domingo, 31 de octubre de 2010

Happy Halloween, againnn

Pues nada, ya está aquí de nuevo la fiesta pagana de los disfraces, las calabazas y los huesos de santo que ya nadie roe. Hablando de santos, ¿se disfrazarán los niños y niñas este año de San Malaquías, San Zenobio de Sidón o el Beato Onofre? (y para todo lo demás, ¡santopedia!); o preferirán a Spiderman, Drácula o Eduardo Serrano? ¡Ah, se pierden las tradiciones, y el paganismo todo lo inunda! ¿Que diría de esto San Natalán, patrón de los yogures y los lácteos?


En fin, este año, después de un pequelo sainete, el gran Boris Karloff entona (o más bien recita) un par de estrofas de la mítica y tradicional "Monster Mash". Remata el inefable Ted Cassidy.




Y de regalo, ¡"The Peppermint Twist"! Papapapa-duba xD

¡Feliz Haloween!

viernes, 29 de octubre de 2010

La carga de la Brigada Ligera (1936)

La verdad es que por alguna razón nunca hemos sabido vender nuestras batallas ni nuestras glorias históricas, y menos todavía hacer pasar por grandes gestas lo que fueron chapuzas indignas. Ni Benito Pérez Galdós pudo hacer mucho. En cambio, estos anglosajones y franchutes le sacan brillo a sus metidas de pata con una facilidad pasmosa. Vean si no la famosa carga de la caballería británica en Balaclava, producto de un choque de egos, malentendidos y órdenes mal redactadas, y que acabó en un desastre bastante poco glorioso, que hoy en día es símbolo de valor y heroico estoicismo militar. Claro, ahí estaba el Poeta Laureado Lord Alfred Tennyson para escribir un poemilla que convirtió la metida de pata en gloria bendita.

Y el caso es que a pesar de que La carga de la Brigada Ligera comienza exaltando la memoria del famoso regimiento de caballería, citando a Tennyson, el poema y demás, al momento aclaran que en realidad han hecho lo que han querido y que cualquier parecido con los hechos históricos es mera coincidencia. En efecto, un film cuya trama tiene lugar en su mayor parte en la India no parece que sea muy fiel a la famosa batalla de la Guerra de Crimea, pero... ¿quién quiere hechos históricos cuando tiene a Errol Flynn con su impoluto uniforme y su impoluta sonrisa derrochando glamour a destajo?

Con la magnífica El capitán Blood el gran Errol había pasado de ser una joven promesa a estrella de primer orden en la Warner Bros. Había que aprovechar el momento, y como en aquellos tiempos de férreos contratos y sistema de estudios eran realmente unos pocos elegidos los que podían conducir su carrera a su gusto, desde los estamentos superiores le llegó al actor la noticia de que su próximo vehiculo estelar sería La carga de la Brigada Ligera.

Partiendo de un guión del periodista Michael Jacoby (el pobre había pasado miles de horas recopilando información que fuera fidedigna para tener una historia fiel a los hechos), que varios estudios habían rechazado antes, el mandamás del estudio, Jack Warner, quería aprovechar el reciente éxito de Tres lanceros bengalíes. Una historia de corte similar, un film de aventuras ambientando en el Imperio Británico, sería ideal para su nuevo protegido, el señor Flynn.

Para acompañar a Flynn eligieron a un apuesto galán de buena acogida en la época Patric Knowles, a Olivia de Havilland, que ya había demostrado ser una perfecta pareja para Flynn en El capitán Blood, y a un joven actor prestado por el estudio de Samuel Goldwyn. El joven actor era David Niven, y se había ganado el papel con una arrogante respuesta al director durante el casting. Las palabras del director habían sido:"Dadle el papel a Mr. Chico Listo".

El director era el irascible Michael Curtiz, que ya había dirigido a Flynn en El capitán Blood. Curtiz no era un tipo fácil, Flynn no era un tipo fácil... pero si la magia funcionaba, ¿quién iba a separar los ingredientes? Bajo la égida del director húngaro, y con un largo y difícil rodaje por delante, los meses que se avecinaban prometían ser agónicos.

Por el momento Niven y Flynn empezaban el rodaje con mal pie. Tiempo atrás habían sido presentados y habían coincidido en alguna que otra fiesta, y ninguno de los dos tenía un gran concepto del otro. Pero cuando las cámaras empezaron a rodar, y los tiempos muertos hicieron su aparición, los dos actores vieron que a pesar de sus diferencias tenían algunos puntos en común: el alcohol, las mujeres, las travesuras, y un blanco con el que desahogarse: Michael Curtiz. Para restarle dramatismo a las constantes rabietas del director, los dos actores se cachondeaban del pésimo acento del húngaro, acento que empeoraba cuando se enfadaba. Por lo tanto, la diversión estaba garantizada.

La relación entre Flynn y Olivia de Havilland también era, y siempre fue, curiosa. Durante el rodaje de El capitán Blood el bueno de Errol había tenido dos objetivos: dar lo mejor de sí mismo para convertirse en una gran estrella, y tirarse a la Havilland. Logró el primero con creces, pero falló en el segundo. Olivia de Havilland tenía un buen concepto de Errol, le caía bien (a pesar del desmesurado ego de él) y, por supuesto, le parecía sexy (¿a alguna mujer no se lo parecía?), pero simplemente no quería ser una muesca más en el bastón del amor de Errol. Por supuesto el viejo pirata seguiría insistiendo, recibiendo una negativa tras otra. Sin embargo, tanto él como Olivia estaban destinados a rodar ocho películas juntos, y el acoso y derribo acabó derivando en una gran amistad y una suerte de relación platónica que duró hasta la muerte del actor.

El rodaje comenzó en exteriores, concretamente en el desierto californiano y en Sierra Nevada (California). Durante las primeras semanas, a finales del otoño, todo fue bien. El clima era suave y con el equipo y el reparto alojado en un confortable hotel de madera. Pero una noche el hotel ardió hasta los cimientos, y poco después llegó el gélido invierno. Fue así como técnicos, actores y estrellas (¿dónde podían ir si no?) acamparon en tiendas de campaña, buscando las mil y una maneras de calentarse. Por el día los técnicos se relajaban en sus abrigos, pero el reparto se congelaba en sus ligeros uniformes británicos de colonias. Por desgracia, el invierno californiano no tenía mucho que ver con el calor húmedo de la India. Y por entonces las estrellas de cine, así como los Sindicatos de Actores, tenían mucho menos poder de que se piensa.a

Les gustara o no, el rodaje debía continuar. De todas formas Niven y Errol podían combatir el frío burlándose del pobre Curtiz. Uno de los momentos álgidos del director fue cuando ordenó que trajeran a los caballos desmontados para cierta escena. Su desafortunada frase bring on the empty horses
(traed a los caballos vacíos) casi les provoca una ictericia a los dos actores. La frase se convirtió en una de las bromas favoritas de David Niven, lo que demostró titulando así a uno de sus famosos libros de anécdotas hollywoodienses. En otra ocasión, después de que Errol le espetara en la cara al pobre director húngaro que era un "gilipollas", a Curtiz le entró otra de sus rabietas a lo Yosemite Sam (me lo puedo imaginar perfectamente saltando sobre su gorra de director con Errol al lado comiendo zanahorias) lanzando al mundo la epatante frase "creéis que no sé un jodido nada... Bien, dejad que os diga. Sé un jodido todo". Tras semejante afirmación el estallido de Niven y Errol debió escucharse en Washington D.C.

