viernes, 31 de diciembre de 2010

Virus

Bueno, por si alguien se preguntaba donde me metía yo mientras aparecían entradas por aquí, que ni comentaba ni respondía ni ná, pues estaba pasando mis días de vacaciones junto a unos viruses muy bonitos que me han tenido postrado, derrengado y piltrafado en cama y sillón durante estos días, y bueno, aunque aún tengo secuelas, ya empiezo a ser persona. Ha sido todo muy instructivo, he visto una docena de pelis sin ver en realidad ninguna, y me he dado cuenta de lo mala, mala, mala que es la programación de la TDT. Bueno, supongo que ya lo sabíamos, pero padecerlo cuando no puedes hacer más que estar en tu cama mirando al techo o sufrir las tiritonas con la tele de fondo y sus interminables anuncios (Dios, lo de Antena 3 y sus canales es enfermizo, ¡hay más anuncios que programas!) es cosa distinta. Y encima se han cargado CNN+ para poner el 24 horas de Gran Butano. En fin. Al menos todo esto me sirvió para reengacharme a Heidi por las mañanas (¡lo que hacen los virus! Pero aunque parezca mentira a esas horas no ponen nada mejor) y para descubrir que la serie esa de Dos hombres y medio tiene sus momentos.

En fin, ¡feliz 1964!


miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (XXXI)

AFFINITY

Capitaneados por la cálida voz de Linda Hoyle (una perfecta heredera de la gran Grace Slick) y el Hammond de Lynton Naiff, durante un breve periodo a principios de los 70 Affinity dieron que hablar con su mezcla sutil de rock, soul, jazz, blues y folk envueltos en típicas sonoridades del rock progresivo. Con tanto eclecticismo su disco homónimo (el único que sacaron, para variar) tiene canciones sublimes y otras más aburridillas, salvo los fans del progresivo más acérrimo. El LP se abre con la excelente "I Am and So Are You", un tema de rock funky con unos estupendos arreglos de viento cortesía de todo un John Paul Jones. "Night Flight" parece una larga jam de Santana (la banda) sin los tintes latinos, y "I Wonder If I Care So Much" es tema lento con aires campestres que no me dice nada. "Mr. Joy" sigue el mismo patrón, pero aquí la voz de Hoyle (más jeffersoniana que nunca) transforma el tema en algo sublime, sobretodo con el crescendo instrumental que corta la canción en la segunda mitad, mientras la vocalista demuestra, como ya he dicho antes, ser una muy buena alumna de Grace Slick.

"Three Sisters" recupera los aires negroides con la Hoyle en su versión más profunda y más ricos arreglos de viento; por su parte, "Coconut Grove" es una correcta revisión de los Lovin' Spoonful que recuerda al trabajo de Brian Auger y Julie Driscoll. La segunda versión del disco es "All Along The Watchtower", una larguísima versión del clásico de Dylan que destaca por no seguir la que es con seguridad la versión de todas las versiones del tema, el de Hendrix, claro. La versión de los Affinity sigue más una línea de típica jam de los Deep Purple de la Mark II, pero sin (¡ay!) los suntuosos solos de Blackmore.

La versión de Dylan cerraba el LP original, pero la reedición que sacó el mítico sello Akarma traía dos bonus tracks, de los dos sencillos que lanzó la banda en su día: "Eli", un tema pop en plan Petula Clark, y "United States of Mind", un bonito tema campestre con coronas de flores y bellas melodías.

Como veis, pocos guitarrazos en esta entrega sauria, pero mucho eclecticismo, buenos arreglos, sonoros teclados, y una excepcional voz. Quizás no sea exactamente un producto diseñado para fans de Jefferson Airplane, pero aquellos y aquellas que adoréis el estilo de Grace Slick, seguro que disfrutáis con estos Affinity.

martes, 28 de diciembre de 2010

Manolo cabesehuevo

¿La mejor broma telefónica de la historia? Sin duda alguna, sí.

¿Está bien llevar al límite a un tipo con la mecha más corta que la melena de Anasagasti sólo por el humor? Tal vez no. Pero como suelen decir en internés: wrong but funny.

Para mí y un entorno cercano varias de las frases que se escuchan aquí ya son citas legendarias.

Amigo, amigooo, amigooooo...



Y aun hubo más...

lunes, 27 de diciembre de 2010

Fuga magnética

X2, o la segunda parte de X-Men, también está muy chachi, y por lo general más lograda en algunos aspectos. De hecho, creo que desde que Andy Dufresne se largó usando un piquito y un póster, no disfrutaba tanto con una evasión.


La tercera ya es otro cantar. ¡La parte final es terrible!

domingo, 26 de diciembre de 2010

Maggie May

Creo que todos sabemos la causa por la que Rod Stewart nunca reunirá algo que se parezca a los Faces. Y juraría que no es por la ausencia de ese gran tipo llamado Ronnie Lane. Me parece que prefiere seguir cantando estándares de swing, que es más descansado y le deja tiempo para otras cosas...

¡Supongo que no le podemos culpar por ello! Ya hizo en su día lo que tenía que hacer.


sábado, 25 de diciembre de 2010

Kitten, es Navidad (4)

Paz en la Tierra y Playboys añejos para los hombres de buena voluntad. Y su equivalente no-sindicado para las mujeres.

¡Feliz Navidul, boys and girls!


viernes, 24 de diciembre de 2010

Mejor solo que mal acompañado (1987)

Ambiente navideño, viajeros por doquier, hoteles llenos, vuelos cancelados, caos y mala pata, familiares esperando... sí, decididamente es una buena época para rescatar Mejor solo mal acompañado.

Muchos se preguntarán, "¿otra comedia de Steve Martin? ¡Este hombre se ha vuelto loco!" Y bueno, ciertamente el amigo Steve tiene muchos detractores ahí fuera, detractores que se ha ganado a pulso protagonizando un buen porrón de comedias horribles, participando en remakes absurdos y, en resumen, irritando a muchos cinéfilos del mundo mundial. Aun así, su carrera no es tan irritante como la de Eddie Murphy, por ejemplo. Pero a ambos les une una imagen distorsionada por parte de público de su potencial. Aunque no quisiera remontarme a los tiempos del SNL, bueno, siempre está ahí para reivindicar que en un pasado no tan lejano (bueno, quizás algo) estos dos tipos fueron grandes. Pero ya defenderé a Murphy otro día. Hoy quiero hablar bien de Steve Martin.

Está claro que esto del humor es muy particular, y, por ejemplo, hay gente que permanece impasible o incluso se duerme viendo Dos tontos muy tontos, algo que me parece incomprensible. Así que supongo que habrá quien pense que Steve Martin tiene tanta gracia como una muela cariada, pero bueno, aunque ha desaprovechado su talento cómico haciendo cosas horribles, en su filmografía hay cosas interesantes, y no todas tienen que ver con el humor.

Y, no, Mejor solo que mal acompañado no es alta comedia ni tiene "toques lubitsch" ni nada de eso. Es una película bastante chorra, pero como película chorra, tiene sus puntazos. Es como el sexo como experiencia vacía. No lo puedo negar, me parece un film entrañable, y le tengo cariño.

Y es que junto a Steve Martin nos encontramos a un grande al que siempre habría que reivindicar, John Candy, un tipo que nos dejó demasiado pronto y no tuvo demasiadas oportunidades para desencasillarse, pero ese tipo era un monstruo. Podría haber dado mucho más de sí si hubiera tenido los papeles adecuados. De todas formas a mí no me hace falta que se metiera a hacer de Quasimodo o de retrasado mental para poder afirmar que fue un gran actor. Y su papel de Del Griffith, el sempiterno pesado que uno se encuentra cuando viaja, es una buena prueba de ello.
Steve Martin es Neal Page, un director de marketing que trabaja en Nueva York y que debe partir hacia Chicago para ver a su familia, a dos días del Día de Acción de Gracias (ya sabéis, en yanquilandia es tan importante o más que el Día de Navidad). Pero desde el principio las cosas empiezan a ir mal, y, por supuesto, cruzará su camino con el alias de John Candy, el amigo Del Griffith, un tipo pesado e irritante. Las extrañas parejas siempre han funcionado muy bien en Hollywood, y bueno, pelis como Salidos de cuentas me recuerdan a... mmm vaya, fíjate.

Mejor solo que mal acompañado fue escrita y dirigida por el malogrado John Hughes, el gurú de la comedia 80s. ¿Hace falta que cite algunos títulos? Todo en un día, Solos con nuestro tío, guionista de taquillazos como Solo en casa... comedia desenfadada y sin pretensiones. John Hughes, el David Lee Roth de la comedia hollywoodiense.

