks había desaparecido al salir del prestigioso colegio al que acudía a estudiar, sito no demasiado lejos de la mansión de sus padres. Por la noche un tal Johnson había llamado haciéndole saber al padre de Franks que su hijo había sido secuestrado y que le llegaría una carta con más instrucciones. Era posible que hubiera una conexión con el caso del cuerpo de las alcantarillas. Un rápido brillo cruzó las miradas de Mulroy y Goldstein, quienes se apresuraron a colgar antes de que su editor les comunicara que les quitaba el caso de las manos. Aquella era, sin duda, la oportunidad que habían estado buscando.

Tras personarse en casa de los Franks, de la cual fueron elegantemente expulsados, los periodistas dieron con un tío de Bobby Franks, a quien procedieron a llevar a la morgue para que identificara el cadáver de las alcantarillas. Efectivamente, se trataba de su sobrino Bobby.

Mientras tanto la policía no se había quedado quieta de brazos. A la breve llamada de los secuestradores la noche anterior, había que añadir una carta que había llegado aquella mañana. En un sobre escrito a mano, aunque imitando la letra de imprenta para disimular la caligrafía, había una carta conteniendo las instrucciones para el pago del rescate. La misiva estaba escrita a máquina, y seguía la tradición de los secuestros: billetes viejos, sin marcar, de veinte y cincuenta, en una cantidad total de diez mil dólares. El dinero debía ser guardado en una caja de cigarros hasta que una nueva llamada les diera nuevas instrucciones. Por supuesto, recomendaban no hablar con la policía.

Aunque los raptores habían tomado sus precauciones, como suele ocurrir, la policía fue capaz de dar con unas cuantas pistas. Aunque la caligrafía hubiera sido disimulada, no así el modo de escribir, que denotaba claramente que el autor de aquella carta no era un delincuente común. La forma de expresarse apuntaba a alguien con estudios, probablemente de grado superior. Evidentemente un vulgar ratero no podía hacerse pasar por un escribano. Además, la máquina de escribir con la que había sido escrita aquella carta tenía un fallo en la tecla "t". También se observó que no había fecha y que no se mencionaba en ella al señor Franks, tan sólo había un genérico "Distinguido señor". La policía especuló con la idea de que la carta había sido escrita primero, sin un objetivo en concreto. Una vez se había elegido a la víctima, el secuestrador o secuestradores ya no disponían de la máquina de escribir, y habían recurrido a una pluma para escribir el nombre del destinatario. Por último, un experto en tipografías y máquinas de escribir estableció que la marca de la máquina debía ser una Underwood, o quizás, una Corona.

A la una de la tarde sonó el teléfono en la casa de los Franks. Tras confirmar que habían reunido el dinero, el secuestrador dijo que un coche llegaría en unos minutos a la puerta de la casa. El señor Franks debía subir al coche, ir a cierta droguería, y recoger allí un sobre que había para él. Aquella carta contenía más instrucciones para la entrega del dinero. Pero cuando llego el vehículo (un taxi contratado por teléfono para acudir a la dirección de los Franks) y el señor Franks estaba a punto de salir con el dinero, recibió una nueva llamada. Era la de su hermano, que le llamaba desde la morgue. El cadáver de las alcantarillas era su sobrino.

Al mismo tiempo Mulroy y Goldstein se reportaban ante su jefe. El cadáver de las alcantarillas era Bobby Franks, quien había sido reconocido por su tío a pesar de que los secuestradores habían intentado imposibilitar su identificación rociando el cuerpo con ácido. Por otro lado, se habían hecho con unas gafas en el lugar del crimen. El tío del chaval les había confirmado que Bobby no usaba gafas. Sin duda, aquellas gafas eran una noticia explosiva. ¿Serían aquellos chavales lo bastante buenos para manejar una cosa así? El editor decidió confiar en ellos, y les mandó de nuevo a las calles con la orden de averiguar, discretamente, quién era el dueño de aquellas lentes.