Por supuesto, el rodaje en exteriores no fueron todo risas y mal inglés. Como solía ocurrir en su rutina diaria, Errol tuvo que desenfundar los puños. Todo comenzó con un rudo especialista. Montado en su caballo, Errol se preparaba, peine y espejo en mano, para rodar una escena. Para hacer reír a sus compinches especialistas (soltando seguramente un "ahora veréis"), el stuntman decidió pinchar la grupa del caballo de Errol con la punta de su lanza de atrezo. Evidentemente el caballo salió disparado y la gran estrella acabó en tierra. Con el dolor mitigado el actor se irguió lentamente, se sacudió en polvo, y se acercó al grupo de especialistas para preguntar por el autor de la broma. El bestiajo, creyendo que iba a divertirse aún más, no dudó en bajar de su caballo y dar un paso al frente ante las sonrisas de sus compañeros. Error de cálculo. Debería haber sabido que Errol no era Tyronne Power. La estrella se fue directamente a por el especialista, sin darle tiempo a reaccionar. El especialista acabó en el hospital, y el honor de Errol quedó restablecido. Por supuesto, como buen tipo duro, el especialsita no sólo no le guardó rencor, sino que se convirtió en su amigo lo que quedaba de rodaje. Al fin y al cabo, se había ganado su respeto. No sería la última vez en que durante el rodaje Errol usaría sus puños para poner las cosas en su sitio.
Olivia de Havilland también tuvo su ración de problemas. Aparte de tener que maquillarse y peinarse a cada momento debido al polvo y el viento del desierto, la joven de 20 años se escandilzaba ante el lenguaje que usaban en sus peleas Curtiz y los dos sosias del desierto. Seguramente pasó tanto tiempo con las manos en los oídos como recitando sus frases ante la cámara. Además, como precio a su negativa a Errol, tuvo que aguantar las continuas bromas de éste, que iban desde robarle los dibujos que hacía para distraerse del set y los decorados para colocarlos en letrinas escasas de papel higiénico, hasta ponerle una serpiente de goma en los panties.

La carga de la Brigada Ligera es uno de los grandes clásicos de aventuras de la Era Dorada de Hollywood, con poca fidelidad histórica pero repleta de acción y romance, que es lo que al fin y al cabo quería el público. Pero todo ello con glamour, grandes estrellas y uno de los grandes directores todoterreno de la historia. El film, como muchos otros de la época, combinaba con gran desparpajo un arquetípico trío amoroso entre la hija de un alto oficial y dos hermanos con trepidantes conflictos bélicos en la colonia inglesa, un mero macguffin para llevar al 27 de Lanceros a Balaclava. La Warner no reparó en gastos, y se construyó un fuerte y se contrataron a centenares de extras para lograr espectaculares batallas, asedios en plan El Álamo y la arquetípica celada de las tribus en un rocoso barranco. Además, La carga de la Brigada Ligera contaba con algo que no se veía todos los días en el cine de entonces, y era una auténtica masacre no sólo de soldados, sino también de mujeres y niños. Por supuesto no se cebaban con el ausento, pero haberla, hayla. Aunque la verdadera matanza del film no fue de actores y figurantes. Fue de caballos.

Sin duda la media hora más espectacular del film es la famosa carga final contra los imponentes cañones rusos. La pericia de Curtiz al rodar la secuencia devino en una trepidante media hora llena de acción y creciente velocidad como pocas veces se vería hasta, quizá, el estreno de Ben-Hur en los 50. Pocas veces veréis un regimiento de caballería caer de forma tan espectacular. Pero el mérito no se debió sólo a la maestría del director, sino a una verdadera hecatombe equina. Las cifras varían según las fuentes, pero parece seguro que al menos entre 50 y 100 caballos fuero gravemente malheridos, la mayor parte de ellos teniendo que ser sacrificados.

Para lograr una plena espectacularidad y realismo en la pantalla, Curtiz recurrió al viejo sistema de la "W continua", una técnica consistente en atar las patas delanteras de los caballos a postes situados por debajo del campo dela cámara. Los caballos galopaban, pero cuando realizaban el recorrido deseado, los cables se tensaban y los equinos eran derribados. Por supuesto los jinetes eran especialistas y sabían cuando y cómo caer, pero los caballos no, por lo tanto la grandiosidad de las caídas, y las lesiones, estaban aseguradas.

Cuando aquello se convirtió en la versión equina de los heridos sudistas de Lo que el viento se llevó, el propio Errol fue a quejarse a Jack Warner. No consiguió demasiado, salvo unas palabras paternalistas por parte del mandamás y su orden posterior de rodar el resto de secuencias con caballos a cargo de una segunda unidad en México, donde al parecer el bienestar animal no estaba entre las prioridades de las autoridades. Pero el amigo Warner seguramente no había contado con La Sociedad Californiana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales. Entonces, al igual que ahora, las sociedades protectoras de animales no se dejaban engañar ni se arredraban fácilmente. Los enviados de la Sociedad visitaron el set en México, y ante el espectáculo dantescoque vieron allí, volvieron a los Estados Unidos para demandar a la Warner Bros. A tito Jack no le quedó más remedió que multar a unos cuantos técnicos y curritos. Obviamente no le tocó un pelo a Curtiz.

Quizás los pobres caballos de México estuvieran condenados, pero la polémica llegó a Inglaterra, Europa, y al Congreso de los Estados Unidos. La carga de la Brigada Ligera supuso un punto de inflexión en la forma en que Hollywood trataba a los animales. El Congreso aprobó una ley para la protección de los animales usados en la película, y el estigma de holocausto animal acompañó al film durante años. Tal es así que tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la Warner decidió reestrenar a bombo y platillo los grandes éxitos de Errol para el estudio, La carga de la Brigada Ligera fue la única en no salir de los almacenes.

Sí, La carga de la Brigada Ligera nunca será del gusto del grupo PETA y de las almas sensibles. Pero, aparte de que al menos sirvió para cambiar las cosas, no deja de ser un gran film de aventuras, ofreciendo entretenimiento tan ligero como la misma Brigada, y dejando para la posteridad una, a pesar de todo, realmente espectacular carga de caballería. Y es que la conjunción Curtiz-Flynn-De Havilland no fallaba, y si a eso le añadimos el pequeño papel de la estrella en ciernes David Niven, pues tenemos un reparto ideal para un film de estas características.

¿Qué fue de Patric Knowles? ¿A quién le importa? ¡Ese tío era un sosainas!

Y sí, cuando veo La carga de la Brigada Ligera, yo también me acuerdo del videoclip de "The Trooper".

miércoles, 27 de octubre de 2010

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (XXVI)

BLACK CAT BONES

La banda británica Black Cat Bones es conocida por haber dado cabida en su día a dos leyendas del rock: Simon Kirke y, especialmente, el fantástico guitarra Paul Kossoff, quienes, como todos ustedes sabrán, formaron parte de la legendaria banda Free. Black Cat Bones se habían hecho un nombre en la escena blues de Londres y el sur de Inglaterra. Tras la marcha de Kossoff y Kirke el miembro restante, el bajista Stuart Brooks (ex-Pretty Things) reclutó a su hermano Derek a la guitarra, a Brian Short a la voz, a Rod Price (futuro miembro de Foghat) a la guitarra y voces y a Phil Lenoir a la batería. Esta formación sería la que grabaría el único álbum de la banda, Barbed Wire Sandwich.

Black Cat Bones desde luego no podían competir con los inmensos Free, pero tampoco eran unos pipiolos. Todavía más apegados al blues rock que las huestes de Paul Rodgers, la banda destila electricidad negra e influencias de la escena de Chicago a lo largo de todo el disco, comenzando por la estupendamente voltaica "Chauffer", seguida de un tema lento a lo "Since I've Been Loving You", una versión de Arthur Crudup, "Death Valley Blues". "Feelin' Good" es un melancólico tema que no habría desencajado en el Cheap Thrills de Janis, mientras que "Please Tell Me Baby" es un excelente corte de marchoso boogie. "Coming Back" rezuma sonido negro de Chicago en estado puro, y el siguiente corte, "Save My Love", podría haber sido un tema perdido de los Cream. "Four Women" es el tema acústico del LP, con un atmósfera que recuerda a los acústicos de Led Zep. Le sigue "Sylvester's Blues", con fuerte presencia de guitarras del Mississippi, y para cerrar el disco la banda se explaya con el pesado blues de "Good Lookin' Woman".

Como podéis ver, todo el disco gira entorno a los sonidos eléctricos negros que tanto influyeron en las bandas británicas de la época. Si os gustan Cream, los primeros Zeppelin, y por supuesto los Free más bluseros, deberíais catar a estos Black Cat Bones. ¡El nombre de la banda no podía ser más blues!

martes, 26 de octubre de 2010

El padre Mapple

Imagino que a estas alturas no hacen falta presentaciones. Todos conocéis a Orson Welles, el hombre renacentista que asustaba con las ondas de la radio, sentaba cátedra dirigiendo, maravillaba actuando. Niño prodigio, formado en el teatro desde los quince años.

No es de extrañar, pues, que para rodar la imprescindible homilía del padre Mapple (una de las claves de la trama de esa maravilla llamada Moby Dick), a petición de su amigo John Huston, el bueno de Orson no necesitara de ensayos ni cortes para recitar su monólogo. Todo lo que necesitó fue una botella de coñac francés y una sola toma.



