jueves, 30 de septiembre de 2010

Arriba arriba España, andale andale

Ayer mientras esperaba el bus unos 20 o 30 chicos antisistema, a la izquierda de la izquierda o lo que fueran les dio por cortar el tráfico en plena Plaza del Ayuntamiento, y la gente mayor de la parada en plan Abe Simpson (salvo una señora, la pobre, que era la única persona cabal allí de más de 50) apenas no llevaban un minuto los chicuelos cortando el tráfico que ya les faltaba tiempo para llamar a la Guardia Civil. Y algunos de los manifas tampoco se quedaron atrás, y nos decían (o más bien nos gritaban) que luchaban por sus derechos y por los nuestros, y que en pocas palabras éramos gente mala por esperar el bus (!). Y obviamente sucedió lo inevitable, y los abuelos la emprendieron a gritos con los manifas increpadores, y éstos con los abuelos, y allí se montó un guirigay que "pa qué". Todo con mucho talante y muy democrático por parte de ambas facciones. Y me dije, "señor, qué país".

Y como me pasa en esas situaciones me suelo acordar de la señora de este vídeo.

El estilo se tiene o no se tiene. Y esta señora lo tiene. No creo que compartiera muchas aficiones conmigo, pero defiende sus convicciones de forma grandilocuente. Sí, esta señora tenía estilo, no hay más que ver el comienzo de su discurso. Sublime. Aunque parezca algo confusa, tiene estilo. Me encantan frases como "nos dejó una España arriba", "el Caudillo murió en una invitación miserable de la Seguridad Social" (¡fascinante!) o eso de que cómo viven ahora, en palacios y a todo lujo, y cómo vivía Franco... en aquel chamizo de El Pardo, le ha faltado decir.

En fin, menos mal que ahora nos podemos reír de todo esto. Aunque, cada vez que veo algún discurso de Jose Antonio Girón, aunque hayan pasado treinta años, me cago por la pata abajo. ¡Miedito!

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Pasarela de corrupción

No, no es el título del último cutre-thriller de Don Johnson, es un titular del mundo respecto al espectáculo mediático diario del juicio del Caso Malaya, donde los imputados visten sus mejores galas para enfrentarse a la justicia. Un Miró en el baño, un tipo que le llaman Sandokán... en este país hasta para robar se nota que nos revolcamos en ladrillo, salmonela y azadón.

Y a lo mejor mientras leáis esto me estaré ahorcando en una parada de bús, o intentando tomar algún tipo de transporte público para ir a la garbancería. A diferencia de los inmigrantes, no me han presionado, pero al igual que ellos, quedarme hoy en casa sería demasiado lujo.

En fin, que nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario (mmm bueno ésta es una de esas cosas que se dicen en caliente), pero resumiendo, ese don de gentuzas ya quisiera tenerlo yo (resulta curioso como la letra de una canción puede mantener su vigencia a lo largo de los años, ¿verdad?).

lunes, 27 de septiembre de 2010

domingo, 26 de septiembre de 2010

El luchador (2008)

Hay cierto tipo de historias que son susceptibles de calar más facilmente entre el público de una sala o salón, y que por su naturaleza ya tienen medio pie en la puerta de sus almas de espectador. No son pocos seguramente los que sigan el difícil ascenso a la cima de un personaje, pero quizás sean todavía más los que asistan angustiados a la rápida caída desde la cima. Incluso el götterdämerung nazi puede resultar fascinante. Y, por último, queda la típica historia del eterno perdedor, de la estrella apagada que es capaz de levantarse una última vez. ¿Y quién mejor para interpretar al perdedor que vuelve que Mickey Rourke?

Mickey, el gran Mickey, que dejó detrás varias grandes interpretaciones en los 80, y se convirtió en sexsymbol junto a Kim Basinger. Mickey, el hombre que pudo reinar, pero cuya carrera se fue por la borda principalmente por culpa de él mismo. El hijo pródigo que estuvo perdidísimo en los 90, mezclando excesos con un estrambótico relanzamiento de la carrera de boxeador que dejó por una conmoción y la interpretación, y que finalmente volvió al cine como pudo y no sé si en plena borrachera o tratando de volver a ser el Mickey de 9 semanas y media, se metió en un quirófano y, bueno, ya véis su aspecto actual. Desde luego me parece el hombre ideal para el papel. Y además, se lo merecía más que Nicolas Cage.

Desde luego el bótox es la mejor manera de arruinar uno de los principales instrumentos que tienen los actores y actrices, pero Rourke, por decirlo de alguna manera, "lo sigue teniendo". Su voz sigue transmitiendo emociones, y sus ojos no engañan. Y, en resumen, nosotros, el público, podemos ser muy facilones. Pon, por ejemplo, a un famoso ex-alcohólico interpretando a un ex-alcóholico, y el interés ya estará ganado.

Ya sabéis, entre el drama y el melodrama puede haber una línea muy fina, y de no caer en las manos adecuadas y darle el tratamiento que se necesita, un Días de vino y rosas puede convertirse fácilmente en una peli barata de sobremesa del tercer canal. El luchador podría haber sido también un fácil drama más, pero aparte de que el guionista ha sabido dar las dosis justas para no convertir la película en un carnaval de lágrimas, Rourke hace de "The Ram" un personaje tan admirable como conmovedor.

Si al arquetipo de una historia que suele funcionar, el actor y el personaje, le añadimos una dirección inspirada por momentos ya vamos teniendo una película que bien podría destacar en un Festival de Venecia. Y es que, después de que el mundo volviera a saber que estaba vivo gracias a Sin City, había expectación por ver de nuevo a Rourke en un personaje dramático que estuviera diseñado para él. Y más allá de las bondades del film, quizás simplemente su vuelta a lo grande ya mereciera un premio en esas tierras italianas.

Y desde luego Rourke sabía que ésta era su gran oportunidad. El luchador era un film de bajo presupuesto, y su sueldo era un problema. Esa contingencia, sumado a que los productores no le querían allí, puso durante un tiempo al actor fuera del proyecto. Pero el director, Darren Aronofsky, insistió en tener a Mickey. Y finalmente éste le premió aceptando trabajar gratis. No es algo que hiciera, como el actor ha confesado en alguna entrevista, con una sonrisa en los labios, sobretodo considerando que tenía que prepararse en los gimnasios, entrenar con un luchador de wrestling profesional, etcétera. Pero como ya he dicho, el viejo Mickey sabía que no podía dejar pasar este tren, y se dejó la vida en ello. Y si había que cortarse la frente en virtud del realismo, pues se la cortaría.

Aparte de la vuelta del gran Mickey a los ruedos, El luchador tiene, para muchos de nosotros, varios alicientes extra. Por ejemplo, la excelente y sleazy banda sonora, donde se escuchan temas clásicos de bandas como Quiet Riot, Scorpions o el "Sweet Child O'Mine" cedida gratis por el propio W. Axl Rose en persona (y por tanto agradecidos que le están en los créditos del final). Vamos, que la BSO es de "extlaodinalia magnitud".
Otro gran aliciente es el ambiente de wrestling que nos trae recuerdos a muchos (no sé si los de la generación de Batista habrán disfrutado con este film, pero seguro que somos muchos de los de Hulk Hogan a quienes El luchador les ha tocado justo ahí). En la película el ambiente del wrestling es pintado como algo bastante más duro que como lo imaginamos la mayoría. Preparado, sí, pero las viejas glorias que pelean en salas desvencijadas (supongo que aquí sería fútbol de regional) parecen tenerlo todo más difícil. De todas formas poco importa eso cuando vemos a The Ram dejándose los huevos en cada combate, haciendo lo único que sabe hacer, mientras su vida se va al carajo y su hija le odia como, al parecer, odia la hija de Jake "The Snake" Roberts (¿os acordáis de él? ¡era uno de los carismáticos) a su propio padre.

¿Y que sería de los viejos luchadores sin una dama por la que luchar? En su papel de stripper que tampoco lo tiene fácil en la vida (ya madurita, con un hijo y rivales veinteañeras con las que competir) Marisa Tomei demuestra que no sólo ha madurado como actriz, sino que a sus años esta mujer está mil veces mejor que hace veinte. Superduble.