En principio la tarea no parecía fácil. Aquellas gafas eran de un tipo muy corriente, y debía de haber miles de ellas en todo Chicago. Sin embargo, cuando los periodistas comenzaron a hacer averiguaciones sobre las gafas hablando con algunos ópticos, uno de ellos les dijo que aquellas gafas tenían una particularidad, cierto detalle en la montura: un nuevo tipo de bisagras hechas en Nueva York. ¿Se vendían en todas las ópticas? No, desde luego que no. La exclusividad en Chicago de aquella patente la tenían Almer, Coe and Co. Mulroy y Goldstein acudieron a la citada compañía, donde se enteraron de que más de cien monturas con las bisagras nuevas habían sido vendidas en el último mes. Los periodistas pidieron si podrían cotejar aquellas cien monturas con el tipo de cristales de las gafas, y reducir así la búsqueda. Era posible, pero debían volver al día siguiente. Los reporteros prometieron volver.

Cuando Mulroy y Goldstein regresaron al día siguiente, en la compañía tenían tres nombres para ellos. El de una mujer, el de un ingeniero (que se encontraba fuera del país), y el de un joven universitario llamado Nathan Leopold. ¿No era aquel Nathan el que cursaba estudios en la misma universidad en que se habían licenciado, aquel genio tan joven? Vaya si lo era. Los reporteros decidieron empezar por él.

Con la excusa de que eran viejos amigos de Nathan, el mayordomo les dejó entrar en la lujosa mansión de los Leopold. Cuando el elegante Nathan entró en la habitación y les preguntó qué hacían ello, los periodistas notaron cierto aire femenino en aquel joven genio. Mulroy y Goldstein no se anduvieron con rodeos, y le dijeron que habían encontrado unas gafas en la escena del crimen del joven Bobby Franks. ¿Eran, por casualidad, suyas? Lo eran, respondió Nathan sin titubear. Sin soltar las gafas, Goldstein le dijo si no creía que aquello le incriminaba. Claro que no, las había extraviado hacía unos días, en aquella zona, Hewegish, donde solía ir a observar pájaros. Hablando de observar, habían observado que la casa de los Franks estaba cerca de allí. ¿Conocía al pequeño Bobby? Apenas le conocía. Tras algunas preguntas más, Nathan les habló durante varios minutos de su pasión por la ornitología y de sus trabajos sobre distintos pájaros, y, tras hablar con la criada en francés, presumió también de los quince idiomas que dominaba.

Con un ambiente tan animado, los periodistas le pidieron a Nahan que llamara al padre de Bobby para enterarse de las últimas noticias. Al parecer no había quedado claro de qué droguería se trataba, y ahora esperaban más instrucciones. Mulroy y Goldstein le pidieron a su anfitrión si podía llevarles en coche a la avenida y tratar de localizar la droguería. Ningún problema. Tras cometer un crimen perfecto, ¿qué tenía de malo transportar a aquellos dos entrometidos?

Después de haber preguntado en un par de droguerías, los periodistas finalmente dieron con la correcta. Efectivamente, el día anterior un joven había dejado allí una carta. Goldstein le señaló a Nathan, que esperaba fuera, en su coche. ¿Era esa persona quien había dejado el sobre? No, no se le parecía en nada. Los periodistas procedieron a examinar la carta. Había, de nuevo, un genérico "Distinguido señor", y daba órdenes para que el dueño del dinero acudiera a la Illinois Central Railway, donde recogerían un sobre con un billete de tren, y otro sobre con más instrucciones. Nathan Leopold les dio un último viaje hasta la estación, donde los periodistas dieron con el siguiente sobre. Tras coger el tren, el "Distinguido señor" habría de colocarse en el vagón de cola y, tras cruzar ciertas señales, debería lanzar la caja de cigarros con el dinero.