Y aquí una curiosità, Orson recitando la introducción de la novela.

lunes, 25 de octubre de 2010

Armado y preparado

Hubo un tiempo ya lejano en el que los guitar heroes no eran copias de un videojuego, sino maestros de las seis cuerdas.

La cacareada eficacia germánica nunca sirvió tan bien al metal.

domingo, 24 de octubre de 2010

El cebo (1958)

El cadáver de una niña en un bosque, un inspector de policía en su último día en el Cuerpo, un falso culpable... y una certeza del investigador solitario.

Estos son los ingredientes para un perfecto policíaco, y El cebo desde luego entra en esa categoría, aunque lo que la hace destacar entre otras del género es la particular trampa del inspector Matthäi (el cebo al que alude el título, una niña rubia) y la excelente realización del húngaro Ladislao Vadja. Nacido en el viejo Imperio Austríaco, hijo de director teatral, dramaturgo y guionista de los primeros tiempos del mudo, Vadja desarrolló gran parte de su carrera en España, con títulos tan variopintos como la ínclita Marcelino pan y vino, Doña Francisquita y la curiosa Un ángel pasó por Brooklyn. En muchos casos estuvo al mundo de coproducciones con diversos países europeos, como es el caso de El cebo, coproducción hispano-suiza, en la que destacan por su número tanto en el reparto como en el equipo técnico los nombres germánicos.

Dentro de la producción española típica de la época El cebo es una rareza, un thriller psicológico con un psicópata moderno por villano, quien dada su atracción por los infantes recuerda inevitablemente al psicópata de M, el vampiro de Düsseldorf. Inevitablemente el espíritu de un Hitchcock planea sobre el ambiente de la película.

A lo largo del film se contraponen conceptos tales como la inocencia perdida, la maldad del mundo real de los adultos que destruye el mundo de fantasía de los niños, la psicología del psicópata, el acercamiento a la realidad del mito del falso culpable y la perversión de la imagen del policía incansable, que en su obsesión por la verdad pone en peligro aquello que debe proteger. Destaca también el esmero con que en determinados momentos de la película se retrata el proceso de investigación policial, un proceso más cercano a la ciencia que a la intuición del detective, aunque ésta por supuesto persiste, no en forma de una mente genial, sino fruto de los años de experiencia.

Con una cuidada fotografía, unos cuantos buenos hallazgos en el guión y una dirección sólida y por momentos poética (de esa clase de poesía que imponía la censura de la época para tratar y retratar según que asuntos), Vadja logró, a ojos de muchos, rodar su film definitivo. Si esta cinta la hubiera dirigido Hitch probablemente estaríamos hablando de un nuevo clásico absoluto del suspense. La dirección de Vadja no llega a tanto, pero logró hacer de El cebo un excelente film, hoy de culto, que merece la pena ser rescatado del olvido. Por otro lado, en su retrato de la madre de la niña Annmarie, interpretada por la española María Rosa Salgado, Vadja pudo estar seguro de que se acercó al toque especial que tenía Hitch para componer según que personajes femeninos.

Aunque en el reparto, aparte de un sobrio (quizás demasiado) Matthäi, destacan el suizo Michel Simon y su gran interpretación del desdichado buhonero Jacquier, y un excelente Gert Fröbe en el papel del psicópata. Desde luego el amigo Fröbe parecía nacido para interpretar a retorcidos villanos, como quedó demostrado cuando algunos años más tarde alcanzó la fama internacional encarnando al mítico Goldfinger.

El guión fue desarrollado entre los escritores Friedrich Dürrenmatt y Hans Jacoby y el director Ladislao Vadja, a partir de una historia del propio Friedrich. En su traslado al formato de novela Dürrenmatt se decidió por un final mucho más oscuro y, en su opinión, realista. La adaptación que de la historia hizo Sean Penn años más tarde en La promesa se conservó en gran parte ese final retorcido. La promesa no está a la altura de El cebo, pero es una película entretenida que destaca, además de por un final mejor, por poder contemplar al gran Jack Nicholson.

El cebo, un film (cuasi-español) a reivindicar.

viernes, 22 de octubre de 2010

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (XXV)

BROKEN GLASS

Perdida en el túnel del tiempo se encuentra esta banda británica a medio camino entre los primeros Fleetwood Mac y Blind Faith. Broken Glass fueron un fugaz proyecto de Stan Webb, guitarrista de culto que ha militado en grupos como Chicken Shack o Savoy Brown.

Como tantas otras bandas británicas de la época el sonido de Broken Glass está empapado del blues eléctrico de Chicago y de rock pionero de la vieja escuela, con lo que tenemos un delicioso bouqué a medio camino entre el blues rock y el proto-hard rock británico. Aunque sacaron un único disco, el homónimo Broken Glass, las canciones son realmente buenas, desde las claptonianas "Standing on the Border" o "It's Allright" hasta música de raíces negras como "Can't Keep You Satisfied" o "Jersey Lighting", un tema con toques country. "Crying Smiling" es puro Free, "Take the Water" es un tema juguetón con un bajo funky y Howlin' Wolf es homenajeado con su clásico "Evil".

Broken Glass es un gran disco, lleno de matices y con influencias varias. Blues, rock, country, sonido setentero... sería un pecado perdérselo. Ideal para los amantes de la carrera en solitario de Clapton durante los 70.

miércoles, 20 de octubre de 2010

La reina de África (1951)

Una historia de dos viejos bajando y subiendo un río africano... ¿Quién va a estar interesado en eso? Irás a la bancarrota. Alexander Korda, ejerciendo (¡ay!) de visionario.

No sé si habréis visto Cazador blanco, corazón negro (ya hablé de ella), pero todo, o casi todo, lo que acontece en ella parece ser cierto, incluída la obsesión de un director de cine por cazar un elefante. Ésa es, al menos, la verdad de Peter Viertel, guionista llamado a terminar un guión que estaba destinado a convertirse en uno de los grandes clásicos del cine.

Para el director John Huston La reina de África no era sólo una gran historia, sino una oportunidad de viajar al continente negro e irse de caza mayor. Huston era un tipo peculiar, de gustos exquisitos que no excluían los placeres sencillos. Tan pronto hablaba de pintura o literatura como se pimplaba una botella de whisky o desenfundaba los puños para dirimir alguna discusión. En resumen, un hombre de contrastes.

Pero, por supuesto, La reina de África no era sólo un pasaporte para ir de safari. Al menos, no para el productor Sam Spiegel, uno de esos tipos capaces de venderle a uno camisas hawainas en medio del Ártico. Spiegel era el socio de Huston en la productora Horizon que habían fundado hacía poco, y La reina de África era una buena historia para convertirse en el segundo film de la Horizon. El problema era que los derechos de la novela habían sido adquiridos hacía tiempo por la Columbia como un vehículo para Charles Laughton y su esposa. Sin embargo el plan nunca pasó del cajón, y acabó en los archivos de la Warner como un posible proyecto para su mayor estrella femenina, Bette Davis. Pero, de nuevo, la idea acabó en un cajón. Unos míseros 50.000 dólares eran lo que separaban a la Horizon de comenzar a rodar La reina de África.

Ni Huston ni Spiegel tenían esa cantidad. Pero como ya he dicho, Spiegel era un hombre de recursos, y quizás, de no haberse dedicado a las películas habría sido un excelente con man, como aquellos que retrataron en El golpe. El productor acudió a la Sound Services, una compañía que alquilaba y proporcionaba equipamientos de sonido a los estudios. Spiegel les pidió un préstamo de 50.000 dólares, a devolver con los beneficios del film, además de comprometerse a usar el equipamiento de la compañía y darles un buen lugar en los créditos. La compañía aceptó, y así fue como la Horizon pudo hacerse con los derechos de La reina de África.

Pero incluso antes de haberse podido hacer con los derechos de la novela, Spiegel ya había atado a Katharine Hepburn y Humphrey Bogart para los papeles protagonistas. La Hepburn quedó encantada con la novela, y tras poner sus condiciones económicas, preguntó por quien la acompañaría en el reparto, antes de dar un sí definitivo. Spiegel sacó el nombre de Bogart, aunque ni siquiera había hablado con el actor. A la actriz le pareció bien, así que Spiegel fue derecho a convencer a la gran estrella del cine negro. Lo cual no fue difícil, ya que Bogey era amigo de Huston. El director le dijo al actor que el personaje era un borrachín de mala fama, como lo era el propio Bogart, y por lo tanto era idóneo para el papel. Supongo que tan aplastante lógica debió parecerle bastante como para aceptar participar en el proyecto. Además, todo indicaba a que su papel iba a ayudarle a ampliar sus horizontes como intérprete.