Por supuesto, no desvelaré el final de la película, pero simplemente diré que... ni diez Roya Rumbles juntos podrían superar esa secuencia final tan... para no dar pistas, lo dejaré en un superduble de nuevo. Grande.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Dibujos desanimados (y IX)

Bueno, mi particular catarsis catódica y terapia dibujil llega a su fin con esta entrega. He estirado tanto como he podido los recuerdos de series de dibujos con que haya podido toparme a lo largo de la vida. Unas las disfruté, y otras ya me parecieron horribles entonces. Pero creo que el pozo se ha secado y ya no se le puede pedir más. Pero, por supuesto, esto no significa que las series de dibujos sleazy y grunch no vayan a aparecer más por aquí.
Seguro que muchos y muchas habréis notado que unos cuantos títulos míticos de épocas pasadas no han aparecido por aquí. Ya sabéis, esos títulos que realmente todo el mundo de cierta generación recuerda... bien esas grandes series tendrán su propio monográfico por que no merecen menos, y hay mucha pana que cortar ahí. Así que por el momento esta sección pasará a mejor vida. Sí, tal vez aun podría haber hablado de Los osos Gummi (osos que rebotan... ¿qué más se puede añadir a eso?) o de la farlopera adaptación animada de La máscara, pero vaya, como suele decirse, ¡es mejor dejarlo en el momento más alto! Aunque en este caso quizás sea el más bajo... Pero basta de chácharas. Let's go for the real shit!

La Hormiga Ferdy: ¿no sería maravilloso vivir en el futuro, estar casado con Sharon Stone, viajar a Marte, comprar una cabeza de gorda repleta de explosivos programada con una frase, que te implantaran recuerdos, y aún mejor, que me pudieran quitar el jodido estribillo de Ferdy de la cabeza? Ferdy es valiente, (Ferdy!) inteligente, (tiene!) gran valor (Ferdy es valiente!)... y esos coros majaderos, dignos del "Eat It" de Al Jankovic... ¿es que nadie pensaba en los niños? Evidentemente no, y así semana tras semana me empapaba de las aventuras de la hormiga con un pañuelo más grande que su cabeza, mientras con su gran inteligencia desfacía entuertos en el bosque o jardín donde esa desgraciada fauna tuviera el placer de vivir. Vaya personajes más estrafalarios... el mejor, sin duda, es ese amorfo caracol con cara de Corcuera... ¡sublime! En fin, esta vez los alemanes y sus amigos nipones del Eje, o quien fuera que perpretrara esto, no les alcanzó la inspiración. Hoy en día uno ve La abeja maya y sigue teniendo su encanto, pero esto es... somethin' else, que diría Eddie Cochran. Y que me perdone el gran Eddie, pero no es justo que solo yo, cual Atlas, aguante el peso de la maldita canción de Ferdy. Así que ahí os la dejo... ¡venga valientes!


Turbo Teen: Sí, de siempre, en América, todos los adolescentes quieren un coche, pero, ¿cuántos quieren ser un coche? Bueno, no recuerdo si el chaval éste quería convertirse en uno, pero el pequeñín tenía esa facultad, y por suerte para él no se transformaba en un Seiscientos o en un coche eléctrico no contaminante para perderores, sino en un flamante deportivo, ideal para impresionar a una rubia o a un colega moreno que no puede conducir deportivos en Mississippi porque le arrestarían a los dos segundos. Y así se pasaba la vida este muchacho, transformándose en coche para acabar con los malos. Aunque había un momento intermedio en que parecía que fuera a transformarse en Jay Leno. Yo siempre me he preguntado, ¿dónde repostaba este muchacho? ¿O su sangre se convertía en diesel? Y entonces, cuando volvía a humano, ¿necesitaba transfusiones? ¿La rubia estaba con él sólo por el interés, para que le llevara de compras y fardara antes sus amigas? ¿Cuánto son cuatrocientos dracmos? ¿Inventó Confucio la confusión? ¿Se pueden describir las complejidades de un país como Rusia en veinte palabras? ¿Quién era Janú? Vaya, todas estas preguntas se perderán como secreciones de la glándula lacrimal en las aguas pluviales.

SuperTed: La verdad es que en el fondo le tengo cariño a este serie, me la desayuné durante una buena temporada antes de coger el bocata de fuagrás (Apis, por supuesto, el de la tapa negra) o de mortadela con mantequilla (Tulipán, claro... fuagrás, mantequilla... ¡ah, eso eran comidas sanas, y no la bollería industrial esa!) y partir hacia el colegio para convertirme en un hombre de pro. Aunque no lo consiguieron, era un buen colegio. Pero divago. El caso es que el amigo Ted era un oso de peluche que lo tiran a la basura, y un juguetero-coleccionista interestelar (o un vagabundo de las estrellas que va de planeta en planeta rebuscando en los contenedores, vaya usted a saber) se apiada del oso y le da vida y superpoderes, y supongo que un traje a lo Capitán Marvel, porque debajo de la felpa el oso tenía su traje rojo de superpoderes. Y así, supermineralizado y revitaminado, SuperTed se dedica a combatir el mal junto con su benefactor alienígena, un ser amarillento con un cepillo escobil en la cabeza y bubones por todo el cuerpo. Ains, qué de recuerdos

Los chicos de Beverly Hills: fragorosa serie que mostraba a los impresionables niños y niñas la vida que en su mayoría ninguno podría tener. Los personajes de esta serie se pasaban el día bañándose, yendo a comprar a sitios de moda y viviendo aventuras absurdas. Resulta irónico que con tanto lujo esta serie no pudiera ser más de saldo. Y además no salía aquí ningún Dylan para arreglarlo. Que tampoco sé si en el Beverly Hills de los seres de ¿carne? y hueso el tal Dylan arreglaba algo. Pero ¡hey! si Luke Perry se deja ver en Los Simpson y en Padre de familia, seguro que no es mal tipo.


Los Popples: Como podéis observar, ésta era una serie catódica y espasmódica en la línea de Los osos amorosos. Y seguro que os preguntaréis, ¿pero este hombre realmente veía todas estas mariconadas? Bueno, como ya confesé en alguna entrega anterior, pues ciertamente los malditos osos y sus arcoiris formaron parte de mi vida para bien o para mal. Los Popples supongo que me pillaron más talludito, pero recuerdo su existencia, y por eso los cuelo por aquí. Horripilantes como ellos solos, tan tiernos y mullidos, y con esos colores de pesadilla provocado por exceso de salmonelosis, Los Popples son, para empezar, un atentado a la vista. Y su mundo de felicidad y color, enervante. De hecho, si existieran de verdad, haría lo que Bender el Grande hacía con los "popplers" en Futurama: ¡chafarlos por diversión!

Belfy & Lillibit: dos duendecillos, gnomos, o seres diminutos que vivían entre las flores y se hacían carantoñas bajo los pétalos y practicaban bukkake tras los lirios. La verdad, no tengo ni idea de qué iba esto, pero mis neuronas neblinosas me dicen que alguna vez debí de echarle un ojo a esta serie. En fin, que la meto por rellenar y por si a alguno le trae a la memoria qué se yo.


Visionaries- Los caballeros de la luz mágica: si en las pelis Romeo y su amada pueden llevar pistolas, ¿por qué no van los caballeros artúricos a llevar pantallas de plasma en la pechera? O lo que fuera que llevaban en las armaduras esta gente. En fin, que esta serie había tomado como partida al Rey Arturo y sus caballeros (e incluso había un mago barbudo a lo Valle-Inclán) para montarse su propia olla podrida (muy podrida, en realidad) de armaduras, batallas, futurismos, planetorrios y otras empanadas mentales de las productoras que hacían series como churros para vender juguetes, camisetas, droga en la puerta de los colegios y demás. No sé por qué, pero cada vez que veo esas armaduras se me antojan hechas como de desperdicios de la casa Roca (sí sí, la de los tronos) o algo así. Los caballeros mamposteros se tenía que haber llamado esto.

Las fabulosas aventuras de Billy y Ted: sí, cuando vi la peli, yo también dije: "¡guau! ¡sapristi! ¡ooh! ¡sí, uuh! ¡yo también quiero viajar al pasado en una cabina telefónica y conocer a Gengis Khan, a Mozart, a Julio César o a Manolo Morán y que me ayuden a sacar un diez en historia! Por desgracia no parece que a ningún consejo interestelar le pareciera que el que sacara adelante mis estudios ayudaría a salvar el Universo, y por lo tanto no tuve a una Muerte 80s o a George Carlin en plan Rodger Hogson cibernético para ayudarme con mis tareas. Sí, la primera vez dije uh, guau, que molón, pistonudo, nuclear no-bases fuera y demás expresiones ochenteras, pero la segunda vez comencé a notar que me había cambiado la voz, que el Interviú era muy interesante y que las aventuras de Billy y Ted eran un ñordo de dimensiones bíblicas. Y encima nos encasquetaron unos dibujos que eran todavía más mongólicos. Y luego la gente pretende que Keanu Reeves no me caiga gordo. Porque compartió escenas con los Peppers, que si no...

