domingo, 28 de febrero de 2010

La estrella del Norte (1943)

Es curioso lo rápido que pueden cambiar las cosas en unos pocos años. Y en la política más aún. En plena Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos y su gobierno abrazaron con simpatía a su animoso aliado soviético, y al poco de acabar la guerra se desató la paranoia anticomunista y los otrora aliados se convirtieron en demonios con cola y cuernos. Y lo que antes había estado bien, de repente se volvió traición. Y ése fue el caso de La estrella del norte.

No es de extrañar que el director Lewis Milestone, nacido en Rusia, se entusiasmara ante la idea de adaptar un relato de la dramaturga y escritoria Lillian Hellman, quien durante los 30 hizo gala, al igual que muchos otros artistas, de una ideología más que cercana a la izquierda, viendo con simpatía y admiración el experimento soviético. Milestone no tardó en convencer al productor Samuel Goldwyn para llevar adelante el proyecto, y con la luz verde la propia Hellman se encargó de adaptar su propio relato.

Claro, en plena guerra no sólo se vio con buenos ojos, sino que incluso parecía deseable producir películas que vendieran al público una buena imagen de sus aliados soviéticos. Al fin y al cabo, el sangriento segundo frente alemán en las estepas rusas les había venido de perlas a las potencias occidentales. El reparto fue además bastante potente; aunque se trataba en cierto modo de una película coral, el dúo protagonista eran Anne Baxter y Dana Andrews, y participaban además buenos secundarios como Walter Brennan o Walter Huston. ¿Y quién mejor para interpretar al villano nazi que el hombre al que América amaba odiar, Erich Von Stroheim?

A pesar de la pericia de artesano de Milestone y el potente reparto, las cualidades de La estrella del Norte quedan lastrados por su propio propósito de fabricar un film propagandístico ensalzando el gran sacrificio del pueblo ruso, al tiempo que hace hincapié en la brutalidad de la Wehrmacht. No le hace falta al film llegar al paroxismo de otros filmes propagandísticos para que hoy en día resulte demasiado simplista la visión que se da del paraíso socialista de la URSS de Stalin, y el fiero retrato sangriento del ejército alemán.

Con todo, La estrella del Norte ofrece algunas cosas interesantes. Por ejemplo, unas cuantas escenas de indudable calidad artística por parte de Milestone, y momentos dramáticos quizás no preciosos pero sí precisos, fabricados a la inimitable manera del Hollywood clásico, cual Ford-T. También brinda la oportunidad de ver unas escenas que, de no haber tenido detrás el objetivo de poner por las nubes al pueblo ruso, quizás no hubieran pasado la censura; es el caso de las maravillosas escenas de bombardeos alemanes, donde se muestra sin tapujos a los famosos Stukas ametrallando a mujeres y niños. Además, resulta también interesante el retrato del villano que interpreta Stroheim. No llega a caer en la caricaturización de otros malutos de los films propagandísticos de la época. En realidad se le muestra más humano, como un militar cultivado y pragmático. Es precisamente ese detalle el que se busca criticar, muy acertadamente. No se trata aquí de tener en frente al típico fanático nazi, sino a una especie quizás todavía peor, como se narró de forma tan magistral en Vencedores o vencidos. Pero aquí, casi veinte años antes, ya se apuntaba a esa particular llaga en la historia de Alemania.

Por desgracia, como ya he comentado, La estrella del Norte pierde demasiados puntos por sus puros afanes propagandísticos, aunque su entusiasta retrato hollywoodiense del paraíso soviético para trabajadores hace de la película una gran curiosidad. Por desgracia, al acabar la guerra el anticomunismo hizo su aparición, y La estrella del Norte fue una de los varios títulos esgrimidos por el infame senador McArthy para investigar a todo Hollywood y "purgarlo" de rojos.

sábado, 27 de febrero de 2010

Sala de juicio

Si sois fans de las pelis de los ZAZ como Aterriza como puedas, Top Secret o la saga de Agárralo como puedas, y aun no habéis visto The Kentucky Fried Movie (por aquí traducida como Made in USA), hacéos un favor y tratad de conseguirla. Es el complemento que falta para una tarde con amigos, cervezas y humor absurdo sin ton ni son.

Recordad amigos: la camisa es improcedente.

viernes, 26 de febrero de 2010

Hard Boiled (1992)

¡Giros y retorcimiento de vértebras! ¡Tiroteos imposibles¡ ¡Explosiones a mansalva y muertos por doquier! ¡Pacientes de hospital masacrados! ¡Casquillos de bala hasta en la sopa! ¡Chow Yun-Fat ametrallando malutos con un bebé en brazos! ¡Un villano que se cambia más de chaqueta que un político tránsfuga! En resumen, entretenimiento palomitero (o más bien rollitero primaveral) de la mano de John Woo, un tipo que se echó a perder en Hollywood y ahora ha vuelto a China, esperemos que para encontrar la inspiración perdida.

La verdad es que con la fama que se ganó en su día Hard Boiled esperaba más; a ratos me ha parecido que el ritmo decaía demasiado, pero con el Waco particular que se monta Woo al final de la película reconozco que no se puede pedir más, uno se queda satisfecho con el 'my own over the top privado' del amiguete Woo. No me extraña que tal cantidad de muertos, explosiones y balas por sólo cuatro millones de dólares le abrieran las puertas de Hollywood.

Tengo una teoría particular, la de que el cine de acción asiático recibió tanto influencia de Hollywood como la que dejó caer sobre los estudios angelinos. En Hard Boiled, si uno le echa ganas, se pueden encontrar referencias a grandes títulos norteamericanos del género como Arma letal, Terminator 2, La jungla de cristal y demás. Y al mismo tiempo, viendo esta cinta y otras que la precedieron, muchas veces pienso que si un buen día los héroes de acción de Hollywood comenzaron a disparar cayendo por escaleras, atravesando paredes y bajando por huecos de ascensor fue, en parte, por la influencia del cine de acción honkgonés y taiwanés. Aunque la, al parecer, coincidencia de la idea del arma oculta en una cajita de un ramo de flores tiene un precedente más antiguo.

En fin, que Hard Boiled es un buen film de acción que entretiene sin hacerte pensar y sin hacerte parecer tonto, que también es importante. Chow Yun-Fat, el Bruce Willis asiático, cumple sin demasiado esfuerzo, y aunque ese villano con pinta de cantante de salsa de Hong Kong no me acaba de convencer, parece una versión del malo chaquetero de El último boyscout. Aunque en realidad quien más destaca es un tal Phillip Kwok, actor, especialista y jefe de especialistas, que fue incluido en el reparto sólo por la admiración que le tenía Woo. Y bien que hizo, este Kwok es un tipo carismático.

Así que ya sabéis, si un sábado noche os quedáis sin plan, pedid comida china, armáos con unos buenos palillos, y dejaros llevar por la belicosidad de Hard Boiled. Se garantiza que no aprenderéis absolutamente nada y pasaréis un buen rato.

jueves, 25 de febrero de 2010

Peinetas

O así las llaman en muchos lares. Supongo que como todo en la vida, el hacerlo es cuestión de estilo. O quizás del punto de vista.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Carrie (1976)

La verdad es que los padres no deberían ver las películas de terror como algo negativo, o al menos deberían despreciar el buen terror como un medio educativo. Con buenas cintas de terror aprendemos a no confiar en extraños, a no entrar en sótanos oscuros, a no preguntar quién anda ahí, o, por ejemplo, a no meternos con el ser débil y asocial. Sobretodo si este ser posee terribles poderes telekinéticos.