No sé que efecto tendrá un film como Mejor solo que mal acompañado en un espectador del siglo XXI; supongo que le provocará arcadas, no sé. Y evidentemente el tiempo se deja notar, no sólo en su horrible banda sonora de teclados y sintetizadores, sino en escenas dramáticas que no vienen a cuento y que parecen más propias de una peli barata de sobremesa. El azucarado y glucoso final es directamente irritante y horrible, y el momento de John Candy sintiéndose herido también es un WTF? bastante importante. Aunque al menos en esa escena hemos podido disfrutar antes de más de un minuto de diálogo contínuo de Steve Martin faltándose con el pobre Del Griffith, en lo que constituye uno de los momentos álgidos de la peli. Pero claro luego meten la cuña coitus interruptus de "escena para el Oscar" con lagrimilla que es desesperante.

Pero bueno si todo fueran ploreras y llantos obviamente no estaría hablando de esta peli. Los grandes momentos solapan a todos los defectos que pueda haber a lo largo del film. Impagable es ver a Steve Martin reclamando ante una gordita sonriente en un minuto artístico de patatús con nada más y nada menos que 18 'fuckings'. ¿Quién dijo que Steve no era grande? Su expresión al pronunciar la mágica frase "quiero un jodido coche y lo quiero en este mismo jodido momento" no tiene precio. Para todo lo demás, Mastercard.


Como dicen aquí: Owen, the myth, the man, the legend!!!

Y aún mejor es toda la secuencia en la autopista, que da comienzo con el gran John Candy haciendo el cirulo mientras conduce al ritmo de la maravillosa "Mess Around" de Ray Charles, para luego pasar a cotas de chorrez sin sentido de extraordinaria magnitud. Lo dejaré ahí, pero un día de estos tengo que poner en el blog toda la escena. Sólo unos pocos fotogramas cuyo contenido no citaré, la convierten en mi momento favorito de toda la cinta.

En fin, es raro que en estas fechas no me acabe acordando en algún momento de esta peli. Dejad entrad a Del Griffith en vuestras vidas; tal vez os sorprenda. Y si os decepciona... ¡os remito a la escena de la gordita!

jueves, 23 de diciembre de 2010

Lemmy, Kronen y el as de picas

Mira que no es precisamente de mis marcas de birra preferidas, pero este anuncio tiene tanta clase que se merece otra oportunidad. ¡Grande!

Y hay nuevo disco, pero esta vez no se han acercado lo bastante. En fins...



Y aquí, un maquinóf

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Unos cuantos libros

Éstos son unos cuantos libros que me he leído este año, y que no he comentado por una u otra razón. Y bueno, como ya vienen los Reyes, Papá Noel y la corta angla y juta, voy a comentar unos cuantos, y si a alguien ahí fuera le sirve de idea para regalar o algo, pues bien, y si no... pues ya pondré una foto de un jamón. O su equivalente femenino. Vamos allá.

  • Territorio Comanche de Arturo Pérez-Reverte. Bueno ya se sabe, todo lo que rodea a Reverte y su obra es como las lentejas, o las tomas o las dejas. Este señor no suele dejar a nadie a medias, o se le odia o se le ama, a pesar de sus cosas. Territorio Comanche es un librito liviano donde Reverte (mediante personaje seudónimo) recuerda sus vivencias como reportero en Yugoslavia, con las bombas cayendo, las batallas en Sarajevo, y demás. El meollo central es la obsesión de su viejo compañero y cámara de TVE por grabar la voladura de algun puente. A partir de ahí Reverte va y viene recordando anécdotas (algunas divertidas, otras horripilantes) de sus días durante el conflicto. Reverte hablando de la guerra, ya sabéis como es la cosa: mala leche, comentarios de culo pelado y un humor negrísimo. No es que el amigo se pase la corrección polílitica por el forro, es que prácticamente la viola. Vivencias con vitriolo y pocos pajaritos. Pero es que las guerras no son bonitas, no.
  • Ébano de Ryszard Kapuściński. África. Fuera del continente negro, a unos les importa un carajo, otros van allí a ver qué pueden hacer, y otros nos acordamos a ratos de lo que pasa por allí. El periodista polaco Kapuściński nos habla en Ébano, mediante sus recuerdos y vivencias como corresponsal y viajero, de la historia reciente de África, desde finales de los años 50, en los esperanzadores tiempos de la descolonización, a través de los sueños rotos una y otra vez por medio de guerras, dictadores y pobreza, discurriendo los años, hasta hechos más recientes como las masacres de Ruanda y los derramamientos de sangre por los recursos. Ébano no deja de ser, en el fondo, la visión de un blanco del continente africano en su historia reciente, pero es un blanco que se ha pasado allí muchos años, comiendo el mismo polvo que muchos de sus oscuros habitantes. La ventaja era que Kapuściński podía tomar un avión y volverse, pero los africanos no. En resumen, una terrible historia africana de las últimas décadas relatadas de forma amena con estilo de diario de viajes. Ideal para quienes tengan interés por las historias tan encantadoras, y terribles, que ocurren por aquellos lares.
  • 2001: Una odisea espacial; 2010: Odisea dos; 2061:Odisea tres, de Arthur C. Clarke. Si tenéis algún amigo o familiar que os sigue preguntando qué porras es todo eso que un tal Stanley Kubrick en una película llamado 2001: Odisea en el espacio, y si el monolito es Dios, una fuerza alienígena o Jordi Hurtado el inmortal, podéis regalar estos libros para que se haga una idea de qué va la cosa. El mejor es el primero, aunque la diferencia de calidad entre éste y su continuación, 2010, es mucho menor que sus equivalentes cinematográficos. 2061: Odisea tres flojea más, pero no deja de ser otro paso necesario para averiguar qué o quién está realmente tras el gran monolito. La saga acaba con 3001: Odisea final, pero como eso lo tengo pendiente, no lo puedo recomendar. Pero por lo general todo lo que escribe Arthur C. Clarke suele tener su interés, en mayor o menor medida.
  • Chacal, de Frederick Forsyth. Aclamada, seguramente con razón, como una de las grandes obras del género novelesco del suspense, las tramas políticas y la persecución policial, Chacal puso en el panorama internacional al británico Frederick Forsyth, quien, inspirándose en hechos reales (los múltiples complots y fallidos magnicidios contra el presidente francés Charles de Gaulle, especialmente por parte del grupo terrorista-militar OAS), creó su propio intento de magnicidio con un pistolero profesional contratado por la OAS para acabar con el narigudo presidente. Ninguna pista, ninguna identidad, la policía y las fuerzas de seguridad no tienen nada para dar con él. Y mientras el tiempo se agota. Con concisa precisión Forsyth nos detalla todo el proceso policial de investigación, repleto de informes, llamadas a departamentos, pistas... y muy pocos tiros. El fascinante y extraordinariamente insulso comisario Claude Lebel es elegido para dar caza al asesino. En resumen, grandes dosis de realismo y una trama estupenda con un ritmo ágil que te atrapa de inmediato. Ideal para olvidar el engendro de Bruce Willis. Se recomienda, en cambio, acompañar con su estupenda cosecha cinematográfica del 73.
  • Historia virtual: ¿Qué hubiera pasado si? coordinado por Niall Fergusson. Historia contrafactual, ucronía, o como se la quiera llamar, es el sano ejercicio de preguntarse, ¿qué hubiera pasado si...? Por ejemplo, ¿qué hubiera pasado con España si no hubiera habido Guerra Civil en 36? Para contestar a ésta y otras preguntas similares, Fergusson supervisa esta obra en la que colaboran prestigiosos historiadores y estudiosos aportando su visión de cómo podría ser el mundo si ciertos eventos históricos hubieran sido distintos. La edición que yo tengo (venía con una revista me parece) se centra en hechos del siglo XX, pero creo que hay una edición anterior donde se habla sobre una Norteamérica británica, y otras cosas chulas y molonas de la historia virtual.
  • A puerta cerrada: Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial de Laurence Rees. Con el caché que da la BBC, de forma paralela a una de las series documentales del famoso canal el escritor e historiador Laurence Rees redacta este interesante en el que se repasa la Segunda Guerra Mundial fuera de los campos de batalla. El autor nos acerca los hitos del conflicto a un doble nivel: el de los despachos (las relaciones entre los tres grandes, Roosevelt, Churchill y Stalin, que fueron mucho menos idílicas de lo que se podría pensar), aportando extractos de diarios personales, informes de diplomáticos, conversaciones, cartas, y demás, y un segundo nivel, el del pueblo llano, el de los supervivientes que recuerdan aquellos tiempos y cuyos testimonios sirven para hacerse una idea de cómo impactaban sobre civiles y soldaditos de poca importancia las decisiones de los grandes mandamases. Un excelente complemento a cualquier historiografía al uso de la Segunda Guerra Mundial.
  • ¡Este rodaje es la guerra! de Juan Tejero. Ya salió a relucir este libro en algunos comentarios dejados en este blog. Resumiendo, es un anecdotario de algunos de los rodajes más complicados y tensos de la historia de Hollywood. Escrito de forma amena y sin muchas pretensiones, es un libro ideal para los cinéfilos que gustamos de conocer hasta la última anécdota cachonda de los rodajes de nuestras pelis favoritas.
  • Los trapos sucios, de Neil Strauss y Mötley Crüe. Para muchos ya es la biografía definitiva de un grupo de rock. Desde luego es de las más adictivas y divertidas. No creo que ninguna biografía desautorizada pudiera hacerlo mejor. Los Crüe, ayudados por el tal Strauss, recuerdan sus batallitas y retozan un rato en su propia mierda regalando lo que cualquier fan de ellos espera de una biografía del grupo: drogas de todos los colores, mucho alcohol, sexo cerdo y anécdotas cachondas. También hay espacio para las reflexiones profundas (especialmente por parte de Mick Mars), pero lo que abunda es el sexo con groupies, el ego desmesurado y la fiesta contínua. Me aventuraría a decir que cualquiera que no sea fan de los Crüe pero esté interesado en la vida decadente de una estrella de rock, podrá disfrutar con este libro.
Y bien esto es todo. Espero que os sirva de algo. Si os sirve, y os toca la lotería, ¡acordaros de mí!