Con la pareja estelar apalabrada, el siguiente problema iba a ser el coste. Huston había exigido desde el principio rodar en exteriores, lo que implicaba que el presupuesto iba a ser alto. En unos tiempos en que rodar al aire libre no era tan habitual como hoy, y en los que el colmo del exotismo para un rodaje hollywoodiense era rodar en México (y ya Huston había pasado por allí), irse a rodar a África era una excentricidad de gran calibre, por no hablar de un gasto totalmente innecesario. Pero en aras del realismo (y quizás, de algún posible safari que otro) Huston sólo quería África. Si no, no habría película. Spiegel de nuevo halló una solución financiera al problema contactando con una productora inglesa que aceptó financiar el film, salvo los salarios de las dos estrellas, el director y el productor, que correrían a cargo de la Horizon.

Para adaptar la novela Huston se trajo al escritor James Agee, a quien el director consideraba el mejor crítico de cine del país. Agee y Huston se alojaron en las afueras de Santa Monica y comenzaron a trabajar en el guión. Ambos acordaron evitar los clubes nocturnos y las fiestas, y establecieron un régimen de partidos de tenis, natación, y escritura del guión. Tras discutir una escena, ambos escribían sus propias versiones de la misma, para luego intercambiarlas, trabajar en ellas, y quedarse con lo mejor. Pero Huston pronto se dio cuenta de que Agee llegaba a las reuniones con muchas más hojas que él. Y entonces descubrió que Agee apenas dormía y seguía trabajando por las noches. Pero el escritor le tranquilizó diciéndole que era su rutina habitual. Sin embargo, mientras estaba en un viaje relámpago en San Francisco, para una compra de arte precolombino, Huston se enteró de que Agee había tenido un ataque cardíaco. Huston fue a verle, prometiéndole trabajar de nuevo juntos cuando estuviera repuesto. Después tomó un avión hacia Inglaterra para reunirse con Spiegel. El guión tenía que ser pulido, y no tenía final, tan sólo uno provisional escrito por el director. Pero ya habría tiempo para pensar en ello. De momento, Huston tenía que partir hacia África para buscar localizaciones.

Fue entonces cuando Peter Viertel entró en acción, viajando a África con Huston para limar los diálogos y buscar un final apropiado. Pero al parecer, aparte de las localizaciones, el director parecía más preocupado por la caza mayor que por el guión. De hecho, Viertel y Huston tenían que haber ido a recibir a un aeropuerto del Congo Belga a Hepburn, Bogart y su esposa Lauren Bacall. Pero una hora antes Huston había decidido que era imprescindible obtener un permiso de caza y perderse en la selva, cosa que indignó a la Hepburn, intelectual amante de las buenas maneras y detalles como ir a recibir a una estrella al aeropuerto.

De hecho al principio del rodaje la relación entre Huston y Katharine Hepburn fue, cuanto menos, tensa. La actriz, aparte de quejarse de los mosquitos, el calor, las instalaciones y alojamientos muy por debajo del estándar de una estrella de Hollywood, se indignaba ante la idea de que Huston pudiera disfrutar pegándole tiros a los inocentes animalillos de la sabana. Y las maneras rudas y costumbres alcohólicas del director y de Bogart tampoco la colmaban de alegría. Y como ambos lo sabían, al principio no dejaron de tomarla el pelo comportándose como dos forajidos ebrios sin modales.

Tras un penoso viaje en trenes viejos y camiones desvencijados, las estrellas y el equipo llegaron a un afluente del río Congo, en plena África negra. Allí sólo habían tribus, selvas y enfermedades. Para alojar al equipo y a las estrellas los nativos locales habían levantado un campamento junto a un lago negruzco repleto de un extraño virus. Tenían por delante treinta días para rodar y un lago donde nadie podía bañarse. Y un barco ruinoso que sería ideal para servir como el tercer personaje del film, el viejo vapor que da título a la película. Dos balsas servirían como réplicas de distintas partes del bote, para rodar las escenas con los actores. Otra llevaría un generador. Y la cuarta llevaría un camerino con un gran espejo para Katharine Hepburn.

El rodaje en África no era fácil. Además del calor y los mosquitos, estaban las bacterias, virus, disentería y demás. En medio del campamento había una cuba de agua filtrada y galvanizada bajo la que se parapetó un cocodrilo durante varios días. Huston recordaba en sus memorias que cada vez que alguien pasaba cerca de allí tenía que recordar que había un bicho allí escondido, esperando a lanzarse sobre el tobillo de alguien.

Al principio la relación con Hepburn no fue fácil, pero poco a poco, al igual que ocurría con su personaje, la actriz fue sintiéndose más cómoda tanto con la selva y su clima como con su papel. Huston andaba preocupado por la forma en que la actriz estaba interpretando a la misionera Rose, y una noche fue a verla y así se lo hizo saber. Como consejo, el director le dijo que debía interpretar a Rose como si fuera Eleanor Roosevelt. La actriz siguió el consejo, y a partir de entonces tanto Huston como ella fueron comprendiéndose mejor, hasta el punto que un día la Hepburn se fue de caza con el director, demostrándole además que era todo un carácter. Cuando tras salir de unos arbustos Huston comprobó con horror que se hallaban frente a una manada de elefantes, la actriz permaneció impávida, apoyada sobre su ligero rifle. De todas maneras al final de sus cacerías lo único que la actriz dispararía sería su cámara de fotos.

Mientras Peter Viertel regresaba a la civilización, pese a los ruegos de Spiegel, renunciando incluso a salir en los créditos, cansado de esperar a que Huston dejara de perseguir elefantes, el rodaje se trasladó a Uganda, donde los problemas continuaron. Durante una noche el vapor se hundió, y hubo de ser rescatado del fondo por un nutrido grupo de nativos. Bogart, por su parte, trataba de aparecer con su gorra la mayor parte del tiempo. La calvicie no respeta ni a una estrella como Humphrey, y para entonces el actor tenía que llevar un bisoñé, cosa que odiaba. En otra ocasión, el campamento fue invadido por millares de hormigas carnívoras. Y en lo que fue la anécdota más famosa del rodaje, el agua filtrada, e incluso el agua embotellada que traían en camiones, resultó estar contaminada. Tarde o temprano todo el reparto y todo el equipo técnico cayó enfermo de disentería y diarrea. Todos salvo Bogart y Huston. El actor sólo engullía comida enlatada, y tanto él como el director no se separaban de la botella de whisky, por lo que no probaban el agua. Fue así como permanecieron incólumes en medio de una apocalipsis bacteriológica y viral.

Los problemas seguirían hasta el final, Bogart se negaría a que pusieran sanguijuelas vivas sobre su cuerpo (le pusieron unas de plástico), y Huston seguiría con sus elefantes, pero finalmente el rodaje llegó a su fin. Tras dar con un final satisfactorio el equipo se marchó a Londres para completar algunas escenas en estudio. La película se enlató y se envió a Hollywood.
La reina de África estaba destinada a convertirse en una de las sensaciones de la temporada. Spiegel se llenó los bolsillos, mientras que Huston, mal aconsejado, había abandonado la Horizon antes del estreno, perdiendo así una fortuna.

De todas formas el éxito artístico era total. La reina de África es un film de aventuras entretenido y mágico, donde la comedia y el romanticismo se dan de la mano. La química entre la Hepburn y Bogart es excelente, y sus distintas personalidades, que casan en parte con las de sus personajes, resultaron de gran ayuda para establecer ante las cámaras una creíble relación cambiante entre la pía Rose y el borrachín señor Allnut, destinados a encontrarse en un punto medio, como Don Quijote y su Sancho. Salvo que aquí habría sentimientos románticos de por medio.

La Hepburn encajaba en el papel de maravilla, y una vez más la actriz confirmaba con su talento la razón de ser considerada una de las intérpretes más solventes de la época. Además, con el éxito de La reina de África, ayudaba a disipar la eterna leyenda que pesaba sobre sus hombros de ser veneno para la taquilla.
Por su parte Bogart estaba estupendo como el vividor piloto de barco. Alejado por una vez de sus roles de tipo duro, el actor podía regodearse en su vis cómica, dando vida a un entrañable alcóholico sin demasiadas ganas de ser un héroe, convirtiéndose en los primeros rollos de la película en la más cercana encarnación del Capitán Haddock que se haya podido ver en la gran pantalla. En La reina de África Bogart demostró ser más versátil de lo que muchos pensaban, y esa oportunidad ya había sido en sí un premio para él. Pero aun había de recibir otro gran premio, totalmente inesperado.