Si uno quiere un buen chuletón nada mejor que la carne argentina, sino quiere una pizza excelente se va a Nápoles, y como se solía decir, nada mejor que tener un mecánico fiable y un cura comprensivo. Y para el mejor terror contemporáneo, ¿quién mejor que Stephen King? Carrie fue la primera novela que le publicaran al legendario exterior, y en cuanto cayó en las manos de Brian De Palma hizo saber a todo aquél que pudiera hacerse con los derechos el interés que tenía en rodar esa historia.

Aunque no he visto toda su primera filmografía como director (la cual se remonta a principios de los 60), desde luego si tuviera que elegir una película de De Palma de los 60 o los 70 sin duda ésa sería Carrie. Muchas son las razones, por ejemplo lo mucho que me impresionaron esas terribles secuencias en el baile, y que todavía hoy provocan que un hilo de electricidad me recorra la espalda. ¿Qué se puede decir de Carrie que no se haya dicho ya? Es sencillamente una de las mejores películas de terror de toda esa estupenda ola de filmes del género que siguieron al enorme éxito de El exorcista.

En mi opinión gran parte del éxito del film radica no sólo en la estupenda dirección de De Palma, quien dejó fluir libremente sus influencias del cine de Hitchcock, recuerriendo incluso a los violines de Psicosis (tras no poder contar con el compositor Bernard Herrman, quien falleció poco antes), sino a un estupendo y muy acertado reparto cuays audiciones se hicieron a mano a mano con las de Star Wars, en una de esas historias hollywoodienses que ya son pura mitología. Y por suerte para todos nosotros, no fueron Carrie Fisher, Melanie Griffith o Farrah Fawcet-Majors quienes se hicieron con el papel de Carrie White; cada una debía permanecer en otros sitios, porque ese papel había sido diseñado a la medida de Sissy Spacek.

Todavía me sigue impresionando la increíble transformación que nos muestra Spacek ante las cámaras, cuando estalla en la ya mítica escena del prom. Su delicada constitución y esos extraños ojos la hacían ideal para el papel, como demostró durante los castings, a los que se presentó animada por su marido. Cuando De Palma la vio supo que ya tenía a su Carrie. Y lo cierto es que el compromiso de la actriz con la película fue total, no sólo por sus íntimos desnudos, sino también por el hecho de dormir con su vestido gala puesto para mantener los visos de realidad, insistiendo en que fuera su mano la que protagonizara esa psicótica escena final, con lo que ello suponía, o, en definitiva, metiéndose en el proyecto y en su papel hasta el cuello. La Spacek ha rodado muchos otros films más intímos y seguramente interesantes, y es al fin y al cabo una gran actriz, pero para muchos de nosotros Sissy Spacek es Carrie White, y nada podrá cambiar eso.

Y el resto del reparto acompañaba perfectamente, repleto de futuras promesas y de una increíble actriz como era Piper Laurie, que ya demostró de lo que era capaz en El buscavidas. Si hay una madre de todas las guerras, Laurie interpretó a la madre de las madres locas. Sobre el guión su papel estaba, nunca mejor dicho, tan salido de madre, que la actriz al principio creyó que aquello debía ser una especie de extraña comedia. Pero evidentemente no lo era, y su papel de Margaret White ha pasado a los anales de la historia cinematográfica como una de las más locas madres que se haya visto en el cine, sólo superada, por supuesto, por la Faye Dunaway de Mommy Dearest.
Y si Piper Laurie está genial como madre enajenada, la futura compañera del más famoso policía cibernético, Nancy Allen, se convierte antes las cámaras en the ultimate bitch, haciéndole la vida imposible a la pobre Carrie. Y junto a ella un joven Travolta hace como sólo él podía hacer del típico macarra sin mucho cerebro. Por otra parte una delicosamente joven Amy Irving debutaba en la gran pantalla conjuntando belleza y buen hacer, mientras que el entrañable William Katt, futuro gran héroe americano, que no fue escogido para interpretar a Luke Skywalker, se convirtió aquí en el guaperas del instituto de bucles rubios Tommy Ross, alzado sobre sus patitas traseras como un pequeño Robert Plant. Y por último Betty Buckley le hace uno pensar en lo dichoso que habría sido haciendo gimnasia con ella en plan Mrs Robinson, pero eso ya es harina de otro costal.

Carrie, magnifíca, tenebrosa, con aires de Hitchcock, y esa sutil capacidad que mostraba De Palma para combinar escenas líricas con el horror más impúdico y sucio, que sin embargo ofrecía siempre de la forma más elegante. Y todas esas escenas inolvidables: la ducha, los arranques telekinéticos, la increíble maravilla cinematográfica que es ese baile de graduación, y una escena final angustiosa y genial. Carrie, los ojos de Sissy Spacek, esa inquietante figurilla de San Sebatián... todo un clásico del terror, amiguetes.

lunes, 22 de febrero de 2010

Blackberry Smoke

ZZ Top, Allman Brothers, Lynyrd Skynyrd, y todas esas grandes bandas sureñas... son los inevitables nombres que le vienen a uno a la cabeza cuando escucha a Blackberry Smoke, una banda norteamericana con un brillante futuro por delante y un gran presente, que además hacen valer su condición de originarios de Atlanta dejando fluir también matices de otros grandes entre los grandes, los Black Crowes. Y por si todo eso fuera poco, su vocalista y también guitarra, Charlie Starr, posee el par de patillas más carismáticas del momento.

Su LP de debut Bad Luck Ain't No Crime ya era una excelente carta de presentación, repleta de buenas canciones, aunque para mi gusto destacaba por encima de todas esa inicial "Testify", todo un himno sureño de nuevo milenio. Y para solaz de los viejos confederados su segundo trabajo, Little Piece of Dixie, publicado no hace mucho, es todavía mejor que el primero. Grandes riffs, sonido poderoso, solos dignos de haberse aireado en Bull Run... en resumen, un trabajo que confirma a los Blackberry Smoke como un grupo a tener bastante en cuenta. Por supuesto no están a la altura de sus maestros, pero no les hace falta para hacernos mover los pies. Y si continúan su progresión en estudio y convierten su buen directo en un directo aplastante, quién sabe, podríamos estar hablando de unos futuros clásicos.

Vaya por delante esa estupenda "Up In Smoke" de su segundo trabajo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Oda al Duque del Huevo

Oigan y lean el triste cantar
del Duque del Huevo,
Vizconde de la Yema y
Caballero del Baño María,
quien desde devenir noble
y bramar desde su alta cuna,
vivió como quiso
porque Dios lo quiso.

Siempre su pobre madre
le advirtió y le previno
sobre las luchas a muerte
y los retos causados por el vino.
Aun así el bravísimo Duque
luchó sus batallas y desfació
entuertos a golpe de estoque,
ofreciendo sus victorias al rey
y culpando de sus derrotas
a la natural ley.



Más hete aquí lo que ocurrió,
al desdichado, maladado noble,
Duque del Huevo y de la yema Vizconde,
en que cierto y aciago día
un osado y más joven noble
que se dijo "ésta es la mía",
mire usted por dónde,
a la faz del Duque arrojó un guante.

Y, oh, Dioses y Musas, y ustedes,
lectores voraces, vivaces y audaces,
sepan que el Duque desoyó,
en muy mala hora, los sabios
consejos que su madre le diera,
acerca de peleas de honor
y de ilegales estocadas callejeras.
Y así fue como aquel gran noble,
aquel desdichado santo varón,
encontró su fin y su desdicha,
pues el Duque del Huevo,
el Vizconde de la Yema,
halló su fin, oh criatura,
al batirse en duelo.