lunes, 20 de diciembre de 2010

Fumar el cielo

Supongo que a estas alturas no descubriré a nadie un libro como Los trapos sucios, la delirante, trepidante, y por momentos preocupante autobiografía de Mötley Crüe. Tan sólo decir que es ideal para los amantes de Mötley Crüe y para quienes se interesen por la vida de las estrellas de rock decadentes en general. Es difícil quedarse con un sólo momento, cada capítulo tiene su miga y todo el libro rebosa de historias relacionadas con ya sabéis qué: sexo, drogas y rock and roll.

Sin embargo uno de los momentos con los que más me reí, imaginándome la escena, fue cuando el resto del grupo se dedica a volver loco al pobre John Corabi en el estudio de grabación:

De todos modos, ellos se metían en la cabina y decían:

- A ver qué se te ocurre.

De modo que me sentaba allí, en casa de Nikki, donde la mitad del equipo ni siquiera estaba bien conectado, y acaba aturdido intentando complacerles. Nikki activaba el interfono y me decía:

-Cangrejo, para esta canción había pensado en un rollo a lo Sisters of Mercy/Bowie primera época.

Entonces Scott le daba al botón y añadía:

- Pero con un poco de Cheap Trick y Nine Inch Nails.

Finalmente, intervenía Tommy:

- Sí, pero que suene ampuloso, como Oasis.

De modo que empezaba a intentar interpretar todo aquello cuando Tommy volvía a interrumpir para decir:

-Tío, se me ha olvidado decir que el tema ha de ser cañero, como Pantera.

No tenía ni idea de lo que me estaban pidiendo (...) Les rogaba que me cantaran algo para darme una pequeña idea de lo que oían en sus cabezas, pero nunca lo hacían. Sólo me decían:

- Es difícil de explicar, pero desde luego no es lo que acabas de cantar.

Corabi, santo varón.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Y Stauffenberg falló

Aunque al principio cuando me enteré de que Bryan Singer iba a llevar adelante un proyecto sobre frustrado de Klaus von Stauffenberg y los suyos mi alegría fue considerable, mis expectativas se fueron diluyendo según llegaban noticias, comentarios y demás sobre el film. Es algo que hay que tratar de evitar, porque en estos días de Internet e información global es fácil que uno llegue muy condicionado a ver una peli.

En fin, así que el otro día vi por fin Operación Valquiria, y bueno, está bien facturada, pero no tiene chicha. Ni bien ni mal. Vamos, que pasé un buen rato, pero me dejó indiferente. De todas formas hay algunas escenas que tienen su aquel. La que más me gustó fue cuando llega a una sala de enlaces la noticia de que el Führer la ha diñado. El careto del pobre sargento de guardia, la secretaria llorando, las manos que se levantan...

Pues eso, que no tengo mucho que decir al respecto.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Op. 39, El baile de los elfos

Supongo que podría decirse que Mstislav Rostropóvich fue el Hendrix de los violonchelos. No creo que haya nada que añadir sobre su increíble técnica, este vídeo habla por sí mismo. Yo cuando se baja por agudos flipo con los sonidos que saca.

En otro orden de cosas, siempre me ha hecho gracia la figura de la persona que está en los conciertos de piano y demás y cuyo único cometido es cambiar la hoja de la partitura cuando llega el momento. ¿Serán aprendices en prácticas? ¿Becarios? ¿Les pagarán por ello o les dan un bocata? En fin, Rostropóvich, un tío grande.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Uno, dos, tres (1961)

Some of the East German police were rude and suspicious. Others were suspicious and rude.

"No es que fuera muy divertida, pero sí lo era la rapidez". Seguramente el mundo nunca mostrará la suficiente gratitud a los dioses por haber unido a I.A.L Diamond y Billy Wilder para disfrute de varias generaciones de cinéfilos, pero no importa, los que sabemos donde está el buen chocolate no dejaremos de inyectarnos esas calorías en vena.

Aunque más diverta de lo que insinuaba el propio Wilder en esa frase, Uno, dos, tres se basó precisamente en esa premisa: en hacer la comedia más rápida de su tiempo. Fue una pequeña cana al aire para un maestro relojero del humor como era el pequeño austríaco. Uno, dos, tres no sería una cuidada defensa de Karpov, sino un alocado trote de Usain Bolt. Él y Diamond se propusieron rodar una comedia que no diera descanso al espectador, sin respetar pausas para risas, ni medios tiempos, ni nada. Era como si realmente se propusieran batir algún tipo de récord. Precisamente por ello quizás la comedia se resintiera un poco, y no estemos hablando de Con faldas y a lo loco. Y aun así, el film está lleno de frases antológicas y grandes momentos, dignos de esa pareja de genios que fueron Diamond y Wilder.

Viendo Uno, dos, tres y tratando de lo que trata (Guerra Fría, Berlín dividido, Coca-Cola) no es descabellado decir que el film es la mejor prueba del nivel de asimilación del inmigrante Wilder en los Estados Unidos. Evidentemente el austríaco abrazó a su país de acogida con gran entusiasmo, se nacionalizó y demás, y pocos artistas extranjeros de habla no inglesa triunfaron tanto y tan bien en la Tierra Prometida. Uno, dos, tres parece dirigida por cualquier yanqui de pura cepa, aunque algunos pequeños detalles de connoisseur germano le delatan. No hay que ir muy lejos geográficamente para adivinar el famoso "toque Lubistch" en los incesantes taconazos que realizan los súbditos alemanes que trabajan en la Coca-Cola cuando reciben una orden. Y es que Wilder no podía dejar pasar los gags que tuvieran como objetivo a aquellos alemanes que ni sabían ni habían hecho "nada".
Uno, dos, tres tiene una primera hora impresionante, muchas frases atómicas y pequeños detalles aquí y allá, homenajes encubiertos aquí y allá, y un ritmo endiablado. Pestañea unos segundos y te habrás perdido un diálogo memorable y dos o tres escenas divertidas. Engulle unas cuantas palomitas y habrá pasado media película. No cabe duda de que Wilder y Diamond se preocuparon de elaborar un guión que prendiera como una mecha, y a la hora de dirigirlo el pequeño Billy se encargó de que la llama fuera más y más deprisa hasta un final que, según dicen, fue un guiño a ciertas protestas de Joan Crawford que llegaron a oídos del director.

Wilder se rodeó de divertidos actores locales y bilingües y de jóvenes promesas, pero la trama, y toda la película, giraba alrededor y dependía de una sola persona: James Cagney. De vez en cuando puedo leer aquí y acullá que Cagney de actor tenía poco. Bueno, no sé que entenderán algunos por ser un buen actor. Sí, seguro que los hubo, los hay y los habrá mejores. Pero Cagney no sólo era una de las mayores estrellas de su tiempo, sino que además era de los más respetados por sus propios compañeros. Recordad que en el viejo cosmos de Hollywood las estrellas no sólo se hacían de grandes interpretaciones. Pero quien no haya nacido para poder ver el brillante polvo estelar con sus ojos desnudos nunca podrá entender a alguien como Cagney. Un actor como él estaba, simplemente, fabricado con el mismo material del que se tejen los sueños.
James Cagney era el hombre idóneo para escupir todas las frases ideadas por Wilder y Diamond, ametrallando el guión como sus viejos personajes de gángster. Sus tablas le permitieron ser el catalizador del paroxístico ritmo de la película, y salió triunfador del trance, aunque no indemne. Para regalarnos su estupendo personaje de directivo mandón de la Coca-Cola con pocos escrúpulos y muchos trucos en la manga, Cagney sufrió lo suyo. Según afirmaría posteriormente, nunca antes había odiado tanto a un compañero de rodaje como odió a Horst Buchholz, un joven alemán aspirante a estrella que había tenido su trampolín en Los siete magníficos. Durante todo el rodaje Cagney no cesó de quejarse a Wilder de la actitud de Buchholz, quien, según la vieja estrella, no paraba de emplear sucios trucos para robarle las escenas. Y es que por desgracia para Cagney el ambicioso Buchholz venía de una batalla de robaescenas que se había librado durante el rodaje del famoso western, y en el que seguro había aprendido mucho del Gran Maestre del Arte de Robar Escenas, es decir, de Steve McQueen. Ya fuera que Wilder se dedicara a ser condescendiente con Cagney, o que se mostrara incapaz de contener a Buchholz, o simplemente todo estuviera en la imaginación de la vieja estrella, lo cierto es que Cagney se volvía loco cada vez que tenía que rodar con la estrella berlinesa. Jimmy también tuvo lo suyo con Wilder, y dicen que en cierta escena el austríaco le hizo repetir a Cagney 50 tomas hasta dar su aprobación, lo cual era como escupir en la cara a una antigua estrella del Hollywood Dorado, donde seguramente tenían un límite para tomas en el contrato. Aunque no fue la única razón, el traumático rodaje de Uno, dos, tres llevó a Cagney a retirarse del cine durante veinte largos años.