El gordo Alberto y la pandilla Cosby: como pasa en las pelis, series y demás, no suelen haber muchos protagonistas gordos, y en las series infantiles casi menos aún. Y hablo de gordos bien formados, no de panchitas ni barriguillas graciosas. Pero ahí estaba el amigo Cosby para encasquetarnos al gordo Alberto y su pandilla de hermanos (hermanos en la jerga, claro) para enseñar a los niños lo que está bien y lo que está mal. Con lo jodida que estaba la situación en los guetos supongo que venía bien que les recordaran que no había que meterse en las pandillas, ni fumar crack, ni pedirle ayuda a la policía, pero resulta que aquí ya sabíamos todo eso gracias a El pico y no necesitábamos una serie tan pelipúntica como ésta, con moralina a raudales al mejor estilo Cosby. Pero nada, el amigo Alberto siguió dándonos la paliza sin que le diera un infartito siquiera. Y luego dicen que el colesterol es malo. Lo que estaba claro es que Alberto, menos drogas, se metía de todo.
¿Y quién porras dibujó a esos negritos? Un agente del Ku Kux Klan no lo habría hecho mejor. Rediós, que caretos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

El tu(de)ledano cabreado

Por Dios, que nombren a este hombre concursante de televisión vitalicio y lo paseen por todos los concursos de la tele. ¡Qué tipo!

El libro picante

Hubo una época en que para mí el cine de James Ivory se resumía a películas de "tacitas y platitos", un tipo de películas donde se habla y se habla entorno a una mesa de té y nunca pasa nada. Pero puede suceder más de lo que parece a simple vista. ¿Es Lo que queda del día de lo mejor que ha hecho Ivory en su vida? Seguro. Desde luego contaba con una buena base, pues se asegura que la novela del britanojaponés Kazuo Ishiguro (si los occidentales escriben sobre samurais, ¿por qué no va a poder él escribir sobre mayordomos ingleses?) es de las mejores novelas inglesas de los últimos tiempos.

Lo que queda del día es una historia de amor, amor entre personas, amor a una profesión, y amor a una época perdida de privilegios y nobles. Amores quedos, amores que se expresan en una mirada fugaz, en un comentario sobre los tenedores y los cuchillos. Seguro que hubo un día en que Anthony Hopkins se dijo a sí mismo: I could use a little more cowbell, y por tanto rodó algunas cosas en plan Ford-T, pero interpretando a Stevens, el mayordomo perfecto, pulcro, atento, eficiente y devoto de su trabajo y su señor, dio tanto en el clavo que desde entonces los críticos seguirán alabando sus actuaciones hasta el fin de los tiempos. Y, qué diablos, se ha ganado a pulso que todo el mundo hable bien de él aunque haga cosas tan estrambóticas como Instinto. Y, vaya, Emma Thompson tampoco es manca.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Maestro de ceremonias transmaniacón

We're pain, we're steel, a plot of knives, We're transmaniacon MC. Si el Festival de Montreaux tuvo a Deep Purple, Altamont tiene a Blue Öyster Cult.

martes, 21 de septiembre de 2010

Dos & Don'ts del ligue

¿Cansados de pasar las noches jugando a la play sin nada que hacer, mientras vuestros amigos se divierten con sus parejas en las fiestas Hi-Teen? ¿La cagáis siempre al tratar de besar a la chica en la primera cita? ¿No sabéis como entrarle a una chica? ¿Acabáis siempre pecando con la chica de vida más alegre del barrio? ¡No os preocupéis! Tito Eisenhower vela por vuestras sanas relaciones con el bello sexo y os ha preparado magníficos vídeos tan instructivos como éste. Porque no tengan un estilo moderno de la MTV no los dejéis de lado. Matt Groening aprendió mucho con ellos, y ahora tiene su propio jardín. Seguid estos sabios consejos y en un periquete tendréis a una bonita y decente chica al lado, y seréis felices para siempre. No como esos apestosos rockeros que escuchan a Elvis y Little Richard, que fuman y meten mano, y son carne de presidio, y, peor aún, del infierno más infernal, donde suena Pat Boone todo el día, antes de que su alma se la llevara el Diablo.

Sí, aquellos eran unos tiempos buenos y decentes. Jeez whiz, good golly gosh!


lunes, 20 de septiembre de 2010

Malditos bastardos (2009)

Hay que ver lo hace preparar y ambientar bien una escena. Unos alemanes llegan a una granja, el malvado coronel entra, y allí está el pobre granjero con sus bellas hijas. ¿La tomará como botín de guerra? Evidentemente no, pero es una forma de jugar con villano que nuestro subconsciente conoce: el nazi diabólico. En esa primera y magnífica escena de Malditos bastardos se conjuntan los ingredientes que Quentin Tarantino ha mezclado para este film: ambiente bélico de la Segunda Guerra Mundial, spaghetti western con las viejas reminiscencias de John Ford, y, como se verá a continuación, acción y disparos que beben directamente de viejos films bélicos de los 60 y los 70. En fin, el padre, la hija que se mete en casa, la muerte que se aproxima... y un primer capítulo llamado "Érase una vez en la Francia ocupada" (habría sido un estupendo título-homenaje para la película". Inevitable no acordarse de los preparativos de la comida al aire libre de la familia McBain en Hasta que llegó su hora. Sí, Malditos bastardos tiene un inicio colosal, y creo que muestra al Tarantino más refinado desde Jackie Brown.

Malditos bastardos no es el film redondo que habría podido ser, y quizás disperse sus fuerzas en demasiadas direcciones, pero es un buen y entretenido film de acción. Un pelín larga tal vez, el interés del guión baja y sube, y, en fin, supongo que cada uno opinará según admire más o menos al amigo Quentin o se haya dejado o no llevar por la trama sin ambages. A estas alturas dudo que Tarantino nos sorprenda con un film pensado para matrimonios maduros y reflexivos, y está bien así; que yo sepa, de Tarantino no esperamos otra cosa sino buenas dosis de acción, humor negro y, a ser posible, historias tan resistentes como el keblar. En Malditos bastardos tenemos la sangre, la acción, algunos diálogos ingeniosos (menos que nunca, aunque tras Death Proof casi agradezco esa sobriedad), los mil y un guiños para los ratones de videoclub... todo lo que nos suele ofrecer el director. Desde luego esta vez Tarantino creo que ha logrado un film más compacto que otros anteriores, pero, una vez más, me sigo quedando con la sensación de que si quisiera, o si pudiera, o si tomara drogas, o dejara de tomarlas, o qué se yo, podría ofrecernos aún mucho más. ¿Es injusto tener siempre de referencia Reservoir Dogs o Pulp Fiction? Supongo que sí.

Desde luego puedo decir que he disfrutado con varios momentos a lo largo del film ciertamente deliciosos, divertidamente macabros, o retorcidamente tensos. La escena inicial, como ya he dicho, magnífica, la auténtica nata para el strudel, pero que no se hace esperar. Ahí está, desde el principio. El pobre granjero interrogado por uno de los grandes villanos de los últimos tiempos, el coronel Hans Landa (ninguna relación con el señor Alfredo que sepamos), magníficamente interpretado por Christoph Waltz. Por una vez en los Oscar creo que dieron en el clavo. De hecho creo que varios de los mejores momentos de la película coinciden, fíjense que casualidad, con las apariciones de ese retorcido coronel hombre de mundo. No es de extrañar que la interpretación de Waltz haya sido aplaudida por doquier. Probablemente lo mejor del film sea su personaje. ¿Aunque saben qué? Su asustado antagonista en la granja todavía me ha impresionado más. Denis Menochet es el actor. Nada sabía de su existencia. Pero señores, dar tanto en un momento de tenso comedimiento es muy difícil. En palabras del coronel: "¡Bravo!".