Llórame un River

O también: quien tiene Boca se equivoca. Maradona, the man, the legend.

sábado, 20 de febrero de 2010

Las uvas de la ira (1940)

La verdad es que a John Ford no le benefició su amistad con John Wayne de cara a la posteridad. Su patriotismo, sus épicos western, sus odas a América y su amistad con el Duque le acabaron granjeando una imagen de aladid de la derecha americana entre gran parte de las audiencias pasadas y contemporáneas. Y desde luego es innegable que tras la Segunda Guerra Mundial la deriva de Ford hacia la derecha se hizo cada vez más pronunciada con los años. El por qué de ese cambio sería demasiado complejo para analizar aquí, aunque sin duda influyó no sólo su amistad con Wayne, sino el contemplar la América que había conocido, amado e inmortalizado en la leyenda hacerse añicos con el nuevo cine de los 50, las convulsiones sociales de los 60, Vietnam y demás. Pero en el caso que nos ocupa, lo importante es retrotraernos unas décadas atrás en la compleja (y muchas veces contradictoria) vida de Ford, y recordar que el quizás haya sido el director norteamericano más importante de la historia no fue siempre un militante de la derecha estadounidense más arcaica.

La década de los 30 significó para Ford el comienzo de una difícil pero fructífera relación con el productor Daryl F. Zanuck, para quién el director rodó alguno de sus mejores films, verdaderas obras maestras del cine. Especialmente, los años 1939 y 1940 contemplaron uno de los momentos álgidos de la carrera de Ford, que se destapó con cintas increíbles. Rodar Las uvas de la ira fue la culminación de un proceso durante el cual el director se había implicado en actividades y reivindicaciones sindicales y había fundado junto a otros grandes nombres del cine un comité en ayuda de la República española durante la Guerra Civil, a pesar de que su fe católica quizás le debiera haber llevado a apoyar al otro bando. E incluso se dejó ver, junto a Frank Capra, en una huelga sindical que puso a los dos, tras las guerra, en el punto de mira del Comité de Actividades Antinorteamericanas. Sin embargo el Comité acabaría pasando de puntillas ante el caso de Ford debido a su prestigio y peso en la industria, y sobretodo, a su historial de colaboraciones con el Almirantazgo y sus contactos militares. Capra correría muy distinta suerte.

Aunque desde nuestra perspectiva tal vez no pueda parecerlo, dirigir Las uvas de la ira en 1940 era un movimiento arriesgado. El riesgo era muy calculado, pero había riesgo al fin y al cabo. La novela de John Steinbeck había levantado muchas asperezas, y había sido rechazada en muchos estados de la Unión por la tenebrosa imagen que ofrecía de la América de la Depresión. Y aun así, como comprobó el productor Zanuck cuando recogió los informes de los agentes que había enviado para investigar la realidad de los campamentos de jornaleros y braceros, la obra de Steinbeck se antojaba dulce en comparación con la cruda realidad.

Por supuesto de cara a la gran pantalla la trama se dulcificó aun más, a pesar de que Zanuck estaba empeñado en ser tan fiel a la novela como le fuera posible. Tras pasar por el filtro de la censura y mil batallas con el guionista Nunnally Johnson, el producto resultante fue no sólo brillante, sino leal a la novela, de tal modo que el mismo Steinbeck alabó la película tras su estreno. El escritor afirmó también que nunca habría soñado con un mejor intérprete para dar voz a las palabras de su inmortal Tom Joad que aquel actor larguirucho que pugnaba por hacerse con un hueco en la galaxia de estrellas de Hollywood.

Las uvas de la ira significaría entre otras cosas el encumbramiento de Henry Fonda. El actor había pugnado por labrarse una carrera hacia la cima tratando de mantener al mismo tiempo su independencia de los grandes estudios, siguiendo los intentos de estrellas consagradas com Bette Davis. La carrera de Fonda iba en buen camino cuando Ford le eligió para interpretar a un joven Abraham Lincoln, lo que le valió ganarse el aura especial de los actores que dan vida con éxito al legendario presidente. Y con Tom Joad Fonda sabía que su momento había llegado: tenía ante sí el papel de toda una vida. Zanuck también lo sabía, y tras el cebo del jugoso papel protagonista le puso el anzuelo de un contrato de siete años con la 20th Century Fox. Fue así como Fonda renunció a su independencia con tal de interpretar a Tom Joad, la voz de una nación empobrecida.

Conmovedora, dura, y llena de dramatismo, Las uvas de la ira tal vez fuera un tamizado retrato de las realidades de la pobreza durante la Depresión y el despiadado trato que se daba a muchos inmigrantes empobrecidos del Medio Oeste que llegaban a California buscando un paraíso que no existía, pero con todo tanto Zanuck como Ford hacían pocas concesiones a la usual comercialidad hollywoodiense, cediendo tan sólo ante las imposiciones del Código Hays, imposiciones que afectaron especialmente a todo lo concerniente a lo religioso, las madres y los niños.

Desde Ford hasta Fonda, pasando por la fotografía de Gregg Toland o el estupendo trabajo de secundarios como Jane Darwell o John Carradine, el nivel al que rayan todos es muy alto, y no es de extrañar que tanto por su calidad como por su temática, Las uvas de la ira fuera uno de los primeros films en ser guardados para la eternidad en la famosa biblioteca que hay en cierto Congreso.

viernes, 19 de febrero de 2010

Te queremos, Bon

30 años sin Bon Scott. Qué decir de una bestia parda así. Fue tan grande que sólo cabe arrodillarse y dar gracias por poder escuchar su voz en todos esos maravillosos discos. Alguien como él merecía ser presentado por esos otros dos grandes elementos. Buff, imaginar lo que debió ser esa gira que menciona Steven Tyler da escalofríos: Aerosmith, Ted Nugent y AC/DC, casi nada.

Os dejo con este brutal "Sin City", en mi opinión el mejor que le he visto a la banda. Y que las campanas doblen por Bon.

miércoles, 17 de febrero de 2010

John Huston: parte II (1947-1960)

Una vez que John Huston terminó su periplo militar como documentalista para el Ejército durante la Segunda Guerra Mundial, el director retomó su carrera en Hollywood con un proyecto postergado al entrar los Estados Unidos en el conflicto: la adaptación de la novela del misterioso escritor B. Traven The Treasure of the Sierra Madre.

La Warner, a instancias de Huston, había adquirido los derechos de la novela en 1941, poco antes del ataque japonés a Pearl Harbor. El director logró concenver a los capos para que le reservaran el proyecto. De regreso en Hollywood Huston continuó con su proyecto, y con el intercambio de cartas que había tenido con el autor sobre la película. Los contactos con el esquivo Traven podrían llenar muchos libros o documentales, y para elaborar un tratamiento del guión junto al autor Huston viajó a Méjico, mientras buscaba localizaciones para el film, el director hubo de citarse con un supuesto emisario del escritor en lo que parecía parte de la trama de una novela de Joseph Conrad, llegando al punto de que Huston no paraba de pensar si en realidad no estaría citándose con el mismo Traven.

Tras sus extraños encuentros Huston acabó de perfilar el guión y comenzó a rodar en escenarios naturales de Méjico, buscando el realismo que no podían dar los estudios de Hollywood. Como protagonistas para el film el director llevó a su amigo Humphrey Bogart, a Tim Holt y a su propio padre, Walter Huston. El rodaje no fue fácil, y muchas de las dificultades que tuvieron en las primeras semanas de trabajo tuvieron que ver con los sobornos que pedían las corruptas autoridades locales. Fue también durante ese rodaje en que Bogart y Huston llegaron a tener su única pelea seria. Pero finalmente tanto el film como la amistad entre Huston y Bogart llegaron a buen puerto, así como un huérfano llamado Pablo al que el director conoció durante el rodaje y a quien no dudó en adoptar como hijo propio.