Nominado hasta entonces sólo una vez a los Oscar, por su papel en Casablanca, el actor no esperaba tampoco ganar nada en la gala de 1952. Aquel año la estatuilla al mejor actor tenía un nombre, el de Marlon Brando por su estratosférica actuación en Un tranvía llamado deseo. Y no era de extrañar, ya sabéis como se las gastó Brando en ese estupendo film. Y sin embargo, si alguien tenía que quitarle esa estatuilla, me alegro de que fuera Bogart. La sorpresa fue tal que el pobre Humphrey, que siempre se había hecho el duro desdeñando los premios de la Academia, no pudo ocultar su emoción al recoger su Oscar.

Aunque fuera a costa del gran Brando, fue un bonito broche final a una película excelente.

lunes, 18 de octubre de 2010

El enigma... de otro mundo (1951)

Vigilad el cielo, no os descuidéis. Vigilad. ¡Seguid vigilando el cielo!

Una de las frases míticas por excelencia de la ciencia ficción cinematográfica. No hay mejor manera de acabar un sci-fi 50s que con una escena apocalíptica y un aviso paranoico. El enigma... de otro mundo suele ser citada para referirse al famoso remake de John Carpenter (¿la obra maestra de Carpenter? Yo desde luego es lo mejor que le he visto) o como una de las veladas influencias para la trama de Alien, el octavo pasajero. Pero El enigma... de otro mundo tiene sus méritos propios, aunque, sin que sirva de precedente, y como suelen afirmar los que han visto ambas versiones, el remake de Carpenter sea superior.

El enigma... de otro mundo fue obra de la productora de Howard Hawks para la RKO. Recién fundada por el veterano productor y director, la Winchester Pictures Corporation no duraría mucho, pero dejó para el recuerdo este clásico de la ciencia ficción, que bebía de los arquetipos del cine de terror. La verdad es que a veces sorprende ver el nombre de Hawks asociado al de un viejo film de ciencia ficción, pero en definitiva, este hombre hizo y rodó de todo durante su carrera.

Aparte del bicho del espacio exterior, el otro enigma que acompaña a este título es el grado de participación que Hawks tuvo en la dirección del film. Hawks siempre negó cualquier responsabilidad más allá de sus labores de productor, apoyando así al director acreditado, Christian Nyby, verdadero autor del film, según la versión de Hawks, aunque por supuesto discutieran aspectos técnicos como harían cualquier productor y director. James Arness, el actor que se enfundó en el disfraz de la remolacha espacial, confirmó esta versión, sin embargo otros miembros del equipo técnico afirmaron que Hawks pasaba más tiempo en el plató que fuera, mirando por encima del hombro de Nyby y ejerciendo de director en la sombra. Imagino que atribuirle todo el mérito de la dirección a Hawks sería exagerado, y lo más probable es que el afamado director tan sólo dictara las directrices para alguna que otra escena, o lograra influir en la opinión de Nyby. Supongo que es imposible saberlo, por tanto, que cada cual piense lo que quiera.

Otro rumor apunta a que tras el guión de Charles Lederer (basado en un relato corto) se esconden la colaboración del prestigioso guionista Ben Hecht y de todo un William Faulkner, ambos amigos de Hawks. Aunque puedo creerme lo de Hecht, me cuesta imaginarme a Faulkner discurriendo sobre alienígenas matones e invencibles. ¡Aunque en Hollywood todo es posible!

El gran acierto de El enigma... de otro mundo fue traspasar el arquetipo argumental del grupo de personas encerrados en una casa enfrentados a una fuerza maligna, típico del cine de terror, al género de la ciencia ficción. Es una fórmula sencilla pero muy efectiva, como demostraría años más tarde la cinta de Ridley Scott. En este caso, en lugar de un vampiro, una creación de un médico de Centroeuropa o un zombie teníamos a un ser del espacio exterior, que en su aspecto final en el film recuerda, ciertamente, al mítico monstruo del doctor Frankenstein.

Y es que el maquillaje y el aspecto visual del alienígena fue lo que dio verdaderos quebraderos de cabeza a Lee Greenway, el jefe de maquillaje, para dar con una fórmula que gustara a Howard Hawks. Tras muchos intentos Hawks finalmente le pidió a Greenway que ideara una cabeza en la línea del viejo maquillaje del monstruo de Frankenstein. Los resultados fueron aceptables, pero en opinión del cuerpo técnico los primeros planos arruinarían la fantasía. Por lo tanto el monstruo fue filmado lo menos posible hasta el desenlace final, y si aparecía en pantalla nunca tenía un primer plano, lo que redundó en beneficio de la historia. Y es que la vieja teoría que esgrimían los productores de Cautivos del mal era tan correcta entonces como ahora, y años después del estreno de esta cinta, Spielberg pudo comprobar, debido a otros problemas técnicos distintos al maquillaje, esta gran verdad.

El enigma... de otro mundo parte, por tanto, de una trama muy sugestiva, y que a lo largo del film es llevada con acierto por Nyby, Hawks o el Espíritu Santo. El guión es consistente, deja respirar a la historia, llevada a su propio ritmo, sin que aparezcan alienígenas a los cinco minutos. En muchos sentidos El enigma... de otro mundo se parece a otros films míticos del género en aquella época como Planeta prohibido o Ultimátum a la Tierra al no seguir la fórmula establecida por las películas de ciencia ficción de la época. La cinta de Nyby es inferior a los títulos citados, pero sobresale por encima de las demás gracias a su original planteamiento (hoy ya manido, pero no en 1951) y a unos arquetipos (como la inevitable chica del prota) que quedan en segundo plano. Seguramente lo que más pueda rechinar de la película, vista hoy en día, es el personaje del científico jefe, retratado de forma casi maniquea y cuyas acciones en el film van más allá de la lógica. Pero ese tierno dislate sirve como contrapunto al protagonista y los personajes que le rodean, ayudando además a crear algo de tensión y sorpresivos sustos del guión.

El enigma... de otro mundo no es La cosa o la citada Alien, pero no sólo se estreno mucho antes que éstas, sino que además es un buen film de ciencia ficción. No tan bueno como otros, pero cumple su función, que es entretenernos durante hora y pico. Y tiene unas escenas con doble (ya sabe, esos que se juegan el pellejo) ardiendo que son tan espectaculares hoy en día como entonces. Y tienen, además, el mérito de que entonces la técnica para prender fuego a las personas no estaba establecida como ahora. No sé si en plena era del CGI ver a tipos ardiendo se puede considerar espectacular, pero por suerte para mí cuando vi esta peli por primera vez, hace ya mucho, tenía la mente inocente y pura de un adolescente yanqui con granos en los primeros 50.

sábado, 16 de octubre de 2010

Mi generación

Ésta es mi generación: tipos con gafas que parecen el primo empollón que-cuando-se-chuza-durante-cinco-minutos-se-cree-que-es-el-rey-liberal-del-mambo-antes-de-caer-al-suelo de William Hurt que entran en saunas con gordos sudorosos a vender tónicas. Al menos no éramos consumistas que comprábamos sin ton ni son (¡el nuevo vídeo Thompson que duplica la duración de la cinta! (bueno, más exactamente, ¡de la cintaaaah!).

Efectivamente, la nostalgia vende, y si lo hacen las compañías, no voy a ser yo menos. Cualquier día de estos me pongo a poner anuncios tardíosententeros-ochenteros. ¿Hay forma más fácil de captar a una generación? Sí.

¡Teniendo una de las mejores bandas de rock de la historia!

miércoles, 13 de octubre de 2010

Shoot'Em Up (2007)

¡Malutos masacrados con zanahorias! ¡Un cordón umbilical cortado a tiros! ¡Manos cortadas que accionan dispositivos ultramodernos en pistolas! ¡Tiroteos a 10.000 pies de altura en caída libre! ¡Clásicos del rock and roll! Shoot'Em Up es una entretenida cinta de acción sin pies ni cabeza ni sentido alguno, y está compuesta a base de faltadas, una detrás de otra. Y todo es tan over the top que por eso puede funcionar con cualquier cinéfilo que tenga ganas de pasar hora y media sin darle al coco. Sencillamente todo está tan salido de madre que uno no puede ni pensar que le estén tomando el pelo. Evidentemente aquí la seriedad y el ojo crítico están de más. La palabra clave para hoy es: ¡velocidad absurda!