Cuando Goldstein y Mulroy se presentaron ante el editor, éste casi se cae de la silla. ¡Aquella era una exclusiva todavía mayor! Desde luego el caso era suyo. En cuanto las imprentas se pusieran a trabajar, comunicarían sus hallazgos a la policía.

El inspector encargado del caso le daba vueltas, mientras tanto, al dato del ácido vertido para deformar el rostro de Bobby. El secuestrador o secuestradores no habían tenido bastante ácido como para terminar su tarea, pero, ¿cómo se explicaba el detalle de que se hubiera vertido ácido sobre los genitales de la víctima? Cuando más tarde aquel día los periodistas le hicieron partícipe de sus sospechas, ciertas connotaciones de homosexualismo en aquel asunto del ácido le hicieron pensar que bien pudiera ser que aquellos periodistas tuvieran razón.

La policía no tardó en hacerle una visita a Nathan Leopold, así como los dos periodistas, y, dado el estatus social del sospechoso, también se personó el Fiscal del Estado. Mientras los gendarmes no dejaban de hacerle preguntas, Mulroy y Goldstein trataron de dar con la máquina de escribir. En una pausa para que fuera al baño los reporteros le preguntaron a Leopold si tenía una máquina de escribir Underwood o una Corona. Al parecer, sólo poseía una Hammond. Pero hete aquí que interrogando a una chica de servicio, ésta afirmó recordar que el señorito tenía también una Underwood, hasta que el amigo del señorito, Richard Loeb, se la llevó poco tiempo atrás.

El superabogado Darrow en acción

Los jóvenes reporteros salieron disparados hacia casa de Richard Loeb, quien les dijo que no sabía de qué le hablaban. Lejos de rendirse, los periodistas fueron a recoger al dueño de la droguería. ¿Era este joven quien le había dejado el sobre? No, tampoco era ése.

Pero aunque las pesquisas de los periodistas no parecieran llegar mucho más lejos, ahora la policía tenía otro nombre que añadir a la lista. Y sabían ya del entusiasmo de Leopold por las teorías de Nietszche, y del tiempo que pasaban juntos. ¿Qué habían hecho aquel miércoles, a la hora del secuestro? ¿Tenían coartada? Claro, habían salido con el coche de Leopold, a buscar algo de diversión. Se encontraron con unas mujeres de la calle, de la cual sólo sabían sus nombres de pila, y se las llevaron de paseo. Tras haberse divertido, las dejaron donde las encontraron y volvieron cada uno a su casa. Las versiones de ambos parecían coincidir. También la policía parecía llegar a un atolladero. Si no daban con la máquina de escribir, no tenían caso.

En este punto aparecieron de nuevo Mulroy y Goldstein, quienes habían comenzado a preguntar entre los compañeros universitarios de Leopold y Loeb. Y entonces se enteraron de que durante el último curso Leopold se había ofrecido a pasar a máquina algunos trabajos de sus colegas. ¿Conservaban, por casualidad, alguno de esos trabajos? ¡Sí! Allí estaba... misma tipografía, mismo error en la "t"...

El cerco se cerraba sobre los jóvenes amantes del crimen perfecto. Su nivel intelectual coincidía con el de las cartas de secuestro. Se sabía que habían usado la misma máquina de escribir de la cual habían salido aquellas instrucciones. Estaban, además, las gafas de Leopold encontradas en el escenario del crimen. Más las extrañas aficiones que parecían unirles tanto. Aun así, todo demasiado circunstancial, sobretodo tratándose de dos chicos de clase alta cuyas familias podían pagar a los mejores abogados del país.

Finalmente todo el castillo de naipes de Leopold y Loeb se derrumbó cuando la policía interrogó al chófer de los Leopold. La noche del secuestro él mismo había estado reparando el coche en el garaje de la mansión. La coartada del paseo en autocar y las chicas era falsa. La policía arrestó a Leopold y Loeb, se los llevaron a cada uno por su lado, y tras presionarles en los interrogatorios sus versiones comenzaron a ser bastante diferentes. No tardarían mucho en echarse la culpa mutuamente. De ahí a la confesión, y a desvelar donde habían tirado la máquina de escribir, había un paso. Caso cerrado.