El tesoro de Sierra Madre se convirtió por méritos propios en un clásico indiscutible de la historia del cine, y la soberbia interpretación de Walter Huston le valió un premio de la Academia, algo que siempre enorgulleció a su hijo John, incluso más que sus dos estatuillas por la dirección y el guión.

Mientras, Huston continuó dejándose dinero en una de sus pasiones de toda la vida, los caballos, y las apuestas, por aquella época desarrolló también una gran afición por el arte precolombino, del que se volvió un gran coleccionista. También para entonces había tomado una decisión: abandonar la Warner Brothers. El último film que rodó para los estudios de Jack Warner fue Cayo Largo, otra gran película que confirmaba el talento como director de Huston, y que además nos regalo grandes actuaciones de Edward G. Robinson, Bogart y su joven esposa Lauren Bacall. Tras entregar el film Huston cumplió su promesa y no renovó su contrato con la Warner. En vez de ello decidió aliarse con el productor Sam Spiegel y fundar una productora, la Horizon Pictures.

El primer proyecto de la Horizon vino de un periodista amigo de Huston, quien le sugirió que adaptara cierto relato del escritor Robert Sylvester. Spiegel estuvo de acuerdo y así decidieron apostar por Éramos extraños como el primer film de la productora.
Spiegel llegó a un preacuerdo con la MGM para la distribución de la película, y tanto él como Huston debían reunirse con el todopoderoso Louis B. Mayer y su junta. Sin embargo el día de la cita resultó ser el posterior al cumpleaños de Bogart, con lo que Spiegel hubo de sacar de casa del actor a un Huston con resaca monumental para acudir a la reunión en la MGM. El director tenía la mente en blanco, pero aun así fue convencido por Spiegel para que apareciera junto a él. Huston fue incapaz de mediar palabra, aparte de unos tristes holas y adioses, y al acabar la reunión tanto él como Spiegel estaban convencidos de que la MGM no refrendaría el trato. Sin embargo se equivocaron; los capos del estudio vieron en el taciturno Huston no a un borracho resacoso sino a un caballero reservado y educado como los de antes, y por tanto la MGM firmó con la Horizon Pictures para Éramos extraños.

En Éramos extraños Huston trabajó con John Garfield y Jennifer Jones, y como colaborador en el guión trabajó por primera vez con el escritor Peter Viertel, quien en el futuro escribiría el famoso relato sobre el director White Hunter Black Heart. Durante cierto tiempo el rodaje se trasladó a Cuba, donde Huston trabó amistad con Ernest Hemingway.

Tras Éramos extraños un Huston lleno de deudas a causa de un costoso divorcio firmó un acuerdo con la MGM para dos películas. En un principio el primer proyecto en que se vio involucrado John fue Quo Vadis, pero su visión del film no coincidió con el de Mayer, por lo que finalmente el director acabó apartándose del proyecto. En su lugar rodaría La jungla de asfalto, una excelente cinta de cine negro que marcó el estilo del film noir en Hollywood durante el resto de década, igual que años antes lo había hecho El halcón maltés durante los 40. Desde el duro Sterling Hayden hasta la dulce y casi debutante Marilyn Monroe el plantel era soberbio, y una vez más Huston se descargaba con otro clásico impepinable del cine.

El segundo film de Huston para la MGM fue Medalla roja al valor, basada en un clásico de la literatura norteamericana. Medalla roja al valor fue un interesante y valiente film antibélico rodado en medio de la paranoia anticomunista, que se encontró con la resistencia de Louis B. Mayer, quien predijo su fracaso en taquilla, como así fue. Medalla roja al valor fue retocado por el estudio mientras Huston estaba en África, pero esos retoques no lo salvaron de la indiferencia de público.

En el terreno de lo personal el comienzo de los 50 fueron años problemáticos para Huston. Aparte de tener que asistir al desmoronamiento de personas, estudios, amigos y compañeros de trabajo durante la infame 'Caza de brujas', el director afrontó el mencionado divorcio y, sobretodo, perdió a su gran amigo y padre Walter Huston, quien enfermó durante la fiesta de su sexagésimo cumpleaños para fallecer pocas horas después. Sin duda fue una de las pérdidas personales más duras de las que sufriera el director durante su vida.

Quizás no por casualidad antes del estreno de Medalla roja al valor Huston decididera partir hacia el continente africano para buscar localizaciones de su próximo film, La reina de África. Tras la preproducción el equipo se trasladó a África para comenzar el rodaje. Allí estaban Katherine Hepburn, Bogart, Sam Spiegel, y el joven Peter Viertel, quien reflejó las ansias cazadoras de Huston en África en el ya mencionado libro White Hunter Black Heart. Por supuesto un rodaje tan ambicioso no fue fácil, y aparte de problemas técnicos Huston tuvo que lidiar con las continuas bajas provocadas por las enfermedades, los mosquitos, las hormigas, las reproducciones del barco usado en el film y el divismo de la Hepburn, quien no hacía más que protestar por todo mientras esperaba tener los mismos lujos que si estuviera rodando en Europa. Sin embargo poco a poco Huston y Katherine fueron arreglando sus diferencias y al final del rodaje acabaron siendo grandes amigos. La actriz incluso llegó a acompañar a Huston en sus cacerías, tras su primera actitud desaprobatoria, demostrando además que los tenía mejor puestos que el director.


Wish You Were Huston

Tras acabar el rodaje un Huston sumido en muchas deudas y cuya relación con Spiegel continuaba deteriorándose decidió hacer uso de cierta cláusula en su contrato y rodar un film para una productora ajena a la Horizon. El proyecto en cuestión sería una adaptación de la biografía novelizada de Pierre La Mure Moulin Rouge, que relataba la atormentada vida del pintor Tolouse-Lautrec. Para trabajar en el guión Huston llamó al guionista Tony Veiller, a quien admiraba profundamente y con quien había colaborado escribiendo el guión de Forajidos. Una vez aprobado el guión definitivo Huston viajó a París junto a su protagonista José Ferrer y el resto del equipo para iniciar un rodaje no exento de anécdotas que tuvieron principalmente como protagonista el legendario orgullo y chovinismo franceses. Con todo Moulin Rouge, sin llegar a ser un gran éxito, supuso todo un éxito artístico, y uno de los trabajos de fotografía más espléndidos de la carrera del director.

Para cuando se estrenó La reina de África Huston había decidido, aconsejado por un amigo, abandonar la Horizon Pictures. El mismo Huston calificó la decisión como la peor de su vida. La reina de África se convirtió en el film más taquillero que jamás rodaría el director, por lo que, aparte de su sueldo, Huston nunca llegó a ver un dólar del éxito del film.

Por esa época Huston recibió una invitación de Lady Oonagh Oranmore, una de las herederas de la fortuna Guinness, para pasar una temporada en su palacete de la campiña irlandesa. No es de extrañar que el director, con sangre irlandesa en las venas, se enamorara de Irlanda, a la que seguiría viajando siempre que podía, hasta que finalmente se compró allí una residencia. Fue durante su estancia con la dama cuando un amigo periodista, Claud Clockburn, le dejó en la mesilla de noche una novela que había escrito bajo pseudónimo. La novela entusiasmó al director, y fue así como nació la comedia de aventuras La burla del diablo, que a la postre sería la última colaboración entre Huston y su amigo Humphrey Bogart.

El director siguió demostrando que la década de los 50 le sentaba bien con estupendos films como Moby Dick o Sólo Dios lo sabe, pero quedó muy insatisfecho de El bárbaro y la geisha, un biopic que aceptó dirigir por la oportunidad de visitar Japón. Tras trabajar con un destrozado Errol Flynn en Las raíces del cielo Huston acabó la década con un buen western, Los que no perdonan, del cual el director siempre renegó por diversas razones.