Y hay más grandes momentos: la interrogación con bate a cargo del "Oso Judío" Eli Roth (¿será cierto que escuchar Hannah Montana le daba energías destructoras para empezar a rodar?), la historieta sobre el sangriento pasado del sargento Hugo Stiglitz (en otros tiempos habría sido un gran papel para Michael Madsen), los "nein nein nein" del Führer, los intentos de italiano del personaje de Brad Pitt, el momento "te pillé" de la taberna... y algun otro más. Por desgracia, los papeles femeninos no me parece que estén a la altura (el mejor, el de Shosanna, pero aun así...) en comparación con los masculinos, y en una película tan coral como ésta, eso es una desventaja.

Respecto a los pequeños cameos, me ha costado deducir el de Mike Myers, pero el que más me ha sorprendido ha sido el del inefable Rod Taylor. Al verlo en los créditos iniciales me he preguntado si sería él, y hasta los créditos finales no he logrado asegurarme de que fuera él el Primer Ministro. Pero sí, el rudo Taylor interpreta a Churchill. Gran homenaje el de Tarantino, y muy acertado; al fin y al cabo el bueno de Rod interpretó El último tren a Katanga, uno de esos films a los que Tarantino ha decidido rendir tributo esta vez.

En fin, y eso es todo. Bien, ahora, si me permiten encender mi pipa...

domingo, 19 de septiembre de 2010

Alicia en mis fantasías

Hablaba en su blojjj el jodío Papa de la blogosfera que diría Peter Griffin, esto es, Aitor FP, de la originalidad en el rock. Es un tema polémico, tanto en rock, como en cualquier otra expresión artística humana, y, bueno, todos sabemos que han sido pocos los que han hecho realmente cosas nuevas, y, de todas formas, ¿quien no tiene influencias? Supongo que hasta el Cromagnon que le dio por imitar a los pajaritos se fijó en tal o cual gorgorito avícola. Vamos, que como iba diciendo, es un tema laaargo, ideal para debatir entre cervezas que se acaben estrellando en cabezas y luego todo sean abrazos, en plan Lynyrd Skynyrd. Por mi parte simplemente quiero dejaros este tema de Funkadelic que me señaló anteyer mi hermano. ¿Oléis a RATM en el ambiente?

sábado, 18 de septiembre de 2010

Venidos del espacio (1953)

Uno de los títulos básicos del género en los años 50, Venidos del espacio (It Came from Outer Space) es uno de los films más serios de la ciencia ficción de la época, en línea con Ultimátum a la Tierra y películas similares.

El guión se basó (aunque se dice que prácticamente quedó inalterado) en un tratamiento del insigne escritor de ciencia ficción Ray Bradbury, quien realizó dos versiones para la trama. La Universal, para la cual esta película significaba su primer lanzamiento en 3D, optó curiosamente por el guión menos convencional, lo que a la postre ha ayudado a Venidos del espacio a destacar sobre las demás, por su visión distinta de los alienígenas que, una vez más, vienen de visita por la Tierra.

El film fue dirigido por Jack Arnold, todo un experto en rodar películas de ciencia-ficción cuyo trabajo en diferentes clásicos del sci-fi de serie B le ha convertido en una figura clave del género durante los años 50. Aunque Venidos del espacio no esté a la altura de algunos de los mejores títulos de la época, sobresale por el planteamiento de Bradbury y por una dirección sobria que sabe economizar los habituales pocos medios del género en aquellos años. Quizás su mayor defecto sea un ritmo demasiado lento en ocasiones, pero hay que atribuirle a la estructura del guión y a Arnold que trataran de levantar un film distinto, en el que todo va siguiendo un ritmo escalado para crear poco a poco un clímax para el encuentro definitivo con los seres de otros mundos, como hicieran años después Spielberg o Ridley Scott. Evidentemente Arnold no llega a tales cotas de magnificencia, pero se le adivina la intención. Además, para la media de la época, en que las invasiones, los viajes espaciales y las explosiones llegaban en los primeros cinco minutos de película, el modo de hacer de Arnold en este film es sin duda atrevido.

En el reparto, aparte de los mondongos del espacio exterior francamente entrañables y los típicos intérpretes de serie B, destacaría a la bella Barbara Rush, una actriz que tuvo una carrera importante pero que no llegó a estrella, pero que se ligó al guaperas de Jeffrey Hunter, con quien tuvo un hijo por la época en que se rodó este film. Eran como los Brangelina de entonces, vamos.

Venidos del espacio es un film interesante, con unos alienígenas distintos, pero al que le echo en falta algo más de acción. Personalmente me quedo con la ya citada Ultimátum a la Tierra o algunos otros títulos francamente más chorras e inverosímiles pero más entretenidos. Con todo, a quien le guste el cine de ciencia ficción de la época se la recomiendo; hay que verla al menos una vez.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Etiquetas y casinos

He reetiquetado las entradas de cine, específicamente mis reseñas sobre películas, para falicitar su localización por si a alguien le diera por rebuscar algo específico. Lo que he hecho ha sido dividir los posts peliculeros por décadas, de la siguiente manera: desde los inicios del cine hasta 1929 inclusive, sería la etiqueta "cine mudo" (sí, si algún día comento El cantor de jazz, tendré problemas, pero bueno), y de 1930 hasta 1939, sería "cine 3os", de 1940 a 1949, "cine 40s", etcétera. He decidido por olvidarme de las matemáticas y no respetar lo que sería la cronología correcta, es decir, si la década de los 50 comenzó en realidad en 1951, yo he ignorado eso y he seguido lo que suele hacer el común de los mortales, para evitar confusiones. Por último, del año 2000 en adelante, sería "cine del siglo XXI". Espero que os ayude en algo.

Y ya que hablamos de etiqueta, en esta escena Robert De Niro nos enseña a comportarnos en un casino.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Héroes

Hay series que van y vienen, series que prometen al principio pero luego se desinflan; sin embargo, Bowie permanece.


martes, 14 de septiembre de 2010

Infierno en el Pacífico (1968)

Infierno en el Pacífico fue una de esas producciones que cuesta levantar, que se posterga por esto o por aquello, y que finalmente empieza con mal pie y acaba siendo problemática en muchos sentidos. El rodaje de la película no fue fácil, y seguramente hoy no se hablaría de ella (tampoco es que se la mencione constantemente en foros y blogs, pero bueno) si no fuera porque reunió a dos grandes tipos: Lee Marvin y Toshiro Mifune.

En 1966 Mifune había firmado para rodar su segunda película fuera de Japón. Ya había tenido un pequeño papel en Grand Prix, pero ésta vez sería protagonista. La idea inicial era una batalla en una isla solitaria durante la Segunda Guerra Mundial, pero el proyecto fue pasando de cajón en cajón, postergándose, hasta que comenzó a tomar forma cuando la ABC, a través de una compañía subsidiaria, y con apoyo de la UPA, la productora de Henry Saperstein. Durante un momento la compañía Toho también estuvo a un paso de participar, pero los intereses de la ABC dieron al traste con la idea. La luz verde a la película no llegó hasta que se pudo asegurar a Lee Marvin como co-protagonista.

La nueva idea era rodar un film no demasiado caro, en alguna isla de Hawái, con Marvin y Mifune como dos únicos protagonistas. Serían dos soldados enemigos varados en una isla, y la trama se centraría en ellos y en su lucha por sobrevivir a la isla y a su odio mutuo. Sin el guión listo del todo, Marvin trajo al proyecto a John Boorman, con quien había trabajado el año anterior. Boorman decidió que en virtud del realismo había que rodar en el Pacífico, con lo que la producción se trasladó al archipiélago de Palau. Este incremento presupuestario no fue lo único que enfrentó a Boorman con Saperstein. El guión también fue motivo de discusión entre el director y el productor.

Comenzado el rodaje, los problemas continuaron, esta vez entre Boorman y Mifune. Sus ideas respecto al personaje no parecían coincidir en absoluto, y según el director, Mifune estaba obsesionado con defender el honor de Japón, aunque quizás sólo tratara de desarrollar su personaje conforme a su idiosincrasia japonesa. No sería la primera ni la última vez en que Mifune, metido en una producción occidental, tuvo que luchar a brazo partido para que su personaje fuera descrito en términos más reales, y no como un europeo o un americano se imagina a los japoneses.