Considerando lo mal que lo pasaron muchas estrellas coetáneas de Cagney en los siguientes años, seguramente el actor tomara la decisión correcta, quién sabe. Pero lo cierto es que el, para él, penoso rodaje, fue una bendición para todos nosotros, porque el ejecutivo C.R. MacNamara (¿casualidad que el Secretario de Defensa de entonces se apellidara igual?) se convertiría en uno de sus personajes más icónicos. Otros actores (como Walter Matthau) bordaron personajes parecidos para Wilder, pero no tenían ese aspecto de bulldog enrabietado que tenía Cagney, y que tanto enriquecía el papel. Seguramente Matthau fuera mejor actor, pero el amigo Jimmy tenía ese particular carisma de viejo gángster que se las sabe todas.

En fin, Billy Wilder en plena forma, con su mejor adlátere, I.A.L. Diamond, al lado. No creo que haya que decir mucho más. Y un muro levantado de la noche a la mañana en el set de rodaje en exteriores, en ese lugar llamado Berlín. Era como si la vida real le devolviera el gag a Wilder.

Resumiendo, gran film con ritmo endiablado. Ya sabéis, es lo que tenemos los cinéfilos irritantes: cuando pensamos en velocidad a todo tren no pensamos en Dominic Toretto, sino en Uno, dos, tres.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Doctor Sientebien

Bones, aparte de ser la mejor serie de huesos de la historia, es la única serie sobre huesos que ha contado con todo unos Mötley Crüe para apañarles una escena. Ahí es nada.

martes, 14 de diciembre de 2010

X-Men (2000)

Sí, llevo una década oyendo hablar de X-Men, de su saga, etcétera, y aunque tuve oportunidades de ver la segunda parte cuando la echaron por la tele, quería verlo por orden y tal. La verdad es que está entretenida, es un buen film de superhéroes. Creo que no lo pondría a la altura del primer Supermán, o los Batman de Christopher Nolan, pero por ejemplo creo que esta peli tiene algo que le falta a la saga del Hombre Araña. No sé muy bien que es, tal vez el reparto, pero me ha dado esa sensación. Aparte del enmarañado baile de nombres que hubo en el proyecto desde los tiempos de Carolco hasta llegar a las manos de Bryan Singer, y de tal o cual actor que he leído por ahí (¿habría sido Jean Claude Van Damme un buen Lobezno? No sé, ¡pero me habría gustado ver a Danzig metido en ese papel!), no tengo mucho más que decir sobre la película, así que jugaré un poco.

- Profesor-X, Xavier. Es Patrick Stewart, uno de esos actores británicos con bagaje teatral detrás que siempre les da un savoir faire especial. La verdad es que el capitán Picard no significa nada en mi vida, más bien recuerdo cuando Patrick Stewart tenía pelo y salía en Yo, Claudio. No estoy muy familiarizado con los cómics de X-Men, pero en la película es un buen Profesor Xavier. Buen intérprete este Stewart, siempre lo he creído. No es justo que este pobre hombre se quedara calvo tan pronto mientras Dudley Moore goza de su pelazo a lo largo de los años. Al menos Stan Lee aún se puede hacer coletas. ¡Ah, es un extraño mundo éste!

¿Sabes lo que te dice el Profesor sobre Dudley Moore?

La idea de poner a Christopher Reeve haciendo del Profesor era un poco bizarra, ¿no?

- Magneto. La verdad es que se ve que Sir Ian McKellen casi no consigue estar en El señor de los anillos por esta película, lo cual habría sido una lástima para todos. Al igual que ocurre en el mundo de los hobbits, el magnífico intérprete inglés es de lo mejor de X-Men. Ya sabéis, es una regla básica de Hollywood y de cualquier peli de buenos contra malos: si falla el villano, ya no hay película. Pero por suerte ahí tenemos a McKellen, que tan pronto mete miedo doblando metales y convirtiendo a senadores en mutantes (¿estará Magneto detrás de eso del Tea Party?) como es la bondad personificada haciendo de Gandalf. Excelente elección.

Magneto se ríe de Uri Geller desde su montaña

Por cierto, ¿alguien recuerda a Malmeto? ¡Increíble villano!

- Lobezno. Pues no, al final no fue Danzig, ni Viggo Mortensen, ni muchos otros. Fue Hugh Jackman, un actor que no tiene el bagaje de Ian McKellen por ejemplo, pero tiene otros atributos, como supongo que medio mundo femenino y homo habrá notado ya. La verdad es que hace ya mucho, cuando me enteré de que este hombre haría de Lobezno, se me hacía bastante raro. De todas formas no sé qué pensarán los fanáticos del comic, yo no sé mucho de los mutantes de las viñetas, así que aunque se me ocurren algunos nombres que quizás habrían ido mejor, le reconozco a Jackman que da para el papel. Tal vez con algo más de profundidad habría estado mejor el personaje, con sus recuerdos torturados y tal, aunque quizás eso habría necesitado un mejor intérprete. Pero vamos, en las películas de cómics la profundidad que suelen tener éstos (que hay más de lo que parece, amigos), suele quedarse en el tintero. Además, Hugh Jackman, por lo que he visto de él por ahí, parece un buen tipo. Y en un Hollywood cada vez más adolescente, está bien que haya tipos como él, que recuerdan (salvando las distancias) a los machunos de los viejos tiempos, Rod Taylor y gente así. Además, alguien capaz de improvisar una frase como "What do they call you, 'Wheels'?" merece mi respeto.

Como habrán podido comprobar, la foto es un totalmente gratuito guiño a las lectoras de este blojjj.

- Tormenta. He leído por ahí que se barajó a Angela Bassett como una posible Tormenta. Me extraña, sería quizás en los tiempos en que James Cameron iba tal vez a dirigir la adaptación. La mujer ya está un poco madurita para estas cosas, me temo. Aunque siempre recordaré con cariño su escena en la ducha en una de las horripilantes secuelas de Critters. Creo que era la cuarta. En fin, terrible film. Pero el 'rear' de Angela lo valía.

Bueno, pues al final Tormenta, la negra de pelo blanco que controla la meteorología como si fuera el gobierno chino, fue interpretada por Halle Berry. Y, por lo que recuerdo del cómic, se le parecía bastante. Y han conservado el detalle de que se le pongan los ojos blancos cada vez que amenaza borrasca. Lo cual está muy bien, porque cuando sale la Berry con una camiseta ajustada, también a mí se me ponen los ojos blancos.

Hola, soy Tormenta y comparto peluquero con Jor-El

- Cíclope. James Marsden. OK, ni idea de quién es este tipo. Pero si es verdad que va a protagonizar un 'remake' de Perros de paja, yo me apeo del mundo. Por favor, ¡que alguien cree una ONG para que los estudios puedan volver a contratar guionistas con ideas! En fin... será mejor hacer como si no supiera nada.
Del tal Cíclope no tengo mucho que decir, pero es de lo más divertido de la película. Cuando está de "espor" parece que en cualquier momento vaya a partir a Aspen a esquiar con sus amigos pijos. Me he reído mucho con sus pintas.

¿Queremos que este hombre tenga el dedo sobre el botón?

- Rogue-Pícara. ¡Cuánto y qué bien ha crecido Anna Paquin! Ni la había reconocido. Cuando era pequeña y le dieron un Oscar (aun no he visto El piano. ¿Era esta niña Marlon Brando o qué?) muchos nos imaginábamos a una típica madre española llamándola a cenar desde la terraza ("anapaquiiiiiiiiiiii"... ya sabéis, las íes van aumentando en agudos hasta llegar al nivel de un Harrier), y ahora resulta que es una mujer y tiene su puntillo. La tal Rogue es el personaje grunchi de la película, porque casi mata a su novio en su primer beso, y la pobre absorve poderes como Richard Burton absorvía scotch, dejando en el proceso a la gente tan malparada como las pobres botellas que caían en manos del galés. Así que se pasa media peli tristona y con cara de perrito abandonado, lo cual enternece el corazoncito de Lobezno, que es duro pero no es de adamantium. Yo también la habría acogido en mi autocaravana, que caramba.
¿Qué habría hecho Polanski con un personaje que no gusta de ser tocado?