Se podría decir que 1960 significó el fin de la mejor etapa de John Huston, que se había iniciado dos décadas antes con El halcón maltés. A partir de entonces su carrera se tornó más irregular, lo cual no fue óbice para que el director siguiera regalando al mundo films magistrales.

martes, 16 de febrero de 2010

Haití

La peor desgracia que pueda sobrevenir a un país no son los desastres naturales, pues éstos pueden ocurrir en cualquier parte del mundo, aunque varíen las posibilidades. La peor desgracia para un país es ser olvidado, no sólo por el mundo, sino por sus propios gobernantes. Haití sobrelleva sobre sus hombres el peso de la historia, una historia con un inicio prometedor y un horrible desengaño. El pequeño estado de esa pequeña isla a la que arribaron los españoles pasó de ser colonia subyugada a un país independiente mal gobernado por dirigentes megalómanos y corruptos, y pasó de ser una colonia a rico a ser objeto de especulación de potencias extranjeras.

Y cuando la catástrofe del terremoto deje de ser noticia, me pregunto cuántos de nosotros seguiremos teniendo presente a Haití. A Haití o a muchos otros Haitís que hay en el mundo. Por desgracia creo que seremos pocos, y siendo sincero seguramente ni debería usar el plural. El mundo occidental seguirá su camino, dejando atrás sus parches momentáneos, y Haití continuará con el suyo. ¿Se puede hacer más? ¿Quién está dispuesto a hacer más?

Hay muchos haitís, como bien sabían Caetano Veloso y Gilberto Gil, quienes hablaban en su tema "Haiti" de un Haití que se cernía sobre su propia patria, Brasil.

domingo, 14 de febrero de 2010

Por favor, no toques

O como decía un tal Cuqui: "No toques. ¿Por qué tocas?". Uséase, que feliz San Valentín a los enamoraditos, y feliz San Valentón a las parejas que se deciden a vivir juntos y aguantarse. Y bueno, "If I Were A Carpenter" de Tim Hardin me sigue pareciendo una gran canción, pero este año toca Motörhead y Girlschool, y su potente sencillo de su todavía más potente EP conjunto, St. Valentine's Day Massacre. Un amigo no me trajo de Londres el amor, pero sí me trajo ese EP, que es menos esquivo y más fiel, y más raro. Y además, si hay algo que no tiene la canción de Hardin, son los bailes macarrónicos del incomparable "Philthy Animal" Taylor. Genio y figura.

sábado, 13 de febrero de 2010

Mis villanos del cine: Maléfica

No tuvo buena suerte Maléfica, haciendo de las suyas en los tiempos de Perrault y tiempos añejos. Hoy podría formar parte de una de esas Ligas de mujeres que protestan por el hecho de que se repartan consoladores entre las clientas de uan discoteca, cuando deberían alegrarse pues un vibrador bien puede considerarse un sustituto para ese error de la creación llamado el hombre. Y es que Maléfica sufrió del mismo síndrome que ataca a las decentes mujeres supuestamente feministas cuyo fin real es aguar todas las fiestas que puedan: el síndrome de la persona no-invitada. Supongo que a nadie le gusta ser la persona que se queda fuera de la fiesta, y Maléfica y sus modernas aprendices optan por lanzar conjuros (hoy llamados comunicados, denuncias y demás) y tratar de poner a dormir a las princesas, más si son rubias y esbeltas.

Lo cual no quita para que los dones que le dan a la Bella Durmiente sus hadas madrinas sean un poco, digamos, sospechosos. La belleza, el don de la palabra, y un tercero que nunca se sabrá, aunque visto el camino que llevaba igual podría haber sido unas buenas muñecas para barrer. Pero en fin, Maléfica siempre aparecerá para hacer que las rubias se pinchen los dedos y se queden como las inglesas festeras en Benidorm: sopa perdida. Por suerte siempre habrá un príncipe azul (¿eres tú mi príncipe azul que yo solé, oh capitán mi capitán? Ah no, esto es de otra película) que se aproveche del estado comatoso de la rubicunda durmiente y le plante un beso para deshacer el hechizo. Esto hoy en día se llamaría asalto o algo así, en tiempos de Perrault debía ser algo romántico.

En fin, La Bella Durmiente, uno de los últimos gran clásicos Disney de cuando tito Walt todavía andaba por el mundo, con sus colores de arte europeo, su castillo de Neuschwastein, su Tchaikovsky, y su Maléfica, una de esas grandes villanas de Disney que parecían diseñadas para ser encarnadas por Glenn Close.

Marca de la casa: envidia, un cuervo maléfico y un cutis níveo

viernes, 12 de febrero de 2010

The Crystals: Da Doo Ron Ron

The Crystals fueron uno de los mejores grupos femeninos de doo wop de los 60, y su formación original (Barbara Alston, Mary Thomas, Dolores "Dee Dee" Kenniebrew, Myrna Girard y Patricia "Patsy" Wright) logró sus primeros éxitos bajos los auspicios del genial y retorcido Phil Spector, quien hacía y deshacía la formación (publicando, por ejemplo, un single bajo el nombre de las Crystals cuando eran las Blossoms). En 1963, con nueva solista al frente (Dolores "LaLa" Brooks), The Crystals lograban uno de sus éxitos más furibundos, "Da Doo Ron Ron", un temazo con producción de Spector y su famoso muro que debería hacer replantearse sus carreras a las estrellas femeninas negras de hoy en día. Pero como eso no pasará, voy a pinchar "Da Doo Ron Ron" tres o cuatro veces más.

jueves, 11 de febrero de 2010

La burla del diablo (1953)

Contaba John Huston que durante una estancia en Irlanda como invitado de una heredera de la riqueza de los Guinness, alguien dejó sobre su mesilla de noche una novela titulada Beat The Devil. A Huston le gustó, y convenció a Humphrey Bogart para que se hiciera con los derechos. Fue el propio autor del libro, Claud Cokburn, quien bajo seudónimo había escrito la novela, y se la había dejado en aquella mesilla. Sin embargo llegado el momento Huston no tenía demasiado interés en rodar el film, pero su amigo Bogart le recordó que había comprado los derechos para algo. Así que tras ajustar su calendario mientras rodaba Moulin Rouge, un equipo de rodaje se trasladó a Italia para rodar La burla del diablo.

En realidad Huston, con la ayuda del por entonces camarógrafo Jack Cleyton, trató de ocultar a la productora que el guión no estaba acabado. Sus colegas Peter Viertel y Anthony Veiller habían escrito un guión a partir de la novela que no había gustado a Bogart, con lo que se comenzó el rodaje con un guión que podía cambiar en cualquier momento. Para mejorarlo Bogart y Huston trajeron a Ravello, el lugar del rodaje, a Truman Capote, quien aun no había escrito sus novelas más famosas.

Un accidente automovilístico había dejado a Bogart con la mandíbula magullada y sin varios dientes, con lo que hubo un obligado parón en el rodaje mientras se esperaba a que llegara de Roma una dentadura nueva para el actor. Durante esa semana Capote, Bogart y Huston trabajaron en el guión a destajo, e incluso si Capote tenía que ir al hospital por culpa de una muela del juicio, a Huston le seguían llegando nuevas páginas desde el hospital.