Con quien no hubo problemas fue con Lee Marvin. Todo lo contrario: él y Mifune desarrollaron, a pesar de las limitaciones lingüísticas, una gran amistad, que cultivaron a lo largo del tiempo y hasta el fin de sus días. Congeniaron desde el primer momento, y al acabar el rodaje cada día Marvin ponía a disposición su whisky, Mifune su sake, y se pasaban bebiendo casi toda la noche, para, al día siguiente, despertarse con energía y resolución, haciendo su trabajo como los grandes profesionales que eran.

Acabado el rodaje, sugieron nuevas dispustas, esta vez a causa del título. Boorman quería titularla El enemigo (y, curiosamente, las similitudes entre la trama de este film y Enemigo mío no dejan de ser curiosas), pero en la ABC querían algo que denotara algo más vendible, acción con Lee Marvin, con lo que se impuso Infierno en el Pacífico, título algo confuso, que al propio Marvin le pareció horrible.

El insulto final para Boorman llegó con el montaje. Ya de vuelta en Inglaterra, se enteró de que el productor Saperstein había cambiado la conclusión del film por un inopinado final con recurriendo a un metraje de archivo que la verdad le deja a uno bastante perplejo, aunque no parece que el final original fuera demasiado mejor.

Todo fue consecuencia, seguramente, de un guión demasiado deslabazado, poco realista en algunos aspectos, que tras unas primeras secuencias interesantes se va diluyendo poco a poco. Es la química y la buena labor del dúo protagonista la que mantiene el film a flote, pero en conjunto Infierno en el Pacífico no deja de ser un film fallido cuyo potencial no llegó a explotarse del todo.

Con todo, si sois fans de Marvin o Mifune, o mejor aún, de los dos, merece la pena echarle un vistazo a esta peli, algo mediocre quizás, pero que cuenta con unos cuantos buenos momentos. La verdad, sólo por ver, pongamos por ejemplo, la escena en que el personaje de Marvin se mea (literalmente) en el de Mifune, ya justifica el visionado de esta Infierno en el Pacífico. No es de lo mejor de Boorman, pero tiene un pase.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El reinado de Elvis: 1968

'I want everyone to know what I can really do.'

3 de diciembre de 1968. América asistía atónita y de forma hipnótica al formidable regreso del Rey. Todas las dudas que pudiera haber se despejaron. En el especial de televisión emitido aquel día, Elvis demostró al mundo lo que realmente sabía hacer.

A principios de año, sin embargo, aquel especial era todavía sólo una posibilidad. El 15 y 16 de enero Elvis volvía al estudio para seguir grabando posibles temas para un nuevo disco de estudio y canciones para la banda sonora de su nuevo film. La grabación tendría lugar en Nashville, donde usualmente Scotty Moore, el viejo compinche de Elvis, solía encargarse de preparar las sesiones de grabación. Scotty también había dirigido su propio estudio y había trabajado como ingeniero de sonido, y Elvis le pidió que pasara unos cuantos discos a cinta. Así, antes de comenzar las sesiones, Elvis y Scotty escucharon viejos temas de country y blues, y recordaron viejos tiempos. El arranque nostálgico de Elvis y los problemas que surgieron en aquellas sesiones definían bien lo que le pasaba por la mente en aquellos momentos. Los temas que le llegaban (léase "Too Much Monkey Business" de Chuck Berry o "U.S. Male" los finiquitaba sin problemas, pero los temas que le dejaban frío le podían llevar treinta tomas.

Las sesiones no fueron demasiado satisfactorias, y el anuncio que le hizo el Coronel de que la NBC había aceptado firmar un jugoso contrato para el especial televisivo no le entusiasmó demasiado. Elvis tenía tantas ganas de grabar y cantar en televisión un disco navideño como de que le sacaran una muela. En febrero llegó por fin lo que estaba esperando: el nacimiento de su hija, Lisa Marie. A finales de mes el cantante partió hacia Hollywood para rodar su nueva película, Live a Little, Love a Little.

Durante el rodaje Priscilla pudo hacer por fin una vida de casada con Elvis en su nueva mansión, a la que invitaba sólo a unos pocos amigos. La mayoría de los amigotes de la Memphis Mafia se quedaban fuera. Sin embargo, muy pronto Priscilla se topó con una amarga realidad: Elvis no se sentía atraído por las mujeres que habían sido madres. Hacían vida de familia con Lisa Marie, sí, pero por las noches... aquello era otro cantar. Al final ocurrió lo inevitable: Priscilla tuvo su primera aventura extramatrimonial con su profesor de baile.

En mayo Elvis conoció a los productores del futuro especial televisivo. Seguía sin tener sentir el más mínimo entusiasmo por todo aquello, pero el intercambiar unas palabras con el productor ejecutivo Bob Finkel le hizo empezar a pensar que tal vez no estuviera todo perdido. A Finkel parecía convencerle tan poco la idea de un especial navideño como a Elvis, y así se lo había hecho saber al mánager de Elvis. El Coronel se mostró reticente y duro de convencer, más que el patrocinador del evento (la prestigiosa compañía de máquinas de coser Singer), pero finalmente Finkel le persuadió de que lo dejara todo en sus manos. Las últimas exigencias de Parker fueron que todo siguiera girando entorno a su protegido, y que hubiera, al menos, una canción navideña. Partiendo de ese acuerdo de mínimos, Finkel contactó con un veterano del medio televisivo, Steve Binder, como director creativo del proyecto. Aunque Binder llevaba años en televisión, estaba al tanto de la música contemporánea y era fan de grupos como Beatles o los Beach Boys, y había dirigido con éxito un especial para Petula Clarke. Curiosamente, no admiraba especialmente a Elvis.

Binder y su ingeniero de sonido, Bones Howe, pasaron a reunirse con el Coronel en su despacho en la MGM. Durante gran parte de la reunión Parker les contó anécdotas de sus tiempos de feriante, habló sobre esto y aquello y le faltó hacer juegos de manos. Los confundidos Binder y Howe vieron como se escapó el tema de unas exigencias económicas que querían presentarle al mánager, pasmados como gallinas en una feria, pero les afirmó que Elvis haría lo que fuera "siempre que le gustara", y les advirtió de que cualquier tema que cantara debe pertenecer a los derechos de editor de Elvis, o negociarse para que así fuese. Con esta concesión, el Coronel les dio los buenos días.

Aunque Binder y Howe seguramente no fueran a cobrar lo que esperaban, veían en aquel asunto una gran oportunidad. El Coronel les había dicho que quería "algo grande", y Binder coincidía en que de todo aquello podía salir efectivamente algo inolvidable. Y así se lo hizo saber a Elvis cuando se reunió con él más tarde. Bones, que había trabajado con Elvis años atrás, en sus días de gloria, durante las sesiones del que fue su segundo álbum para la RCA, le recordó los viejos tiempos, su energía, su entrega, y aquel viejo espíritu, le aseguro a continuación Binder, sería lo que dominaría el especial televisivo. Mientras Elvis se iba a pasar las vacaciones a Hawái, él y Bones realizarían un esbozo para el programa y se lo mostrarían al cantante a su regreso. Acabada la reunión, Elvis partió con Priscilla hacia Hawái, donde hicieron turismo, visitaron el monumento al Arizona que Presley había ayudado a levantar con sus aportaciones, y fueron a un torneo de kárate donde Priscilla conoció a un apuesto campeón llamado Mike Stone. Así pues, mientras Priscilla, por el momento, dejaba volar su mente, Elvis se dejaba crecer las patillas y se ponía en forma para el especial que iba a ser grabado el mes siguiente. Tenía que perder peso, y lucir la figura imponente de sus mejores tiempos.

La preproducción del especial comenzó el 3 de junio. Con "Guitar Man" (para la que finalmente habían conseguido los derechos) como tema central y la obra teatral El pájaro azul de Maurice Maeterlinck como leifmotiv, Binder y Howe le presentaron el proyecto que habían ideado a Elvis, sin estar seguros ellos mismos de si inspirarse en esa obra de teatro podría funcionar. Pero, para su sorpresa, Elvis le dio su aprobación a todo, y dio luz verde al proyecto. Binder y Howe discutieron con Elvis lo que estaba dispuesto a hacer y lo que no, pero, sorprendidos de nuevo por la humildad y disponibilidad del cantante, encontraron que era muy receptivo a las ideas que le proponían. Todo lo que quería, les aseguró, era hacer algo que nada tuviera que ver con sus películas. Todo lo que quería Elvis era volver a rockear duro, y aunque el cantante seguramente no se lo dijo con esas palabras, tando Binder como Howe supieron lo hastiado que estaba Elvis con su carrera cinematográfica. Y desde luego no se les escapaba, como profesionales del medio que eran, que si querían lograr impactar con aquel programa, Elvis tenía que hacer lo único que sabía hacer: emocionar al público y volverlo loco con temas que realmente pudiera sentir.