La primera media hora ya nos dice lo que va a ser toda la peli: el personaje de Clive Owen comiendo zanahorias y usándolas de las maneras más imaginativas para acabar de vez en cuando con los tipos malos, lógica subcero en cada escena de acción y frases irónicas que no funcionan con un Owen poniendo todo el rato cara de leño seco. En Sin City el personaje le iba, pero aunque no he visto Closer, no me imagino por qué demonios este hombre fue nominado a un Oscar. Con un duro más irónico la cosa habría ido mejor, pero bueno, al fin y al cabo todo lo que hacía falta es alguien que apriete el gatillo sin cesar. De todas formas el guión, escrito y dirigido por un tal Michael Davis (autor de clásicos como Doble dragón) tampoco es para tirar cohetes. Pero estoy siendo injusto. Cuando el bueno atraviesa la garganta de un tipo con una zanahoria, ¿quién necesita a Ben Hecht?

Por suerte, entre otras cosas, si la peli funciona es gracias al viejo axioma de que el malo ha de ser más carismático que el bueno para que la cosa vaya bien. Y en Shoot'Em Up tenemos al usualmente alternativo, y grandísimo actor, Paul Giamatti haciendo de maluto graciosete y psicópata. El detalle de que su mujer (que obviamente parece no saber a que se dedica su hombre) le esté llamando al móvil cada dos por tres está cachondo. Aunque cuando al fin tiene al tipo duro a tiro, su mujer le llama y él le dice que no puede hablar que está ocupado, con voz de psicopáta. ¿Qué pensara la mujer? ¿Os preocuparíais si vuestra pareja por teléfono sonara como si estuviera a punto de volarle los sesos a alguien?

Y hablando de cosas cachondas, otro acierto es la protagonista, Monica Bellucci (bellezón mediterráneo, excelentísima MILF, y muchas otras cosas), que más o menos luce palmito y poco más, pero supongo que tanto ella como nosotros ya sabíamos que no iba a ser el papel de su vida.

Y aun un aliciente más: de forma inopinada suenan gominolas como Nirvana, Wolfmother, Motörhead, Iggy Pop (por desgracia es su desastrosa canción con Green Day), y para el final feliz nada menos que el "Kickstart My Heart" de Mötley Crüe. Mooola.

Pues eso, multitud de tiros, montones de muertos (bombástico el momento en que Giamatti tiene que reunir a 50 pistoleros para acabar con el maldito Owen. Por supuesto, ninguno dará en el blanco. ¡La hecatombe!), y escenas delirantes por doquier. Las hay a manos llenas, y es difícil quedarse con sólo una. A parte del tiroteo en caída libre desde un Boeing o algo así, la flipante maniobra tioteril en el parque, el choque frontal para que Owen caiga limpiamente dentro de la furgo de los malutos, o el chico bueno dejando a la chica y al bebé (toda la historia gira alrededor de un bebé, que se pasa media peli con un calcetín del prota en la cabeza, ¡entrañable!) dentro del tanque de un museo para que estén protegidos (!) creo que sin duda la escena más delirante es la inevitable escena de cama entre la Bellucci y el Owen. Y la escena es grandiosa gracias a la Bellucci, pero sólo al 50%. Os la voy a describir porque no tiene precio. Supongo que esto podría considerarse un SPOILER, pero no creo que os importe mucho con una peli así. Además, una vez lo sepáis, cuando veáis la peli, ¡estaréis deseando verla!

En fin, pues el chico, la chica y el bebé con calcetín se refugian en un hotelucho. Tienen la única conversación profunda entre ellos (totalmente mongólica, y metida con calzador para que luego no digan que los personajes no son profundos), y ella le cuenta como perdió a su bebé (porque ella es prostituta, y el Owen la busca para que se encargue del niño, porque, ahí os dejo la cosa, la Bellucci es una meretriz especializada en satisfacer a quienes quieren volver a sentirse como tiernos bebés... ¡ya sabéis!). Después de que quede claro que ella es una mujer vacía y triste, y él un tipo enigmático y triste, llega lo inevitable: el chico y la chica se acuestan juntos y le dan al matute.


Escena patentada por John Woo. ¿Biberones? Sí, biberones.

Pero por supuesto ahí están los pistoleros para interrumpir la escena de amor. Pechito con pechito, Owen y la Bellucci se lo estaban pasando en grande girando por la cama, y nada, tenían que llegar los hijos de Caín a dar por saco. ¿He dicho interrumpir? ¡Ja! ¿Qué impide que el Owen se haga con sus pistolas y se ponga a rodar por la habitación disparando a los malos, mientras la Bellucci sigue acoplada y orgasmando? Obviamente, ¡nada! Psicotrópica escena que vale por sí sola ver toda la peli. Supongo que es el sueño machuno por excelencia: símbolos de poder fálicos en la mano soltando casquillos y la Bellucci ahí a lo suyo. ¡Viva el cinema verité!

Y bien, ¿qué más queréis? ¿A Owen acabando con el gran maluto a pesar de tener todos los dedos de la mano rotos? You've got it! Aunque de todas la escenas, para mí la más conseguida e hilarante (pero a propósito) es el juego que se llevan el Owen y el Giamatti con unos letreros luminosos. Una entretenida ocurrencia, ya veréis.

Para acabar, os dejo con un comentario que me ha hecho la vecina del quinto respecto a la peli. En realidad dicha vecina no existe y soy yo mismo, pero a veces me hablo con peluca en plan El quimérico inquilino. No sé por qué, pero a lo largo de la peli la Bellucci me recordaba mucho a Berta Collado con sus pelucas negras, o viceversa. ¿Creéis que hay algún parecido, o ha llegado la hora de que me abra la cabeza y me dé un festín con los sesos que encuentre dentro?

martes, 12 de octubre de 2010

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (XXIV)

Quatermass

Formados en la Gran Bretaña beat de los 60, John Gustafson (bajista y voces), Pete Robinson (teclista) y Mick Underwood (batería) ya eran a finales de la década unos veteranos de la escena inglesa. Gustafson había pasado por los Merseybeats y Underwood había coincidido con todo un Ritchie Blackmore en The Outlaws (obviamente no son los americanos), antes de que el Hombre de Negro se fuera a hacer fortuna con los Deep Purple. Con todo ese bagaje a cuestas y sin trabajo, unían fuerzas para formar un trio de corte progresivo llamado Quatermass. Tras lograr un contrato discográfico lanzaban en 1970 su primer álbum, el homónimo Quatermass, un estupendo álbum que no vendió demasiado. Y como le solía suceder a la mayoría de bandas que pasan por esta sección, la formación se separó y Quatermass pasó al olvido, hasta que esa gran sello italiano llamado Akarma les rescató del olvido con sus sabias reediciones.

Quatermass combina a partes iguales estupendos temas progresivos con una importante presencia de los teclados que recuerdan, claro está, a formaciones como Emerson, Lake & Palmer. Pero aquí no había ningún Lake ni ningún Robby Krieger que se pusiera a las seis cuerdas, así que, ¡no hay solos de guitarra! Con lo que me gustan las guitarras setenteras mentiría si no dijera que las echo un poco en falta, sobretodo en los temas más largos, pero también es cierto que el trío se las componían perfectamente para suplir esa ausencia, como lo hacían los Doors en directo con los bajos. Por ejemplo, tras una intro de teclados ("Entropy") melódica y sin locura salvaje (no, no estaba Jon Lord por aquí) llega el mejor tema del disco, "Black Sheep of the Family", una composición de Steve Hammond que más tarde rescatarían Rainbow. La versión de los Quatermass es bombeado como la sangre con un estribillazo que prueba que estos tipos venían de la genial escena beat y pop inglesa. Desde ya nombro a esta canción y su acertada letra himno oficial de mi (olvidada) sección de villanos. Y si os digo la verdad, ¡hasta la prefiero a la versión de Rainbow! Que tampoco está nada mal, obviamente.