Si al trío de ases mencionado añadimos que otro viejo amigo, Peter Lorre, también participaba en el film, es fácil deducir en lo que se convirtió el rodaje: en una continua partida de póker regada con alcohol. Las doce de la mañana se convirtió en una hora habitual para comenzar a rodar, tras las largas noches de juerga que se marcaban Huston, Bogart, Capote y Lorre. Al mismo tiempo Huston trataba de evitar a David Selznick, que de vez en cuando visitaba el rodaje y, como era su costumbre, inundaba al director de turno con memorándums. El único motivo para eso era que la esposa de Selznick, Jennifer Jones, participaba en el rodaje, pero eso no paró al legendario productor, que como siempre hacía, trató de soplarle en la nuca a Huston tanto como pudo.

La burla del diablo no es un mal film; mezcla aventuras y comedia, pero no parece que llegue a arrancar del todo ni como comedia ni como suspense, a pesar de algunas buenas escenas y unos buenos diálogos. Seguramente lo mejor de la película sean sus actores, desde Bogey, el inquietante Lorre o estupendos secundarios como Robert Morley, hasta una bella y competente Gina Lollobrigida, cuyo apellido Bogart nunca llegó a aprender bien, llamándola de mil maneras, como por ejemplo "lolofrígida". Aunque quien más destaca es una Jennifer Jones con peluca rubia, que ofrece una actuación impecable para el que sea seguramente el mejor papel de todo el reparto. Y sus ejercicios gimnásticos son ciertamente bombásticos. Por último un crepuscular Bogart retoma con acierto el tipo de personaje que le hizo famoso, rememorando la ironía de Sam Spade y el estilo de diálogo de Rick Blaine.

La burla del diablo se me antoja como un correcto film que podría haber dado más de sí, pero que parece quedarse a medias, salvo por las interpretaciones del reparto. De todas formas con un reparto tan potente y semejante director tras la cámara, no me hagan demasiado caso y denle una oportunidad a la película, y decidan por ustedes mismos.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Mojar en huevos revueltos

Llevamos más de mes y pico sin publicidad (ajena al menos) en nuestra televisión pública, lo que ha reportado a la cadena mayores audiencias (especialmente en las películas, como era de preveer). Joder, era lógico, la gente hasta se traga algo como Un canguro muy duro sin anuncios, antes que El orfanato con anuncios. Y bueno, aunque la gente por lo general se traga (nos tragamos) cualquier cosa, eso debería decirle algo a los de las privadas, que respetan tanto al cine como por lo general a cualquier invitado que va a los programas de testimonios, o sea, nada. Con suerte las audiencias de las películas de la 1 seguirán dando por culo a las privadas, y pondrán aunque sea un día de cine sin anuncios. Al menos, si no acaban con las tandas de anuncios kilométricos, deberían acabar con esa jodida manía de cortar los finales y dejar dos minutejos sueltos de la peli para el final. El otro día se cargaron el final de Arlington Road y aquello fue sangrante. Pero en fin, a los que miramos estas cosas, pues o nos vamos al ordenador a lo Jack Sparrow, o leemos un libro o lo que sea, pero esto no puede ser.

En fin, por el momento, lo único que me ha decepcionado de la nueva televisión pública sin anuncios es que no haya momentos muertos rockeros como aquellos de los 80, cuando mientras cambiaban cintas o se comían el bocata o no sé que hacían, te metían videoclips de los Rolling Stones o AC/DC, o este otro clásico del rock, "You've Got Another Thing Coming". Abajo la publicidad, y que vivan los Judas.

lunes, 8 de febrero de 2010

El tesoro de Sierra Madre (1948)

Hay muchos planos cinematográficos que si fueran congelados podrían representar fielmente esa extraña magia que esconde el cine. Seguramente difícilmente se puede presentar mejor el glamour y el lado sexy de as estrellas hollywoodienses que con esa falda juguetona que se le levantaba a Marilyn Monroe. Pero, por ejemplo, si tuviera que elaborar un álbum con los cien fotogramos más representativos de la historia del cine, uno de ellos sería sin duda el de un alegre Walter Huston ejecutando su baile de viejo minero ante unos atónitos Humphrey Bogart y Tim Holt.

El rodaje de El tesoro de Sierra Madre fue uno de los períodos más felices de John Huston, así como los meses que le siguieron, cuando tanto él como su padre fueron galardonados, con toda justicia, con el preciado Oscar. El proyecto, basado en la novela homónima del escurridizo escritor B. Traven, fue interrumpido al entrar los Estados Unidos en la guerra, pero al regresar a Hollywood Huston lo retomó en cuanto pudo. Huston mantenía con Traven una comunicación epistolar desde principios de los 40, y la historia de los intentos del director por citarse con el escritor desconocido en mitad de la selva darían para una entrada entera, así que permanezca esa historia pendiente. Pero tras sus intercambios de opiniones, borradores y demás con Traven, y tras lograr convencer a Jack Warner de rodar en exteriores, Huston y su equipo partieron hacia Méjico para localizar exteriores.

Justo cuando el equipo se encontraba rodando algunas escenas generales en Tampico, las autoridades aparecieron para denegar el permiso de rodaje, alegando que el contenido de la película era antimejicano. No tardaron en averiguar que las alegaciones procedían del periódico de Tampico, al que habrían tenido que dar un pequeño soborno para que sus redactores se hubieran quedado tranquilos. Finalmente la cosa se solucionó cuando unos amigos mejicanos de Huston intercedieron ante el mismo presidente mejicano, pero como tardaría en descubrir el equipo de rodaje, se iban a cruzar en su camino muchas autoridades a las que sobornar.

El rodaje estuvo lleno de anécdotas interesantes. John Huston se encariñó de un pequeño chaval mejicano que rondaba por el lugar, y no dudó en adoptarlo. En una localidad llamada Jumgapeo se corrió la voz de que había un médico mejicano con el equipo de rodaje, y en poco tiempo se formaron colas de enfermos para que los atendiera. Según Huston la pericia de aquel médico era increíble, llegando a ejecutar difíciles operaciones día y noche, usando el generador eléctrico de la compañía y linternas especiales manejadas por los técnicos. Para expresar su admiración, los mejicanos del equipo de rodaje se quitaron los pantalones y se pintaron sus partes con mercurio cromo. Huston no dudó en imitarles.

Mientras. el pobre Bogey trataba de recuperar su cabellera (se apuntaba a que se había quedado calvo usando unas hormonas para aumentar su fertilidad y tener hijos con Lauren Bacall) a base de vitamina B usó durante casi todo el rodaje una peluca, y aunque al final le creció algo de pelo, el actor nunca recuperó del todo su tupé. Al tiempo, Walter Huston, que no hablaba una palabra de español, tuvo que aprender sus largos diálogos hispánicos aprendiéndose de memoria (esto es, fonéticamente) las frases que un actor mejicano había dejado grabadas para él. El estupendo resultado habla mucho de lo duro que trabajó el padre de John para imitar el español.

Y es que El tesoro de Sierra Madre realmente es una película para Walter Huston, cuyo papel fue modificado y adaptado por John específicamente para que lo interpretara su padre. Humphrey Bogart está genial, y Tim Holt logra no ser eclipsado a pesar de que su papel no daba demasiado de sí, pero es Walter Huston quien realmente está por encima de todos. Su implicación en la película fue total, y aceptó, a sugerencia de John, actuar sin su dentadura postiza, para otorgarle más realismo al personaje. Si hubo un antes y un después en la imaginería de Santa Claus cuando se metió por medio la cola, hubo otro punto y aparte en la representación de experimentados mineros con mula cuando Walter Huston bordó el papel del experimentado y bonachón Howard. El veterano actor dejaría este valle de lágrimas poco después, pero gracias a su hijo había conseguido tener el papel de su vida en la gran pantalla.