Con esa idea en mente el guión para el programa fue evolucionando rápidamente. Tenían el hilo hilvanador, el tema central, y añadieron un concierto de grandes éxitos de Elvis (los viejos temas que todos esperaban oir, y no sus estrambóticas bandas sonoras), y un pasaje informal con Elvis, y alguno de los chicos en el que contarían anécdotas y responderían a preguntas, El programa finalizaría con el ansiado villancico que quería el Coronel. También se pensó en quizás no sería tan mala idea poner fragmentos de algunas de las peores canciones que Elvis había grabado para sus películas, a modo de autoparodia, pero finalmente esa idea se descartó. Todo iba como la seda. Elvis consultaba con el arreglista del coro, aprobaba esto o aquello, y quedó encantado con los bocetos que el diseñador de vestuario Billy Belew le mostró. Por supuesto, destacaba por encima de los demás aquel majestuoso traje de cuero negro.

El primer gran escollo llegó cuando Binder y Howe se preguntaron por los derechos de producción de la posible banda sonora que se publicara del especial. Cuando le preguntaron por ello a Tom Diskin, la mano derecha del Coronel, no tardaron en recibir airadas llamadas de la NBC. Seguro que el viejo mánager les había hecho saber lo que pensaba de esas propuestas, y de las consecuencias que podían tener. El pánico cundió en la cadena televisiva. A Binder, y especialmente, a Howe, les leyeron la cartilla, y oficialmente Howe quedó, por el momento, apartado del proyecto, aunque Binder le mantuvo en plató de incógnito. Aunque llegarían más dispustas y momentos tensos a causa de la música del programa (el papel del arreglista Billy Goldenberg que parecía chocar con el de uno de los compositores habituales de Elvis, Billy Strange, sí debía haber o no orquesta, etcétera), pero finalmente los problemas se solucionaron y al final no se fue todo al garete, como amenazó el Coronel en más de una ocasión.

La producción siguió su curso, y cuando Binder vio a Elvis en su camerino con Charlie Hodge, bromeando y tocando la guitarra, decidó que aquella sería la forma ideal en que llevar a cabo el "momento informal" del show. En un primer momento quiso grabarlo en los mismos camerinos, pero poco a poco, dado el entorno de Elvis (léase el vigilante Coronel), el "momento informal" se trasladó a plató, con Charlie Hodge, Scotty Moore y DJ Fontana, y la espontaneidad sería más dirigida por guión que espontánea. Con todo, sería una parte del programa muy interesante: Elvis volvía a hacer jams de nuevo con sus viejos compinches. De todas formas, a la postre, Elvis no tuvo que aprenderse un guión en sí mismo. Binder simplemente le escribió en un papel los temas que quería que abordara (las viejas polémicas de los 50, su famosa pelvis, la relevancia de la música en su vida, y tal), y le aconsejó que se dejara llevar.


Elvis, padre orgulloso.

La grabación de los temas que debían emitirse pregrabrados comenzó el día 12 en unos estudios de Los Ángeles. La idea era recurrir a las pistas grabadas siempre que fuera necesario, por ejemplo durante las coreografías que Elvis tenía que realizar durante el programa. Lo primero que tenían que dejar listo era el largo popurrí central del programa, que partía de "Guitar Man", y se dejaba ir por los pasajes y arreglos de Goldenberg, que quería lograr lo que Quincy Jones había logrado para el film A sangre fría. Goldenberg, de formación clásica, y bastante alejado del rock and roll, temía la reacción de Elvis al tener que grabar con una orquesta, pero, de nuevo, el cantante aceptó sin mayores trabas.

Lo siguiente a grabar era el tema final. Binder había propuesto acabar con un monólogo de Elvis tras el villancico, en el que el cantante diera un mensaje de buena voluntad y esperanza a los espectadores. Por supuesto, el Coronel lo había rechazado. Quería un villancico al final. Punto. Aun así, Binder sentía que podían hacer un final mejor, con más significación. Hacía unos años, Sam Cooke había grabado "A Change Is Gonna Come", y Binder quería algo parecido, menos radical y político, pero algo con contenido. Por ello encargó al arreglista vocal, Walter Earl Brown, que se fuera a casa y compusiera un tema en esa línea. Brown así lo hizo, y, con el reciente asesinato de Martin Luther King en mente, compuso la magistral "If I Can Dream". Cuando Brown se la mostró a Binder, éste supo que ya tenía su memorable final. Pero ahora faltaba lo más difícil. Convencer al Coronel.

Cuando Binder le comunicó sus planes al productor Bob Finkel, éste casi se lo hace encima. Todos sabían como se las gastaba el Coronel, y éste no había parado de repetir que quería acabar con un villancico. Binder decidió sortear el obstáculo ganándose primero a Elvis. Earl Brown le mostró el tema, Elvis se lo hizo repetir varias veces, haciendo algunas preguntas sobre esto y aquello. Presley, visiblemente entusiasmado, afirmó que la tocarían. Cuando se aseguró de que el Coronel sabía el parecer de Elvis, Binder fue a hablar con el mánager, y éste, por fin, cedió. Se hizo el papeleo correspondiente, se arreglaron los derechos, y ultimado todo, Elvis, con las luces del estudio atenuadas, grabó "If I Can Dream" y dejó a todo el mundo sin habla.

Los ensayos y el rodaje llegaron a finales de mes, y conforme se acercaba el momento de que las cámaras se pusieran a rodar, Elvis se mostraba cada vez más entusiasmado, y más nervioso. Lo que más temía era el momento en que volvería a ponerse delante de un público, cantando en directo un popurrí de sus viejos clásicos, que mezclaban música en directo con música pregrabada. Encerrado en su camerino, el miedo escénico comenzó a hacer mella en él. Binder fue a verle, y ante su sorpresa, Elvis le dijo que quizás todo aquello no era tan buena idea y que no quería salir. Binder le calmó, y finalmente pudieron convencerle. Cuando las cámaras se pusieron a grabar, si Elvis se moría por dentro, desde luego no lo parecía. Enfundado en su elegante traje de cuero negro, Elvis volvía a ser lo que nunca debería haber dejado de ser: puro y visceral rock and roll.

Cuando todo terminó, a Elvis se le debió hacer más difícil que nunca volver a rodar una película. Pero tenía un contrato por cumplir y Charro le esperaba. Sin sorprenderle en absoluto, al llegar el plató vio que el guión había degenerado de un ágil spaghetti western en una peli de vaqueros insulsa. Mientras Elvis rodaba su película, el Coronel repasaba el montaje final del especial de la NBC. Enseguida lanzó quejas, escribió memorándums, y le hizo saber a todo el mundo lo que no le gustaba. Sobretodo, le indignó que, tras toda su insistencia, ¡el villancico había sido eliminado del montaje final! Lanzando rayos y centellas por doquier, obligó a que restituyeran "Blue Christmas", con lo que el animado tema "Tiger Man" se quedó fuera.

Tras acabar el rodaje, Elvis pasó las vacaciones en Palm Springs, y a finales de septiembre regresó a Memphis sólo para toparse con la noticia de la muerte de Dewey Phillips, el DJ que radió por primera vez a Elvis y su música, y que significó, a la postre, el comienzo de la bola de nieve que convirtió al cantante en un fenómeno musical. Llevaban tiempo distanciados, la carrera de Phillips había ido a menos, y en los últimos tiempos su vida había sido un caos, y su actitud hacia Elvis cada vez más se iba ido pareciendo a la de un Homer al que Moe le hubiera robado un famoso flameado. De todas formas fue un golpe inesperado, y Elvis fue generoso con la mujer e hijos de Phillips y se encargó de que no les faltara nada. Tampoco dudó en asistir al sepelio y presentarle sus respetos a la familia de Dewey.