- Sapo. También llamado Toad, es un tío que tira babas verdes como si tuviera neumonía y tiene una lengua más larga que Gene Simmons con la que se agarra a las cosas en plan látigo de Indy. Y ya está. Un sosainas, vamos. Es de los malos, por cierto. Si Magneto en vez de a este chaval hubiera tenido a Louis de Funes dudo que nadie hubiera notado la diferencia. Bueno, sí, el personaje habría tenido más miga. ¿Mala baba? ¿Lenguaraz? No, amigos, no es Jesús Mariñas. ¡Es Toad, el Sergei Bubka de las lenguas! Como diría Bart, "¿sabes que habría dado más miedo que Toad? ¡cualquier cosa!". Hasta me voy ahorrar la foto, fíjate.

- Mística. El maldito John Stamos fue un tipo afortunado. Demasiado. Además de protagonizar una serie traumatizante (Padres forzosos), va el Sumo Creador y le premia con un matrimonio con Rebecca Romjin. Por suerte tras algunos años el de ahí arriba se dio cuenta de su error y trajo un divorcio. Pero cuando se rodó X-Men Rebecca era Romjin-Stamos de apellido.

Bien, después de este cotilleo que no venía a cuento, diremos que Rebecca fue la que peor lo pasó con diferencia durante el rodaje, teniendo que transformarse cada vez en un bicho azul con escamas y ojos raros. El poder de Mística es transformarse en cualquier persona, como hacía Julio Sabalas. De hecho yo diría que Sabalas era más mutante que Mística a pesar de no tener escamas, pero ésa es otra historia. Desde aquí sólo deseo que si Rebecca ha heredado esos poderes, se transforme algún día en mi tarta de cumpleaños.

No sé, yo creo que le pegaba más al personaje ir así, sin tanta escama...

- Dientes de Sable. Tyler Mane, no sé quien es, pero parece una torre humana. Así que era un perfecto Dientes de Sable. El amigo mutante de fuerza sobrehumana es un heredero directo del entrañable brutote de Superman II, y junto con Cíclope me ha resultado el personaje más divertido, tanto por sus gruñidos (vamos, yo creo que el estilo está sacado claramente del sosias del general Zod) como por su caracterización, que me recordaba en todo momento a un cruce perfecto entre Keith Carradine y Zakk Wylde. La próxima vez, fijaros. ¿No son ellos dos en uno? Yo creo que sí.
¡Quiero ser creativo!

- Jean Grey. Es una especie de médico ayudante y aprendiz del Profesor Xavier, y tiene poderes psíquicos como el profesor pero menos desarrollados. Vamos, que en lo que a poderes psíquicos se refiere, Jean Grey es un ciudadano de a pie con algo de suerte y Xavier es John Holmes. Jean Grey es interpretada por Famke Janssen (¿quién bautizó a esta mujer? ¿Michael Ende?) y me parece otro personaje de relleno que podría haber sido sustituido perfectamente por... no sé... por Moe, por ejemplo*.

Moe y Steven, duelo de titanes

*Guiño a Los Simpson, episodio 5F11.

- Senador Kelly. El Senador Kelly es un senador maluto a quien no le gustan los mutantes. Lo que realmente me preocupa es qué Mano Negra está obstaculizando la carrera del actor que lo interpreta, Bruce Davison. ¡Por dios, que este hombre protagonizó la serie de Big Foot y Los Henderson! ¿Qué organización trama en las sombras para que Davison no tenga ya varios Oscars y sea tan aclamado como Brando? ¿El Club Bilderberg? ¿El Club Disney? ¿Los cátaros? ¿Los Javi-Canteros?

¿Creíais que nadie sería capaz? ¡Pues sí, existe! Y la protagoniza... ¡claro que sí! ¡Bruce Davison! No sé, espero que fuera una parodia o algo... ¡Bruce, estamos contigo!

Bueno, como véis, no tengo mucho que decir sobre X-Men (aquí iría un "xD"). Es una buena peli, tiene acción, está bien dirigida, está entretenida y el reparto tiene sus aciertos. Excusen las licencias artísticas... ¡pero tenía que alargar el post!

lunes, 13 de diciembre de 2010

Memphis Tennessee

Imagino que sobran las presentaciones. Amigos, con ustedes, el Charles Dickens del rock and roll.

jueves, 9 de diciembre de 2010

En busca del Arca Perdida (1981)

Venció las diez veces y rompió los pronósticos; él tuvo suerte y yo fui un idiota por dejar que lo intentara. Steven Spielberg, en retrospectiva acerca de la hazaña de las diez tomas de la piedra rodante.



Dos hombres toman el sol, se bañan y hacen castillos de arena en las playas de Hawai, mientras fantasean con la idea de crear al héroe de aventuras definitivo. Podría tratarse de otro juego de fantasía más para dos "piterpanes" treintañeros, si no fuera porque esos dos hombres son George Lucas y Steven Spielberg, dos de los cineastas más poderosos del momento.

Desde que a los hermanos Lumiére les dio por rodar a un tren con sus primitivas cámaras, o bueno, más concretamente, algunos años después, todas las generaciones que han seguido a aquellos primeros pasos cinematográficos han quedado marcadas por ciertos actores, películas o sagas. Estos días el nuevo estreno de la última aventura del amigo Harry Potter vuelve a tener locos a millones de fans por todo el mundo. No me he acercado a la saga de la escuela de magos ni en libros ni en películas, tal vez lo haga algún día, pero no es una de mis prioridades. De todas formas por lo poco que sé me imagino que es la saga ideal para que niños y adolescentes pierdan la cabeza y se envuelvan de magia, de la cinematográfica, en una oscura sala. Y me parece perfecto; aunque no he visto nada del amigo Potter, seguro que es una saga de aventuras digna y con más estilo que muchos mierdones que son lenguaje de Mordor y que no pienso nombrar aquí. En fin, como decía, todas las generaciones, sobretodo desde la Segunda Guerra Mundial, han tenido unas historias y unas sagas que les han transportado a mundos donde todo era posible. Evidentemente mi generación quedó marcada por dos grandes sagas: Star Wars y las aventuras del intrépido Indiana Jones. Y aquellos niños encerrados en cuerpos de directores de cine que descansaban en Hawai también tuvieron las suyas: los seriales de aventuras del cine y las fabulosas sagas espaciales de la televisión.

Dicen que ya cuando estaba rodando American Graffiti George Lucas tenía en mente fabricarse su propio héroe de aventuras, moldeado al calor de los viajes seriales y películas de aventuras que había consumido cuando era crío. La idea comenzó a hacerse realidad un par de años después, cuando hablando con su colega Philip Kaufman, director y guionista, los dos amigos empezaron a trazar lo que podría ser una mezcla de aventurero cazatesoros con la personalidad de James Bond. Inspirado por el libro Spear of Destiny, que se centraba en la figura del arqueólogo nazi Walter Johannes Stein y su búsqueda de la Lanza de Longinos, Kaufman dio con la idea básica de la trama: el aventurero playboy Indiana Smith (como lo llamaron por entonces, usando el nombre del perro de Lucas) se vería inmerso en la fascinante búsqueda del Arca de la Alianza, que contenía las tablas con las leyes de Moisés.

Indiana Smith no pasaría de ser unas cuantas ideas escritas en un papel. Kaufman estaba ocupado trabajando con Clint Eastwood, y Lucas ya estaba inmerso en la preparación de lo que sería La guerra de las galaxias. El personaje del aventurero cazatesoros habría de quedar guardado en un cajón durante algún tiempo.

En 1977 Steven Spielberg y George Lucas se tomaban unas merecidas vacaciones tras los rodajes de La guerra de las galaxias y Encuentros en la Tercera Fase. Spielberg llevaba dos increíbles taquillazos a sus espaldas, y Lucas había roto récords con su epopeya galáctica. Ahí había dos amigos en la cima de Hollywood, congeniaban bien, tenían gustos comunes e ideas similares a la hora de entender el cine. Podían hacer lo que quisieran, y de sus conversaciones era fácil que surgiera algo grande.