"Post War Saturday Echo" entra al más puro estilo EL&P, teclados barrocos, bajo rimbombante y batería timbalera para dar paso a un tranquilo tema lento donde Gustafson demuestra por qué fue cantante de los Merseybeats. Tras seis minutos el tema se vuelve loco y las atmósferas EL&P se apoderan de nuevo de la canción, para volver a caer al cabo de un ratillo en la tranquilidad pausada del junco sesentero. "Good Lord Knows" es un tema melódico compuesto por la voz de Gustafson y su teclado con sonido clavicordio, donde bajo y batería aportan unos pequeños arreglos para dar paso a beatlianos arreglos de cuerda. "Up in the Ground" son siete minutos de inconfundible sonido Purple y eso que aun era la época en que había de salir el magistral In Rock. De todas formas como aquí no hay un Blackmore que pelee por sus riffs como una madre por sus hijos, el tono del tema es bastante más progresivo, por decirlo así, más Lord que Blackmore. La intro de "Gemini" es de nuevo 100% Purple, cosa inevitable con tanto teclado y base rítmica potente, y por lo general la copla nos recuerda a la genial banda de los egos desmesurados y riffs inolvidables. "Make Up Your Mind" nos trae dos minutos de bonitas melodías y otros cuantos más de improvisación organística y desarrollos instrumentales y sonidos espaciales. "Laughin' Tackle" se va de nuevo por bulerías progresivas, son diez minutos de teclados, solo de batería y más efectos locos de esos que habían dejado en patrimonio los Beatles. Tras unos segundos instrumentales, "Entropy 2", la banda vuelve a darnos caña con "One Blind Mice" para acabar con "Punting", una jam de aires nuevamente Purple.

En resumen, Quatermass se mueven entre la progresía de EL&P y los teclados y bases potentes de los Purple, con ocasionales despuntes del Mersey Beat, una influencia común para todas las bandas mencionadas. Y "Black Sheep of the Family" es un tema jugón. Ala.

Que bien se le daban, señor Alexandre

Post de urgencia para despedir a un grande. Más de 200 películas, la mayoría como secundario. Grandísimo actor, cuanto se lo permitían demostró que era tan bueno en el drama como en la comedia. Y para la posteridad, un estilo muy particular que le diferenciaba de los demás.

Me alegro de que no le faltara el trabajo y pudiera seguir regalándonos su arte. Si había de irse, no podía escoger mejor día. Además, era un gran tipo, un trabajador humilde que decía que lo suyo había sido más azar que otra cosa. Si me oyera decir esto se escandalizaría, pero personas como él son las que verdaderamente deberían presidir desfiles.
Manuel Alexandre, uno de los mejores de una época ya pasada en la que el cine era distinto y los intérpretes se fogueaban en las mil y una representaciones y teatrillos. Aunque él fue un afortunado que se pudo formar en el Real Conservatorio de Madrid. Seguro que si en vez de madrileño de pro hubiera nacido neoyorquino, se hablaría de él en términos más míticos.

Descanse en paz, maestro.

Alexandre hizo de todo y trabajó en muchos clásicos de nuestro cine, desde sus trabajos más recordados a las órdenes de Berlanga hasta sus colaboraciones con José Luis Cuerda y tantos otros directores, pasando por la televisión, teatro, etcétera.

Aparte de su filmografía más conocida os recomendaría una película titulada Los Palomos, una comedieta dirigida por su gran amigo Fernando Fernán Gómez. En principio no es que parezca fácil hacerse con ella, pero quien no la encuentre en las tiendas que sepa que algún santo varón la subió al Megavideo. Los Palomos no es tan grande como otras comedias en las que participó Alexandre, pero tiene sus momentos. Pero la recomiendo sobretodo porque con su increíble secundario, desde el momento en que se deja ver el gran Alexandre se lleva por delante todas las escenas en las que aparece, eclipsando a Gracita Morales, Fernando Rey e incluso a todo un Jose Luis López Vázquez.

lunes, 11 de octubre de 2010

En busca de Escarlata

Es una de las leyendas por antonomasia del viejo Hollywood. La madre de todos los castings. La búsqueda del Santo Grial en forma de actriz idónea. La mayor búsqueda de un rostro, la audición definitiva para encontrar a la protagonista de la que iba a ser la película definitiva: Lo que el viento se llevó.

El tiempo puede enterrar o puede magnificar, y desde luego los años han hecho de aquella búsqueda de Escarlata O'Hara algo mayor y más mítico de lo que fue. Pero también es cierto que aquella batida fue más allá de lo habitual, como todo lo que rodeó a Lo que el viento se llevó.

El mito nació en parte, por mera necesidad, y por otra, como una oportunidad bien aprovechada por el perspicaz productor y hombre-tras-todo David O. Selznick. Hallar al protagonista masculino fue fácil; prácticamente fue toda la nación quien decidió. Pero para la heroína cada americano, fuera o no parte de la industria, tenía su preferencia. El siempre perfeccionista Selznick no dejaba nada al azar, y no quería arruinarlo todo por dar el papel de Escarlata a la persona equivocada. La búsqueda sería concienzuda, y debían repasarse muchos rostros, ya fueran de estrellas consagradas o jóvenes aspirantes. Y bien, ¿por qué no darle publicidad a todo aquello? La adaptación del que entonces era EL LIBRO ya estaba en boca de todos, así que no era mala idea darle carnaza al público. Las pesquisas para encontrar a Escarlata llenarían periódicos y revistas, y sería comidilla de tertulias y reuniones. Todo serviría para demostrar que aquella iba a ser una película fuera de lo común. Y además sería una publicidad excelente.

Selznick International Pictures se había hecho con los derechos de Lo que el viento se llevó en verano de 1936, y tan pronto como octubre de aquel año ya habían comenzado a barajarse posibles nombres para encarnar a Escarlata. El público no dejaba de mandar cartas al estudio con sus proposiciones, y Selznick tenía a sus ayudantes recopilando nombres para saber cuáles eran los más votados. A finales de 1936 Margaret Sullavan y Tallulah Bankhead estaban en los primeros puestos.

El productor quería, si era posible, un nuevo rostro con el que sorprender al público. Y aquella promesa hecha a América era la excusa perfecta para publicitar la búsqueda de la perfecta Escarlata. Selznick contrató los servicios del periodista Russel Birdwell para dirigir la campaña publicitaria que iba a venir a continuación. A bombo y platillo el productor anunció que iba a lanzar una campaña nacional para encontrar a Escarlata O'Hara. Cualquier jovencita podía presentarse a las audiciones. Institutos, universidades, teatros regionales y auditorios municipales serían visitados por los hombres de Selznick para realizar castings por toda la nación. Aquellos hombres tenían una dura tarea por delante, y allá donde fueran serían rodeados por decenas de jovencitas aspirantes a ser Escarlata, sin dejarles ni a sol ni a sombra, esperando a la puerta de los hoteles y las cafeterías.

El entusiasmo y las decepciones de las audiciones no eran diferentes a las que se puedan ver hoy en televisión. Muchas mantuvieron alguna esperanza, a otras se les rompió el corazón por ser rechazadas nada más llegar, había madres despechadas que habían acompañado a sus hijas llenas de cualidades (aunque la belleza no estaba entre ellas) y protestaban, había madres que presentaban a sus hijas para vivir su sueño frustrado a través de ellas, y, también como hoy, había simplemente marujonas que se presentaban al papel aunque pudiera haber sido la abuela de Escarlata. En resumen, se desató la locura entre las jovencitas de Estados Unidos. En una ocasión, y a la mejor manera de reina egipcia, llegó a las oficinas de Selznick un enorme paquete del que salió una jovencita que comenzó a recitarle un pasaje de Lo que el viento se llevó mientras se iba quitando la ropa. Otra recurrió al mismo método metida en una gran reproducción del libro, enviado al domicilio del productor. Del libro salió una chica vestida de época. Y, por supuesto, no faltaba alguna chica lanzada que se ofreciera a los hombres de Selznick para lograr el papel.

Al final, y tras casi cien mil dólares gastados, la búsqueda se canceló. Entre las aspirantes a actriz de toda América no había ninguna posible Escarlata, pero para Selznick el dinero había sido bien empleado debido a la publicidad generada. Por tanto ya sólo restaba buscar entre las actrices profesionales. Los Ángeles y Nueva York serían los centros neurálgicos por donde pasarían miles de aspirantes buscando hacerse con el deseado papel.

Desde las primeras audiciones en 1936 (Louise Platt y Talullah Bankhead) se había probado a algunas actrices más, secundarias y estrellas de segunda fila, sin resultado. Durante 1938 Paulette Goddard llegó a realizar varios castings y fue la mejor posicionada aquel año. Gran parte del público consideró por entonces a Bette Davis para el papel de O'Hara. Ella misma se consideraba ideal para el papel, y pocas actrices desearon más que ella interpretar a la beldad sureña. Jack Warner le ofreció un paquete de oferta a Selznick: la Davis, Errol Flynn y Olivia De Havilland a cambio del veinticinco por ciento de los beneficios. Selznick rechazó la propuesta, y sólo De Havilland llegaría a firmar para la película. Bette Davis ni siquiera llegó a las pruebas de cámara. Aquella fue una de las grandes afrentas de su carrera, y a modo de despecho obtuvo de la Warner el proyecto de Jezabel, el drama sureño particular de Bette Davis.