A la muerte de Dewey le siguió otra más previsible, la de Bobby, el primo de Elvis, hundido en el alcoholismo desde hacía tiempo. También falleció su tío Johnny, que le había enseñado algunos acordes cuando era pequeño. Fueron varias muertes seguidas, pero quien sabe si Elvis no sintió más la muerte de Phillips que la de sus familiares. De todas formas, el cantante tenía que seguir con su vida, y le esperaba un nuevo film que rodar, Mis problemas con las mujeres. Era otro film insulso, pero las esperanzas que muchos tenían depositadas en el especial televisivo comenzaron a hacerse realidad cuando el 5 de noviembre se publicaba el sencillo de "If I Can Dream". Poco a poco el tema fue escalando posiciones, para finalmente convertirse en su tema más exitoso desde "Crying in the Chapel".

Por fin, llegó el día de la emisión del especial que el tiempo conocería como el '68 Comeback Special. Toda América, incluyendo una nueva generación de niños y preadolescentes que quizás se preguntaran por qué sus madres adoraban a Elvis en vez de a los Monkees, pudo comprobar por qué a aquel tipo le llamaban el Rey del rock.
El programa fue un éxito, el mayor de la NBC aquella temporada, y las audiencias fueron excelentes. Elvis había vuelto, y adelantándose a los acontecimientos, el Coronel ya había comenzado a negociar con un hotel en Las Vegas que ni siquiera estaba acabado todavía (el International Hotel) para una serie de conciertos a cambio de medio millón de dólares.

Cabe preguntarse hasta dónde habría estirado el Coronel la cuerda del negocio de las películas si éstas, y sus correspondientes bandas sonoras, se hubieran seguido vendiendo tan bien como al principio. A la postre, no fue el considerable hastío y frustración de Elvis lo que le llevó a negociar aquel especial televisivo (aunque seguro que podía adivinar en dónde podía terminar todo aquello), sino el hecho inapelable de que cada vez iba menos gente a los cines y que las bandas sonoras sólo se vendían a los fans acérrimos. Sencillamente en plena Era de Acuario las películas de chicas de Elvis no podían competir con Easy Rider.

Quizás el Coronel pudiera ver todo esto, y por eso fuera aceptando cambios y delegando en otros el contenido del especial, aferrándose, finalmente, a su villancico, por razones, obviamente, puramente comerciales. En fin, seguramente sea pudiera especular eternamente sobre si, de haber seguido siendo rentables, Elvis se habría visto obligado a sentirse como un bufón delante de una cámara por el resto de sus días, o si habría dado un ultimátum.

El hecho es que las circunstancias facilitaron el cambio de rumbo, y cuando el especial que trajo al viejo Elvis rockero de vuelta fue un éxito, el Coronel se puso en contacto con Las Vegas y a partir de entonces ya nada fue igual.


sábado, 11 de septiembre de 2010

Todos los hombres del presidente (1976)

Supongo que allá por los 70 Todos los hombres del presidente significó para los aspirantes a periodistas lo que El club de los poetas muertos para muchos aspirantes a profesores: un espejo ideal en el que reflejarse. Demasiado ideal seguramente; seguro que más de uno se veía tan sexy como Robert Redford destapando increíbles casos corruptos y tumbando a algunos de los seres más importantes de la nación. Pero con el tiempo llegaría el desengaño, y como mucho destaparían algún escándalo sanitario en algún restaurante local. Tipo de escándalos que fueron, por cierto, el pan de cada día para el periodista Bob Woodward antes de alcanzar la fama junto a Carl Bernstein gracias a su investigación del Caso Watergate, que acabó significando el fin de la carrera política de ese curioso presidente que fue Richard Nixon.

Todos los hombres del presidente fue la adaptación del (por otra parte, bastante interesante) libro del mismo nombre escrito por los propios Woodward y Bernstein en el que narraban, casi de forma novelizada (aunque por supuesto estamos en el género de la no-ficción), las investigaciones que llevaron a cabo desde el Washington Post sobre el Watergate, donde fueron arañando, poco a poco, datos y conjeturas, encajando piezas, hasta llegar a ya sabéis quien.

Por supuesto, con un tema tan candente, el libro fue un éxito, y el avispado Redford supo reaccionar rápido y se hizo con los derechos de la obra para el cine. Cuestiones de negocios aparte, no cabe duda que el rubio actor tenía también motivaciones políticas; conocido de sobra es su activimo político de corte liberal. Aunque Redford también declaró que también consideraba la historia de Woodward y Bernstein como una clara representación del poder de la prensa. Y, sobretodo, le intrigaba la relación que tenían entre sí Woodward y Bernstein.

El caso de Woodward y Bernstein fue el de una colaboración de circunstancias, dos tipos que se complementaban como periodistas, pero que no podían ser más distintos como personas (por ejemplo, Woodward era republicano y Bernstein era un judío de pelo largo que no habría desentonado en una manifestación anti-Vietnam, fumando yerba y demás). No se llevaban bien (el binomio no duró mucho más allá del Watergate), pero juntos conformaban un gran reportero.

Redford contactó con ellos incluso antes de que llegara publicarse el libro. Como cualquier otro norteamericano preocupado por lo que pasa en su país, el actor siguió las noticias que iban llegando desde el Washington Post con creciente interés, pero como cualquier lector de periódicos, no se fijaba en quien firmaba los artículos. Hasta que, cuando el Caso Watergate comenzó a ser pasto de los medios, leyó en alguna parte un pequeño artículo sobre los propios Woodward y Bernstein, los dos periodistas antagónicos que habían sacado a la luz todo lo que se escondía tras el asalto a la sede central del Comité Nacional Demócrata. Fue entonces cuando decidió que allí tenía una historia.

Los periodistas, especialmente Woodward, no se mostraron demasiado entusiastas ante la propuesta de Redford de llevar su historia al cine. Obviamente, como sabe cualquiera que vea películas hollywoodienses, desconfiaba de la manera en que una película podía distorsionar los hechos. De todas formas, poco a poco, Redford fue venciendo sus miedos, y a través de las propias notas que los dos periodistas estaban recopilando para su futuro libro, comenzaron a surgir escenas. El hecho de que comprobaran que la idea podía funcionar sin que se tergiversara la realidad, más medio millón de dólares, acabó por convencer a los periodistas. El guión se encargó a William Goldman, excelente guionista y escritor (¡hey! ¡escribió La princesa prometida!), que tras rehacer esto y aquello y enfrentarse a las críticas de los periodistas, finalmente llevó el guión a buen puerto. El intento de Carl Bernstein y su pareja de entonces, Nora Ephron, por contribuir con un guión propio (guión que, oh sorpresa, no gustó nada a Woodward. Por lo visto en el guión de Bernstein Woodward no pasaba de ser un fiel "doctor Watson".) no llegó a nada. Con el guión en mano llegó la tarea difícil: encontrar un estudio dispuesto a respaldar la cinta.

A pesar del éxito del libro, parece que el tema todavía candente del escándalo y la dimisión de Nixon asustaba a muchos capos de Hollywood. La Warner Bros se avino a producir el film sólo si Robert Redford protagonizaba la cinta. Aunque no parece que fuera su primera intención, Redford acabó aceptando. No sé si entonces Woodward estaba casado o tenía pareja, pero si hacía vida con una mujer, me pregunto en las tórridas noches si ésta no pensaría en... En fin, seguro que el periodista no tendría quejas. Quizás prefiera a Will Ferrell, quién sabe (sí, ¡el amigo Will también se metió en la piel de Woodward!). El caso es que apareciendo él en el film, necesitaba a otra estrella para equilibrar a los personajes. Por eso Redford pensó en Dustin Hoffman para el papel (estupenda elección por otra parte), y por tanto se llevó al actor a un partido de los Knicks donde le dijo su propósito. Era un acierto, Hoffman aceptó, y cuando Alan J. Pakula llegó para encargarse de la dirección, no pudo sino coincidir plenamente en que Hoffman era un perfecto "Bernstein".


Redford y Hoffman con los auténticos Bernstein y Woodward.
No cabe duda que Woodward salió ganando.

Todos los hombres del presidente no tiene un gran secreto: sigue paso a paso (con las condensaciones y omisiones necesarias para poder meter toda la historia en dos horas y pico) los hechos tal y como se describen en el libro de Woodward y Bernstein, cubriéndolo casi en su totalidad. Mientras que el libro abarca hasta la decisión del Congreso estadounidense de llevar adelante el impeachment para quitar a Nixon del cargo, la trama del film termina con la reelección de Nixon como presidente, aunque en la escena final se nos hace partícipes, de una forma tan sugerente como sucinta, de como acabó todo el asunto. Lo cual es una pena; aunque el film funciona perfectamente como entidad propia, habiendo leído el libro uno se queda con ganas de más. Pero bueno, es un detalle menor. De lo contrario, la película debería haber durado casi cuatro horas.