Mientras Lucas sorbía de una pajita zumo de frutas servido en un coco (esto es una licencia artística, amigos) y repasaba los datos y las noticias que le llegaban desde Hollywood donde las colas para ver su película se multiplicaban hasta el infinito, le comentó a Spielberg que algún día tenía la idea de llevar a cabo un film de aventuras al estilo clásico. El distraído Spielberg dejó sobre la mesa el cubo de Rubik que acababa de convertir en oro (otra licencia artística, lectores) y prestó atención. Lucas le contó el punto de partida: un aventurero experto en lo oculto con reminiscencias de James Bond que buscaba reliquias antiguas. No era un arqueólogo: era un playboy que robaba preciados tesoros que donaba a museos, tras haber apartado una parte de ellos para costearse su tren de vida de mujeres y champán. Un brillo apenas perceptible cruzó la mirada de Steven (de nuevo, licencia artística, colegas) antes de afirmar rotundamente: "Me encantaría hacerla". Sorprendetemente poco sorprendido, Lucas le respondió: "Muy bien, es tuya". Tras la traumática experiencia de La guerra de las galaxias el amigo George había decidido que no quería dirigir más, así que los dos amigos acordaron que uno produciría y otro dirigiría, aunque bueno, tanto monta que monta tanto. De momento, tras sus vacaciones, ambos tenían que finiquitar sus compromisos: Spielberg tenía ya en el horno la extraña 1941, y Lucas debía ir pensando en una secuela para la rebautizada, entre sorbo y sorbo de la pajita, Episodio IV: Una nueva esperanza. Lucas y Spielberg (aquí viene otra licencia artística, gente) rompieron un posavasos y cada uno se quedó con un trozo. Acordaron que cuando acabaran sus compromisos se reunirían de nuevo y juntarían el posavasos.

Es una máxima del cine épico y de aventuras: empieza con un terremoto y a partir de ahí ves subiendo. Fuera Cecil B. DeMille quien lo dijera o no, seguro que Spielberg y Lucas la tuvieron bien presente a la hora de construir su película de aventuras. Película que comenzaba, como parece que alguna vez ya había hecho el propio DeMille, con el logo de la Paramount desvaneciéndose para dar paso a un pico de aspecto semejante, que domina el horizonte de una selva por donde transitan el héroe aventurero, unos guías y ayudantes que parecen ex-convictos. Cubierto por su sombrero, andando entre vegetación y sombras, visto de espaldas, el aventurero avanza sin que veamos su rostro. Los porteadores topan con una advertencia en piedra y huyen. Nuestro protagonista continúa imposible. En un árbol, examina una pequeña flecha envenenada. Dos de los ayudantes recogen la flecha. El veneno aún está fresco. ¿La tribu local sabe de su presencia? Uno de los ayudantes está preocupado. El otro le aclara la situación: "si supieran que estamos aquí, ya estaríamos muertos". La comitiva llega a un río. El aventurero examina los trozos de un mapa. Uno de sus ayudantes, sabedor de estar ya cerca del objetivo, desenfunda una pistola, a espaldas del protagonista. Amartilla el percutor, el aventurero lo oye, y entonces... resuena el chasquido de un látigo.

Meses después de haberse separado en Hawai, Lucas llamó a Spielberg. ¿Seguía a dispuesto a dirigir la aventura sobre Indiana Smith? Desde luego, contestaba el Rey Midas. Bien, pues era hora de comenzar los preparativos. De momento, unos abogados se reunieron en alguna sala y se concedió a Lucas y Kaufman la autoría de la historia que iba a servir de inspiración para la película. Para elaborar el guión a partir del tratamiento que debían ultimar los dos directores, Steven propuso a un joven talento que le había deleitado con uno de sus guiones (Continental Divide, un proyecto que acabaría protagonizando John Belushi), que había ido a parar a manos del director. Lucas leyó el guión de aquel joven talento, y quedó tan admirado como Spielberg. Fue así como Lawrence Kasdan recibió la tarea de elaborar el guión para Indiana Smith. De paso, Lucas le llevó consigo inmediatamente para que le ayudara con el guión de El imperio contraataca.

A finales de 1977 Kasdan, Spielberg y Lucas se reunían en Los Ángeles para pasar una semana juntos pergeñando ideas y haciendo brainstorming, recordando escenas de viejos seriales y películas, e ideando locas escenas como tres niños a la salida de un cine. Lucas grababa cualquier idea interesante en un magnetofón. Para empezar, Indiana Smith ya no sería Smith (un apellido que le repelía a Spielberg) sino que sería Indiana Jones, y en una de las decisiones más acertadas de la futura saga, la historia se ambientaría en 1936. Y es que, ¿para qué elaborar y crear una atmósfera para un villano creíble y temible, cuando tenían a los villanos perfectos en su memoria? ¡Los nazis serían unos malutos perfectos! No había mejores rivales que unos fanáticos nazis haciendo lo que fuera para conseguir mágicos objetos arqueológicos para su Führer. De paso podrían usar trucos muy sucios y toda la maquinaria bélica alemana, fuera real o ficticia: ¡submarinos! ¡camiones! ¡alas volantes! No había límites. Además, la acción transcurriría en exóticos paisajes por todo el orbe terrestre. Spielberg llevaba tiempo deseando ver mundo y quería un film con ambientes extraños.

El carácter de Indiana Jones surgió de la fusión de los dos conceptos que Lucas y Spielberg tenían del personaje. Para Lucas, Indy debía ser un aventurero de la selva, un playboy desastrado con barba de varios días, una mezcla de James Bond y del Bogart de El tesoro de Sierra Madre. Spielberg concebía a Jones como un alcóholico quejumbroso, un tipo brusco pero romántico en el fondo, más parecido al Bogart de Casablanca. Su aspecto tendría mucho que ver con los aventureros que había interpretado Charlton Heston en el pasado, un tipo duro enfundado en una chaqueta de cuero y que llevaba sombrero de fieltro; también sería un maestro del látigo, como El Zorro de los viejos seriales. Otra novedad sería que Jones ya no sería un robatumbas, sino un profesor de arqueología que en sus ratos libres recorre medio mundo para conseguir piezas para un museo. Cuando se acabaron de recopilar todos los datos, Kasdan se llevó todo el material para organizar las ideas y escribir un guión. Le llevaría seis meses.

Una pistola arrebatada de unas manos, un ayudante traidor que sale huyendo. Una mirada que surge de entre las sombras. Nuestro héroe muestra, por fin, su rostro. Es Indiana Jones. En una galaxia muy, muy lejana, tal vez haya otro como él llamado Han Solo. Pero esto es 1936 y no hay naves espaciales. Es hora de penetrar en el templo de la temible tribu india. Hay que preparar una antorcha, recoger algo de tierra en un saquito, y armarse de valor. Indy está siguiendo los pasos de un arqueólogo rival, el doctor Forrestal. Caminando por el angosto túnel que lleva al interior del templo, Jones no tardará en toparse con su rival. O más bien con su cadáver. El duro héroe no parece impresionado, como tampoco le han impresionado antes las tarántulas en su espalda. Otro chasquido de látigo, y el arqueólogo rebasa una gran obertura en el suelo. Es seguido por el último de sus ayudantes. Por fin, entran en la cámara del tesoro. Allí está lo que andan buscando: ¡el ídolo dorado de los indios! Pero todo está demasiado tranquilo. El experimentado aventurero se huele una trampa. Efectivamente, una flecha sale disparada al pisar un engranaje en el suelo. Habrá de ir con cuidado.

El proyecto de En busca del arca perdida pronto fue la comidilla de la industria. ¡Dos de los cineastas más importantes uniendo sus fuerzas en una película! Sin duda aquello prometía mucho. Pero era también un arma de doble filo. Evidentemente cualquier estudio orgasmaba sólo con pensar en las posibles recaudaciones que pudiera atraer la película de dos tipos que habían colocado a sus películas entre las más taquilleras de la historia en un tiempo récord. Pero por otro lado, los sueldos, retribuciones, diezmos y prebendas que habría que pagar a Lucas y Spielberg prometían ser más que astronómicos, siderales. Y como si aquello fuera el mundo al revés, Astérix en los Juegos delante de unos romanos repletos de poción, los estudios comenzaron a echarse atrás. Para entonces todos los directivos de Hollywood sabían ya que con sus éxitos respaldándoles, Lucas y Spielberg ponían sobre la mesa condiciones que habrían despeinado al propio Vito Corleone.

Todo un veterano de Hollywood como Lew Wasserman, dueño por entonces de la Universal-MCA, que las había visto de todos los colores, se sintió ofendido cuando le llegaron las condiciones de la pareja de moda. Y no había para menos. Lucas y Spielberg ofrecían su codiciado proyecto, rodado y terminado, a cualquier estudio que estuviera no sólo dispuesto a abonarles 20 millones de dólares y costear todos los gastos de distribución, sino que además debía abonar cuatro millones a Lucas en calidad de productor y guionista, y millón y medio a Spielberg por dirigir el film. Más cuantiosos porcentajes de los beneficios. Es decir, que Lucas y Spielberg se aseguraban jugosos ingresos sin arriesgar nada. Recaudadas varias decenas de millones de dólares el estudio tal vez empezaría a obtener beneficios. Nadie en Hollywood parecía estar dispuesto a dejar tanto dinero en manos de unos cineastas. Pero en el ínterin seguro que muchos ejecutivos se debieron revolver en sus camas, temiendo que alguien decidiera cerrar el trato y llevarse lo que prometía ser un megaéxito de proporciones ciclópeas.