Bette Davis, la gran despechada por no obtener el papel

Unas jovencísimas Lucille Ball (futura estrella de Te quiero Lucy) y Lana Turner también hicieron pruebas para el papel. El 24 de noviembre de 1938 Dianna Barrymore (del ilustre clan Barrymore) se presentaba en un estudio de Nueva York para rodar una prueba de cámara. El 17 de diciembre lo hacía Jean Arthur en Hollywood. Prácticamente todas las estrellas de Hollywood hicieron lo que pudieron para ser Escarlata. Todas menos Greta Garbo, claro.

Otra actriz de talento que suspiraba por el papel, y que de hecho había tratado, meses atrás, de hacerse con los derechos del libro, era Katharine Hepburn. La Hepburn había tratado de tirar de contactos (de su amigo George Cukor, por ejemplo, por entonces director del film) para partir en una buena posición de salida. La polémica se había desatado cuando la autora del libro, Margaret Mitchell, por lo general nada amiga de los medios, había declarado que la Hepburn le parecía una gran actriz. Inmediatamente saltaron los titulares sensacionalistas; ¡Margaret Mitchell, la autora de Lo que el viento se llevó, quiere a la Hepburn! Por supuesto Selznick entró en cólera, y la escritora prometió no volver a comentar nada respecto al proyecto. Además, Selznick no quería a una personalidad tan fuerte como la Hepburn a su lado. Y por tanto quedó en los últimos puestos junto a Bette Davis.

1939 estaba a punto de llegar, y Paulette Goddard, que gustaba a muchos, y era la preferida de Selznick, se había caído del proyecto en el último minuto, casi a punto de firmar el contrato. Puntualicemos, primero, y recordemos, que en la novela (y algo más atenuadamente, en la película) Escarlata no era una monjita. De hecho bien pudiera haber sido una completa furcia, pero, ¿podía encarnar a la heroína por excelencia de la literatura americana de los 30 (fuera furcia o no) la amante del rojillo Charles Chaplin? ¡Vivían en pecado! ¡No estaban casados! ¡Anatema! Por supuesto, entonces, al igual que hoy, siempre había asociaciones cristianas, morales o simplemente gente aburrida con sus vidas que se reunían para protestar por algo. Y toda esa gente elevó sus voces, voces que llegaron a los oídos de Selznick. Como diría años más tarde Roger Meyers Jr., jefe de los estudios que producen Rasca y Pica, "los locos han hablado". Paulette Goddard estaba fuera de la película.

Al otro lado del charco, en Londres, una tal Vivien Leigh había hecho algunas pruebas. Como medio planeta, ella también había leído Lo que el viento se llevó. Y quería luchar por el papel. Su desventaja es que estaba en Londres y no en Hollywood. Su gran ventaja es que era pareja de Laurence Olivier, la gran estrella británica. Y el agente del sire inglés era Myron Selznick, hermano de David. El hermanísimo del productor, reputado agente por méritos propios, vio un serio potencia el aquella joven actriz. Y decidió que debía ponerla en contacto con su hermano.

La leyenda dice que fue un 10 de diciembre, durante la primera escena rodada de la película (el proyecto no podía esperar más, cada día que pasaba costaba dinero al estudio), un espectacular incendio, con Selznick absorto en que todo saliera bien, cuando se presentó Myron junto con Olivier y Vivien Leigh. Myron puso su mano en el hombro de su hermano, y pronunció la frase mágica: "David, me gustaría presentarte a Scarlett". Si en medio del caos del rodaje, David O. Selznick llegó a fijarse realmente en Vivien Leigh o simplemente le echó un vistazo y siguió a lo suyo, es algo que no está claro, pero lo cierto es que poco después la actriz estaba realizando una audición, y una prueba de cámara tras otra, que se alargaron los días 21 y 22, a los que se añadieron pruebas de vestuario.

Había sido una carrera contra el reloj, justo al tiempo límite, casi al pitido del último cuarto, en el descuento de la segunda parte. Pero para David O. Selznick, tras presenciar personalmente todas aquellas pruebas, no había duda: había encontrado a su Escarlata. Vivien Leigh entraba en la leyenda.

domingo, 10 de octubre de 2010

sábado, 9 de octubre de 2010

La huella (1972)

Dos personajes en una habitación. Adaptación de una exitosa obra de Broadway, representativa del nuevo teatro de los 60, La huella fue el compendio de toda una carrera, el último consejo del padre a sus hijos en el lecho de muerte. Los días de la grandiosa y fatídica Cleopatra y la mutilada Mujeres en Venecia quedaban lejos. A principios de los 70 el director, productor y guionista Joseph L. Mankiewicz volvía a divertirse otra vez en los platós. Paradójicamente, justo tras decidir no volver a trabajar nunca con su propio material.
El Hollywood que había conocido se derrumbaba a su alrededor. Sumido en una suerte de nihilismo cinematográfico, Mankiewicz abrigaba sombrías perspectivas para el arte de hacer películas. Pero al mismo tiempo el derrumbamiento del sistema de estudios le permitió sacudirse las pulgas, levantar una pata y orinar sobre una farola. Aunque sus últimas películas sólo mostrarían la pata y la farola. Pero entre líneas, Mankiewicz se reía de todo y de todos. Como si de un psicótico autómata vestido de marinero se tratara.

Dos actores en una habitación. Diálogos excelentes, una historia donde ocurría más de lo que pudiera parecer. Limitaciones que suponían un reto. Muchos resumirían el cine de Mankiewicz en dos palabras: psicología y diálogos. En la obra del dramaturgo, novelista y guionista Anthony Shaffer el director encontró el vehículo perfecto para poner punto y final a su carrera. Pocos directores de cine han podido o podrán presumir de acabar en cotas tan altas.

La trama es en principio sencilla, aunque cuanto menos se diga de ella mejor. Es de tono policíaco, un whodunnit freudiano que enfrenta a dos hombres distintos, encerrados en un viejo caserón. Ese límite espacial seducía a Mankiewicz, quien confesó que la historia le empujaba a inventar nuevas líneas de atención, nuevas subtramas que no lo eran, mensajes ocultos que impregnaban objetos que no se hallaban en la obra general, o que eran retorcidos de alguna manera. El laberinto en el jardín, el espejo roto, los autómatas... nada era casual.
La huella es un film complejo, de esos que ganan en cada visionado, descubriendo detalles a cada ocasión. Desde luego en un primer vistazo parece encerrar mucho más de lo que parece. Más allá de venganzas, rivalidades, batallas por una mujer, hay lucha de clases, de formas de concebir el mundo, del viejo Imperio contra la metrópoli multicultural y multiracial. Si nos armáramos de una lupa detectivesca para buscar huellas en la película, encontraríamos que la mayor parte de ellas son invisibles; quedan impregnadas en nuestra psique.

El ritmo que Mankiewicz imprime al film es perfecto, y desde luego el director se preocupó de que la narración acompañara a la cada vez más compleja trama, comenzando por el convencional inicio (y esa fantástica secuencia en el laberinto) hasta el creciente paroxismo de escenas y planos en la parte final de la película.

Sin duda un film de estas características exigía dos excelentes intérpretes sobre los que recayera todo el peso de la película. Mankiewicz logró su objetivo al juntar a dos grandes como eran Laurence Olivier y Michael Caine. Ellos serían los particulares juguetes del director, la ironía de sus personajes y sus alter egos, y el hilo conductor mediante unos diálogos densos e inteligentes. Al duelo intelectual de sus personajes hay que añadir el formidable duelo interpretativo de los dos actores. Estamos hablando de la crème de la crème, y los resultados fueron, como era de esperar, excelentes. Y así fue como todo el reparto de la película fue nominado a los premios de la Academia. Y así, tanto Olivier como Caine volvieron a ser rivales en la carrera hacia la estatuilla dorada. Pero un tal Vito Corleone se interpuso en su camino.

Resumiendo, un excelente film. Nada que añadir por ahora. Si de aquí unos años lo veo diez veces más, tal vez pueda retomar el asunto.