Aparte del interés de los propios hechos que se relatan, la cinta destaca por un marmóleo reparto de lujo. Aparte de las estrellas mencionadas, un grupo de excelentes secundarios dan un excelente lustre al film: tipos como Jack Warden, Martin Balsam o el entrañable Ned Beatty no son moco de pavo. Aunque destaca un excelentísimo (y esto no es sólo un título honorífico) Jason Robards como el editor jefe del Post. Espléndido actor. Por cierto, brevísima aparición (casi no se le reconoce) de un joven F. Murray Abraham que empezaba, mientras que el guarda del Watergate de la película se interpreta a sí mismo: es el auténtico agente de seguridad que descubrió a los cutres rateros que trabajaban para los hombres de Nixon.

La única complicación de ver Todos los hombres del presidente tal vez pueda ser la sensación que tuve yo al verla por primera vez, que no fue otra que la de andar perdidísimo. Entre el proceloso número de nombres, y que, como le sucedía a algunas pelis setenteras, el doblaje cambiaba sin cesar (¡lo juro! por alguna razón que se me escapa, de vez en cuando en alguna de aquellas pelis ¡los personajes cambiaban de voz! Lo cual no hacía sino añadir confusión al asunto), la verdad es que no pillé un carajo. Aunque era joven e imberbe. Hay que tener en cuenta que la cinta está pensada para un público yanqui que tenía los hechos muy recientes. Pero bueno, a lo mejor a vosotros no os pasa. Si estáis leyendo este blog, no dudo que, a parte de buen gusto, tenéis una mente preclara. Así que si os interesa en algo el Watergate, o si pensáis que el periodismo puede ser romántico y repleto de aventuras, deberíais visionar esta peli.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Carrera de maldad

Ya sabéis, a veces, por razones que escapan a toda lógica, a uno se le queda en la quijotera la melodía o el estribillo más horribles que imaginarse pueda. Por suerte, si a uno le sucede con Blue Öyster Cult la cosa cambia. Pocos grupos setenteros tenían su savoir faire. Grandes.

Kneeling in the rain, kneeling in the rain... esas repeticiones son superdubles, como todo el tema.
Por cierto, compuesta a medias con Patti Smith.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Freddie Jones, las patillas victorianas del cine

Freddie Jones es uno de esos eternos secundarios a los que tengo especial cariño, uno de tantos de ese grupo selecto de mi memoria que, por alguna razón, me llamaron la atención siendo un criajo, y que por efecto de las conexiones neuronales es para mí como el tío aquel que tienen todas las familias que emigró a América, y que un día volverá para colmarnos de regalos a todos. Sesiones de sábado infantiles a parte, el bueno de Freddie es un gran secundario fiel heredero de la escuela británica de interpretación, pero su particular físico dickensiano y sus pequeños tics y manierismos, reconocibles en varias de sus películas, le distinguen de muchos otros secundarios de su época. Muchas de las interpretaciones de Freddie Jones son como un pequeño Joe Cocker repleto de tilas y calmantes, parece que vaya a lanzarse a un recital de paroxismos, pero todo queda en un leve intento. Y, bueno, al fin y al cabo, Jones ha trabajado con algunos de los más grandes directores de los últimos años.
Freddie Jones venía al mundo en 1927, en la localidad inglesa de Stock-On-Trent, y como cualquier ciudadano de a pie, estudió, creció, y aunque no se convirtió en una mujer llamada Brian, acabó trabajando como ayudante de laboratorio. Tras diez años entre probetas y productos químicos, Jones decidió llevar más allá su gran afición, que no era otra que la interpretación. Se marchó a Kent a estudiar en la prestigiosa Rose Bruford College of Speech and Drama, y tras acabar sus estudios dramáticos se unió a una compañía de repertorio, de esas residentes que cambian la obra de tanto en tanto.
Aunque comenzó tarde su carrera profesional como actor, su talento le fue abriendo puertas y progresó rápidamente, hasta acabar en la Royal Shakespeare Company, la inagotable cantera inglesa de refinados actores y actrices.

En 1963 hacía su debut en la pequeña pantalla, medio al que siempre ha estado muy ligado, interpretando pequeños papeles que fueron aumentando en importancia hasta dar la campanada con The Caesars, un teledrama sobre los césares romanos de corte teatral, al estilo de la posterior Yo, Claudio. Y precisamente ésa el papel que dio reconocimiento a Jones, el del tartamudo emperador Claudio Germánico. Para entonces el actor ya había debutado en la gran pantalla con Accident y el Marat/Sade de Peter Brook.

Durante los siguientes Freddie Jones siguió combinando cine, teatro y televisión, como todos los curritos de la interpretación que no ganan millones con cada papel. En el cine siguió dejando huella con El cerebro de Frankenstein de la Hammer y el film de terror psicológico Tinieblas, mientras en la televisión se dejaba ver por dramas históricos y literarios, papeles para los que parecía nacido para interpretar, como si hubiera saltado directamente de los esbozos de algún ilustrador decimonónico de las obras de Dickens. Y desde luego a lo largo de los años Jones se dejó ver en varias adaptaciones de las obras del gran literato inglés.

En definitiva, Jones no dejaba de participar en multitud de series televisivas que combinaba con trabajos en el cine acá y acullá, ya fuera en un corto de John Cleese y Connie Booth o en algun film de terror de la Hammer e imitadores. A partir de 1974, y hasta principios de los 80, Freddie Jones tendría su etapa de gloria participando como secundario en producciones mayores y más conocidas, ejerciendo de secundario con papeles de enjundia, comenzando con El enigma se llama Juggernaut, un thriller totalmente 70s de Richard Lester. Por supuesto, nunca dejó de la lado la televisión, donde le llamaban con más frecuencia para participar en telefimes importantes, dejándose ver también en alguna serie estrella de la época como Space: 1999, ni el teatro. Las series, los telefilms, las adaptaciones de Dickens, se seguían, hasta su siguiente gran producción, Amanecer zulú.

En 1980 le llegó el que seguramente sea su papel más recordado, el del retorcido Bytes de El hombre elefante, siempre dispuesto a sacar tajada y a atormentar al pobre Merrick. Aunque en esta ocasión Jones no lucía sus inconfundibles patillas decimonónicas, con su pelo revuelto y su sombrero volvía a ser una viva imagen del universo Dickens. Sus siguientes trabajos en el cine viraron hacia la ciencia ficción, primero con la exótica Krull, el conquistador, y después con Dune, llamado de nuevo a su lado por David Lynch, quien, como hombre sabio que es, había sabido reconocer el gran talento del actor. También tuvo un papel destacado a las órdenes de Clint Eastwood en Firefox, el arma definitiva, donde Jones dio unas finas muestras de sus particulares tics, pestañeos y sudorosos gestos. También por entonces trabajó con todo un Fellini en Y la nave va. Siempre con proyectos entre manos, siguió combinando televisión y cine, participando en El secreto de la pirámide y ya al final de la década, repitiendo con Lynch en Corazón salvaje.

En fin, no mucho después le perdí la pista a este buen hombre, pero por suerte Freddie Jones sigue entre nosotros y tan activo como siempre, trabajando ya sea en películas, series televisivas u obras teatrales. Así que en cualquier momento puedo volver a reencontrarme con su persona y talento, ya sea en su faceta de sobrio actor shakespeariano o en sus jugueteos de párpados en pleno R.E.M.


El venerable Jones en la actualidad, dispuesto a vendernos unos Werther's originales

A los que hayáis visto El hombre elefante seguro que no se os ha escapado su presencia, pero si rescatáis alguno de los titulos que he mencionado fijaros en el buen hacer de este actor, uno de esos secundarios que siempre da lustre al fondo de las películas. Y tal vez, con suerte, pilléis algunos de sus curiosos gimmicks.

Además, un hombre que ha narrado un documental titulado Sexual Encounters of the Floral Kind: Pollination merece nuestro respeto. Seguro que le ha ahorrado el trabajo a millones de padres en todo el mundo.