Y, en efecto, hubo un alguien, y quizás desde entonces Hollywood no volvió a ser igual, al menos en lo que a contratos se refiere. Michael Eisner, presidente de la Paramount, aceptó el reto. Puso a su productor Frank Marshall a cargo del proyecto, y esperó que a que cayeran los millones. Pero si Lucas y Spielberg se habían asegurado un contrato que habría provocado suicidios masivos en los bufetes de abogados de los estudios, Eisner y Marshall iban, a cambio, a apretar bien apretada la correa alrededor de los dos fenómenos.

En muchas entrevistas Spielberg suele comentar que tras los problemáticos rodajes que había tenido anteriormente, pasándose de tiempo y presupuesto con Tiburón, Encuentros en la tercera fase y 1941, a la hora de rodar En busca del Arca Perdida quería demostrarse a sí mismo que podía acabar una película dentro del tiempo estipulado y sin gastar un centavo más de lo debido. Aunque no deje de ser cierto, lo que suele omitir es que Eisner habría preparado una cláusula en el contrato con increíbles sanciones económicas para Lucas y Spielberg si rebasaban el presupuesto (20 millones de dólares) o el tiempo estipulado para el rodaje (87 días). Es decir que si Spielberg se metía en otro jardín como al rodar Tiburón, su bolsillo, y el de Lucas, lo pagarían con creces.

¡Ahí está! El ídolo dorado, al alcance de sus manos. Indy se agacha, sus manos están inquietas, sus ojos, fijos en la fulgurante figura. Se pasa una mano por la barbilla, sopesando sus opciones, calculando. Echa mano a su bolsa repleta de tierra, la pesa. Demasiado, un puñado menos será suficiente. Ha llegado el momento de hacer el cambio, con cuidado, mucho cuidado. Música en crescendo, y, ¡lo tiene! Una nota de violín en suspenso, y una sonrisa en el rostro de nuestro héroe. Sí, era el peso justo, ningún resorte ha saltado. ¿Seguro? No, la peana sobre la que reposaba el ídolo de oro se hunde. Un ruido estremecedor lo invade todo. El templo comienza a venirse abajo. Se acabaron las sutilezas. ¡Hay que salir corriendo! Mientras Indy trata de dejar atrás tantas flechas como puede, su ayudante ya ha rebasado el pozo del corredor con el látigo de nuestro héroe. Cuando Indy llega al lugar, le pide a su ayudante que le pase el látigo. ¡No hay tiempo que perder! Pero su sosias inmoral esboza una sonrisa: el ídolo a cambio del látigo. Una puerta delante de ellos comienza a bajar. No hay tiempo para discutir. Indy lanza el ídolo. Su ayudante lo recoge, y deja caer el látigo. "¡Adiós señor!". El arqueólogo salta la distancia. Por supuesto, lo consigue. Pero será por poco. Llega justo a tiempo para cruzar la puerta y recoger su látigo, antes de que ésta caiga a plomo sobre la roca. Y allí, junto al cadáver de Forrestal, ve... el de su ayudante, quien cegado por el oro no parece haber recordado que siempre hay una trampa al acecho. Justo castigo para un traidor. Indy coge el ídolo, se despide de su "amigo", y se pone en marcha. ¿Ha pasado el peligro? Eso parece, pero, entonces, escucha un ruido tras él. Indy mira hacia arriba, y, con horror, contempla una muerte segura.

Everybody loves Indy

Mientras se preparaba el rodaje y se buscaban localizaciones en África, Francia y Hawai, Lucas y Spielberg buscaban a su Indiana Jones. En un principio la pareja de cineastas habían querido a un completo desconocido, pero cuando la tarea de encontrar a un Indy de las calles se mostró imposible, comenzaron a buscar entre los profesionales y las estrellas. Lo único que tenía claro George Lucas es que no quería a Harrison Ford para el papel. Lo último que quería era que el público exclamara algo como "¡Mira, es Han Solo con látigo!".

Las primeras sesiones de casting se llevaban a cabo en las oficinas de LucasFilm, donde había una cocina. Los actores que iban por la mañana a las audiciones y esperaban entre bambalinas, se dedicaban a preparar comida en una pequeña cocina que había en las oficinas. Los que llegaban en el segundo turno de las dos, se la comían. Pronto se corrió el rumor y ningún actor quería ir por la mañana. El papel de Indy se convirtió en la "pequeña Escarlata" de Spielberg y Lucas. Por muchos actores que pasaran por allí, ninguno parecía encajar. Hasta que encontraron a su hombre. Un tipo macho y atlético llamado Tom Selleck, un aspirante a actor que había sido la imagen de una marca de cigarrillos.

En Tom Selleck tanto Spielberg como Lucas vieron a su Indiana Jones, así que le ofrecieron el papel. Selleck aceptó sin pensárselo dos veces. Mientras tanto, en algún cajón de la Universal, la opción prioritaria de la CBS para contratar al actor estaba a punto de expirar. Meses atrás Selleck había rodado un episodio piloto para una serie que había de titularse Magnum P.I., pero el personaje no había impresionado a los ejecutivos de la CBS y el proyecto había sido pospuesto sine die. Pero la noticia de que Selleck sería Indiana Jones no tardó en llegar a oídos de los "sabios" de la Universal y la CBS. Vaya, si Lucas y Spielberg querían a aquel actor para su tan esperado proyecto, quizás es que se les había pasado por alto. Me imagino a algun viejo ejecutivo con pinta de Charles Durning gritándole a su secretaria que fuera corriendo a buscar el contrato de Selleck para ver si la opción de la Universal y la CBS seguía vigente. Y sí, lo estaba. Así fue como nació Magnum P.I., una serie que sería un éxito, y así fue como los impotentes Lucas y Spielberg vieron como perdían a su Indiana Jones.

Al mismo tiempo, en otro lugar de Tinseltown, un tipo al que muchos conocían como Han Solo se reconcomía mordiendo una almohada, dolido en su ego, incapaz de encajar que su amigo George Lucas estuviera probando a todos los actores de América sin tan siquiera haberle llamado para una mísera prueba de fotografía. Mientras un dardo aterrizaba sobre una foto de Lucas colocada sobre una diana, en otra parte de la ciudad Steven Spielberg visionaba un pase privado del nuevo film de su amigo George, El imperio contraataca. Fue entonces cuando una varita mágica tocó la cabeza del director y comprendió lo que en realidad ya sabía: habían tenido a su Indiana Jones delante de sus narices todo el tiempo.

Tras el golpe de Tom Selleck, el amigo Lucas no podía poner más pegas, y desde luego a Harrison Ford el papel de Indiana Jones le iba que ni pintado. Pero cuando por fin llamaron a su puerta... Ford les estaba esperando como una mujer que espera con un rodillo en la mano a su parrandero marido. Si Lucas y Spielberg eran duros negociando, Ford no les iba a la zaga. Como castigo por no haberle llamado antes, el actor le sacó a los cineastas una buena tajada para su bolsillo. Como coprotagonista femenina, la elegida había sido la novia (y futura esposa) de Spielberg por entonces, Amy Irving. Pero la parejita tuvo una riña y rompieron, por lo que obviamente Amy cayó del proyecto. Fue así como el papel de Marion fue a parar a las manos de Karen Allen, la perfecta girl-next-door. Marion era guapa, intrépida, inteligente, y capaz de tumbar a un ruso bebiendo vodka. En definitiva, ¡la compañera de juegos perfecta! Cualquier grupo de chavales habría aceptado a una Marion como Karen Allen en sus aventuras, aunque fuera una chica. El tercero de los buenos, Sallah, debería haber sido interpretado por Danny DeVito, pero el pequeño gran actor finalmente no pudo involucrarse y fue sustituido por el británico John Rhys-Davies. Habría sido interesante ver a DeVito en ese papel, supongo que habría sido parecido a lo que haría más tarde en Tras el Corazón Verde, pero de todas maneras no cabe duda de que Rhys-Davies fue un estupendo Sallah.

Indiana Jones huye con el ídolo por el túnel mientras una gigantesca bola de piedra rueda tras él, siempre a punto de aplastarle. Pero nuestro héroe logrará evitar a la gran piedra rodante, mientras le expulsa de la entrada a la cueva, rodando ladera abajo. Sin tiempo para recuperarse del golpe y quitarse las telarañas, Jones contempla a su comité de bienvenida: una tribu india muy ofendida, armada con lanzas, arcos y flechas envenenadas. Y entonces, una voz familiar: la del doctor René Belloq, un rival francés con métodos muy poco ortodoxos para conseguir lo que quiere. La moralidad no es lo suyo. Belloq tiene a su lado a la tribu india, Indy sólo tiene su látigo y su pistola. Belloq gana la partida, y toma el ídolo dorado. "Es una pena que no te conozcan como yo te conozco". Belloq está de acuerdo. "Podrías avisarles... ¡si supieras hablar Hovitos!". Belloq alza el ídolo en señal de triunfo ante la tribu. Los respetuosos indios se inclinan ante su dios. Es la oportunidad para escapar. Indiana Jones comienza a correr evitando apenas una lluvia de flechas. Llegando al río, le espera un hidroavión y su piloto, que pesca. "¡Arranca el motor!", vocifera Indy. El piloto duda. ¡Tiene un pez a punto de picar!. "!Arranca!". Adiós, pez, otra vez será. El hidroavión arranca, Indy se lanza al río y logra asirse a una de las paletas. Indy sale volando, vivo, pero sin el ídolo. Esta batalla la ha perdido. Pero aunque no lo sabe, aún ha de librar su mayor batalla, una epopeya sin igual.