El juicio prometía ser uno de los "juicios del siglo", y mientras los periódicos se regodeaban con la historia el público se horrorizaba al saber que el secuestro no había tenido, obviamente, ningún motivo económico, tan sólo el puro placer de sentirse superiores y el deseo de cometer el "crimen perfecto". Pero la realidad había rebatido todas sus teorías. Ahora, dos hijos de dos de las mejores familias de Chicago se enfrentaban a la pena de muerte.

El juicio fue, efectivamente, tan mediático como se esperaba, y las familias, con sus gruesas cuentas bancarias, pudieron permitirse al que muchos consideraban el mejor abogado del país, el liberal Clarence Darrow, quien tan sólo un año después participaría en otra causa célebre, la del "Juicio del mono de Scopes", Darwin vs. Dios, ya saben...

Fuera por la elevada minuta, o por su conocida y foribunda oposición a la pena de muerte, Darrow aceptó el caso, y sorprendió a todos afirmando que los chicos se declaraban culpables. Con ese subterfugio evitaba a un juicio con jurado (perdido de antemano) y se la jugaba todo al juez de turno. Su truco resultó, y Nathan Leopold y Richard Loeb evitaron el ajusticiamiento, para a cambio pudrirse en la cárcel para siempre. Mientras, los jóvenes reporteros Mulroy y Goldstein eran obsequiados con el Premio Pulitzer.

En 1936 Richard Loeb pereció en la cárcel, acuchillado, al parecer, por un depredador sexual carcelario. Tras cumplir 33 años de condena, Leopold salió de prisión bajo libertad condicional. Tras escribir un libro relatando sus experiencias, el otrora joven superdotado emigró a Puerto Rico, donde se casó y pasó el resto de sus días.

Una vez más, se demostraba que no existía el crimen perfecto.

7 comentarios:

L´Esbarzer dijo...

Increíble historia.



Ya sabes, te elo y no te comento. Pero te leo.

Ah, y por fin me estoy deborando mi biografía de Elvis. Qué grandes tus posts.



Take care

Dante dijo...

Muy interesante la entrada. La sombra de Caín es alargada. Es como la muerte, no entiende de clases sociales. ¿Esta es la primera de otras entradas sobre este tema?

Un saludo.

Mr. Lombreeze dijo...

Estupendo post de una historia que siempre me ha interesado mucho. Y no a raíz de La Soga sino de otra gran peli que dramatiza (estupendamente bien) estos sucesos: Impulso Criminal de Richard Fleischer, una peli que te recomiendo si no has visto.
Te enlazo a la entrada que le dediqué como perfecto complemento histórico (mi entrada ya te la recomiendo menos...).

marguis dijo...

Conclusión: el crimen perfecto no existe si te topas con dos periodistas peores que la señorita Fletcher...
Muy buena entrada, por cierto!

Aitor Fuckin' Perry dijo...

Es que alguien que lee por placer a Nietschze (¿Se escribe así?) no puede ser muy normal... si es que, habría que prohibir la novela policíaca y la filosofía. La juventud es muy influenciable.

Cojonuda historia.

Möbius el Crononauta dijo...

L'Esbarzer: pues gracias por seguir ahí. Bueno, ¡qué sería de mis posts sin esa pedazo de bio!

Dante: sí, habrá más del estilo.

Mr.Lombreeze: sí que la he visto. Me quedo con "La soga", pero "Impulso criminal" no está nada mal. Si has dejado un enlace, ¡no lo veo!

marguis: entre otras cosas, sí. ¡Gracias!

Aitor FP: no sé si se escribe así, pero algo parecido. La culpa es de tanto azúcar que le dan a los niños...

Anónimo dijo...

No tienen nada de superdotados son unos criminales de pocamonta,y eso es todo.