El tesoro de Sierra Madre es un clásico inapelable, una de las mejores películas de todos los tiempos. Si es que existe un género minero en el cine, esta película es la joya de la corona. Cada vez que os discutáis con un amigo por quién paga qué, cada vez que veáis a tres chicos peleándose por un cómic en una casa-árbol, cada vez que el Pato Lucas pierda la cabeza por un diamante, o, simplemente, cada vez que la mente de alguien se nuble por un reflejo dorado, el espíritu de El tesoro de Sierra Madre estará allí, y, si escucháis atentamente, tal vez podáis escuchar la risa nerviosa de un enajenado Dobbs.

domingo, 7 de febrero de 2010

Cerdos

¿A qué sonara In Der Garten Pharaos? ¿A la inclasificable banda sonora de Aguirre, la cólera de Dios? Qué decir de Popol Vuh, y tantos otros grupos de ese piramidal subgénero (por lo megalómano) llamado krautrock. ¿Quedarán muchos fans de aquellos grupos alemanes que se pierdan entre los surcos de tantas inverosímiles y pretenciosas obras conceptuales? En fin, creo que he decidido que si algún día monto un grupo de rock progresivo lo llamaré Kindergarten Pharaos.

Pero no, hoy no os dejo con los amiguetes Popol, sino con una banda británica que entendió mejor eso de las progresiones aritméticas. Por supuesto, son Pink Floyd, que tampoco gustan a todo el mundo, pero que se encuentran en la misma cubeta de discos que los anteriormente mencionados músicos germanos, pero sólo por cuestiones alfabéticas.

Y algún otro día contaré mi pequeña anécdota con la estación eléctrica de Battersea.

sábado, 6 de febrero de 2010

Fuga de Alcatraz (1979)

Sometimes I think that this place is a huge count. The prisoners count the hours, the bulls count the prisoners and the king bulls count the counts.

Las buenas películas carcelarias parecen ser a veces como una cultura en sí mismas, trasladando ciertas conductas, reglas y patrones de generación en generación. El hombre de Alcatraz (sin olvidar la francesa La evasión), basada en hechos reales, tenía ya algunos trazos que rescatarían posteriores films sobre prisiones estatales urbanas, incluída esta Fuga de Alcatraz. Pero fue esta última la que probablemente haya influido más en el imaginario colectivo, en la leyenda de Alcatraz y en las películas carcelarias que la siguieron.

El director Don Siegel vio en el papel del brillante y taciturno preso Frank Morris un vehículo ideal para su amigo Clint Eastwood, con lo que le ofreció trabajar juntos de nuevo, en lo que constituiría la quinta y, a la postre, última colaboración de ese estupendo binomio cinematográfico. Eastwood aceptó, y, efectivamente, el personaje de Frank Morris, que suelta cuantas menos palabras mejor, le iba como anillo al dedo.

Frank Morris existió realmente, y fue el artífice, junto a otros dos compinches, de la única fuga exitosa (al menos en dejar la prisión atrás) en la historia de la mítica penitenciaría de Alcatraz, que aceleró su cierre al desvanecerse su fama de "cárcel antifugas". El guión, basado en un libro que relataba todos los detalles de la fuga, fue muy fiel a los hechos reales, sobretodo en lo tocante a la increíble huída de la cárcel y la isla en la que todavía se levanta, relegada a atracción turística.

El estupendo guión de Richard Tuggle constituye un excelente punto de partida para un Don Siegel que había pasado por un pequeño base desde su última colaboración con Eastwood, sobretodo en el aspecto comercial, pero que tras su decadente, crepuscular y magnífica El pistolero (realmente el testamento cinematográfico del director) retomó con Fuga de Alcatraz su gancho comercial y su especial talento para la acción.


Morris hallando su "salvación" en la Biblia

Tras las prototípicas escenas iniciales en las que el preso llega, es fichado, desnudado, vestido con el uniforme y llevado a su celda, Siegel describe a Morris, el alcaide, su principal antagonista, y la prisión, en unas pocas escenas muy efectivas. Morris es un preso duro, silencioso, y con una mente superdotada; el alcaide (un estupendo Patrick McGoohan) es un ser autoritario, egomaníaco y cruel, que en cierto modo parece esconder tras su traje y su palabrería civilizadora a una especie de sádico, sentando las bases para la gran mayoría de alcaides cinematográficos que le siguieron. Por otro lado, en su entrevista con Morris el alcaide nos presenta en una sola frase a la mítica Alcatraz: "si desobedeces las reglas de la sociedad, te envían a prisión; si desobedeces las reglas de la prisión, te envían a nosotros". Toda una declaración de principios.

El ritmo de Fuga de Alcatraz nunca decae, atrapando al espectador hasta el final, siguiendo las andanzas de Morris en dos partes diferenciadas: su día a día en la prisión y el planeamiento y desarrollo de su osada fuga. Los personajes del film, que han devenido en arquetipos cinematográficos para toda película de acción ambientada en una cárcel que se precie, resultarán familiares a cualquier espectador: el matón-violador de duchas, el preso con mascota, el preso veterano (si es de color negro, mejor) que todo lo sabe de la prisión, el novato, y hasta encontramos a un preso con inquietudes artísticas, que protagoniza una escena que me dejó realmente impactado cuando vi el film por primera vez; desde luego nunca olvidaré ese momentazo en la carpintería, y la megafrase de Morris: "tenga, ponga esto en su informe".

Fuga de Alcatraz fue probablemente el último gran film de Siegel, mientras que Eastwood encontró en Morris a uno de sus más ideales personajes. Y, por encima de todo, Fuga de Alcatraz es sin dudarlo uno de los mejores films carcelarios de la historia.

viernes, 5 de febrero de 2010

Él es una mujer, ella es un hombre

¿Adiós a los Scorpions? La verdad es que ha habido tantas supuestas retiradas en el mundo rock, y en el heavy metal, que tampoco sé si creérmelo del todo (alguien recuerda las veces que se ha "retirado" Ozzy?). De todas formas, a pesar de que en disco hace tiempo que no levantan cabeza, dicen de ellos que su directo sigue siendo bueno. Y en caso de que se retiraran, bueno, han dejado atrás un buen número de discos clásicos y dos de los mejores álbumes en directo del rock. Así que sigan o no, aúpa Scorpions. Y maldita sea, hace ya mucho que les debo un megapost.

En fin, os dejo con "He's a Woman, She's a Man", un gran tema de su quinto álbum, Taken By Force. Una buena época aquella para la banda, con su megaclásica formación que incluía a Klaus Meine, Rudolph Schenker y al auténtico jipo del metal, el carismático Ulrich Jon Roth.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Dos hombres y un destino (1969)

Ahora que van pocos días desde el cumpleaños de Paul Newman y Robert Redford anda de nuevo liado con su Sundance Festival, supongo que es un buen momento como cualquier otro para recordar Dos hombres y un destino, un clásico del cine de todos los tiempos y una de las mayores meadas en las traducciones de títulos que ha visto este bendito lugar.

Si hubo un director en la década de los 70 que supo retratar de forma amable a forajidos, ladrones, estafadores, deportistas de tercera y demás parias de la sociedad, ése fue George Roy Hill, un director que tras foguearse en la televisión se labró un estatus en Hollywood con títulos como Reajuste matrimonial, El irresistible Henry Orient o Millie, una chica moderna. Aun así tuvo que luchar por ser aceptado como director, y lidió con los productores por tener en el film a un por entonces semidesconocido Robert Redford o al director de fotografía Conrad L. Hall, cuyo talento tuvo mucho que ver en el éxito artístico del film.