El rodaje comenzó el 23 de junio de 1980, en aguas francesas, con Harrison Ford nadando hacia un submarino. Cinco días después la producción se trasladaba a unos estudios en Londres. La espada de Damocles pendía sobre la cabeza de Spielberg, y no estaba dispuesto a perder tiempo y provocar que el hilo se rompiera. Para Ford el rodaje iba a ser duro, muy duro. Aunque gran parte de la culpa fue suya, al querer divertirse rodando escenas que podría haber hecho un doble. Pero como diría el director, el juego iba a ser el siguiente: "Todo lo que significaba la muerte debido a un error fatal de cálculo, lo hacían los especialistas. Todo lo que simplemente implicaba graves lesiones o incapacidad total, Harrison lo hacía". Aunque suene a típica frase de promoción, como en toda exageración siempre hay parte de verdad. Aunque fue el propio Harrison Ford quien mejor resumió el asunto de hacer él mismo tantas escenas de acción: "Joder, si no las hubiese hecho, no se me habría visto en la película". Caso cerrado.

Si bien no está claro si Harrison estuvo cerca de la incapacidad total o no, lo cierto es que un especialista sí vio de cerca a la Parca en la escena en que Indy hace zozobrar a una gran estatua, que cae con él subido encima. El especialista perdió pie mientras la gran mole caía, accionada por unos resortes hidráulicos. Si no hubiera está rápido (pero por suerte los especialistas lo son), habría corrido el riesgo de precipitarse al suelo y que la estatua le cayera encima. Pero todo fue bien gracias a la pericia del doble. Como suele ocurrir en estos casos, ésa fue la escena que se eligió para el montaje final.

Durante el rodaje Harrison Ford saltó, corrió, cabalgó, fue golpeado, magullado, y realizó personalmente la boutade de las diez tomas de la bola gigante, que no era de piedra, pero pesaba sus buenos 200 kilos y pico, y si por algún casual Ford se tropezaba, seguró que se habría hecho pupa. Pero el actor lo logró las diez veces, y, como hemos visto, más adelante Spielberg se dio cuenta de que aquello no podía ser. Y luego, llegaron las serpientes.

El suelo de aquel viejo templo egipcio debía estar totalmente cubierto de serpientes. Como en el sueño de un Bart Simpson preocupado por el destino de su perro, Spielberg no cesaba de gritar: "¡más serpientes!". Las había de todas las clases, la mayor parte inofensivas. Cuando no hubo suficientes, Spielberg rellenó con serpientes falsas, y legendarios cinturones del vox populi. Como habría unas pocas áspides venenosas, había una ambulancia y un equipo médico preparado, y antídotos contra el veneno reptiliano. Hasta que alguien se fijó en que esos antídotos ¡estaban caducados! Con lo que hubieron de traer más desde la India. De todas formas el único que fue mordido sería el cuidador y experto en serpientes. Cuando Ford se enfrenta a una cobra, totalmente auténtica, se puso entre estrella y bicho un cristal. Y cuando cierto día la hija de Stanley Kubrick (que rodaba en unos estudios de al lado) pasó por allí, fue a llamar a la Protectora de Animales, para que supervisaran lo que pasaba allí con tanta serpiente. Tras el retraso que comportaron las inspecciones, el rodaje siguió. Aunque las serpientes eran el punto débil de Indiana Jones, Ford no pareció sufrir especialmente rodeado de tanta serpiente. Para Karen Allen la cosa fue distinta, y Spielberg se lo pasó en grande lanzándole a la cabeza una serpiente, para conseguir más realismo. Sí, querida Karen, ¿por qué habían de ser serpientes?

De Londres el equipo partió hacia Túnez, para rodar las escenas en el desierto. Escenas que incluirían uno de los trabajos de especialistas más espectaculares de su época, en la famosa escena en que Indy es arrastrado bajo un camión para emerger por detrás, homenajeando a La diligencia. La escena fue rodado a menos fotogramas por segundo, para dar más sensación de velocidad. Ford también fue arrastrado un poco, aunque, con su humor habitual, afirmó no haber sentido miedo porque, de haber sido la escena realmente peligrosa, "habrían rodado más película antes". Otra de las famosas anécdotas en Túnez tuvo lugar cuando llegó el momento de rodar la secuencia en que Indiana Jones tenía que enfrentarse a un malvado egipcio y su gigantesco alfanje. La secuencia incluía una completa coreografía de lucha a espada y látigo, pero Harrison Ford, con tanta secuencia de acción a sus espaldas, unos ligamentos chafados por el ala volante (metido en su papel de tipo duro, Ford se aplicó hielo, se vendó, y siguió rodando), con un equipo cansado, y con la disentería haciendo estragos, puso la misma cara de agobio que su personaje en el film, y le dijo a Spielberg: "¿Por qué no me limito a disparar a ese cabrón?". El director vio que en verdad eso era mucho mejor, y fue así, dicen, como surgió una de las escenas más celebradas de toda la película.

Sin dejar tiempo a nadie para pestañear, Spielberg finalizaría el rodaje en Hawai, donde rodarían los exteriores de las secuencias iniciales. Allí el mundo casi pierde a Harrison Ford para siempre, cuando, aferrado a una de las patas del avión, éste escoró y se perdió en la maleza. Por supuesto la suerte de Indy estaba con él, y tanto el piloto como Ford emergieron de nuevo de entre los árboles, quitándose el polvo como haría el intrépido arqueólogo. 66 días después del comienzo, el rodaje llegó a su film. Spielberg había impuesto un ritmo de rodaje brutal, y había confiado escenas a las segundas unidades, alguna de las cuales dirigió el mismo George Lucas. Había vencido al tiempo, y tras el montaje y la posproducción, habrían de vencer sobre todo el orbe.

En busca del arca perdida fue una de las películas más excitantes de su tiempo, y ocupará por siempre un lugar destacado dentro del género de aventuras en su vertiente más clásica. Tanto Spielberg como Lucas lograron revitalizar un género comatoso que estaba en las últimas, y que sólo tenía al western por debajo. Los dos cineastas lograron aunar el espíritu de los viejos y baratos seriales de los 40 y los 50 con la espectacularidad salvaje y centelleante del cine de acción de la época, al que ambos habían contribuído tan notablemente. El impulso que le dieron a las aventuras fue tal que todavía hoy siguen apareciendo títulos deudores de aquella primera aventura de Indy.

Los momentos excitantes del film son incontables, empezando por esos primeros veinte minutos que son toda una lección de cinematografía y de acción aventurera. "Empieza con un terremoto", decía DeMille. Lucas y Spielberg lo consiguieron: desde la fabulosa escena de la piedra, la cosa no hacía sino ir a más.

Desde que salí de aquel cine flipando en colores, durante años hubo dos escenas que nunca se me fueron de la cabeza: la piedra persiguiendo a Indy, y el aventurero agarrado a la parte delantera del camión, con el famoso símbolo del Mercedes delante. No fue hasta mucho después, cuando llegó el VHS y la tele privada, que volví a ver la peli. Pero esas dos escenas siempre fueron conmigo. Y bueno, la increíble escena final, con el Arca, tampoco le iba a la zaga.

¿Cómo ha conseguido Beloq una cara del medallón? Eso se preguntaba Indy. No había copias, ni notas escritas. Pero ahí estaba la mano de Ronald Lacey, estupendo en su papel de hiena nazi, el retorcido Toht (impagable la parida con su percha portátil), y a quien dicen que Spielberg eligió porque le recordaba a Peter Lorre. Y Paul Freeman resultaba tremendamente odioso como el lametraserillos Beloq. Como toda gran película de aventuras que se precie, En busca del Arca Perdida debía tener a uno, dos o varios malvados carismáticos. Y los tenía, desde luego, y sus ayudantes eran nazis. No se podía pedir más.
En busca del Arca Perdida es el epítome del film de aventuras perfecto, rodado por dos tipos en plena forma, quienes homenajeando a su niñez llenaron de recuerdos increíbles la niñez de muchos otros. El Pozo de las Almas, el Arca, la ira de Dios (todo un reto artesanal), esa mítica escena final, en el no menos mítico almacén... sí, En busca del Arca Perdida lo tenía todo. Y como cualquier gran clásico del género, es intemporal, y seguro que seguirá haciendo disfrutar a muchas generaciones. Y muchos de los que nos convertimos en "Indianófilos" en su día, lo seguimos siendo, y lo seremos hasta el fin de los tiempos.

Al fin y al cabo... it's not the years, honey, it's the mileage.