La idea inicial de la 20th Century Fox al comprar el guión, basado ligeramente en las andanzas reales de dos de los últimos forajidos del Viejo Oeste, era que fuera protagonizado por Paul Newman y Steve McQueen. Pero tras varias discusiones y sus habituales exigencias egocéntricas McQueen dejó el proyecto, con lo que el papel del sosias de Newman, Sundance Kid, fue a parar a Redford tras la insistencia del director, después de que fallaran nombres como el de Brando o Warren Beatty. Y así fue como nació una de las parejas cinematográficas con más química que el ser humano haya visto. Lamentablemente sólo coincidieron otra vez más, de nuevo bajo dirección de Hill, pero esas colaboraciones valen por carreras enteras de otros actores menos carismáticos. Diablos, si por mí fuera podrían haber protagonizado veinte pelis más.

Tanto Dos hombres y un destino como El golpe tienen mucho en común, marcadas por el estilo de Roy Hill: un fino humor, escenas desenfadas mezcladas con escenas de acción fabricadas más en el montaje que ante el visor de la cámara, música de pianola, escenas con color mate, fotografías de época color sepia, y, en resumen, una gran clase. Por no hablar de las interpretaciones de Newman o Redford, que son sencillamente perfectas. Creo que desde lo de Adán y Eva no se veía una cosa así.

Y es que pocos comienzos hay mejores y con más encanto que esa proyección de cine mudo representando escenas de acción de los bandidos, con el único sonido del viejo proyector de fondo. Las escenas fueron rodadas por el director de la segunda unidad Michael D. Moore (obviamente nada que ver con el rollizo documentalista), que se había criado en los platós del Hollywood mudo al ser su hermano una estrella infantil de los años 20.

Y a partir de ese comienzo no hay mucho que se pueda decir, salvo que todo en esta película encaja a la perfección: la soberbia dirección de George Roy Hill, el mano a mano de esos dos actorazos, la esmerada actuación de la delicada Katharine Ross, los secundarios, los diálogos inteligentes, la fotografía, las escenas inolvidables (para el recuerdo ese famoso gran salto, o la espectacularidad de esos cazarrecompensas desmontando del vagón a caballo, la escena de la bici a ritmo de Burt Bacharach, etcétera etcétera). Mucha tela que cortar, vamos.

Y hasta los problemas de rodaje dieron grandes secuencias, como prueba el hecho de que ante la negativa de los estudios de dejar rodar a George Roy Hill en los decorados neoyorquinos para Hello Dolly improvisó el viaje del trío protagonista a Bolivia mediante fotografías trucadas insertadas en fotografías reales de la época, en lo que es una escena deliciosa y sin duda mucho más romántica que lo que podría haber sido una secuencia normal. Y Roy Hill hasta sobrevivió a un furibundo espasmo mientras rodaban en las colinas, debido a su maltrecha espalda, con lo que pasó una semana dirigiendo el film desde una camilla improvisada, haciendo jurar entre dolores al jefe de producción que no diría una palabra a los estudios, por temor a ser sustituído. Un tipo duro el amigo Hill.

Dos hombres y un destino es una maravilla de principio a fin, y quien ose decir lo contrario, probará los argumentos de mi Colt.

martes, 2 de febrero de 2010

Ciao, Jenie

Ya que no pude dedicarle un pequeño homenaje a la sin par Jennifer Jones, esta vez no dejaré pasar la oportunidad para dedicar unas líneas a otra gran actriz clásica que nos ha dejado, la británica Jean Simmons, protagonista de tantos títulos inolvidables: Hamlet, Espartaco, La túnica sagrada, El fuego y la palabra... una gran actriz y de singular belleza además; todavía tengo impresa en la retina su increíble y salvaje imagen de Narciso negro.

Desde este blog, un recuerdo para Jean.

lunes, 1 de febrero de 2010

Vuelo a Marte (1951)

La verdad es que la tripulación del Apolo XIII eran una panda de mariquitas cobardes. Tenemos un problema, tenemos un problema... deberían haber tomado ejemplo del jefe de la expedición de Vuelo a Marte, con su poco científica actitud y su atómica frase "cuando escalamos la cima del Everest nadie se pregunto como regresaríamos". Sí, aquellos sí que eran astronautas, decididos, valientes, inverosímiles, y dispuestos a despegar en un cohete sin pensar en nada más. Si la NASA en vez de tanto piloto y tanto científico hubiera llevado a más periodistas, vaqueros tejanos y chicas sexys, seguro que los hombres ya estaríamos pisando Marte y construyendo campos de golf por doquier.

La verdad es que cuando las cosas empezaron a moverse en Hollywood con el éxito de la ciencia ficción hubieron buenas películas como El enigma de otro mundo o Ultimátum a la Tierra, pero también producciones de serie B rodadas en una semana como Vuelo a Marte, de calidad dudosa, pero igualmente entretenida. Basta con decir que para ahorrarse los cuartos se utilizaron trajes y platós sobrantes de Con destino a la Luna y Cohete K-1. De todas formas, ¿quién necesita grandes presupuestos cuando tiene frases como la del Everest?

Vuelo a Marte seguía la premisa de los dos films citados. La típica tripulación espacial (un periodista, un par de científicos entrados en años, un mecánico, operador o no sé qué era, y la guapa hija de uno de los abueletes) se mete en un cohete para ir a Marte a la mayor gloria de los Estados Unidos. Tras un despegue exprés, como quien sale de excursión y a ver que pasa, y tras poner en acción un dispositivo que mantiene la cabina horizontal y demás cosas raras, el periodista se pone a lanzar tubos (?) hacia la Tierra con sus crónicas y sus cosas de periodista, a pesar de que se comunican con la Tierra por radio.

Todo muy científico (es un decir), y con la hija, muy independiente ella y casi con el graduado de ciencias aplicadas después de ayudar muchos años a su padre, apretando botones aquí y allá, y vamos, que patatín patatán llegan a Marte, donde con sus cazadoras y escafandras de pilotos aéreos salen a explorar, encontrándose con unas chimeneas gigantes. En esto salen unos marcianos, vestidos de astronauta (una inversión curiosa, ciertamente), que les llevan al interior de Marte donde se han montado una civilización del cagarse gracias a un mineral muy valioso que usan como combustible. ¿Expulsaron para obtenerlo a algún bicho azul? No lo sabemos, pero la independencia de la chica científica se volatiliza en cuanto una sexy marciana (vestida con el uniforme nacional marciano para las féminas, una minifalda corta, corta; no eran tontos estos marcianos) le enseña que allí nadie cocina y la comida sale preparada de la pared. Además, la chica se pone celosa en cuanto la marciana comienza a engatusar a uno de los tripulantes, de quien ha estado enamorada durante años, mientras el periodista intenta entrarle sin éxito.

Pero, ¡ah, amigos!, tanta hospitalidad tiene truco, en plan Perrault, y los marcianos (o la mitad de ellos), tienen aviesas intenciones, que ponen en práctica tras una votación a velocidad luz que es simplemente indescriptible. Deberían aprender en las Naciones Unidas cómo se hacen las cosas. No desvelaré el plan oculto de los marcianos, porque algo hay que dejar para que veáis esta maravilla del humor de serie B, pero sí os contaré como acaba el idilio marciano-terrestre: la sexy marciana de largas piernas se queda con el terrícola, mientras que la despechada supuesta mujer independiente se lanza a los brazos del periodista burlón, demostrando que esto del puterío choni y el tócame-roque ya era de lo más normal allá en los 50. Y luego vamos de modernos.

Vuelo a Marte, amigos, ciencia ficción sin medios, sin colorantes ni conservantes, y sin pies ni cabeza, pero eso sí, también sin ínfulas. Y a buen encendedor, pocas caladas bastan.